Nerea y el perro del abuelo

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Categoria: zoofilia

viernes 18 mayo-

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MARÍA:  ¿Y por qué yo no lo había visto?

NEREA:   No lo sé, mamá. Fue algo…

MARÍA:  Pero, niña, es una maravilla de cuadro.

NEREA:   Se lo pinté el pasado verano.

MARÍA:  ¿Cuándo te acogió por vacaciones?

NEREA:   Sí. Después de esos diez días.

MARÍA:  … … Qué raro que os llevarais tan bien.

NEREA:   El yayo tenía un lado muy tierno.

“Y otro lado muy duro”

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    La niña se muerde el labio al tiempo que se escandaliza por su propia ocurrencia pervertida. Sin dejar de mirar el lienzo que aún cuelga de la pared del salón de su abuelo, suspira apenada.

    Tras ellas, José aparece resoplando e interrumpe el estado contemplativo de las féminas de su familia:

JOSÉ:      Chicas, ¿es que tengo que hacerlo todo yo solo?

MARÍA:   Déjalo ya, cariño. No quiero que me llenes la casa de trastos.

JOSÉ:      ¿Trastos? !Son las cosas de mi padre!

NEREA:   Tu padre ya no está, papá. No sirve de nada que te quedes con todo.

MARÍA:   Haz como tu hija: quédate solo con una cosa; con la que más te guste.

JOSÉ:      No sé. Ha pasado todo tan rápido. Todavía está su cuerpo caliente y nosotros…

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    José se sujeta los lagrimales, con el índice y el pulgar, para intentar retener su llanto. Lleva días muy afectado.

    Solo ha pasado una semana desde que enterraran a Rosendo en el cementerio de Villaloda. Casi de inmediato, les llegó una buena oferta para vender esa casa campestre. Se trata de una operación inaplazable que ya tiene todo el papeleo resuelto.

-En cuanto antes acabemos con esto mejor, amor-   dice María abrazándole.

-!Mira!-   le ordena Nerea a su padre mostrándole su trofeo.

-¿Un caballo?-   pregunta él frunciendo el ceño.   

-Es un caballo de ajedrez, tonto. Ya sabes que al yayo le gustaba mucho este juego-

-Pero si yo le ganaba-   apunta José extrañado.

-He dicho que le gustaba, no que fuera bueno. No tenía paciencia para pensar tanto-

    La chica se centra en su suvenir de madera mientras habla. Como si quisiera ignorar a su familia presente para dedicarle la atención merecida a ese pequeño equino, se da la vuelta al tiempo que se lo acerca a su pecosa cara de niña pelirroja.

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“El yayo era un buen

artesano de la madera,

pero nunca fue un gran artista”

.

    A pesar de su crítica objetiva, Nerea le da mucho valor al intento creativo de su abuelo, y no cambiaría esa pieza ajedrecista por ninguna otra del mundo.

JOSÉ:     ¿Y si encuentras una reina o una torre? ¿No las preferirías?

NEREA:  No, papá. El caballo es la pieza más bonita del tablero.  

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    Las palabras de la muchacha parecen haberse nutrido de cierto enfado a la hora de reivindicar el valor estético de su ejemplar ecuestre. Con unas prisas repentinas, la muchacha se ausenta del salón en busca de una soledad que esconda sus lágrimas.

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“¿Que me pasa?

Tampoco le quería tanto, ¿no?

Puede que lo que ocurrió

el pasado verano…”

.

    Han pasado muchos meses desde que perdiera la virginidad, con su abuelo, en esa misma casa de la que ahora se despide. Pese a ello: Nerea todavía no ha conseguido procesar emocionalmente esa extraña carnalidad intergeneracional.

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“Dicen que la primera vez deja

una marca muy profunda;

pero nunca he escuchado nada acerca de

las nietas que se follan a sus abuelos”

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    Su propio reflejo la sorprende desde el espejo del recibidor. Esos preciosos ojos verdes parecen más propios de su alter ego: una casta damisela que representa a la chica que no hubiera tenido que dejar de ser tras su estancia estival en Villaloda.

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“Callate, Nerea.

No me juzgues

No hice nada malo”

.

    Su efímera culpabilidad la visita esporádicamente, pero nunca se mantiene el tiempo suficiente para que la niña se arrepienta de los pretéritos acontecimientos que perpetro junto a Rosendo.

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“Ahora que el yayo ya no está,

solo Bea conoce mi secreto”

.

-¿En qué piensas, hija?-   le pregunta su madre apareciendo de repente.

-En nada, en nada-   contesta visiblemente sorprendida.

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-sábado 19 mayo-

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    Frente al escaparate de una tienda de ropa, en las ramblas de Fuerte Castillo, Nerea mira, pero no ve nada.

-¿En qué piensas, tía?-   le pregunta Bea, observándola muy de cerca.

-¿Qué? Nada… … en nada… … Lo siento. Sé que estoy muy ausente, pero es que…-

-No te preocupes. ¿Estás pensando en tu abuelo?-

    Nerea deja de mirar a su amiga para asentir silenciosamente.

NEREA:  Es raro. No sé cómo sentirme. Es que ni siquiera sé qué papel darle en mi vida.

BEA:       Puede que lo que ocurrió… … Puede que no lo puedas encajar. A mí me pasa.

NEREA:  Ya, pero… … tú solo se la tocaste. Además: no era tu yayo.

BEA:       Lo sé. Aun así, nunca podré olvidar lo que ocurrió.

NEREA:  ¿Lo has hablado con Mario?

BEA:      !Pero ¿qué dices?! !¿Prometimos que nunca lo contaríamos?… … ¿Tú?

NEREA:  Nunca jamás de los jamases. Tranquila. Solo quería asegurarme.

    La chica observa a su amiga a través del reflejo del escaparate. Puede ver como Beatriz la mira directamente. Sus sentimientos hacia esa punki de pelo verde están mucho más claros.               

NEREA:  Te quiero, Bea… … Gracias por aguantarme.

BEA:       Para eso estamos ¿no? Sé que son momentos difíciles.

NEREA:  Nunca he besado a otra mujer. Lo sabes, ¿no?

BEA:       Y yo nunca le he tocado la polla del abuelo de ninguna otra.

NEREA:  Shhhhh…

BEA:       Shhhhh… … Ja, ja, jah.

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    Por un momento, ese par de adolescentes habían olvidado que hay más transeúntes circulando por la misma acera en la que se encuentran. Miran a diestro y a siniestro para cerciorarse de que nadie ha escuchado la obscena frase de Beatriz.

NEREA:  ¿Así es cómo guardas tú los secretos?

BEA:       Ha sido un descuido, tía. Un despiste.

NEREA:  Creo que el tío de la gorra te ha escuchado.

BEA:       Naaah… No me tomes el pelo.

    Beatriz empuja a su amiga sin llegar a derribarla. Se trata de una chica tatuada y con múltiples piercings. Suele maquillarse mucho y siempre lleva los labios pintados de rojo.

    A su lado, Nerea parece un ángel virginal, pues goza de una belleza juvenil propia de quien no ha roto nunca un plato. Sus notables pechos adquieren mayor relevancia a raíz de la estrechez de su espalda, y sus nutridas nalgas le dan una armoniosa continuidad a unos muslos pálidos de lo más golosos que, por estas fechas, empiezan a lucir con desinhibición estival.

BEA:       Y hablando de tu abuelo: ¿qué pasa con Bronco?

NEREA:  Esta es otra. El tío Alberto al final no se lo queda.

              Su mujer no quiere hacerse cargo de un perro tan grande.

BEA:       No es por hacer del abogado del diablo, pero la comprendo.

NEREA:  Habían dicho que se lo quedarían.

BEA:       Ya, pero Bronco es un chucho enorme, tía.

NEREA:  Acabará en una perrera si no encontramos a alguien.

BEA:       Pobre bicho. Los perros quieren mucho a sus amos.

NEREA:  Sí. Parece un alma en pena. Está todo el día tirado en el jardín sin hacer nada.

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    Nerea rompe su quietud para empezar a caminar de nuevo. Beatriz la alcanza, rápidamente, y sigue hablando a su lado.

BEA:       ¿Te acuerdas ese día que intentó montarme? !Ja, ja, Jah! Casi me viola.

NEREA:  Siempre le has gustado. Le entiendo. Estás para comerte.

BEA:       ¿Qué dices, loca? Será que estaba en celo.

NEREA:  Los perros no están en celo, tonta. Son las perras.

BEA:       … … Entonces debía ser yo la que estaba en celo. Ja, ja, jah.

    Ahora es Nerea la que empuja a su amiga entre risas. No tarda en recuperar su semblante nostálgico para volver a referirse a la tragedia perruna que atañe a Bronco.

BEA:       Estaría bien que los compradores de la casa se lo quedaran.

NEREA:  !Qué va! Es una agencia. La echaran abajo para construir no sé qué cosa.

BEA:       Waah. Qué marrón.

NEREA:  No es un perro para tener en un piso, sino me lo quedaba yo.

BEA:       Conozco a gente de una masía ocupa. Voy a preguntar a la peña a ver que dicen.

NEREA:  Esto estaría de lujo. ¿Dónde es? ¿Fuera de la ciudad?

BEA:       Sí. Son como una comuna campestre. A veces montan movidas punks.

              Luego les llamo y te digo algo.

NEREA:  Sí, porfa. Me salvas la vida. Adoro a ese chucho.

BEA:       Pues yo diría que él me prefiere a mí. ¿Eso no te pones celosa?

NEREA:  No te prefiere a ti.

              Lo que pasa es que yo no me pongo a cuatro patas para provocarle.

BEA:      !No me puse a cuatro patas! Solo me agaché a por mi goma del pelo.

NEREA:  Sí: “ui, se me ha caído la goma justo delante del perro; qué contratiempo”

BEA:       Confiésalo: estás celosa de mí… … Oye: ¿estar celosa viene de estar en celo?

NEREA:  Mmmm… … Creo que las dos vienen del latín. Del ardor o del hervir, no sé.

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-domingo 20 mayo-

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    En casa de los Tenorio, la sobremesa de la comida se vuelve convulsa a raíz del enfado del hombre de la casa:

JOSÉ:     Nerea, ¿quieres dejar el móvil de una vez?

NEREA:  Solo un momento, papá. Es importante.

JOSÉ:     Sabes perfectamente que en la mesa no se puede.

    La chica ignora a su padre para terminar de atender la llamada. Acto seguido, sonríe y se dirige a la familia al completo para darles la buena nueva:

NEREA:   Una comunidad de ocupas se quedarán con bronco.

MARÍA:  ¿Una comunidad? ¿Son buena gente?

NEREA:   Sí. Bueno. Son amigos de Bea.

JOSÉ:      Mmmmm… … Mejor eso que la perrera, ¿no?

    El pequeño Fredi sigue masticando sin mediar palabra. Siempre le dio miedo el perro de su abuelo. Ese enorme dogo danés ha protagonizado alguna de sus peores pesadillas.

    María levanta la vista recordando a su difunto progenitor:

-¿Sabéis? Mi padre siempre decía que, cuando se muriera, se reencarnaría en un pajarito para venir a vernos. El caso es que, al poco de morir, apareció un pequeño gorrión solitario que siempre venía a mi ventana; cuando vivíamos en Augusta-

-A lo mejor-   dice Fredi   -A lo mejor el abuelo se ha reencarnado en Bronco-

-Somos una familia religiosa. No creo que eso… … no creo que… … Eso n0…-

-No llores, papá-   le pide Nerea   -Sea como sea, seguro que está en un lugar mejor-

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-lunes 21 mayo-

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    Nerea es muy buena estudiante. Siempre saca excelentes y nunca falta a clase. No obstante, el primer día de la presente semana se está convirtiendo en la única excepción que romperá su impoluto historial de asistencia. Ha cogido el autobús y se ha ido a Villaloda, de nuevo, para cerrar un capítulo de su vida.

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“Esta tarde se llevan a Bronco.

Mañana echan la casa abajo”

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    Pese a haber estado ahí, el pasado viernes, no sentía que su despedida hubiera sido efectiva, pues el asunto del perro no estaba cerrado y sus padres la estuvieron distrayendo demasiado.

    Nada más entrar en la vivienda advierte la repentina llegada de Bronco, quien, al verla, se queda parado mirándola fijamente.

-Bronco… … ¿Pensabas que era el yayo?-   dice con lágrimas en los ojos

-He venido a despedirme de ti-   mientras le acaricia la cabeza

-Que sepas que nos llevamos tu cuadro y que lo tengo colgado en mi habitación-

    Nerea respira hondo e intenta ser más receptiva. Sus pasos pausados la llevan de paseo por un peculiar tour doméstico que le permite ojear los rincones de cada una de las estancias de su difunto abuelo. Todavía puede sentir su presencia.

    Bronco la sigue a una distancia prudencial. Parece intrigado por la asistencia de la muchacha, aunque no es menos cierto que el mejor amigo de Rosendo ha estado recibiendo visitas a diario.

-Hoy te vas a vivir lejos de aquí. Conocerás a gente nueva y vivirás muchas aventuras-

    Los sonidos que emite el perro se nutren de una pena hiriente.

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-No me hagas esto, Bronco. ¿Qué quieres de mí?-   de nuevo al borde del llanto   -No puedo devolverte al yayo. Ojalá pudiera-

    La niña cruza los brazos y vuelve a esgrimir un nuevo suspiro mientras mira esos ojos tristes llenos de interrogantes. Recuerda la ocurrencia que tuvo su hermano a raíz de la historia que contó María acerca de las reencarnaciones animales. Le parece una idea absurda, aun así, cree reconocer la expresión taciturna de su abuelo en el rostro canino de Bronco.

-¿Estás ahí, yayo?-   pregunta sintiéndose estúpida   -No. qué va-

    Nerea se arrodilla y vuelve a achuchar al perro, recibiendo unos lametazos faciales inesperados y ciertamente asquerosos.

-AIXX… … ¿Qué haces?-   protesta al tiempo que se levanta un poco desequilibrada   -No me babees-

    Tras dejar el pasillo para entrar en el dormitorio, encuentra una sábana con la que secarse la humedad con la que le ha premiado su amigo perruno. Pronto se reconoce en el único espejo de cuerpo entero que hay en la casa.

    Calza unas converse negras de tobillo alto. Viste una minifalda roja de cuadros escoceses que emula un uniforme escolar. Los tirantes de dicha prenda trepan por encima de una impoluta camisa blanca, de manga larga, que realza el rojo de su pelo liso.  

    Bronco aparece a su lado como si quisiera salir en la foto. Su pelaje es claro, pero está lleno de manchas oscuras de muy distintos tamaños, formas y disposición. La corta estatura de su acompañante lo hace parecer todavía más grande.

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-No te muevas. Voy a sacar una foto para enviársela a Bea. ¿Te acuerdas de ella? Seguro que sí. Intentaste montarla una vez-

    Nerea se ha sacado el móvil y está probando diferentes poses y técnicas para sacar la mejor instantánea posible. Mientras tanto sigue hablando con el chucho como si este pudiera entenderla.

-No me extraña que te gustara. Es una perra-

    En cuanto escoge la mejor imagen y la edita con los filtros adecuados, se la envía a su amiga. Acto seguido, vuelve a mirar a Bronco para encontrarse con su más absoluta atención perruna.

-¿Qué pasa? ¿Acaso me equivoco?-   pregunta con cierta vehemencia.

    El perro vuelve a esgrimir un discreto aullido apenado, de lo más tierno, que parece querer revelar su incomprensión.

-Dice Bea que estoy celosa porque la prefieres a ella. ¿Te lo puedes creer? Sí pudieras hablar me dirías que te gusto más yo. Estoy segura. ¿A que sí? Solo que una servidora no se dedica a provocar a los perros. No soy tan rastrera-

    Cada vez que baja la mirada para dirigirse a Bronco, sus mechones más frontales caen sobre su rostro. Inconscientemente, Nerea se hace con la goma de su muñeca para hacerse una cola. Dicho gesto le hace recordar algo:

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!No me puse a cuatro patas!

Solo me agaché a por

mi goma del pelo

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    Sonríe y observa ese elástico negro mientras juega con él articulando sus deditos puntiagudos.

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-Los perros no están en celo, tonta. Son las perras-

-Entonces debía ser yo la que estaba en celo. Ja, ja, jah-

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-¿Sabes, Bronco? Yo también soy un poco perra, y puede que esté en celo-

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    Sin intencionalidad alguna, y fruto de una mala maniobra digital, la goma sale despedida hasta caer al lado opuesto en el que se encuentra ese enorme Dogo melancólico.

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“¿Qué estoy haciendo?

No. de ninguna manera.

No voy a… Eso sí que no”

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    Nerea guarda su quietud. Se da miedo a sí misma. Sabe lo poderoso que puede llegar a ser su lado más depravado.

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“No es para tanto.

Bea no quedó traumatizada.

Es, simplemente, una anécdota divertida.

No me voy a follar a un perro,

solo quiero comprobar su reacción”

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    Con lentos movimientos, la niña le da la espalda a Bronco para recoger su elástico perdido. Ante la quietud de ese imponente ejemplar canino, Nerea termina a cuatro patas, contoneándose levemente con la vista al frente.

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“!Diooos!

Creo que esto es lo más

degradante que he hecho en mi vida.

Estoy intentando seducir a un perro que,

para colmo, pasa de mí”

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    Pronto cae en la cuenta de que jamás ha visto que una perra se mueva de ese modo para seducir a un macho.

    Cuando ya se dispone a levantarse, avergonzada, percibe una agitada respiración perruna a su espalda. Intrigada, voltea la cabeza para comprobar el estado del animal. La ancha lengua de Bronco vuelve a colgar, empapada de babas, al tiempo que el cuadrúpedo empieza a mostrarse inquieto. 

-¿Qué pasa, perrete? ¿Te ocurre algo?-   le pregunta con tono juguetón.

    Pese a sus interrogantes jocosos, el pulso de la chica ha cobrado notoriedad, y sus inspiraciones son ahora más profundas.

-Vamos, Bronco-   le dice con tono aniñado   -¿A qué esperas?-

    El dogo se levanta, sobre sus patas traseras, para encaramarse encima de la espalda de Nerea, quien se apresura a huir de él para incorporarse a toda prisa.

-Vale-valevalevale-   dice mientras pone tierra de por medio    -Menudas garras tienes-  

    La muchacha se palpa la espalda para comprobar que las garras del perro no le han estropeado la camisa.   

Todavía un poco asustada, sortea al animal para dirigirse al salón. Por el camino divisa el grueso miembro que empieza a menguar entre las patas de su compañero de juegos.

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“Verás cuando se

lo cuente a Bea”

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    Algo contrariada, valora lo oportuno de esa indiscreción.

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“Una cosa es lo que le paso a ella,

y otra la que he provocado yo”

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    Bronco la ha seguido hasta el comedor e insiste en observarla atentamente. Todavía no ha cerrado la boca y parece nervioso.

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-¿Qué quieres? Solo te estaba tomando el pelo ¿Te enteras?-   dice regañándole.

    El chucho vuelve a sollozar incapaz de comprender a la niña.

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“Qué mala soy.

Acaba de perder a su dueño,

están a punto de desahuciarle,

y voy yo y le hago esto…”

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    Nerea se sorprende al comprobar que su propio sofoco permanece en las cotas más altas. Más allá de ese espanto inicial, no puede negar que está cachonda; aunque se trata de una calentura muy distinta a la que ha experimentado jamás.

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“!Joder!

¿Qué me pasa?

¿Es que no puedo ser una

chica un poco normal?”

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    Mientras discute con ella misma, ha levantado los brazos para alcanzar su cogote con ambas manos, en un gesto pensativo que entrelaza sus dedos por debajo de su melena pelirroja.

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“Podría tocársela un poco.

Bea le tocó los huevos una vez.

No sería algo… … inconcebible.

Es solo para hacer la gracia”

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    El poder de persuasión de la Nerea pervertida suele vencer, frente a su lado decoroso, cuando se siente respaldado por el morbo más obsceno. Escudándose bajo el amparo de una curiosidad inocente, se acerca a Bronco para echarle mano a sus partes más íntimas. 

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“!Qué huevotes tiene el socio!”

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    La niña, de rodillas, juega con ese par de bolas caninas hasta que advierte un nuevo y erecto descapullamiento enrojecido. Erguido sobre sus cuatro patas, el can se deja tocar sin el más mínimo atisbo de rechazo.

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“¿Qué problema tienes, tron?

¿No ves que soy humana?”

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    No tarda en captar su contradicción, pues ese reproche sale de alguien que, en estos momentos, está mojando el tanga.             

    El gordo trabuco de Bronco empieza a adoptar un tamaño alarmante entre los dedos de esa muchacha candente justo cuando una chispa en su cerebro la hace recapacitar; apartándola de ese perro como si se tratara de un animal en llamas.  

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“¿Pero que es lo que estoy haciendo?

Si alguien me viera…

Qué vergüenza,

!por Dios!”

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    Vuelve a incorporarse apresuradamente. Escandalizada de sí misma, se apresura a certificar su intimidad. Las dos únicas ventanas que la iluminan dan al jardín.           Nerea corre esas cortinas translúcidas y se asegura de que nadie pueda fisgonear en el interior del salón.

    Su pensamiento alborotado no para de tropezarse consigo mismo a la vez que intenta justificar esas precauciones.

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“Solo es por si acaso.

A nadie le importa lo que pasa aquí”

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    Todavía con la respiración acelerada, la chica vuelve a fijar su mirada en el perro de su difunto abuelo. Acto seguido, mira hacia a la puerta principal y decide cerrarla con llave dejándola puesta.

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“Si quiero seguir

jugando con Bronco

debería protegerme un poco”

.

    Tras descartar la cinta adhesiva de embalar las cajas, Nerea regresa al dormitorio de Rosendo para acceder a la ropa interior del viejo. Pronto localiza unos cuantos calcetines invernales que podrán ejercer de manoplas perrunas.

-!No, aquí no!-   le grita al animal en cuanto lo ve entrar por la puerta   -Vuelve al salón-

    Bronco no la obedece hasta que ella misma emprende el camino indicado; anticipándose a él.

    Una vez que ya están frente al sofá, la muchacha se arrodilla en el suelo, y se esmera en enfundarle un par de gruesos calcetines de algodón oscuro a cada una de las patas delanteras.

-¿Lo ves?-   pregunta con un tono ahora más cariñoso   -Así no me estropearas la ropa ni me arañarás la espalda hagamos lo que hagamos-

    Al perro no parece molestarle demasiado su nuevo atuendo. Está más pendiente de los movimientos de su invitada.

    Nerea, ya de pie, reflexiona por unos momentos. Antes de que su cerebro encallado consiga señalar una pauta de actuación, se baja el tanga y lo deja sobre la mesa.

    Todavía hay algo que la frena. Puede que aún le quede un poco de pudor, al fin y al cabo.

    Mientras intenta reanimar a su raciocinio catatónico, se va desabrochando, uno a uno, los botones de su camisa blanca. No pretende impresionar a Bronco. Lo que ocurre es que esas grandes tetas encarnan a dos de sus partes más erógenas.

    Cada vez más rendida a lo inevitable, Nerea termina desterrando su sostén para culminar su nudismo dorsal.

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-¿Me vas a follar, Bronco? ¿Me vas a meter tu polla perruna?-

    Una parte de la niña no logra procesar sus propias palabras. No deja de pensar en sus padres, en su abuelo, en sus amigos…

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“Sí Javi supiera que prefiero tirarme

a un perro antes que a él…”

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    El paso del tiempo no ha conseguido mermar el apasionado amor que ese apuesto muchacho siente por su compañera de clase. Pese a las humillantes negativas de su amiga, sigue perdidamente enamorado de ella.

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“Yayo, estés donde estés,

espero que no veas esto”

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    Tras unos interminables momentos dubitativos, Nerea se sube la falda, se arrodilla e hinca los codos en el mismo sofá en el que perdió la virginidad, prematuramente, a manos de su abuelo.

    Bronco no tarda en posarle esas patas acolchadas sobre la espalda, pero su torpeza le impide encauzar su grueso miembro por el empapado chocho de su cada vez más íntima amiga.

-Vamos, vaah… … Por aquí n0… … más  al  mediooh… … noO0-

    El perro sacude su pelvis, instintivamente, a un ritmo tan frenético como poco elegante, pero su pollón canino no deja de estamparse contra las redondas nalgas de Nerea, quien arde en deseos de ser penetrada, al fin, por esa bestia lujuriosa que insiste en derramar babas sobre su espalda y sobre sus hombros.

    Azotada por los empujes de tan impaciente fiera, la muchacha siente la humedad de esa lengua analfabeta en su nuca y en el perfil de su cara. Aunque lo que más la impresiona son los vehementes jadeos de ese animal amorrados a su oreja.

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-Vamos, Broncooh… … Métemela… … métemela de una vez-

    La chica intenta ayudarle manualmente, pero las acometidas del perro son tan enérgicas que convierten esa tarea en algo más difícil que maquillarse montada en un toro mecánico.

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“Joder, joder, joder…

!Cómo pesa este bicho!”

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    Más allá de que ese dogo tenga un peso superior al de ella, es la violencia de tan desconsideradas embestidas la que la hace sentir más sobrepasada. Asustada, se limita a aguantar el vendaval cada vez más empotrada en el sofá.

    Las patas delanteras de Bronco han descendido por los laterales de su cintura hasta apoyarse en sus muslos. El inquieto hocico mojado de la bestia sortea la cabeza de la niña para posarse sobre su hombro, fugazmente.

    De repente, un certero empuje perruno consigue culminar con tan ansiada penetración. La polla colapsada de Bronco penetra hasta lo más hondo de Nerea llenándola por completo.

-O0Oh… … hhh… … Síiíh… … hhh… … Ahora… … hhh… … Ahoraah… … hhh… …  Mmmh-

    Aunque parezca imposible, ese dogo exaltado imprime todavía más entusiasmo a sus furiosos abordajes pélvicos. Dichas repeticiones promocionan un tráfico vaginal tan intenso que consigue enajenar a Nerea hasta llevarla a visitar nuevos y salvajes horizontes de placer.

-Ooh… … hhh… … Mmmh… … hhh… … MmMmh… … hhh… … oOo0oOh…-

    Los jadeos de Bronco intercalan algún que otro ladrido inesperado que todavía aturde más a la niña, quien, enajenada, se somete a semejante vaivén mientras nota cómo las babas del chucho se vierten por su cuerpo hasta mojar sus volubles tetas.

    Lejos de sentir el más mínimo asco, la muchacha agudiza sus sentidos para empaparse de toda le bestialidad que desprende el perro de su abuelo: los pisotones y los rasguños de esas convulsas patas traseras, la fuerza de sus apasionados embates, el peso, el pelaje, el aliento canino, la salivación, los jadeos, los ladridos…  

-Síiíih… … Broncoo0h… … hhh… … Fóllameeh… … hhh… … Fóllame bieeeen…-   

    No obstante, su brutal disfrute sigue focalizándose en su epicentro genital; cuna de un lubrificado frenesí que pronto se convertirá en el portal del más bárbaro de los orgasmos.

-OoOhhh… … Me corroooh… … hhh… … Síiíiíh… … MmMmh… … hhh… Yaah-

    Inmune a ese anuncio orgásmico, Bronco sigue follándose a Nerea haciendo temblar sus gloriosas carnes adolescentes con cada uno de sus apasionados choques; sacudiendo el rojo de sus cabellos; desordenando, incluso, la disposición de sus pecas.

    Tan intenso traqueteo prolonga el orgasmo de la chica,       quien sigue gozando, con los ojos en blanco, del enfervorecido cometido carnal de esa fiera enloquecida.

-MmmMmh… … hhh… … MmMmmmmMhhh… … MmMh… … hhh… … Mmh…-

    Con su cara apretada contra el respaldo del sofá, Nerea sigue sintiendo el aplastante peso zarandeado de Bronco sobre ella. Hace un buen rato que se ha desvinculado de su propia humanidad para gozar de sus bajas y más primarias pasiones. Ha llegado, incluso, a perder la noción del tiempo talmente como si estuviera soñando.

-OoOh… … DioOos… … Qué  gustoO0h… … hhh… … MmmMmh-

    El dolor que le provocan ese abuso animal no hace más que estimularla todavía más. Aún sin haberse descabalgado de la estela de su primer orgasmo, ya empieza a vislumbrar un nuevo advenimiento de placer.

    Nada queda ya de ese musito dogo nostálgico que se arrastraba por la casa y el jardín de su difunto mejor amigo. Las provocaciones de Nerea han revitalizado a ese chucho hasta convertirlo en el más fogoso de los perros de Fuerte Castillo.

-AaAhhh… … AaAaaahhh… … Síiíiíh… … 0tra veeez… … hhh… … Yaaahhh-

    El agotamiento empieza a hacer mella en el tono de la niña. Su bochornoso disfrute zoofílico se derrite, finalmente, fundiendo su sistema nervioso en la más placentera de las implosiones.

    A los pocos segundos Bronco sigue sus pasos y, haciendo gala de su inherente inexpresividad facial, se corre dentro de Nerea entre confusos espasmos reflejos. Deleitándose como nunca lo ha hecho en sus ocho años de vida, mantiene su último empuje durante unos instantes justo antes de desenfundar para lamerse su propio cipote.

    Nerea se desvanece sobre el suelo al borde de la inconsciencia. Necesitará unos minutos y una buena ducha para empezar a sentirse persona de nuevo. No quiere ni pensar en las despectivas opiniones que le esperan al otro lado del espejo.

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“Me da igual.

No puedo arrepentirme.

Esto ha sido…”

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    Afortunadamente Bronco no puede hablar, y ese vergonzoso secreto permanecerá cerrado a cal y canto para siempre.

.

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*Agradeceré valoraciones y comentarios.

*!Hasta pronto!

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