la estudiante. relatos eróticos

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Volvió a sentir su enorme polla destrozandala por dentro. Él cada vez la tomaba con más confianza… Y ella, Dios mío, no quería admitirlo, pero era el único momento del día que esperaba con ansiedad.

Ese momento en el que desgarraban su interior se había convertido en el único momento del día en el que se sentía viva.

Luego venía el arrepentimiento, por supuesto. Y la desolación. ¿En qué se había convertido? ¿En qué la habían convertido para ser exactos? Pero nada de eso importaba ahora mismo. Se la habían vuelto a meter y todos los pensamientos de su cabeza se esfumaron. Sólo quería disfrutar el momento…

-Que docil te has vuelto, con lo que me costó el primer día.

Por supuesto era plenamente consciente de que ella no podía verle ni oirle, pero sí que podía sentir como tiraba de las anillas con las que había adornado sus pezones.

Sabía que la gustaba. Sabía perfectamente que a esa pequeña mojigata le encantaba lo duro.

Metió su dedo dentro de las anillas y tiró con todas sus fuerzas de ellas mientras mantenía su polla dentro de ella.

Guiada por el dolor, o quizás por el placer, el cuerpo de la chica se curvo y apoyando sus pies en el suelo, levantó sus caderas.

Él se apartó. Le gustaba verla así, con las piernas abiertas, rendida al sexo, impaciente porque se la volvieran a meter.

Eso le hizo recordar como le miró hacía apenás unos días.

Ella una joven de clase alta, y él, bueno, un anciano desesperado buscando trabajo de lo que fuera.

Agarró la fusta con la sangre hirviendo por ese recuerdo y soltó un golpe terrible en su delicado coño…

El trabajo era una mierda, pero al menos era trabajo. Recoger el jardín, alguna chapuza, sacar al perro a pasear… Le resultaba increíble en lo que se gastaba la gente rica su dinero, pero si a él le pagaban para sacar a los perros a pasear y recoger su mierda, lo haría encantado de la vida. Y sin protestar.

-¿Cómo podéis contratar a semejante pordiosero?

Él se mordió la lengua mientras su padre pedía disculpas por la actitud de su hija.

-El trabajo es de tres a diez. Cuidar de la casa, pasear al perro, cuidar del jardín… Y aguantar a mi hija.

-Pero papá…

-No hay peros que valgan, ya he tomado la decisión.

Estaba plantada en el quicio de la puerta del despacho de su padre, con los brazos en jarra, aún con el uniforme de instituto privado puesto, calcetines blancos hasta la rodilla y zapatillas de andar por casa. Le faltaban todavía algunos años para terminar de madurar su belleza, pero ya esta era considerable. Pero lo peor era la mirada que había en sus ojos…

-Seguro que me está imaginando ahora mismo desnuda.

-Sería un imbécil si no lo hiciera.

La respuesta del padre les sorprendió a ambos. Marta le saacó la lengua y subió todo indignada hacía su cuarto.

-Es una buena chica, no se preocupe por ella. Ni notará que está en la casa.

Pusó su mejor sonrisa en su rostro y estrecho la mano tendida de ese hombre. Tenían un trato, y desde su punto de vista, un gran trato.

***

-Tendrías que ver al pordiosero que ha contratado mi padrastro para que se haga cargo de la casa.

-¿Por qué? ¿Te mola?

-No, claro que no. Es un asqueroso viejo.

-Así que es tu tipo.

Marta miró irritada a su amiga.

-Claro que no. – contestó molesta apretando el paso – ¿Cómo podría ser el tipo de nadie?

-Se sincera contigo misma. Ese pordiosero te humedece los bajos.

Marta se paró en seco.

-A veces no sé el porqué hablo nada contigo.

-Porque no tienes a nadie más con quien hablar de nada. Entonces, ¿Te gusta? – preguntó al tiempo que le agarraba la cintura.

-No – respondió tímidamente.

-Entonces ni si quiera me lo hubieras comentado. -Marta miró al suelo – ¿Y qué deseas ser? ¿Su novia… su amante… su perra?

Esto último se lo susurró al oído y Marta enrojeció completamente ante la risa de su amiga….

-Siempre he sabido que tienes alma de esclava y al parecer ya has escogido amo.

-¿Y cómo lo hago?

-Se directa. -Le recomendó su amiga. – Lo más directa posible.

**********

Él se presentó puntual al día siguiente. Tal y como esperaba, Marta fue la encargada de recibirle. Seguía con el uniforme del intituto privado aún puesto, solo que está vez llevaba medias negras.

-¿Siempre vas con eso encima?

Marta dio media vuelta, se agarró las manos a la espalda y preguntó:

-¿Desea que me lo quite?

Lo había dicho. No podía creer lo que acaba de hacer o decir. Parecía que el corazón la iba a reventar el pecho.

Él, por su parte, no lograba determinar si la chica iba en serio o a broma. Ella seguía plantada en mitad de la sala, sin moverse, jugando con su pie.

Comenzó a moverse lentamente hacía ella, sin prisa pero sin pausa. Marta seguía sin moverse, esperando pacientemente.

-¿Siempre recibes así a los empleados de tu padre?

-Hasta ahora solo había contratado a mujeres, eres el primer hombre que se queda a solas conmigo.

Pusó sus dedos sobre el cabello de la chica y comenzó a acariciarlo con ellos. Tanto su tacto y su olor eran maravillosos. Marta apoyó su cabeza en su pecho.

-Tenía miedo de que mi padre no le cogiera.

Cerró su mano sobre su cabello y tiró de él.

-¿A qué estás jugando?

-Por favor, me hace daño.

Lejos de retroceder, tiró aún con más fuerza. Marta emitió un quejido de dolor.

-¿A qué estás jugando?

-No miento. Estoy dispuesta a entregarme a ti. Sin condiciones.

Siguió sin soltarla.

-¿Por qué?

-Me gustas – fue la respuesta simple de Marta

Siguió sin soltarla. Marta emitió otro quejido de dolor.

-¿Te gusto?

-Sí.

Tiró con fuerza de su pelo y Marta perdió pie quedando medio tumbada. Se sostenía en el aire porque él la tenía agarrada de la espalda.

Colocó su mano en su rodilla y subió por el muslo. Tenía una piel fina, tersa, suave. Llegó hasta sus bragas y de tirón, se las bajó.

Marta terminó de quitárselas ella misma y él se las metió en el bolsillo. También se quitó las zapatillas. Y comenzó a desabrocharse los botones de la camisa con mano temblorosa mientras el hombre, dueño de la situación, la sobaba el coño a placer.

A continuación se abrió el sostén y la camisa, dejando al descubierto su hermoso par de pechos. Cayó la falda. Tecnicamente solo llevaba puestas las medias.

Él apartó la mano de su coño y la miró. Piel clara, sin marcas ni estrias, vientre plano, depilada de cuerpo entero, pelo largo y sedoso.

Un cuerpo joven y sano totalmente a su merced.

La cogió de las piernas y subió las escaleras con ella.

La posó en su propia cama tras deshacerla.

Era una cama grande en una habitación de chiquilla. No importaba. Ahora la iba a convertir en mujer.

Marta se terminó de desnudar mientras era observada.

Él apartó sus tobillos y se metió entre sus piernas. Luego se quitó el cinto, se desabrochó el pantalón, se bajó el calzoncillo…

Y la violó.

Como un animal, como un salvaje, con enorme brutalidad.

No tenía ni idea de lo que estaba pasando por la cabeza de la chica y ni le importaba.

Marta emitía gemidos de dolor entremezclados con suspiros de placer.

La estaba doliendo, pero no podía negar que lo estaba disfrutando.

Sentir al fin la hombría de un hombre dentro de ella la estaba volviendo loca.

Se corrió dentro. A él no le suponía ningún problema y si por algún motivo a ella le salía una pancita, que hiciera lo que le diera la gana.

Marta estaba reventada a causa del ejercicio físico al que había sido sometida. No podía dejar de jadear.

Él se ha había vestido ya y la estaba sobando la cara interna del muslo. Recogió con un dedo el semen que rezumaba de su interior y lo llevó hasta su boca.

Marta la abrió instintivamente y comenzó a lamerlo. No la desagrado. Es más, la idea de que pronto podría probarlo recien salido de una polla la calento.

-¿Hasta dónde quieres que te lleve? – preguntó mientras la magreaba un pecho.

-Soy tuya.

Breve y concisa. Una contestación así merecía ser disfrutada.

Sacó su teléfono móvil y la hizo una foto de cuerpo entero. Luego a la cara, a los pechos, a su coño recien desvirgado…

Marta no podía mirarle. Tampoco se tapaba o intentaba esconderse.

-Abrelo para mi.

No hacía falta que la indicaran el qué. Estaba muerta de la vergüenza, y no se movió.

Con un suspiro de resignación, él hombre se acercó a los cajones donde ella guardaba su ropa interior. El primer cajón estaba lleno con sus braguitas. El segundo, con sus medias. La metió las bragas usadas en la boca y las ató con una media a modo de mordaza. Sus brazos y piernas fueron atados juntos quedando en una posición bien cochina para una jovencita.

Marta estaba asustada y excitada al mismo tiempo.

No podía moverse, ni hablar, estaba completamente a la merced de un hombre al que prácticamente acababa de conocer.

Empezó a hurgarla el coño, a abrirlo. No era tan erótico como si lo hubiera hecho ella misma pero tenía su morbo.

Marta se retorcía de placer con cada contacto y cada toque. A continuación comenzaron a masturbala como jamás se lo había hecho a ella misma.

Se corrió salvajemente mientras él continuaba introduciendola dedos con frénesi.

Volvió a correrse, está vez con menos intensidad pero igualmente placentero. Él hombre acercó su mano llena de pringue y se lo pasó por su cabello.

Eso la molestó y justo cuando iba a abrir la boca para protestar, o a intentarlo, la abofetearon el coño.

Rabió de dolor y de humillación. Era como sentir una bofetada en la cara pero no fue en su cara y la zona la tenía hipersensible.

Recordó que sus zapatillas estaban tiradas en el salón.

Sacó del armario unos zapatos de tacón sucios y se lo clavó en el coño. Le resultó divertido ver como el zapato que quedaba ahí, suspendido en el aire.

Bajó al salón en busca de su nueva diversión cuando el perro ladró. No estaba seguro, era demasiado pronto para esta perversión.

Pero no era como si alguien la fuera a creer.

Recogió lo que vino a buscar y subió con las mascotas de la casa.

Si él le había parecido un animal, Brutus era realmente uno. El chucho instintivamente supó que tenía que hacer y no se andó con rodeos. Hacía mucho que no disfrutaba de una buena hembra.

Marta no se podía creer lo que la estaba pasando. Tampoco que su cuerpo reaccionara con increíbles cantidades de placer a pesar del inmenso asco que estaba sintiendo al ser utilizada de esa forma..

No fue el único. Rufus, aún virgen, también sacio sus apetitos con su ama.

Él les dejó un buen rato a solas. No estaba seguro de cuantas veces se la cogería cada uno, pero había tiempo de sobra.

Cuando subió, Brutus se la estaba follando otra vez. Por como Marta se movía, supó que había tenido una buena ración de sexo con ellos.

Le dejó acabar y los mandó a fuera.

La habitación apestaba a perro y a hembra. Y olía a otra cosa. A meado. Marta no había podido aguantarse y se lo había hecho encima.

Su coño, antes rosado, estaba rojo e hinchado. Había tenido mucho uso. También había enormes pegotes de semen canino recorriendo sus nalgas.

Era una pena desperdiciarlo. Lo recogió con la mano y se lo llevó a la boca. Y Marta, tras quitarla la mordaza, lo chupó. Tenía en realidad todo el coño bañado en semen canino, de tal forma que él metía sus dedos dentro de ella y los sacaba bañados de esa sustancia blanca y pegajosa y ella los lamía como si fuera lo mejor del mundo.

Se la metió. Marta estaba tan sensible, tan fuera de si, que se corrió en cuanto le notó dentro y ni si quiera se dio cuenta de que la estaban rompiendo el culo en ese momento.

Gemía de dolor y placer mientras la perforaban con solo algo de mantequilla, mientras la sujetaban los pechos fuertemente para conseguir un mejor agarre, mientras abusaban salvajemente de su joven cuerpo.

Sin llegar a terminar del todo, le acercó la polla a la boca y se empezó a follársela. Con fuerza, hasta la garganta, hasta que su vello púbico de macho se estampaba en la cara de su hembra.

Se corrió.

Y a continuación se orinó.

Marta no tuvo más remedio que tragarse la meada deprisa y corriendo. Y aún así la orina rebosó por la comisura de sus labios manchando su cara y su cabello.

Tras ser amordazada de nuevo experimento su primera ración de azotes con su propia zapatilla en un coño ya sumamente castigado. Cada azote transmitía en ella mil sensaciones diferentes, desde el dolor, al placer, pasando por la más absoluta humillación.

-Mañana quiero que me recibas desnuda, solo con un collar de perro puesto. ¿Me entiendes?

-Sí.

-¿Sí qué?

-Sí amo…

****

Marta se baño, se limpió, se apañó el pelo. La dolía todo el cuerpo. El coño, el culo, la boca, los brazos, los pechos. No podía creerse lo que le acababa de pasar, pero el dolor resultaba un buen recordatorio.

Y el olor.

Su habitación apestaba y desde luego sus padres no podían entrar ahí.

Se había puesto un pantalón de chandal, una camiseta, ropa interior. Dudaba sobre si recibirlos o decir que estaba estudiando. Incluso dudaba sobre ir al instituto al día siguiente.

No lo hizo. Ninguna de las cosas. Se inventó una excusa que su madre se tragó sin problemas.

Cogió el móvil.

Estaba dispuesta a entregarse a él. Todo el día. Toda la noche.

Él acepto.

Llegó a las tantas. No había venido solo. Ella le recibió desnuda, ansiosa, solo con el collar de su mascota puesto. Se sorprendio al ver a los dos juntos. No esperaba a nadie más.

La colocó a cuatro patas encima de la mesa y comenzó a follársela.

Marta tenía claro que no podía salir ni un ruido de su gartanta. Se mordió la los labios para aguantarse los gemidos mientras su amo la destrozaba por dentro.

La sacaron de paseo. Desnuda como estaba. La sacaban a mear como si fuera una vulgar perra.

Rezó para no encontrarse con nadie.

No fueron lejos. Solo a una esquina. Debía mear en la esquina y no se marcharían hasta que lo hiciera.

La costó Dios y ayuda obedecer.

Regresaron, despacio. Él no tenía prisa.

Volvieron a su habitación.

Comenzaron a sobarla cuatro pares de manos. Era demasiado para ella, pero no podía hacer ningún ruido.

Notó como sus padres se despertaban y se iban.

-¿Y ahora que hacemos con ella?

-Lo que nos de la gana, tío. Lo que nos de la puta gana.

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