Compañeras de piso. relatos lesbicos

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El dejar el estudio para ir a la cocina me hizo caer en la tentación sin poder escapar a la misma. De una noche tranquila entre papeles y libros pasé a otra mucho más movida y ardiente. Lo admito, no tengo voluntad alguna…

Sábado noche y tras un largo rato de estudio, apagué el flexo con un seco golpe del dedo. Tenía sed, una sed terrible y necesitaba descansar aunque solo fueran diez minutos del influjo de todo aquel montón de libros, fotocopias, papeles y artículos. Los ojos me escocían horriblemente de la pantalla del portátil, de manera que era momento de parar unos minutos. El proyecto para mi doctorado en Lenguas, Literatura y Culturas estaba dando más de sí de lo que Laura, mi tutora y yo imaginamos en un primer momento. Miles de documentos a investigar, a buscar y rebuscar, diversos estudios de los mejores eruditos en la materia. Largos meses llevaba con ello y seguramente otro tanto me quedaba todavía antes de poder dejar listo el proyecto y poder presentar la tesis.

Salí al pasillo camino de la cocina donde ponerme un buen vaso de algo que me recompusiera las fuerzas. Agua fría, un zumo, un vaso de leche… cualquier cosa serviría aunque eso sí algo bien frío que remediara el calor que aquellos últimos días asaltaba la casa.

–          ¿Adónde vas? –la voz de Azucena me paró en mi trayecto hacia la cocina.

Azucena, Azu, era mi compañera de piso y también de otras muchas cosas. De hecho, éramos pareja hacía ya año y medio atrás en que aquella otra noche de otoño nos habíamos acabado liando. Mis padres por supuesto nada sabían de lo nuestro; Azu simplemente era la chica con la que compartía piso y que les llenaba de tranquilidad al no saberme sola. Pobres tontos, si supieran la verdad. Cuántas y cuántas veces mi madre me había preguntado si había algún chico que me interesara y yo callada y teniendo que esconder lo que pasaba y mi interés por las mujeres como pasa en tantos otros casos así.

–          Voy a la cocina. Necesito algo de beber, tengo la garganta seca –respondí junto a la puerta del salón, donde se encontraba mi amiga tumbada en el sofá viendo uno de esos programas de cotilleo que nadie reconoce ver pero que, en realidad, luego todo el mundo conoce y habla de ellos por los codos.

Seguramente todos somos cotillas, podríamos decir de forma tajante pero en cierta medida no muy lejana a la realidad. Debe ser algo propio del ADN de cada uno de nosotros el ser curiosos, el interés por las cosas de los demás, el cotillear, criticar y opinar de todo aquello que no nos atañe de forma directa. Somos fisgones por naturaleza, los problemas y las vidas de los otros nos resultan de lo más interesantes. Al fin y al cabo en sus cosas vemos reflejadas las nuestras propias. Y lo que más nos seduce sin duda no son sus éxitos y triunfos, lo cual en general nos repele y aleja más bien de ellos, sino el regodearnos con sus fallos o fracasos. Eso nos encanta y nos consuela en cierta manera de las cuitas que asolan día a día nuestras vidas.

Pasé de largo del salón, dejando a Azu allí tumbada y medio entretenida sin quitar ojo a la caja tonta. Ya en la cocina, tomé el tetrabrik de leche del balcón del frigo para llenarme un vaso que devoré garganta abajo y casi sin degustarlo. Otro medio vaso me llené, devorándolo del mismo modo que con el primero, la crema del líquido blanquecino cubriéndome los labios.

–          ¿Vuelves a tus libros? –resonó su voz en el mismo momento en que pasaba por la puerta del salón.

Tenía pegado a la frente un mechón de cabello húmedo y aplastado. Como decía, hacía calor aquella noche y, pese a la corriente que la ventana abierta daba, apenas se notaba una brisa de aire fresco. La frente y el rostro se veían cubiertos de pequeños rastros de sudor. Se la veía hermosa, allí frente a la tele y doblada sobre sí misma entre el montón de almohadas que acompañaban su cuerpo joven y femenino.

–          Hace calor.

–          Sí, un calor sofocante pese a la brisa nocturna.

–          Anda ven aquí –exclamó invitándome al golpear tenuemente el asiento libre junto a ella.

–          Sabes que tengo mucho que hacer.

–          Lo sé… solo será un instante y te irá bien.

–          Azu, por favor… sabes que no puedo… tengo una pila de cosas que revisar.

–          ¿Cuándo vamos a disfrutar juntas del sexo otra vez? –preguntó con un gesto de fastidio.

–          Lo haremos. Te lo prometo –contesté a su apremiante pregunta.

–          Llevamos ya una semana larga en ayunas. Y eso es mucho, incluso para ti cariño.

–          Es que cuando trabajo, ya lo sabes, la energía es algo valiosísimo.

–          ¿Otra vez tu proyecto?

–          Sí.

Se enfurruñó un instante, volviéndome la cara y quedando falsamente absorta en lo que la tele producía. Aquel maldito presentador de éxito que cada noche de sábado conducía aquel idiota programa para regocijo de las masas. Azu sabía cómo llamar mi atención hacia ella, hacerse la abandonada resultaba un buen remedio para conseguir mi interés hacia su persona.

–          Anda ven… te necesito… no seas rancia –una sonrisa amarga se dibujó en su rostro.

–          ¿Rancia? ¿por qué me dices esas cosas?

Sabía lo que sus palabras significaban, ninguna otra cosa que no fuera un rato de sexo y asueto para ambas. Se la veía tan hermosa allí sentada con la pierna doblada y la sudadera amarilla y las mallas grises tapándole las bellas formas.

–          No sé, tú sabrás… -respondió ligeramente encorvada mientras se humedecía levemente los labios.

Sí, por supuesto que sabía bien lo que aquello significaba. Me deseaba, no podía esperar más del mismo modo que no podía decírmelo de una manera más clara y directa. Pese a la mucha faena que en mi cuarto me esperaba, no me vendrá mal un rato de descanso –pensé para mí al verla tan dispuesta y sensual entre los grandes almohadones.

–          Solo te robaré media hora, no creo que eso sea mucho… te deseo cariño…

Los ojos bajo el foco de la luz brillándole de aquel modo que tan bien conocía. Entre nosotras poco hacía falta que nos dijéramos, tanto tiempo con una persona te hace conocer sus más íntimos pensamientos y necesidades. Y más si de sexo hablamos. Media hora que se convertiría en una hora y luego directas a la cama, pero bien valía la pena disfrutar la suavidad de sus besos, de su lengua junto a la mía; mis manos recorriéndole sus redondas formas por encima de las ropas para luego quitárselas y hacer el contacto mucho más profundo e intenso. Avanzando a paso de loba, crucé el salón deshaciendo la distancia que nos separaba. Las dos en silencio sin decirnos nada, solo mirándonos fijas, los primeros síntomas del deseo clavados en la mirada de mi amiga.

–          ¡Por dios, pensé que no lo harías nunca!

–          Me gustan tus pechos –en un susurro aseguró Azu al dejarme caer acompañándola, apartando a un lado alguna que otra de aquellas molestas almohadas.

–          ¿Sólo los pechos?

–          Tienes unas tetas sensacionales, prietas y nada caídas.

–          Gracias cariño, sé lo mucho que te gustan. Sólo que me encanta oírtelo decir.

–          No seas mala –noté su voz temblorosa por el evidente deseo que la envolvía.

Sentadas una junto a la otra, la envolví con el brazo sin todavía ir más allá. Solo mirando ambas la tele, las imágenes atrapando nuestro falso interés en ellas, rozándola el brazo con las uñas como forma de buscar su reposo, bajándola luego a la mano que rocé del mismo modo suave con el que hacerla gemir ahora. Azu no sabía mentir, cualquier cosa que la excitara o atrapara su interés enseguida la hacía responder al momento en forma de gemido o suspiro sonoro.

–          Esta noche la tele es un rollo.

–          Siempre lo es –declaré tomando el mando y haciendo quedar la pantalla en negro.

Ahora fue Azu la que supo lo que aquel gesto mío significaba. Tomándola de sus cabellos morenos, jugué un  rato con ellos enredados entre los dedos. Azu se dejó caer, dejando apoyar la cabeza en mis muslos que el corto pantaloncillo del pijama dejaba medio al aire. Fui yo la que temblé ahora con la caricia de aquellos cabellos encima de mi piel desnuda. Ambas callábamos, sabíamos bien lo que queríamos pero no había prisa alguna. En silencio, me miraba clavados los ojos en los míos que la envolvían desde mi atalaya perfecta. Sus ojos medio entrecerrados y brillantes con el fulgor de la luz cercana, sus labios gordezuelos y rosados y que podía ver temblorosos bajo el mucho deseo que la atenazaba. Humedecí los míos y ella hizo lo mismo, ofreciéndose callada y muda a mi igualmente muda mirada.

Volví a jugar con sus cabellos medio alborotados y que le cubrían los hombros y el algodón de la sudadera a la altura del pecho. Enredándolos entre los dedos y tirando de ellos en forma de bucles rizados. Alargando la mano, Azu apretó mi muslo con fuerza desatada. Yo también gemí con el clavar de dedos en mi piel bronceada. Y sin aguantarlo más, agarré sus pequeños pechitos apretándoselos por encima de la sudadera.

Las dos sentadas y teniéndola pegada a mí, podía sentir el aroma de la fragancia que su cuello desnudo desprendía. Respiré con fuerza empapándome de toda ella. La deseaba, me ponía horrores su cuerpo de formas redondas y algo gorditas por las que mis manos corrían sedientas de sus gemidos y sollozos.

Sin hablar y sin dejar de sopesar sus pechos, los apretaba y manoseaba entre las palmas de las manos. Azu se dejaba transportar, los ojos cerrados en un viaje hacia algún mundo conocido tan solo por ella.

–          Azu, eres guapísima… tienes un cuerpo realmente precioso… estás espectacular.

Con aquel dulce masajeo sobre sus tetas, conseguí hacerla vibrar de pura emoción aunque ciertamente no necesitaba mucho para ello. Un leve suspiro le escapó entre los labios con el que hacerme saber lo mucho que le gustaba.

Yo también me sentía caliente, comenzando a respirar igualmente de forma agitada al apretarle cada vez con mayor interés sus pequeñas pero duras redondeces. Encaramándose mi amiga hasta caer hacia atrás, quedamos totalmente pegadas dándole a sentir el roce de mis pechos contra su espalda. Al tiempo el cuello quedaba perfecto a mi altura, los labios peligrosamente cerca de su piel fina y sensible.

–          ¡Ámame cariño, ámame! –su voz inquieta por el deseo la hacía reclamar lo que yo también tanto deseaba.

Aquella noche era seguro no iba a trabajar más. La deseaba, la deseaba tanto, allí entre mis manos y tan entregada. Junto al cuello, le hice conocer el calor del aliento sobre su piel.

–          Tienes unas tetas realmente bonitas. Pequeñas pero duritas… me encantan… –declaré junto a su oído viéndola vibrar con el simple roce de mis palabras.

–          Cariño, no me digas esas cosas –gruñó en un tímido murmullo.

–          ¿No quieres que te las diga? –pregunté sabiendo lo mucho que moría porque lo hiciera.

–          Claro que quiero… me pones loca, acaríciamelas anda mi amor.

Volviendo la mirada, me miró fijamente, con ojos de deseo profundo haciéndome ver lo mucho que deseaba que la hiciera mía. Respondí a su mirada con una sonrisa forzada, humedeciéndome los labios mientras mis manos acariciaban de forma más y más intensa sus pechos. Acercándome el rostro, Azu buscó mis primeros besos ofreciéndome los labios para que se los tomara. Juntando las bocas, la besé envolviéndole los entreabiertos labios con los míos. Tembló toda ella con ese simple roce, tirando de sus húmedos labios recogidos en un beso dulce y tierno. La calidez de las bocas apeteció nuevos besos igual de ardientes y sensuales. Alargando la mano, pasó ella el brazo por detrás de mi cuello para así arrastrarme más a ella.

Respondiendo a su entrega, estiré las manos metiéndolas bajo la sudadera pudiendo de ese modo tomar sus pechos libres de sujetador. Se los apreté con fuerza arrancándole un gritito de dolor y alivio al tiempo.

–          Apriétalos, apriétamelos con fuerza…

Los besos se fueron haciendo intensos y húmedos entre ambas, morreándonos viciosas, achuchándola entre mis piernas que la envolvían los glúteos por detrás, achuchándonos entre los pelos revueltos por la pasión, dándonos las lenguas y retorciéndose Azu entre mis manos que la acariciaban todo el cuerpo bajando y subiendo animosas sus hermosas formas. Sollozando débilmente, la muchacha apartó un instante su rostro para sonreírme de forma cómplice y con un punto de malicia. Sacando la lengüecilla, me la entregó con un gemido satisfecho al verla recogida bajo el raspar de mis dientes.

–          Hueles a sexo, hueles a sexo de los pies a la cabeza.

–          ¿Y eso es malo? –preguntó risueña riendo tontamente mis palabras.

–          No claro que no lo es, al revés me encanta verte tan perra y dispuesta al juego.

–          ¿Tenías ganas de jugar, eh putita? –interrogué a mi vez sacando la lengua y empezando a jugar con la suya.

–          Te deseo Silvia… te deseo mi amor… bésameeeee…

–          Lo sé –aseguré convencida mientras con los dedos le tiraba los cabellos del flequillo a un lado.

Se la veía tan bella y entregada, allí sentada a mi lado y gimoteante y deseosa de mis besos y mis caricias. Le comí tímidamente el cuello, pasándole y repasándole la lengua por encima de la mejilla y la oreja y solo con eso se corrió entre sollozos desconsolados.

–          Me hiciste correr cabrona –exclamó con un gesto de abandono y cansancio.

–          ¿Te gustó nena?

–          Me encantó… ven bésame, bésame –pidió afligida y feliz.

La besé de manera furiosa, salvaje, casi obscena mezclando una y otra las lenguas, entrando la mía desbocada entre sus labios abiertos, mordiéndonos lascivas, besándonos jadeantes, acallando los quejidos de la otra en un beso largo, prolongado y sin fin. Cayendo sobre ella la empotré contra el respaldo del sofá, recibiéndome mi chica con un lamento de sorpresa.

Acaricié su cuerpo con desesperación, corriéndole la sudadera, subiéndola hasta donde pude, colmándola de besos el vientre, el ombligo, los senos para acabar en un beso lleno de vicio y lujuria. Masajeándole la piel suave de la barriguilla, el piercing brillante colgándole del ombligo y el pequeño tatuaje del delfín saltando afuera que tanto me ponía cada vez que se lo veía.

–          Deja que te quite esto anda –pedí entre murmullos tomándole la sudadera por los lados.

La prenda desapareció al instante quedando sus pechitos al aire, con los oscuros pezones que mi mirada devoró con apetito malsano. El muslo de mi amiga junto al mío, nos rozábamos casi sin querer de tan cerca como estábamos. Mirándole los pezones oscuros caí sobre ellos dándole un tímido chupetón para de ahí pasar al otro repitiendo la caricia. Azu gimió hecha un mar de nervios, me tomaba el rostro con las manos acercándome a ella, alborotándome los cabellos desmoronados por la cara con los dedos, gimiendo entrecortada y sin dejar de pedir nuevos chupetones. Lamí el pezón notándolo enderezarse bajo mis labios, lamiéndolo, chupándolo con dedicación y fruición crecientes, escuchándola revolverse con el roce que mi lengua le ofrecía. Me encantaba hacérselo, igual que me encantaba cualquier cosa con ella, pasar el día, comer juntas, pasar la tarde tumbadas en el sofá sin nada que hacer y luego claro, hacerle el amor hasta las tantas, olvidadas del reloj y de cualquier cosa que nos metiese prisa. Solas las dos disfrutando del cuerpo de la otra, besándonos, acariciándonos los pechos y las caderas, recorriéndole los muslos desnudos de manera lenta y agradable.

–          Bésame, bésame… te necesito –sus palabras se hacían urgentes con cada nuevo roce en el excitado pezón.

Azu se estrechó contra mí aún más, suspirando al dejarse enlazar por mi brazo en el pequeño espacio que ambas compartíamos. Tan pegadas estábamos que le daba a sentir mi pierna junto a la suya, un pecho unido al suyo mientras las bocas exploraban el interior de la otra. Nos deseábamos con locura y pasión, buscándonos pérfidas con las manos, entrelazados los dedos en comunión perfecta. Las dos calientes como perras, tan calientes como el calor de la noche que la ventana abierta traía.

Sudorosas y sin una gota de brisa, tan cerca nos encontrábamos que con el dedo le pedí que se acercara.

–          Ven nena, deja que te bese, me encanta tu boquita –pedí con sonrisa pérfida.

Obediente, Azu se juntó cerrando los ojos al suspirar abiertamente su deseo. La besé nuevamente salvaje y furiosa, haciéndome con su boca mientras la mano le corría la barriguilla a derecha e izquierda. Busqué llevarla más abajo, bajándola entre las piernas por encima de la tela de las mallas. Azu gimoteó vencida por mi interés, apretándole la mano el sexo, subiéndola y bajándola hasta apoyarla ahora en el muslo rotundo y torneado de mi amiga. Ella solo se dejó hacer, refregando mimosa la mejilla contra la mía. Calladas, solo los gemidos y besos, junto al ruido de la tele encendida, llenaban el silencio del salón. Le acaricié el largo y sedoso cabello, enredándolo y tirando del mismo en forma de rizos que al momento se deshacían entre mis dedos.

Me separé un mínimo instante de su lado, lo que la hizo ronronear quejándose zalamera. Con las manos me buscó, reclamando mi compañía, reclamando nuevas caricias y besos. Echada en el sofá con las piernas levemente dobladas, respiré notando el roce de la de mi compañera tan cercana y sinuosa.

–          No me dejes, ven conmigo. Te necesito cariño –su voz susurrante me cautivó en su completa debilidad.

Estirándole la mano, la alargué hasta dejarla caer en el seno duro y prieto, sopesándolo con dulzura y entusiasmo. Azu gruñó esperando más. Nos besamos suavemente, los labios una vez más húmedos de los besos de la otra.

–          Te deseo –exclamé echándole el cabello atrás para dejar su bello rostro libre de molestias.

Ella solo produjo un murmullo de asentimiento, tan frágil y entregada se encontraba a mis deseos. Me la comí a besos, estaba tan y tan cachonda que no podía más. Moría de ganas por hacerla mía, por saborear su estrecha abertura, la flor rosada y húmeda de sus jugos, por amarla hasta al delirio y gozar de su cuerpo de carnes abundantes y prietas.

–          Ámame, ámame –susurró entre dientes

–          Ven cariño, deja que te quite esto –un gemido placentero y de dejadez emitió al echarse atrás ayudándome a quitarle la ropa.

Quedó desnuda resbalándole las mallas piernas abajo y fuera de los pies. La contemplé en toda su belleza y entonces me desnudé yo también, sabiéndome igualmente observada por sus ojos grisáceos llenos de lujuria. Nuevos besos enloquecidos sorbiéndole los labios, mientras con la mano le bajaba el muslo acariciándolo hasta llegarle a la rodilla. Las manos la devoraban arriba y abajo, empapándome de ella, riendo Azu como una tonta con cada nuevo roce que le daba. Se dejaba acariciar en su total desnudez, corriéndole mis dedos los costados para apoderarme de sus pechos duros y de pezones erizados. Nos besamos ahora con pequeños y cortos besos, sin dejarla hablar, saboreando sus labios para llevarle las manos atrás rozándole delicadamente la parte alta de la espalda, los brazos y los hombros. Jadeábamos pidiéndonos más, uniendo las lenguas en su boca, atrapándola de la nuca para atraerla, mezclando los alientos entrecortados y plenos de sentimiento.

Ladeando levemente la cabeza, le tomé el cuello lanzándome sobre la orejilla que chupé y lamí con deleite viendo el buen resultado que aquello daba. Azu se retorcía, ofreciéndose entera, echando el cuello arriba en busca de mi boca y mis besos. Recorrí la oreja, aquel diminuto y sensible órgano de su cuerpo que tan solo con el correr de mi boca la hacía estirar en completa tensión. Volvió a correrse entre mis manos y mis caricias, gimoteando su placer, un torrente irrefrenable de sensaciones llenándole cada poro de su ser.

–          ¡Bésame mi amor, bésame… dios, qué bien sabes hacerlo! –declaró en un momento de mínima lucidez.

–          ¡Qué cachonda me tienes! –declaré ahora yo sin dejar un segundo de rozarme contra ella, la nariz pegada a la suya.

–          ¿De verdad? ¿tú también estás cachonda? ¿no me engañas? –preguntó con un gesto vacilante en su lento estado de reposo.

–          ¿Crees que puedo engañarte con algo así? ¡Tú también me has puesto como una moto, bribona! –y apoderándome a traición de la oreja volví a comérsela con desesperación, provocando en ella verdaderos aullidos de satisfacción.

Mi querida Azu se desesperaba, suplicando que le quitara el diminuto tanga negro que le marcaba perfectamente el triangulillo. La prenda íntima se veía empapada del flujo vaginal que mi amiga producía.

–          Quítamelo mi amor, quítamelo…

Metida entre sus piernas poco a poco lo hice, bajándolo tomado con la boca, enganchándolo de forma experta entre los dientes mientras la muchacha se estremecía notando el aliento de mi boca corriéndole el muslo. Luego y con los dedos lo deslicé piernas abajo hasta hacerlo arrancar de un solo golpe camino del suelo. El coñito quedó húmedo y bañado de sus aromas frente a mis ojos golosos. Me relamí hambrienta de ella.

Separándome de su lado, monté encima en posición inversa para así quedar mi boca cerca de su sexo rosado y de abultados labios que la poblada pelambrera envolvía. Muy distinto a mi pubis depilado y sin restos de vello que pronto noté rozado por la lengua deliciosa de mi amiga. Cerrando los ojos caí entre sus piernas empezando a hacer lo mismo con su raja que lamí y recorrí arriba y abajo entre los primeros lamentos de nuestras bocas. Perfecto 69 el que formábamos mi vientre ahogando su boca mientras la mía degustaba el jugo de su néctar apetecible. Pasaba y repasaba la lengua por encima, abriéndole los labios con los dedos, bramando de gusto al sentir la suya correrme el interior del muslo para luego caer sobre el sexo necesitado de sus diabólicas caricias.

Lanzándome sobre ella posé los labios en la raja entreabierta, buscando con la lengua abrirla. La mano encima del coño, los dedos pasaban y repasaban reconociendo la vulva empapada de flujos. Abriéndole los labios introduje dos dedos, arrancando así un largo gemido de mi amiga. Los saqué al momento saboreando el aroma femenino para seguidamente moverlos encima de la raja masturbándola con ritmo creciente. Un rítmo rápido y fascinante con el que escucharla sollozar y suspirar complacida.

Azu removía el vientre, la pelvis rozándome la boca, jadeando estremecida como una perrita. Besándole el coñito y rozándolo suavemente, subiendo la lengua al clítoris que se veía descubierto sobre los labios de mi compañera de juegos. Ella hacía lo mismo, prestando su atención igualmente sobre mi clítoris que lamía y chupaba enredado en sus labios. La mano en la pelvis, me masturbaba sin descanso, lengua y dedos acariciándome al mismo tiempo, arriba y abajo, adentro y afuera sin parar de entrarme en la empapada vulva. Ambas gemíamos, jadeábamos inquietas en nuestra locura, los sexos de una y la otra ardiendo con cada nuevo roce, con cada nuevo lametón abriéndonos los labios. Sentí la lengua introducirse en la vagina y no pude menos que elevarme sobre ella, echando la cabeza atrás al arquearme sabiéndome en la gloria. Me iba a correr, no iba a tardar y así se lo dije.

–          Continúa nena, continúa… me tienes loca…me harás correr con tu lengua.

Y eso la hizo enloquecer, tomando mayor velocidad en sus succiones e introduciendo la punta de la lengua hasta donde podía. Cada vez más deprisa y con mayor profundidad, yo me retorcía removiendo el culillo sobre su boca, acariciándole el cabello como forma de defensa y poder soportar tanto placer como sentía. Me meaba de gusto, me meaba de gusto. Gimiendo y reclamando más, buscándola con mi movimiento de caderas, el orgasmo se aproximaba, cada vez más cerca, cada vez más cerca, ya allí estaba.

Exploté entregándole mi corrida, sin poderlo resistir más. Gritando con mayor energía y provocándome un latigazo en todo el cuerpo bajo el ataque continuo que aquella boca me dispensaba. Un orgasmo cálido y profundo que se hizo largo al engancharlo con otro que me llegó al instante haciéndome delirar en mi fatiga. Azu chupaba y lamía, tan ocupada estaba buscando entre mis rollizas piernas mientras devoraba mi orgasmo, saboreando cada líquido que le entregaba, la boca llena de mis jugos que bebía relamiéndose de gusto.

Tras unos segundos de relajo, quise ser yo la que hiciera lo mismo con ella. Devolverle toda la tensión de aquel orgasmo que me había sacado y toda la tensión acumulada que realmente era mucha. Cayendo nuevamente sobre su sexo empecé a comérselo con desenfreno, tomándola de las caderas y llenándole los muslos de pequeños besos antes de hacerme con su coñito que comí arriba y abajo, la lengua resbalando por todos lados, humedeciendo cada rincón de su anatomía, llenando Azu la habitación de grititos y lamentos ahogados. Sus manos cayeron en mi cabeza, oprimiéndome entre sus piernas.

Deseaba hacerla correr, buscar su orgasmo a velocidad de vértigo con cada uno de mis roces; separando la boca la intercambié por mis dedos que con facilidad se hundieron en sus paredes comenzando un rápido movimiento adelante y atrás. Las piernas de mi amiga se tensionaban, pataleando en busca de alivio, trabajándola yo sin descanso, masturbándola furiosa al enterrarle dos de mis dedos que aparecían brillantes de sus jugos al escapar de su vagina. Paré un instante para saborear aquel brillo tan conocido, notándolo amargo entre los labios, sonriendo maliciosamente ante lo mal que se lo estaba haciendo pasar. Como ella había hecho antes conmigo.

–          Sigue Silvia sigue… cómemelo, cómemelo profundo… va… mos no paressss.

Y continué y seguí de aquel modo, comiéndoselo y metiéndole la lengua y luego los dedos hasta arrancarle el tercero de sus orgasmos. La noche iba a hacerse larga, no había duda de ello.

Levantándome de encima de ella, degusté los aromas y efluvios entre los labios sin dejar de pasar la lengua con delectación máxima. Me encantaba saborear los jugos de mi amiga, desde la primera vez que lo hicimos no deseaba otra cosa cada vez que nos encamábamos. Acercándole la boca le di sus jugos a probar, al besarnos de forma lenta y delicada. Azu respiraba con dificultad, subiéndole y bajándole los pechos al ritmo constante y acelerado que su respiración marcaba.

–          Me has hecho correr otra vez cabrona… eres mala conmigo.

–          Lo soy, ¿pero y lo bien que lo pasas? –sonreí viéndola tan decaída y hermosa.

Gimiendo débilmente en el silencio del salón, Azu llevó sus manos al brazo y a mis cabellos buscando atraerme. Nos besamos con ternura y amor, los labios simplemente posados en los de la otra sin llegar a más.

–          Buffff, por favor cariño déjame descansar un rato o acabarás conmigo –bramó en su completa desazón, sus bonitos ojos clavados en mi rostro.

–          Tengo la boca seca, puedes traerme algo –pidió tumbada y exhausta en el sofá como se encontraba.

–          Claro cariño, yo también necesito refrescarme. ¿Te traigo un zumo, agua, un vaso de leche…?

–          Un vaso de leche bien fría estará bien… siempre resulta el mejor reconstituyente.

Plantando los pies en el suelo con decisión, la dejé allí con cara bobalicona para seguidamente entrecerrar los cansados ojos. Camino de la cocina no tardé nada en preparar las bebidas. Al momento estaba de nuevo a su lado, vaciando las dos a largos sorbos el frío contenido. Ambas estábamos sedientas.

–          Espérame aquí, vuelvo enseguida…

–          No no, no me dejes… ¿adónde vas ahora?

–          Enseguida vuelvo, voy un momento al cuarto.

–          ¿A hacer qué? –preguntó con un deje de impaciencia.

–          No te digo nada, es una sorpresa ya verás… Te gustará.

–          Ummmm, ¿estás pensando en nuestro querido amigo? –preguntó escapándole una sonrisa de oreja a oreja.

–          Oh no seas impaciente… es una sorpresa, no te digo más.

Y allí la dejé, corriendo al cuarto en busca de mi nuevo juguete del que todavía no le había hablado. Nada que ver con nuestro querido amigo como Azu lo llamaba. Nuestro escandaloso e incansable consolador que como digo nunca decía que no a ofrecernos el placer que pudiéramos pedir.

Sin embargo, estaba bien segura que aquello otro le iba a encantar…

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