vacaciones familiares.

Sígueme en instagram: @babykarelvis

Vacaciones movidas

Fue durante las vacaciones cuando la mujer se encaprichó de su joven sobrino. La soledad de ambos sirvió como momento propicio para que la relación incestuosa se diera. Ciertamente lo disfrutaron, tanto el uno como la otra…

Él es Raúl, el hijo mediano de los tres de mi hermano Luis y por tanto sobrino mío. Con esta pequeña pero ya directa presentación podéis ir sabiendo o al menos intuyendo un poco de qué puede ir esta historia. Historia al final como cualquier otra, estas cosas pasan, cierto es que no resulta lo habitual pero también lo es que, como digo, estas cosas pasan y en ocasiones más veces de las que podamos imaginar.

Como digo Raúl es el segundo hijo de mi hermano Luis. Como sus hermanos, se encontraba ya bien formado y crecido y al que había visto hacerse un hombre a cada año que pasaba. De diecinueve años, apenas venían con sus padres al pueblo para fiestas y en especial en verano para el mes de julio en que es aquí la festividad de nuestro patrón.

Los abuelos felizmente aún vivían así que nos reuníamos todos en familia, la primera quincena del mes. Sin embargo, las ocupaciones de unos y otros hicieron que los encuentros entre todos fuesen más difíciles de concretar. Así unas veces nos visitaban los unos o bien quien fuera que se  pudiese escapar. Tres largos años hacía que Luis y los suyos no nos visitaban y solo manteníamos correspondencia por teléfono y cuando eso se daba.

En el pueblo no hay mucho que hacer en invierno, imaginad el típico pueblo de interior medio deshabitado pero que en verano y con las fiestas se llena a reventar con toda la gente que viene de la ciudad. A los lugareños nos sirve para recordar viejos tiempos y volver a encontrarnos con todo aquel al que tanto y tanto tiempo hace que no vemos.

Para quien viene al pueblo, como visitas principales cabe señalar la iglesia de la Purísima Concepción y el Convento de la Santísima Trinidad. La iglesia de la Purísima Concepción coronando el monte y a las afueras, de la que poder disfrutar la amplia reforma que de la misma el patronato ha llevado a cabo. De estilo mitad románico tardío mitad renacentista, el retablo mayor así como el altar y la capilla de la Comunión suponen bellas muestras del estilo barroco. El claustro, igualmente de estilo románico tardío, se encuentra adornado con buenas rejerías y puertas de madera. Particular relevancia toma en Semana Santa saliendo la procesión de la misma, con las cofradías, los tambores redoblando y el pueblo al completo siguiendo el recorrido de las peanas a través de las estrechas y costaneras callejuelas de la pequeña población.

En cuanto al convento decir que es del siglo XIII y que hasta dos siglos más tarde los dineros no dieron para continuar las obras. No fue hasta finales del siglo XV cuando se empezó a levantar la iglesia Estas cosas por entonces iban lentas. Al parecer y según escritos hallados al respecto, la construcción se inició con el crucero. Pero, como decía antes, los dineros eran escasos y hubo que buscar forma de recaudarlos para poder continuar la obra. Paso a paso y año tras año, se fue avanzando de forma lenta y con alguna que otra obligatoria interrupción de tanto en tanto. Las paredes y los techos así como las figuras fueron estucadas, siendo estas últimas pintadas con gran realismo y devoción. En especial la figura del Cristo Redentor que junto al retablo de la Asunción resulta lo más interesante y rico del conjunto.

Bien, una vez conocido un poco mi pequeño y delicioso pueblo, pueblo típico del interior con sus tradiciones de toda la vida, seguiremos con vuestro permiso el hilo de la historia a contar.

El último verano al fin tuvimos la fortuna de recibir la visita de la familia. Junto a los abuelos y mi marido, la recepción fue efusiva y cariñosa como en estos casos suelen serlo. Mis hijos que se encontraban fuera, quedarían contentos de ver a sus primos tras tanto tiempo de no hacerlo y nosotros pues podéis imaginar la alegría que nos embargaba.

El reencuentro con Raúl resultó para mí sorpresivo y también embarazoso por qué no decirlo. Tres años de ausencia dan para mucho y en el caso de mi sobrino y a esas edades todavía más. En la calle junto a la puerta de casa, con sus padres, sus hermanos y mi marido de testigos, frente al chico y tras los besos de rigor, quedé parada y sin saber qué decir. ¡Cómo había crecido el muchacho, estaba para comérselo! Moreno de cabellos crespos y cortos, alto y delgado era el vivo retrato de su padre pero con veinticinco años menos. En ese instante y de forma natural e inevitable, algo nació dentro de mí de modo incontrolable y abrasador. Me sentí en tensión nada más verle, nada más tenerle a mi lado. Poco o nada acostumbrada a esos síntomas, me reconocí como una jovencita cogida en falta, como muchos años atrás cuando empecé a festejar con mi esposo, hasta entonces el único hombre en mi vida.

Frente a frente los dos, tan cortada me encontraba que tuvo que ser mi cuñada Sonia la que quitara hierro al asunto.

–          Hija, parece que te lo comes con la mirada. Como ves ya no es el niño de la última vez que vinimos –declaró divertida, ajena a lo que en mi interior sucedía.

Era cierto. De un joven e imberbe adolescente, mi querido sobrino había dado un buen estirón convirtiéndose en todo un hombre hecho y derecho. En ropas de casa y desde mi posición, le veía mucho más alto viéndome obligada a levantar la mirada en busca de la suya. Balbuceé una respuesta seguramente estúpida y suerte tuve del tonto de mi marido que supo sacarme del atolladero con alguna sandez de las suyas. El pobre idiota no se daba cuenta de nada. Lo cierto es que hacia tanto que me tenía tan abandonada que ya ni me molestaba su apatía hacia mí. Entre risas y bromas de mi hermano con mi marido hablando de sus cosas, Luis fue entrando el equipaje a casa diciéndoles yo que cada cual tenía su habitación lista. La casa es grande, tres dormitorios de matrimonio y otros tres individuales había sitio de sobra para la comodidad de todos.

Una semana estarían con nosotros según dijeron Sonia y Luis, lo que llenó a mis padres y a todos de júbilo y alborozo. Los primeros días disfrutamos de la compañía, recorriendo el pueblo y los alrededores, comiendo y cenando los platos típicos que preparé y que ni por asomo degustaban en la ciudad. A mi hermano le hacía recordar los años de infancia y juventud y a mis sobrinos les encantaban los platos de su tía acabándolos y dejándolos rebañados y más limpios que una patena.

Fue al tercer día cuando los acontecimientos se desataron entre ambos. Aquel sábado por la mañana, toda la familia se encontraba en el mercado comprando provisiones para el resto de su estancia. Con Sonia y Luis habíamos quedado en reunirme con ellos para el aperitivo cuando todo estuviese listo A media mañana, Raúl todavía seguía durmiendo pues se había acostado tarde. Abajo en la cocina, le dejaría dormir en su cuarto mientras la comida se iba haciendo.

Solos los dos en la enorme casa, cálida y silenciosa en la veraniega mañana, un suave picorcillo noté entre las piernas al imaginarme sola con el chico; Raúl en su cuarto durmiendo plácidamente mientras yo seguía a lo mío mezclando alimentos y especias para unos más sabrosos platos. La carne es débil y todavía sin saber muy bien cómo me dejé llevar para acabar cayendo en las garras del pecado y el placer. La verdad es que Raúl es hermoso y dicharachero como mi cuñada y su hermana, me ponía, me ponía mucho, no como Alfonso su hermano mayor, el pobre tan apocado y callado.

No pude evitar imaginar los peores pensamientos con mi sobrino, imágenes de ambos torturándome la cabeza y yo allí en la encimera y con los fuegos encendidos dejando hacerse la carne. Me sentía cachonda, el muchacho llevaba rondándome la cabeza desde su llegada y, la noche anterior durante la ducha, la necesidad me invadió teniéndome que dar alivio bajo la caricia de la espuma y del agua corriéndome el cuerpo. Me corrí sí, me corrí en silencio apretándome los labios y en la ducha me descubrí acompañada por el joven que me acariciaba el cuerpo arriba y abajo, mientras las manos se deslizaban por encima de los pechos para acabar entre mis piernas ofreciéndome el desahogo por el que tanto suspiraba.

No sabía cómo hacer para atraerlo como fuese, conseguir hacerlo mío antes de que marchara y dejarme sin haber sentido su juvenil presencia. No sabía cómo ni en qué momento alguna oportunidad podría haber para ello, pero debía estar alerta. Nunca se sabe cuándo puede saltar la liebre, solo cabe tener paciencia y esperar la presa. Aunque la verdad, tal como veréis y sin pretenderlo, los acontecimientos se desarrollaron de un modo muy diferente a como lo tenía pensado.

Con la comida ya lista y dejándola reposar, miré el reloj de la cocina. Las doce y media y Raúl no daba señales de vida. Estaría en su cuarto durmiendo aún, así que hacía allí encaminé mis pasos subiendo la escalera hasta la segunda planta.

Junto a la puerta le llamé en voz baja, abriendo la puerta y entrando al dormitorio del chico.

–          ¿Todavía durmiendo? Arriba dormilón, que nos están esperando todos en el bar –exclamé sin imaginar lo que me encontraría.

Ni tiempo le di a cubrirse, encontrándomelo en la cama pajeándose. Casi grité, viéndonos ambos sorprendidos y boquiabiertos ante la inesperada situación desatada. Iluminado el cuarto por la luz de la mañana, imposible resultó para Raúl el evitar ser descubierto, la mano cubriéndole apenas la considerable erección que mostraba. Como un imán mis ojos cayeron sobre su sexo, antes que el muchacho consiguiera taparse mínimamente con ambas manos.

–          Perdona hijo, no esperaba que estuvieses despierto –balbuceé entrecortada, ante lo violento de la situación.

–          No, no. Perdona tú tía, no pensé que fuese tan tarde –contestó balbuceando igualmente y sin tiempo a cubrirse más.

En la cama y entre las sábanas revueltas de la noche anterior, mi joven sobrino se encontraba desnudo en su totalidad y tan solo tapadas a mi vista sus juveniles vergüenzas, que de todos modos ya había podido ver. Recuperándonos de la sorpresa inicial, poco a poco volvimos a la normalidad aunque ciertamente todo aquello no era muy normal ni para él ni para mí. Tragando saliva y conteniendo el aliento, quedé quieta y parada sin hacer nada por dejarle y abandonar el dormitorio. Ni por un segundo pensé en ello, allí plantada como estaba mientras el silencio más absoluto nos envolvía.

La imagen fue demasiado para una hembra abandonada por su marido como yo lo era. Un escalofrío irrefrenable me vino por todo el cuerpo, corriéndome un temblor y unos calores bajo el vestido veraniego ante la figura masculina con la que mis ojos se complacían. Tumbado frente a mí y sin saber dónde meterse, allí se encontraba Raúl desnudo por completo. Sin apartarle la mirada, mis ojos le recorrieron arriba y abajo, reconociendo la silueta delgada pero ya viril y que tanto me excitaba. En un momento de breve lucidez, me encontré relamiendo y humedeciéndome los labios sin poder obviar el recorrer el torso velludo del chico. Era evidente que Raúl era ya todo un hombre y no el adolescente en desarrollo que conocí el último año que nos visitaron.

Tumbado boca arriba y sin taparse más, las manos seguían una sobre otra ocultando lo mínimo imprescindible. Me hubiera apetecido tanto apartarlas y plantarle suavemente las mías sobre su sexo, que imaginé ahora caído y fláccido por el susto. ¡Tenía tantas ganas de volver a ver aquel tentador y sugerente bulto! Aún no me explico cómo conseguí hacerlo. Bajo el vestido, noté las bragas empapadas sin remedio al tiempo que un calor sofocante me subía entre las piernas. Cerrando los ojos un segundo, un suspiro inevitable escapó de entre mis labios. Me sentía cachonda perdida ante lo que allí se me ofrecía. Sin intención alguna de abandonar el dormitorio e incorporado él en la cama, el joven poco a poco pareció ir tomando conciencia de mi deseo por él. Aunque también un postrero intento realizó por evitarlo.

–          ¿Tía, qué estás haciendo? Sal del cuarto, por favor… estoy desnudo… -exclamó agarrando con la mano la sábana buscando taparse.

–          Ssssshhh, calla no grites –me apoderé de las ropas evitando lo que él tanto pretendía.

Me senté a su lado, procurando tranquilizarle con mis palabras. Los dos solos y en su cuarto, era aquella mi oportunidad tan deseada y que no iba a dejar escapar. Me ponía, me ponía a rabiar y más allí desnudo cuán grande era. De nuevo volví a recorrer su cuerpo desnudo. El torso velludo, el vientre liso por el cuidado de la juventud, los poderosos muslos e igualmente velludos. Respiré con fuerza conteniendo el aliento. ¡Dios, el deseo por el pecado se iba apoderando de mí, deseándole hasta en lo más profundo de mi ser! Raúl se removía sobre la cama pero nada hacía por escapar a la encerrona. Más bien todo lo contrario.

Los dos en silencio, la tensión entre ambos se cortaba con un cuchillo. Yo también le gustaba era evidente, las miradas mal disimuladas a mis pechos y muslos no engañaban. Y me lancé a por él. No  había tiempo que perder, debía ser algo rápido pues cualquiera podía venir. Algo rápido pero placentero al tiempo.

Cayendo el rostro junto al suyo, se lo acerqué peligrosamente pero sin llegar a rozarlo. Tan solo haciéndole saber mi interés por su persona y sus labios, aunque claramente bien que lo debía saber. A su lado respiraba agitada, escuchándole igualmente agitado por lo insólito de la situación. Allí los dos tan juntos y tan próximos, tan peligroso pero tentador resultaba todo al tiempo. De nuevo le acerqué el rostro, clavándole la mirada lasciva en la suya, en aquellos ojos marrones y profundos que no me quitaban ojo de encima. Tan cerca quedé ahora que mi nariz rozó la del chico, apoyando una en otra, gimiendo débilmente ante lo pasmado que se mostraba. ¿Es que tendría que hacerlo todo yo?

Muy cerca de su cara, murmurando débilmente y acercándole la boca hasta lo extremo, pero sin llegar a besarle ni dejar que me besara. Haciéndole sufrir, seguro que lo desearía luego mucho más. Removiéndome a su lado sin dejar que me tocara, sabiendo hacer que sus manos quedaran lejos de mis redondas formas. Aunque era más que claro lo mucho que las deseaba y lo mucho que quería estrecharme entre sus brazos. Pero aún no era momento… debía ganárselo un poco más.

Bajando muy lentamente la mano hasta apoyarla en el muslo de mi sobrino, llevé la otra al pecho obligándole a caer atrás mientras me echaba encima acercándome ahora sí de forma realmente peligrosa.

–          ¿Pe… ro, pero tía, qué haces? ¿te has vuelto loca? –preguntando en un último instante de defensa.

–          Calla, no digas nada –exclamé en mi papel de vampiresa para acabar besándole por vez primera.

Un beso cálido y suave que sentí responder por su parte, saboreando sus labios temblorosos y que echaban chispas. Ya le tenía ganado, ya no se me escapaba tan preciado trofeo. Lo disfrutaría en su poderío y juventud para mi total placer.

Nos besamos con suavidad pero cada vez con un mayor interés por parte de ambos. El chico no era tonto y, seguramente llevado por el morbo, se dejó vencer por mis encantos. Abriendo los labios dejé que los saboreara envueltos por los suyos. Respirando ambos con esfuerzo, callándome el chico mis breves gemidos que buscaban escapar entre sus labios. Sacando la lengua, le enseñé lo que tanto deseaba y así me devolvió el beso sacando la suya hasta rozarlas. Con una de las manos apoyada en el pecho masculino mientras la otra descansaba en el brazo, respirando afanosos continuamos paso a paso con lo nuestro. Nada me importaba en ese momento más que saborear su boca y el roce de sus dedos por encima de la espalda. Con cada nuevo movimiento, Raúl iba mostrándose más y más receptivo a la situación.

–          ¡Bésame Raúl,  bésame… me pones, me pones… no sabes cómo me pones! –mi voz hecha un puro lamento.

Y me besó ahora él, apretando los labios sobre los míos, sabedor por completo de cuales eran mis verdaderas intenciones hacia su persona. Los besos fueron haciéndose más y más profundos, besándonos apasionados, tomándole el rostro con la mano mientras le ofrecía la lengua vivaracha que tomó con la suya. Nos apartamos un breve instante en busca de respiro.

La mirada del chico se centró en el escote del vestido. El tirante, así como una mínima parte del femenino sujetador blanco de encaje podía apreciarse a la vista. Eso excitó al muchacho, fijando la atención en el poco cacho de pecho que más que ver podía imaginar.

–          ¿Te gusta tu tía Raúl?

–          Sí, sí… Me gustas sí.

–          ¿Y qué te gusta de mí? –pregunté con evidente malicia y buscando tirarle de la lengua.

–          Bufff todo… tus tetas y tu culo –no pudo evitar ser más sincero.

–          ¿Mis tetas y mi culo? Qué malo eres y qué bien sabes lo que quieres.

Esto le decía mientras con los dedos iba soltando uno a uno los botones del vestido, abriéndolo finalmente a los lados para acabar ofreciéndome a mi joven sobrino. Raúl tragó saliva, seguramente lo necesitaba al tiempo que con la mirada devoraba mi cuerpo maduro y todavía apetecible para un joven como él.

Estaba completamente loca, si alguien llegaba ahora nos pillaba seguro de lleno en plena faena, sin posibilidad alguna de escape. Tenía que ser algo rápido lo que pudiéramos tener, no podía dejar que fuésemos descubiertos por mucho que el muchacho me gustara. Tal vez en una segunda ocasión nos sintiéramos más libres para poder retozar con más calma y seguridad.

Mis pechos redondos y firmes aparecían cubiertos por la blonda negra del blanco sujetador. La braguita a juego, diminuta y que ocultaba lo necesario pese a su trasparencia.

–          ¿Así que te gustan mi culo y mis tetas? ¿Y qué tal si me las tocas un poco? –exclamé gimoteando débilmente al caer mi nariz sobre su frente haciendo terrible la cercanía

Demudado el joven rostro por la emoción, podía escucharle la respiración agitada golpeándome su calidez los labios. Tomando las riendas y cogiéndole las manos, se las llevé a mis pechos con lo que le hice mirar a otro lado. Con las mías posadas en las de mi sobrino, se las hice apretar contra la piel tersa y dura, sopesándolas ahora él entre los dedos para hacerse al tamaño de aquello.

–          Son grandes y duras. Redondas y prietas –y sus manos seguían ahí acariciándolas y manoseándolas del modo que a mí más me interesaba.

–          Acarícialas cariño, acarícialas… apriétalas con fuerza –le animé a continuar para seguidamente bajarle la mano hacia la braga.

Trató de retirarla pero no le dejé, dándole a notar lo muy mojada que me encontraba. Y todo por su culpa. Con mi mano se la hice subir y bajar por encima de la fina tela, notándome arder por que lo hiciera. Aguanté la respiración sintiendo los dedos correr sobre la prenda íntima, rozándola apenas con uno y otro dedo. Gemí excitada por la presencia de aquella mano suave y delicada encima de mi sexo. Raúl no quería seguir con aquello, trataba de retirarse sin que yo se lo permitiera. Demasiado lejos había llegado como para dejarle escapar ahora.

–          Sigue Raúl, sigue… no me dejes ahora –mi voz hecha un tímido susurro con el que suplicar sus caricias y roces.

El suave roce de los dedos por encima de la piel turgente del pecho, cerré los ojos disfrutando la caricia, dejándome hacer y gimoteando inquieta por lo perverso que resultaba.

–          ¡Continúa  cariño, continúa… qué cachonda me tienes!

Echando las manos atrás desabroché el corchete y, agarrando los tirantes los dejé caer a los lados para acabar deshaciéndome del sujetador. Y así quedaron mis pechos frente al chico que los miraba embobado con un gesto de veneración e incredulidad a partes iguales. Acercándole a mí le besé envolviendo sus labios, las manos descansándole en los hombros y saboreando lo húmedo de aquel beso incestuoso.

–          ¿Tía, estás segura de esto? –preguntó en un hilillo de voz.

–          Completamente cariño, tú déjate llevar –respondí sonriéndole lasciva y sintiendo aquel calorcillo conocido entre las piernas.

Pegados el uno al otro, nos besábamos comiéndonos las bocas, las manos de ambos reconociendo el cuerpo del otro. Un rato largo estuvimos besándonos y recorriéndonos de ese modo sincero e intenso, tan a gusto nos encontrábamos que no queríamos dejar las caricias que nos entregábamos. De espaldas a él, me abandoné a sus manos metiéndolas entre mis piernas con la peor intención. Girada hacia él dejé que me besara, jadeante y gimoteando mi deseo creciente por Raúl. La mano sobre la tela, la corrió a un lado apareciendo mi coñito rosado y de pubis poblado frente a sus ojos. En un movimiento instintivo y rápido me volví de espaldas para ofrecerle mi trasero redondo y prieto con el que sabía le iba a volver loco. Tirándome hacia delante lo levanté hasta quedar expuesta y en pompa. En ese momento me sentía la más furcia de las mujeres, provocando a mi querido sobrino de ese modo tan procaz e indecente.

Removí el trasero para hacérselo más difícil y, echando la mirada atrás, observé la mirada de pasmado que presentaba.

–          Quítamelas anda –le invité con un nuevo movimiento de trasero.

Atrapadas entre sus temblorosos dedos las hizo bajar muy lentamente, dejándolas deslizar muslos abajo y mucho más allá hasta verlas desaparecer entre los pies. Al fin me encontraba completamente desnuda para sus ojos, que no dejaban de devorarme las sinuosas y redondas formas.

Arrodillados sobre las sábanas revueltas, me sentí amada por sus labios gruesos lamiendo y comiéndome el cuello. Gemí ante el juvenil ataque, aquello sí que me gustó horrores notando todo un escalofrío subirme la columna vertebral.

–          Raúl, Ra… úl, qué bueno… sigue sigue… no pares.

–          ¿Te gusta eso tía?

–          Claro muchacho, me tienes loca… continúa y no hables –respondí casi gritando al tomarle la cabeza y que no abandonara lo que hacía.

Me dejaba llevar por el roce de aquellos labios sobre el cuello, gimoteando y sollozando y retorciéndome entre sus manos juveniles y expertas. Me apretó el pecho con rabia, agarrándome el pezón entre dos de sus dedos y empezando a jugar tirando del mismo. Lo apretaba, lo pellizcaba levemente arrancándome pequeños grititos satisfechos. Entonces cayó encima, chupándolo y lamiéndolo haciendo que la sensibilidad se hiciera presente en forma de endurecimiento malsano. Me dolían, me dolían de lo duros que los tenía gracias al roce que les dedicaba.

Luego la mano resbaló peligrosa en busca de mis nalgas, manoseándolas con desesperación, apretándolas entre sus dedos y produciéndome con ello un nuevo temblor por todo el cuerpo. Se lo iba a hacer pagar, me encantaba pero se lo iba a hacer pagar con creces todo aquello bueno que me ofrecía. El muchacho aprendía con facilidad y sabía cómo excitar mis más bajos instintos.

Tras un último beso, le di la espalda para tirarme hacia delante y ofrecerle la redondez de mis nalgas.

–          Cómemelas cariño, cómeme toda…

El culo en pompa y doblando una de las piernas, el ofrecimiento fue aún mayor. Moría por que lo hiciera, por sentir su boca sobre mi sexo empapado en jugos. Llevando la boca, Raúl empezó a trabajarme la preciada zona. Sacando la lengua recorrió la vulva lamiéndola con lentitud extrema, rozándola y jugando con los abultados labios que se abrían a su caricia. Respiré soportando los primeros roces del chico, lamiendo y jugueteando la rasposa lengua acompañada por los labios con los que besarme los alrededores, para luego subir al agujero trasero que lamió también arrancándome un grito de fascinación. Era malo por lo que pude observar con la última de las caricias, buscándome el anillo oscuro sin solicitar permiso alguno. Volví a remover las caderas al notar la lengua bajarme al coñito abierto del que comenzó a succionar, bebiendo y saboreando los jugos que le entregaba. Gimoteaba vencida, jadeaba entrecortada, sollozaba desconsolada por un nuevo roce, por una nueva caricia de aquella lengua que se incrustaba levemente entre mis labios abiertos.

Cambiando la posición, enterró la cabeza entre mis piernas pudiendo enfrentar la rosada vulva de manera mucho más cómoda para los intereses de ambos. Abrí las piernas y con los dedos hice lo mismo con mi sexo, ofreciéndoselo en todo su esplendor. Raúl sonrió viéndose dueño de mi persona.

–          Chúpamelo, chúpalo mi amor… hazme sufrir un poquito…

Con las manos en las caderas, me abría al roce de su lengua perversa y húmeda hasta el delirio, mezclando los jugos de uno y otro en el interior de su boca golosa. El roce se hizo más intenso y profundo, hundiéndome la lengua hasta donde no se podía, recreándose entre las paredes de la vagina por las que resbalaba la punta rasposa y firme del muchacho. Luego atrapó el clítoris sensible y eso ya me hizo rabiar, tomándole la cabeza entre las manos para ahogarle con los muslos cerrados.

–          ¡Así muchacho, así… cómemelo… juega con él, me encantaaaaaa!

Rabiaba como digo de excitación y emoción creciente por lo que me hacía. El deseo aumentaba en mí, sintiéndolo subir entre las piernas en forma de ardor insufrible pero que no quería que acabara. Raúl chupaba y lamía sin descanso, pasando la lengua a todo lo largo, subiéndola al otro agujero estrecho, humedeciéndolo una y otra vez entre mis quejidos satisfechos.

Yo solo me dejaba hacer, disfrutando el ataque al que mi joven sobrino me sometía, boqueando mi inquietud, echando la cabeza atrás para observarle luego furioso al caer mis ojos sobre su rostro entregado a la feliz tarea de dar placer a la viciosa y zorra de su tía. Me encantaba, la lengua aplicada y firme rozándome y saboreando cada rincón de mi sexo empapado me hacía vibrar, sabiéndome pronto próxima al primero de mis orgasmos.

Sollozaba, le tomaba los cabellos entre mis dedos llevándole contra mí, suspirando de gusto y reclamándole mayor y mayor interés por su parte. El muchacho la verdad es que lo hacía de maravilla. Con los dedos me masturbaba cada vez más rápido, deslizando adentro y afuera dos de ellos mientras con la lengua maltrataba mi pobre clítoris endurecido bajo el roce de la lengua. Me doblé entre sus manos, apretando los labios para no gritar el intenso placer que sentía. Me iba a correr en nada, no aguantaría mucho más el ritmo diabólico al que me sometía.

–          ¡Me voy a correr muchacho, sigue Raúl sigue… guau cómo me tienes de cachonda!

Y así continuó metiendo y sacando los dedos a velocidad de vértigo, observándolos entrar y salir llenos de mis jugos. Y cómo la lengua lamía hambrienta la entrada igualmente hambrienta y necesitada de aquella lengua malvada que tanto la complacía.

–          Córrete tía, vamos córrete puta –se atrevió a decirme al tiempo que me corría notando el aire faltarme, contraída y mordiéndome el labio al caer sobre la cama derrotada y feliz, corriéndome entre las piernas los postreros espasmos convulsos.

Un suspiro satisfecho me hizo caer entre las sábanas, clavadas las uñas en las mismas por el desenfrenado placer alcanzado. Raúl, a mi lado, acercó su boca a la mía en un beso delicado y cariñoso que respondí mordiéndole mínimamente el labio como muestra de total agradecimiento. ¡Me había encantado, menudo orgasmo me había sacado!

–          Me ha encantado Raúl, ha sido fantástico –no pude menos que reconocerle.

–          ¿Te ha gustado tía? –preguntó un tanto perplejo por el éxito obtenido.

–          ¿Qué si me ha gustado? ¿Tú crees que puedo engañarte con algo así? Me has hecho correr como una perra –declaré mi turbación casi gritando.

Y dichas estas palabras, le busqué con las manos apartándole las suyas de aquello que tanto me interesaba.

–          Ven déjame esto a mí.

Le pajeé unos breves instantes haciendo correr la piel adelante y atrás. Los dedos corriéndole el tallo medio empalmado, paso a paso traté de hacerlo endurecer convenientemente. Se la descapullé, viendo el glande inflamado aparecer entre mis dedos. El muchacho gimió demostrando su placer ante las atenciones que le prestaba. De rodillas sobre la cama y yo sentada frente a él, pude disfrutar la imagen sensual del joven pene que, palpitante frente a mis ojos, se veía caído pero en buena forma.

Me humedecí los labios dispuesta a probarlo. En silencio, Raúl nada decía seguramente esperando que fuese yo quien diese el primer paso.

Se la cogí entre los dedos y llevándola a la boca, le escuché gemir largamente nada más mis labios la envolvieron más de la mitad. Al fin le tenía por completo para mí, para mí total placer que era igualmente el suyo. Empecé a chupar sintiéndola dura y gruesa entre los labios, aunque aún no estaba completamente dispuesta. Metiéndomela en la boca sin sacarla se la chupé sin descanso, lamiéndola por encima del glande, bajando y subiendo el tallo para luego sujetarla entre los dedos y comerle los huevos envueltos con los labios. Chupaba y lamía el glande atrapándolo con los labios, recorriendo el tallo hasta donde podía que ciertamente era mucho. Mi joven sobrino suspiró largamente, cogiéndome los cabellos entre los dedos para así ayudarme en mi tarea. Y me entregué a lo que hacía, chupando y lamiendo haciendo crecer el grueso aparato hasta notar la boca llena de su pujanza.

Raúl gemía agradecido, de pie frente a mí que no paraba de chupar y lamer el miembro musculoso. Una buena polla colgandera, con poco vello en el pubis y que no paraba de devorar, metiéndomela y sacándola acompañada del movimiento arriba y abajo de las manos. Tan agradable tamaño tenia que no podía abarcarla con una sola, teniendo que acompañarla de la otra agarrándola y masturbándole entre sus gemidos leves de placer. Cogido a mi cabeza pedía más, animándome a seguir con lo mío. El joven ayudaba, empujando hacia mi boca que le acogía rozándome el paladar hasta arrancarme arcadas violentas. Gimoteaba murmurando con la polla llenándome la boca pero sin soltarla en ningún momento. Solo quería gozar el momento y saborearla tanto como pudiera. Sacándola de la boca y sin necesidad de las manos, se la lamí entera empezando por el glande brillante y enhiesto y bajando luego por el tallo hasta alcanzarle los huevos. Los chupé tirando de ellos y agarrándole ahora el miembro, se los comí sintiéndolos duros y cargados entre los labios.

El joven miembro saltó enderezado nada más dejarlo libre, tanteando afanoso el roce y las caricias de mi boca. Se la comí provocándole un tímido lamento de completa gratitud.

–          Cómemela tía… cómetela toda sigue…

Se la comía manoseándola al tiempo arriba y abajo, acompañando de esa manera el continuo lamer y chupar que le daba. Me llenaba la boca, era realmente grande obligándome a soltarla en busca de aire. Elevando los ojos hacia el chico, cruzamos las miradas viéndole lo mal que lo pasaba, respirando entrecortado, gimoteando y sollozando débilmente con cada nuevo lametón de mi lengua. Se la lamí de arriba abajo y de abajo arriba, subiendo y bajando el recio músculo y escuchándole gemir como un bendito. No sé en quien pensaba mientras se masturbaba cuando entré al cuarto, pero lo que sí sabía es que un buen recuerdo iba a llevarse aquella mañana. Con los dedos le masturbaba, teniendo que cogérsela con las dos manos de lo grande que era.

–          Sigue, sigue tía… despacio no corras –exclamó tratando de apartarse, cosa que evidentemente no dejé que pasara.

Viendo su estado lo tomé con calma, abandonándola unos segundos en mis caricias para plantarle ahora la mano en el muslo y subirla arriba a los huevos que apreté acariciándoselos suavemente. Raúl cerró los ojos, gruñendo y con las piernas que parecían fallarle en su placer.

Entrecerrando los ojos que tenía clavados en los del chico, me la tragué entera chupando y chupando el miembro erecto, devorándolo sin parar de meterlo y sacarlo de mi boquita experta.

–          Me encanta muchacho… me encanta tu polla… dámela, dámela –exclamé poco antes de volver a envolverla con la peor intención.

Bajó Raúl las manos a mis pechos, acariciándolos ligeramente, pasándoles los dedos por encima mientras entre sus piernas me dedicaba yo a su persona. Sacándola de la boca pero sin descuidarla un instante, me entregué a juguetear con la punta de la lengua dedicándole delicados lametones que hicieron que el grueso miembro se empingorotara aún más.

En una de esas y sin avisar, me la enterré por completo, pudiendo así sentirla golpear al paladar. Tuve que soltarla y entonces el muchacho aprovechó para follarme la boca apretándome ahora el pómulo con toda su fuerza masculina. Follándomela de manera salvaje, con fuertes golpes de riñones que me hicieron perder la respiración. La cabeza tomada entre sus dedos y sin posibilidad de escapar a su opresión. Creí que me ahogaba, pero solo pude chupar y chupar con la lengua mientras el recio animal me corría la boca de forma violenta.

No quise dejarla, al contrario solo deseaba saborearla y sentir el líquido masculino correrme por encima de la lengua. Y a ello me entregué, tragando y tragando polla entre los lamentos del joven muchacho gozando lo que le hacía. No tardaría mucho en irse, demasiado estaba durando el pobre. Con los dedos le acaricié los huevos mientras continuaba el constante ir y venir de la boca a lo largo del tallo. Lo notaba palpitar bajo los labios, sin duda estaba a punto.

–          Me corro tía, me corro –su voz avisándome antes de notar el disparo seco y rotundo en el interior de mi boquita.

Tragué lo que pude, la boca llena de su espeso y amargo líquido, escapándome mínimamente por la comisura de los labios mientras saboreaba con lascivia el resto. Raúl temblaba atrapado entre mis fauces, cogiéndole de las piernas y apretándoselas por detrás a la altura de las rodillas. Entre los labios le noté descargar en abundancia, tragando con celeridad el alud que me atestaba la boca y jugando y lamiendo con la lengua el grueso animal limpiándolo de grumos viscosos. ¡Ummm, me encantaba notar cómo su semen denso y pastoso me corría garganta abajo!

Al fin le dejé ir, recuperando el chico y paso el paso el aliento. Se le notaba cansado y lo único que me preocupaba era hacer que se recobrara. Apenas habían sido dos minutos lo que llevaba jugando con él y así le hice saber mi interés por un nuevo asalto.

–          Te fuiste Raúl… ¿podrás con otro? –exclamé plagada de morbosas ideas corriéndome la cabeza.

Para ello necesité dejarle recuperar un rato, no mucho la verdad durante el cual me entretuve llenándole de arrumacos y pérfidas caricias con las que hacerle excitar. Montándole encima en posición inversa, ambos adoptamos un agradable 69 con el que seguir con lo nuestro. De ese modo podía sentir su lengua correrme las paredes vaginales mientras aprovechaba para hacer responder su delicado músculo.

Mis abundantes artes consiguieron, a no mucho tardar, tenerle nuevamente en estado para lo que tanto tiempo llevaba esperando. Y no era otra cosa que me follara, sentirle dentro y disfrutar de su poderío juvenil que imaginaba sería mucho. Las manos apoyadas en el cabecero y quedando con el trasero levantado me ofrecí para que hiciera de mí lo que quisiera.

–          Fóllame Raúl, fó… llame –le dije en un susurro tembloroso, tantas ganas tenía porque lo hiciera.

Con el culo abierto y nuevamente la pierna doblada, noté cómo aproximaba el miembro a la entrada. Humedeciéndome los dedos, los llevé a la vagina que descubrí perfectamente lista para el encuentro.

–          Vamos métela, métela… ¿a qué estás esperando? –el deseo me nublaba el entendimiento.

El glande junto a la entrada, enseguida lo noté apretar buscando traspasar el umbral de mi vergüenza. Contuve el aliento un instante, lo justo para saberme ahora sí suya por completo. El glande ya había entrado en mí y seguidamente parte del tronco, penetrándome muy lentamente.

–          ¡Te siento muchacho, te siento… métela, vamos métela…!

Unos segundos quedó parado, quietos los dos ante lo profundo del momento. Con los labios resecos noté su polla llenarme, gruesa, palpitante, enorme en su tamaño. Tomada de las caderas y al momento de la cintura, pronto empezó a removerse acompañándole por mi parte con lentos movimientos circulares alrededor del ardiente eje. Adentro y afuera no nos costó nada adoptar un ritmo acompasado y lento con el que disfrutarlo ambos.

–          Así Raúl así… sigue sigue, lo haces muy bien –la mano del chico en mi hombro mientras el miembro empujaba una y otra vez golpeándome el trasero.

Fue cuando el ritmo se hizo más rápido y en cierta manera violento, comenzando a sollozar mi placer con cada nueva entrada. Tan mojada me encontraba que el movimiento se le hacía fácil al chico, resbalando adelante y atrás encajado entre las lubricadas paredes de mi vagina.

–          ¿Te gusta tía, te gusta así despacio? –la voz ronca junto a mi oído me hizo conocer lo alterado que se hallaba.

–          Me gusta, me gusta mucho cielo… sigue follándome, sigue fo… llándome así.

El fuerte y placentero golpeteo se escuchaba contra mis posaderas cada vez que me daba más y más duro. La polla no paraba de entrarme, sintiéndola hasta el final, resbalando lentamente y luego más rápido. Un momento de lucidez pareció venirle al muchacho, tratando de escapar de mi lado al verse follándome a pelo.

–          ¿Un preservativo no tienes por ahí? –su voz ronca volvía a delatar el nerviosismo que le acompañaba.

–          Tranquilo muchacho que tomo la píldora, hasta aquí también llegan esas cosas. También sabemos ser modernos como los de la ciudad…

Tras mis palabras, la follada continuó abriéndose paso entre mis cachetes, golpeándome de forma constante al escucharme suspirar y jadear pidiéndole más y más. Entre las piernas le sentía resbalar con facilidad pasmosa, entrándome hasta el final para seguidamente escapar camino de un nuevo empujón. Y así una y otra vez, gimoteando yo en voz baja y gruñendo el chico con la fuerza de sus golpes.

Echando la mirada atrás, le vi llevar la mano a mi coñito que acarició por encima del sexo que se hundía entre mis paredes. Doble caricia la que me aplicaba con sus dedos y su miembro grueso y firme.

–          Con fuerza, dame con fuerza cariño… hazme tuya, te deseooooo.

Los ojos se me nublaron, medio en blanco, al notarme elevada por el golpe seco que me dio al hundirse por entero en mí. Un instante parados para volver a golpear, martilleando una y mil veces mis paredes desgarradas por la potencia del macho. Me encantaba, mirándonos fijamente a los ojos, brillándole de un modo que nunca le había visto antes.

Acercándome a él me tomó del cuello para besarme con fruición. Las bocas pegadas, callándome él mis palabras jadeantes, uniendo las bocas, besándonos con lascivia, mezclando las lenguas en el interior de mi boca.

–          Vamos, dámelo, dámelo.

–          Más fuerte, dámela, métela más fuerte.

La follada se prolongó entre mis grititos enloquecidos y sus constantes bramidos boqueando, hasta que escapando de mi interior me ofreció un mínimo descanso. Vuelta hacia él se la volví a comer. Me encantaba esa polla, tan gruesa y larga.

Empinada hacia delante, la enganché con la boca sin necesidad de las manos. Así se la comí con lentitud malsana, adentro y afuera, adelante y atrás, devorándola con delicadeza y suavidad máximas. Era aquel un objeto que era necesario cuidar y tratar con cariño extremo, lamiéndolo bajo mis labios y mi lengua en una ceremonia lenta y considerada. Adelante y atrás, mi boca le daba el placer que tanto pretendía dejándose llevar por mis labios y mis caricias. Cogiéndosela con la mano se la pajeé, masturbándole y haciendo correr las babas a lo largo del tronco.

–          Es enorme muchacho… me encantaaaa.

–          Cómemela putita, cómemela… -las manos en mi cabeza apretando levemente.

Boca arriba sobre la amplia cama de regio estilo castellano, tomé asiento sobre mi sobrino quedando ambos cara a cara. Agarrándole la polla colgandera entre los dedos, no tardé en atraparla entre mis labios sabiéndome llena de él.

–          Ummmmmmm, me matas.

Montada sobre el muchacho y dejándome tomar por las caderas, los movimientos de uno y otro pronto dieron comienzo. Saltando y botándole encima, cabalgándole cual amazona sedienta de mucho más. El eje curvado resbalaba entrándome como el tizón, quemándome las entrañas con el correr entre los labios de mi vagina. Saltando y botando no paraba de pedirle más, exigiéndole mayor velocidad en cada uno de sus impulsos. Me corrí abrazada al chico, apretándole con fuerza para sentirle junto a mi boca. Besándonos apasionados, su boca me ahogaba los sollozos, mordiéndole yo hasta hacerle gritar.

Un torrente continuo me visitaba en forma de orgasmo, que pronto se prolongó en un segundo igual de violento mientras la polla no cejaba en su ataque, penetrándome una y otra vez, una y otra vez. El culo botaba y rebotaba sobre su sexo, acompañando el movimiento rápido y enloquecido de ambos.

–          Sigue Raúl, me tienes loca… sigue por favor, sí sí sigue… no te pares.

Montada y cabalgándole, desde mi posición y moviéndome a buen ritmo podía ver la polla entrarme.

–          Ven aquí –exclamó tomando ahora él la iniciativa al agarrarme con fuerza los costados.

Saliendo de mi interior enseguida volvió a meterla, empujando con fuerzas renovadas. Jadeé extasiada mientras el joven alcanzaba con los dedos el sensible lugar de mi anatomía. Rozándome los dedos, me masturbaba y acariciaba el diminuto botón de aspecto ya endurecido. Volví a jadear apretándome a él, abrazados el uno al otro tomada por sus brazos. La polla me taladraba adentro y afuera, ordeñándosela, cabalgándole agarrada a su nuca y el chico no paraba de besarme como yo le besaba, besándole el hombro, resollando Raúl junto a mi oído.

El peso de mi cuerpo al caer provocaba el sentirle que me la clavaba hasta lo más hondo, jadeando entrelazados, follando sin descanso a la caza del último de los orgasmos.

–          Fóllame, fó… llame Raúl… dámela, dámela toda cariño.

Las manos del chico me bajaron al culo acompañando el movimiento sobre su sexo, sobándomelo, clavando los dedos en mis redondeces. Moría, moría de gusto deseando continuar de manera indefinida, deseando que aquella mañana no acabara nunca y gozar con mi guapo sobrino hasta el infinito.

Sin embargo y gracias al irrefrenable cabalgar que nos otorgábamos, todo tiene su momento y el del chico llegaba a su término, bufando fatigado al anunciar su final.

–          ¡Me corro tía, me corro! ¿Puedo echártelo dentro?

–          Córreteeeee mi amor, dámelo todo, dámelo todooooo… -repetía trastornada por la llegada de mi propio éxtasis.

Nuevamente abrazados sin soltarnos, el primero de sus disparos cubrió las paredes de mi vagina, sintiendo el calor del semen invadirme las entrañas. Una, dos y alguna otra descarga más impactaron, ofreciéndome paz y serenidad con la llegada del orgasmo que tuvo la virtud de dejarme extenuada pero dichosa en brazos del joven muchacho. Gimoteando los dos por el cansancio acumulado, hipando sobre su mejilla húmeda de mis babas, mirándome a los ojos Raúl me besó de forma desenfrenada y entusiasta haciéndome conocer la entrada decidida de su lengua corriendo entre mis labios. Le respondí el beso riendo como una tonta, reteniéndole entre mis brazos como si quisiera que nunca me dejara. ¡Hacía tanto y tanto tiempo que no sentía algo así!

Los músculos plagados de la humedad de ambos atrapaban el sexo del chico, palpitando dentro de mí tras el combate vivido, notándolo perder parte de su fuerza juvenil y lozana. Finalmente salió de mí, acariciándome yo con los dedos para llevarlos después a la boca y saborear el amargo líquido seminal. Entre las piernas, descubrí corriéndome y goteando parte de la corrida sobre las sábanas que aprisa debería lavar. Me separé de su lado, empezando ahora a tomar conciencia de lo que había pasado.

–          Venga Raúl, dúchate rápido y arréglate que nos están esperando todos –exclamé recogiendo con las manos las sábanas hechas un gurruño.

Dios mío, ¿cómo iba a poder ocultar aquel tórrido encuentro vivido a su lado? Estas cosas tarde o temprano acaban saliendo a la luz y sabiéndose. Un pequeño desliz, un irse uno de la boca y ya todo el mundo lo sabría. ¡Dios mío, perdóname, perdóname si puedes!

¡Pero realmente cómo me había gustado! –sonreí maliciosa, al descender las escaleras rememorando rápidos flashes de lo sucedido…

Sígueme en instagram: @babykarelvis

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *