Soy Bibliotecaria (XVI: Domingueros)

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Pero, ¿qué creéis? ¿Que porque soy una mujer liberal y un poco pervertida a veces no tengo ganas de comportarme como una señora casada normal y hacer lo que hacen todas las familias decentes? Pues sí. Espero no decepcionaros, pero también yo huyo de la ciudad algunos domingos para respirar aire puro. Me voy con mi maridito, que para eso lo tengo. Nos llevamos la cesta de la comida, la tortilla de patata, el termo de café y la manta de cuadros. Lo que se dice, auténticos domingueros.

El domingo pasado, con eso del verano, nos fuimos. Habíamos dejado la periferia de la ciudad y, poco después, salimos de la autovía. Como audaces exploradores, nos metimos en el laberinto de las carreteras locales de la zona. Buscábamos un puestecillo de esos de postal, aislado a ser posible, para pasar el domingo como un matrimonio feliz. En un pueblo pequeñín paramos y le preguntamos a un anciano si había algún lugar bonito para comer y dormir la siesta. Con una sonrisa desdentada, y tras bromear de las cosas que no tenemos en la ciudad, nos indicó un posible punto de descanso. Hacia allí nos dirigimos. Ya no había carretera, sino un camino. Encontramos la casa abandonada y, por el sendero de la derecha, como había indicado el viejo, descubrimos el arroyo y ese rincón apartado y perfecto que deseábamos. Intimo, virgen, fresco y, sobre todo, tan lejano a nuestro ambiente habitual. ¡Parecía una tarjeta postal!

Extendí la manta y me senté. Mi marido seguía de pie admirando el lugar.

– “Ven aquí; túmbate junto a mí”, le invité con voz mimosa.

– – Estaba con los codos apoyados hacia atrás y moviendo las piernas hasta lograr que la faldita dejase al descubierto mis muslos. A Carlos le gusta mirarme, así que improvisé un espectáculo para él. Subí la falda hasta enseñarle la ropa interior. Me acosté de espaldas y, manteniendo las piernas abiertas, paseé mi mano entre ellas, acariciando con los dedos mi sexo. Separé los labios vaginales aún cubiertos con la seda.

– – – “¿No ves que mi niña está triste y que necesita compañía?”, dije apartando la tira de tela.

– – Carlos sonreía y me miraba. Seguí.

– – – “Te lo advierto: si no vienes ahora mismo a consolarla, me lo hago sola. Me mojo un dedo y me follo delante de ti sin dejarte participar. Venga, ven aquí. No te hagas de rogar. ¿No sabes que he soñado que te engañaba? Con tu amigo Jorge. Me da la impresión que él no sería tan duro y se apiadaría de una pobre niña solitaria y necesitada de afecto”.

– – Mientras le decía estas cosas, tiré de la braguita hacia arriba, haciendo que el puente de las bragas me apretara el sexo, me separara los labios vaginales y se metiese parcialmente en la vagina. Sentí una mezcla de placer y de dolor que me gustó. Carlos sonreía, pero no decía nada. Y tampoco cedía. Seguí de pie frente a mí, atento al espectáculo.

– – – “En el sueño hacíamos el amor y él me hacía de todo, pero lo que se dice todo”.

– – Me dejaba rodar sobre la manta, apretando la mano entre las piernas.

– – – “Jorge debe ser muy bueno en la cama. Quién sabe con cuantas mujeres lo habrá hecho”.

– – Carlos estaba excitado, lo comprendí por su mirada. Pero siguió sin moverse. Le gusta hacerse el duro.

– – – “¿No tienes calor? Yo sí. Me quito las braguitas, que así estoy más fresca”. Con la espalda contra el suelo, levanté las piernas hacia mi marido y me quité la prenda íntima. Le tiré la braga a los pies. Abrí las piernas para que me viese bien.

– – – “Venga, no te hagas de rogar. Ven aquí. Házmelo ahora mismo que no aguanto las ganas… Te apuesto lo que quieras a que, si Jorge hubiese estado aquí, ya me habría hecho gozar”.

– – Me puse a cuatro patas mostrándole mi culo. Seguí provocándole.

– – – “¿Es que no te gusta lo que ves? Sería la primera vez… Estamos en el campo, al aire libre. Libera tus instintos como hago yo. Soy una hembra en celo”.

– – Por fin mi marido se acercó y me puso una mano sobre el culo y me lo acarició con la palma de la mano abierta. Detrás de mí, oí su voz entrecortada, signo de su excitación:

– – – “Así que estás en celo… ¿Quieres que un macho te monte?”

– – – “Sí, venga – dije riendo.

– – – “Vaya, vaya” – decía mientras me acariciaba la espalda y el cuello – “así que aquí tenemos una hembra caliente y quieres mi… Dime lo que quieres de mí. No uses rodeos; dime lo que quieres”. Su mano se coló en la raja de mis posaderas como si fuese un cuchillo.

– – – “Quiero tu sexo”.

– – – “No, no, así no”.

– – – “Quiero tu polla. ¡Tu polla!”.

– – – “Y… ¿qué quieres que haga con ella?”.

– – El cuchillo que era su mano se metió en mi vagina, separando los labios.

– – – “Quiero que me rompas el coño con la polla. Quiero que me folles”.

– – – “Quieres que te rompa, ¿eh? Quieres mi polla en este coñito caliente… ¿Quieres que te monte como a una perra…?”.

– – Su dedo, ya mojado por mi flujo, se coló en el túnel de mi placer.

– – – “¿O prefieres que lo haga por el otro agujero?”.

– – Otro dedo acarició mi ano y parecía dispuesto a atravesarlo.

– – – “Por el coño… Lo quiero dentro del coño, hasta el útero. ¿Y lo quiero ya!”.

– – Yo jadeaba excitadísima. Sus dedos me volvían loca, y eso que casi ni se movían sobre las partes más sensibles de mi cuerpo. A pesar de mi urgencia, Carlos no parecía tener prisa. Siguió jugueteando con mi cuerpo.

– – – “Sabes… Creo que Jorge te lo haría con mucho gusto”.

– – – “¿Sí?… ¿Y tú que sabes?” – le pregunté con tono cómplice.

– – – “Lo he comprendido por la manera que tiene de mirarte… Sobre todo porque te encanta lucirte ante él… La semana pasada, cuando estuvo en casa, llevabas la blusa más desabrochada que de costumbre, ¿verdad? No hacías más que lucir las tetas delante de él. Y él se volvía loco mirando dentro de tu escote… Zorra, que me has salido una calentona”.

– – Diciendo esto se decidió. Escuché la cremallera de su pantalón. Se acercó más a mí. Me mantuvo a cuatro patas, pero me hizo separar un poco más las piernas. Sentí su pene erecto que me buscaba. Un momento después entró en mí. Sus manos me agarraban los senos, aún cubiertos por la camisa y el sujetador.

– – – “¿No tengo razón?” – me susurró al oído, inclinado sobre mi espalda.

– – Comenzó a follarme despacio. Fue aumentando el ritmo. Después de nuestra conversación, estaba demasiado excitado como para ser cuidadoso. Yo sabía que me tocaría una sesión de sexo rápido y violento. De hecho, unos minutos después sentí sus contracciones y el calor del semen explotando dentro de mí. Nos acostamos el uno junto al otro, mirando al cielo entre las hojas de los árboles. Mi mente volaba como los pájaros que veía por el cielo.

– – – “¿Dices en serio que Jorge me miraba el pecho?” – pregunté casi murmurando.

– – – “Pues claro. Y por lo que he visto seguro que le hacías efecto en otra parte”.

– – – “¿Está con alguien?” – quise indagar.

– – – “Creo que sale con una chica, pero no debe ser nada serio. Últimamente no tiene una mujer fija… Ya sabes… Se lo hace con quien puede y tiene éxito entre las modelos de la agencia… De todas formas, me pregunta mucho por ti… Creo que quiere saber cómo eres en la cama”.

– – Pensé en Jorge, un chico guapo, de edad entre mi marido y yo, tímido, soñador, algo lunático. Quise imaginármelo mientras intentaba ver mis senos. Yo sí lo había notado, pero no pensaba que Carlos también. Jorge se excitó y quería disimularlo. No soy una que suela mirar la entrepierna de los hombres para comprobar el efecto que provoco, pero esa vez yo le había provocado con intención. Intenté imaginar a Jorge en la intimidad; sus manos, preciosas, delicadas, con dedos largos de pianista. Toca muy bien el piano. Me gustaría ser su instrumento alguna vez. En mi cabeza veía a Jorge que subía por mis piernas, acariciándome con delicadeza la parte interna de los muslos, hasta hacerme cosquillas al rozar el vello del pubis y después los labios. En realidad estaba sintiendo estas cosas, pero era mi marido y no Jorge el que las hacía. Quizás también él se había excitado imaginándome en la cama con su colega. Me abandoné a las sensaciones, separando las piernas para facilitarle la exploración. A las caricias con el pulgar, siguió una caricia más profunda. Sentí el aliento de Carlos sobre el clítoris y después su lengua que hurgaba entre los pliegues de mi carne. Me estaba calentando otra vez. – – Un ruido nos interrumpió. Parecían pasos, lentos. Tiré de la falda hacia abajo y procuré colocarme en manera decente. Carlos miraba sorprendido. Seguíamos escuchando el movimiento de alguien que andaba por allí, pero no veíamos a nadie. Fuimos a mirar detrás de los matorrales. Había dos caballos pastando. Uno de ellos olía el aire. Nos echamos a reír y suspiramos tranquilos. Si alguien nos hubiera visto… Carlos me dio un codazo: – – – “¿Has visto que instrumento? Seguro que te ha olido”.

– – El caballo con la cabeza erguida lucía una media erección en su pene grande y oscuro.

– – – “Y no está ni siquiera tiesa”.

– – – “Ya te gustaría a ti” – dijo abrazándome y mordiéndome un pezón, como sabe que me gusta.

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