Primer encuentro con Sara relatos eróticos

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Tras varios meses de conversaciones en chat y algún mail acordamos quedar a cenar. En las conversaciones Sara siempre preguntaba por el vestido que me gustaría que llevara y, como no podía ser menos, en el primer encuentro real tu vestuario ha sido elegido por mí. Para la ocasión he escogido un vestido negro sin mangas y atado por detrás del cuello. Tiene un escote generoso, pero no demasiado revelador. Lo he escogido con vuelo y corto, aunque no exagerado.

La verdad es que para estar soltero he recorrido bastantes tiendas para escoger el vestido, eso sí todas online. Sonrío para mi al pensarlo, pero es que a veces cuesta encontrar un vestido que diga a la vez que una mujer es una zorrita, elegante y se pueda llevar sin montar un escándalo. Mi sonrisa se agranda cuando recuerdo que algunos de los que revisé los he guardado para ocasiones futuras en que si quiera que sea evidente que quien lo lleva es una zorrita, zorra más bien, que ya no tengo 18 años.

No me mando una foto, pero como so si le mandé el enlace de la tienda se lo que llevará. Y no creo que haya muchas morenas delgadas solas esperando con ese vestido en la zona de huertas esta noche.

Llego pronto a la puerta del restaurante y espero alejado, quiero verla acercarse y ver su reacción. No tardo mucho en verla. No mentía en su descripción. Una mujer morena de pelo largo, treintañera y delegada caminando con pasos lentos hacia la zona. Bajo el abrigo no parece que lleve nada, aunque imagino que es porque el vestido es mas corto que su abrigo. La veo caminar hasta el restaurante. Se para frente a él y mira el teléfono como consultando algo. Aún faltan cinco minutos para la hora a la que habíamos quedado, pero veo que ha hecho caso a mi mensaje de que no me gustaría esperarla.

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Contemplo sus dudas mientras mira el restaurante, y el reloj del móvil como preguntándose si ha hecho lo correcto. Me alejo de allí para dar una vuelta por el barrio buscando opciones para más adelante. Serán solo 5 minutos y me permitirá llegar a la hora acordada. Mientras camino mirando las calles y la gente que pasea le pongo un mensaje:

“Cuando llegue querré ver ese vestido, espero que sea bien visible para reconocerte”.

Mi móvil no tarda en vibrar con una respuesta.

“Hace frio, preferiría llevar el abrigo”.

Sonrío al leerlo. No ha dicho que no, sino que pide permiso para llevar el abrigo. Me planteo no contestar, casi seguro de que cumplirá, aunque no le diga nada. Aun así, decido que voy a empezar la noche con una simple propuesta y ver si acepta o no. Es verdad que hace frío, pero quiero ver si tiene la madera que parece.

“Piensa en esa zorrita que llevas dentro. Ella te mantendrá caliente mientras esperas”

Guardo mi móvil y miró mi reloj, ya casi es la hora. Mientras camino lentamente de vuelta al restaurante pienso en si será capaz. Escribir es fácil, entregarse quizá no lo sea tanto. No me ha contestado al mensaje. O se ha largado ofendida o estará allí.

Giro la esquina y la veo a lo lejos. Aún lleva su abrigo mientras tiene el teléfono en la mano. La miro desde mi sitio totalmente parado. Finalmente echo a andar hacia ella, aunque muy lentamente. Cuando oye mis pasos acercarse veo que alza la mirada del móvil. Yo mantengo la mirada fija al frente sin prestarle atención, pero aún así puedo ver que me mira y la duda le hace cambiar el peso de una pierna a la otra.

Y entonces se quita el abrigo. La verdad es que el vestido le queda muy bien. Lo suficientemente corto como para poder ser una zorrita, lo suficientemente discreto como para ser elegante. Se mantiene así, inmóvil en el frio de la noche con el abrigo en la mano mientras me acerco. Pero no estaba preparada cuando se lo dije y eso le va a acarrear un pequeño castigo. Cuando llego a su altura, sigo caminando y paso más allá sin hacer ningún gesto. Por un segundo me ha parecido que iba a decirme algo, pero se ha parado sin estar segura de si soy yo o no.

Sigo así hasta la esquina y me paro allí, apoyándome en la pared mientras la miro. Miro mi reloj. Son justo las 9, la hora a la que habíamos quedado. La veo mantenerse firme en su sitio, sin duda pasando frio, pero creo que ya se ha decidido.

De nuevo camino hacia ella, esta vez mirándola fijamente. La veo algo nerviosa al verme acercarme, esta vez ya muy segura de que soy yo. Cuando llego a ella me paro justo delante ya la miro. Durante unos segundos sin decir nada.

–          No estabas con tu vestido cuando te vi.

–          Es que hacía frio y bueno, he decidido quedar a cenar, pero no se si quiero ir mas allá. No estoy tan segura de ser lo que me llamas.

–          ¿Una zorrita? ¿No estás segura de serlo? Desde aquí lo pareces.

Noto el color asomar en sus mejillas. La excitación y la vergüenza corren paralelas en su cara al oírlo.

–          Pues yo esta noche he quedado para cenar con una zorrita. Con una educada mujer recatada hubiera quedado otro día. Así que si coge mi mano y entra a cenar conmigo. Mis ojos no me engañan y ese vestido me dice que sí eres mi zorrita esta noche.

Alargo la mano y la miro fijamente a los ojos. Sara baja la mirada, el color asoma aún mas en su cara, y puedo sentir que su excitación aumenta superando la vergüenza. Alarga la mano y se deja coger de la mano mientras la guio al restaurante.

En el restaurante esperamos a que nos den mesa, bueno la mesa que he pedido. Es un pequeño restaurante que está en un sótano y las mesas están en pequeños reservados. No hay puertas, pero salvo que venga el camarero a traer algo permite cierta intimidad. La camarera nos conduce lentamente hasta nuestro rincón y se marcha dejando la carta para que elijamos.

–          Así que te atrae el lado oscuro.

En realidad, no es una pregunta, pero aun así asiente con la cabeza y baja un poco la cabeza.

–          Bueno, aquí hay luz, pero en este sótano no hay cobertura. Podemos tomarlo como un primer paso en tu descenso a la oscuridad.

Nerviosa saca el móvil comprobando que es verdad. Un sentimiento de indefensión va a poco creciendo en ella al sentirse sola en el sótano, pero no hace ningún amago de salir.

–          Eres muy…directo. ¿Siempre hablas así?

–          Es como hablaba en el chat, ahora simplemente lo estas oyendo en vez de leerlo. ¿Qué te hace sentir estar aquí oyéndome?

–          No sé, indefensa. Me has traído a un sótano lúgubre, no hay cobertura. Estamos en un reservado. Podrías hacer…podrías hacerme lo que quieras.

Una pequeña sonrisa asoma en mi cara cuando la oigo decir eso. Pero lo dejo pasar cuando viene el camarero a tomarnos nota. Pescado y un vino blanco, mejor una cena ligera si la noche puede ser larga. Cuando vuelven a dejarnos solos retomo la cuestión.

–          ¿Indefensa? ¿Es así como te sientes? ¿Indefensa en un sitio lúgubre?

–          Sí, no sé, ¿por qué lo preguntas?

–          Porque no es verdad. – La rotundidad con que lo digo hace alzar la mirada de Sara por primera vez desde que se sentó. – Es un restaurante normal, está iluminado con velas que le dan una iluminación tenue. Este sitio a veces tiene cenas de parejas enamoradas, así que no es lúgubre la palabra que usarían la mayoría de los visitantes. Y si te paras, veras que se oyen los murmullos de otras conversaciones.

–          No. – continúo mientras Sara se mantiene en silencio– No hay nada en este sitio que te haga mantenerte indefensa o que suene a lúgubre. Nada, salvo la zorrita que llevas dentro.

La mirada de Sara baja rápidamente al oírme llamarla así.

–          No se si me gusta que me llames eso, no sé si…

–          Claro que lo sabes– la interrumpo. – Esta cena es solo para confirmar lo que ya sabes. Has podido no venir, pudiste quedarte con el abrigo, nada te obliga a estar aquí sentada frente a mí. Nada salvo mi voz y mi mirada. Una mirada que seguro que sientes que te desnuda, como haré después, y una voz que te dice lo que eres. Sara ha bajado las escaleras de este sótano, pero será mi zorra la que las suba. Una mujer normal y elegante se puso ese vestido, una puta saldrá de él.

Sara se mantiene con la mirada baja tras oír eso. Sus muslos frotan uno contra el otro.

–          Eres demasiado atrevido– Murmura finalmente.

–          ¿Atrevido?, ¿por describirte? Dime que me equivoco. Mírame a los ojos y dime que tu coño no se esta mojando al sentirte tratada como una zorrita.

De nuevo la mirada baja y el silencio. Pero esta vez mantengo la mirada y no digo nada.

–          No puedo – dice finalmente. – Me turbas, me sonrojas y…me excitas.

–          ¿Por tratarte como a una zorrita?

–          Sí.

–          ¿Sí?, ¿por qué estas excitada?

–          Por tratarme como una zorrita.

Dios, casi un hilo de voz. Pero veo que la excitación va poco a poco venciendo a la vergüenza. Muchas mujeres no se hubieran quedado sentadas si alguien les dice que espera que sean su zorra. Pero Sara sí. Claramente la noche tiene potencial.

–          Bien. –  Digo pausadamente. – Separa las rodillas y no vuelvas a juntarlas en toda la noche.

No tarda ni un segundo en separar las rodillas. Ni un comentario ni una queja. Mantiene la mirada baja.

–          Me sonrojas– Alza la mirada y me mira. – ¿Buscas un polvo? – pregunta.

–          No.

–          ¿No? – Parece sorprendida por mi respuesta

–          Si acaso una experiencia. – Le digo. – Puede incluir un polvo, no lo negaré.

–          ¡Lo sabía!

–          Pero sobre todo…– Continuo como si no hubiera dicho nada– ver los límites de una mujer entregada. Lo que si no te sonrojaras podríamos llamas una zorra mojada.

Al oír eso un nuevo temblor recorre su cuerpo y baja la mirada de nuevo.

–          ¿Como un vestido me puede traer aquí?

–          ¿A estar cenando en un reservado conmigo?

–          Sí.

–          Con tu vestido negro, pensando en quien subirá las escaleras al salir de aquí. Si la mujer que eres en tu trabajo o una puta entregada, si es que sois diferentes.

Al oír eso de nuevo se revuelve en el sitio. Sus pensamientos la hacen dudar entre la idea de que debería marcharse de allí inmediatamente y la idea de que, cuanto más se ve tratada así, más se… ¿excita? Se niega a siquiera pronunciarlo en su cabeza, pero el calor en su cuerpo empieza a ser inconfundible.

–          No sé por qué he venido. – Dice finalmente.

–          Porque dudas. – Respondo a la pregunta no formulada. – Porque quieres saber si lo eres o no. O mas bien quieres confirmar que lo eres mientras te dices a ti misma que tienes dudas.

–          Porque sé que no lo soy. – Responde en un pequeño acto de rebelión.

–          ¿No te atrae la idea? ¿Imaginarte atada y entregada como las historias que lees?

–          Es que…No sé que me pasa, me pongo nerviosa. No busco un polvo.

–          No es lo que encontrarás. Aunque te sientas una puta, no es sexo lo que buscas.

–          No.

–          Lo sé, lo que buscas es ser tratada como si tu dignidad no importase.

–          Este sitio es, tenebroso, no se puede pensar bien.

–          Esta perfectamente iluminado, creo que son tus pensamientos los que te llevan a algún sitio que consideras tenebroso.  Porque empiezas a darte cuenta de lo que ansías. Porque quieres sentir esa sensación de ser usada como una zorra sin que importe tu voluntad una vez te hayas entregado.

Su tenedor cae a la mesa al oír eso. Pero se mantiene firme, con las rodillas aún separadas. Oírse tratada como una zorra la lleva a sentirse como una. Y no puede evitar la excitación que recorre su cuerpo al estar así.

–          ¿Qué deseas?

–          Sacar a la zorra que llevas dentro. Llevarla por un camino donde acabe sometida y entregada.

–          ¿Y cómo lo harás?

–          Lo cierto es que una mujer “normal” se habría ido al decirle que estaba en un camino que la conduce a acabar como una zorra. Pero tu sigues aquí. Así creo que ya sabes que puede pasar.

–          Tu modo de hablar me produce interés, nadie me había hablado así.

–          ¿Nunca has sacado a esa zorra que llevas dentro?

Se muerde los labios

–          No.

–          Pues tus ojos me dicen que está deseando asomar.

Baja la mirada, pero la excitación crece aún mas si sabe en todo su cuerpo y sobre todo en su mente.

–          Tu cara me dice que esas deseando disfrutar de la sensación de haber entregado todo el control y ser sólo una puta obediente. Y luego ni eso, una zorra inmovilizada cuya decisión ya es irrelevante.

La respiración de Sara se agita mientras su mente vuela imaginándose posibilidades. Mueve sus piernas, pensando en frotarlas, pero recuerda porque las tiene separadas y las mantiene así. Se revuelve un poco en el asiento. Pero se mantiene en su sitio, con la mirada baja, las piernas separadas y sólo su mente la lleva a lugares donde, empieza a darse cuenta de que realmente quiere ir.

–          ¿Puedo ir al aseo? – Pregunta

–          ¿Para qué?

–          Para mojar mi cara un poco.

–          ¿Te estas acalorando? – Pregunto con una sonrisa.

Asiente sin decir nada.

–          Pero creo que no es tu cara donde tienes más calor ahora mismo.

Toda su cara se vuelve colorada al instante. Su mente se pregunta si es tan evidente su excitación ahora mismo. Si todos podrán leer en su cara que es…una zorra mojada, esta vez sí pronuncia las palabras en su mente. Y no ayuda con el calor entre sus piernas.

–          De acuerdo. – Digo finalmente. – Puedes ir al baño. Pero deja tus bragas sobre la mesa.

–          ¿Que las deje ahí al volver?

–          No, antes de irte.

La duda esta vez es pequeña, levanta el culo deslizándolas poco a poco y luego mas rápidamente por sus piernas. Mira a los lados por si viene alguien al reservado y con velocidad las coge y las coloca sobre la mesa, bajo la servilleta. Asiento al ver sus acciones y la veo levantarse con el bolso y salir hacia el baño.

En el baño Sara se mira al espejo convencida de que todos podrán ver como va. Tan segura está que solo se tranquiliza al ver que no es evidente, aunque sí parece un poco roja. Comprueba con su mano, que tal y como lo siente, su coño esta empapado. Se da un poco de agua en el cuello. Agradece haber traído un poco de maquillaje y retoca el poco que lleva encima antes de volver a salir algo más calmada, pero aun muy excitada de vuelta a la mesa.

La veo caminar mas decidida y sentarse en su sitio. La miro fijamente.

–          Directamente sobre tu piel, así es como debes sentarte.

Levanta el vestido ligeramente y se sienta directamente sintiendo el cuero del asiento sobre su piel.

–          ¿Ves?, ¿Todavía no estas convencida de lo que eres?

Sara se siente sucia, mientras busca con la mirada sus bragas. De reojo ve que bajo la servilleta siguen allí debajo.

–          Solo te has refrescado con un poco de agua en la cara, ¿no?

–          Bien, por un momento dude si ibas a necesitar acariciar tu coño mojado.

–          No es necesario. – Responde ligeramente enfadada.

Me rio al ver su pequeña rebeldía.

–          Me gusta tu carácter. Le da mas valor a tu entrega. Y efectivamente, no es necesario que acaricies tu coño. Pero, ¿podrías jurar que no va a haber una marca cuando te levantes?

–          No, no podría.

–          ¿Y por qué no?, ¿Por qué eres una zorrita mojada, excitada ante la idea de entregarte?

–          Es que no lo puedo remediar.

–          ¿Y por que ibas a hacerlo? Es mejor dejarse llevar y ver donde te conduce esa sensación.

Sara asiente sin decir palabra.

–          Así sabrás lo que se siente al estar indefensa e inmovilizada. Entregada a que te usen sin importar lo que opines.

El camarero viene a cobrarnos la cena mientras las palabras resuenan en la cabeza de Sara, cada vez más entregada a la idea de descubrir esa entrega. Nota la respiración agitada y la sensación de que todos van a darse cuenta de que esta muy mojada mientras oye una breve descripción de su futuro si sale del restaurante conmigo.

Tras pagar la cena saboreo la última copa de vino mirándola. Señalo las bragas.

–          La zorra que me acompañará fuera de aquí no las necesitará. Pero puede llevarlas en el bolso.

Gira la cabeza mirando la servilleta y lo hay debajo. Siente los latidos en su pecho con cada respiración. Tiene un instante de duda, pero le dura muy poco. Alarga la mano y coge las bragas que guarda el bolso. Después de eso, se levanta a la vez que yo y sube conmigo las escaleras del restaurante. Antes de salir le abro la puerta dejándola salir primero.

–          Que caballero, me gusta.

–          Lo cortes no quita lo valiente. – Respondo. – Ni el vestido elegante oculta a una autentica zorrita.

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