Cuando la belleza no es todo – relatos lesbicos

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Estaba apoyada en la baranda de la galería, desde ahí prácticamente podía ver a todo el resto de los que participábamos en el encuentro.

No podía decir que estaba contenta, ¡no! no lo estaba y supongo que quien prestara atención se daría cuenta.

Pensaba, que feliz era hace unos días cuando creí haber encontrado el amor de mi vida. Que tonta, parecía tan fácil, tantas ilusiones perdidas, aunque aún tengo esperanza que se vuelvan a encausar.

Trato de rebobinar mi corta vida desde que me vine de Venezuela. Con dieciocho años recién cumplidos, aprovechando mi doble nacionalidad y con ayuda de mis padres, busqué fortuna aquí en España.

Pude licenciarme en administración con bastante esfuerzo. Si pensé que con eso tenía todo resuelto, me di cuenta lo equivocada que estaba. Pedían experiencia, de esa materia nada, así que tuve que entrar como empleada y esperar a contabilizar la experiencia que al fin estaba teniendo.

Me llamo Camila, podría dar una descripción de mi figura, pero no cambia nada. Digamos que no estoy nada mal para los que les gusto, con 1,68 de altura no me destaco ni para arriba ni para abajo.

Mis épocas de estudio fueron eso, estudio, no podía derrochar el esfuerzo de mis padres en tonterías, tuve algún escarceo amoroso, pero nada que me desviara de mi cometido.

 Por mis buenas calificaciones, me propusieron para cubrir un puesto en la empresa en la que estoy empleada (claro que empezando desde abajo) acepté, y hace seis meses que estoy laborando aquí.

Y fue aquí, donde descubrí una faceta que tenía sumergida. Siempre admiré a las mujeres guapas, pero creo que eso les pasa a todas. Pero aquí conocí a Lucrecia, y fue ella la que me hizo notar que lo mío son las mujeres. Aunque mejor tendría que decir, que lo mío es ella.

Me enamoré o me enamoró, no lo sé. Lo que sé, que después del tiempo que me mostró como es el cielo, ahora al lado de Elena me está mostrando el infierno. Estoy que rabio, no se están matando a besos por el que dirán, pero se le ven las ganas. Para peor cada tanto fija la vista en mí, regalándome una irónica sonrisa que me parte.

Tengo ganas de irme, pero me da vergüenza, aparte quedaría mal, estos encuentros los promueve la empresa para afianzar los lazos de compañerismo; los míos los está desafianzando, pero ¿Qué puedo hacer?, esperar. Suele hacerme esto, pero después vuelve, sabe que la espero.

Alguna lagrima corre por mi mejilla, no puedo evitarlo. Siento que alguien se pone a mi lado. La miro, es Diana, ¿quién es Diana? Yo que sé. Es la cuarta vez que la veo. Una mujer de treinta y pico, pero que no envidia a ninguna joven. Tiene una elegancia natural, sobre todo un dejo de autoridad, que aunque no lo use, te das cuenta que lo tiene. Sé que viene de la casa central en Noruega, recorre todo, mira, habla con uno por aquí, otro por allá, pero no se mete en nada. Ahora está al lado mío.

Se apoyó en la baranda igual que yo

-Es linda ¿Verdad? – sé de quién me habla, no me voy a poner en evidencia

– ¿Quién? ¿cómo? ¿de quién estás hablando? – me mira con una mirada disciplente, como, vamos sabes de quién hablamos, no te hagas.

– De Lucrecia, claro; es hermosa, lástima que sea tan hija de puta – me quedo con la boca abierta, una señora como ella diciendo eso.

– No sé, ¿te parece?

– Me parece a mí y a ti, con lo que te está haciendo, no sé cómo la aguantas

– Porque dices que la aguanto, somos compañeras nada más.

– ¿Sabes? tú también eres hermosa, pero cuando pones esa cara de boba te afeas bastante. – me quedo callada, no puedo responderle, me mira y parece que me saca una radiografía, como si descubriera todo mi interior – tienes que terminar con ella, juega contigo y se aprovecha de tu falta de carácter. Me duele lo que me dice, quisiera mandarla a la mierda, pero creo que es algo así como una ejecutiva, y para peor es que sé que tiene razón.

– No juega conmigo, a mí no me mueve un pelo – digo como si me lo creyera

– ¡No! no te mueve un pelo, te los mueve todos, los que se ven y los que no.-

– Oye, que ahí me depilo – me doy cuenta de lo que dije y me da vergüenza.

– Bueno, mejor, esos no te los mueve, pero de verdad, ¿no se dan cuenta lo que está haciendo con ustedes?, no puedes dejar que te tenga como una perrita que cuando quiere te llama para que vayas a lamerla.

 – Eh, ¿quién te dijo eso?

– Bueno, eso hacen las perritas, cuando los dueños las llaman van a lamer

– Ella no es mi dueña y no estoy esperando que me llame.

– No estás esperando que te llame, pero estás sola aburriéndote, mirando cómo se cachondea con Elena, se supone que te quedas porque verlas te da gusto.

– Me quedo porque la empresa pide que confraternicemos entre el personal, si me voy quedo mal.

– Mira, te voy a proponer una cosa, yo también me estoy aburriendo y si te fueras conmigo, estarías confraternizando con la empresa, pero ¿sabes una cosa?, no te vas a ir, porque tan pronto Lucrecia vea que te marchas, va a venir a decirte que te quedes por cualquier razón, y tú te vas a quedar.

– Tú te crees que sabes todo de mí, y yo no soy así.

– A lo mejor tienes razón, demuéstramelo, te invito al cine, o al teatro, a dónde quieras, cualquier lugar es mejor que este tostón.

 No sabía qué hacer, si me quedaba quizá iba a venir a buscarme para irnos juntas, pero después de cómo estuvo toda la tarde, lo más probable es que se fuera con Elena

– Esta bien, vamos, si dices que no voy a quedar mal acepto, de verdad que me estoy aburriendo – me miró con una sonrisita de no creerme

– Vamos a buscar las chaquetas – cuando íbamos al vestuario, pude ver como Lucrecia me observaba. Cuando íbamos para la puerta la veo que se acerca apurada.

– Eh, a donde vas, hoy pensaba irme contigo – me dijo con su típica prepotencia

– Le hubieses dicho antes, ahora ya quedó que se va conmigo – eso se lo dijo Diana mirándome a mí sin que se le borrara esa sonrisa irónica, no sabía lo que hacer.

 Ella había venido nada más que porque vio que me iba, pero a lo mejor era cierto que quería que fuera con ella, después de todo tan mal no lo pasaba. Podía decirle a Diana que me quedaba, pero esa jodida sonrisa me enervaba, para colmo me soltó – pero bueno, si tienes que obedecer, no te preocupes, entiendo que te tengas que quedar.

– Yo no tengo que obedecerle a nadie, dije que me iba contigo y ya está – la cara de furia de Lucrecia me hizo notar que ya lo nuestro no tenía remedio.

– Tú sabrás lo que haces, después no me vengas con lagrimitas, no voy a ser yo quien te las seque. – eran dos sensaciones contrapuestas, la angustia de saber que ese era el final, y el orgullo de demostrarme que era dueña de mí. Salimos sin que nadie nos dijera más nada, Diana me abrió la puerta de un BMW blanco, el coche era un sueño, pero yo no estaba para soñar, se me humedecían los ojos, quería evitarlo, pero era más fuerte que yo.

– Vamos primero al hotel, así nos fijamos tranquilas a dónde podemos ir esta noche – a mí tanto me daba; me sentía tan perdida que cualquier sitio estaba bien, y todos estaban mal.

 Llegamos a un hotel de primera, no paramos en la entrada principal, pero un chico vino a buscar el coche para estacionarlo. El ascensor no tenía ascensorista, pero no parecía ser el de servicio. Subimos casi hasta el último piso, Diana solamente me miraba, no decía nada, llegamos y salimos o mejor dicho entramos en una suite, más parecida a un departamento.

 Si no estuviera tan angustiada me hubiese dado cuenta que ese lujo no era normal. Un salón con sillones rodeando una mesa pequeña. En el otro extremo otra mesa donde tranquilamente podían comer cuatro personas sin molestarse. Me habló despacio, con calidez.

– Ponte cómoda, yo también me voy a poner cómoda, estos zapatos me están matando, espérame así nos fijamos donde podemos ir – paso a lo que supuse que era la habitación, mientras me quedé en sentada en el sillón, esperando a que volviera.

 Estaba acongojada, pensaba que si me hubiese quedado, quizá podría salir con ella; por otro lado ni yo me lo creía, este era el desenlace lógico, pero es que me partía el alma.

Apoyé la cara en las palmas de mi mano, y dejé que las lágrimas salieran sin estridencias, no quería que me viera llorando. Una mano se posó en mi hombro, me sobresalte, quise ocultar mis sollozos, pero me fue imposible. Se sentó al lado mío y me atrajo contra su pecho mientras me acariciaba.

– Tranquila, tranquila, llora si te va a hacer bien, pero entiende que hiciste lo correcto, fuiste muy valiente, esto se te va a pasar y veras que fue lo mejor. Sabía que tenía razón, pero no podía parar de llorar.

– Si quieres te llevo de vuelta, pero va a ser el peor error de tu vida, es la oportunidad de ser tu misma. Si hoy tú te sometes, sabes que ella va a pasar, pero tú no vas a poder estar sin que te someta alguien. ¿Quieres qué te lleve?

– No, pero por favor, déjame estar un poco así.

– Sí, pero espera un poco, vamos a levantar un poco el ánimo – fue hasta un barcito a preparar unos tragos, los puso en la mesa con una hermosa caja de bombones, yo estaba ansiosa, no sé porque en sus brazos me sentía segura

 – Ahora sí, ven siéntate en mi falda y me cuentas lo que realmente sientes, pero primero tómate un trago que te va a reconfortar y cómete un bombón que eso ayuda a matar las penas. Quizá no tendría que haberlo hecho, pero en ese momento me pareció lo más natural. Apoyé la cabeza sobre su hombro y me dejé abrazar, no sabía lo que decirle, pero al fin fue ella la que habló.                     

-Sé lo que te pasa, pero te tienes que dar cuenta que justamente, pasa, y no lo vas a poder evitar porque es lo que quiere que pase. Quiere tenerte agarrada de las narices para que estés sometida a sus deseos, ¿qué coño le viste para sentirte así?

– Es que es tan hermosa, a veces es tan dulce

– ¿Dulce ella? Mi amor, tú tienes el paladar estropeado    

– No te rías, ¿me vas a decir que no es linda?

– Camila, al lado tuyo no es nada, mírate al espejo, mira esa carita de niña buena que tienes, esos ojitos llorosos que dan ganas de secarte las lágrimas a besos (no me las terminó de secar, pero me los besó a gusto) ¿cómo puedes comparar? Si tú eres una princesa, esa boquita que en cada beso promete el paraíso, ese busto, que aún sin verlo, hace volar la imaginación a sitios impensados.

– Eres una exagerada, ella tiene tetas más grandes, más lindas.

– Más grandes sí, que bien caras le salieron, pero no las puedes comparar, las tuyas son naturales, mira, las aprieto un poco y están vivas, deja que vea lo hermosas que son.

– Qué quieres, ¿qué me saque la blusa y el sujetador para que me veas las tetas?

– Pues eso es lo que quiero. Mira si esto fuera una mala novela, tendría que agarrar la copa y cómo al descuido volcarla en tu blusa, te pediría que te sacaras todo para lavarlo antes que se arruinara la ropa, ¿Para qué voy a hacer eso si me las puedes mostrar igual? Anda, déjame que te quito la blusa y muéstrame esas divinidades – no le dije que sí, pero me la sacó lo mismo, total, que en un ratito me tenía con las tetas al aire – ves que tengo razón, míralas, hermosas, apenas sienten una caricia mira cómo tiran para adelante, Jesús si debe ser un manjar tenerlas en la boca, ¿las de ella reaccionan así?

– Y yo que sé, no me las dejaba besar porque dice que se las puedo estropear.

– Y sí, le jodes una silicona y vaya gasto, no me explico donde le ves tanta hermosura.

– No digas eso, es hermosa, no soy yo solamente la que lo dice, mira a Elena.

– Sí, la pobre Elena que va a terminar como tú, encandilada con el primer farol que le apunta, cómete otro bombón. Mira que caja tan linda (no me hice rogar, si hay algo que me puede son los bombones, estos eran de los mejores) ¿te, gusta, no es una caja bonita?

– Sí…me gusta, más me gustan los bombones.

– Claro, pero es linda ¿cómo dirías que es? – no sabía a donde me llevaba

– Una linda caja de bombones

– Eso, pero si le saco los bombones, y la lleno de mierda ¿cómo la llamarías?

– Y no sé, una linda caja de mierda – mientras tanto me seguía magreando las tetas y me estaba poniendo mala

– ¿Ves cómo empiezas a llamar a las cosas por lo que son? Pues Lucrecia es eso, un paquete de mierda en un vistoso envoltorio, pero al lado tuyo no es nada. Se tiene que privar del placer de sentir que alguien le bese los pechos como te los debe besar a ti.

– No. si a mí no me los besa.

– ¿Cooomo? Pero esa mujer es boba, está loca, poder gustar de estas hermosuras y no aprovecharlo, pero si hasta parece que me están llamando – yo debía estar sorda porque no escuche que la llamara nadie, igual fue, y me pegó unos chupetones que me dejaron temblando. Ya no me daba ganas de llorar, pero por otro sitio notaba que me estaba mojando.

– Diana, ¿qué quieres hacer conmigo? – le pregunté temblorosa

– Uy perdona, no pude evitarlo, es que eres tan…tan…;seguro que no te gustó, no me di cuenta ¿me podrás perdonar? – me preguntó compungida.

– No, no te pongas así, sí que me gustó, pero no somos nada

– Y si te gustó, ¿qué quieres que seamos? ¿o me tengo que casar contigo para chuparte una teta?

– Ay, no seas ordinaria, me lo podías decir de otra manera

– A claro, te ofende que te hable así y te aguantas cómo te habla la bruja esa, cómo yo soy vieja te molesta, no te creas que tengo muchos años más. pero claro, no tengo las tetas como ella, pero no tuve que pagarlas, son mías.

– ¿Que me vienes con ese cuento de que eres vieja? No creo que tengas las tetas tan mal, déjame ver – le abrí la bata y no tenía sujetador. Se me ocurrió que las intenciones de esta señora no eran muy claras, pero no me parecieron malas, le apreté los pezones y se le empitonaron

 – Parece que estos también están vivos, ¿será qué se pueden chupar? – me habían agarrado unas ganas, que ya me olvidé de Lucrecia y mi amor eterno

– ¿Cómo me los vas a chupar si no somos nada? ¿me prometes que sí te dejo, después te vas a casar conmigo? – me dejó con la boca abierta, no sabía que decirle

– Es que…yo…todavía soy muy joven para casarme, no…sé, tendría que pensarlo, me lo dices así

– Tú eres joven, yo no lo soy tanto ¿hasta cuando quieres que te espere? Que me ponga vieja y no sirva para nada – me miraba con el ceño fruncido, me dio miedo. Qué día, primero con angustia, ahora caliente y asustada.

– Mira, no te las chupo, y lo de casarnos déjame pensarlo, quizá te convenga alguien más mayor, que te comprenda mejor. – me tenía bien sujeta

– Claro, porque yo soy incomprensible, a la loca esa la comprendes, aunque nunca te haya chupado las tetas, pero a mí que te las chupé no me comprendes, no comprendes que yo también quiera que me las chupes.

– Pero sí, yo te comprendo, te las chupo todo lo que quieras, pero digo, eso de casarnos lo tendríamos que pensar – estaba temblando, no sabía cómo se lo iba a tomar.

– Bueno, pero mientras tanto, vamos a hacer cómo si estuviéramos casadas – me besó en los labios, yo no atinaba a hacer nada, vaya a saber lo que quería de una esposa – no sabes besar, vas a tener que aprender, aflójate un poco – el beso, sin ser gran cosa me había gustado, aflojé un poco los labios y se zambulló, sentí su lengua hacerse dueña de mi boca, pensé que hasta podía hacer música con mi campanilla. Por mi pierna, una mano impertinente avanzaba cuesta arriba a la boca del volcán que era mi vagina. Cuando llegó me corrió las bragas con prepotencia hasta jugar con un dedo en mi entrada. Me separé un poco para preguntarle.

– Diana, ¿esto vamos a hacer cuándo estemos casadas? – se me quedo mirando sorprendida, se echó a reír de una manera que me estaba cayendo gorda – ¿de qué te ríes?

– ¿De verdad te creíste que me quería casar? Con razón te tenían como te tenían. Tonta, te voy a enseñar lo que hacen las casadas, pero de casarnos, ni borracha – la burla me dio un poco de rabia, pero el alivio que sentí fue mucho mayor, claro que aparte sentí ese dedo que ya no estaba en la puerta, había incursionado en unas profundidades que me tenían hirviendo. De pronto se quedó quieta y me hizo parar me tenía desconcertada.

– Bebe (era la primera vez que me llamaba así) esto del sillón será muy romántico pero la cama es más práctica para las casadas

Me llevó a la habitación, me aflojó la falda que cayó al piso, me hizo acostar para sacarme las bragas

 – Bebé, cómo pierde esto, creo que hay que cambiarle el cuerito, mientras tanto a ver si lo soluciono – hundió la cabeza entre mis piernas y no solucionó nada, apenas metió la lengua todo lo que había acumulado desde que me chupó las tetas, lo solté entre gemidos sin poder evitarlo.

El placer que me dio fue algo desconocido, pensé que me iba a mandar a la mierda por no haberle avisado que me iba a correr, pero no. Siguió con la tarea como si no hubiese pasado nada, y para mi sorpresa, yo seguía tan caliente como si no hubiese pasado nada.

 Diana, creo que se llamaba la diosa de la caza, si es así a mí me había cazado bien cazada, y no me daba nada de pena. Sentía esa lengua haciendo maravillas en mi raja, esos dedos que parecían que ya me querían enseñar la tabla del dos, con la promesa de enseñarme la del tres, mi clítoris en la gloria, ni en mi mejor sesión de dedos lo había mimado tanto

– Diana, Dianita, si sigues así vas a terminar conmigo.

– ¿Quieres que pare bebé?

– No, sigue, sigue, termíname si quieres, que es una buena forma de terminar, ay mi madre que me parece que me voy a correr otra vez, sí por favor no pares, ay que me viene sigue que si quieres me caso de verdad, ya viene, ya viene, y que me corro; y me corríiii. Si con el anterior me había hecho gozar como una marrana, con este goce por toda la piara. Quedé despatarrada pidiendo aire; se puso a la par y me hizo conocer el sabor de mi coño.

– Bebé, ni que fueran tus primeros orgasmos

– No abran sido los primeros, pero fueron los más intensos

– Eso me pone contenta, por lo menos en comerte el coño te hice olvidar a la loca.

– No necesitabas mucho para hacérmelo olvidar, nunca me hizo sexo oral

– Pero ¿qué te hacía? ¿cómo era el sexo entre ustedes?

– A ella le gustaba verme masturbar, eso la calentaba mucho, cuando veía que me estaba por correr, entonces hacía que le hiciera el oral yo, siempre me reprochaba que se lo hacía mal, por eso ella no me lo hacía a mí, pero yo notaba cuando se corría, eso me gustaba, aunque protestara porque se lo había hecho mal, después de eso me pedía que me fuera.

– Ay bebé, no sé cuál de las dos son más bobas, mira que perderse esa cosita que tienes entre las piernas, hay que ser, ¿con todas tus novias fuiste así? ¿cuándo te diste cuenta que eras lesbiana?

– Nunca había tenido novia; novio sí, pero novia fue la primera, no sé si soy lesbiana, la única que me gusta es ella. Fue tan dulce cuando la conocí, que sin darme cuenta me enamoré, pensé que era así hasta que aprendiera.

– Pues bueno, fue así, espero que ahora hayas aprendido – me quedé callada, en algún lado había una parte que no me dejaba estar segura.

– Diana, ahora eres tú la que me tiene que decir si se comer un coño, o me voy a tener que contentar viéndote masturbar – se echó a reír.

– No, no te preocupes que eso no te contentaría ni a ti ni a mí. Vamos a hacer una cosa. No creo que haya algún sitio que la pasemos mejor que aquí; vamos a pedir que nos suban la comida que después la noche es nuestra.

– ¿Pero tú no te excitaste?, pensé que de verdad te gustaba

– Y me gustas, pero cuanto más caliente esté, mejor me vas hacer correr

– No me lo dejas claro eso de que te tengo caliente

– ¿No me crees? Toca – me llevó la mano a su vulva, eso era un charco

– Te corriste cuando estabas ahí abajo.

– No, pero casi, cuando me corra te vas a enterar, ahora pégate una ducha mientras nos traen la cena.

– ¿Qué me pongo para cenar?

– Ponte la salida de baño, sino te pones una bata mía.

Me metí a ducharme, mientras Diana hizo el pedido. Salí con una salida de baño que apenas me tapaba el culo. Se metió ella, no quiso que la ayudara, no tardó mucho, tenía miedo que llegaran y los tuviera que atender yo vestida con la salida.

Salió envuelta en la toalla, abrió el armario lleno de ropa, eligió una bata que la cubría totalmente, apenas había terminado cuando llegó el servicio. Yo me quedé en la habitación y ella se encargó de todo. Nos sentamos a cenar y me quise sacar una duda, entre las muchas que tenía

-Diana, ¿cómo es que viajas con tanta ropa? Debes usarle toda la bodega al avión.

– No mujer, esta ropa queda aquí, lo que pasa, es que se puede decir que mi base es esta, voy a diferentes sitios, pero este es mi centro.

– Pero ¿no te sale un dineral pagar el hotel siempre?

– No pago el hotel, este departamentito es mío, cuando no estoy, el hotel me paga a mí por usarlo. Cuando no estoy se corren las mamparas y ese armario queda oculto.

– ¿Y qué vienes a ser de la empresa?

– Qué preguntona, te voy a contestar. Soy accionista y una especie de segundo sindico, digamos que más allá de lo contable, vigilo cuando algo empieza a andar mal, antes que se refleje en los números.

Seguimos hablando de esa guisa, terminamos volvió a llamar y nos trajeron los postres y se llevaron la vajilla. Terminamos los postres también y preparo unos tragos

-Vamos a tomar tranquilas, que ya sabes más de mí que muchos que me conocen de años. Siéntate arriba mío que me gusta mucho – me senté, a mí también me gustaba

– ¿No te enfadas si te hago una pregunta?

– No sé, me parece que no, casi siempre lo que me enfadan son las respuestas

– Tú anduviste con Lucrecia – me miró sorprendida y se echó a reír.

– No por Dios, ¿cómo se te ocurre eso?

– Es que sabes bastante de ella, y a lo mejor alguna vez tuvieron algo.

– No, no tengas miedo que si quieres seguir no te voy a hacer competencia 

– No es eso, me hiciste ver bien las diferencias entre lo bueno y lo nocivo, igual no sé si voy a ser capaz de odiarla

– No Cami, ni se te ocurra, si llegas a sentir odio estás perdida, ella no tiene que significar nada para ti, como si no existiera, fue la primera mujer que te hizo ver que lo tuyo está de este lado, y eso se te hizo una obsesión, lo tuyo no es ella, son las mujeres, alguna vez vas a conocer una que te llegue de verdad, y ahí vas a conocer el amor. Lucrecia está en la empresa porque está recomendada por otro accionista, y al fin hace más daño a las personas que a la compañía.

– Así que ahora estoy en manos de parte del capital de la empresa, y por lo que siento, mi culo parece que va a ser parte de ella también.

– Todavía no sabes todo lo que va a ser parte de ella

– Y a mí ¿no me van a dar nada para llevarme a la boca cómo premio?

– Si cariño, también te toca (se abrió la bata y mostró las tetas) mira, no son una belleza como las tu…

– Ah, déjate de tonterías y dame – me abalancé, desde cuando me las chupó que le tenía ganas, unas ganas tremendas, era la primera vez que mamaba de una teta desde era una beba, y me gustó, tenía la ilusión de hacerle sentir lo que me había hecho sentir, creo que lo conseguí porque enseguida me apartó.

– Déjame un poco más – tapó mi boca con la suya, en un beso que soltaba fuego, tiritaba, deseaba que fuera de calentura, y debía ser.

– Bebé, el sillón seguirá siendo muy romántico, pero yo soy más de cama, vamos – pasamos la puerta y la abracé, me gustó hacerlo, yo que siempre fui pasiva, tomé las riendas de la situación.

 Le solté la bata que se deslizó hasta el suelo, estaba desnuda, la fui llevando hacia la cama y apenas la empujé se dejó caer sin soltarme, caí arriba de ella. Me agarró un ataque de frenesí, de golpe quise hacer todo lo que había deseado hacer con Lucrecia.

 No pensaba en ella, pensaba que estaba con una mujer esplendida que no me decía lo que tenía que hacer, estaba esperando pasivamente a ver lo que le hacía. La besé, le besé el cuello, la oreja, la cara, volví a sus senos. Había leído relatos de como dibujaban el cuerpo a besos en el camino a su pubis. No tuve paciencia, solté sus pechos y le abrí las piernas para enterrar mi boca entre ellas. Estaba mojada, muy mojada, no sé si ya había tenido un orgasmo, o se lo estaba aguantando para que fuera más fuerte, yo quería estar ahí cuando lo tuviera. Pasé la lengua por ese montículo de un tamaño que me encantó, calentito, palpitante, parecía que me llamaba, me lo metí en la boca, chupé con entusiasmo. Soltó un gemido

– Despacito bebé, no es para que te lo comas, que no tengo más – no era de hacer mucho barullo, simplemente me acariciaba la cara y me iba llevando a donde más placer le daba y más placer me daba a mí.

 Me hacía la ilusión que lo estaba haciendo bien, me acordé que me había metido dos dedos, y allí fueron, con el mismo cuidado que lo había hecho lo hice yo, se empezó a menear, ahora mi lengua se pasaba por toda la raja y los dedos iban más por libre. Me pareció que ya era bastante grandecita para conformarse con dos, y allá fue el tercero, pegó un saltito, empezó a murmurar lo que era música para mí.

– Qué bien que lo haces bebé, sigue así cariño, hazme gozar como nunca – los suspiros eran cada vez más violentos, notaba que hacía fuerza para no correrse, pero al fin claudicó. Una catarata de jugos salió de su coño, me desviví para tragármelo todo, no quería ser maleducada, ella se había bebido todos los míos, yo tenía que beberme los suyos.

 Quería seguir, después de todo, antes de cenar me había hecho correr dos veces, pero me pidió que esperara y me arrastró a su lado. Quedé encima tenía la cara empapada.

– Cómo te puse corazón, pero es que lo hiciste muy bien, ven que te limpio un poco – me pasaba la lengua por la cara, me parecía tan sensual que la temperatura se me estaba yendo al techo, me llevé la mano a la vagina, no aguantaba y no quería pedirle; qué saliera de ella – ¿Qué haces?

– No, nada. Es que estoy un poco excitada.

– Pero chiquilla tonta, ¿te crees que estás con la tontarrona aquella? Ven para aquí – me agarró del culo, tiro para arriba hasta que llegué a apoyarle el coño en la boca, ahora era yo la que gemía, quería saber cómo era eso de aguantarse para gozar más. No sé, hice lo posible pero no me aguanté mucho, me corrí como si hiciera un año que no follara. Quedé en estado de gracia, me tenía amarrada entre sus brazos, me miraba y se sonreía, y yo estaba tan bien sintiendo su cuerpo rozándose con el mío

– ¿Así que no sabías si eras lesbiana?, pues ahora te sacaste la licenciatura

– ¿Me vas a ayudar con el doctorado?

– Claro que te voy a ayudar, cuando pase por aquí te llamo, si no tienes compromiso seguimos con las lecciones, ¿te parece?

– Sí, pero ¿no podíamos adelantar algo ahora? Me quedé con ganas de saber qué más puedo encontrar ahí abajo; no es una caja de bombones, pero es sabrosa, sé que no me voy a cansar de comerla

– No te quiero dejar con las ganas, pero tampoco quieras comer tu sola, que lo tuyo también es sabroso.

Nunca pensé que el famoso 69, pudiera ser tan placentero, estuvimos hasta terminar agotadas, y agotadas nos dormimos.

Nos despertamos tarde. Esta vez nos duchamos juntas, es la peor forma de querer apurarse. Mientras nos ayudamos a jabonarnos, todo marchaba bien, a la hora de secarnos, terminamos haciéndolo en la cama, bastante trabajo nos dio.

Me invitó a almorzar en un restaurant de categoría. Me tuvo que regalar unas bragas porque las mías no las había lavado de lo de anoche, y con ese olor no me dejaban entrar ni en una cuadra, las mías se las quedo ella.

Almorzamos en un ambiente relajado entre chistes y picardías, al otro día se tenía que ir a Portugal, así que al terminar me llevó a mi departamento.

La invité a tomar un café y aceptó. No tiene nada que ver con el suyo, pero lo tengo limpio y prolijo. Tomamos el café y llegó el momento de la despedida, nos abrazamos mientras nos comíamos a besos. Siento sus manos meterse entre mis bragas, me mojo. Si ella quiere eso, eso va a tener.

Voy buscando su almeja y cuando la apunto, le meto de sopetón los dos dedos de rigor, no me cuesta nada, está tan mojada como yo. Quedamos apoyadas contra la puerta masturbándonos como locas, tuve que aguantar, pero conseguimos corrernos al mismo tiempo.

-Bueno, como despedida creo que está bien, ahora me marcho más liviana.

– Yo también me quedo más liviana, pero déjame tus bragas que quiero tener algo tuyo.

– Pero si las que llevas puestas te las di yo.

– Estas, si quieres te las llevas, yo quiero las que tienes puestas ahora, cuando me acuerde de ti quiero oler tu fragancia cuando me masturbe.

– Yo tengo las que me dejaste; pero mira que irme con el coño al aire, hay que echarle, pero toma, y felices pajas.

Nos besamos con ganas de seguir, pero todo al fin se acaba.

El lunes llegué a la oficina contenta, me saludé con Natalia con dos besos.

Natalia aparte de ser mi jefa es mi compañera, las dos hacemos lo mismo, pero ella es la que sabe todo (y cuando digo todo es todo) y me guía, nos llevamos muy bien. es alta tiene un cuerpo bastante trabajado, siempre anda sola, tendría que tener mejor suerte, pero es que es fea. Es lo más parecido a Rosi de Palma, lo que tiene de fea, lo tiene de buena, es tímida, más dulce que el chocolate, sabe de lo mío con Lucrecia, me quiso aconsejar, pero cuando vio que no era de mi agrado, no se metió más.

Nos sentamos para empezar con nuestro trabajo, estaba concentrada en unos papeles, cuando me interpela Lucrecia.

-Oye, te dije que no te fueras el otro día y no me hiciste caso, tenía ganas de pasar la noche juntas, parece que la vieja te ofreció algo mejor.

– No me ofreció nada, estaba aburrida y tú estabas tan ocupada que se me dio por salir a divertirme un poco con ella.

– Pues me parece que vas a tener que seguir divirtiendo con ella, porque lo que es conmigo, si quieres volver a salir, te lo vas a tener que ganar, me lo vas a tener que explicar bien.

– Bueno, pero en otro momento, mira, ahora tengo que terminar este trabajo.

– A mí no me cortas de esta manera, en el refrigerio quiero que vengas a mi escritorio y me pidas perdón, sino olvídate de mí – la miré por arriba del ordenador y le dije.

– Olvidada Lucrecia, olvidada – y seguí tecleando, se puso colorada de la furia, con una expresión de odio que no me hubiese imaginado.

– Hija de puta, ya te voy a ver arrastrándote – me escupió. La miré y seguí en lo mío mientras marchaba furiosa

Natalia me miraba incrédula no lo podía creer

-Caramba ¿qué pasó, nació una nueva Camila? – pregunto con una sonrisa

– No mujer, es la misma Camila que aterrizó

Continuara

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