La vida secreta de Ana Patricia

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Nunca he sido muy atrevido con las mujeres, a diferencia de otros de mis amigos. Sin embargo, también es verdad que a mis veinte años, tampoco me ha dado tiempo ha vivir mucho.

Lo que quiero contar, es algo, la mejor experiencia sexual que he tenido en mi vida…

Me llamo Jorge. Soy un chaval normal, de barrio. No me considero un Adonis, pero no estoy mal; tengo buena planta. Trabajo por las tardes en un almacén de electrodomésticos. Al terminar el bachiller, no quise seguir con mis estudios. Nunca se me dieron muy bien.

Tengo novia; se llama Belén. Tiene mi edad y nos conocemos desde el instituto. Ella estudia empresariales.

Llevamos tres años juntos. Ambos perdimos la virginidad juntos. Ella es muy guapa; morena y tiene una carita muy dulce; su cuerpo es menudo, pero bonito. Quizás lo que echo de menos, es que tenga más curvas. Me encantan las mujeres con curvas; sobre todo pechugonas. De pechos grandes y llenos. Mis ojos se van hacia ese tipo de mujer, desde que tenía diez años.

Mi chica tiene pechos pequeños, aunque bonitos.

Mi vida sexual…, bueno, ni bien ni mal. Mi novia es de las que solo lo hacemos cuando a ella le apetece. Cuando nos ponemos al lío; es muy clásica. Apenas me hace sexo oral y eso que sabe que me encanta que me la chupe. Ya no digamos cosas como sexo anal. Eso ni mentarlo.

Siempre se cansa si se pone encima; me pide que sea yo el activo. Y el tema de correrme sobre ella, me ha dejado en contadas ocasiones, sobre su vientre. En fin, nada fuera de lo común.

Algunos de mis amigos, si tienen novias un poquito más lanzadas; y sus historias siempre alimentan mis fantasías. Me masturbo imaginándome con ellas.

Ni que decir tiene que vídeos y fotos de tetonas en Internet, surten mis pajas y deseos más sucios. Mujeres de mi entorno, desde amigas de mi madre; pasando por vecinas; mi tía Sofía, hermana de mi padre, mujer de cincuenta no muy guapa, pero con unas tetas más que apetecibles; en fin, supongo que lo normal.

Pero hay una mujer, que alimenta mis pajas desde hace tres años; llevándome a la locura.

Se llama Ana Patricia, Paty. Ella tiene un cibercafé en mi barrio.

Empecé a frecuentarlo, porque yo no tenía Internet en casa y además, los amigos del barrio nos juntábamos allí. Aunque desde hace dos años, sí ya tengo Internet en casa; sigo yendo porque me encanta ver a Ana Patricia. He cogido algo de confianza con ella.

Suelo ir por las mañanas; es cuando tengo libre y además, hay mucha menos gente. Está más tranquilo.

Paty, es una madurita de unos treinta y pico. Está casada y tiene dos hijos. Uno adolescente y otro un poco más pequeño. A su marido lo he visto varias veces, con los críos, por el cibercafé.

Paty es bajita; de pelo castaño oscuro muy largo y ondulado; casi siempre lo lleva recogido. Muy guapa de cara; siempre sonriente, sabe despertar el interés de todo el mundo. Es rellenita; tiene unas piernas torneadas y bien jamonas; muslos potentes y un culo abultado, que luce con pantalones muy ceñidos y faldas cortas. Su cintura se marca, aunque esté llenita.

Pero lo que me enloquece; son sus enormes tetas. Siempre lleva camisetas o polos ajustados. Se ven grandes y llenas. A veces, se le marca el sujetador, que parece no poder contener esas ubres que imagino de tacto suave y pesado.

En tres años, me habré masturbado millones de veces pensando en Paty; en follármela; en tocar y chupar esos pechos grandes y macizos; en hacer cosas que solo he visto en vídeos porno.

Mis amigos, que también van al cíber; no paran de hablar de ella. “Qué tetazas… Seguro que folla de miedo. Estas maduritas buenorras y simpáticas, las matan callando… Qué cubanas hará con ese par de globos… Imaginad correrse en sus tetas… “, etcétera; son los comentarios habituales de mis amigos.

Hasta mi padre ha comentado algo, alguna vez que yendo con él, nos la hemos cruzado por el barrio. Un día saliendo del portal, pasó Paty en dirección al cibercafé; justo cuando mi padre y yo salíamos.

– Hola Jorge – saludo Paty, sonriendo.

– Adiós Paty – le dije cortado.

Mi padre, se dio la vuelta y la miró pasar. Luego se giró y seguimos andando y me dijo:

– ¿Esa es la mujer del cibercafé, no? – preguntó.

– Sí, es ella… – dije.

– Madre mía… Está…, está potente… Ahora ya sé por qué vas ahí casi todos los días, caradura. Va bien de delantera, ¿verdad? Menudo par de tetas – dijo mi padre, guiñando un ojo.

Me encantaba charlar un poquito con Paty, cuando íba a su local. Me volvía loco, verla atender a la gente, meneando su culazo y sus tetazas. Y seguro, que no era el único.

Lo que voy a relatar, pasó hará un tiempo…

Era lunes y había madrugado. Decidí ir al cibercafé a tomar algo y mirar unas cosas por la red; y de paso, echar un ojo (y una mano, con mi imaginación) a Ana Patricia.

Ella acababa de abrir y a esas horas, las primeras; estaba muy vacío.

– Hola Jorge. Qué madrugador, que ya vienes a verme – dijo con su sonrisa juguetona.

– Sí; quería mirar unas cosas – contesté.

Paty, llevaba unas zuecos de cuña; una faldita vaquera que marcaba su trasero y dejaba ver sus piernas por encima de la rodilla. Llevaba una blusa de tirantes anchos, que marcaba sus grandes tetas. Podía verse transparentar el sujetador, y además, como siempre; con el escote bien abierto enseñando canalillo.

– ¿Qué tal el trabajo? – me preguntó.

– Muy bien. Algo liado – dije.

– Aquí a estas horitas, está muy tranquilo – me dijo. – Siéntate donde quieras. ¿Qué vas a tomar? – continuó preguntando.

Le pedí un café y al rato me lo llevó a la mesa, donde me había sentado con el ordenador. Intercambiamos algunas palabras.

Yo la miraba limpiar con disimulo, tras la barra. Y solo pensaba en lo buena que estaba.

No había nadie. Como a los veinte minutos; entró un tipo. Era un repartidor de refrescos. Un hombre alto; delgado pero se le veía fibroso. No sé…, quizás de unos casi cincuenta. Pelo corto, con algunas canas y barba de un par de días. Cara de guaperas madurito, con pinta de chulo. Un tipo de esos, con los años bien llevados. Iba con ropa de trabajo; pantalón multibolsillo y un polo gris.

– ¡Hola guapísima! – dijo con voz ronca y profunda, sonriendo a Paty.

– Luis; pensé que hoy no vendrías. Hola… – dijo ella sonriendo y ajustando su blusa.

– Te dije que sí – contestó él.

Ambos hablaron en la barra unos minutos. No podía escuchar lo que decían, por la música del local.

Paty sonreía y le miraba con picardía; y se mostraba nerviosa.

El tipo se fue y en un par de minutos, volvió con una carretilla con cajas.

Paty, se acercó a mí y me dijo:

– Jorge, perdona. Voy a ayudar al repartidor a meter la mercancía ahí atrás; si alguien entra, te acercas a la barra y me pegas un grito. “¡Eh, Paty, sal fuera!”, me dices; ¿vale? – me dijo guiñándome un ojo.

– Vale, sin problema – respondí.

Ella entró con el tipo aquel y cerró la cortina del almacén tras la barra.

Aquello me pareció curioso y por no sé…, quizás el impulso de vouyer que tengo; pasados un par de minutos y viendo que seguía solo en el local, me levanté y camine despacio tras la barra. Aparté un poco la cortina, y miré.

Había un pequeño pasillo con cajas y unos cubos. Al fondo, se veía luz. Con el corazón a cien, me atreví a entrar. Si Paty me pillaba, le diría que quería pedirle algo, pensé.

Llegue a la esquina de la habitación iluminada. Todo eran cajas y estanterías con bebidas.

Asomé la cabeza y tras una estantería, vi algo que me cortó la respiración…

Paty y aquel tipo, estaban abrazados besándose con pasión. El tipo, le devoraba la boca, lengua con lengua. La besaba el cuello; y mientras ella le cogía por los hombros, él le manoseaba el culo, bajo la falda vaquera. El culo de Paty, se veía fantástico. Sus nalgas gruesas y apretadas, con un tanga blanco; eran amasadas por las manos de aquel hombre.

No podía creerlo; Paty, casada y con hijos, tenía un lío con aquel hombre.

– Me encanta tu culo… Joder…, cómo me pones… – susurraba él en voz baja, mientras le sobaba el trasero.

– No hay mucho tiempo. Pueden entrar clientes. Y está ese chico… ¡Aaah, qué rico! Tócame… – dijo ella; mientras el deslizaba su mano, tocando las enormes tetonas de Paty, sobre la blusa.

– Quiero comerte esos melones… ¡Joder que tetas! ¡Bufff! Me vuelvo loco… – dijo mientras le desabrochó la blusa rápidamente y con frenesí, sacó los enormes pechos de Paty, de las copas de aquel sujetador blanco.

Mi polla estaba dura como el acero. Mi respiración, se aceleraba. Tenía miedo de que me vieran; pero desde mi posición, era difícil. Fuera, se oía la música, y yo solo podía pensar en que por favor, no entrará nadie al cíber…

Paty, con la falda subida, la blusa abierta y el sujetador con las copas bajadas; se veía tremenda. Sus tetas eran enormes, con una caída natural preciosa; blancas, llenas, pesadas; con unas areolas marrón claro, grandes. Sus pezones, muy carnosos.

Ella jadeaba y besaba en el pelo a aquel tío; apretando con sus manos la cabeza de este, entre sus enormes domingas.

El amasaba y chupaba sus tetonas. Lamía sus pezones y los chupaba; metía grandes bocados a las tetazas de Paty.

– ¡Ooooh, así…, así..! ¡Chúpalas! Me gusta… Qué rico… – susurraba ella.

– Qué tetorras, grandes y gordas… ¡Patricia! Me ponen… – dijo él, mientras devoraba aquellas ubres, que para mí, eran mi objeto de deseo.

– Ven…, vamos…, toma…, toma… – dijo él, mientras se bajaba el pantalón.

Paty, se agachó tocándose las tetazas, y ayudándole a bajarse la ropa interior. Se puso de rodillas y bajó sus calzoncillos. Ella sacó la enorme polla de aquel tipo. Juro que aquella polla, era grande como la de un burro. Gruesa, dura, descapullada; me encantaría tener una polla así. La mía es más modesta.

– Vamos… Chupa…, te gusta esto… Vamos… – dijo él, mientras Paty, meneándola con una mano, se la metía en la boca y apretaba sus labios sobre aquella inmensa polla; moviendo la cabeza adelante y atrás.

Él marcaba el ritmo de la mamada, sujetando la cabeza de Paty con ambas manos. Ella, por momentos soltaba el rabo de aquel hombre y se amasaba las tetonas, chupándosela sin manos.

– Así…, así…, que caliente eres zorrita… Tócate esos melones… Joder qué tetorras…, joder que tetas… – decía él.

Yo, comencé a masturbarme por encima del pantalón de chándal. Me mantenía alerta, para que no me vieran. No podía dejar de mirar.

El tipo se agachó un poco y puso su enorme polla, entre los grandes pechos de Paty. Ella sonrió y sacó su lengua. El cogió sus tetazas, y aprisionó su polla entre ellas con sus manos. Empujaba con sus caderas y se las follaba como si no hubiera un mañana.

– Así…, así joder… Quiero follarte esas tetas, Patricia… – decía él, mientras deslizaba su pollón entre ellas.

Paty, mientras estaba de rodillas dejando que aquel tipo se follase a gusto sus enormes pechos, se masturbaba tocándose el coño bajo el tanga blanco. Su mano se movía frenéticamente y ella jadeaba, con la boca muy abierta, los ojos entrecerrados y con su cuerpo balanceándose por las embestidas que aquel hombre, le pegaba con su miembro entre las tetas.

– ¡Luís, me corro! ¡Aaaah! – dijo Paty, hundiendo sus dedos en su vagina y usando ambas manos para darse placer.

– Sí…, sí…, yo…, yo también, yo también… Toma, toma…, mi leche… ¡Abre la boca! ¡Aaaah! Abre…, abre… Voy a correrme… Joder, joder… – gimió él, mientras sacaba su polla agresivamente de entre las tetonas de Paty, que cayeron rebotando al soltarlas. Cogió la cabeza de ella por el pelo y dirigió su polla a la boca de Paty.

Él gimió. Se puso de puntillas y apretó su miembro en la boca de ella. La boca de Paty no podía abarcar la polla del tipo; y una masa blanquecina salía por las comisuras de su boca.

– ¡Aaaah, me corro! ¡Aaaah, qué gusto! – dijo, mientras deslizaba su rabo fuera de la boca de Paty y un semen blanco y espeso, salía de su boca bajando por la barbilla y su cuello.

El tipo volvió a convulsionar y un chorro salto de su miembro a la frente de Paty. Otro y otro y otro más… Aquel tío era como un surtidor. Impresionante qué manera de eyacular.

El corazón me iba a cien y mi polla, iba a explotar.

Salí de allí despacio… Justo al salir, entraban dos chicos al local, que me sobresaltaron.

Me dijeron hola. Yo, me giré en la barra y avisé a Paty, con un grito.

– ¡Paty; tienes clientes! – dije.

– Ahora salgo; ya voy – dijo desde el almacén.

Me senté en shock y con mi polla morcillona. No podía creerlo.

Paty, salió con aquel tipo. Se la veía sonriente y acalorada.

– Te llamó, Luis… – dijo despidiéndose, mientras él se iba.

Atendió a los chicos y luego, se acercó a mí.

– Gracias por avisarme. He tardado un poquito. No veas el lío de cajas que tengo ahí detrás – me dijo sonriendo.

Me fui a casa después. No pude ni comer, excitado como estaba. Mi madre pensó que estaba enfermo.

La tarde en el trabajo, se me hizo eterna. El bombardeo de imágenes de Paty y aquel tipo afortunado, era constante en mi mente.

Aquella noche, fui a buscar a mi chica al salir del trabajo. Fuimos a dar una vuelta con mi coche. Poca cosa, porque ella quería estudiar.

Por suerte, quiso echar un polvo; y nos fuimos a un descampado donde solemos ir, para tener sexo. El mismo sexo aburrido de siempre, pero esta vez con el aliciente de la visión que había tenido aquella mañana en el cibercafé. Me imaginaba follándome a Paty.

Durante días no pude quitármelo de la cabeza.

Iba al cíber y con solo verla, volvía aquella visión a mi mente…

Habría pasado un mes, desde que vi a Ana Patricia, con aquel repartidor. Era un viernes a última hora, ya de noche; yo volvía de mi trabajo y al pasar por el local de Paty, la vi cerrando.

– Hola Paty – le dije, acercándome a hablar con ella.

– Hola Jorge. ¿Ya de vuelta del trabajo? – me preguntó con una sonrisa, de esas suyas.

– Sí, por fin se acabó por esta semana.

¿Qué haces por aquí a estas horas? Tú sueles estar por las mañanas – pregunté.

– Pues la chica que tengo por las tardes está enferma y me he quedado a cerrar. Menos mal que mi marido pudo salir del trabajo, e ir a por los niños al colegio – respondió, poniendo cara de circunstancia.

Paty llevaba unas playeras blancas; una faldita blanca enseñando sus piernas, y un polo verde oscuro, ajustado y escotado. Estaba estupenda.

– ¡Buff! Aún me queda un rato. Tengo que ordenar cajas en el almacén. ¡Qué ganas de acabar! – dijo Paty, con rostro cansado.

Pensé, “puedo echarle una mano y pasar un rato con ella; sería genial”.

– Oye, puedo echarte una mano si tú quieres – le dije.

– ¡Uy! ¿Harías eso? Genial, acabaría antes – respondió sonriente.

Ella llamó a su marido para decirle que aún le quedaba un poco y que diera de cenar a los críos.

Entramos al local y puso el cartel de “Cerrado”. Ya en el almacén, la ayudé a colocar cajas llenas de bebidas y apilar las vacías.

Me estaba excitando mucho verla meneando ese culazo y esas tetas grandes y apretadas. Mi mente empezó a recordar lo que había presenciado en aquel almacén.

“¿Debería confesárselo?”, pensé.

El corazón se me agitó y quizás con poco sentido común, pero mucho valor y calentura; me arranqué…

Paty… Oye, verás. No sé cómo decírtelo pero no quiero que te molestes… Me da vergüenza…- le dije temblando.

– ¿El qué? ¿Decirme el qué, Jorge? – con cara de sorpresa y una sonrisa dulce.

– Verás… Hace un mes o así… Bueno… ¿Recuerdas el día que vine y tú entraste con aquel repartidor, al almacén? Pues…, pues me pudo la curiosidad y entré y…, bueno…, yo os vi teniendo sexo… – le dije.

Paty se quedó blanca, sin palabras. Algo se apoderó de mí. Una sensación de alivio y como de poder. Los nervios desaparecieron.

– Yo…, bueno. Verás Jorge, yo…, yo nunca había sido infiel a mi marido; le quiero y… Por favor, no digas nada a nadie, Jorge – dijo ella nerviosa y con la mirada huidiza.

Tranquila… No diré nada a nadie, te lo prometo – respondí. – Pero yo me gustaría pedirte un favor a cambio… – continué.

– ¿El qué? – dijo ella agitada.

Me temblaba el cuerpo, pero debía intentarlo…

– Paty, tú me gustas mucho. Me pones muchísimo; tu cuerpo es increíble y desde que te vi desnuda… ¡Buff! – le dije, mientras ella se sonrojaba. – Me gustaría verte desnuda; que me enseñaras tus tetas… – continué, diciendo.

– Pero estoy casada, Jorge; y mi marido… – respondió agitada.

– Vamos. Tuviste sexo con aquel tipo. Por favor, solo verte. Muero de ganas… Te prometo que no diré nada… – le dije.

Tras unos instantes de duda, ella acalorada, respondió.

– De acuerdo. Pero prométeme que no dirás nada de lo mío jamás – pidió, llevando sus manos al vientre.

– De acuerdo… – dije.

Paty, me miró sonrojada. Subió la cintura del polo que llevaba puesto y se lo quitó con suavidad. Sus enormes pechos, quedaron ante mí, enfundados en un sujetador negro de encaje. Rebosaban…

– ¡Dios, Paty! Qué tetona eres… ¡Uf!, qué par de biberones…, son enormes. Qué par de globos… – dije, haciendo que ella agachase la mirada y se ruborizase.

Paty llevó las manos a su espalda y se oyó el “clic” del cierre del sujetador… Se lo quitó y sus tetazas cayeron balanceándose. Grandes, llenas, macizas; con aquellos pezones carnosos y las grandes areolas oscuras.

¡Joder Paty! Son fantásticas… Tienes unos cántaros enormes – dije, mientras me acerqué a ella y cogía aquellas tetas grandes y preciosas, levantándolas y apretándolas suavemente.

Paty tenía la respiración agitada. Me agaché y comencé a besar sus tetonas. Las acaricie; pellizqué sus pezones; jugaba con mi lengua en uno y otro; los chupaba, amasando con mis manos aquellas enormes tetas, que no podía abarcar.

Mi polla estaba dura como una piedra. Me bajé el pantalón y mi miembro quedó al aire. Paty no dijo nada. Respiraba agitada, con los brazos en jarra sobre sus caderas, mientras yo me masturbaba con una mano y con la otra, tocaba una de sus tetas y la chupaba con ansía.

– ¡Uuuff! Llevo desde que te conocí, deseando chuparte estas domingas, Paty… ¡Oooh! Tienes unas perolas enormes… – dije entre jadeos. – Vamos… Házmelo…, chúpala como lo hiciste con él… – le pedí.

– Pero Jorge… – dijo acalorada.

– No diré nada si me lo haces – le dije.

Paty se puso en cuclillas; me miró avergonzada y agarró mi polla tiesa y dura, con la mirada perdida, se la metió en la boca.

Miraba hacia abajo y veía a Paty con mi rabo en su boca, mirándome; notaba la humedad de su boca; su saliva; su lengua; sus labios.

Sujetaba a Paty con una mano por el moño que formaba su pelo y movía su cabeza adelante y atrás. Ella me masturbaba con su mano, mientras hacía un morboso ruido al chuparla. Me miraba con una mirada friamente sensual.

Estaba excitadísimo.

– Tócate las tetonas, Paty… Hazlo, como si te estuvieras ordeñando… Hazlo como tú sabes… Esas ubres enormes… – le pedí.

Ella me miraba moviendo la cabeza y chupando y chupando; mientras se pellizcaba los pezones y apretaba las tetas.

Mire alrededor y me senté en una silla.

– ¡Ven, vamos! Póntela entre las tetas… Quiero que me pajees con esas tetonas… Vamos…- le pedí.

Paty se puso de rodillas entre mis piernas. Con su cara sonrojada y la mirada fija en mí, escupió en dejando caer la saliva entre sus melones. Puso mi polla entre sus tetas y comenzó a masturbarme apretándolas y moviéndolas arriba y abajo.

Paty suspiraba acalorada y se mordía el labio inferior, mientras sus enormes tetas subían y bajaban, y mi polla se abría camino entre ellas, dándome un placer como nunca había imaginado.

– ¿Te gusta? ¿No dirás nada verdad? – me dijo, moviendo su delantera rítmicamente.

– Oh sí, me gusta… Qué ubres… Qué gusto… Mueve esas perolas… ¡Aaaah! Así, así… Vamos, sube y baja esas tetazas… Arriba y abajo, arriba y abajo, Paty… Me vuelves loco… ¡Qué tetorras! – dije hiperacelerado.

Paty aumentó el ritmo. Yo no podía más…

Me levanté y con agresividad, la puse de espaldas a mí y la tumbe contra una mesa. Estaba como poseído.

Le subí la faldita blanca y con mis manos, le arranqué el tanga negro…

– ¡Jorge! – exclamó.

– ¡Calla, schusss! No diré nada, pero déjame hacer. Quiero metértela… – dije.

Paty estaba con aquel gran culo en pompa y la falda por la cintura; apoyada sobre la mesa con los codos. Sus tetazas colgaban.

Empecé a penetrarla; a follármela. Sentía la presión y la humedad de su vagina en mi miembro. La agarraba apretando sus nalgas, apretando sus caderas; mientras metía y sacaba mi polla con fuerza. Paty jadeaba, la oía respirar con fuerza. Mis muslos embestían contra sus nalgas, haciéndolas rebotar y produciendo un ruido de cacheteo rítmico y agresivo, que me ponía a cien. Sus tetonas se balanceaban haciendo círculos y chocando entre sí.

– Así, así…, quiero follarte… Te deseo… Joder, Paty… ¡Aaaah! – gemí.

Paty empezó a gemir. Aquello la estaba haciendo disfrutar. Pero en ese momento, no pensaba en su placer.

– Jorge… ¡Aaaah! – gritó ella.

Mi polla iba a estallar.

Le di la vuelta y la besé con lengua. Ella me cogió por el cuello y nuestras lenguas se enlazaron. Tumbada sobre la mesita, con aquellas enormes tetas desparramadas hacia los lados y llenas, bamboleándose mientras mi miembro la taladraba, me excitaba cada vez más. El ruido de chapoteo de su coño, al ser penetrado por mi polla, era muy muy excitante.

La mesa crujía a cada embestida; Paty gemía y jadeaba rodeándome con sus piernas y apretando mis nalgas en cada vaivén, con sus manos. Sus tetonas se movían arriba y abajo; la visión me excitaba.

– Quiero follarte… Voy…, voy a correrme… Tus tetorras… Voy a correrme… ¡Aaaah! – grité excitado.

– Sí…, sí…, vamos…, vamos… – gemía ella.

– ¡Vamos, levanta! – le dije, mientras con fuerza la levanté y la hice arrodillarse.

– Quiero correrme en tu boca, en tu cara… – dije mientras me masturbaba sobre la cara de Paty.

Ella me miraba con unos ojos morbosos, con la boca entreabierta; mientras amasaba sus tetonas carnosas. Sabía lo que me excitaba.

Un latigazo me recorrió el cuerpo. Mis nalgas se apretaron. Apreté mi polla y tirando de ella hacia atrás, descapullándola, un chorro espeso de semen saltó a la cara de Paty.

Ella se sorprendió, cerrando los ojos y abriendo la boca, cuando aquel chorro sonó como una bofetada en su rostro.

Otro chorro espeso, entró en su boca. Ella lo dejó caer fuera, deslizándose por su barbilla. Otro chorro sin mucha fuerza cayó sobre su frente. Luego, otro latigazo, y un nuevo borbotón sobre el rostro de Paty.

Estaba extasiado. Mi corazón galopaba con fuerza, allí de pie con Paty de rodillas, con su rostro cubierto de mi semen.

Paty se fue al baño. Tardó un rato. Y volvió tras limpiarse.

Se puso bien la falda; se colocó el sujetador sobre sus enormes pechos ajustándolo. Luego se puso el polo.

– Paty, no diré nada, te lo prometo. No soy un mal chico. Pero tenía unas ganas enormes de estar contigo – le dije.

– De acuerdo… Pero nadie, nadie debe saber nada, Jorge – dijo ella.

Ya más tranquilos, le pedí disculpas y ella me hizo prometer mil veces, mi silencio.

Me fui a casa. Aquellas noche me masturbé recordando lo que había hecho.

Los días pasaron y cuando iba al cibercafé de Paty; ella y yo nos mirábamos sabiendo nuestro secreto.

Ella hablaba conmigo como si nada. Era algo muy lujurioso aquella normalidad fingida.

Yo solo quería repetir. Pero no quería aprovecharme de Paty.

No sabía si ella querría. No quería volver a venderle mi silencio.

Paty me vuelve loco, necesito repetir lo de aquel morboso día. Se que lo haremos; algo me dice que sí; pero no se cuando sucederá.

Dedicado para Paty. 

Si has tenido una experincia asi o similar no dudes en ponerte en contacto conmigo, tambien para sugerencias o opiniones estoy a sus ordenes.

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