Violada delante de mi novio

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Lo que prometía ser una gran tarde de sexo salvaje con mi novio pronto se convirtió en la peor de las pesadillas

– Sigue… sigue… justo ahí, sí… más rápido… – por momentos los gemidos de la mujer se oían en todo el edificio y parecía que la cosa no había hecho más que empezar.

 – Dios, como me la estás ordeñando – jadeaba el hombre mientras bombeaba la polla a buen ritmo y masturbaba el clítoris de la mujer.

El sudor le bañaba los pechos y gotas resbalaban mientras no dejaba de botar encima de esa barra dura de carne que tanto le gustaba. Los labios en su cuello lanzando ocasionales mordiscos y la mano acariciándole todo el coñito la estaban llevando a un punto sin retorno con sorprendente facilidad. Sin previo aviso, el hombre la agarró por las caderas y la puso a cuatro patas sobre la cama sin dejar de penetrarla ni un segundo.

 – Estás disfrutando como una perrita, ¿verdad? – preguntó él mientras la soltaba un sonoro azote en el culo.

 – Joder, esto es la hostia… me corro.

 – Sí nena, córrete para mí.

El hombre la agarró de las caderas y comenzó a embestirla con todas sus fuerzas mientras ella no paraba de gemir y retorcerse presa del placer. Las preocupaciones del día, el estrés que sufría en su trabajo y todo lo demás se desvanecieron mientras sucumbía a las sensaciones que tomaron cuenta de ella. Después de unos deliciosos segundos en los cuales el orgasmo recorrió su cuerpo, cayó sin fuerzas sobre la cama.

Él no creía que pudiera aguantar mucho más, la visión de esa diosa gozando debajo de él hacía que su polla quisiese explotar ya. Cuando ya notaba que los testículos estaban a punto de estallar, agarró a la mujer con fuerza por las caderas y le soltó un azote en la nalga que se mezcló con el ruido del gatillo de un arma siendo accionada y colocada sobre su sien.

 – Vamos, sigue Miguel, ¿por qué paras? – preguntaba la mujer inconsciente de lo que estaba pasando mientras movía las caderas alrededor de una polla ahora totalmente inmóvil.

 – Tranquila belleza, que éste no creo que vaya a terminar ahora, pero yo acabaré lo que empezó, no te preocupes – contestó una voz sorprendentemente grave que claramente no era la de su novio.

Fue entonces cuando la mujer cayó en la cuenta de que no estaban solos en la habitación y se acordó angustiada de como había olvidado cerrar su piso con llave con las prisas y el ansia de follar que traía esa tarde.

 – ¿Quién eres tú? – fue lo único que se le ocurrió preguntar entre balbuceos.

Giró la cabeza y vió el brillo de la pistola con silenciador apuntando a su novio y siendo sostenida por un hombre enorme de cabello corto del que no podía ver bien la cara debido a la oscuridad de la habitación.

 – Eso no importa nena, es así como te ha llamado éste de aquí antes, ¿no? Espero que no te importe que te llame así yo también. Solo importa que después de que te folle no vas a poder olvidar esta noche nunca. ¿Sabes una cosa? Te vas a arrepentir de haberme tratado como me trataste – su tono de voz iba aumentando mientras la ira tomaba cuenta de él.

 – ¿Pero de qué coño está hablando Inés? – se le escapó sin querer a Miguel.

Un fuerte golpe en la cabeza con la culata del arma que hizo que por fin los dos cuerpos se separaran y provocó que Miguel cayera de rodillas al suelo con la polla ya medio flácida mientras soltaba un grito de dolor.

 – A partir de ahora tú vas a estar calladito a no ser que te pregunte algo, ¿nos vamos entendiendo? – preguntó el hombre mientras volvía a apuntarle con la pistola – este asunto es entre ella y yo.

Mientras las lágrimas comenzaban a correr por su rostro emborronando el maquillaje que llevaba, Inés intentaba tapar su cuerpo desnudo con la sábana como podía.

 – Teee….ne…nemos dinero y el portátil si quieres, te daremos lo que quieras, pero por favor, no nos hagas daño – suplicó entre balbuceos.

 – Ahora estamos entendiéndonos tú y yo, si me das lo que quiero sin quejas te devuelvo a tu noviecito entero, como recién estrenado.

 – ¿En serio? – preguntó Inés con una tonta sonrisa de felicidad en el rostro – te daré lo que quieras y te juro que no le diremos nada a nadie cuando te vayas.

 – Eso no me gustaría tanto nena. Verás, lo que yo quiero es tenerte para mí abierta de piernas esta noche. Toda la noche. Podría disparar a tu novio, atarte y simplemente follarte hasta no poder más. ¿pero qué gracia tendría eso? – continuó hablando sin dejar de gesticular con una mano mientras sostenía la pistola con la otra – Seguro que gritarías mucho…yo te tendría que hacer callar… no pararías de revolverte…vamos, que me arruinarías todo después de tanto tiempo pensando en esta noche. Mejor vas a ser una niña buena y lo vas a hacer por voluntad propia.

 – ¡Ni lo sueñes pervertido! Nunca me acostaría contigo por voluntad propia – respondió Inés súbitamente enojada con la situación.

 – No la vas a poder un dedo encima, por encima de mi cadáver – Miguel cogió fuerzas de las palabras de su novia y se incorporó con la intención de abalanzarse sobre el hombre y arrebatarle la pistola.

Con lo que el chaval no había contado es con la capacidad de reacción y los reflejos que tenía el hombre que rápidamente apretó el gatillo acertando un tiro en la pierna que le derrumbó al instante.

 – ¡Migueeeel, no! – gritó Inés aterrorizada pensando que lo había matado.

 – Hijo de puta – Miguel se incorporó un poco de suelo mientras se llevaba las manos a una pierna que se iba ensangrentando por momentos.

 – Tranquila morena, no le he matado todavía – su tono de voz denotaba enfado, claramente no le gustaba que las cosas salieran de su control – pero si quieres que siga vivo vas a tener que ser buena y hacer lo que yo te diga sin rechistar. ¿Vas a hacerlo o tengo que seguir agujereándolo?

Aunque le entraban ganas de vomitar solo en pensar en la posibilidad de someterse ante ese hombre violento del que no conseguía recordar de qué lo conocía, Inés no podía dejar que matara a Miguel, estaba segura de que nunca se lo perdonaría a sí misma.

 – Lo haré – contestó intentando mostrar una seguridad que no sentía – dejaré que me folles si es lo que quieres.

 – ¡No lo hagas! – las palabras de Miguel rápidamente fueron cambiadas por un gemido de dolor provocado por una fuerte patada en el estómago que el hombre le pegó.

 – Me estoy empezando a cansar de que tu noviecito no sepa mantener su boca cerrada, asique vamos a ver como solucionamos esto.

Tras estas palabras, el hombre, claramente impaciente por empezar a follarse a esa belleza de mujer que intentaba inútilmente tapar sus curvas, cogió la corbata de Miguel y le ató las manos a un radiador que había en la pared y le amordazó con la camiseta de Inés, la cual estaba tirada a su lado en el suelo.

 – Mucho mejor así, sino no nos iba a dejar divertirnos como es debido.

Y dicho esto, dejó la pistola en una estantería mientras empezaba a desnudarse acercándose a la mujer. Cuanto más le miraba más le sonaba su cara, pero, por más que lo intentara, Inés no conseguía recordar dónde lo había conocido.

Era un hombre de tez algo oscura y muy musculoso, se notaba que había usado mucho las pesas en el gimnasio. Quitando ese cuerpo, el resto no era para echar cohetes. De cara era más bien feo, tenía algún diente partido como de alguna pelea en un bar y la mirada lasciva que en ese momento tenía en el rostro era repulsiva. El hombre no pudo evitar notar la mirada de análisis que la mujer le estaba echando.

 – ¿Qué, todavía no te acuerdas de mí? – preguntó mientras se desabrochaba los pantalones y dejaba ver una polla más que erecta a esas alturas y nada mal en cuanto a tamaño.

 – No, perdona – contestó mientras intentaba inútilmente alejarse de él retrocediendo en la cama a gatas.

 – No te preocupes, seguro que ya me recordarás.

Sin previo aviso el hombre, ya totalmente desnudo, se abalanzó sobre la mujer mordiéndole las tetas, esas tetas grandes y turgentes en las que había pensado tantas veces mientras se masturbaba en la ducha. Inés no se pudo controlar ante las dentelladas que le empezó a pegar a sus pobres pezones y comenzó a revolverse intentando quitárselo de encima.

 – ¡Esto no es lo que habíamos acordado! – su rebeldía se había visto castigada con una bofetada en la mejilla – ¿Tan poco te importa este miercedilla que quieres que le pegue dos tiros?

 – Por favor, no le hagas nada, me estaré quieta – dijo Inés mientras se recostaba en la cama ofreciéndosele sin dejar de llorar ni un momento.

 – Así me gusta, ahora para que veas que soy buena persona, te vas a estar quietecita mientras te como el coño ¿vale? – susurró dulcificando la voz.

La mujer solo pudo asentir levemente con la cabeza antes de que la boca del violador estuviera sobre su coñito expuesto. Al principio le molestó, hacía mucho tiempo que se le había secado y además el hombre mostraba más ansia que pericia. Pero para su vergüenza descubrió que al final la sensación no estaba tan mal, con los ojos de su novio inyectados en sangre clavados en ella, comenzó a sentir placer.

Después de un buen rato de ansiosos lametones y mordisquitos en las ingles, el hombre decidió que ya había esperado bastante y cogió sus piernas hasta colocar sus pies sobre los hombros. Podía oír los gritos amortiguados de Miguel y eso solo le daba más morbo a la situación.

Inés evitó soltar cualquier gemido o mirarle a la cara mientras le metía lentamente la polla, pero mientras se la follaba él notaba como el coño apretaba su polla y como éste estaba mucho más mojado que antes, no solo por su saliva.

 – Si resulta que tenemos aquí a una guarra de primera – se deleitó – ahora vas a arrodillarte cerca de tu novio y por su bien vas a pedir para mamarme la polla.

Al ver que no tenía muchas opciones hizo lo que le pedía y, colocándose tan cerca que casi podía oler la sangre que le había salido a Miguel de la herida, se arrodilló para él.

 – Quiero comerte la polla, por favor – pidió en voz baja, sorprendida de que eso no fuera del todo falso.

 – Así me gusta, una buena chica. Vas a ver que esta no se parece en nada a la cosita que le cuelga a tu novio.

Sin darle tiempo ni de coger aire, le cogió por la nuca y le clavó la polla hasta el fondo de la garganta. Le costó un poco acostumbrarse a la diferencia de tamaño, ya que ésta era más grande que la de Miguel y le costaba respirar con ella entera en la boca. Además, para su horror se dio cuenta que sabía bastante a su propio flujo y se preguntó cómo podía ser tan guarra.

El hombre, más que una mamada, parecía que se estuviera follando la boca de la pobre Inés, y ella lo único que podía hacer era mover la lengua intentando que terminara lo antes posible mientras las babas no paraban de salir por sus comisuras.

 – Sí… así… lame más nena… que éste vea lo que disfrutas con una buena polla – jadeaba como un animal en celo sin dejar de mover las caderas para delante y para atrás.

 – Grr…grr – Inés ya no aguanta más, se le saltaban las lágrimas y le faltaba el aire.

 – ¿Qué pasa? ¿tu boquita ya no puede más?, tranquila, que cambiamos.

Le sacó la polla de la boca y, sin esperar a que Inés dejara de toser, la colocó a cuatro patas en la cama mirando directamente en dirección a su novio. No necesitó ir despacio, la saliva en la polla y su propia lubricación hicieron que entrara como un guante, dilatándose hasta que los huevos chocaron con su culo. Comenzó a follársela con fuerza, haciendo que los muelles de la cama sonaran con cada embestida y arrancando pequeños jadeos que Inés intentaba disimular a toda costa.

 – Al final ha resultado que tenemos aquí a toda una puta, parece que todas en tu familia sois iguales.

 – ¿QUÉ? – intentó preguntar Inés, aunque no pudo continuar por las feroces folladas que comenzó a darle.

Y fue en ese momento de sexo desenfrenado en el que el hombre la follaba con ansia, teniéndola fuertemente agarrada por caderas, cuando cayó en la cuenta de quien era. “Oh dios, Santiago”. Horrorizada, fueron a su mente imágenes de aquel chaval flacucho, alto y sin gracia que había intentado salir con ella cuando eran adolescentes y al que ella había rechazado y humillado cruelmente delante de todos. Pero lo peor era que por fin todas las piezas encajaban, Santiago también era el sádico que el año pasado había violado a su hermana en un parking y que nunca nadie había podido identificar.

 – Túúúú… ¡Malnacido!, ¡Cabrón! ¿Qué le hiciste a Blanca? – comenzó a gritar asqueada mientras se revolvía intentado separarse del hombre que la seguía empotrando indiferente a todo.

 – ¿Por fin te acuerdas de mí? Me siento honrado – decía mientras aumentaba la fuerza de su agarre y se pegaba a ella evitando que sus cuerpos se separaran – tu hermanita también era peleona como tú, aunque tu cuerpo es mucho más apetecible que el suyo.

 – ¡Suéltame! ¡Parghrha! – sus gritos dejaron de entenderse cuando Santiago colocó una mano sobre su boca, mientras que con la otro tiraba con fuerza del pelo.

La resistencia que estaba ofreciendo Inés no hacía más que aumentar el ardor y el placer que el hombre estaba experimentando. Ese coñito era apretado y caliente y la imagen de su polla abriéndolo le estaba llevando a la locura. De vez en cuanto magreaba esas tetas que llenaban toda su mano y tiraba de los pezones hasta provocar que soltara gritos de dolor.

 – No veas que decepción me llevé al principio al ver que la mujer que estaba en el coche no eras tú, sois tan parecidas… – susurraba – pero bueno, ya que estaba allí no podía dejar a esa puta con las ganas.

Las furiosas embestidas y algún azote suelto habían provocado que el culo se hubiera puesto de un color deliciosamente rojo, que Santiago no quería sino aumentar. Estaba empapado de sudor, su polla latía y cada vez la empotraba más desenfrenado, tuvo miedo de no poder esperar para terminar y arruinar la diversión antes de tiempo.

Con toda la fuerza de voluntad del mundo, se separó de ella y la empujó hasta que cayó al suelo. Inés quiso le miró pensando que ya se había corrido y que todo había acabado, aunque una mirada a la polla dura y brillante que tenía encima de ella la hicieron cambiar rápidamente de opinión.

 – Ya veo que te has quedado con ganas antes de seguir comiéndome la polla, pero lo siento, ahora tengo otros planes para ella – cogió la pistola de la estantería y apuntó a Miguel – mira a este pichafloja, de ver cómo me follo a su novia la tiene como un mástil. Para que veas que soy buena persona, voy a dejar que se la comas.

Por mucho que le horrorizaran sus palabras Inés vio que tenía toda la razón, aunque intentaba ocultarlo Miguel tenía una erección impresionante. Sin dejarse tiempo para pensar se arrodilló cerca de su novio y empezó a acariciarle lentamente la polla.

 – Ese entusiasmo es el que quiero, se te veía en la cara de eres una comepollas de primera. Ahora pon el culo en pompa que vamos a prepararlo para algo muy especial.

Ignorando los sonidos y los gestos de negación que hacía Miguel para que parara Inés se puso a cuatro patas y se llevó la polla a la boca. Por mucho que odiara a su novio por excitarse con su violación todavía se sentía culpable por haberse puesto cachonda hacía un rato, asique se esmeró en hacer la mejor mamada posible para que se corriese cuanto antes.

Conocía perfectamente cómo le gustaba que se la comiera, por lo que primero empezó a pasar la lengua lentamente desde los huevos hasta el glande, notando en la lengua como la punta ya estaba mojada. Luego pasó la lengua alrededor el glande y se lo metió a la boca, succionando con fuerza. Fue bajando la boca sin dejar de mover la lengua por toda la polla hasta que se la tragó entera, haciendo esfuerzo con la garganta hasta que se le saltaban las lágrimas.

Mientras tanto, como Inés sospechaba, Santiago había dejado la pistola y se había puesto detrás suya y le estaba embadurnando el culo con lubricante. Nunca lo había hecho por ahí, y estaba temblando solo de pensar en esa gran barra de carne partiéndola en dos, pero sabía que si se resistía sería mucho peor.

 – Nena, mírale a los ojos mientras te lo rompo.

Intentó con todas sus fuerzas mantenerse serena, coger ánimos en los ojos de compasión de su novio, pero cuando notó que la polla había entrado hasta el glande y cómo su culo se dilataba hasta límites insospechados intentando acogerlo entero en su interior no pudo evitar gritar de dolor.

 – ¡AUHH! No entra, sácalo por favor, sácalo – empezó a llorar de nuevo mientras notaba como el culo le ardía.

 – Dios, esto es la gloria, como me la estas estrujando. Intenta relajarlo, que ahora viene lo bueno.

Agarrándola y abriéndola las nalgas metió la polla entera de un solo empujón con la cadera. Inés nunca había sentido un dolor igual en toda su vida, sentía como su estaba desgarrado y el dolor recorría cada rincón de su cuerpo. Pensó que se iba a desmayar.

 – Sííííííí, joder, que culo más tragón. Vamos, síguesela comiendo, quiero verte empalada por todos lados.

La mujer hizo lo que decía, no tenía otra opción, cogió la polla con fuerza y empezó a subir y bajar la cabeza succionándola con fuerza. Mientras tanto, se notaba que Santiago estaba en el paraíso.  Gemía como un toro mientras embestía el dolorido culo con todas sus fuerzas, ajeno a todo lo que no fuera el placer que estaba sintiendo.

Inés aguantaba la follada como podía, intentando centrarse en la sensación de la polla de Miguel en la boca antes que en el dolor agónico de su ano. De repente sintió como su violador aumentaba la velocidad hasta casi levantarla del suelo con cada golpe de cadera.

 – Te voy a llenar el culito con mi leche, no vas a poder sentarte en una semana – gritaba cada vez más fuera de sí.

Fue entonces cuando Inés oyó un sonido muy extraño y sintió como todo el peso de Santiago se derrumbaban sobre ella, haciendo que fuera difícil respirar. Se revolvió hasta que consiguió salir de debajo suya y se dio cuenta que el hombre tenía un agujero de bala entre ceja y ceja, estando sin lugar a dudas muerto. Se giró sin entender nada y vio a Miguel todavía con el arma en la mano y con la muñeca ensangrentada después de haber conseguido zafarse de sus ataduras.

 – Mi…miguel, ¿qué has hecho? – la estupefacción impregnaba la voz de Inés.

 – Perdona por no haberte podido ayudar antes mi amor. No he podido evitar que ese monstruo te…te… – se le notaba que estaba al borde de las lágrimas después de todo lo sucedido.

 – Shhhh, tranquilo, está todo bien, lo has hecho para protegernos, ese cabrón se lo merecía después de lo que le hizo a mi hermana – susurraba mientras le abrazaba y acariciaba suavemente el pelo.

Inés no podía dejar de ver la ironía de ser ella la que estuviera consolándole, pero sentía que si no seguía abrazado a él en ese momento se partiría en mil pedazos.

 – ¿Lo superaremos verdad? – la voz de Miguel estaba llena de esperanza mientras la besaba con dulzura.

 – Lo intentaremos, juntos.

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