Vacaciones en la costa – relatosporno

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Irse de vacaciones siempre es divertido, nadie lo niega. Por eso acepté la invitación de mis suegros de irnos a la costa. Lo que yo no sabía era que íbamos a pasar los diez días en un camping. No es que no me gusta acampar pero mi novio y yo, estos 3 años, la única vez que pasamos mucho tiempo sin tener sexo fue cuando me fui de vacaciones al exterior por dos semanas. Cogemos mucho, nos la pasamos frotándonos y si nos vemos (todavía no vivimos juntos) terminamos haciendo alguna perversidad.

¿Pasar diez días constantemente con mi novio reprimiendo las ganas de manosearlo todo? Sabíamos que era imposible cumplir algo así, el plan era aprovechar las duchas del camping y la oscuridad del bosque a la noche para permitirnos nuestros tiempos de “relajación”. Pero, quien haya viajado en grupo me entenderá, no era tan fácil pasamos los 3 primeros días en constante movimiento el itinerario de mis suegros estaba lleno de actividades que querían compartir con nosotros. Me quejo de gusto, pocas personas tienen la suerte de disfrutar de una familia tan unida y amorosa como la de mi novio. Mi familia es muy amarga en ese sentido: desunida, poco afectiva; con más razón abracé con entusiasmo el amor que esos dos padres me daban como si fuera su propia hija.

Quizás este entusiasmo por tener una familia cariñosa me distrajo de mi impulso sexual con mi novio. Pero él, seguro ya muy acostumbrado a recibir ese amor, no cesaba de manosearme cuando podía. Me encanta él, me encanta que me toque, me encanta que me bese. Pero en el momento me sentía avergonzada de que sus padres vieran como me metía la lengua en la garganta. Sus manos poderosas rodeándome, tocándome la cola en restaurantes, en la playa, me ponía nerviosa, me avergonzaba y me excitaba aún más.

El cuarto día de vacaciones Alberto, el padre de mi novio, se encontró en el parador de la playa con unos amigos, ante la insistencia cenamos con ellos ahí mismo. Con una larga mesa constituida por cuatro familias poco se fijaron en mi novio y en mí. Sentí que una escurridiza mano se apoyaba en mis piernas y las presionaba con fuerza.

–          Mariano, por favor, ¡que hay gente! – Exclamé mediante susurros.

–          Te ves tan linda con ese pareo que no puedo dejar de imaginar lo que hay debajo – me respondió a la vez que su poco disimulada mano se hundió en mi entrepierna.

Quitando la tela del medio empezó a escarbar entre mis piernas para llegar al tesoro prometido, a eso que le había negado durante 100 horas. Yo cerraba bien las piernas impidiéndole el paso mientras que apoyaba las manos en la mesa para que nadie nos viera. Yo tampoco soy de piedra, quería estar con mi novio, simplemente ese no era el mejor momento ¡habíamos acordado que sea cuando estemos solos! Uno de sus dedos alcanzó mi solitario clítoris y me rendí, cedí ante la lascivia de mi novio y le permití el paso por mi cuerpo. Lo sentía presionar mi botoncito de felicidad y mi cabeza solo pensaba en eso, sentía que había pasado un siglo desde que me tocaran ese lugar. La mesa, los platos, los comensales todos se sentían a kilómetros de distancia; éramos el placer y yo, nadie más.

–          ¿No te gustó el postre?

La pregunta me sacó del trance y volví a la mesa, mi suegro me consultaba por el plato que casi no había tocado. Me excusé diciendo que había comido mucho y que el sabor era riquísimo, ofrecí el plato para que los demás lo probaran y me levanté al baño escapándome de las garras de Mariano. Estaba muy excitada, quería con todo mí ser acostarme con mi novio pero me era difícil encontrar el espacio entre tanto paseo. Extrañaba su cuerpo sobre el mío, extrañaba sentirlo en mi interior. Me refresqué la cara, mirándome al espejo me repetí a mí misma lo bondadosa que había sido esta familia en invitarme y que ese tipo de comportamiento no era respetuoso. A los minutos tomé las fuerzas suficientes para terminar la noche y cuando volví del baño todos estaban preparándose para irse.

Los padres de las familias, amigos desde la universidad, decidieron continuar la noche en el casino. Mariano, su madre y yo optamos por volver al camping; el día fue muy intenso y queríamos dormir. Tomamos un taxi hasta el camping charlando con ánimo, pero una vez que llegamos a nuestra carpa nos desmayamos sobre el colchón inflable. Con las pocas energías que me quedaban me saqué la ropa hasta quedar en remera y bombacha, no recordé tener la decencia de ponerme mi pijama y es una decisión de la que nunca me voy a arrepentir.

Me dormí de inmediato, no supe que pasó alrededor pero asumo que Mariano y su madre estaban tan cansados como yo y no tardaron mucho más en acostarse. Me desperté un rato más tarde, no sé cuánto tiempo pase durmiendo, lo sentía a Mariano a mi lado manoseándome con fuerza la cola. Él tampoco se había metido en la bolsa de dormir y se había tapado con la misma manta que yo. Yo estaba de costado por lo que su mano derecha apretujaba mis nalgas con comodidad a la vez que se oía el claro sonido de una paja intensa produciéndose con su mano izquierda.

Me sonreí en la oscuridad, adoraba a ese diablo pervertido que era mi novio, entendí perfectamente sus ganas de tocarse porque yo también las sentía todas las noches. Con delicadeza me moví hasta que mi cola rozó la punta de su pene. Mariano no tardó mucho en sorprenderse de mi movimiento, tomándome de la cadera introdujo su pene entre mis nalgas y comenzó a frotarse con intensidad. Lo sentía pasar por mi ano, con todos sus líquidos queriendo incursionar en mí, ávido.

Silenciosos, nuestros cuerpos se movían al compás del deseo. Su mano izquierda subió por debajo de mi remera desde mi cadera a mi pecho y comenzó a sujetarlo con firmeza, a su vez sus labios dibujaban besos mudos en mi cuello. La excitación aumentaba y me pellizqué un pezón causándome dolor, como si quisiera castigarme por el ilícito. La luz de afuera me permitía ver el bulto que era mi suegra durmiendo, me sentí la peor persona del mundo, la más desagradecida.

–          Marian, no, por favor. – Susurré de forma casi inaudible.

En silencio y sin dejar de besarme acarició mi espalda hasta llegar a mi cola. Su mano se metió entre los muslos y quitó del camino mi bombacha, sentí la humedad de la tela contra mi piel al mismo tiempo que sentía el calor de su glande hundirse en mi cuerpo. Mi vagina esta muy humedecida y, con facilidad, su pene avanzaba hasta ella. De costado, sentía el aliento agitado de mi novio en mi nuca y eso me excitaba más. Me olvidé de dónde estábamos y solo lo quería a él, lo necesitaba a él o jamás iba a ser feliz.

Todavía sosteniendo mis nalgas para hacerse espacio se acercó más a mi cuerpo y ocupó esos centímetros necesarios para que su pene pudiera incursionar dentro de mí. Duro, caliente, mojado de los fluidos de ambos lo sentí entrar de un solo movimiento por mi vagina. Lo sentí mucho más que otras veces porque la posición en la que nos encontrábamos me dejaba mucho más cerradita.

–          Ahhh – el gemido se me escapó y la oí a mi suegra moverse delante mio.

La mano de Mariano rápidamente abandonó mis nalgas para sujetar con firmeza mi boca, con ese gesto me dejó en claro que no debía salir ningún sonido. Como desafiándome a gritar comenzó a mover su pelvis con violencia, su pene salía y entraba con cortos movimientos que me provocaban quejidos que morían silenciosos en mis labios. Con un brazo sosteniéndome del pecho y la otra mano tapándome la boca me sentí suya, la cereza del postre era ser ensartada por ese pedazote de carne. No tenía donde moverme para huir de eso, y aunque me moría de remordimiento no quería huir quería estar en esa posición para siempre.

Yo pellizcaba todavía mi pezón en señal de vago autocastigo pero el dolor ya no me molestaba, al contrario, me resultaba placentero. Los movimientos seguían siendo cortos y violentos en un intento de que se notara poco lo que estábamos haciendo. Me perdí sintiendo el latir de la verga de Mariano que de a poco se hinchaba un poquito más. Su mano liberó mi boca, dibujó un camino por mis senos, recorrió circular mi pezón, se hundió en mi ombligo y finalmente se posó con firmeza en mi clítoris. No esperaba que lo presionara y un suave pero claro gemido escapó de mis labios.

Nos quedamos quietos, pasmados del miedo cuando la madre de mi novio se dio vuelta. Estaba claro que nuestros sonidos le provocaban mal sueño, se estaba poniendo muy inquieta. Tuve nervios de despertarla, quise separarme del cuerpo de Mariano pero él, abrazándome con fuerza, no me dejaba ir. Estaba claro que la situación lo calentaba aún más, su pene extremadamente erecto se movía adentro mío sin vergüenza.

–          No te atrevas a gemir o se nos arma – Me advirtió.

Pero me resultaba difícil evitar despertar a su madre, estaba a unos 30 cm, cara a cara. Ella ingenua durmiendo y yo faltándole el respeto ¡literalmente le faltaba el respeto en su cara! El mete-saca volvió a ser intenso y yo ya me olvidaba del placer solo pensaba en contener mis gemidos. Mariano posó sus dos manos en mi cadera para sostenerme mejor y comenzó un movimiento frenético en busca de su orgasmo. Era inevitable que todo ese movimiento traspasara al colchón y, a su vez, al cuerpo de mi suegra. Veía como cada embestida a mi cuerpo se traducía en un claro movimiento de la silueta de la mujer que tenía en frente mío, sentía como el lubricado pene de mi novio orquestaba una danza bizarra en esa carpa a oscuras.

Fue entonces que pasó lo peor. Primero lo sentí en el pecho, un inconfundible miedo a ser descubierta, y luego lo confirmé cuando oí la voz somnolienta de mi suegra:

–          ¿Qué hacen, chicos?

–          ¡Graciela! – se me podría haber viste lo rojo de mis mejillas aun en esa oscuridad. Mariano, quieto, aun no salía dentro de mí. – Pe… Perdón. Yo… Yo…

–          ¿Vos qué? – susurró Graciela. Esos 30 cm de distancia los recorrió en un segundo y me calló con un profundo beso en los labios.

Perplejos es la palabra. Es la única palabra que describe el estado en el que nos encontrábamos Mariano y yo. Los suaves labios de mi suegra se unían a los míos entendiéndolo todo, sabiendo exactamente qué hacer conmigo. No pude evitar corresponder a ese amoroso beso. Posé mi mano en su mejilla a la vez que nuestras lenguas se trenzaban hasta no entender dónde empezaba una y terminaba otra.

Graciela lentamente fue saliéndose de su bolsa de dormir, como una bella mariposa que sale de su capullo. Sus manos, con la gracia que solo ella podía tener se dividían entre liberarse de las telas y mimar mis senos levantándome la remera hasta el cuello. Nunca dejo de besar, nunca dijo algo, solo actuaba. Mariano había superado su miedo inicial y besaba mi nuca con cariño, no sacaba su pene dentro mío ni por casualidad pero tampoco se movía. Lo único que hacía mi novio era besarme y acariciarme con suavidad.

Me sentí rodeada de amor y no pensé en las miles de interpretaciones negativas que tendría luego esta escena. Lo único que podía ver en ese momento fue el cariño que nos profesábamos los tres. Comencé a ayudar a mi suegra  a desvestirse, ella se concentraba en quitarse los shortcitos del pijama y yo le desabrochaba la camisita. Una vez que sus pechos quedaron expuestos me incliné y los besé. Eran los senos que alimentaron a mi novio, grandes y vacíos, totalmente merecedores de que yo les rinda homenaje. Atrapé entre mis labios y lo sorbí tal como habría hecho Mariano unos 20 años atrás, los presioné con mi lengua, jugué con ellos hasta oír el suave gemidito de mi suegra. Por detrás mío, mi novio se había inclinado y era él ahora el que besaba a esa cuarentona los oía besarse y gemir y me pareció totalmente natural que se amaran.

Lentamente la pelvis de Mariano comenzó a moverse, casi con vida propia, como una respuesta al estímulo que vivía. Su pene revolvía dentro de mí todos esos sentimientos de culpa y los convertía en deseo. Sentía como, con suavidad y ritmo relajado, ese pedazo de calor y humedad salía de mi cuerpo y volvía a entrar. Mis labios abandonaban el pezón de Graciela solo para soltar los gemidos que me generaba cada movimiento pélvico de mi novio.

Besé todo el pecho y cuello de mi suegra hasta encontrar sus labios. Medio incorporada, me uní a los besos de madre e hijo y me dejé llevar por la sensación. Las manos de Graciela sostenían mis senos y yo acariciaba los suyos, noté las diferencias entre los dos cuerpos, noté la edad, las cicatrices, la experiencia y la amé más por eso. No era simple y banal sexo lo que teníamos, era la demostración máxima de cariño.

Supe en ese entonces lo que yo más deseaba, sin dejar de besarlos a ambos me escapé de la penetración de mi novio y me arrodillé. Mis labios rodaron por el torso de Graciela hasta llegar a su cadera, me detuve a esperar una señal que me indicara que ella no quería que me acerque a su zona más íntima. Al no encontrar oposición me avoqué en la tarea de liberarla finalmente de esos shortcitos que habían quedado enredados en sus rodillas y aproveché a quitarle la bombachita que llevaba. Hundí mi cara entre sus labios y bebí de sus fluidos, un fuerte gemido que oí por encima de mi cabeza me indicó que lo estaba haciendo bien.

Nunca antes le hice sexo oral a una mujer, no sabía bien cómo hacerlo pero sabía cómo me gustaba que me lo hicieran a mí. Mi lengua jugueteó sin fin con su clítoris, investigué en sus labios, los atrape y estiré juguetonamente, hundí mi ensalivada lengua en la entrada de su ser. Me mojaba a la vez que imaginaba que todos esos movimientos ella me los aplicaba a mí. Me tocaba y gemía casi al mismo tiempo con ella, sus gemidos eran música para mis oídos, eran todo lo que yo quería oír.

Enfocada en mi tarea de atrapar con mis labios su clítoris no noté como el hirviente pene de mi novio se acercaba a mi cara. Me sorprendió su tacto en mi mejilla y, rápida, lo sujeté para llevarlo a mi boca. Intenté lamer ambos: clítoris y glande. Pero el glande de mi novio era demasiado grande para poder dividir mi atención. Me di cuenta cuánto gozaba yo de chupar ese pene, cuánto disfrutaba yo con montarlo. Lo engullí en tu totalidad y sentí el sabor de mis fluidos, subí y baje por ese tronco con dedicación. Ese pene no se relajaba desde que los mimos habían empezado, ese pene necesitaba la atención correspondiente, ese pene iba a tener la atención que merecía y supe quién iba a dársela.

Empujé la cadera de mi novio para obligarlo a acostarse sobre su espalda. Con un profundo beso me despedí del clítoris de mi suegra y sosteniéndola con firmeza la recosté sobre su hijo. Ella entendió con claridad lo que sucedía y pasó su pierna por encima de él, irguiéndose. Encima de Mariano, dándome la espalda, vi la silueta de una hermosa mujer que iba a cometer el acto de amor máximo con su descendencia. Mi mano se escurrió entre ellos y sujetó con firmeza el pene posicionándolo justo en la vagina de Graciela.

–          Aaahh…

–          Oohh…

Los gemidos fueron instantáneos cuando con suavidad mi suegra se sentó. Arrodillada me ubiqué a su lado y la besé, le quité la camisa y mientras bajaba a besarle el cuello sentía como ella sola comenzaba a moverse para enterrarse aún más profundo el pene de su hijo. Peiné con mis dedos su largo cabello mientras los oía gemir. Su cadera subía y bajaba recorriendo todo el tronco de Mariano y cada vez que llegaba a su base gemían ambos. Yo sabía exactamente lo que pasaba, ya había cabalgado ese cuerpo y recordaba como el pene de mi novio tocaba el fondo de mi ser arrancándome grititos de placer.

Me dediqué a mirar cómo se amaban, Mariano la tomaba por la cintura y susurraba algo inentendible ella se apoyaba en su pecho para poder moverse con libertad. La tenue luz que entraba a la carpa me permitía ver sus blancas pieles unirse por la cadera, moviéndose en un acompasado vaivén sexual. Me toqué a mí misma, encontré mi vagina todavía un poco abierta por la penetración de mi novio, cuando lo veía a él sujetando a su madre lo sentía en mi cuerpo sujetándome para que no huya de él.

Me incliné a besar a mi novio, metí mi lengua en su boca y le regalé el sabor de su madre. Hambriento de mis besos me sujeto de un seno para que no me alejara de él. Graciela acariciaba mi espalda, iba y venía desde mis omóplatos hasta mi coxis como temerosa de ir más abajo. Quebré mi espalda dejando mi cola a disposición de mi suegra. Ella, como leyendo mi mente, hundió un dedo en mi vagina, hundió dos, hundió tres, hasta que comenzó a meterlos y sacarlos al mismo ritmo que entraba y salía el pene de su hijo en su cuerpo.

–          Mi amor – susurré – quiero que le hagas como a mí.

–          ¿Qué cosa, linda?

–          Cuando me cogés toda – él sabía a lo que yo me refería.

Nos separamos el nudo de pieles que éramos, abracé a Graciela y llenándole de besos la cara y el cuello la fui acostando de espaldas. Inclinándome sobre ella acaricié todo su cuerpo al mismo tiempo que Mariano le abría las piernas y se posicionaba frente a ella. – Ahora Marian te va a dar el mismo placer que me da a mí. – Susurré en su oído. Me acosté a su lado, pasé mi brazo debajo de su cuello y observe como mi novio suspiraba al introducirse en la vagina de su madre.

Tomándola de las piernas y juntándolas en su pecho comenzó a meter y sacar el pene con violencia, las embestidas se sentían fuertes tanto que incluso yo sentía la fuerza de la penetración en el abrazo que le daba a mi suegra. La besé con ternura en los labios y absorbía sus gritos de placer. Se sujetaba de mi pelo y tiraba con fuerza, susurraba: “No pares, no pares”.

–          ¿Te gusta, Graciela?

–          Si… Si…

–          Decile a Marian que te gusta.

–          Hi… Hijo… Me encanta.

La embestida se volvía más intensa, Mariano se recostó sobre nosotras fundiéndose en otro vezo de a tres. Abrazándonos a ambas, apoyando todo su peso sobre nosotras comenzó a gemir sin preocuparse por el ruido. Me encantaba cuando me cogía así, me gustaba sentir su peso en mi cuerpo, sentirme aplastada por su cuerpo fibroso. Me sentía muy feliz por compartir esa felicidad con mi suegra, feliz de mostrarle lo buen hombre que era su hijo. Me hacía bien sentir como ella recibía las embestidas con placer. Todos los nervios, la vergüenza, todo el sentimiento de culpa por desear acostarme con Mariano se desvanecían cada vez que besaba la comisura de los labios de Graciela y la sentía sonreír.

Mi novio se movía con rapidez entre las piernas de su madre, yo le sostenía una para ayudarle a entrar más profundo. Mis labios compartían los besos con Mariano y Graciela y los tres gemíamos disfrutando de ese abrazo amoroso que nos dábamos. La espalda de mi suegra se arqueó y soltó una especie de susurro mezclado con gemido “Siiimmm”. Mariano debió sentir los espasmos de su cuerpo porque exclamó “Oh, Dios, qué rica” y comenzó a clavarse dentro de ella descargando todo su semen. Yo no sé lo que viví, técnicamente no tuve un orgasmo, o quizás sí. Fue un orgasmo emocional, como un subidón de alegría y éxtasis por verlos tan felices y satisfechos. Me sentía plena, segura, temblaba de placer viendo como ambos se retorcían en su orgasmo.

Los tres nos recostamos desnudos en el colchón, intentando procesar lo que habíamos vivido. Yo en el medio sentía como me acariciaban el abdomen tanto madre como hijo. Notaba mi cuerpo todavía sensible de todos los mimos que había recibido y esas manos me hacían vibrar hasta lo más profundo de mí. Estaba totalmente despierta y consciente de lo que había hecho, y no sentía remordimiento alguno.

–          Graciela… Me encantó. Pero… esto… esto no lo puede saber nadie.

Mi suegra soltó una risita traviesa:

–          Después de todo lo que vivimos podés decirme “mamá”.

–          Mamá… –  Repetí dándole un beso largo.

–          Quedate tranquila, preciosa. Solo lo va a saber la gente que lo tenga que saber.

***

Espero de corazón que te haya gustado este relato.

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