Claudia y Él – relatos eroticos

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Ni una brisa movía las cortinas. La persiana extendida sobre la ventana dejaba sus agujeros libres pero carecían de movimiento en la noche quieta y asfixiante. La escasa luz que se colaba desde la calle le permitían distinguir sus pechos desnudos subiendo y bajando a cada respiración. Al lado Miguel, su novio, ya dormía, mitad satisfecho por el orgasmo previo, mitad asfixiándose por unos ronquidos cada vez más molestos.

Claudia sabía que no iba a dormirse con facilidad. El sexo no había sido ni bueno ni malo, simplemente intrascendente. No es que no quisiera a su novio. Llevaban poco más de medio año viviendo juntos y a punto de cumplir los tres de relación. Ambos componen una pareja bien parecida, casi modelos de fotografía. Él, de 1,80, ágil y deportista. Rubio de ojos verdes ya en la residencia de su especialidad tras sacarse medicina con cum laude. Ella, morena de profundos ojos negros. De 1’70 de altura, con unas piernas y culo magníficos fruto de una genética natural y de una predisposición para el atletismo. Arriba, sería imposible dejar de mirar sus voluminosos labios sobre una alargada y siempre sonriente boca, sino fuera por sus espectaculares pechos, de talla 100, con aureola mediana y coronada en unos pezones duritos y respondones a la más mínima excitación. Cierto complejo sufre nuestra protagonista porque más de una vez se ha visto comprometida y ruborizada por sus reacciones instintivas con sus tetas como protagonistas, por lo que procura minimizar su impacto con sujetadores deportivos y tops voluminosos.

Los segundos eran horas y ella no podía dormir. Vueltas y más posiciones de su cuerpo sobre la ardiente sabana, recipiente de los sudores de la pareja y ahora de las dudas de ella. Y más mareos y vueltas en su cabeza llena de dudas y de preguntas sin respuesta ni interlocutores a los que preguntar.

Desde hacía unas semanas a Claudia le concentraba concentrarse, sobretodo cuando estaba con su novio Miguel, intimando, acercándose al sexo puro y duro. Las clases iban fenomenal y su licenciatura en periodismo con excelentes notas eran motivo de orgullo. Había encontrado un trabajo de media jornada en una conocida marca de ropa para sacarse un dinero extra esos meses y paliar el trastorno que los recortes y el capitalismo de amiguetes habían provocado cuando le negaron la beca. Sus padres orgullosos de ella y sus hermanos, presumían de primogénita y hermana mayor. Se había instalado en el ático de su novio y todo parecía retratarse como una vida, una época de éxito y pasión.

Pero algo nublaba la mente de la joven. Viviendo la rutina con Miguel no conectaba con él tan bien como antes. No es que las costumbres de puertas para adentro hubieran robado amor en la relación. No es que en la intimidad del hogar el príncipe azul se hubiera transformado en un dictador de sala de estar. Ella se sentía genial con él haciendo vida, como si fueran amigos, conversando y haciendo las tareas de mantenimiento del hogar. Pero a la hora del sexo, de empezar a calentarlo y ponerlo en ebullición la cosa ya no fluía. Desconcertada y descentrada no sabía si era cosa de él, de ella o de tantos cambios en tan poco tiempo.

Lo cierto es que su nuevo trabajo le había dado nuevas oportunidades. El fornido chico rumano que trabaja como guardia de seguridad en el centro comercial y con el que cruza miradas cada vez que se ven. Novios y maridos que acompañan a sus parejas a comprarse trapitos y que mientras ellas rebuscan o se prueban, ellos la buscan y ansían probarla. Mayte su encargada y jefa que no perdió detalle ni ocasión de meterle mano cuando se probo el polo que compone el uniforme de trabajo.

Pero era el más insospechado el que turbaba sus pensamientos. El que hace que su corazón lata más deprisa cuando le ve a punto de subirse al autobús. El hombre que remueve su conciencia, excita sus sentidos y pulsa sus bajas pasiones cuando pasa delante de ella. Coinciden sobretodo cuando va a hacer el turno de mañana y bajándose en la misma parada en ocasiones lo ve caminar en dirección contraria con destino sus tareas y sus cosas. Por supuesto no sabe como se llama. No se atreve casi ni a mirarle y se siente pequeña y frágil cuando se cruzan la mirada, se lanzan alguna sonrisa o saludo de cortesía, de esos que se están perdiendo hoy en día en nuestras relaciones.

Él, alto, casi 1’90. Fuerte, sus chaquetas marcan una distancia entre hombros poderosa y las camisas resaltan sobre un pecho fornido. Claudia se fija en sus manos cuando tiene ocasión. Amplias y rugosas. Sus ojos azules son delito. Siempre afeitado sus arrugas brillan y aun marcando juventud, el pelo corto y cano lo ponen en los 50 ya lejos los 40.

En la cama, ahí tumbada, piensa en todas estas cosas y no se saca el perfume y la sonrisa de su galán maduro. Ni siquiera los ronquidos y el calor de su novio lo borran de su mente y ya su cuerpo reacciona a su ensoñación. La piel se eriza y siente su coño recobrar movimiento, humedecerse de forma tenue, mientras sin darse cuenta una mano estruja y amasa su pecho. La turbación y el placer va en aumento los siguientes minutos hasta que en un haz de cordura Claudia decide parar y no tocarse por su anhelo junto a su novio en la cama.

Se levanta y descalza llega al baño justo para lavarse la cara. Mirándose al espejo, con las tetas al aire, desafiando la gravedad vuelve a palpar su braguita. Decide intentar dormir apaciguando su deseo aunque pueda ser una causa perdida.

Uno. Dos. Tres y hasta cuatro molestos pitidos del despertador la sacan de un sueño que no ha sido ni tranquilo ni reparador. Claudia entre abre los ojos y remolonea girándose hacia Miguel que ya se incorpora para empezar el día. Comienzan sus rutinas y preparativos y desayunan juntos sin intercambiar más palabras que las relativas al acercarse el azúcar o déjame ese cuchillo.

Media hora después, Claudia está en la parada esperando a subir al bus para trabajar otra mañana. En los cascos suena el Fascinados de Sidonie. Guarda el bono bus y se ajusta las gafas de sol de aviador. Se sienta. Aprieta nerviosa su bolso. El autobús ronronea la cuesta para girar hacia la siguiente avenida. Hacia el final ella espera verlo. Y allí aparece. Vaqueros, cinturón negro, camisa blanca y su americana gris marengo. La bolsa del portátil, como cada mañana. Lo ve deslizarse hacia dentro del vehículo hasta sentarse a su izquierda en la otra hilera de asientos. Se sienta junto a una chica que podía ser ella, pero que no lo es, por lo que se maldice por no haberse puesto ahí.

Mira con disimulo la figura que componen los vaqueros en el hombre sentado. Sube la vista, le ve las manos. Una pequeña pulsera de plata de eslabón grueso. Sigue su mirada hacia arriba hasta encontrarse con la suya. Él le sonríe y asiente en forma de saludo. Ella corresponde con timidez y vergüenza. Se vuelve a sentir pequeña y frágil. Y lo desea.

El viaje transcurre con la normalidad de cada día. Va a llegar su parada. La parada de él. La parada de ambos. Claudía se pone la primera junto a la puerta agarrada con la mano izquierda en la barra para no perder el equilibrio. De repente siente un calor encima de esa mano. Y un embriagador aroma que llena su nariz y sus pulmones. Ve la mano izquierda de él, grande, amplia, bajo la americana gris marengo. Sabe que está detrás de ella y se agita. A duras penas evita temblar mientras procura quedarse con el olor de su anhelo.

Las puertas se abren y los pasajeros van bajando. Ella pone pie en el suelo y siente por su lado derecho rozar esa americana, ese cuerpo. Lo ve deslizarse en dirección el edificio de oficinas. Claudia se para en la acera tratando de recomponerse. Siente como su corazón palpita rápido. Como se le ha secado en un instante la boca. Y como, sin embargo, percibe el cosquilleo incipiente en su entrepierna.

Pasa el día sin pena ni gloria. Rutina. Son casi las 12 y ella acaba su jornada. Tiene ganas de llegar a casa. Ha decidido masturbarse en cuanto cierre la puerta. Pero sus planes se desbaratan y le toca quedarse más rato. Mayte le ha prometido un sábado si le ayuda a organizar un gigantesco pedido que ha llegado de imprevisto y ante tal oferta no puede más que escribir a Miguel y decirle que coma sólo, que ella va a quedarse más rato y que podrán irse un finde a la casa del pueblo como él estaba deseando. Comienzan a trabajar en la trastienda, donde el calor es más intenso. Ambas se sacan su chaqueta y quedan con la camiseta negra, con el nombre de la marca abultándose al pecho. No ha habido mejor marketing publicitario.

Se siente observada y a la vez observa que Mayte a sus treinta y tantos también calza un buen par de peras. Decide concentrarse más en su trabajo y a las tres de la tarde prácticamente han terminado. Mayte la invita a comer en una franquicia de restaurante del centro comercial. Ensaladas ligeras, un granizado de limón y una cerveza para su jefa. Postres, café y conversación insulsa. El alboroto es constante. Multitud de personas buscan y encuentra mesa alrededor. Mayte disimula su interés en Claudia hablando de los tíos que pululan alrededor y pone su atención en él.

Junto a otros tres hombres de la misma edad piden en la barra de enfrente. Parece que sólo toman café y cuando todos tienen su vaso de plástico en la mano deambulan seguramente de vuelta a la oficina. El tío está imponente y Mayte lo destaca diciendo “¡Menudo culo tiene le hijo puta ese!”.

Claudia lo ve marchar mientras él, sonríe y conversa con sus acompañantes. Se fija en su caminar seguro y dominante y ensimismada se pierde otro comentario exabrupto de su jefa: “¡Cómo tenía que tiene que estar el nene con treinta!”.

Las dos mujeres apuran su café y vuelven a la tarea para confirmar que todo el pedido ha quedado expedido como marcan las pautas de la empresa. Les lleva media hora más. Son las cuatro y cuarto y Mayte deja que Claudia marché.

El sol pega con insistencia y la parada de bus muestra el completo de hora de salida de los oficinistas. Hay multitud de personas. Hombres y mujeres que por su indumentaria trabajan en las oficinas de en torno al centro comercial. Le busca pero no le encuentra. Y llega el bus. Comienzan a subir lentamente. Claudia pasa como puede hacía la segunda mitad del vehículo. Los asientos están todos llenos. El pasillo se hace exiguo lleno de gente a la que no le va a quedar más remedio que ir de pie.

De repente percibe el mismo olor de la mañana, pero atenuado, mezclado con un olor que reconoce, un olor de hombre. Se gira y allí está él. A su lado, sonriéndole y mirándole con esos profundos ojos azules. Otra vez sintiéndose pequeña y frágil. Nota la mano de él deslizarse por la barra a su espalda para poder sujetarse. Nerviosa nota el parón del bus en la siguiente parada. No baja nadie y suben 10 personas. Se aprietan, se rozan, se sienten. Él toca su espalda.

-“Perdón”, le dice; Claudia sólo puede sonreír.

-“Parece que vamos a ir todo el camino así”, él le habla. Y Claudia sonríe y balbucea sí y un hay mucha gente.

El trayecto se convierte en placer. Cada vez están más cerca y en la siguiente parada suben más personas de las que bajan. Se apretujan y él cambia de posición, ahora se pone delante de ella. Claudia tiene su pecho delante y se concentra en los botones de la camisa. Un frenazo brusco y ella se agarra a su antebrazo para no caer. Él corresponde cortésmente y su sonrisa calma a Claudia que ahora se disculpa pero no suelta tan placentero asidero.

Sabe que esta cercana ya la parada de él y esos pensamientos se interrumpen cuando él le susurra: “¿Bajas conmigo?”.

Claudia se siente pequeña y frágil, y también sumisa y dócil y asiente.

Se deslizan a la acera ella detrás de él.

Veinte, treinta pasos y por fin, él se gira y le tiende la mano. Caminan juntos, sin decirse nada, cogidos de la mano hasta un portal.

Él, saca la llave. Abre. Caminan por el vestíbulo hasta el ascensor. El silencio acompaña el ruido del motor, las poleas y el de los frenos. Las puertas se abren y pasan a dentro. Ve como él, pulsa el sexto. Suben en silencio. Hay sexo en el ambiente pero también nervios. Llegan, las puertas se abren y la luz del interior ilumina el pasillo. Dos puertas a cada lado y Claudia gira con él hacia la izquierda. Otra llave. Otra cerradura. Un segundo después está en casa de él.

Él, le ofrece un vaso de agua que Claudia acepta.

-“No tiene que pasar nada que no quieras, vale”, suelta él. “A mi edad ya un hombre sabe cuando le gusta a una chica, a una mujer y para mi tú eres un honor”. La seguridad con la que él se desenvuelve tranquiliza a Claudia y le da el impulso para lanzarse a sus brazos.

Busca su boca y se funden en un beso que rápidamente pasa a ser un morreo en el que se sienten la calidez de la boca del otro, soliviantada por la refrescante agua que acaban de tomar.

Claudia nota las manos de él en sus caderas, deslizándose hacia su espalda. Calientes y grandes acarician su piel a través de la ropa.

Él la dirige con poder a su dormitorio. Claudia se deja llevar y ambos se desnudan. Las ropas quedan tiradas en el pasillo y en el umbral cae la camiseta de trabajo de Claudia y entra en ropa interior.

Él sonríe y a la vez enciende el ventilador del techo sobre la cama. En ella se tumban mientras se siguen fundiendo en un beso. Claudia abajo, él encima. Las manos recorren cuerpos nuevos.

Claudia está excitada como nunca. Por el deseo. Por el morbo. Por como le tocan una manos ardientes y enormes. Por como le besan con una lengua juguetona. Por como le aprietan en el abdomen con un bulto enorme que hace que el pantalón de su amante ni se mueve ante la insistencia de sus tirones.

Él en flexión se levanta sobre ella. Le sonríe y le dice “Déjame a mi”. Vuelven a besarse, pero él ya recorre con su lengua su barbilla, su cuello. Sus labios aprisionan sus orejas, los hombros. Nota mordisquitos, pellizcos, lamidas. Ya le nota forcejear con la coraza del suje deportivo que lleva. Él aún experto tiene que pedirle que se lo quite.

Claudia se incorpora y consigue sacárselo para enseguida sentirse derretir cuando nota las manos ardientes de su amante sobre ella.

Sus tetas libres del sujetador son ahora presas de las manazas de su macho quien las estruja y amasa con soltura y morbo. Pellizca, sopesa, acerca su boca y por fin chupa y sorbe pezones y tetazas. Claudia se muere de gusto. Siente su coño ya palpitar ante el magreo veterano que le están dando y entre gemidos y placer, entre abre los ojos para verle a él, maduro y seguro, alucinando con los semejantes melones que ahora posee.

-“¡Son fantásticas mi niña!”

-“Son para ti, amor”, le contesta Claudia.

Él se afana en maximizar el placer de ambos. Embrutece con su lengua palpando las curvas de semejantes ubres. Las ensaliva. Aprieta. Hace que los pezones se disparen al cielo.

Continua su descenso jugando con la punta de la nariz y la lengua sobre el vientre plano de la chica. Su ombligo es campo de pruebas a la próxima lamida.

Las tetas de Claudia quedan libres y rápido siente como le bajan el pantalón y con él la braguita. Su sexo, húmedo y caliente, queda expuesto unos breves segundos hasta que la boca de su macho cubre toda la zona. Él ya lame con gusto. Sus dedos amplían la rajita para poder chupar toda la zona con esmero y aprovechamiento.

Se centra en su clítoris que lame y chupa con devoción. Claudia flexiona las piernas invadida por el placer. Sus pies se retuercen y estiran. Nota como la lengua experta profundiza en su placer. Nota sus jugos y las babas de él. Tiembla y araña la espalda de su amante cuando nota como dos dedos se sumergen en su interior.

Él empieza a follarla digitalmente. Sus dedos y su mano embiste con rapidez y profundidad. Claudia no puede más que gemir, cerrar sus manos sobre las sabanas y sentir. Siente como los nudillos de él chocan contra su culo. Avanza su orgasmo entre los dedos de él. Cada vez más caliente, cada vez grita más, cada vez siente su vagina más caliente y húmeda; cada vez nota más que se va a correr. Y él lo nota y cada vez aprieta más. Cada vez succiona más. Cada vez sus dedos que ya son 4, todos salvo el pulgar, horadan con más fuerza y rapidez.

Y Claudia se corre. Un orgasmo brutal. Con varios espasmos que estrujan su coño sobre la mano de él. Y él chupa sin cesar hasta que se separa de los genitales de ella dejándola descansar y reponerse.

Él la trata como nunca la han tratado y se pone a su lado, abrazándola y besándola. Se funden en un beso que no es ya sólo sexo. Ahí algo más.

El silencio ocupa la habitación unos minutos en los que se acarician. Claudia se siente bien. Deseada. Amada. Nota el bulto enorme en el pantalón de él que todavía sigue puesto. Desea vérsela, tocársela pero no quiere romper el momento.

No tarda mucho en ver sus deseos cumplidos. Él se incorpora y le abre las piernas. La lleva al filo de la cama y se pone de pie. Se saca el pantalón. El boxer va a reventar y Claudia se muerde el labio. No sé había sentido tan cachonda nunca. Le pone el bulto. Le pone el pecho amplio lleno de vello cano. Los brazos fuertes y venados. Esas manos. Sus ojos.

Él se quita con habilidad y una sonrisa el boxer y aparece un vergón enorme coronado con un vello púbico también cano. Una polla gorda y llena de venas, que gira hacia la izquierda y cuyo capullo morado, suave y amplio es descubierto por la habilidosa mano de su portador. Por debajo Claudia atisba dos huevos grandes también salpicados de pelos. Sólo puede morderse el labio.

No hay tiempo para mucho más. Él acomoda su rabo en la entrada del coño de la chica y con habilidad y fuerza la penetra hundiéndosela sin miramientos. Claudia siente dolor pero un intenso placer. Es lo más grande que ha sentido dentro nunca, más grande que su consolador. Nota como vibra. Y siente con los ojos en blanco como el extremo de semejante falo le roza partes que ni sabía que existían. A su vez, él siente un placer inmenso notando como el coñito se faja alrededor de su miembro. El calor va en aumento y el roce de sus pubis extrema las sensaciones.

Así sin moverse durante unos instantes, se besan como dos chiquillos. Él sujeta sus piernas y empieza a moverse en el interior de ella. Primero despacio y poco a poco, casi sin moverla dentro. Va aumentado ritmo y profundidad. A los minutos ya se la saca hasta que el capullo siente los labios vaginales y en un compas 2×4.

El polvo ya es sexo puro. Acompasan sus movimientos y respiraciones y gimen. Se aprietan. Van 10 minutos y el coñito de Claudia es penetrado por un pollón tremendo que la hace bufar y sudar. No menos que él, que se siente poderoso dando placer a la chica y tratando de aguantar el momento.

Continúan por 10 minutos más en esa postura. El sudor ya resbala las manos de ella apretadas en los codos de él. Las piernas de Claudia han cambiado de posición sintiendo el máximo placer cuando su amante se las ha llevado a los hombros. Ahí ha tenido su siguiente orgasmo que se ha prolongado por casi dos minutos. Mantienen la posición en la cama que sufre las embestidas de él. A más ritmo ahora apoya las manos a ambos lados de la cabeza de la chica y se besan. En esa postura Claudia abre muchísimo los ojos y la boca para gemir y respirar. Nota el pollón horadándola pero también la barriga de su amante rozarse con su clítoris. El placer es inmenso y rodeando con sus piernas a su macho le pide que no pare que siga follándola así. Él quiere darle todo el placer que puede y se mantiene en la postura follando a todo gas con una penetración profunda y cachonda. El placer es tan inmenso en ambos lados que Claudia no tarda en correrse abundantemente entre sollozos, gemidos y bufidos. Ahora él va a tope y le anuncia que está a punto de correrse.

Claudia le pide por favor que no lo hago dentro. Él se sale y acerca su polla húmeda, brillante e inhiesta delante de la cara de Claudia que abre su boca para recibir tan magnífica golosina. Claudia engulle el miembro de su amante. Se moría por palpar los huevazos de él y ahora los tiene delante y se presta a amasarlos. Saca la polla de su boca y comienza a chupar y lamer los cojones de su macho. Bien ensalivados quedan antes de que la chica haga desaparecer el rabo de él entre sus fauces. Él comienza a follarse la boca de Claudia que nota como los músculos de la pelvis de él se esfuerzan por taladrar su garganta. Llena de babas la polla de su amante. Baja una mano a trabajarse el coñito. Lo encuentra tan húmedo y ardiente que no hay problema para que sus dedos se pierdan en su interior.

A su vez nota una mano grande amasar su pecho izquierdo y puntear su pezón. Siente un placer inmenso que aumenta cuando siente a su amante gemir y anunciarle su próxima corrida. Claudia aprieta sus labios alrededor del falo y con la mano que le queda libre rodea con dos dedos por fuera de su boca para tratar de acelerar la descarga. Desea esa leche en su boca y acompasa las profundas embestidas de él con lametones en su capullo antes de que éste choque contra el fondo de la boca. Nota como la polla se ensancha, remarcándose las venas en sus labios. Sabe que se va a correr en su boca y ella siente un placer inmenso inundándole el coño y encharcando aún más las sábanas.

El primer espasmo vierte unas poquitas gotas sobre su lengua. Pasan dos segundos, lo suficiente para mantener la polla de su hombre entre sus labios y recibir así en plena garganta las siguientes dos descargas. El gusto se le llena de la espesura y salinidad de la corrida masculina. El tacto juega entre la acuosidad de su coño que se viene sin remedio y apretar el culo del madurazo que se corre en su boca. La vista se fija en la polla y los cojones que tiene delante antes de perderse embriagada por el placer. El oído es ocupado por sus propios bufidos y el gemido del macho al correrse. El olfato percibe el olor de cuerpos, de sudor y de corridas alunisonas.

Tardan unos minutos en recuperarse de ambos orgasmos. Claudia ha tragado la mayoría de la leche que le han vertido en la boquita. No le ha desagradado en absoluto. Ambos se recuestan en la cama. Él le da un dulce beso.

-“No sabes ni cómo me llamo”, le indica.

-“Ahhhg, es verdad”, responde Claudia. A lo que él indica, “Javier, mi nombre es Javier”.

Durante esa tarde y noche siguieron follando como ninguno de los dos habían hecho jamás. Claudia disfruto en brazos de su amante y sorprendida por la confesión de los 58 años que tiene Javier. Sus vidas cambiaron para siempre.

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