la mesera – relatos xxx

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Han pasado algunos meses desde aquella tarde en la que dos trabajadores de mi abuelo abusaron de mí. Desde entonces no he vuelto a hablar con mi abuelo.

Las clases en la universidad empezaron ya y mientras algunos estudian o miran series por internet en su tiempo libre, yo me dedico a trabajar.

Encontré un empleo de mesera en un restaurante-bar cerca de la playa y uno de los muelles de pesca. Aunque la paga no es muy buena, sí hay buena clientela y las propinas son las que nos salvan.

Era un sábado por la noche; faltaban un par de horas para que el restaurante cerrara y estábamos completamente llenos. Hoy había una pelea de Box muy importante y muchas personas habían reservado mesa para verlo. En fin, a pesar de andar de un lado para otro, tenía todo controlado; los clientes que estaba atendiendo seguían pidiendo más y más y por lo tanto mis propinas serían muy jugosas.

Faltaba una hora para que el restaurante cerrara. En eso tres hombres de al menos unos 60 años estaban discutiendo con uno de mis compañeros; al parecer querían una mesa pero como estábamos llenos no los dejaba pasar.

La pinta que tenían no parecía muy de acuerdo a su edad o, mejor dicho, adecuada para salir a cenar; parecían algo sucios y sudados, sin embargo se les veía demasiado musculados para su edad, tenían la piel morena y con un poco de panza. En eso una de las mesas se estaba desocupando e inmediatamente me acerqué con mi compañero y le señalé que una de mis mesas había quedado libre.

Los tres hombres se me quedaron mirando directamente, ni siquiera se tomaron la molestia de disimular. Para sacarlos de su trance les hablé de forma directa y los dirigí a su mesa. Inmediatamente fui por tres cartas y se las ofrecí para que ordenaran.

– Buenas noches y bienvenidos; mi nombre es Bárbara y soy quien les tomara su orden, -les hablé de forma dulce y mostrando mi mejor sonrisa-.

Noté que uno de ellos estaba mirándome las piernas y es que ese día vestía unos short de mezclilla que dejaban ver totalmente mis piernas.

– Si gustan ordenar algo solo háblenme y los atenderé de inmediato.

Estaba a punto de irme cuando uno de ellos me tomo de la mano.

– Espera preciosa, aun no te vayas, no nos preguntaste si queríamos algo de tomar.

– Ehh… si… es cierto… que tonta soy… jejeje…

– No, no. No eres tonta, eres preciosa, -dijo el hombre al que le faltaba más cabello-.

– Además, yo ya quiero ordenar, -secundó el tipo que me miraba las piernas-.

– Si puedes traernos unas cervezas bien frías te recompensaremos muy bien.

En eso, el último de ellos puso un billete en una de las bolsas de mi short y me cerró el ojo.

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Sin decir nada me di la vuelta y me dirigí a la cocina. Cuando estaba a medio camino, me giré por instinto y pude ver cómo los tres hombres me miraban mientras me alejaba.

Me empecé a sentir un poco incomoda pero no tenía otra opción: ellos estaban sentados en una de mis mesas y tenía que atenderlos. En menos de cinco minutos los llevé sus cervezas.

– Disculpen señores, ¿ya saben qué van a ordenar? -les pregunte, en un tono que daba a entender que me urgía salir de ahí-.

– ¿Qué tienes para nosotros, pequeña? -dijo el hombre calvo, e inmediatamente los otros dos se empezaron a reír-.

– La especialidad del día de hoy son camarones en…

– ¿Camarones? Otra cosa preciosa, estamos hartos de los mariscos y aún más de los camarones. Como si no fuera suficiente con los que pescamos a diario.

Dicho eso pude entender por qué su forma de vestir tan poco apropiada y ese olor a sudor seco que se podía respirar cerca de ellos.

Sin más, terminaron por ordenar una orden de alitas de pollo y más cerveza.

Mientras salía su orden yo seguí atendiendo las otras mesas. De vez en cuando me tocaba pasar cerca o tomar alguna orden en las mesas que estaban próximas a ellos y casi siempre observaba sus miradas encima de mí, lo que hacía que me sintiera incómoda.

De pronto dos de los hombres se levantaron de la mesa y se dirigieron a los baños mientras que el otro se quedó sentado, mirando la pelea de Box. Rápidamente tomé la orden de la mesa que estaba atendiendo, la dejé en la barra de órdenes y me dirigí al callejón al otro lado del restaurante.

El callejón estaba oscuro y solo la luz de la puerta de afuera de la cocina alumbraba una pequeña parte del callejón. Tratando de no hacer mucho ruido me acerque a la ventana de los baños de los hombres para poder escuchar bien lo que estaban tramando esos dos hombres.

Con la ayuda de una caja sucia que había cerca me acomodé para subirme y poder ver hacia dentro. Al mirar vi que los tipos estaban en los urinarios y hablaban. Cuando terminaron de orinar se dirigieron a los lavabos y entonces sí pude escuchar lo que decían.

– Esa nena está bien linda; con solo verle esas piernas, me he puesto cachondo.

– Tiene buenas piernas, pero a mi me gusta más su carita de niña buena.

– Sí, como para llenársela de pura lechita y ver cómo se la traga. Los dos soltaron semejantes y sonoras carcajadas.

Al escuchar todo eso se me vino a la mente la ocasión en que aquellos otros trabajadores empezaron a hablar sobre mí de la misma manera que ellos, y termine siendo follada violentamente por ambos, cuando estaba en la granja de mi abuelo.

– ¿Viste cómo se llamaba? Alcance a leer Bárbara en su blusa.

– Si… Lo que daría por poder correrme en una chica así; de solo imaginarlo mira cómo se me puso…

– Jajajaja, guárdate eso -le contestó el otro tipo- de seguro que Bárbara se asustaría si la viera.

– ¿Crees que la podría aguantar?

– Sí, o quizás se desmayase después de tres buenas metidas de verga.

– Ya; quiero que termine su turno para poder buscar la forma de llevarla al barco y follarla toda.

 Cuando terminé de escuchar lo ultimo un escalofrió recorrió mi espalda y me costó unos instantes el poder moverme, del miedo que me atenazaba.

Tengo que salir de aquí, –pensé–, pero cuando estaba a punto de darme la vuelta alguien me agarró el hombro y me empujó contra la pared. Sin darme tiempo a reaccionar me taparon la cara con un trapo; el olor que despedía era igual al del producto químico con el que mi abuelo dormía a los animales. Poco a poco fui perdiendo el conocimiento y no supe más de mí.

Cuando desperté no podía distinguir dónde me encontraba. Mi visión era borrosa y la cabeza me daba vueltas. El ambiente estaba muy sofocado, había un olor combinado a sudor y pescado, y sentía cómo todo se mecía suavemente de un lado a otro. Traté de incorporarme pero inmediatamente caí al suelo debido a lo mareada que estaba.

Me quedé unos momentos recostada esperando a que mi vista se desanublara. Mientras tanto empecé a recordar lo que me había pasado y traje a mi memoria lo que esos dos asquerosos hombres habían dicho en los lavabos. Inmediatamente sentí un golpe de adrenalina y todo se fue aclarando a mí alrededor.

Poco a poco me habitué al habitáculo. Estaba en un pequeño cuarto con paredes de metal oxidado. A ambos lados de donde me encontraba había dos literas desordenadas y en lo que parecía el techo tan solo había una pobre bombilla que iluminaba la habitación.

Como pude me puse en pie y en el preciso instante que estaba por agarrar el pomo de la puerta, ésta se abrió repentinamente…

Del otro lado aparecieron los tres comensales que había estado atendiendo en el restaurante. Ahí estaban, mirándome de forma lujuriosa y lasciva, con una sonrisa pícara que dejaba entrever con claridad todas sus malas intenciones.

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A– Miren nada mas que ya despertó –dijo el hombre que estaba en medio de los dos–. 

A– Ya era hora que despertaras, nena. Nos estábamos aburriendo en la mesa y aun no nos traías lo que ordenamos.

O– Tienes razón Alberto, me muero de hambre y parece que no nos traerán pronto lo que ordenamos.

M– Que mal servicio Barbarita, creo que vas a tener que darnos una buena razón para que no te dejemos sin propina.

Lentamente los tres hombres fueron entrando a la pequeña habitación; dos de ellos se sentaron en la orilla de ambas camas y el tercero se quedó parado en la puerta. Estaba atrapada y no había modo de poder pasar a través de ellos.

– ¿¡Qué es esto!? ¿¡Donde estoy!? –les grité, asustada–.

O– Estas en el barco del capitán Mike, preciosa. Te hemos traído para que conozcas su barco. –Inmediatamente los tres soltaron una risotada–.

Al verlos, volví a recordar lo que me pasó en la granja de mi abuelo y el miedo me fue subiendo por las piernas, pero lo detuve y traté de aparentar que me vieran más segura.

– ¡Cállense! ¡Dejen de reírse los tres! ¡No sé qué está pasando aquí, pero será mejor que…!

Sin previo aviso, el hombre que estaba sentado en una de las camas se levantó y me dio una bofetada que me hizo caer de nuevo.

M– Estúpida perra, guarda silencio cuando estemos hablando. Soy el Capitán Mike y aquí se hace lo que mande yo.

Después de la tremenda bofetada me quedé tumbada en el piso y con ello mi fingida seguridad se esfumó por completo.

Sin darme tiempo de recuperarme el hombre al que llamaban Capitán Mike se acercó a mí y tirando de mi cabello hizo que me pusiera en pie.

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Los tres hombres empezaron a emocionarse al verme tan ligero de ropa, y dos de ellos se bajaron la cremallera del pantalón.

O– Excelente visión, preciosa. Magníficos pechos.

A– Espero que lo que aún tienes oculto no desmerezca en nada lo que ya estamos admirando.

M– Seguro que lo será, chicos. Desde que la vi no he dejado de imaginar lo que ese short nos oculta.

Mike se dirigió a mí y me rodeó lentamente, sin dejar de mirarme lleno de deseos.

Yo intenté mantenerle la mirada, tratando de evitar que detectaran el temblor que mis piernas empezaban a mostrar.

O– Esto me está poniendo a mil; no puedo esperar más. Quiero descubrir esas tetitas tan apetitosas.

M– Tranquilo, Oswald. Deja ese trabajito a Alberto; sabes que es su especialidad.

– Ni se os ocurra tocarme, asquerosos. ¡Soltadme de inmediato! Os arrepentiréis si no lo hacéis. He oído vuestros nombres y os denunciaré a la policía, si no me dejáis libre inmediatamente, y sin ningún daño.

M– Vaya, vaya, vaya. La chiquita nos ha salido revoltosa.

A– Déjala, Mike; no le hagas caso. Solo es un farol. Es una ingenua.

O– Oye bien, renacuajo ¿Crees que nos hemos tomado la molestia de traerte hasta aquí solo para que conozcas el barco? Ya puedes abandonar toda esperanza. Saldrás de aquí cuando Mike, que es el que manda, lo ordene, pero no antes de que te hayamos hecho disfrutar de nuestros “favores”; ¿verdad, Mike?

– Os lo repito. ¡No me toquéis! Juro que os resultará muy caro si lo hacéis.

Alberto se acercó sigilosamente a mí desde mi espalda mientras yo me dirigía a Mike con mis airadas protestas.

La primera noticia que tuve de su proximidad fue sentir cómo sus dedos manipulaban el cierre de mi brassier, lo abrían y luego me lo quitaba en un rápido y hábil movimiento.

Mi reacción fue instantánea y automática. Mi pie izquierdo, calzado con unas botas de medio tacón, salió disparado hacia atrás como impulsado por un resorte y fue a dar violentamente en una de las tibias de Alberto, no sé en cual.

Alberto aulló como si le hubiera partido la pierna –quizá lo hice– y Oswald y Mike quedaron momentáneamente sorprendidos, lo que yo aproveché para pasar entre ellos como un rayo y correr por un estrecho pasadizo mal iluminado. No llegué muy lejos; apenas una docena de metros más allá el pasadizo giraba a la derecha y… no tenía salida alguna. Acababa en una puerta herrumbrosa con dos ruedas circulares. Intenté manipularlas y me resultó inútil. No pude hacerlas girar. Carecía de las fuerzas necesarias para ello.

Me volví y vi cómo, tranquilamente, sin ninguna prisa, Oswald y Mike se dirigieron hacia mí. Tras ellos, Alberto, con una cojera que era ostensible se acercó maldiciendo.

A– Mike, déjamela. Quiero darle su merecido. ¡Déjame a esa puta! ¡Quiero destrozarle la cara a hostias!

M– Cállate, Alberto. ¿Cuántas veces he de decirte que no te acerques a una pieza ni de frente ni de espaldas? Siempre de costado y a distancia. Da gracias a que la chiquilla es novata; si supiera algo de defensa personal esa coz te habría reventado los huevos. Date por satisfecho si los tienes ilesos. Pero no te preocupes; te prometo que la disfrutarás todo lo que desees.

Los tres llegaron hasta mí y esta vez fue Oswald el que cruzó mi mejilla en otra ensordecedora bofetada, que hizo que mi cabeza se bambolease de un lado a otro. Me sujetaron fuertemente con los brazos a la espalda y volvimos al habitáculo de los dos camastros.

M– Es brava la potrilla. Me gustas. Pero no sueñes; de aquí saldrás completamente domada y domesticada y, si no eres tonta, es posible que hasta puedas disfrutar algo de la noche. Yo, desde luego, lo prefiero; sí te acaba gustando querrás repetir y eso será bueno para todos. Anda, Alberto, ve al cuarto de herramientas y trae lo necesario para tenerla bien controlada.

Mike ordenó a Oswald que me quitara las botas, mientras él me tenía bien sujetas mis muñecas a la espalda, haciendo que la articulación del hombro me doliese horrores.

M– Y tú, potrilla, estate quietecita. No sigas por ese camino, o te muelo a hostias. Ya has visto que no te lleva a ninguna parte. ¿De acuerdo?

– De momento ganáis: sois tres contra mí. Y yo solo soy una potrilla, como dices, pero ten por segura una cosa: seré potrilla, pero de pura raza. ¡¡Me vengaré!!

M– Lo repito, Bárbara. Me gustan las chavas como tú; recias, orgullosas; rebeldes y, sobre todo… preciosas. Así como tú.

En pocos minutos Alberto apareció por allí con un cajón en el que al primer vistazo pude ver pinzas, cuerdas, cinta “americana” y otro tipo de artículos cuya utilidad desconocía, entre ellos algunos consoladores o dildos, de diferentes tamaños.

Oswald me había quitado las botas y los calcetines, de manera que lo único que me quedaba puesto era el short y la tanga. Pero no me duró mucho.

Mike se encargó de sujetar mis manos a la espalda, utilizando para ello cinta americana, mientras Alberto me arrancaba el short y qué decir de la tanga, que quedó en el suelo hecha jirones.

Completamente desnuda, con mis pechos duros y los pezones tiesos, Alberto tomó una cuerda, hizo un nudo corredizo con el que rodeó mi tobillo y llevó la otra punta de la cuerda a la pata de la cama, en la que la ató, asegurándose de que mi pierna quedase abierta hacia el exterior. Repitió la operación con la otra pierna y cuando terminó su trabajo yo estaba sentada sobre la cama, que era más alta de lo que sería una cama convencional porque bajo ella se guardaban cajas y maletas, y quedé sentada sobre el borde, abierta de piernas y con mi coñito, muy bien depilado, completamente expuesto a sus miradas y a lo que quisieran hacer con él.

M– Vamos, Alberto. Ahí la tienes. ¡A qué te gusta! Tienes cinco minutos, ni uno más para que disfrutes con ella de la forma que desees.

La cara de Alberto tenía una expresión casi demoníaca. El odio se reflejaba en el brillo de sus ojos y se dispuso a vengarse de esa patada recibida.

Lo primero, dijo, vas a saber lo que es una buena patada, pero Mike le cortó al instante.

M– Quieto, quieto, quieto. Te he dado cinco minutos para que disfrutes de ella, no para que la maltrates. Una bofetada a veces es necesaria, pero ahora no es el caso. Bárbara está indefensa. Fóllatela, que te la mame o cómete el coño o sus pechos, pero no quiero una violencia gratuita.

Miré a Mike con un gesto de agradecimiento porque realmente llegué a temer por mi integridad si aquel energúmenos no hubiera sido contenido por el capitán. No obstante, algo sí que tuve que sufrir, y más de lo que me imaginaba.

Una vez dicho esto Mike salió del habitáculo y me dejó sola con Alberto, ya más tranquilo. Tenía su mirada puesta en mi conchita y con una expresión medio sádica me dijo.

A– Me las vas a pagar maldita zorra, te voy a follar muy duro hasta que me supliques, pero ante s…–sin poder prevenir lo que  tramaba– acercó su mano a mi conchita y utilizando sus dedos empezó a apretar fuerte mi clítoris.

El dolor que sentí fue instantáneo y comencé a retorcerme. Instintivamente trataba de cerrar mis piernas pero las cuerdas a las que me encontraba sujeta me lo impedían.

Mis gritos hacían eco en el pequeño cuarto oxidado y lentamente Alberto empezó a tirar de mi clítoris como si se tratase de arrancarlo de mí.

A– Te duele ¿verdad? ¿¡A qué sí!? Pues más me dolió a mi tu patada, y me la vas a pagar, jodida puta.

Esta vez utilizando sus uñas pellizco mi pequeño botón haciendo que el dolor fuera más intenso e insoportable.

– Lo siento ¡por favor!… para… –decía entre sollozos–.

Cuando por fin dejó de torturarme el dolor comenzó a menguar pero sentía cómo mi pequeño clítoris punzaba después de estar sometido a semejante trato.

Aun no me recuperaba cuando de pronto sentí algo húmedo y viscoso en mi rajita, al levantar un poco la mirada pude ver al desgraciado de Alberto devorándola. Debo decir que mientras lo hacia el dolor empezó a desaparecer muy rápido y empezó a ser sustituido por una sensación de excitación.

Alberto continuaba con sus lamidas, tanto en mi coño como en los alrededores del clítoris. Empezó a recorrer mi cuerpo una sensación que hasta entonces había sentido muy pocas veces. Apenas cuando aquellos empleados de mi abuelo abusaron de mí en la granja. En definitiva estaba empezando a ponerme cachonda. Y eso no pasó desapercibido para aquel cabrón.

A– Te está gustando ¿eh? Se te ve en la cara que eres una jodida puta y que una buena verga te vuelve loca.

Esas aseveraciones de Alberto tuvieron la virtud de hacerme comprender que sí, que realmente me gustaba disfrutar de todo lo que me estaba haciendo. El dolor que me habían producido sus pellizcos y tirones en el clítoris había dado paso a una nueva sensación que me excitaba. Pero no le podía dar esa baza a ese bárbaro. Me impuse disimular y aparentar que seguía rebelándome  contra la situación.

Mi respiración era agitada, tanto por lo incómodo de mi posición como por la excitación que empezaba a asaltarme, pero yo me dirigí a él con rabia y don desprecio, gritándole.

– Eres una mala bestia. Me duele mucho, cabrón. Déjame en paz y ten cuidado conmigo. Me vengaré en cuanto pueda.

Una nueva bofetada cortó de raíz mis protestas.

A– Cierra la boca, zorra, si no quieres que te la cierre yo.

– No lo conseguirás, cabrón; te odio y no olvidaré nunca tu cara.

Lo que sucedió a continuación dio al traste con mis intenciones. Alberto me miró fijamente, se desabrochó el pantalón, bajó la cremallera y lo dejó caer hasta sus tobillos, quedando a la vista un boxer ajado, viejo y descolorido, bajo el cual pude apreciar como su verga quedaba claramente resaltada. El bulto era de un tamaño apreciable. Terminó de sacarse los pantalones y vino despacio hacia mí.

A– Con qué no conseguiré cerrarte la boca ¿Eso crees? Haré contigo lo que se me antoje y acabo de tener una idea. Una idea con la que voy a disfrutar, con la que tú, escucha bien: TU, me vas a hacer disfrutar.

Se plantó ante mí, se bajó el boxer y su verga salto como un resorte, libre de la contención que sufría. Era una verga grande, más de lo que imaginé al verla cubierta por el calzón, con un glande redondo, violáceo, y un tronco grueso, venoso, un tanto torcido.

A– Me la vas a chupar, perra y vas a hacerlo hasta que me corra en tu puta boca. Así estarás callada un buen rato.

Se colocó frente a mí, se subió en la cama, con una pierna a cada lado de mi cuerpo y sentí su polla pegada a mi cara. Su pubis olía a sudor y mar y me asqueó. Intenté retirarme, pero me resultó imposible hacerlo; mi posición era bastante incómoda. Con las piernas abiertas y mis manos atadas a la espalda no tenía posibilidad alguna de moverme.

–  ¡Déjame!, grité con desesperación.

A– Te dije que tuvieras la boca cerrada. Ahora verás. ¡Abre la boca, zorra asquerosa!

Y con sus manos agarró mi cabeza y dirigió su verga hacia mí, que no tuve otra opción que no fuera la de obedecer. Abrir la boca y permitir que su polla llenase mi cavidad por completo. Pensé morderle, pero tuve miedo a su reacción; temí seriamente por mi vida si lo hacía, así que decidí soportar estoicamente lo que se me avecinaba.

No sé cuánto tiempo estuvo follando mi boca con su estaca, pero cada vez la sentía más y más dentro de mí. Perdí la cuenta de las náuseas que sufrí, previas a que en una de ellas acabase vomitando lo poco que tenía en mi estómago. Ese vómito enardeció aún más a ese animal que no se compadeció de mí, sino que con un fuerte empellón me introdujo la polla hasta el fondo, llegando a invadir una parte de mi garganta.

Mi producción de babas era alta y pronto rebasaron mis labios y se derramaron por mi barbilla y de ahí cayeron sobre mis tetas mezcladas con los restos de mi vómito, hasta que de pronto mi violador aceleró sus embestidas y sentí su corrida en el interior de mi garganta.

Falta de aire me convulsioné en fuertes espasmos, por lo que Alberto sacó su polla de mi boca, terminado de eyacular sobre mi cara, que llenó de su semen viscoso y espeso, parte del cual aterrizó también sobre mi pelo.

Yo estaba hipando, tratando de oxigenarme y mis ojos vertían lágrimas que se confundían con la leche de su corrida.

Alberto también estaba regulando su respiración y pasados unos momentos me dijo.

A– Me he divertido contigo, puta, pero aún no he terminado. Antes tienes que pagar con dolor el que me produjiste con tu patada. No lo he olvidado.

– Perdón, perdón; no volveré a hacerlo, por favor; no me hagas más daño.

Y Alberto se dirigió al cajón en el que trajeron las cuerdas, la cinta y otras cosas más. Rebuscó rápidamente entre el contenido del cajón y una vez encontró lo que buscaba se volvió y vino hacia mí. En sus manos traía un par de pinzas, parecidas a las que se emplean para tender la ropa una vez lavada.

A– ¿Sabes qué es esto y para qué sirve?

– Claro que lo sé: son unas pinzas de tender la ropa, respondí entre hipidos.

A– Sí; esa es una de sus utilidades, pero tienen otras más ¿No las imaginas?

Al tiempo que me hacía esas preguntas abría y cerraba las pinzas y a veces se las dejaba prendidas en un dedo y su expresión se convertía en una mueca de sadismo, al tiempo que me decía.

A– Estos aparatitos pueden proporcionarte mucho placer y mucho dolor; depende de dónde y cómo los ponga. ¿Lo adivinas?

Yo me eché a temblar pensando qué maldad se le habría ocurrido a Alberto. Para mi desgracia, no tardaría mucho en saberlo.

Alberto se aproximó a mí, con las dos pinzas en la mano, jugando con ellas entre los dedos; una de ellas la prendió del lóbulo de su oreja izquierda y la otra la pinzó sobre la punta de su lengua, que movía arriba y abajo haciendo que la pinza se bambolease.

Prepárate, bonita, que ahora serás tú la que recibirás las caricias de estos artefactos; ¿Dónde las prefieres? ¿En las orejas? ¿En la lengua?, anda, elige tú, pero… espera, se me están ocurriendo otros lugares mucho más atractivos. ¿La nariz? No, te costaría el respirar, tengo una idea mucho, pero que mucho mejor. Y se movió hacia mí con una lentitud exasperante, al tiempo que decía: ¿En qué lugar voy a sujetar esta pinza?

Se acercó a mí; su cara se aproximó a la mía y pude respirar en cercanía el apestoso aliento que surgía de su boca. Su mano se acercó a mi cara, en la que su semen se estaba licuando por momentos, me la rozó suavemente, alternando con ligeros cachetes en los carrillos, calculando el tamaño del lóbulo de mi oreja y pasando por ella la pinza, abriéndola y cerrándola con parsimonia. La otra mano comenzó a acariciarme el pecho, sobándolo a veces de forma ruda al tiempo que con la pinza recorría mis orejas y mi boca distrayendo mi atención de sus verdaderas intenciones. Sus manos se humedecieron con los diferentes fluidos que, en regueros, se habían deslizado por mis pechos y se las limpiaba en mis costados.

Mis pechos siempre han sido muy sensibles a las caricias, elevando el nivel de mi libido y desatando las sensaciones que más me excitan; podría decirse que mis pezones son una de las zonas más erógenas de mi anatomía. Sentir la mano de Alberto sobre ellos hizo que mi calentura volviera a elevarse y lo exterioricé dejando escapar un leve gemido, estremeciéndome.

Alberto tomó un poco de distancia, me contempló lentamente y me dijo; sí, creo que sí. Ese es el lugar más adecuado para las pinzas.

Y se acercó; tomó el pecho que acababa de sobarme, acarició el pezón para comprobar que estaba bien tieso y duro y sin más colocó sobre ellos las pinzas, aprisionando entre sus tenazas el garbancito en que se había convertido el pezón.

Me dolió; ya lo creo que me dolió.

Nooooo, ahí no… cabrón; me duele mucho.

Fue tal el alarido, que de inmediato aparecieron en la puerta Mike y Oswald, temiendo que Alberto se hubiera pasado de la raya.

Cuando vieron la escena los dos se echaron a reír.

Albert solo con la vieja camisa sobre su cuerpo, con su polla casi flácida, pero aún húmeda, y yo, con el torso levantado a duras penas, con las manos sujetas a la espalda, con la cara y el pelo mostrando los restos del semen y mis tetas empapadas por mis babas y restos del vómito y semen, que ya habían resbalado y llegaban casi a mis ingles que, abiertas, dejaban a la vista mi coño y el clítoris que estaba enrojecido merced al salvaje tratamiento a que le había sometido Alberto.

M– Vaya, vaya, vaya. Veo que has aprovechado muy bien los minutos que te hemos permitido pasar con ella. Bien que te has vengado de esa patata que recibiste. No te veo cojear mucho, exagerado. No habrá sido para tanto. Siempre fuiste un quejica.

O– Casi hubiera preferido ser yo el que la recibiera. Ostias, Alberto, te has despachado a gusto con ella.

Es muy tierna, les dijo Alberto. Apenas le he puesto la pinza en el pezón y está llorando como si en vez de aplastárselo se lo hubiera cortado. Es muy flojita.

Los tres comenzaron a darle golpecitos a las pinzas, haciendo que mis pezones se movieran de un lado para otro, lo que elevaba mi nivel de excitación, a la vez que me iba acostumbrando al dolor que suponía tener los pezones aprisionados.

Mi excitación crecía por momentos y Mike se dirigió a mí, para tranquilizarme.

M– Mira, chiquilla. Ya has visto que no nos andamos con bromitas. Supongo que ya has podido comprobar que estás en nuestras manos, que no tienes posibilidad alguna de escapar y que lo mejor que puedes hacer es colaborar. Una vez que te hemos traído aquí no saldrás antes de que hayamos satisfecho nuestras pretensiones, que no son otras más que darte unas buenas folladas, Puedes optar por resistirte y entonces, además de follarte, no te librarás de algún que otro golpe o lo que sea preciso para doblegarte, o puedes mostrarte complaciente y nosotros nos portaremos bien contigo. Como medida de buena voluntad voy a liberarte las manos de la espalda; si te portas bien te soltaré también las piernas. Tú me dirás que eliges.

– Está bien; vosotros ganáis. Suéltame las manos, tengo los hombros entumecidos y se me van a dislocar. Pero dile a ese cabrón que él ya ha tenido su parte. Ya se ha vengado con creces de mí.

Una nueva bofetada ma trajo a la realidad.

M– ¿Eres imbécil, o es que te gusta que te atice? Aquí tú no pintas nada. Entérate de una puta vez, o lo aprenderás a hostias. Tú estás aquí sola y únicamente para satisfacernos, para que hagamos contigo lo que nos salga de la polla. Y lo haremos todos ¿Lo has entendido bien? TODOS.

M– Anda, Oswald, termina el trabajo, desátala y prepáranosla. Ahora es el tiempo de nuestra diversión.

Los tres rompieron en una sonora carcajada, mientras yo sentía que todavía me quedaba mucho que sufrir.

Oswald se tomó su tiempo para desatar mis entumecidas muñecas. Afortunadamente lo hizo con delicadeza, evitando darme tirones innecesarios, de esos que se acaban llevando parte de la epidermis pegada a la cinta adhesiva. Interiormente se lo agradecí, pero no abrí la boca, temerosa de que me llegara alguna bofetada como premio. Ya estaba suficientemente escarmentada, así que la decisión que tomé fue la de quejarme solo cuando el dolor se hiciera insoportable y no mostrarles nunca cualquier manifestación de placer, aunque lo estuviera sintiendo.

Una vez liberadas mis extremidades intenté hacer con ellas unos ejercicios para reactivar la circulación y tonificar la articulación del hombro, que notaba muy resentida.

Tenía la boca reseca y se lo hice notar a Mike.

– Mike, capitán, por favor ¿me puedes dar un poco de agua? Tengo la boca muy reseca, le dije compungidamente.

A– ¿No has tenido bastante con mi leche, zorra?

M– Anda, Alberto, ve a la despensa y tráenos algo de beber. Y agua también para la “señorita” y aprende modales, zoquete.

Alberto, refunfuñando, desapareció del cuartucho en busca de lo que le pedía Mike. Se veía que le tenía muchísimo respeto, pues no osaba discutirle ninguna orden.

Mike me lanzó un trapo, no diría que limpio, pero en aceptable estado y me “invitó” a que me limpiase un poco, no solo la cara, sino también el cuerpo. Ciertamente lo que podía ver de mi persona estaba que daba pena verlo; completamente cubierto de restos de semen, babas y todavía algo de vómito.

Cogí al vuelo el trozo de tela y lo restregué con fuerza por mi cuerpo, mientras Oswald empezó a bajarse los pantalones y con una mirada a Mike le solicitó permiso para comenzar a disfrutar de mí. Yo me preparé íntimamente para soportar otro tormento similar al que acababa de sufrir con Alberto.

M– Ahí la tienes; haz con ella lo que quieras, pero ten en cuenta que me la tienes que dejar “en buen estado” y sin demasiadas lesiones, así que no me la estropees demasiado o no volverás a participar en una de mis “reuniones”.

O– Claro, jefe. Yo nunca haría eso. Ya sabes cómo me gusta cuidar a mis “máquinas”. Siempre les doy lo mejor, Simplemente le haré el “rodaje” necesario para que te la encuentres bien “engrasadita”. Ya sabes que soy el mejor jefe de máquinas de todo San Diego. No hay nadie que sepa “poner a punto” cualquier motorcito para que aguante horas y horas sin que necesite más aceite que el necesario.

Los dos prorrumpieron en una estruendosa carcajada.

A– ¿Me he perdido algo? Preguntó Alberto, que en ese momento apareció por la puerta, con un cubo en el que había varias cervezas semi enterradas en hielo y un par de botellas de plástico con un líquido blanco que supuse sería agua.

Ellos agarraron una botella de cerveza cada uno, la abrieron y de un buen trago vaciaron casi la mitad. Mike me acercó una de las botellas de agua.

M– Toma; bebe y a partir de ahora, ya sabes. Obedece, haz todo lo que se te ordene y no me protestes ni me amenaces. Ya sabes cómo las gastamos. Si no das problemas acabaremos antes y todos saldremos ganando. Tambien tú. ¿De acuerdo?

Yo estaba bebiendo y mostré mi conformidad con un movimiento de cabeza de arriba abajo, sin dejar de beber.

Mike me arrancó la botella de agua de un manotazo y me dijo:

M– No te he escuchado contestar mi pregunta. Has de ser educada y obediente. ¿Lo has entendido bien o necesitas que te estimule?

Y acompañó su nueva pregunta con un gesto de cólera y un movimiento amenazador de su mano derecha, que no dejaba lugar a duda alguna.

– Perdón, señor. Sí que estoy de acuerdo; obedeceré, hará lo que me pidan, pero, por favor, no me pegue más.

M– No te he escuchado bien. ¿Nos lo puedes repetir más alto? Queremos oírte bien.

– Perdón, señor. Sí que estoy de acuerdo; obedeceré, haré lo que me pidan, pero, por favor, no me pegue más; repetí alto y claro.

M– Mejor te irá, zorrita.

Mike se dirigió a Oswald, que ya se había desprendido de los pantalones y le hizo una seña de que tenía vía libre para atacar.

Le vi venir hacia mí. Oswald aparentaba tener unos 50 años, se mostraba aceptablemente bien de físico aunque presentaba un ligero abultamiento en la zona abdominal, producto de un excesivo consumo de cerveza, pero en conjunto no estaba mal. Me fijé entonces en su pene. No era de gran tamaño, aunque sí bastante grueso a pesar de que se presentaba flácido.

Al llegar frente a mí me hizo bajar de la cama y arrodillarme en el suelo para que se la mamase.

O– Anda, zorra, métetela en la boca, chúpamela despacio y ni se te ocurra morderme; ¡cuidado con los dientes! Tengo la polla muy sensible, jajaja. –Carcajada que fue coreada por Mike y Alberto-

Sin rechistar lo más mínimo cogí la verga con mi mano derecha, abrí la boca todo lo que pude y se la empecé a chupar. Para ello empecé por desplazar el prepucio hacia abajo y lamí su glande con mi lengua, rodeándolo en toda su extensión, al tiempo que con la mano empecé los desplazamientos en vertical procurándole una suave y lenta masturbación.

Oswald tenía en su mano la botella de cerveza a la que no dejaba de dar sorbitos continuados mientras su polla iba creciendo y creciendo, hasta alcanzar casi su total extensión, momento en que empecé a intentar realizar la felación propiamente dicha. Primero me introduje el glande en su totalidad y poco a poco la fui introduciendo cada vez más profundamente en mi boca, hasta casi llegar hasta el fondo.

Aquello debió gustar mucho a Oswald, ya que dejó abandonada la botella, quizá vacía, y sujetó mi cabeza, siendo él quien tomó el ritmo de aquella mamada. Cada vez sentía que su estaca me llegaba más y más profunda, y constaté que aquello me gustaba. Era un modo de disfrutar de aquella verga sin que yo tuviera otra cosa que hacer que facilitar su entrada. Y, además, todo ello sin que fuera atacada en forma alguna. Aquello se iba desarrollando de una forma plácida y dentro de una cortesía, casi hasta excesiva.

Pero muy pronto aquello empezaría a cambiar. Y lo hizo cuando volvió a entrar en juego el abominable Alberto.

Se colocó a mi espalda y mientras Oswald continuaba dirigiendo mi felación Alberto comenzó a estrujarme las tetas. Y digo estrujarme en la exacta expresión de la palabra. No eran toques ni sobos; eran verdaderos estrujamientos, como si mis pechos fueran dos limones a los que deseaba extraer todo el jugo. Pero no se contentaba con aquel amasamiento sino que mis pezones empezaron a sufrir primero la fuerte presión de los dedos de Alberto, que los pellizcaban sin piedad, sino que luego fueron sus uñas, bastante largas por cierto, las que entraron en juego produciéndome un dolor cada vez más agudo. Aquello empezaba a torcerse y ya no tuve ninguna duda de que me esperaba una noche insufrible.

Cuando Oswald sacó su polla de mi boca no solo aproveché para tomar aire, que empezaba a faltarme, sino que prorrumpía en un apreciable quejido producido por el dolor que me infería la tortura a que Alberto estaba sometiendo mis pechos. Me contuve y no pedí clemencia, esperando que pronto se cansara de ello, pero cuando dejó mis tetas tranquilas fue porque se dirigió a la caja de herramientas y llegó con un impresionante consolador de un tamaño considerable y entonces alternaba su presión sobre mis tetas y el deslizamiento de ese falo artificial a lo largo de mi coño, que ya estaba empezando a producir fluidos, cada vez más abundantes.

Mike, mientras tanto, era un espectador privilegiado de aquel juego que tenían conmigo sus dos acompañantes, pero no hacía ningún amago ni señal de querer intervenir. Se diría que se divertía viendo mi sufrimiento.

Entonces Oswald consideró que su verga necesitaba un alojamiento más adecuado que mi boca, que ya no daba más de sí. Me la sacó y me dijo que subiera a la cama y que me colocara sobre ella en posición de a cuatro, cosa que yo hice de inmediato, no solo por obedecer, tal como había prometido, sino porque esperaba que con esa posición me libraría del tormento que significaba que Alberto siguiera encaprichado de mis pechos.

Una vez puesta de a cuatro, Oswald se colocó tras de mí y de un solo golpe me introdujo la polla hasta el fondo, Sentí un pinchazo agudo en lo más profundo de mi coño y lo asocié a que su glande había hecho contacto con el cérvix, llegando hasta la cabeza de mi útero, llenándome el coño por completo.

Comenzó entonces una serie de entradas y salidas de su badajo dentro de mi campana, golpetazos que sentía porque cuando la metía hasta el fondo, sus huevos golpeaban mis nalgas. Yo empecé a gemir a un ritmo acompasado a las embestidas que recibía y porque mi respiración se había vuelto agitada. Entonces reapareció en escena el aborrecible Alberto.

Reptando como la serpiente despreciable que era consiguió meterse bajo mi pecho aprovechando el hueco que dejaba al estar apoyada sobre mis rodillas y antebrazos, y volvió a su jueguecito con mis tetas y pezones, pero también tenía al alcance de su boca un bocado mucho más apetecible: mi clítoris. A él le dedicó sus primeras atenciones mediante pellizcos continuos de sus dedos, y luego de su lengua, que recibía también los jugos que rebosaban ya mi coño y que se derramaban sobre la sábana. El muy asqueroso se los bebía sin ningún reparo, pero al mismo tiempo el contacto de sus labios en mi botoncito me empezó a producir un placer añadido al que ya estaba sintiendo con las permanentes embestidas de la polla de Oswald.

Ese conjunto de sensaciones; las internas producidas por la verga de Oswald y las externas generadas por los labios de Alberto me llevaron a tal grado de excitación que fui absolutamente incapaz de contenerme y comencé a gemir de placer. Mis gemidos fueron el detonante de un enardecimiento mayor por parte de mis dos “atacantes”, que intensificaron sus esfuerzos.

En ello también se hizo patente la diferencia entre los dos protagonistas; mientras Oswald se limitaba a una introducción cada vez más fuerte, rápida e impetuosa en mi coño, acompañadas sí, ahora, con unos golpes en mis nalgas que cada vez alcanzaban una mayor intensidad, Alberto al escuchar mis gemidos se desató sin freno alguno y no solo empleó sus dedos y labios con mis pezones y clítoris, sino que hizo uso de sus dientes. Mordió una y otra vez tanto mis pezones como el clítoris, sin tener en cuenta lo que ya no eran gemidos por mi parte, sino alaridos de verdadero dolor. Pero ese dolor le estimulaba y a mí no dejaba de proporcionarme un placer añadido a lo que eran las permanentes acometidas de la polla de Oswald en el interior de mi coño.

¡Hay que ver el aguante que tenía el cincuentón!

Sin embargo aquello no podía tener otro fin que el que tuvo. Aquella acumulación de estímulos que mi clítoris, pezones y coño estaban recibiendo produjo lo que no tenía más remedio que ocurrir. Me pusieron al borde de un tremendo orgasmo, propiciado a la vez al escuchar cómo Oswald empezó a chillar a voz en grito que estaba a punto de correrse.

Mike, contemplando el espectáculo, lo acabó de rematar.

M– Vamos, chicos, no la dejéis descansar. La tenéis a punto de caramelo. Quiero oírla chillar. Me da lo mismo si es de gusto o de dolor, así que vía libre. ¡Hacedla que se corra o que reviente! Pero quiero oírla gritar como si la estuvieran degollando.

Tanto Alberto como Oswald redoblaron sus esfuerzos, si eso era posible, y yo ya no me contuve más. Chillé y grité como si me estuvieran destrozando y, la verdad es que temía que lo estuvieran haciendo, pero a la vez estaba tan cachonda que solo deseaba que continuaran con esas maniobras, mitad tortura y mitad placer, y yo no cesé de gritar cada vez más fuerte. Cómo interpretaran ellos lo que significaban mis gritos, si dolor o placer, dejó de importarme. Lo cierto es que continuaron los pellizcos, las mordidas en pezones y clítoris y las penetraciones cada vez más duras y profundas por parte de la polla de Oswald, acompañada de sus fuertes manotazos en mis nalgas y así llegaron nuestros orgasmos.

El de Oswald, que llenó mi coño con fuertes e intensos chorros de semen que sentí en mi interior lo que acabó desencadenando lo que fue el orgasmo más electrizando que había sentido en mi vida. Calambres sucesivos recorrían mi columna, partiendo desde mi nuca y morían en lo más profundo de mi coño y me produjeron una sucesión de espasmos y convulsiones que casi dejan presa la cabeza de Alberto que no se había retirado de bajo mi cuerpo, porque, glotón, estaba tragando todo aquello que escurría de mi coño, que no era poco.

Pasados unos minutos quedamos los tres sobre la cama, desmadejados, con una respiración agitada y entrecortada, sobre todo por mi parte.

Entonces reparé en Mike. Estaba en pie frente a nosotros, con una botella de cerveza en la mano, que dejó un momento en el suelo y prorrumpió en un aplauso, acompañado con gritos de Bravo, Bravo, Bravo. ¡Fantástico espectáculo! ¡¡Fantástico!!

Mike me entregó una botella de agua, de la que bebí ansiosamente. Aquellos largos minutos de sexo descontrolado me habían dejado una gran sequedad de boca. Mientras bebía pude observar cómo Mike seguía los pasos de Alberto y Oswald y comenzaba el ritual de quedarse desnudo de cintura para abajo; lo hacía con tranquilidad, yo diría que recreándose en el acto de ir revelando poco a poco esa parte de su anatomía. Mike era fornido, sin apenas grasa, al menos que se le observase con la ropa puesta. A medida que se fue desnudando pude comprobar que era así. La verdad es que Mike estaba realmente “bueno”. Me recreé en esa visión de su cada vez más amplia desnudez mientras seguí tragando sorbitos de agua.

Como podéis imaginar, quitarse los pantalones y los calzoncillos apenas le llevó un minuto, tiempo en el que solo pude refrescar un poco mi garganta. Hubiera deseado descansar un poco más, pero parece ser que Mike tenía ya una determinada “urgencia” y no me dio la oportunidad de prolongar aquel exiguo descanso.

M– Vamos, zorrita; ya está bien de tanto descanso. Ponte frente a mí sentada en el borde de la cama. ¿O es que piensas que yo solo soy el pagano de la fiesta?

Me coloqué tal como me había indicado y Mike se puso frente a mí, ordenándome aquello que debía hacer. Debería lamer sus huevos lentamente hasta dejarlos completamente empapados de babas. Me acerqué a ellos y me apresuré a dar mis primeras lamidas. Al menos su olor no era desagradable y estaba limpio, ¡qué diferencia respecto de Alberto!

Durante unos minutos me dediqué con esmero a chupar y lamer sus testículos, hasta que los llené de babas por todas partes; era poca la cantidad de pelo que tenía y daba la sensación de haberse afeitado esa zona recientemente, lo que facilitaba mi labor.

Mike me ofreció una botella de cerveza y me dijo que si tenía sed que bebiera cerveza.

M– Ya no eres una niña, zorra, así que para tí se acabó el beber agua; beberás cerveza como nosotros. Una o dos cervezas no te harán daño y si te embriagas, te jodes.

Seguí dedicándome a lamer sus testículos y comencé a metérmelos en la boca cuando Mike me lo indicó.

Me hizo cambiar de posición obligándome a subir en la cama y ponerme en cuatro, pero con los brazos recogidos, de manera que para Mike resultaba fácil meter su verga en mi boca.

Ya le había empezado a crecer sin necesidad de realizar sobre ella ninguna intervención, pero en cuando se la empecé a chupar inició un rápido crecimiento, de manera que a los pocos minutos ya resultaba casi imposible poder albergarla en mi boca. Pero yo me esforzaba en introducirla por completo; en parte para complacerle -suponía que eso le gustaría- y en parte porque yo le había tomado gusto a mamar pollas; era algo que cada vez me gustaba más y me excitaba mucho.

Mike mostraba su conformidad dándome ligeros golpecitos en la cabeza, como aquel que le da a su perro esos toquecitos señal de que se está portando bien. También me animaba con alguna expresión aprobatoria.

Pero pronto iba a darme cuenta de que no todo iba a desarrollarse en una placidez absoluta.

Mike empezó a dar instrucciones a Oswald y a Alberto y ellos, como fieles perritos falderos, las cumplían al instante.

Sentí que mi vagina empezaba a ser “preparada” por parte de Oswald, a la vez que Alberto se dedicaba a su pasión favorita: pellizcar mis pezones, que aún estaban un poco doloridos de la sesión anterior. Pero yo decidí que habría de pasar el trago cuanto antes y no quise poner ningún inconveniente a sus manipulaciones. Ya había asimilado que era mejor dejarme hacer que intentar que no me hicieran. Al final acabarían haciendo conmigo lo que les saliera de los cojones.

De esa forma sentí que los dedos de Oswald penetraban en mi coño una y otra vez, procurando distender mis labios menores para “preparar el camino” para que la verga de Mike pudiera transitar por él cuanto antes.

La polla de Mike ya ocupaba la totalidad de la boca y él seguía apretando cada vez más, hasta que preguntó.

M– Maquinista ¿cómo está el motor?

O– Completamente engrasado, capitán. Suavecito, suavecito.

Entonces Mike sacó su polla de mi boca, me ordeno darme la vuelta y una vez tuvo a la vista mi coñito sonrosado, ni corto ni perezoso, enterró su poderoso ariete en el interior de mi vagina, lo que me hizo gritar como si me hubieran partido en dos. No quiero imaginar lo que habría sentido si me la hubiera metido sin ninguna preparación. -He de decir que Mike era un tiarrón de casi dos metros de altura y una polla en consonancia con su altura-.

Una vez aceptada en mi interior tamaña “herramienta” me dediqué a soportar las permanentes entradas y salidas de semejante órgano viril. Lo cierto es que me fui acostumbrando a mantener alojado tamaño intruso y poco a poco empecé a sentir que el placer se iba apoderando de mis centros sensoriales. Cada vez estaba más y más cachonda y lo que deseaba era participar activamente porque así me excitaría cada vez más.

Mike me dio la oportunidad con dos decisiones: Una, pedirme que expresara con libertad mi gusto o dolor y la segunda, que no dejase de beber cerveza porque no hay un buen polvo sin una buena cerveza, me dijo.

Así que hice de la botella de cerveza mi recurso para cuando no quisiera gritar mucho.

A partir de entonces aquello empezó a parecerse a una bacanal absolutamente descontrolada. Mike golpeaba mis nalgas una y otra vez, porque eso le ponía cachondo, dijo, y sus embestidas se fueron haciendo cada vez más y más intensas y continuadas. Metía su verga hasta el fondo de mi coño, la sacaba un poco y a continuación la volvía a meter, de un solo golpe, hasta que su cabeza se estrellaba en mi útero. Aquello me dolía mucho; yo gritaba y le llamaba cabrón, pero eso parecía que le gustaba, porque repetía una y otra vez la operación.

Mientras tanto, Alberto ya no solo se contentaba con mis pezones, sino que me hacía chupar su polla para que se la pusiera gorda de nuevo y otro tanto pretendió Oswald. Así con el beneplácito de Mike me puse a chupar las pollas de Alberto y de Oswald, de forma alterna, de manera que no tenía ni un solo descanso. La verdad es que aquello empezó a gustarme cada vez más y más, y sentía que mi lujuria se iba desatando y temía que en cualquier momento pudiera correrme, sin saber cómo se lo iba a tomar Mike.

Así que me debatía entre disfrutar del sexo que me proporcionaban y el miedo de que si me corría a Mike no le gustase y me castigase con algo que lo menos que podría ser sería doloroso.

Mike me puso en el disparadero cuando no solo se limitó a continuar con sus mete y saca, cada vez más bruscos, sino que me ordenó que colaborase.

M– Vamos, perra, empuja para atrás con tu culo, a ver si aprendes. Cada vez que te meta la polla echa para atrás el culo, quiero destrozarte ese coño que tienes, que sepas lo que es tener una verdadera polla en tus entrañas, hasta que me corra.

Ya no tuve necesidad de disimular. Empecé a colaborar con toda mi alma. Dios, ¡qué gusto estaba empezando a sentir! Estaba subiendo otro escalón que nada tenía que ver con mi vecino ni con los empleados de mi abuelo. Esto sí que era joder, pero follar de verdad. Mi coño se había dilatado tanto que admitía ya sin problemas la verga de Mike y yo me esmeraba en hacer que mi culo fuera el tope con el que se encontraba su pubis cuando me penetraba violentamente.

Los siguientes minutos los pasamos entre la efervescencia de Mike, que parecía loco de lo salido que estaba, y con nuestro ir y venir de su polla y mi coño, una hacia adelante y el otro hacia atrás, hasta encontrarse violentamente. Cada penetración era para mí una tortura y un gozo inexplicables, aderezado con las constantes nalgadas que Mike me propinaba y que, de acuerdo a cómo subía su excitación, y la mía, cada vez eran más fuertes. Me dolía, por supuesto que me dolía, y me quejaba constantemente, pero no quería que Mike cesara de nalguearme.

Estaba tan embebida en mi actividad con Mike que ya casi no chupaba las vergas de Oswald y de Alberto, y eran ellos los que las metían y sacaban de mi boca que, fuera de todo control, babeaba constantemente. Así continuamos hasta que Mike comenzó a acelerar de tal forma que me resultaba difícil seguirle y al poco acabó corriéndose como una fiera, llenando mi coño de semen espeso y caliente.

Mike resopló como un energúmeno, (recordé un pasaje de Moby Dick; cuando un vigía de un ballenero divisaba a una ballena que emergía del mar y lanzaba al aire ese chorro de agua para respirar, el vigía daba la orientación del punto del horizonte y berreaba ¡Por allá resopla! Pues yo asocié los terribles bufidos de la respiración de Mike con el ruido que haría ese chorro de agua de una ballena)

Mike se quedó quieto, con su verga dentro de mi coño durante un buen tiempo, mientras yo también recuperaba la respiración.

Casi de un trago Mike liquidó una botella de cerveza que, servilmente, Alberto le proporcionó a su petición, y se sentó en un rincón a beber la cerveza mientras les decía a los dos que siguieran conmigo.

M– No descanséis, seguid con ella. En cuanto me recupere yo volveré; mantenedla en actividad, que no se enfríe.

Y bien obedientes que se mostraron.

Entre Alberto y Oswald hicieron conmigo todo aquello que les vino en gana. Me manosearon las tetas y el coño, Me sobaron el culo y Alberto tuvo la osadía de intentar meterme un dedo dentro. Al sentir el intento me rebelé y salté como un resorte.

– ¡¡Pero qué coño estás haciendo!! Ni se te ocurra tocarme el culo ¡¡¡Guarro!!!

Y eso se lo dije a voz en grito, de forma que Mike, que estaba ensimismado pensando en no sé qué, levantó la cabeza, bufó y le echó la bronca.

M– Déjala el culo en paz. Sabes que eso me pertenece exclusivamente a mí, pero no hoy. Hoy ya la he roto el coño y con eso me conformo. Se lo volveré a romper cuando vosotros terminéis con ella ahora. Así que, ¡hale! ¡hale! O la folláis ahora otra vez o ya os podéis despedir, ya sabéis que yo repito enseguida.

Los dos, Alberto y Oswald, se afanaron de nuevo en conseguir metérmela, sobre todo Alberto, que aún no me había follado. Así que se puso a ello con total dedicación, al tiempo que yo me dedicaba a mamar la verga de Oswald, quien me trataba con una cierta condescendencia. Alberto se puso tras de mí y me metió la polla en el coño en un pis pas, pero la verdad es que con mucho era la que menos me hizo gozar de las tres. Por suerte también es de poco aguante, así que en cuestión de unos cuantos empellones acabó en el interior de mi coño sin tardar mucho. Tampoco fue tanta la cantidad de semen que me inoculó.

Entonces fue Oswald el que me dijo:

O– Ahora me toca a mí. No tengas miedo, seré respetuoso, pero la verdad es que tienes un coño que es una maravilla.

– Tranquilo, me estoy cansando, pero cuando antes terminéis vosotros antes terminaré yo. Ya tengo ganas de que esto acabe.

Así que Oswald apoyó su polla en mi coño y me penetró con cuidado. Lo tenía tan abierto de haber soportado la polla de Mike que la suya entró con facilidad. Nos empezamos a mover los dos cada vez más rápido, de manera que pronto empecé a sentir cómo mi coño se estremecía de placer al sentir su polla dentro. Empecé a descubrir que mi coño reaccionaba con prontitud al estímulo de una buena polla que le penetrase e iniciamos una nueva sesión de follar. Pero Oswald hizo que me diera la vuelta y me recostase en la cama, de manera que quedé boca arriba y él se situó sobre mí, en la posición de misionero.

Sentí un gran alivio porque conseguí que mis brazos descansaran; tumbada boca arriba no debía hacer otro esfuerzo que el de arquear de vez en cuando la pelvis para sentir más dentro la verga de Oswald. Mientras Alberto seguía con lo que ya podía considerar como su especialidad. Estrujarme las tetas y pellizcar mis pezones y el clítoris. Poco a poco nos fuimos calentando más y más, hasta que Oswald termino por correrse también en mi interior. Ya lo habían hecho los tres, por lo que de inmediato pensé en que debería no olvidar la mañana siguiente tomar la píldora post-day. No quería sorpresas tan desagradables como un embarazo indeseado.

Entonces Mike vino a mí, me tomó de sobre la cama y me puso en pie frente a él. Me sacaba algo más de la cabeza en cuanto a altura.

M– Te estás portando muy bien, pero aún te falta la prueba final. No temas, pronto podrás volver a tu trabajo, a tu casa o donde coño quieras ir. Pero aún me queda leche en los huevos y quiero que me los descargues completamente.

Yo estaba completamente vencida, sin gana alguna de resistirme a nada y me dejé hacer.

Fue una absoluta sorpresa cómo terminó todo.

Mike, haciendo verdadera ostentación de su fuerza me tomó en brazos, me levantó del suelo y me dijo que colocase mis brazos alrededor de su cuello, sujetándome bien y entonces colocó su glande en la entrada de mi coño y sujetándome con sus manos en mi cintura, me hacía bajar, de manera que su verga se introducía en mi coño. Yo procuré cerrar mis piernas alrededor de su cintura de forma que entre mis brazos a su cuello y mis piernas a su cintura yo debía parecer un koala abrazado al tronco de uno de los árboles a los que se encarama para comer.

Mike, incansable, me hacía subir y bajar y su ariete me penetraba totalmente hasta el mismo cérvix, produciéndome unos agudos pinchazos casi, casi insoportables. Sin embargo, el descanso que suponía que no me tuviera que preocupar por mi estabilidad, hizo que me relajase lo suficiente y comenzara a disfrutar del sexo que Mike me estaba regalando. Con la boca libre pronto empecé a dar ligeros gemidos de puro gusto, lo que fue debidamente interpretado por Mike, que empezó a acelerar sus elevaciones de mi tronco, a la vez que yo procuraba colaborar mediante hacer fuerza con mis brazos y con mis piernas para intentar ayudar en la impulsión de mi cuerpo a fin de que la verga de Mike siguiera perforando mi coño sin cesar.

De pronto empecé a sentir ligeros azotitos en mis nalgas, que me eran propinados por Oswald con una cierta fuerza, pero sin ninguna violencia. Claro que mis nalgas estaban ya enrojecidas por todos los azotes que había sufrido desde el inicio de la sesión de sexo ininterrumpida.

Mike me dijo que ya era hora de vaciar sus huevos en mi coño y sentí perfectamente cómo sus chorros me invadían y llenaban de semen mi cavidad vaginal. Me dejó reposar unos segundos y me bajó lentamente hasta que mis pies tocaron el suelo. Respiraba muy agitada y tardé un poco en regular la entrada de oxígeno a mis pulmones, y Oswald me acercó la botella de cerveza que tenía empezada; la agoté y me sentí reconfortada. Una ligera mirada a mis pezones me hizo constatar que presentaban claramente las huellas de los pellizcos, mordiscos, y arañazos que Alberto me había propinado. Estaban verdaderamente necesitados de una buena crema analgésica, ya que hasta el ponerme el sujetador me significaba una verdadera tortura.

A duras penas me pude poner el short que traía, pero no conseguí localizar el tanga –para mí que el cabrón de Alberto se lo habría guardado como si fuera un fetiche-. Prescindí de esa prenda y me coloqué la blusa sin siquiera metérmela por dentro del short. Me puse las botas de medio tacón y tomé el camino de salida, por el mismo pasillo por el que pretendí escapar, pero en dirección contraria. Ni siquiera pude ver qué aspecto tenía, porque estaba deseosa de abandonar aquel asqueroso barco y la compañía de aquellos tres desalmados que habían abusado de mí sin ninguna misericordia.

Mike me acompañó a cubierta y de ahí bajé al muelle a través de una estrecha pasarela, sujeta de la mano de Mike para evitar que pudiera caer al agua, porque aquella pasarela no era muy firme que digamos.

Una vez en el muelle, miré a mi alrededor y pronto me ubiqué. No estaba lejos del restaurante en el que, seguro, que me andarían buscando como locos, ya que desaparecí de repente. Antes de irme, Mike me sujetó del brazo, me abrió la mano y puso en ella un arrugado billete de 20 pavos.

M– Para que mañana te compres la píldora post-day. No tengo el más mínimo interés en ser papá, y soltó una risotada.

Ni siquiera le respondí. Apreté la mano sobre el billete y me encaminé hacia el restaurante. Cuando llegué estaba casi vacío; solo quedaban cinco o seis clientes, rezagados y de los que se les pasa el tiempo charlando después de cenar. Me dirigí directamente al baño y allí pude ver el aspecto que presentaba: DEPLORABLE.  Esa es la palabra que definía la imagen que el espejo me devolvía. Mi pelo estaba absolutamente desarreglado, mi blusa presentaba alguna mancha sospechosa, lo mismo que una de mis botas y sin contar que podía sentir como el semen derramado por esos cabrones dentro de mi conchita comenzaba a resbalar por mis piernas.

Apenas me recompuse un poco el pelo y me eché un poco de agua sobre la cara, apareció mi jefe en la puerta del baño.

No supe qué decirle. ¡¿Cómo le explicaba lo sucedido?!

La verdad es que no me dio opción.

J– Ya es hora de que aparezcas. Ya no haces ninguna falta aquí. Como ves, no hay casi nadie.

– Lo siento es que…

Me cortó automáticamente.

J– No es preciso que me digas nada. Hemos terminado. Márchate y no vuelvas; no quiero verte por aquí nunca más: estás despedida y no esperes ni un dólar de mi parte. Si quieres reclamarme algo, ya sabes: pleitea. Pero, perderás.

Agaché la cabeza y me dirigí a la salida, con el cerebro lleno de sensaciones encontradas. Primero la necesidad de buscar un nuevo trabajo, -no sería difícil porque aún era temporada- y luego, camino de casa, reflexioné seriamente sobre lo sucedido. Había sufrido mucho, es verdad, pero también había descubierto unas sensaciones muy placenteras. Estaba empezando a asimilar que el sexo no era tan malo. Es más: el sexo era bueno… realmente bueno.

Y decidí que debía practicarlo más a menudo. Eso sí, en lo posible, siendo yo la que eligiese cuándo, dónde y, sobre todo, con quién.

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