De puta madre. relatos eroticos

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Me llamo Ricardo y acabo de cumplir 30 años. Hace muy poco que me trasladé con mi familia a una ciudad de la costa por cuestiones laborales. Me casé muy joven, a los veintidós años con Marisa, una compañera del instituto dos años menor a la que había dejado embarazada. Pasamos una época complicada al comienzo del matrimonio pero mis suegros se portaron estupendamente y nos ayudaron con el niño, el trabajo de ambos y, tiempo después, con el segundo niño, con el que cerramos el cupo reproductivo.

La historia que voy a contarles comenzó un viernes. Acababa de volver del aeropuerto tras despachar a la parienta y a los críos, dos pequeños cabroncetes de 6 y 8 años, que empezaban ese día las vacaciones de Semana Santa, a casa de mis suegros, en Zaragoza. Mi intención era reunirme con ellos el jueves siguiente, cuando yo comenzase las mías. Por desgracia, había un incremento de producción y tenía que quedarme en la fábrica, como mínimo los primeros días de la semana siguiente.

Nada más volver del aeropuerto me apalanqué en el sofá con el portátil y me puse a husmear en un par de páginas de putas que conocía. Llevaba un trimestre inicial del año muy duro y necesitaba, como agua de mayo, relajarme a base de bien y correrme una buena juerga. Además, esta vez no tenía la más mínima intención de complicarme la vida con Tinder, Badoo y otras gilipolleces. Pensaba seguir al pie de la letra la sabía máxima de mi amigo Gustavo: el que folla pagando, acaba ahorrando.

En realidad, lo que le había contado a mi mujer, lo del aumento de producción era un cuento chino. Lo único que quería era quedarme solo un par de días. Así que me repantingué cómodamente frente a la pantalla y empecé un profundo análisis de las webs de putillas de mi nueva ciudad, que todavía no tenía controladas.

Tenía bien claro lo que quería. La edad no me importaba demasiado. Me gustan todas, pero siempre me han puesto más cachondo y me han dado más morbo, las putonas maduras.

Eso sí, con el aspecto soy más inflexible y hay una serie de líneas rojas sobre las que no estoy dispuesto a ceder: me gustan las tías bien jamonas, con un buen culazo y tetazas a juego. Sí son guapas mejor, pero si están bien buenas me basta con que sean resultonas. Tampoco se trata de tragar con un adefesio. Y, ya que hablamos de tragar, me mola un montón que tengan sus buenos labios de mamadora. 

Otro punto innegociable es que soy un amante del sexo duro, bien puerco, cañero y aderezado con salivazos, insultos y otras lindezas. ¡Ah, y sin que falte petar el ojete de la afortunada puerca que tenga el honor de recibir mi tranca! 

Estaba repasando la web cuando la vi. Tuve que mirar las fotos varias veces, ampliarlas y volver a analizarlas, hasta que, sin salir de mi asombro, me convencí de que era ella. Y eso que habían pasado casi quince años desde la última vez que la había visto. Pero está claro que una cara de puta como esa no se olvida fácilmente. Seguramente ella no me reconocería, yo había cambiado mucho, ya no era el canijo y atolondrado adolescente de quince años al que abandonó junto a su cornudo padre para irse a vivir la vida loca…

Pero ella seguía siendo inconfundible y, por qué no decirlo, seguía estando muy, muy buena…

El caso es que ya tenía candidata para disfrutar de mi tranca los próximos días… La candidata ideal, además. Ya sabéis aquello que suele decirse de que la venganza es un plato que está mejor frío. Pues esto iba a ser parecido. El morbo de la situación, así como el texto y las fotos que acompañaban el anuncio, me estaban poniendo la polla bien dura. Así que decidí hacerme un buen pajote a la salud de la guarrilla del anuncio.

Se lo merecía… aunque fuese mi madre.

El anuncio venía a decir algo así como “Madura de 54 años, atractiva y viciosa, dispuesta a hacerte disfrutar de su voluptuoso cuerpo… Ven y gózalo… Sí a todo!!!” Y abajo estaban las tarifas y los servicios: francés natural, garganta profunda salivada, griego profundo y beso negro (previa higiene…) Además de lo habitual, besos incluidos. (Siempre me ha llamado la atención estos reparos de las putas a la hora de dar besos en la boca. Es curioso, una tía que está dispuesta a tragarse una tranca hasta la campanilla, que sea tan remilgada a la hora de dar un pico en la boca…)

En fin, más o menos lo que andaba buscando. Además, el precio no estaba nada mal e incluía una tarifa plana por horas, sin límite de corridas y que, tal y como explicaba el anuncio, incluía todo el lote. 

No obstante, lo que más me motivo (y me puso el rabo como el pescuezo de un cantaor) fueron las cuatro fotos que acompañaban el texto. En ellas aparecía la furcia a cara descubierta. Supongo que, como acababa de llegar a una ciudad que no era la suya no temía mostrarse tal cual. Los años, lógicamente, se le notaban. No nos vamos a engañar. Así y todo, he de decir que la muy puta seguía siendo guapísima, con esa cara de zorrón desinhibido que gastaba, esos grandes y preciosos ojos negros, y esos labios de mamadora profesional que tanto se adecuan a su profesión de chupa pollas…

Así y todo, lucía una sonrisa algo falsa. Amarga, diría yo. Por un momento pensé que tal vez las cosas no le debían ir demasiado boyantes. “Mejor para mis planes“, pensé. 

Llevaba una melena teñida de rubio chillón, aunque su color natural yo lo recordaba cómo castaño claro, que le quedaba la mar de bien. Ideal para sujetarle el tarro mientras  la follaba a cuatro patas.

Y en cuanto al resto… En una palabra: espectacular. Tenía un cuerpo jamonero, pero aun así nada fofo, currado del gimnasio, supongo, y salteado de tatuajes. La mayor parte horteras y de pésimo gusto, en consonancia con la catadura moral de la portadora. No sé si sería precisamente por eso, pero el alarde de vulgaridad de la zorra me ponía más cachondo si cabe. 

Pero lo mejor de todo eran sus partes nobles, por decirlo así. Las tetazas, aunque bastante caídas, por mucho que tratase de disimular la ley de la gravedad en las poses, estabas geniales. Perfectas para incrustar el rabo entre ellas y hacer una buena cubana que culminase con mi capullo escupiendo leche sobre su jeta. 

El chochete, escondido entre sus muslazos  y perfectamente depilado, pedía rabo a gritos.

Aunque para mí gusto, lo mejor de todo era ese culazo panadero y con su puntito de celulitis, como todo buen culo de madura jamona que se precie. Ideal para machacarlo a palmadas mientras mi pollaza entra y sale del ojete, como Pedro por su casa.

Mientras, sujetaba el teléfono y marcaba el número de la puta (que como nombre de guerra se había puesto, Sharon, ¡menuda pretenciosa!), me sobaba la polla y miraba los sobrios detalles del apartamento en el que estaban tomadas las fotos. El picadero de nuestra amiga era modesto pero correcto, tenía algún detallito hortera, pero, en general, era bastante impersonal.

La conversación posterior no tuvo mucha historia. La guarra, evidentemente, no reconoció mi voz. Era imposible. Cuando se fue de casa yo era un chaval y apenas estaba empezando a cambiarla. Estaba seguro también que sería incapaz de reconocer mi aspecto. De adolescente era un chico bastante enclenque y delgado. Después pegué un potente estirón que me llevó al metro ochenta y cinco y, a base de gimnasio y trabajo físico, aunque no me puse excesivamente musculoso, sí que daba el aspecto de tipo fuerte y fibrado. No tenía un cuerpo espectacular, pero nada que pudiera intuirse en el aspecto que tenía cuando era un crío.

En cuanto a mi cara, también era distinta. Me operé de la vista y ya no lucía las gafas de culo de botella que me acompañaron toda la infancia. Mi pelo largo y liso, era irreconocible con el rapado al dos que llevaba, que, además, servía para disimular mi incipiente calvicie. Para completar el cuadro mi cara estaba adornada por una espesa barba negra de esas que están tan de moda actualmente, en plan hipster. En fin, estaba seguro que nada en mí le iba a recordar a la putilla al chico que dejó tirado como una colilla años atrás.

La entrañable Sharon, cuya voz reconocí al instante, se puso un pelín empalagosa por teléfono, en plan “cariño, amor, guapo…” etc, etc. El repertorio del manual de putilla al uso. Yo me mostré bastante arisco, sin llegar a pasarme de borderío, por si ella se echaba atrás,  y me limité a concretar una hora para esa misma tarde. Eso sí, ya le di a entender que estaba dispuesto a pagar por una hora de tarifa plana (150 euracos) con todo el lote de guarrerías incluido y prorrogable si me quedaba a gusto. Ella, como buena furcia, al oír el tintineo de los euros, se le hizo el chocho agua y cerró el trato ipso facto.

Iba bastante motivado, pero fue llegar al pisito de la guarra y ser recibido por ella, con la lencería de putón verbenero, los taconazos de aguja y una batita corta y traslucida que enseñaba más que ocultaba, cuando la polla saltó como un resorte.

Sharon abrió deprisa y me introdujo en el recibidor del pisito tirando de mi mano, al tiempo que oteaba que no hubiese ningún vecino chafardero husmeando.

En el recibidor,  la observé con detenimiento y pude apreciar que la edad se le notaba algo más que en las fotos. Seguía siendo muy guapa, aunque algunas incipientes arrugas y un cierto endurecimiento de sus rasgos delataban que hacía ya tiempo que había rebasado la cincuentena. No obstante, seguía pareciendo más joven de lo que era. Sobre todo si nos ceñíamos a su cuerpazo. Para hacer un resumen rápido, podría decir que tenía un tipo similar al de Beyonce, sobre todo sus muslazos y un culo que pedía polla a gritos, y más con el tanguita de encaje negro que llevaba en aquel instante. Pero las tetas eran mucho más grandes que las de la cantante. Un buen par de aldabas que hacían de perfecto contrapeso al pandero de la zorra.

El conjunto lo completaba un precioso sujetador de encaje, a juego con el tanga, que dejaba al descubierto toda la parte superior de sus pechos, casi hasta los pezones, en un escote de vértigo. Supuse, y acerté, que cuando se despojase de la prenda, las tetazas le colgarían bastante. En realidad, es algo que no me molesta demasiado. De hecho, me da bastante morbo ver balancearse los melones de las putas cuando les estoy taladrando el culo a cuatro patas…

En cuanto al resto de la decoración de la furcia, no tenía desperdicio. No sabía prácticamente nada de cómo habían transcurrido los últimos quince años de la cerdita, pero si los tatus y el par de piercings que la adornaban eran en cierto sentido un reflejo de esos años, está claro que había vivido intensamente. Aunque, esto también hay que decirlo, siempre en la senda del mal gusto y la horterada. 

Lo primero en que me fijé es si había algún tatuaje que quedase demasiado a la vista. De cara a mis planes de presentación en sociedad iba a necesitar mostrarla como una mujer, una abuela (a fin de cuentas ya tenía nietos) algo más presentable que el putón en lencería que acababa de recibirme y al que en breve iba a tener comiéndome el rabo.

Sharon pasó la prueba a primera vista. No llevaba nada que no pudiese ocultarse convenientemente vestida.

Los dos muslazos jamoneros estaban adornados con sendas coronas de espinas, rodeándolos. Los cachetes del culo lucían uno un Joker y el otro el murciélago de Batman… Al final de la espalda, sobre el culo, un tribal estilo maorí cruzaba de lado a lado. En el ombligo tenía un piercing con una pequeña piedra preciosa azul, supongo que más falsa que un euro de corcho. El coño lo tenía perfectamente depilado, liso como una muñeca. Al láser, supongo. En el pubis, dos bonitas flechas indicaban el camino al chocho. En los omóplatos tenía dos nombres de hombre: Erik y Sam, que luego supe que habían sido amantes. O, mejor dicho, sus macarras. Ahora ya iba por libre… de momento. Lo más llamativo era, no obstante, los dos pequeños piercings que vi después, atravesando los pezones. Dos varitas de plata de quita y pon que, ese día había tenido a bien ponerse para recibir a su cliente. ¡Ah, y casi me olvido! En la nuca, tapado por el cabello, había dos letras griegas, alfa y Omega, que descubrí también más tarde, cuando le agarré la cabellera follándomela a cuatro patas. No supo explicarme con coherencia si tenían algún sentido, supongo que se las puso por estética, básicamente.

Tras darnos los besitos de rigor, Sharon, que tuvo que ponerse de puntillas para alcanzar mis labios al darme el piquito, me miró con curiosidad y me dijo:

-Tu cara me suena un poco… ¿no nos hemos visto antes?

-No lo sé –respondí.- No suelo frecuentar  putas. –Mentí. El tono borde de mi respuesta la dejo planchada y, sumisamente, agachó la cabeza. Llevándome de la mano, me introdujo en el apartamento.

Estaba claro que le sonaba mi cara, pero es imposible que me relacionase con el adolescente canijo y melenudo que abandonó años atrás. Así que decidí seguir guardando mis cartas para poder darle luego una buena sorpresita.

Al llegar a la habitación, con una barrita de incienso ambientándola y la tenue iluminación de la lámpara de la mesita (más que suficiente, por otra parte), Sharon me enseñó un perchero sobre el que dejar la ropa y me indicó donde estaba el baño, para tomar una ducha.

-Por supuesto…-le dije.-Si nos duchamos juntos

Ella sonrió y, acariciándome el pecho, me besó un pezón y musitó: “Claro, machote.” ¡Menuda hortera! Pero, así y todo, me hizo gracia.

Aunque, antes de la ducha, hablamos un momento de negocios:

-Una cosa… -empezó.- ¿Cómo te llamas…? ¿O cómo quieres que te llame…?

-No hace falta que me bautices –contesté, con el tono borde con el que la estaba fustigando. –De momento no tengo nombre. Si quedo satisfecho ya te lo diré.

-Bueno, como quieras… -respondió sorprendida. –Tendríamos que aclarar el tema económico antes de nada… Si te parece.

-Perfecto –saqué la cartera y mostré un buen fajo de billetes de cincuenta que hicieron brillar los ojazos de la zorra. –Decías en el anuncio algo de una tarifa plana por horas y no sé qué de sí a todo… Hemos quedado así antes, ¿no?

-Sí… bueno, son opciones…

-¿Cuánto por una hora?

Dudó un momento antes de decir, cómo dudando:

-Cien… ciento veinte…

-Bueno, perfecto. Te dejo aquí ciento cincuenta –que, en realidad, era cómo habíamos quedado por teléfono-. Según como vaya la cosa, si veo que se alarga te pagaré el tiempo extra… ¿de acuerdo?

La puta no pudo evitar que una sonrisa satisfecha cruzase su cara y, rauda y veloz, guardó el dinero en un cajón y, tras desvestirse en un plis, plas, me llevó de la manita a la ducha.

Me enjabonó a conciencia, sobre todo mis partes nobles y me lavó con dedicación, prestando especial atención a mis depilados cojones y mi ojete. Está claro que no quería llevarse sorpresas desagradables cuando procediera a darme un buen repaso de bajos. Me dejé hacer, con la polla ya dura, y aproveché para sobarle los melones y sus cuartos traseros, aventurando un dedo hasta el ano, con la excusa de extender el gel, para ver que tal estaba de apertura. Sharon pegó un pequeño respingo pero, finalmente, se dejó hacer. ¡Qué remedio! El cliente siempre tiene razón.

Como se puede suponer, salimos del cuarto de baño preparados para la acción. Y no sólo yo. Para calentarla, ya me preocupé de morrear bien a la furcia y sobarle el coñito. Lo que me permitió comprobar que estaba empezando a humedecerse.  No sólo del agua de la ducha.

-¿Qué hacemos cariño? ¿Quieres que te coma la polla? ¿O prefieres un masaje para empezar…?

No respondí. La cogí con fuerza del pelo, le acerqué la boca al rabo y, cómo suele decirse, a buen entendedor, pocas palabras bastan. Tres segundos después, estaba soltando babas a chorro por mi tranca. Daba gloria verla. Una boca madura y glotona a la que se le notaban los años de experiencia y habilidad. Llegaba a aplastar su nariz contra mi pubis, mientras su barbilla rozaba mis cojones. En esa postura forzaba inverosímilmente la lengua para lamer un poco mis huevos y, babeando, volvía a subir para iniciar el ciclo de nuevo. Era sin duda la mejor mamada que me habían hecho en mi vida. Para perfeccionar más el asunto, la zorra levantaba la vista y trataba de buscar mis ojos con la mirada. Yo tenía los labios apretados y la cara crispada, en una curiosa mezcla de rabia y placer. El placer, tenía una causa obvia: la calentita boca de la puta. La rabia, tenía una motivación algo más difusa. Supongo que era una especie de afán de venganza o algo así, al ver, ya fehacientemente, que mi madre era una puta como la copa de un pino. Pero, bueno, no eran sentimientos incompatibles. Creo que la mala leche me hacía aumentar la erección y, además, ver esa mirada de puta feliz cada vez que levantaba su vista, me dio la idea de empezar a escupirle para ver si le acertaba en los ojos.

Así lo hice. Está claro que no soy ningún genio de la puntería, porque tuve que lanzar seis o siete densos lapos que dejaron su cara hecha un cromo. La saliva resbalaba por la frente y la nariz. También por los ojos, a los que conseguí acertar al fin, forzándola a cerrarlos.

-¡Abre los ojos puta! –le grité con rabia cuando le vi hacerlo.

Ella, entre sumisa y asustada, me obedeció y esbozó una especie de guiño de aprobación grotesco, con los ojos semiabiertos que me puso el rabo durísimo.

Supongo que los 150 euros y la perspectiva de la cartera llena hicieron que la cerda aceptase, entre resignada y expectante, la humillación. Un par de lapos tampoco debían ser una novedad en una carrera de puta tan dilatada como la suya. Digo yo.

Estaba recostado en el sofá y la tenía arrodillada tragándose mi rabo. Continué un rato forzando la mamada hasta que, cuando creía que no podía aguantar más, arranqué con fuerza la boca de mi rabo. Dejó un extenso reguero de babas que se esparció por el borde del sillón. Enseguida vio mis intenciones cuando levanté mis piernas y aplasté su boca contra mi ojete.

A buena entendedora… Rauda y veloz, empezó a lamerme el agujerito con ganas. Ponía la lengüecita tiesa e intentaba penetrarme, mientras con sus manitas no dejaba de sobarme la polla. La verdad es que estaba encantado y le iba meneando la cabeza para que, de vez en cuando, me repasase los cojones, que engullía con avaricia.

La tuve un ratito así, hasta que decidí que había llegado el momento de regarle la jeta. Antes, la puse un par de minutos a tragarse mi polla, hasta que consideré que se había hecho acreedora del regalo y tras tirarle otra vez de los pelos, me levanté frente a ella que, arrodillada, esperó el premio con los ojos cerrados. Meneé la tranca con furia frente a su jeta y le grité:

-¡Joder, abre los ojos, puta! ¡Quiero que veas el regalo, ostia!

Ella, sorprendida, abrió los ojos y, un instante después, empezó a recibir el impacto de los chorreones de esperma que, unidos a la saliva, el sudor, y el rímel corrido, acabaron de dejar su cara hecha un poema.

Me quedé unos segundos jadeante, contemplando mi obra, con una inevitable sonrisa de satisfacción marcada en mi rostro. Algo que no pasó desapercibido a Sharon que, tratando de congraciarse conmigo, esbozó también una sonrisa. Me pareció un poco ridícula y se lo hice notar pasando mi manaza por la cara y extendiendo toda la mezcla de esperma y saliva por su jeta.

-¡Vaya careto de guarra…!

Se le heló la sonrisa y no supo cómo reaccionar. Pero los 150 euros del cajón y el escaso tiempo transcurrido, apenas quince minutos, le hicieron eludir una respuesta intempestiva. Se limitó a callar y esperar a ver cuáles eran mis instrucciones.

La pobre me dio un poco de penilla. La verdad es que se había currado la mamada a base de bien. Así que di una tregua mis desprecios y le dije:

-Anda, guarrilla, vente a la cama… Vamos a recuperarnos.

Sharon, en cierto sentido deseosa de afecto, se levantó y, se disponía a limpiarse la cara, antes de dirigirse conmigo al catre, cuando le indiqué que no lo hiciese:

-No, déjalo, me gusta así. Ya se secará.

Asintió, poco convencida y se acurrucó de lado junto a mí, en la enorme cama de la habitación. De fondo, una música tipo New Age, nos ayudaba a recuperarnos del polvo anterior.

Sharon, en vista de mi actitud anterior, no se atrevió a iniciar una conversación, así que tuve que ser yo el que me hiciese el sociable.

-Ha estado bien, Sharon. Se nota que dominas el oficio.

Ella me miró y tímidamente, asintió con la mirada y me dijo: “Gracias

-Sí señor -insistí-, eres una puta excelente. Se nota que has tragado muchas pollas.

La guarra se mostraba desconcertada y no sabía si sentirse humillada o halagada. En cualquier caso lo que le estaba diciendo era cierto: había tragado un buen montón de pollas, unos cuantos cientos, si se hubiese dedicado a contarlas…

Así que Sharon prefirió tomarlo como un halago y entró al trapo:

-Sí, bueno, la verdad es que no se me da mal…

-¿Llevas mucho tiempo en esto? ¡Seguro que desde jovencita…! –le insistí para ver que me soltaba. Sentía curiosidad.

-Bueno… Pues no, desde jovencita no –vaya, la cosa se ponía interesante. A ver que estaba dispuesta a contar la puta. –En realidad, de jovencita era más bien mojigata. Estuve casada y, de hecho, llegué virgen al matrimonio. Fui, lo que se dice una buena esposa bastantes años… Hasta que conocí a Erick. Mi primer gran amor…

-¡Que interesante…! –la interrumpí, con una pizca de ironía. –Sigue, sigue…

-Erick era mi jefe, en aquella época…

-¿Cuándo fue eso?

-No hace tanto, tanto tiempo, la verdad. Debe hacer unos quince o dieciséis años. No llevo la cuenta. De todas formas es una historia muy larga y aburrida.

-No, que va… A mí me gusta… Me interesa, mejor dicho.

Ella empezaba  sentirse interrogada y abrevió el cuento:

-Bueno, pues así, resumiendo mucho. Conocí a Erick, me enamoré, dejé a mi marido y, después, acabé metida en esto… -¡Menuda zorra, ni una mención a su hijo, ni nada!

-Ya, ya veo… ¿y Erick?

-¿Erick? Erick se acabó… Después del primer año me dejó más tirada que una colilla. Se fue con otra más joven. Intenté volver a casa con mi marido. -¡Vaya, noticia bomba, eso sí que no lo sabía! – Pero no quiso y me tuve que buscar la vida…

-Normal –la corté yo secamente -, después de haberte largado así.

-Ya –puntualizó ella con voz amarga-, supongo…

-De todas formas, seguro que tragándote las pollas cómo lo haces, no te debió faltar trabajo… De lo tuyo, digo. De puta. –Me pasaba veinte pueblos hablándole así, pero, la verdad, es que no tenía ningunas ganas de guardarme el resentimiento. Aunque ella, sumisamente, parecía aceptarlo todo con resignación, supongo que, en su larga trayectoria de zorrón, debía haber tenido bastantes experiencias humillantes y no le venía de nuevo.

-No, en ese sentido no tuve problemas. A veces tuve algún amigo. –Pensé en Sam, el otro nombre tatuado en su espalda.- Otras veces estuve sola… Pero bueno, es un tipo de vida fácil por un lado, pero… Bueno, creo que nos estamos poniendo muy serios…

Ella me acarició el rabo, parecía que quería acabar con la incómoda conversación. Por mi parte yo había tenido suficiente charla y todavía me quedaba rematar a mi presa. Pero no quería quedarme sin solventar una última duda:

-Y ahora, ¿estás sola o con alguien…?

-Sola… de momento.

Por poco tiempo, pensé yo. Iba a empezar el segundo asalto, cuando fue ella la que preguntó:

-¿Y tú…?

-¿Yo? ¿Te interesa…? –solté una risa irónica.

-¡Bueno…! ¡Era por hablar…! –respondió ella, ofendida.

-¡Qué puta más curiosa! –ella me miró con una punzada de odio, lo que me importó una mierda, aunque le contesté. – Estoy casado y con dos niños, de ocho y seis años. Ahora se han ido todos de vacaciones a casa de mis suegros y he decidido aprovechar para hacer una serie de cerdadas contigo que no haría con una mujer decente… ¿te gusta mi respuesta?

Sharon intensificó el odio de su mirada, pero consiguió el efecto de excitarme aún más, así que, zanjando la conversación, le dije:

-¡Venga, guarrilla, vamos al lío! ¡Amórrate al pilón…!

Y cogiéndola de los pelos acerqué su cara a mi polla. Obediente y comprensiva, escupió sobre mi capullo y acarició el tronco de mi rabo, todavía semiduro. Después, empezó a chupetear el capullo como quien toma un helado y mi polla reaccionó al instante. Empezó a tragarse la tranca a buen ritmo, supongo que con la sana intención de que me corriese rápido y coger el botín. Yo la dejaba hacer, sin la menor intención de desperdiciar mi lefa en su garganta. Al mismo tiempo, había empezado a acariciarle el chocho que estaba chorreando.

Cuando lo consideré oportuno le arranqué el trofeo de mi polla de su boca de un fuerte tirón de pelo y le dije:

-¡Venga, guapa, ponle una funda al rabo, que te toca cabalgar!

Ella, sonriente y animada, entendió al punto la sugerencia y me colocó velozmente un condón antes de subirse a horcajadas sobre la tranca y empezar a menearse como una posesa.

Esta vez, Sharon empezó a jadear casi al instante. Apretaba su pubis sobre el mío y está claro que tenía intención de correrse. Yo la dejaba hacer contemplando sus enormes tetas que se bamboleaban a escasos centímetros de mi cara. Se había ganado un orgasmo. Al César lo que es del César y a la guarra, una corrida…

Aproveché que se iba inclinando cada vez más hacia adelante para chupetear sus pezones y, deslizando la mano por su espalda, llegué con el índice al ojete, mi próximo objetivo, y se lo introduje a fondo al mismo tiempo que la zorra se corría. Lo hizo pegando un alarido. Supongo que no había vecinos cerca o el apartamento estaba insonorizado, si no…

No la dejé descansar demasiado, ni disfrutar de su orgasmo. En cuanto detuvo su galopar, le ordené, perentoriamente:

-¡Venga, puerca, a cuatro patas! Me toca disfrutar a mí…

Ella, todavía descentrada por el polvo, se colocó en posición al borde de la cama, con el culo por fuera y abriendo sus cachetes para que me la follase. La observé de pie, al lado de la cama, y cogí el bote de aceite lubricante que tenía en la mesilla, para lanzar un potente chorro entre sus nalgas. Eso indicaba a las claras mis intenciones y ella, consciente del asunto, apretó los dientes y bajó la cabeza mientras yo esparcía el aceite por el ojete y empezaba a penetrarla con los dedos, primero uno, luego dos… Finalmente le metí la polla, todavía enfundada en el condón y ella pegó un alarido, que me provocó una breve risita.

Sujetándole bien las caderas, empecé a taladrarle el culo a buen ritmo. Está claro que no era un lugar de visitas frecuentes, lo tenía estrechito y me apretaba bastante la polla, acentuando así mi placer. Me estaba encantando y empecé a jadear, preludiando la corrida.

Ella seguía con la cabeza agachada y gimiendo con una mezcla de dolor y placer, aunque no pudo evitar llevar su mano al clítoris para masajearlo mientras me la follaba. Supongo que quería disimular con un nuevo orgasmo la molestia de mi polla en su culo…

Estaba casi a punto de correrme, cuando tuve una idea. No siempre podía uno darle por el culo a su puta madre. Y era una pena tener que hacerlo con la polla enfundada en un aséptico preservativo, así que decidí detener las embestidas y preguntar:

-¿Oye, Sharon, tú estás sana, no…?

Ella, sorprendida y algo aliviada por dejar de notar los empujones en su grupa, giró su sudorosa cara y me preguntó, a su vez:

-¿Qué si estoy sana? ¿Qué quieres decir, por qué me lo preguntas…?

-Porque sería una lástima desperdiciar mi leche en una funda de goma, pudiendo descargar en el fondo de tu culazo… Pero, claro, de las putas no se puede fiar uno mucho…

-¡Joder, cómo eres tan borde…! ¡Pues sí que estoy sana…! ¿Y tú qué…? ¿Lo estás?

-Yo estoy perfecto, zorra… -al tiempo que lo decía le estiré de los pelos poniendo su espalda tensa y apretando su culo hacia mí, para que notase bien la polla dura en su interior.

-¡Aaaay…! –gritó la putilla-. ¡Para, joder…! Si quieres follarme sin condón, te costará un suplemento…

Al instante, la solté, y me separé de ella. La polla, al salir de su culo, hizo un ruido amortiguado, como un pequeño pedo. Ella suspiró aliviada tras la liberación de su invasor. Pero, todo fue un breve lapsus. Enseguida pudo ver como cogía la cartera y sacando otros cincuenta euros, los colocaba sobre la mesita.

-¿Basta esto…?

Ella, que permanecía con el culo en pompa pero que seguía mis movimientos con la cara girada, asintió y volvió a abrir sus nalgas para recibir mi desenfundada polla.

Tras tirar el pringoso condón al lado de su cara, que ella apartó con un gesto de asco, introduje mi duro rabo en su túnel trasero, con un enorme placer, todo hay que decirlo.

Sharon gimió nuevamente y se dispuso a recibir la descarga de esperma que llegó puntual a los pocos minutos.

Fue, sin temor a equivocarme, uno de los mejores polvos de mi vida. Después de correrme, caí rendido sobre ella dejando que mi polla se fuese aflojando en su interior.

Descansé unos minutos mordisqueando su cuello y notando como Sharon, más tranquila se dejaba querer, por así decirlo.

Pero no quería terminar mi día sin regodearme un poco más con la cerda de mi madre, así que, tras ese breve descanso, le indiqué que le tocaba limpiarme el sable.

Ella, en principio intentó negarse, pero viendo mi cara  y pensando en la pasta que se iba a llevar, decidió aceptar.

La tuve unos minutos acuclillada, mientras me lamía la polla a fondo hasta dejarla reluciente. Yo, de pie, observaba la operación haciendo las indicaciones pertinentes que ella aceptaba con resignación y un punto de rabia.

Cuando consideré que era suficiente, se me estaba empezando a poner dura otra vez, pero por hoy ya bastaba, le dije que lo dejase. Pero, al levantarse, puede ver una mancha en el suelo del esperma, y otros restos, que habían goteado se su culo y estaban esparcidos en las baldosas. No podía dejar que se desperdiciase, así que le indiqué que lo lamiese.

-¡Ni de coña…! –fue su tajante respuesta.

La mía fue volver a la cartera y sacar otros cincuenta euros que dejé en la mesita. Está claro, que Sharon no era una persona precisamente de convicciones firmes, porque fue, ver la pasta, y agacharse como una perrita para lamer todos los restos. Exactamente el tipo de reacción que esperaría de la puta que había buscado toda mi vida. Recuerdo que pensé: “Creo que la voy a tener que poner en plantilla… je, je,je.

Justo cuando levantó la cara y me mostró la boca abierta, para que viese que no quedaba nada y se lo había tragado todo, decidí lanzar el torpedo que tenía preparado a la línea de flotación de su dignidad:

-¡Muy bien, Sharon, muy buen trabajo…! Aunque, ¿no debería llamarte Charo?

Ella se quedó petrificada y me miró entre sorprendida y asustada.

-¿Qué… qué has dicho…?

-Charo, he dicho Charo… Te he llamado por tu nombre, porque te llamas así, ¿no?

-Ssí, sí… -estaba temblorosa. Y yo disfrutaba enormemente de su sorpresa y su humillación. Ver a la muy puta, todavía arrodillada frente al ya casi seco charco de esperma, con el maquillaje corrido, la cara pringosa y sucia, y apestando a sudor, coño, culo y fluidos, me volvía a poner bastante cachondo.

-Aunque también podría llamarte mamá… -ella abrió los ojos de par en par y ahogó un grito en su garganta, tras llevarse la mano a la boca. Ahora empezaba a darse cuenta de qué le sonaba mi cara y qué era lo que había pasado realmente durante la última hora y pico.

-Pues sí, mamá –proseguí-, mi nombre es Ricardo, cómo bien sabes, y, mira por donde, he heredado una cosa de ti: el gusto por el sexo. ¡Qué le vamos a hacer! Me hubiera gustado tener una madre normal, que no huyese de su familia por una polla. Que no le pusiese la cornamenta  a su marido… Y, sobre todo, una madre que ejerciese como tal y no abandonase a su hijo…

-Yo… yo… No quería… -empezó a llorar desconsolada, pero yo estaba lanzado y no me hizo ningún efecto.

-Mira, mamá, porque puedo llamarte mamá, ¿no? –ella asintió- El pasado no lo podemos cambiar. Pero si podemos preparar el futuro. Como te dije antes, ya eres abuela, así que, si te portas bien, igual te dejo ejercer como tal. Pero te aclararé lo que quiere decir portarse bien.

-¿Qué…?

-Pues, en principio, ser tú misma. Es decir, ser una puta guarra. Es una “penitencia” que tendrás  que asumir. Ya que no has sido una buena madre conmigo, serás una buena puta. Si no la mejor. A fin de cuentas, estás como un tren. Y experiencia no te falta. Así que, si te portas bien conmigo, y quedo satisfecho, te dejaré conocer a tus encantadores nietecillos, a tu nuera y podrás volver a tener una familia. A cambio, podrás seguir ejerciendo tu trabajo, aunque, eso sí, será bajo mi protección… Es decir, me pagarás, cada semana, el equivalente a lo que has ganado hoy… ¿Cuánto ha sido…? ¿Doscientos, trescientos…? No sé, da lo mismo. Cada semana vendré a cobrar mi impuesto y a darle un poquito de alegría a tu cuerpo. Si te portas bien y estoy contento, podrás tener una vida familiar en condiciones… ¿Estás de acuerdo?

Mi madre me miró suplicante, con cara de cordera degollada. Imploraba compasión, pero está claro que lo único que iba a conseguir por mi parte era, como mucho, un chorreón de esperma en la cara. No podía borrar la forma que tuvo de desaparecer y ahora acudían a mí todos aquellos días incomprensibles en los que era incapaz de explicar a nadie, dónde se había metido mi madre. Además de aguantar todos los rumores de lo puta que era y de los cuernos que le había puesto a mi padre… En fin, recuerdos dolorosos que ahora pensaba hacerle pagar a la jamona que seguía allí, arrodillada frente a mí.

-Pu… puedo, intentarlo…-me dijo finalmente.

Sonreí y le ayudé a levantarse. Ella, ya de pie, agachó la cabeza e intentó abrazarse a mí y apoyar su cara contra mi pecho. Le dejé hacerlo, para que notase mi polla, que, ya se había ido endureciendo cuando miraba su cuerpo agachado y le iba lanzando el humillante discurso anterior. Charo, que esperaba quizá un abrazo cariñoso, no pudo evitar, sentirse más humillada aún, al darse cuenta de los sentimientos, nada castos que provocaba en el cabroncete de su hijo. Pero, en vista de cómo había transcurrido la tarde, ya se podía dar con un canto en los dientes si no se llevaba otro polvo.

Al final, me sentí un poco perdonavidas y decidí, después de darle un par de fuertes palmadas en el culo, dejarla descansar. Me acerqué al cajón y a la mesita y recogí todos los billetes que tan pródigamente había ido soltado durante toda la sesión. Ella miró desaparecer la pasta con un deje de tristeza, lo que me hizo sonreír aún más.

-Bueno, mamá, acuérdate de la cantidad de pasta, que es lo que me tendrás que pagar la próxima semana. Igual tienes que hacer algún servicio extra…

Me miró con odio, pero me importó una mierda. Ya se le pasaría, o no… Antes de despedirme me acerqué a ella y, cuando esperaba que le diese un beso, le lancé un denso lapo en la cara, que ella acogió con asco y sorpresa. Aunque ya le valía la pena que se fuese acostumbrando, porque esa iba a ser la tónica general de nuestra relación a partir de entonces. Hasta que considerase que ya se había redimido…

-¡Ah, mamá! –le dije finalmente cuando ya salía por la puerta-. Pásalo bien esta semana. Y folla siempre con condón. No quiero sorpresas. Nos vemos el viernes que viene, si no me entra un apretón antes… Estamos en contacto, ya les daré recuerdos a tus nietecitos… Tengo que prepararles para que conozcan a su nueva abuela.

Su última mirada, con la cara arrasada por las lágrimas y la sorpresa, no me pareció tan triste como antes. Se había limpiado con la mano el lapo de la cara, y no dio la impresión de que le diese tanto asco, como pensé. Quizá se estaba resignando a su suerte y aceptaba la llegada de un nuevo chulo. Me parece que a mamá/Sharon/Charo, lo de estar sin macarra no le iba muy bien.

Acostumbré a quedar con ella los jueves por la tarde. Más que nada para llegar contento al fin de semana.

Solía adelantar la faena durante la mañana y decir en la oficina que había quedado con algún cliente para la tarde. Así que, después de tomar un menú ligerito, me dirigía raudo y veloz a la casa de mi puta madre a recaudar la pasta semanal y vaciar mis cojones en la muy cerda.

Las primeras veces a la puta parece que no le hacían mucha gracia mis visitas. No sé si la cosa obedecía a algún reparo moral, era porque, no sólo no le pagaba, sino que le cobraba por la visita, o porque me ponía demasiado cañero. Esto último solía ocurrir, sobre todo, cuando estaba estresado o cabreado por temas del trabajo. Para relajarme, optaba por descargar mi agresividad echando un polvo en plan salvaje con la puerca de mamá, aderezado con escupitajos, tirones de pelo mientras le petaba el culo y toda una retahíla de insultos que recordasen a mi santa madre su condición de obediente guarra a mi servicio, en lugar de montar un pollo en el curro con la pandilla de incompetentes con la que trabajaba.

La putilla se fue acostumbrando al trasiego sexual al que la sometía y, gradualmente, empezó a ser más receptiva. Así, acabó disfrutando gustosa de mi rabo en cada visita que le hacía. 

Con los días fuimos cogiendo confianza y conocí su versión del abandono de su familia quince años atrás. La verdad es que yo, el cabreo por su huida, lo tenía más que superado y la posible venganza sobre sus actos me la estaba cobrando con creces en carne. Así y todo, la escuché con atención y supe, de primera mano, que no se arrepentía en absoluto de haber escapado de ese modo se su hogar. Es más, reconocía abiertamente que el único motivo que la incitó a irse fue el sexo, aunque en aquella época lo confundía todavía con el amor. La relación que inició con Erick, el jefe de su marido, y en la que acabó convertida, prácticamente en una esclava sexual, le abrió un mundo nuevo que desconocía y que puso por encima de todo lo era su vida anterior: de su marido, de su hijo, de su estatus y del resto de su familia.

No obstante, hubo algo que me hizo verla de un modo más indulgente. Fue el hecho de que había intentado repetidamente, una y mil veces, y de hecho tenía pruebas de ello (certificados de correos, me dijo…), ponerse en contacto conmigo e intentar, cuando menos, justificarse de algún modo por su comportamiento y suplicar mi perdón. Pero, al parecer, mi padre bloqueó todos esos intentos y yo nunca supe nada de ello. Por extraño que parezca, me dio la sensación de que, por puta que fuese, decía la verdad. Ese hecho y el ver, como repetidamente, insistía en que nunca quiso hacerme daño (a mí, al pobre cornudo de papá es otra historia…), me llevó a replantearme mi actitud hacia ella y empezar a tratarla con más suavidad, con un cierto cariño. Aunque, visto lo bien que me lo estaba pasando en la cama, descarté desde el primer momento dejar de follármela. Continué, y aún sigo, haciéndolo con la misma intensidad y la misma mala leche. Y parece que a ella, como buena puta vocacional, le encanta ese estilo. En fin, de tal palo, tal astilla, como dicen.

Mis visitas semanales, transcurrían con un guion similar. Al llegar, tras darme un buen morreo de bienvenida y entregarme el sobre con la pasta (que yo contaba religiosamente, no era cuestión de fiarse demasiado de una puta de ese calibre, aunque fuera de la familia…), me guiaba, cogidito de la mano a la habitación, mientras yo miraba su culazo hipnotizado (¡Joder, cada día estaba más buena, la muy puta!) 

Después, venía el lote completo: un par de polvos, o tres, aderezados con mamadas, sexo anal, comidas de culo, reparto de esperma por su jeta y todo tipo de cerdadas.

Al cabo de un tiempo, cuando consideré que la puta ya había purgado, en cierto sentido, sus pecados, decidí que ya había llegado la hora de convertirla en una abuelita honorable y rehabilitada y que podía presentársela a mi familia.

A mí mujer le conté la milonga de que, después de muchos años de reflexión, había decidido perdonar a mi madre y, tras buscarla arduamente, había conseguido dar con ella y contactarla… Mi parienta, inocentemente, se tragó el cuento y empezó a insistir, cada vez más, en que viniese a casa a conocer a sus nietos y esas cosas. Además, estaba convencida de que yo me había quitado un gran peso de encima, perdonando a mi díscola madre y permitiendo que volviese a entrar en nuestra vida rehabilitada de sus pecados, por así decirlo. Mi mujer es creyente, y estas cosas del perdón y la generosidad las lleva muy adentro. Me parece estupendo, y me vino muy bien para normalizar la situación de mi madre en relación a su familia, pero yo soy bastante más cínico, como habéis podido comprobar y, si he favorecido la incorporación de la puta de mi madre a la vida familiar, es más que nada por mi propio interés y para facilitarme las cosas. A mí y a mi rabo, claro.

La visita en que mamá conoció a sus nietos no pudo resultar mejor.

Los niños estaban encantados con su nueva abuelita, y, sobre todo, con la Play que acababa de caerles sin previo aviso. Y a la abuela se le caía la baba con los dos pequeñajos. Está claro que no se había dado cuenta de la pareja de ratoncillos consentidos y egoístas que estaban hechos. Entre su madre, que era una blanda, sus tías que los colmaban de regalos y obsequios viniendo, o no, a cuento,  y la otra pareja de abuelos, que como solo coincidían con los niños de higos a brevas, tenían a los putos críos en un altar, completamente viciados… En fin, todo un éxito educativo, lo de mi parienta y yo con nuestra prole.

El caso es que a los críos solo les faltaba una nueva abuela, que estaba forrada, y que quería ganarse su cariño a toda costa.

He de decir, que la pelandusca de mi madre consiguió su objetivo con creces. A los diez minutos de llegar a casa, sus nietos ya estaban encantados con ella y se pasó gran parte de la tarde jugando con ellos. Un auténtico éxito, ya te digo.

Por mí parte, me parecía un premio justo y adecuado al proceso de “rehabilitación” de la guarra y a los desvelos que había demostrado en los últimos tiempos por mantener mi polla reluciente y mis cojones secos. No podía evitar sonreír por dentro al verla allí feliz y contenta ejerciendo de agradable abuelita y pensar en cómo, tan sólo el día anterior, se esforzaba por meterme la lengua en el ojete, meneándome el rabo, mientras yo le taladraba con el índice su agradecido ano, y apuraba una cerveza viendo un vídeo porno…. ¡En fin, una bella estampa familiar!

A mí mujer, curiosamente, también le causó una muy buena impresión.  Ya me había encargado yo de que la zorra llevase un conjunto lo suficientemente recatado. Me costó tanto localizar algo en sus armarios que pudiera camuflar su condición de putón que, al final, tuvimos que ir corriendo a El Corte Inglés a buscar un traje chaqueta lo bastante discreto como para ocultar sus voluptuosas curvas y tapar los tatuajes. También hubo que visitar de urgencia la peluquería para teñirse el pelo de un discreto rubio oscuro y recortar su melena en un corte más adecuado para la teórica ama de casa que tenía que representar. Tras la transformación, nadie diría que la mujer de mediana edad, cargada de regalos, con la que llegue a casa aquella tarde era una guarra comepollas de marca mayor. 

Eso sí, de ropa interior le obligué a ponerse un conjunto bien cerdo, con sujetador y tanga negros de encaje a juego. Tenía intención de darle una buena ración de rabo en cuanto acabásemos el paripé… si quedaba contento con su interpretación.

Ciertamente quedé muy satisfecho. Cómo también mi mujer, con la que hizo muy buenas migas, mostrándose modesta y recatada. Mi parienta me lo dijo un par de veces: “¡Qué agradable es! Y parece una persona estupenda… Y se conserva muy bien para su edad…” ¡Y tanto!, pensaba yo, pues sí le vieras la tetas o su culazo meneandose con una buena tranca encajada, ibas a confirmar, a ciencia cierta, lo bien conservada que está, la muy puta…

La velada había resultado perfecta. Encantadora, diría yo. A mí parienta le había maravillado su suegra, los niños estaban superfelices de tener una nueva abuelita surgida de quién sabe dónde. Pero, ¿qué importancia podía tener de dónde había salido, si llegaba cargada de regalos y juguetes? Un sabio consejo que mi madre se tomó muy en serio. La mejor manera de conquistar el egoísta corazón de la pareja de nietos era mediante regalos. ¡Y siempre funciona! No hay nada como una abuela rica… 

Y Charo, mi querida mamá, estuvo feliz y radiante toda la tarde. Acababa de recuperar a su familia y, teniendo en cuenta el carrerón que había llevado en los últimos años, ya podía estar contenta, ya… 

Hacia las ocho le di un toque a mi madre para que se fuese despidiendo. Mi mujer insistió en que se quedase a cenar. Pero ella, tal y como habíamos pactado previamente, declinó la oferta. Así que, tras despedirse con abrazos y achuchones, salimos de casa hacia el coche para llevarla a su casa.

-Qué, guarrilla, ¿lo has pasado bien?-le pregunté camino del vehículo, con ánimo de provocarla. 

-Gracias… -me respondió ella sobriamente- Ha merecido la pena…

Vaya“, pensé, “la putilla parece que ha disfrutado… Pues luego se lo cobro…

En el breve trayecto puse la radio y casi no hablamos. De vez en cuando le sobaba las piernas y ella se dejaba hacer. Parecía relajada y contenta. Supongo que intuía que en el futuro ya no le esperaba una vejez triste y solitaria, sino una familia que la cuidaría, y tal, y tal… Bueno, supongo que, era cierto, por mi parte, se estaba ganando la jubilación a pulso.

Al llegar al parking de su edificio, y cuando se disponía a salir del coche la sujeté del brazo. 

-¡Espera, cerdita…! -le dije.

Ella intuyó enseguida lo que quería y se limitó a soltar el cinturón de seguridad y se giró hacia mí.

Yo recline el asiento y ella hizo el resto del trabajo. 

Cinco minutos después estaba con mis huevos rebotando en su barbilla y mi mano, sujetando firmemente sus cabellos, meneaba su cabeza frenéticamente…

Después de correrme le sujeté bien el tarro, apretándolo contra mi polla, que seguía embutida en su boca, mientras los chorros de leche iban entrando en su garganta. Mamá aguantó estoicamente el envite. Ya estaba acostumbrada a esos excesos y se limitó a gemir, mientras engullía los borbotones de esperma que se dirigían directos a su estómago.

Yo jadeaba rabioso tras disfrutar de un orgasmo de intensidad 8,5 en la escala Ritcher… ¡Ja, ja, ja!

Poco a poco me relajé y aflojé la presión de la cabeza de la guarrilla. Ella, lentamente, se fue incorporando y recobró la compostura, dejando escapar de sus labios hinchados, un hilo de baba que se escurría entre mis piernas. 

La puta, a pesar de su cara sudorosa y congestionada, lucía una orgullosa sonrisa y me miró con sus ojos húmedos y llorosos por el esfuerzo. Al tiempo que se relamía para atrapar los últimos restos del cóctel de esperma y saliva, me dijo más socarrona que enfadada:

-¡Joder, hijo, te habrás quedado a gusto…! ¡Un día me vas a ahogar…!

-¡Anda ya…!-Respondí  entre risas, mientras me abrochaba la bragueta- ¡Mala hierba nunca muere…!

Después, nos dirigimos a su pisito a rematar la jornada.

Salimos del parking directos al ascensor. Ella avanzando resuelta y yo a su lado con la zarpa apretando el culazo y mi polla volviendo a endurecerse por momentos. 

Teníamos la esperanza de no encontrar a ningún vecino para poder ir adelantando faena antes de llegar al piso. Y en eso estábamos, con un animado intercambio de saliva entre nuestras respectivas lenguas, hurgando en la garganta del otro,  con mi polla apretando la barriguita de la puerca y con las manos de ambos dando un buen repaso anatómico mutuo, cuando el ascensor se paró un momento en el segundo y entró una vecina. Era una vieja cotilla y avinagrada que tenía un chucho de esos pequeños, puñeteros y ladradores que hacían su compañía más desagradable aún.

Detuvimos el lote que nos estábamos pegando y, tras saludar educadamente, esperamos a que la vieja de los cojones se diese la vuelta de cara a la puerta para proseguir metiéndonos mano. Eso sí, con un poco más de discreción. La vieja se bajó en el cuarto (¡menudo carcamal! ¿no podía haber subido los dos puntos pisos andando? ¡En fin, ya le vale…!)

Llegamos finalmente a la planta sexta entre arrumacos y, tras cerrar la puerta del picadero de mamá, nos despelotamos en tiempo récord y nos pusimos a follar antes incluso de llegar a la habitación.

En el pasillo hice una escala técnica. Cargué a la puta en peso, sujetando sus piernas, la ensarté hasta los huevos y, con su espalda apoyada en la pared, empecé a darle estopa a base de bien. Ella no se cortó un pelo y empezó a berrear como la cerda que era y a gritar:

-¡Dale cabrón! ¡Más fuerte! ¡No pares! ¡Revienta a la puta de tu madre!

Yo empujaba con rabia y le estaba haciendo un potente chupetón en el cuello cuando decidí prolongar algo más la fiesta y me la llevé así, tal cual, en volandas, a la cama, para rematar el polvo más cómodamente…

Pero, una vez en el catre, detuve unos minutos la sesión, a pesar del cabreo de mi madre, para llamar a casa y justificar el retraso. No quería preocupar a Marisa y, mientras ponía una absurda excusa sobre una falsa fuga de agua en casa de mi madre, ésta, muy en su papel de puerca, me siguió trabajando la polla y los cojones con su boca. ¡Menuda cerda!

Ya con tiempo por delante, dediqué las dos siguientes horas a desatascar las cañerías, y no las del piso de mamá, sino las suyas mismas. Mamá estaba súper motivada por lo bien que habían ido las cosas con su reencontrada familia y yo, por qué no decirlo, estaba encantado de tener un putón de esas características a mi entera disposición, además, con la coartada perfecta para visitarlo, cuando me apeteciese, sin tener que dar demasiadas explicaciones. Me iba a ahorrar un pastizal en putas y me quitaba un quebradero de cabeza a la hora de buscar rolletes esporádicos. Tenía un chollo total con ella, fuera de toda sospecha y totalmente bajo control. El futuro se presentaba espléndido.

Poco antes de partir, mientras descansaba tumbado en la cama, con la cara de la jamona apoyada en mi pecho, tras dejarle en sus entrañas la última dosis de esperma, que, poco a poco, se empezaba a escurrir entre sus nalgas, tuve con ella un breve intercambio de frases que servirán como perfecto colofón a esta historia.

-¿Cómo estás, cariño? –me preguntó la guarra.

-¿Qué cómo estoy? ¡Joder, pues cómo voy a estar…! ¡Cómo tú… de puta madre!

FIN

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