mejor amigo follándose a mi madre

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Categoria: Hetero en general

Aún no eran las nueve de la mañana y ya estaba Oliver el negro vigilando el portal del edificio donde vivía Rosa con Dioni, su marido, y con Juan, su único hijo y amigo de Oliver.

Fue como siempre el esposo el primero en salir a la calle y no pasaron ni cinco minutos cuando también salió su hijo.

Esperó todavía unos diez minutos antes de acercarse al portal no solo por si volvían uno u otro por sus pasos sino que también a esa hora el portero desaparecía dentro del edificio. Sabía que el portero de la finca a esa hora, después de pasar la fregona y limpiar tanto la acerca próxima al portal como el mismo portal, subía por el ascensor al último piso y empezaba a fregar los pisos y las escaleras desde arriba hasta abajo del edificio. A esa hora también los que salían a trabajar ya se habían ido y los que no lo trabajaban, tampoco madrugaban y empezaban a salir a la calle algo más tarde.

Y más de uno se preguntará: ¿cómo es que el joven conocía tan a fondo los horarios? La respuesta era evidente: Oliver llevaba más de tres meses visitando todas las mañanas de todos los  días laborables a Rosa, y cómo la mujer no quería que nadie se enterara, tenía el negro que ser muy discreto y que nadie le viera ni entrar ni salir del edificio ni que lo vincularan con Rosa.

Se acercó Oliver a buen paso y, utilizando una de sus llaves, abrió la puerta del portal, entrando dentro del edificio. Como no quería encontrarse con nadie, subió caminando los seis pisos, sin cruzarse con nadie.

En el descansillo que había antes de llegar al piso donde vivía Rosa, Oliver se detuvo unos segundos para tomar aliento y para escuchar por si había algún vecino que pudiera espiar sus movimientos.

Una vez recuperado de la subida y sin sospechar que alguien le pudiera vigilar, el negro subió los pocos escalones que faltaban.

Estaba abriendo con su llave la puerta de la vivienda cuando escuchó que una puerta se abría en el piso superior. Escuchando cómo bajaban los escalones, el joven entró rápidamente en la casa, cerrando la puerta a sus espaldas, pero no se atrevió a echar, como siempre acostumbraba, la cadena de seguridad a la puerta por si el vecino lo escuchaba. Lo haría un poco más tarde o eso pensaba.

La casa estaba en silencio y Oliver, quitándose las deportivas para no hacer ruido, se acercó al salón. Cogiendo un CD de música ambiental, lo metió en el lector y la música inundó la vivienda.

Se desnudó totalmente, dejando su ropa tirada encima del sofá, así como sus deportivas en suelo al lado también del sofá.

Y una vez completamente desnudo y con un empalme de caballo se acercó al dormitorio del matrimonio.

Abriendo la puerta que estaba entornada, se la encontró allí, como casi siempre, tumbada bocarriba y totalmente desnuda sobre las sábanas de la cama.

Se detuvo en el umbral de la puerta, disfrutando de la visión del hermoso y proporcionado cuerpo de la mujer,  de sus redondos, grandes y compactos pechos de negras areolas de las que emergían pezones sonrosados que apuntaban orgullosos al techo; de sus piernas estilizadas y torneadas; de su vulva apenas cubierta por una fina franja de vello púbico castaño claro; de su vientre liso y de su hermoso rostro de nariz respingona y labios sonrosados y carnosos.

Todo ella era puso sexo, puro sexo de hembra en celo, y toda era para él, para el negro lascivo y para su cipote insaciable, para su disfrute y placer.

  • ¡Ya estoy aquí, mamita, para darte tu desayuno bien calentito!

Rosa, al escucharle, sonrió, manteniendo todavía los ojos cerrados por el sueño y, estirándose lentamente, se desperezó.

Apoyando medio cuerpo sobre el colchón, Oliver dio un ligero beso a uno de los delicados pies de la hembra, luego otro y otro, a un pie y a otro, provocando risitas a la hembra que juguetona movía los pies para dejarlos un instante fuera y otro del alcance de los labios el macho.

Los suaves besos fueron subiendo por las torneadas piernas de la mujer, por sus tobillos, gemelos, rodillas, muslos y, metiéndose entre sus piernas, se detuvo en la parte interior de sus muslos, besándolos, chupándolos, acariciándolos, y, más arriba, alcanzó la vulva.

Un delicado beso y otro, una ligera chupada, un suave lametón, una a veces breve caricia, otras prolongada, con los golosos labios, con la glotona lengua, entre los congestionados labios vaginales, recorriéndolos en toda su longitud, arriba y abajo, abajo y arriba, y la hembra fue entrando poco a poco en éxtasis con su macho tumbado bocabajo entre sus muslos abiertos.

Retorciéndose de placer aguantó Rosa, gimiendo y suspirando, las caricias cada vez más insistentes en su cada vez más empapado sexo.

Los gemidos y suspiros dieron poco a poco paso a grititos, mientras su cuerpo se convulsionaba entrando en éxtasis.

Cuando por fin le llegó el ansiado clímax cogió con sus manos el rizado cabello del negro, tirando y empujando de él, al tiempo que juntaba las piernas, aprisionando entre sus fuertes muslos la cabeza del macho. Y los gemidos y suspiros dieron paso a chillidos de placer que culminaron en un bestial orgasmo, empapando con fluidos seminales el rostro, cabeza y hombros del libidinoso macho.

Y reinó el silencio con la mujer, ya relajada, gozando de su increíble corrida, tumbada bocarriba sobre el colchón con su pecho subiendo y bajando, recuperando el resuello.

Apartando de su rostro el viscoso fluido que había emanado de la hembra en celo, Oliver contempló sonriendo durante casi un minuto cómo disfrutaba Rosa y, cuando la vio más calmada, se incorporó y, tumbándose bocarriba sobre ella, la dio un apasionado beso en la boca, metiéndola su lengua entre los mojados labios, casi hasta el fondo de la garganta, abrazándose lengua con lengua, y, entre abrazo y beso, frotaron sexo contra sexo, verga contra coño, reiteradamente hasta que el primero encontró el acceso a la vagina y entró poco a poco y hasta el fondo, haciendo resoplar y suspirar fuertemente a la mujer al sentirse penetrada.

Una vez dentro, la siguió besando en la boca y ella, excitada nuevamente, le devolvió el beso apasionada e intercambiaron fluidos, se mordisquearon los labios, mientas una mano de él la sobaba una teta y una de ella el culo negro.

Moviendo ligeramente los glúteos hacia atrás, el macho empezó lentamente a sacar su erecto cipote, restregándolo por el interior de la empapada vulva, provocando a Rosa suspiros y gemidos de placer, y, cuando lo tenía casi fuera, se lo volvió a meter despacio, sin prisas, disfrutando de cada instante, de cada milímetro, hasta el fondo.

Se detuvo cuando llegó al tope y continuó besándola durante unos segundos para volver nuevamente a sacar poco a poco la verga, suavemente, sin prisas, para metérsela a continuación, y repitió la operación una y otra vez, cada vez más rápido, sin pausas.

De pronto, se detuvo y, rodando lentamente sobre sí mismo, se colocó bocarriba sobre la cama con Rosa bocabajo sobre él, y, sin sacar la verga del coño, la movió adelante y atrás, adelante y atrás, con sus manos sobre las nalgas de ella, frotando reiteradamente la vulva de ella por el cipote y por los cojones de él, así como las tetas sobre el pecho de él.

Incorporándose un poco Rosa le hizo detenerse y se colocó a horcajadas sobre el cuerpo del negro con las piernas abiertas, una a cada lado del cuerpo del macho, y, tomando con su mano derecha, el cipote erecto, se lo metió por el coño abierto y empapado.

Una vez dentro, apoyó la hembra sus manos sobre el pecho del negro y empezó a cabalgarle despacito, arriba-abajo-arriba-abajo, adelante-atrás-adelante-atrás.

Las enormes y erguidas tetas de la mujer subían y bajaban, se bamboleaban al ritmo del dulce y caliente meneíto, ante la mirada lasciva del macho que las seguía hipnotizado cada instante mientras las manos del negro se apoyan en el macizo culo de ella, una en cada nalga, sobándolo, apretándolo, azotándolo.

Las manos fueron subiendo a la cadera, a la cintura hasta alcanzar las tetas de Rosa, sobándolas, mientras ella, suspirando y resoplando, botaba y botaba sobre el cipote duro y erecto.

Jugando el negro con los pezones de la blanquita, éstos fueron congestionándose, hinchándose, adquiriendo un tono cada vez más oscuro, al tiempo que crecía la excitación de Rosa, que ya no apoyaba sus manos en el sudoroso pecho del macho sino que se cruzaban lujuriosas en su propia nuca, levantándose el cabello por detrás sin dejar en ningún momento de brincar y brincar.

Una mirada al espejo que estaba en la pared le permitió a Oliver observar el culo macizo y respingón de la mujer y cómo lo movía incansable, con ritmo, al follar.

¡De pronto, percibió otro movimiento en el espejo! ¡Una cabeza en la ventana del dormitorio! ¡Coño, pero … sí es Juan! ¡Juan, el amigo de Oliver e hijo de Rosa, la mujer a la que justamente ahora se estaba follando! Asustado, no sabía qué hacer, se quedó paralizado, pero enseguida se dio cuenta que también Juan estaba disfrutando viendo cómo se follaban a su madre. No solo por la cara que ponía sino también por el movimiento que imprimía a su cabeza era evidente que se la estaba meneando, se estaba masturbando mientras veía follar a su madre.

El ser observado incrementó todavía más si cabe el morbo al negro y aumentando poco a poco el ritmo del mete-saca se fueron excitándose cada vez más. Las manos del macho volvieron a las nalgas de la hembra, azotándolas al compás de las bajadas de ella, al tiempo que la gritaba lascivo:

  • ¡Culo gordo, zorra, calentorra, puta, calientapollas, calientabraguetas, chupapollas, culona! ¡Qué bien follas, mamá!

En pleno éxtasis, Rosa no se cortaba y chillaba, sin dejar de botar, hasta que de pronto el negro la sujetó por las caderas para que dejara de follar y, gruñendo como una bestia furiosa, descargó todo su esperma dentro del coño de la blanquita.

Como Rosa no se había vuelto a correr llevó ansiosa una de sus manos a su entrepierna y, hurgando entre sus encharcados labios vaginales, encontró al momento su vibrante e hinchado clítoris. Con el rabo todavía vomitando esperma dentro su sexo, la hembra, sin dejar de mirar lasciva y fijamente al rostro del negro, se masajeó con energía el clítoris mediante rápidos movimientos circulares de sus dedos y en pocos segundos se corrió también ella, emitiendo un agudo y continuado chillido de placer.

Desplomándose encima del pecho de Oliver, permanecieron varios minutos así, abrazados uno a otro, hasta que la mujer, dándole un apasionado beso en la boca, se incorporó y le dijo suavemente:

  • ¡Anda, mi negro, vete a clase, que vas a llegar tarde!

Y sin esperar respuesta, salió completamente desnuda del dormitorio y se metió al cuarto de baño, cerrando la puerta tras ella.

Sin mirar hacia la ventana para no dejar en evidencia a su amigo, Oliver se levantó de la cama, fue al salón donde estaban sus ropas y, después de vestirse, se acercó a la puerta del baño y, sin abrirla, dijo a Rosa:

  • ¡Me voy, mamacita, y mañana a la misma hora volveré para darte tu desayuno calentito!
  • ¡Cómo siempre, mi negro, como siempre!

Respondió la mujer que en ese momento estaba bajo el cálido chorro de la ducha, limpiándose, y Oliver, al escucharla, se acercó a la puerta de la vivienda y, al no observar a nadie por la mirilla, salió feliz y contento, bajando las escaleras a buen ritmo.

¡No solo se había follado a Rosa sino que, además, había recuperado a su amigo Juan para una buena causa: la de follarse a su madre!

Pero volviendo la vista hacia atrás, justo al momento en el que el negro escuchó que alguien bajaba las escaleras deprisa y él, para que no le pillaran, entró casi a la carrera en la casa de la mujer.

Pues bien, ese alguien sí le pilló entrando en la casa de Rosa. Ese alguien era uno de los vecinos que aquella noche en la que Oliver se convirtió en el amante de Rosa, la arrancó la ropa a tirones, dejándola completamente desnuda y, si no se la follaron, fue por la actitud vigorosa del presidente de la comunidad.

Ahora al llegar a la calle se dirigió al bar donde desayunaban los otros dos vecinos que también despojaron a Rosa de su vestido y les contó lo sucedido, estableciéndose una conversación entre los tres.

  • ¡Le he visto, tío! Acabo de ver al negro que se folla a nuestra Rosa. Acaba de entrar en la casa y ahora se la estará follando como una mala bestia
  • ¡No jodas, tío! ¿Le has visto? ¿Ahora mismo?
  • ¡Sí, sí, ahora mismo! ¡Y estará en este mismo momento entre las piernas de la tipa, tirándosela como un animal!
  • ¡Un negro! Así que es verdad.
  • Pero si hace un momento se han marchado el marido y el hijo de Rosa. ¡No ha perdido, el joputa, ni un momento para metérsela entre las bragas y dale-que te pego! ¡Que cabrón!
  • Para cabrón el Dioni y su hijo, pero esto no se queda así. ¡Apunta! ¡Apunta el teléfono del Dioni y llamale ahora mismo!

Y sacando su móvil le dijo el número a otro.

  • ¡Qué hijo de puta!
  • Llámale que él no tiene tu número y no sabrá quién le llama.

Eso hizo y, cuando cogió el esposo de Rosa el teléfono, le dijeron:

  • Un negro se está follando a tu mujer.
  • ¿Co … cómo?
  • Un negro se está follando ahora mismo a tu mujer en tu casa.
  • Pero … ¿quién llama? ¿Es una broma?
  • Te lo repito: Un negro se está follando ahora mismo a tu mujer en tu casa.

Y colgó, sin decir nada más, dejando acogotado al pobre Dioni, mientras que los tres amigotes se reían en el bar.

  • ¡Ya verás lo poco que tarda el cornudo en ir corriendo a su casa!

Pero se equivocaban ya que Dioni, que siempre quería ir subiendo en la empresa, no quería marcharse, así que, escondiéndose en un reservado del edificio donde trabajaba, llamó al móvil de su hijo, Juan, que a la postre era amigo de Oliver, el negro que se follaba a su madre, y le dijo:

  • ¿Puedes hablar?
  • Bueno, sí, papá, ¿Ocurre algo?
  • ¿Está tu amigo negro contigo?
  • ¿Quién? ¿Oliver? No, no lo veo. No, no está aquí. ¿Pasa algo?
  • ¿No digas nombres, ostías, no digas nombres que te pueden escuchar! Vete rápido para casa que me ha llamado un anónimo y me ha dicho que tu amigo se está follando a tu madre.
  • ¿Cómo?
  • ¡Que se la está follando ahora, coño! ¿No entiendes o estás gilipollas?
  • Pero … ¡eso es imposible! ¿quién te ha dicho eso?
  • No lo ha dicho, no se ha identificado, pero vete ahora corriendo a casa y me llamas para decirme lo que ves. ¡Venga, ostias, vete ahora mismo, mueve el culo sin perder ni un segundo de tiempo y me llamas!

Y le colgó el teléfono dejando a un confundido Juan, que, mirando incrédulo el aparato, abandonó a toda prisa las instalaciones a donde asistía a clase y, cogiendo un taxi, se presentó en el portal del edificio donde vivía en unos pocos minutos.

En el camino la cabeza del joven bullía de pensamientos contradictorios: Su madre, su amigo, el negro, Oliver, follando, …

  • ¿Sería verdad? ¿Quién habría llamado a su padre? Y si era verdad ¿qué? ¿qué haría? ¿estaría su amigo violando a su madre o ésta aceptaría de buen grado que se la follara?

Fue Juan el que presentó a Oliver a su madre, y le presentó precisamente para que se la follara mientras él lo vería escondido, masturbándose. Y todo había salido como tenía previsto, se la había follado en varias ocasiones, casi todas con Juan como testigo, e incluso él también había logrado tirarse a su madre. El problema fue su padre que, cuando estaba ebrio la tomaba con su madre, y eso hizo e incluso la sujetó los brazos para que su amigo la volviera a violar. Pero, una vez su padre se recuperó de la borrachero pidió perdón y todos acordaron que nunca más se volvería a repetir. Y si se repetía su madre le abandonaría y, por supuesto, ninguno de los tres, padre, madre e hijo, lo quería.

Desde el bar le vieron los vecinos entrar deprisa en el edificio y el portero le saludó con una mueca entre irónica y divertida en su rostro.

  • Ahí va ese, el nene cornudo, a pillar a su madre follando con un negrata.
  • El marido no ha podido ni venir a ver cómo se follan a su mujercita. Será que le pesan mucho sus cuernos.

Exclamaron los vecinos desde el bar.

Cogió el ascensor pero, en lugar de bajarse en su piso, el sexto, se bajó en el cuarto para que no escucharan al ascensor llegar y subió dos pisos caminando, no sin antes apagar su móvil, no fuera a ser que le llamaran y le descubrieran.

Sin hacer ruido abrió con su llave la puerta de la vivienda y entró sin problemas. Evidentemente la cadena de seguridad de la puerta no estaba echada.

Escuchó música ambiental bastante alta y no vio a nadie en la entrada, así que descalzándose, caminó despacio y sin hacer ruido por la vivienda, llevando sus deportivas en la mano.

Escuchó unos ruidos que partían de la zona de los dormitorios. ¡Eran gemidos y chillidos! ¿Mamá? ¿Está mamá follando?

Observó ropa tirada de forma desordenada encima del sofá y unas deportivas en el suelo. ¿Serían del tipo que se la estaba follando?

Cuanto más se acercaba más los escuchaba. Se detuvo detrás de la puerta cerrada del dormitorio de sus padres, de donde salían los chillidos y gemidos, pero no se atrevía a abrir la puerta y pillarlos ahí, ¿follando? Todavía lo dudaba. Y si pillaba a su madre follando ¿qué diría? ¿qué haría?

Prefirió dar un rodeo y en silencio acercarse por la terraza a la ventana que daba al dormitorio.

Estaba tan lejos el edificio más próximo que solamente podían verle utilizando un telescopio, así que supuso que nadie, desde otro edificio, podía verle espiando por la ventana.

Conforme se acercaba a la ventana los gemidos y chillidos se hacían cada vez más evidentes, y, al mirar con cuidado por la ventana, les vio.

¡Estaban completamente desnudos los dos sobre la cama de matrimonio! ¡Era Oliver, el negro, su amigo, su mejor amigo, el que estaba bocarriba sobre la cama! ¡Su amigo! Y encima de él, también sin ropa, una mujer, una mujer de piel blanca, de grandes tetas y un culo macizo, en pompa que resplandecía por el sudor! ¡Su madre! ¡Era su madre, su madre completamente desnuda, sentada a horcajas sobre el negro, balanceándose como una posesa sobre su amigo! ¡Follando! ¡Estaban follando! ¡Estaba su madre follando con su amigo negro! ¡Follando!

Ajena a las miradas de su hijo, Rosa, apoyando sus manos sobre el musculado pecho del joven, se balanceaba incansable arriba y abajo, arriba y abajo, adelante y atrás, adelante y atrás, una y otra vez, restregando reiteradamente sus tetas sobre el rostro lascivo del joven, sin dejar en ningún momento de gemir, suspirar y resoplar como una disciplinada gimnasta  que estuviera en pleno entrenamiento.

Bajo el resplandeciente culo de su madre observaba Juan las pelotas negras de su amigo, así como su erecto cipote que aparecía y desaparecía dentro del lubricado coño de Rosa.

Las erguidas tetas de su madre subían y bajaban, sin perder su macicez, al compás del lujurioso balanceo, mientras las manos de su amigo atrapaban con fuerza las nalgas cada vez más coloradas de ella.

A un sonoro azote del negro siguió otro y otro, resonando en la habitación, acompañados siempre de grititos de Rosa.

Las manos de Oliver subieron a las caderas de ella, sobándoselas, luego a la estrecha cintura hasta alcanzar las firmes tetas, amasándolas, mientras ella, suspirando y resoplando, botaba y botaba sobre el cipote duro y erecto.

Dejó la hembra de apoyarse en el pecho sudoroso del macho y cruzó sus manos en su propia nuca, levantándose el cabello por detrás sin dejar en ningún momento de brincar y brincar.

Excitado Juan se bajó la bragueta y, atrapándose con una mano la dura y erecta polla, ésta saltó al exterior como impulsada por un potentísimo resorte.

Sin dejar en ningún momento de mirar por la ventana cómo su amigo se tiraba a su madre, empezó a cascársela, a menearse la verga con energía, mientras babeaba de gusto.

Azotando Oliver las nalgas a Rosa, empezó a gritar lujurioso:

  • ¡Culo gordo, zorra, calentorra, puta, calientapollas, calientabraguetas, chupapollas, culona! ¡Qué bien follas, mamá!

La mujer, chillando sobrexcitada en cada azote, botaba cada vez más rápido, hasta que, de pronto, el negro deteniéndola, se corrió dentro de ella.

Aun así Rosa, sentada sin moverse a horcajas encima de Oliver, dirigió una de sus manos a su sexo y, metiéndola entre sus labios vaginales, empezó a masajearse enérgicamente el clítoris mediante movimientos circulares de sus dedos, alcanzando también ella el orgasmo en poco tiempo.

No se podía creer Juan lo puta, cachonda y calentorra que era su madre, cómo era la que, montada sobre el negro,  se lo follaba como una experta prostituta y, después de dejar que se corriera dentro, aun así estaba insatisfecha y se masturbó frenéticamente en presencia de él, todavía con la verga dentro.

Al mismo tiempo que la mujer se corría también lo hizo su hijo, empapando de esperma su pantalón, así como la pared y el suelo de la terraza.

Observó Juan como su madre se tumbaba bocabajo sobre el pecho del negro y permanecían abrazados durante unos minutos.

No sabía el joven qué hacer, si marcharse ahora que todavía podía o quedarse más tiempo por si continuaban follando y así poder verlo. Optó por lo segundo y, agazapado en la terraza no dejó de mirar por la ventana hasta que su madre besó en la boca del joven  y se levantó, diciéndole:

  • ¡Anda, mi negro, vete a clase, que vas a llegar tarde!

Y se metió desnuda al cuarto de baño, cerrando la puerta tras ella.

Pasaron escasos minutos hasta que Oliver ya vestido también se marchó de la vivienda, no sin antes decirla:

  • ¡Me voy, mamacita, y mañana a la misma hora volveré para darte tu desayuno calentito!

Escuchó Juan la respuesta de su madre:

  • ¡Cómo siempre, mi negro, como siempre!

No daba crédito Juan de lo puta que era su madre, así que llevaban tiempo follando y la muy guarra bien que se lo había guardado. Y además se dirigía a él como “Mi negro”. ¡Será puta la muy guarra!

Dudaba ahora qué hacer si follarse ahora él a su madre o marcharse. Esta vez optó por lo segundo, por marcharse sin decir nada, sin darse a conocer y sin saber exactamente el por qué lo hacía, por qué no se la follaba ahora mismo, quizá porque era la opción más cómoda, menos problemática. Además ya se había corrido a lo bestia y, después de haber descargado toda su leche, no podía competir con la pedazo verga del negro, de su amigo Oliver. Quedaría mal ante la calentorra de su madre.

Espero unos pocos minutos para no coincidir con Oliver en la calle y, antes de que saliera su madre del baño, abandonó sin hacer ruido la casa, aunque al ira a cerrar la puerta, dio involuntariamente un portazo al existir una fuerte corriente de aire.

Ya en la calle Juan, camino de la Universidad, encendió el móvil y llamó a su padre:

  • Falsa alarma, papá. He entrado en casa y la he visto limpiando la casa como siempre. Estaba sola y no se ha dado cuenta de mi presencia. Me he marchado sin que se enterara.
  • ¡Coño! Pues claro. Ya lo sabía yo. Hay mucha envidia en el mundo y se meten con lo más sagrado de este mundo, con una madre y esposa consagrada a su familia, como Dios manda, ¡Ostías! Tu madre es una mojigata, una mosquita muerta. En su cabecita no entra la idea de acostarse con nadie que no sea su marido.
  • Así es, papá, una verdadera santa.
  • Pues nada, hijo, muchas gracias. Vuelve a la escuela y no le digas nada a nadie, que quede todo esto solo entre nosotros dos, como hombres que somos.

Y cortó la comunicación.

Juan, guardándose el móvil, pensó.

  • ¡Vaya con la mojigata, con la santa, con la mosquita muerta! A esta sí que la voy a ver follar hasta reventar y hasta yo me la follaré.

Desde el bar los vecinos que habían visto cómo salía Oliver sonriente del portal, ahora veían cómo salía Juan, y si antes exclamaron:

  • ¡Ahí va el negrata pichabrava! ¡Va todo sonrisas por los polvos que ha echado a la Rosa!

Ahora, al ver al hijo de Rosa también sonriente, comentaron:

  • ¡Ostías! ¡Ahí va el niño cornudo! ¡Este también se ha follado a su madre! ¡Vaya familia! ¡Todos se follan a la madre, a la Rosa!
  • Pues no vamos a ser nosotros menos, a por ella.
  • Espera, coño, mira que eres optimista. ¡Que no es tan fácil! ¿Qué quieres que hagamos que subamos a su casa y, llamando a la puerta, la digamos que nos deje entrar porque queremos tirárnosla? Esto hay que planificarlo si no queremos que se nos escape.

Y empezaron a cavilar sobre cómo follarse a la calentorra de Rosa.

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