Con mi hermano Carlos – relatos xxx

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Voy a ser poco original y a suponer que a la gente le gustaría que me describiera un poco para poder imaginarme, así que, vamos allá. Diecinueve años, de pelo castaño y ojos verdes, agraciada de cuerpo. Sobre 1,70, no soy una súper modelo, pero el conjunto es muy bueno, tetas y culo muy bien, me lo dicen a menudo. Carlos es bastante más alto que yo, más de 1,80, con un color de pelo parecido, castaño algo más oscuro, y los mismos ojos, majete de cara y buena percha, reconozco que está bastante bueno, pero claro ¿Qué voy a decir yo?

Lo que relato a continuación no debería de haber pasado, a priori era inimaginable, muy difícil de aceptar dada nuestra educación… ¿Cómo pudo ocurrir? A veces me lo preguntaba, en esas noches en que sentía cierto sentimiento de culpa, hasta que me acurrucaba contra su cuerpo convenciéndome de que hice lo mejor.

Hace no demasiado, algo más de un año, una noche de fin de semana llegué a casa después de salir con mis amigas. Había bebido, “fumado” e incluso me tomé unas pastillitas que me pasó una amiga en la disco. Allí, al cabo de poco tiempo estaba eufórica, totalmente desmadrada, me reía con cualquier chorrada, me besaba con cualquier chico o chica haciendo el idiota… Y estaba rara, muy rara.

Un rato después me dio un poco de bajón así que decidí salir un momento a tomar el aire, ya no estaba tan eufórica; la verdad es que, una vez en la calle, el fresco de la noche me sentó de maravilla, despejándome bastante, lo suficiente para que, dos minutos después, cogiera un taxi rumbo a casa, ni siquiera me despedí de nadie.

Después de acostarme, encontrándome bastante colgada todavía, empezó a sonar mi móvil sin parar. Estaba medio ida y tardé en darme cuenta qué pasaba, no hice ni caso, era tarde y estaba muerta de sueño. Pero no paraba de sonar, las llamadas se repetían y llegué a pensar que había pasado algo serio.

Al aceptar la llamada, me respondió una voz totalmente desconocida.

-¿Lidia? Mira, soy Javi, un amigo de tu hermano, le hemos traído a casa porque está fatal, con un pedo de espanto, venga a potar…

-¡Joder! – Contesté con cortesía – ¿Y a mí qué me cuentas? ¡Estoy en la cama! – Dije cabreada.

-Por favor, tía – Dijo la voz inalámbrica. -Solo abre la puerta y ya le metemos nosotros en la cama, no tienes que hacer nada, no vamos a dejarle aquí tirado.

-¡Venga ya! Ahora no voy a abrir la puerta a nadie, no te conozco de nada… – Que podía ser cualquiera. Hoy día no te puedes fiar de la gente.

-Joder, Lidia, que soy Javi, claro que me conoces, asómate a la mirilla y nos verás ¿No querrás que tus viejos vean a tu hermano así, no?

Me levanté de la cama con un mosqueo considerable, dando tumbos; me acerqué a la puerta, miré por el visor y… En efecto, dos tíos que me sonaban sujetaban a un Carlos semiinconsciente, con cara de muerto.

Abrí con cuidado de no hacer ruido, los amigos de mi hermano pasaron llevándole prácticamente a rastras hasta su cuarto que yo les señalé. Le quitaron los zapatos y la cazadora tumbándole en la cama a continuación.

-Lo siento, tía, tu hermano estaba hecho una mierda, ha bebido mazo y le ha sentado de pena. Lleva potando más de una hora y creo que está peor, por eso le hemos traído. – Me dijo el tal Javi en voz baja.

Les di las gracias y se fueron directamente. Volví a ver a Carlos, olía un poco a vómito así que intenté quitarle la ropa, no podía dejarle así, si no, mi madre le montaría una bronca tremenda por la mañana. Le incorporé hasta dejarlo sentado en su cama, le saqué la camiseta, le tumbé para quitarle los pantalones, se los saqué por los pies junto con su ropa interior.

¿Por qué le quité los calzoncillos? No sé, fue sin querer, no me fijé… La cuestión es que estaba totalmente desnudo encima de la cama. Je, je, sí que estaba bueno… Fui a por una palangana con agua y una esponja, le estuve lavando lo mejor que pude, le sequé con una toalla… Y me quedé mirándole con curiosidad.

En mi vida había hecho algo parecido, nunca había sentido ese morbillo por nadie, y menos por Carlos. Sin embargo, quizás porque yo también me encontraba bastante pasadita, totalmente desinhibida, me apeteció jugar un poquito con sus partes. Seguí mirando y pocos segundos después, le estaba manoseando.

Me hacía mucha gracia y me reía en silencio, le estiraba su cosa y se encogía, la retorcía… Le agarraba los testículos… Era gracioso cómo se notaban perfectamente uno y otro…Para troncharse de risa. Seguía magreándosela… Tras varios minutos, empezó a engordar poco a poco. Cada vez era más grande, y más…

Cuando estuvo tiesa del todo me quedé impresionada, mi hermano tenía un pito bastante grande… Comparado con lo que yo conocía, claro. Y no sé ni cómo ni por qué, me empezó a entrar una calentura tremenda.

Volviendo en mí, toda sofocada, solté su polla como si me hubiera quemado… ¿Qué coño estaba haciendo?

Fue como si saliera de un trance, como si no fuera yo… ¡Joder! ¡Le había tocado la polla a mi hermano!

Salí disparada de su habitación metiéndome en la mía, toda alucinada por haber hecho eso.

Ahora bien ¡Vaya cacharro tenía el muy cabrón! Me reí yo sola, una risita histérica, volví a su cuarto con el corazón a mil, ya se le había bajado bastante esa erección que yo había provocado y… No sé, no pude resistir la tentación de volver a verla en todo su esplendor. La magreé otro ratito hasta que conseguí que estuviera tiesa del todo.

¡Pues era verdad! ¡Vaya cosa! ¡Y qué dura! La cogía de la punta y la movía hacia los lados, hacia abajo, riéndome por la velocidad con la que regresaba a la posición vertical, parecía que tenía un muelle……Era súper gracioso. Carlos se movió un poquito y, asustada, salí disparada de su cuarto, tronchándome de risa y al borde de la taquicardia. Me sentía igual que cuando hacía trastadas de pequeña.

Poco a poco, andando pegada a la pared como una espía, volví; tenía ese nerviosismo de cuando haces algo prohibido y te pueden pillar… Nuevamente cogí su cacharro, volvió la risita histérica… Sinceramente, no recuerdo cómo lo hice, pero pasé de estar moviéndola a estar chupándola, no me había dado ni cuenta, pequeño lapsus mental, supongo…Sabía fenomenal… Intentaba meterme todo lo que podía, me la sacaba cuando me daba una arcada… Esto era divertidísimo y cachondísimo, me estaba poniendo…

Para cuando quise darme cuenta, me había subido encima de su cama, desnuda de cintura para abajo, y me había empalado hasta donde pude con aquel pedazo de mástil, llevándome por delante mi virginidad, cosa que apenas sentí.

¿Virgen a los diecinueve? ¡Pues sí, qué pasa!

No salía de mi asombro ¿Cómo había sido capaz de meterme la polla de Carlos? ¿De perder mi virginidad como si no me importara nada? Ni idea, pero, tras una pequeña molestia inicial, era una auténtica gozada… No había hecho esto jamás, ni se me había ocurrido, vamos. Y lo que más me sorprendía era que no sabía por qué lo estaba haciendo ahora, o por qué me apetecía tanto. No sé cómo explicarlo, me sentía como una marioneta que era manejada por alguien, como si no fuera yo…

Pero lo estaba sintiendo… La cosa de mi hermano me llenaba entera, movía mis caderas de delante a atrás y en círculos, recreándome en su polla como nunca antes había hecho con nadie, disfrutando como una loca. Después de un rato, Carlos abrió un poco los ojos, se me quedó mirando con la vista perdida y los volvió a cerrar dibujando una sonrisilla de satisfacción en la cara.

Me empecé a frotar el clítoris con los dedos mientras botaba sobre él, hasta que me corrí en el mejor orgasmo que pudiera recordar, el primero con una polla dentro. Fue fabuloso, por la excitación, el morbo, él ahí dormido… ¡Genial!

Me saqué su cosa aún tiesa y pringosa bajándome de encima de él, recogí mis bragas y el pantaloncito del pijama para volver a mi habitación con el corazón batiendo como un tambor.

Me fui un momento al baño, me lavé cuidadosamente dándome cuenta de que apenas había sangrado y mi hermano no se había corrido. Menos mal, en medio de toda mi calentura lo había hecho a pelo…

Me puse ropa interior limpia con una compresa, por si sangraba algo más, y el pijama, me volví a meter en mi cama con la cabeza dando vueltas a esta burrada que acababa de hacer, pero… ¡Cómo había disfrutado! Poco a poco, encantada conmigo misma, me quedé dormida.

Lo siguiente que recuerdo fue despertar en mi cama, la luz de la mesilla encendida, desnuda de cintura para abajo y mi hermano entre mis piernas follándome como si tal cosa, como si fuera normal. Tenía la cabeza metida en mi hombro, hacía un mete saca constante, me tiraba un poco la vagina, me hacía algo de daño al fondo si apretaba, aún no estaba totalmente dilatada…

Me quedé súper alucinada, Iba a gritar, a quitármelo de encima, cuando yo misma empecé a mover mis caderas para ir a su encuentro, muerta de gusto, estaba a punto de llegar… Crucé las piernas a su espalda, me sincronicé lo mejor que pude con sus movimientos y me corrí otra vez con él, como una bestia ¡Qué orgasmo! Después de los gemidos o jadeos que di, él incorporó la cabeza y me miró, paró de moverse.

-¿Qué tal? – Me preguntó con voz pastosa y lengua trabada, sonriendo de oreja a oreja.

No sabía ni qué contestar, me acababa de correr, me estaba follando Carlos y no sabía ni por qué, por un lado, estaba atacada, por otro, sorprendida, pero fundamentalmente encantada, me pareció una cosa súper fuerte y morbosa.

-Genial – Le dije – Me he corrido como una burra ¿Y tú?

-Cojonudo, pero no me he corrido aún. – Me daba cuenta de que aún estaba bastante borracho. Le dio una arcada…

-¡Oye, no me irás a vomitar encima! – Dije con asco.

-No, no. Ya se me está pasando.

-¿Y cómo es que se te ha ocurrido venir a mi cuarto? –  Dije en voz baja. Como si no lo hubiera hecho yo hacía un rato.

-Porque antes habías venido tú y me dejaste a medias… – Ahora que lo pensaba ¡Se había dado cuenta de que era yo!

-Ah, vale… ¿Y no me podías haber despertado? – Fue la primera bobada que se me ocurrió.

-No sé tía, tú tampoco me despertaste y así es mucho mejor ¿No?… – Me respondió

¿Mejor? Pues no sé… ¡Si es la primera vez que lo hago! ¿Con qué lo comparo?

La cuestión es que Carlos estuvo un rato parado, acariciándome suavemente el pecho por debajo de la camiseta del pijama… ¡Uf! ¡Virgen santa! ¡Qué maravilla! Mi hermano tenía unas manos grandes, de dedos largos, hábiles… Me dejó los pezoncillos y las areolas a punto de estallar.

Siguió o reanudó sus meneos, dentro fuera… Le volví a anudar las piernas por detrás de su trasero y debió de entender que quería que acelerase, iba cada vez más descontrolado, me costaba seguir su ritmo con mis caderas… Noté perfectamente como su cosa se inflaba en mi interior, chorro a chorro, mientras me daba golpes secos de cadera. Metí una mano entre nosotros y me froté mi botoncito mientras él se quedaba quieto, jadeando, con la cabeza enterrada en mi hombro.

En cuestión de segundos me estaba yendo patas abajo con la polla de Carlos dentro, rezumando semen y flujo por todos lados. ¡Que maravilla de orgasmo! Menos mal que él se apoyaba sobre sus codos para no aplastarme. Cuando empecé a sentir que su cosa perdía tamaño y salía ella solita de mi interior, le aparté hacia un lado, girando yo misma mi cuerpo. Quedó bocarriba mirando al techo, yo le acariciaba el pecho y le miraba a él…

En cuanto recuperó el aliento, se levantó de la cama, me hizo una caricia y se fue de mi habitación haciendo eses, apagando la luz. Había sido un buen polvo ¡Mi primer polvo! Me lo había pasado genial… Para ser mi primera vez había sido estupendo, pero… ¡Coño! Lo había hecho con mi hermano, primero yo en su cuarto, y ahora él había venido al mío…

¿Y todo por qué? No entendía el motivo, bueno sí, que me puse muy cachonda cuando le vi, eso creo, y me lo tiré sin venir a cuento, sin pensarlo. Lo malo es que había disfrutado un montón y cuando vino él a mi habitación, también disfruté como una loca… Pero no se me iba de la cabeza que éramos hermanos, habíamos hecho una barbaridad ¿Y cuando se nos pasara el ciego que ambos teníamos?

Para ser sincera, lo de esa noche, aunque era la primera vez que me pasaba, en cierta forma también lo deseaba. Carlos hacía poco que había vuelto de Estados Unidos donde estudiaba, después de acabar el curso había regresado a casa a pasar las vacaciones y yo llevaba un par de años sin verle, el verano anterior no habíamos coincidido. Para mí, estaba cambiadísimo de cómo le recordaba y, reconozco, me había causado bastante impresión el reencuentro.

Coincidíamos bastantes veces cuando salíamos por ahí, nos llevábamos genial… Pero también me había dado cuenta de cómo, últimamente, me miraba de una forma poco fraterna, no hacía falta ser un agente secreto para notarlo. Sí, me miraba con cariño de hermano cuando estábamos juntos delante de los demás, pero también me miraba el escote con unos ojos muy distintos y, si por casualidad iba más sexy o más ligera de ropa, me daba unos repasos que llegaban a ponerme nerviosita.

Él creía que era muy disimulado, pero yo me daba cuenta enseguida. Y lo peor es que no sabía muy bien qué pensar de eso, el efecto que me producía. Por un lado, era halagador que alguien se fijara de esa manera en mí, por otro, al ser Carlos, me producía una sensación extraña, era mi hermano, aunque también un chico guapo y me hacía gracia excitarle… Aún así, no me encontraba a gusto y, a la vez, no quería que lo dejara.

Tampoco hacía nada extraordinario, no iba más allá de escrutarme y repasarme con la mirada, pero eso le pone nerviosa a cualquiera, cuando lo hacen, ya imaginas lo que estarán pensando, sabes que te están desnudando e imaginando hacer de todo contigo. Por eso era tan extraño lo que sentía.

Pasados unos días, no es que dejara de preocuparme que Carlos siempre estuviera fijándose en mí, sino que yo empecé a hacer un poco lo mismo. Si él me miraba como tía, yo empecé a mirarle como tío. Claro, que a mí no se me notaba, sabía ser mucho más discreta. Tampoco me produjo ninguna sensación especial el mirarle así.

Pero eso había sido hasta ahora. De mirarle a follarle va un abismo. Porque fui la primera que dio ese gran paso, totalmente ida, sí, pero ya estaba hecho.

Según he leído, hay una Tendencia Sexual Genética por la que te atraen tus hermanos o familiares antes que nadie, por la compatibilidad que hay entre ellos. Por ejemplo, si no conocieras a un hermano tuyo y te encontraras con él desconociendo el parentesco, lo más probable, en un porcentaje muy elevado, es que acabes enrollándote con él.

Son los convencionalismos sociales, la educación y la convivencia los que hacen que esta tendencia acabe sublimada y reprimida.

¡Pues sí que estamos bien! O sea que, de nacimiento, era lógico que mi hermano me atrajera. Supuse entonces que, cómo él había bebido y yo me había tomado de esas pastillitas que no sabes ni lo que son, era posible que hubiéramos pasado de convencionalismos y nos hubiéramos vistos arrastrados por nuestra genética. Quizás también el haber estado un par de años sin vernos… ¡Yo qué sé! Evidentemente, sólo me estaba justificando.

A la mañana siguiente me encontraba fatal por lo ocurrido, tenía un sentimiento de culpa tremendo ¿Cómo le miraba a mi hermano a la cara? ¿Cómo nos había podido pasar? ¡Dios, qué fuerte! ¡Qué asco! Ni me acordaba de lo que disfruté con él, sólo el remordimiento de haber hecho algo horrible me agobiaba.

Empecé a evitarle lo que podía, intentaba no cruzarme con él, no podía soportar sus miradas, y Carlos igual, evitándome como yo… Hasta mi madre se dio cuenta de que algo ocurría entre nosotros.

-Oye, chicos ¿A vosotros os pasa algo? Es que ni os dirigís la palabra. Hace una semana estabais a partir un piñón y ahora… ¡Cualquiera diría! – Nos reconvino durante una comida.

Me puse como la grana, Carlos también…

-A mi no me pasa nada con Lidia – Dijo Carlos muy seco.

-A mi tampoco – Contesté en el mismo tono.

-Bueno, vosotros veréis, ya sois mayorcitos – Dijo mamá con cara de pocos amigos.

Decididamente esto no podía seguir así, se notaba demasiado. Pero no era capaz de mirarle sin sentirme culpable ¿Qué estaría pensando él de mí? ¿Qué era una golfa? ¿Qué me podía usar cómo quisiera? ¡Mierda! ¡Era su hermana! ¡Dónde coño estaba su respeto por mí?

¿Y yo? ¿Cómo había podido llegar tan lejos? ¡Putas pastillitas!

Pasaban los días y, lo que me produjo una repulsa total al principio, intentaba verlo como algo no tan horrible, aunque fuera Carlos. Quería basarme en eso de la tendencia genética, pero no dejaba de ser una teoría que, en este momento, no me consolaba nada de nada. Aunque le daba cierta justificación…

Intenté con todas mis fuerzas dar la vuelta a la tortilla, quitarme como fuera la culpa por lo que había hecho, pensar que acostarme con él no había sido tan malo…

Pero tampoco tenía un recuerdo de aquello demasiado nítido, aunque sí recordaba que había sido mi primera vez y que me había corrido, así que tampoco debió estar tan mal ¿Y él, se había corrido conmigo? No me acordaba. Tenía que hablar con mi hermano, saber qué pensaba de esto ¿Se sentiría tan culpable como yo? Por el trato que tenía conmigo, así parecía.

Pasé una semana horrible, hecha una mierda, sin conseguir decidirme a hablar con Carlos o no. Tampoco él ayudaba mucho, siempre que me veía o coincidíamos en casa se encerraba en su cuarto a leer, oír música o cualquier chorrada que se le ocurriera. No salía en todo el día…

Yo, sin prodigarme demasiado, tampoco tenía el cuerpo para jotas, salía de vez en cuando con mis amigas en un intento de superar esta situación, íbamos a alguna disco… Sin volver a tomarme ninguna pastillita de esas ni en broma. Solía volver pronto, antes de la 1 de la madrugada y casi siempre veía la luz bajo la puerta del cuarto de Carlos, me producía una tremenda desazón.

Tenía mazo de pesadillas por las noches, sueños inquietos… ¡Qué mal, mierda, qué mal! Por las mañanas, al levantarme, estaba siempre hecha unos zorros, con unas ojeras de espanto.

¡En buena hora me tomé aquella mierda de pastillita ¿Por qué vino tan borracho? ¿Por qué le tuve que lavar? ¿Cómo se me ocurrió hacer nada con este imbécil?

Pasaron un par de semanas más, todo parecía seguir igual, aunque, por mi parte, poco a poco iba superando la culpa que sentí, me iba auto convenciendo de que lo había pasado fenomenal, de lo que llegué a disfrutar… En un poco más de tiempo, ya lo estaba idealizando… ¡Joder! ¡Llegué a pensar que había sido lo mejor del mundo! ¡El mejor polvo de mi vida! También el único.

A tanto llegó la cosa que pasé de rehuir a Carlos a querer hablar con él, a querer que volviera a pasar otra situación parecida. A pesar de la turbación que me producía su presencia, hice algún intento de acercamiento, pero mi hermano seguía igual y me rehuía siempre. O no sabía interpretar mis señales o estaba verdaderamente cabreado con lo que pasó.

Esa fue mi perdición, como no me hacía ni caso, empecé a obsesionarme un poco, creo que es normal y, cuanto más tiempo pasaba, peor. Por las noches imaginaba cómo lo había pasado con él, para ser más exacta, lo que creía que había pasado, una noche divina, llena de pasión, de sexo, los mejores orgasmos que hubiera tenido nunca, el mejor amante que pudiera existir…

Hay ciertas líneas, muy finas y difusas, que son muy fáciles de cruzar, del amor al odio… O del amor fraterno al amor de pareja…Finísimas, tanto que la pasé.

Tan obsesionada estaba que empecé a creer que estaba locamente enamorada de mi hermano, sólo era capaz de pensar en él y en aquella maravillosa noche. ¿Cómo empezó? Con la borrachera de Carlos y yo estaba también muy puesta. Pero ahora él no salía casi nunca, no se me acercaba, y yo me mordía las tetas de desesperación…

Tenía que encontrar la forma de acercarme sin que huyera de mí, de que él quisiera repetir esa maravillosa experiencia…

Me devané los sesos, buscaba ideas en cualquier sitio, buscaba en la red situaciones parecidas donde las cosas hubieran salido bien… No me convencía nada, no eran las mismas circunstancias o yo no me atrevía a hacer las cosas que decían.

Cada vez estaba peor, todas las noches me recreaba en él y todas las noches lloraba porque no venía, porque no me hacía ni caso… ¿Es que este tío era idiota? ¿Cómo no se daba cuenta de las insinuaciones que le hacía? Últimamente me vestía súper sexy, le miraba descaradamente cuando no había nadie delante ¿A qué coño esperaba?

Iba pasando el tiempo, con él el verano y dentro de poco mi hermano volvería a coger el avión rumbo a los EEUU para terminar sus estudios. La idea de estar otro año sin verle se me hacía insoportable, ´cada vez estaba más segura de que estaba enamorada de él… La vida era muy injusta conmigo, era un martirio, pensaba seriamente en quitarme de en medio… ¡Así no podía vivir!

Desesperada, intenté nuevos acercamientos, le pedía a veces que me acompañara por ahí… ¡Nada! ¡No me hacía ni caso! Siempre ponía cara de circunstancias y me daba cualquier excusa. En otro momento, si hubiera estado menos obsesionada con él, habría visto que su cara no era normal, que algo me quería decir y no se atrevía… Pero ya era tarde, me había estado rechazado hasta ahora y yo ya no era capaz de ver nada…

Entré en un estado depresivo tremendo, no quería nada, no me interesaba nada excepto él… Y me fui hundiendo en un pozo oscuro del que me veía incapaz de salir. Decidida a terminar con esto, me compré un montón de pastillas, de esas que te pasaban en las discotecas, para llevar a cabo mi decisión final, no podía más. Escribí una carta de despedida pidiendo perdón a mis padres, diciéndoles lo mucho que les quería, y también a él.

En el último momento, antes de tomarme todo aquello, se me ocurrió la última tentativa. Si iba a terminar con todo, lo haría con toda la certeza, Iba a ser más directa, nada de insinuaciones, se lo diría claramente…

Cogí el teléfono y abrí el whatsapp, le mandé un mensaje clarísimo, en él le decía que le quería, que quería volver a acostarme con él, que le esperaba ahora mismo en mi habitación. Sabía que estábamos solos en casa.

Era un órdago en toda regla del que me arrepentí nada más apretar la tecla de enviar ¿Qué hacía si no venía? Bueno, estaba clarísimo lo que iba a hacer…

Pasaban los segundos, segundos eternos llenos de incertidumbre… Para convertirse en certeza absoluta ¡Pasaba de mí! ¡No iba a venir! Me temblaba todo el cuerpo de ansiedad y desesperación ¡Qué hijo de puta! ¿Por qué le había mandado el mensaje? ¡Estaría pensando que era una zorra! ¡Con razón!

Se me empezaron a saltar las lágrimas de histeria, de pena por mí misma… ¿Por qué era tan desgraciada? ¿Por qué hice aquello? ¿Tan malo fue para él? Si luego volvió… Volvió a mi cuarto y me hizo el amor… ¿Qué era distinto ahora? ¿Que ya no estaba borracho? ¿Que no era capaz de superar que yo era su hermana?

¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! Después de este mensaje no podría mirarle jamás a la cara ¡Mejor morir que vivir así!

Empecé a sacar todas las pastillas que tenía guardadas en una bolsa de plástico, de varias formas y colores, ya he dicho que no sabía ni qué eran, me las había conseguido una amiga mía que conocía a gente que pasaba. Me habían costado un pastón.

Miraba el primer puñado que había cogido fijamente, tampoco era tan fácil… Con el poco valor que me quedaba, me las metí en la boca tragándolas con agua. Otro puñado, ya no quedaban más…

Hubo un momento en que notaba cómo se me iba la cabeza, luego un mareo tremendo, unas ganas de vomitar espantosas, después una sensación rarísima de paz… Creo que oí la musiquita de mensaje recibido en el whatsapp, intenté mirar hacia el móvil y no vi nada, sólo la sensación extraña que me envolvía… ¿Y si era Carlos?

Peor no me podía encontrar, me dolía la garganta a rabiar, tenía una sensación de malestar increíble… ¿Así que esto es lo que se siente? ¡Joder qué mierda esto de morirse! Ni luz blanca ni leches, era horroroso.

Para cuando me enteré de que estaba en la cama de un hospital, no tenía ni idea del tiempo que había pasado. Al conseguir enfocar un poco la vista y recorrer la habitación, vi a mi madre sentada en un sillón leyendo alguna revista. Intenté preguntarle algo, sólo conseguí toser y sentir un sabor amargo como la bilis en la boca.

-¡Lidia, hija! ¿Cómo estás? – Preguntó muy preocupada mamá.

No pude decir nada, seguía con un dolor de garganta de la leche. Apenas me podía mover, apenas recordaba nada…

Entre estados de poca consciencia y bastantes de inconsciencia, fui enterándome de las cosas. Estaba en una clínica psiquiátrica, por lo visto era una suicida, hacía unos días o así, había intentado irme al otro barrio y faltó el canto de un euro para conseguirlo.

Lo malo es que no me acordaba de nada de eso, me parecía extrañísimo que yo hubiera intentado hacer algo parecido, se tenían que haber equivocado… En cuanto pudiera hablar, se lo explicaría.

Unos días después, me encontraba totalmente repuesta, no me dolía nada y podía hablar normal. Me llevaron al despacho de un médico que me hizo sentar en una butaca, me empezó a preguntar de todo ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? Me asusté un montón cuando me di cuenta de lo poco que recordaba, tenía lagunas de memoria en cantidad de cosas, por lo visto, lo que había tomado podía dejarme secuelas ¿Y qué me había tomado?

Fui pasando el tiempo en esa clínica, era aburridísimo, apenas había nada que hacer aparte de las charlas en grupo, las charlas con el médico… De vez en cuando venían mis padres a verme, cosa que rompía el tedio de aquel sitio y me hacía mucha ilusión.

Tras cinco meses de tratamiento y de empastillarme hasta las cejas a base de antidepresivos, ansiolíticos, estrógeno y no sé que más, me dieron el alta y volví a casa, todavía bastante perdida en un montón de temas. ¿Qué habían hecho en la clínica aparte de drogarme? Por ejemplo, seguía sin saber por qué decían que había intentado suicidarme, no tenía la más mínima idea, se me escapaba que alguna vez hubiera intentado hacerlo, pero bueno, si ellos lo decían… No les iba a llevar la contraria, si lo hacía, seguro que me quedaba en ese sitio mucho más tiempo.

Poco a poco iba reorganizando mi vida, mis amigas, mis estudios, esto último un poco más difícil, había perdido mucho tiempo. Aunque todo el mundo me trataba de una forma bastante estúpida, como si fuera a hacer algo malo en cualquier momento, mis padres me dejaban salir los fines de semana, siempre bien acompañada, pero tenía prohibido el alcohol y no digamos cualquier otra sustancia. Al principio hacía caso, naturalmente, luego, cuando dejé de tomar medicación ya no me importó, me bebía algún cubata de vez en cuando, sin llegar a que se me notara en casa.

Al final del curso, conseguí sacar la mitad de las asignaturas, todo un éxito dadas las circunstancias. Y unos días después, acompañaba a mis padres al aeropuerto a recibir a mi hermano Carlos que volvía de Estados Unidos, después de haber acabado sus estudios.

Creo que me hacía mucha ilusión verle, aunque apenas me acordaba de él. Se había ido hacía tanto tiempo… No conseguía ni ponerle cara, siempre era algo difuso… En fin, debía de ser muy pequeña cuando se fue.

Un chico muy guapo y muy sonriente venía al encuentro de mis padres, les abrazó con mucho entusiasmo mientras yo me quedaba en un segundo plano, esperando que me hiciera caso e intentando reconocerle. Cuando lo hizo, sólo vi una sonrisa que poco a poco se volvía más tensa, como esperando mi reacción.

-¿Qué tal, Lidia? – Me preguntó como quien pregunta a cualquier conocido. Ni el menor atisbo de alegría por verme… O eso me pareció.

Iba a contestarle, a decirle que “bien” cuando un montón de imágenes confusas volvieron a mi mente… Estaba bien pero no gracias a él, quería preguntarle por qué no vino a mi habitación cuando estaba esperándole, pedirle explicaciones de cómo se sintió después de haberme hecho el amor, por qué me había esquivado todo el tiempo…

Otra puta cama de hospital. Todos los recuerdos que me faltaban, todos los motivos de mis actos, me arrollaron como un torrente dentro de mi cabeza, me asaltaron, me desbordaron… Y no los supe digerir.

Ahora, algo más calmada, intentaba decidir qué hacer con mi vida. Mi madre estaba adormilada en el sillón y no se había dado cuenta de que había despertado. Intenté incorporarme y me entró un mareo, tenía un gran apósito en la frente y un dolor de cabeza tremendo. Me dejé caer sobre la almohada.

Mamá se espabiló al oírme y se acercó solícita a atenderme.

-Lidia, hija ¿Estás bien? – ¿Cuándo había oído yo eso?

-¡Qué dolor de cabeza, mamá! ¿Qué ha pasado? – Pregunté en voz baja. Cualquier sonido hacía que me doliera más.

-¡Qué susto nos has dado, hija! Te desmayaste de repente y te diste un golpe tremendo en la cabeza. Te han tenido que dar cinco puntos ¿Cómo estás ahora?

-Pues eso, me duele la cabeza ¿Dónde me desmayé? – Seguí preguntando

-En el aeropuerto, cuando fuimos a recoger a Carlos ¿No te acuerdas? – Dijo mamá preocupada.

-Ah, sí. Sí me acuerdo. Carlos me preguntaba algo y luego… No sé, a partir de ahí no me acuerdo de nada. Supongo que me caí entonces.

-Sí, Lidia. Justo entonces te desmayaste. Supongo que te daría una bajada de tensión…

Ya ni contesté, cerré los ojos al recordar todo, cuando perdí mi virginidad con él, cuando me sentí fatal por haberlo hecho, cuando luego quise que lo repitiéramos, cuando me di cuenta de que quería a mi hermano… Pero él a mí no, no vino a mi habitación a pesar de decirle lo que quería, lo que le quería…

Ya me acuerdo… Me tomé un montón de pastillas por su culpa, había pasado un montón de meses en esa clínica de mierda por su culpa… ¿Y cuando me ve se pone súper tenso? ¡Que le den! ¡Que le den al hijo de puta ese!

Me hicieron análisis y de todo, estaba bien, sólo tenía el golpe de la cabeza así que, tras pasar veinticuatro horas en observación, no vieron motivos para tenerme ingresada más tiempo.

Al volver a casa en el coche con mamá, tenía una ansiedad tremenda, estaría el imbécil de mi hermano que, por cierto, ni había aparecido por el hospital, me apetecía verle lo mismo que ir a un funeral, o sea, nada de nada. No pretenderían que le pusiera buena cara ¿no? La cuestión es que mi madre tampoco me había dicho nada de él y, ahora que lo pensaba, en todo el año no le habían ni mencionado.

Me empecé a preocupar. En las cartas que había dejado de despedida, no decía nada comprometedor para nadie, entonces… ¡No habría sido capaz Carlos de contar todo! ¡Me daba un ataque!

-Oye mamá, ¿Cómo es que ni papá ni Carlos han venido al hospital? – Me mordía las uñas de ansiedad.

-Es que han tenido que ir hasta el consulado americano para conseguir que le manden el título y no sé qué certificados, y luego al ministerio de educación para que se lo convaliden. Es un montón de papeleo, ya llevan así un par de días. Pero estaban preocupadísimos, se van a alegrar muchísimo cuando te vean – Me dijo muy alegre

Sí, sí, ese se va a alegrar. Ya me demostró la alegría que le hizo verme.

Ya en casa, mi padre acababa de llegar con Carlos, nos reunimos todos en el cuarto de estar, papá me abrazó muy fuerte, casi llorando, diciendo que se había llevado un susto tremendo.

Carlos se acercó cuando nos separamos. Me puse rígida, pero aguanté el tipo con una sonrisa en la cara. Me dio un abrazo más flojito y un beso en la mejilla. Correspondí como una autómata.

Me metí en mi habitación, me senté en la cama y me puse a llorar por la tensión que estaba pasando. Y la depresión y el amor rechazado y lo desgraciada que iba a ser… ¡Joder, un año! ¡Había pasado un año! No había ido con ningún chico, Carlos había sido el único y no quería saber nada de mí… Me había enamorado de un imbécil ¿Qué más daba que fuéramos hermanos? ¿No sabía que había una tendencia genética?

Mi madre vino a ver qué tal estaba, la tuve que convencer de que lloraba por lo contenta que estaba de haber vuelto a casa y por ver que todos estaban bien, que me encontraba un poco sensible…

Me comentó que iba a salir con mi padre a hacer varias cosas que tenían pendientes, que si necesitaba algo, Carlos se quedaba en casa a cuidarme, por si acaso.

Casi me atraganto del susto ¿Me iba a quedar sola con Carlos aquí? ¡Dios, me muero!

Un momento después oía la puerta de la calle cerrarse, me quedé en un estado de tensión increíble pensando en que mi hermano pudiera aparecer por mi habitación en cualquier momento. Llamaron a la puerta y entraron sin esperar contestación. Bueno, entró sólo Carlos ¿Quién, si no?

-Hola Lidia ¿Cómo estás? Me quedé acojonado cuando te caíste en el aeropuerto, no me dio tiempo a sujetarte, lo siento de veras – Me dijo compungido.

Le miré como si viera a un alienígena ¡Este tío era idiota! No se enteraba de nada. Yo desmayándome de amor no correspondido y él, que si me encontraba bien. Lo dicho, un subnormal.

-No pasa nada, me debió de dar una bajada de tensión. Me duelen un poco los puntos, pero estoy bien. – Contesté con voz neutra.

Estuvo un rato callado, como decidiendo qué hacer… Estaba un poco incómoda por su silencio…

-¿Quieres algo más? – Le pregunté

Siguió dudando…

-Oye Lidia, tía ¿Te acuerdas del día ese? – Preguntó como tanteando el terreno.

-¿Qué día? – Ya no sabía ni de que día me hablaba

-Del que te llevaron a la clínica – Se quedó mirándome a los ojos, como viendo qué sabía o no sabía yo.

Harta de aguantar, decidí ser lo más directa posible.

-Del día que me tomé las pastillas ¿No? Del día que no viniste cuando te lo pedí. – Dije de mala leche.

-Sí que vine ¿Quién crees que te encontró aquí tirada?

¡Coño! En eso no había ni pensado

-¿Fuiste tú? Nadie me lo había dicho.

-Sí, y me quedé acojonado. Me habías dicho que viniera a tu cuarto y como no decías nada cuando te contesté si estabas segura, vine corriendo, me dio que pasaba algo…

-¿Qué me contestaste? ¡Tú a mí no me contestaste nada! ¡Si lo sabré! Estuve esperando ¿Sabes? Te estuve esperando y nada, ni viniste ni me contestaste ¡Eres un puto mentiroso! ¡Un mentiroso de mierda, cabrón! – Iba levantando la voz según me iba encendiendo ¿A quién pretendía engañar?

-Lidia, tía, créeme, por favor. Te juro que es verdad. En tu móvil no lo tienes porque lo borré para que nadie lo viera, pero mira – Sacó del bolsillo su teléfono – Mira el whatsapp y mira la fecha…

Lo miré, vi lo que yo le había escrito y su contestación ¡Diez minutos después!

-¡¿Tardaste diez minutos en contestar?! ¡¿Y a ti que coño te pasaba?! ¡Estaba súper claro lo que te escribí! – Contesté histérica perdida.

-Sí, tía, súper claro. Pero me estabas pidiendo que follara contigo, tía, me lo tenía que pensar un poco, somos hermanos, coño, y no me pareció muy normal.

¡Claro! Él nos veía como hermanos normales y yo estaba enamorada ¡Qué diferencia!

-¡Pues bien que me echaste un polvo, cabrón! ¿Ahí no éramos hermanos? – Seguía cabreada, bastante histérica y no le iba a perdonar tan fácilmente.

-¡Joder Lidia! ¡Estaba súper borracho! ¡Y empezaste tú! – Vaya escusa de mierda.

-¡Y tú seguiste, cabrón de mierda! ¡Muy borracho! O sea, para ti soy una putilla que te tiras cuando estás pedo ¡Pues te vas a ir a la puta mierda! ¡Déjame en paz! ¡¿No me has hecho ya bastante daño?! – Volvían a llenárseme los ojos de lágrimas y no quería darle esa satisfacción.

-¡VETE DE UNA PUTA VEZ! ¡DÉJAME EN PAZ! ¡CABRÓN! ¡QUE TE JODAN!

Me miró anonadado, no debía esperarse que reaccionara así.

-Pero tía, que te dije que sí, que venía contigo ¡Joder, entiéndeme! Estaba que me sentía súper culpable porque creía que me había aprovechado de ti, te había follado siendo hermanos y me carcomía por dentro… Pero cuando me dijiste que fuera a tu habitación, casi no me lo creía, pensaba que me odiabas y que no querías ni verme…

Joder, este tío era idiota. Yo haciéndole cien mil señales, indicándole que quería volver a estar con él y nada, ni enterarse, diciéndole que viniera conmigo y todavía se lo tenía que pensar ¡Dios mío! ¡Con quién me iba a liar!

Me quedé mirándole fijamente, pensando en si iba a merecer la pena quererle, estar con él… Después de lo que había pasado, era un poco fuerte echarme para atrás, todo esto no habría servido de nada… Pero no lo hice por él, lo hice por su culpa que es distinto.

-¡¿Y ahora que cojones quieres?! ¡Porque cuando me viste en el aeropuerto se te cambió la cara! ¡No mientas!

De repente me abrazó, me abrazó muy fuerte mientras intentaba quitármelo encima a base de puñetazos. Quiso darme un beso en los labios, aparté la cara…

-¡Déjame en paz, cerdo! ¿Ahora quieres hacerme mimitos? ¡Ahora, que te den!

Me separé de él toda acalorada, no iba a dejar que me pusiera una mano encima ni loca.

Se sentó en una silla abatido, me miraba con súplica, sus ojos se llenaban de unas lágrimas que se negaban a salir.

¿A santo de qué se ponía ahora en plan sensible?  Me había ignorado mientras estuvo fuera, no había recibido ni un mísero correo y el otro día, cuando me vio, se puso súper tenso ¿De qué coño iba ahora?

-Lidia, tía, no sabes lo que he pasado por ti. Me tuve que ir a estudiar y sabía que estabas en la clínica, suponía que era por mi culpa, pero ¿qué querías que hiciera? No te podía escribir porque los papás podrían haberlo leído… Y el otro día, no se me fue la sonrisa, es que me quedé mudo de lo guapa que estabas y no quería que se me notara… ¡Imagínate el marrón!

Ya no entendía nada de nada o mi hermano era idiota del culo. Si sólo se hubiera acercado un poco a mí, con sólo haberme dejado hablar… Me estaba sonando todo a chino.

-Mira tío, eso no te lo crees ni tú. Has tenido mil oportunidades de decirme algo, de venir a mi habitación a hablar conmigo y no lo has hecho ¿De qué vas ahora con eso de que te quedaste mudo? – ¡Joder! Carlos mentía más que hablaba.

-Es que después de un año, no sabía si querías lo mismo de entonces, si me querías a mí como dijiste. Estuviste en una clínica porque casi te mueres, suponía que me echarías la culpa de todo ¿Cómo me ibas a querer ahora? Yo si quería estar contigo, pero eso fue antes de que pasara todo, ahora no tengo ni idea de lo que sientes, de verdad.

¡Por Dios, la Virgen y todos los Santos! ¿Es que no se enteraba de nada? ¿Tan tonto era? ¿Por qué creería que me desmayé en el aeropuerto?

Inspiré varias veces seguidas intentando calmarme, conté hasta diez otras tantas veces…

-Mira Carlos – Dije con voz calmada – La que no tiene ni idea de lo que sientes soy yo, ni entonces ni ahora. Reconozco que yo me sentí culpable después de lo que hicimos, pero luego intenté verlo de otra manera, como algo bueno y no una burrada. Me costó lo mío, no creas, pero empecé a recordar lo que había disfrutado, a pesar de ser mi primera vez, cada vez me parecía mejor… Así me fui enamorando ¡Sí, lo que oyes! ¡Enamorando!

-¿Tu primera vez? ¿Enamorando? ¡Venga ya, Lidia!

-¡Cállate de una puta vez y déjame terminar! Pues sí, me enamoré de ti como una gilipollas y cuando quise decírtelo, me esquivabas siempre, no hablabas conmigo ni de coña. Al final te mandé ese whatsapp, que más claro no podía ser y me dejaste tirada.

Bueno, ya se lo había dicho todo, ya me había desahogado.

Carlos estuvo un rato callado mirándome con fijeza. Yo estaba sentada en mi cama, no había podido aguantar de pie…

Se levantó acercándose a mí, me puse toda rígida dispuesta a contestarle, a mandarle a la mierda. Me dejó flipada cuando se arrodilló delante de mí mirándome con cara de súplica.

-Tía, escúchame, déjame hablar a mí. Mira, el día que lo hicimos estaba borracho, aunque me enteré de lo que pasó. No sé por qué viniste a mi cuarto y me follaste, tampoco me lo planteé. Luego, cuando fui yo a tu habitación, iba con toda la intención del mundo y creo que te gustó.

Pero al día siguiente, cuando iba a hablar contigo me esquivaste, y así, toda la semana. Supuse que te sentías culpable o humillada y eso me hizo sentirme fatal, ya no me atreví más. Luego, lo del mensaje, me dejó súper alucinado. ¿No me habías querido ni hablar y me dices que me quieres y que vaya a tu cuarto? Creí que querías hacerme una putada.

-¿Una putada? ¿Cómo te iba a hacer una putada? ¡Tú alucinas, tío! – Yo sí que estaba alucinando

-Lo que pensaba es que cuando estuviera en tu habitación, aparecerían los papás y me montarían la de Dios es Cristo. Estuve un rato pensando en eso hasta que me dio igual, preferí estar contigo, por eso te contesté y luego fui a verte. Cuando te vi tirada y que no reaccionabas, casi me muero.

¡La madre que lo parió! ¿No podía haber sido más claro desde el principio? Desde luego, a los tíos hay que dárselo todo mascado ¡Si es que no se enteran! ¿Qué yo le esquivaba? Le esquivé al principio, luego fue lo contrario ¿Y ahora? ¿Me creía su historia o pasaba de él? Estaba hecha un lío, por un lado, me moría por besarle y por otro, me moría por soltarle una hostia en toda la cara.

Sin haberme decidido, mis manos sujetaron su cara y mis labios probaron los suyos, no sabía qué estaba haciendo, mis lágrimas corrían por mis mejillas mientras liberaba toda la tensión acumulada. Sólo hubo labios, ni lengua ni nada, pero fue el beso más bonito de mi vida, se me hinchó el pecho de alegría, se me hizo el culo gaseosa y agradecí a todos los dioses conocidos y desconocidos que mi hermano se levantara y me tumbara en la cama.

¡Ay mamá! ¡Que lo íbamos a volver a hacer!

Carlos me desnudó en un momento, sin ninguna brusquedad, sólo suavidad y caricias, caricias que me recorrían entera, desde la cara al cuello, a mis senos, a mi vientre, mis piernas… Me perdía en un mar de sensaciones pocas veces sentidas y ya olvidadas.

Le ayudé a desnudarse con la misma presteza, volví a ver su cosa, grande, lisa… Me encantó. Le acaricié como él a mí, me prendí de su barra de amor como si me fuera la vida en ello ¡Cómo me gustó! Tanto como la cara de placer que puso.

Intentó, después de acariciarme los muslos, acceder a mi rincón más escondido. No quise, estaba tan excitada que sentía que, si me tocaba ahí, me correría enseguida y todavía no quería, tenía que disfrutarle mucho más. Me incorporé en la cama quedándome sentada y haciendo que él se tumbara, Carlos quería acariciarme también pero antes tenía que hacer algo…

Me incliné sobre su cosa recogiendo las piernas, me la metí en la boca de una tacada, empecé a jugar con la lengua en su glande, en la zona donde había un tendoncillo… También le acariciaba sus testículos, haciéndome la misma gracia que la otra vez al notar qué distintos eran uno de otro. Aceleré los movimientos de cabeza, metía y sacaba todo lo rápido que podía, descansaba un poco… Y vuelta a empezar. Carlos me puso una mano en la nuca y me presionaba hacia abajo, hacía que su cacharro me entrara más y me daban arcadas… Sin enfadarme le quité la mano, me iba a ahogar, sin embargo, la volvió a poner en mi cabeza sin presionar, sólo acariciándome el pelo.

Pocos minutos después me llenaba la boca de su sustancia, de una textura que me resultó bastante desagradable, no así el sabor, que me tragué sin chistar, sabía que le encantaría.

Se quedó mirando el cielorraso con cara de satisfacción y me sentí encantada por haberle hecho disfrutar tanto. Me tumbé encima de él y le besé, puso una cara un poco rara, supongo que no le hizo mucha ilusión probar su propio semen, pero no se apartó, enredó por primera vez su lengua con la mía y yo me deshice de cariño por él.

En un momento me dio la vuelta dejándome tumbada y fue él el que me besó todo el cuerpo. Se dedicó a chuparme mis tetas con muchísima dulzura, amasándolas con las manos, pellizcándome los pezones… Le empujé con mis manos hacia abajo, estuve a punto de correrme sólo con eso y necesitaba algo más.

Después de dejarme un reguero de saliva por mi vientre, se situó entre mis piernas, ya suponía lo que vendría ahora, pero no imaginé que fuera así. Me besó la cara interna de los muslos haciéndose de rogar, yo subía mi pelvis hacia él intentando que llegara a donde yo deseaba… Se hizo esperar todavía un ratito, me estaba poniendo histérica… Tuve que tirarle del pelo para que fuera hasta mi rincón secreto.

¡Mi madre! ¡Casi me muero! Sólo con posar su boca sobre mi vulva estuve a punto de irme patas abajo ¡No había estado tan excitada en mi vida! Lo primero que hizo fue pasar, muy lentamente, la lengua por mi rajita, de arriba abajo y vuelta, sin llegar a tocar mi botón, sólo pasando por la entrada de la vagina, continuando por el perineo hasta mi culito, sin llegar a tocarlo tampoco.

Estaba al borde del ataque de nervios, intentaba meterle la cabeza dentro de mí, si seguía así iba a chillar… Y, de repente, lo hizo. Me besó mi entrada trasera ablandándola con saliva, siguió hacia el norte metiéndome la lengua en la vagina, haciendo un pequeño mete saca y girándola a todo meter.

Lo notaba, me iba a correr ya, me estaba tocando algunos puntos alucinantes… Nada como cuando recogió mi botón entre sus labios, lo meneó como un pequeño badajo y succionó un poquito ¡Mamma mía! ¡Esto era divino! Una sensación gloriosa empezó en ese botoncito e irradió hacia el perineo, haciéndome contraer las nalgas, y hacia el vientre, saliendo por los pezones y la boca, estallando en el cerebro.

En ese momento, en el de mayor placer y a la vez mayor crispación del clítoris, lo soltó de la boca, me metió dos dedos dentro de mí, empezándolos a mover a toda velocidad alrededor del cuello de la matriz, frotándome la parte superior de mi vagina y entonces, creí que me moría. Mi orgasmo se elevó otro peldaño, mi tensión aumentó hasta límites desconocidos y me fui en la mayor corrida de mis veinte años.

¡Jesús, María y José! ¡Qué orgasmo! ¡Qué hermano más maravilloso!

Un par de minutos después, no habiendo salido aún ni de mi éxtasis ni de mi estupor por lo que había sentido, mi Carlos (a la que me lo intentara quitar, la mataba) se subió encima de mí, como yo antes, y me devolvió el beso cargado de mi esencia. Tampoco me supo muy bien pero tampoco me separé, intercambiando saliva con mi lengua, disfrutando de esos sabores mezclados. Era tanta la pasión, que el sabor era lo de menos, ahora no lo cambiaba por nada del mundo.

Perdida en ese beso, en ese mar de sensaciones, noté de repente que su cosa me partía en dos conforme avanzaba en mi interior. ¡Qué maravilla! ¡Qué gozada! ¡Esto era impresionante! Me abracé a él todo lo fuerte que pude, mordiéndole una oreja y diciéndole un “te quiero” que iba más allá de lo que jamás hubiera sentido por persona alguna.

Sus movimientos amorosos eran divinos, yo me moría de gusto, de satisfacción, de morbo, de amor verdadero… No tengo ni idea de cómo hubiera sido con otro, era la segunda vez (o tercera, depende de cómo lo contemos) que hacía el amor y siempre había sido con él… Pero lo supe, estuve segura, jamás sería igual con nadie más… Se corrió dentro de mí, lo sentí como lo mejor que me pudiera pasar, sentir su semilla dentro era el pacto que nos unía para siempre, el orgasmo que sentí fue único…

Nos quedamos agotados, en mi vida me había sentido más feliz, Carlos me sonreía mientras se le iban cerrando los ojos, acariciándome un costado. Yo me recreaba en su cara, en sus manos… Me encantan sus manos… De vez en cuando cogía su cosa, aún pringada, y jugaba un poco con ella… como aquel día, como mi primera vez.

Ni nos habíamos acordado, yo por lo menos no. Mi madre nos miraba con cara de espanto desde la puerta mientras nosotros intentábamos vestirnos a todo meter ¡Qué manera de cortarnos el rollo!

Cuando pudo hablar sólo nos dijo

-Vestiros y arreglaros antes de que llegue papá de aparcar el coche. Mañana, cuando se vaya a trabajar hablaremos, creo que aquí hay muchas cosas que explicar. – Fue como una sentencia.

Durante la cena intentamos comportarnos lo más normal posible. Por mi parte, por un lado, estaba eufórica, mi hermano me quería, era mío, había disfrutado con él como en mis mejores fantasías, si no mejor, por otro estaba acojonada con lo que nos diría mamá.

Fueron horas hablando, Carlos le explicó casi todo lo que él había pasado, también le dijo que me quería… Pero fue mi versión la que la hizo alucinar. Debía pensar que fue mi hermano quien me sedujo, no yo la que me enamoré. Creo que estaba pensando en llevarme otra vez a la clínica psiquiátrica, tuve que llorar, decirle los verdaderos motivos por los que me tomé tantas pastillas… También, que no fue premeditado, que surgió entre nosotros sin quererlo, que luego nos había sido imposible superarlo…

-Es que hay una tendencia familiar, mamá, está escrito en los libros, una tendencia sexual genética que nos hace más compatibles, te lo juro mamá, es la pura verdad. Empezó por una tontería, sin querer, mamá, pero luego… Ha sido durísimo, ni siquiera sabíamos lo que sentíamos de verdad, me tomé las pastillas por no poder asumirlo, por no haceros pasar por esto a vosotros… Mamá, quiero a Carlos, no quiero haceros daño por nada del mundo, pero le quiero, ahora no podría vivir sin él. Si no lo entendéis, si papá no lo soporta, nos iremos, no voy a volver a esa clínica jamás, necesito a mi hermano, no soportaría verle con otra… Entiéndelo mamá, por favor… – Un poco de cara sí que le había echado, en ningún momento pensé en mis padres, pero seguro que colaba.

Yo lloraba como una Magdalena, mi madre tenía una cara súper seria, no parecía entender lo que nos pasaba. Realmente ¿Qué padres lo entenderían?… Se fue a su habitación y estuvo pensando mucho tiempo. Antes de que volviera papá de trabajar nos volvió a reunir a los dos.

-Carlos, Lidia… No sé si podré soportarlo, pero os quiero demasiado como para perderos. No creo que me acostumbre a veros y saber que os acostáis juntos, tampoco creo que sea capaz de ocultárselo a vuestro padre, así que lo mejor es que os establezcáis por vuestra cuenta. Ya me encargaré de buscaros algo y de convencer a papá. A mí, desde luego, me habéis hundido, pero sois mis hijos y por vosotros daría la vida.

En ese momento sí que lloré de pena por mis padres, veía que les habíamos hecho una faena que no eran capaces de soportar, por lo menos mi madre, papá quizás no llegaría a enterarse.

Luego fue más fácil, a pesar del asombro de papá, mamá consiguió que nos independizáramos. Le contó que Carlos ya era mayor, ya había terminado los estudios y era lógico que empezara una nueva vida. De mí le dijo que necesitaba algo de independencia para terminar la carrera, un ambiente de estudio mejor del que había en casa. Lo que no le dijo fue que nos íbamos a ir juntos.

Mi hermano encontró trabajo enseguida y a mí sólo me faltaba un curso para terminar la carrera, vivíamos en un pisito pequeño, sólo tenía un dormitorio, pero no nos hacía falta más. Los fines de semana íbamos a la casa paterna a comer, a papá le encantaba cuando estábamos todos juntos, mamá ponía unas caras que…

Todo era perfecto, casi sentía remordimientos por ser tan feliz… Así que lo tuve que pagar y seguiré pagando mientras viva.

-¿Carlos, has comprado la leche? – Le dije una noche al ir a prepararme un chocolate caliente

-¡Mierda, se me ha olvidado! No te preocupes, ahora voy – contestó cogiendo su chaqueta

-No, déjalo, me puedo pasar sin el chocolate…

Sin embargo, salió de casa a buscar alguna tienda aún abierta para comprar un cartón de leche. Me quedé sola viendo la tele, se hacía un poco tarde, miré el reloj y me extrañó que Carlos no hubiera vuelto todavía…

Me despertó el sonido de llamada del móvil, era un número desconocido, extrañada por la hora lo cogí

-¿Diga? –

-¿Lidia … , por favor? – Preguntó una voz femenina. Toda extrañada contesté.

-Sí, soy yo ¿qué quiere? –

-¿Conoce usted a Carlos …? – ¡Coño! Me estaba acojonando

-Sí, es mi hermano ¿Pasa algo? – Empezaba a ponerme más que nerviosa.

-¿Puede acercarse a la comisaría? Allí le explicarán todo

-¡¿LA COMISARÍA?!  – Me quedé muda, algo grave había pasado y tenía que ver con Carlos.

-¿Señorita?

-SSí, sí, ahora voy – Dije temblando

Me vestí a todo correr con lo primero que pillé, en la calle cogí un taxi rumbo a la comisaría.

Allí me enteré, allí se derrumbó mi mundo… Carlos, mi Carlos, mi hermano, mi único amor había recibido una serie de heridas de arma blanca cuando unos ladrones intentaron atracar la tiendecita de chinos que había cerca de casa. Por lo visto, se metió en medio e intentó evitarlo, dejándose la vida en el intento. Ahora estaba en el anatómico forense a la espera de identificación.

Totalmente pálida, sin color en la cara, con el alma encogida, incapaz de reaccionar de ninguna manera, un coche de la policía me llevó al instituto anatómico.

En una morgue, en un cajón con puerta metálica como en las películas, allí estaba, allí le vi por última vez, allí grité de espanto y desesperación, allí vomité… Y allí me desmayé.

La clínica psiquiátrica volvió a ser mi residencia a partir de entonces, y aquí sigo, no soy capaz de nada, solo de llorar, llorar todos los días, a todas horas… ¡Era tan feliz! No lo tenía que haber dicho, fue tentar al destino. Carlos, mi Carlos…

Pero dentro de poco me reuniré con él, si hay un más allá. Si no lo hay, tampoco me importa demasiado, no quiero seguir aquí sin mi hermano, no me lo puedo quitar de la cabeza y sé que nunca querré a otro como a él. Ni siquiera creo que pueda llegar a querer.

En cuanto encuentre la manera, lo haré, aquí no hay pastillas, las ventanas tienen rejas… Pero creo haber descubierto una forma de subir a la azotea, no hace falta más.

Un pequeño saltito y quizás, si hay un “más allá” vuelva a estar con él, con mi único amor, con quien fui y, quién sabe, volveré a ser feliz.

Sígueme en instagram: @babykarelvis

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