La azafata

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Las largas horas en un vuelo transoceánico dan para mucho. Tenerlo todo controlado y en orden, vigilar y cuidar de los viajeros. Y también para otras muchas cosas de carácter más agradable y placentero si es el caso. Si yo les contara…

Desperté con el martilleante sonar y resonar del despertador que descansaba sobre la mesilla a mi lado. Martilleante pero necesario sin duda, de otro modo seguramente aún seguiría durmiendo hasta no se sabe qué hora. Pero no podía hacerlo, tenía vuelo por la tarde de manera que con un gruñido de fastidio y alargando el brazo, conseguí finalmente apretar el botón superior de aquel chisme. Volviéndome para alargar el brazo al otro lado de la cama, palpé las sábanas vacías pero todavía calientes de la presencia de Alain.

–          Alain… -murmuré su nombre, desperezándome y habituándome poco a poco a la luz tenue del dormitorio de mi pequeño apartamento de soltera.

Los ojos sin mucho interés por abrirse, permanecí un rato más envuelta en las revueltas sábanas de la noche pasada. Noche anterior movida junto a Alain, con el que había hecho el amor hasta bien entrada la madrugada. Sonreí ladina bajo el recuerdo de los varios orgasmos que me había sacado, corriéndose él dos veces y dándome todo el jugo que su cuerpo varonil guardaba. Ahora y todavía medio adormilada, empezaba a recordar la noche vivida en compañía del último de mis amantes.

Volviéndome de nuevo al lado del despertador descubrí una nota doblada. Con impaciencia la recogí abriéndola entre los dedos.

–          Buenos días, preciosa. Tengo que marchar temprano, te quiero no lo olvides –era lo que la nota decía, una buena forma de empezar el día con aquellas amorosas palabras por parte de mi enamorado.

Enganchando el móvil y sin pensarlo lo más mínimo, decidí enviarle un whatsapp.

–          Te echo de menos cariño.

–          Estoy en la oficina. ¿Ya despertaste dormilona? –apenas unos segundos después el móvil zumbó con su rápida respuesta.

Era tan atento y delicado en cada una de sus palabras, en cada uno de sus gestos.

–          Yo también te echo de menos. Te dejé una nota en la mesilla –otro rápido mensaje sin darme tiempo a la respuesta.

–          La vi, gracias muchas gracias. Ha sido muy atento por tu parte… como siempre.

–          Marché temprano, no serían aún las ocho. Luego dormiré un rato, lo necesito. Sabes, estabas preciosa durmiendo entre las sábanas.

–          Me dejaste muerta –escribí para mostrarle lo mucho que me había gustado.

–          Me alegro muñeca, estuvo muy bien la verdad.

–          ¿Sólo muy bien? –seguido de un emoticono de sorpresa.

–          Bueno, la verdad fue uno de esos polvos que no se olvidan.

–          Eso está mejor –fue mi breve respuesta tras su último mensaje.

–          Tengo que marchar, a las ocho y media despega el vuelo y tengo que estar en el aeropuerto un buen rato antes.

–          Te echaré de menos Sandrine.

–          Lo sé… en dos días estaremos juntos. Me muero de ganas.

–          Ahora te tengo que dejar, voy a darme una ducha. Comeré un sándwich antes de salir… llamaré un taxi que venga a recogerme.

Emoticonos con besos de despedida por parte de ambos antes de volver a mirar el despertador digital. Las once y diez marcaba. De manera instintiva, me llevé las manos bajo las sábanas hasta acabar pasándolas por encima de las húmedas braguitas. Cálidas y mojadas aparecían como forma perfecta de demostrar lo que la noche anterior había pasado.

–          Ummmm Alain –susurré su nombre, una vez la mano se introdujo vivaracha bajo la delicada prenda femenina.

Noté los labios empapados y cómo la vulva se abría con el roce, tratando de rebuscar en ella. Me removí inquieta sobre las sábanas, notándome masturbarme lentamente, reconociendo el clítoris con dos de mis dedos. Mis pensamientos se trasladaron a unas horas antes, a cómo me dejé acariciar y besar, entregándome al hombre de manera sincera y provechosa. Amándonos de forma cariñosa y también brusca, entrándome y saliendo de aquel modo salvaje con el que hacerme explotar la cabeza en forma de miles de estrellitas y sensaciones a cual de ellas mejor. No recuerdo cuándo nos dormimos abrazados pero era ya de madrugada, eso era seguro.

–          Alain… ummmm Alain… ojalá estuvieras aquí –ya empezaba a echarle de menos.

Pensaba en su miembro poderoso y firme, golpeándome una y mil veces arrancándome sollozos de placer con cada nuevo empujón que me daba. Abrazándole mi sexo de manera hambrienta y absorbiéndolo para luego dejarlo escapar y de nuevo adentro, haciéndome remover entre sus brazos. No sé cuánto tiempo estuve así, gimoteando con los dedos entre mis piernas sin parar de susurrar su nombre con cada nuevo recuerdo. Entonces abrí los ojos recuperando la cruda realidad que me envolvía.

Respiré unos segundos pensando en el hombre. Con él llevaba acostándome no más de dos meses, manteniendo una relación liberal y abierta lo cual significaba que Alain se acostaba con quien quería y yo hacía lo propio, sin preguntas ni reproches inoportunos por parte de ninguno de los dos.

Salté de la cama y, descalza, me dirigí al armario en busca del uniforme y mis cosas. Enganché una percha y otra, en las que descansaba el uniforme perfectamente acondicionado y planchado. Del cajón de arriba, tomé el conjunto rosa de sujetador y braguita que tanto me gustaba y en el suelo, junto al galán de ropa, los preceptivos zapatos negros de tan molesto alto tacón.

Una vez todo listo, directa al baño. Hacía calor y sentía sudorosos los brazos y las piernas. Necesitaba relajarme y qué mejor que un baño algo caliente que me desentumeciera los músculos. Dejé que el agua llenara la bañera, situando el grifo a mi gusto hasta conseguir la tibieza necesaria y que poco a poco se fuera acondicionando mi pequeño reducto de relax. Me metí en la bañera dejándome caer en la misma cuán larga era. El agua tibia me abrazó, arrancándome un suspiro de alivio bajo su silenciosa caricia. Cerré los ojos mientras la mano empezaba a recorrer el brazo arriba y abajo, cubriéndolo de abundante espuma. Luego a la pierna y el muslo repitiendo la misma operación, cada vez más y más espuma llenando el agua de la bañera. Y enseguida las imágenes de la noche anterior volvieron a mí. Mis húmedas y jabonosas manos se convirtieron en las de Alain, corriéndome el cuerpo de manera suave y lenta. Suspiré nuevamente imaginándome con el hombre amado.

Las manos bajaban y subían mi cuerpo acariciándome la piel. Con la izquierda tomé uno de mis pechos mientras la otra se sumergía entre el agua resbalándome la cadera y el muslo hasta alcanzar la rodilla. Gritando tímidamente al apretar débilmente el pezón, por abajo era ahora la redondez del glúteo la que recibía el roce acuoso de mis dedos. Me apretaba los pechos con fuerza, haciendo presión sobre ellos al notarlos duros bajo las manos. No tardé nada en llevar la mano a mi intimidad, encontrándome muy agitada con el continuo recuerdo de Alain torturándome la cabeza.

Le quería allí ahora conmigo, le necesitaba, le echaba tanto en falta…

La mano por encima de la barriga algo abultada, pese a mi apetecible tipín según me aseguraba mi amante. Bajé pasando la piel erizada y, de ahí, mucho más abajo hasta alcanzar el pubis enredando los dedos entre los pelillos castaños que lo cubrían. Gemí sintiéndome a gusto con el roce mojado de los dedos y así seguí adelante sin detenerme. Volví arriba manoseándome el pecho y el pezón ya grueso por el roce. Lo lamí llevándomelo a la boca. Se irguió orgulloso entre los labios que lo rozaban, haciendo circulillos sobre la rosada aureola. Entonces lo mordí, ahogando furiosa el grito deseando la presencia masculina. ¡Alain, Alain dónde te encuentras!

Comencé a masturbarme penetrándome con dos de mis dedos, sacándolos y haciéndolos resbalar sobre los labios abultados. Arriba y abajo por encima de la rajilla y de nuevo los hundí, abriéndose la flor rosada bajo el empuje decidido y por qué no decirlo algo agresivo también. Abrí los ojos y en voz baja le nombré nuevamente. Me sabía sola pero era como si le tuviera allí conmigo, como si me tuviera en sus brazos haciendo de mí lo que quería. Un montón de marranadas imaginé con él, a cual peor cada una de ellas.

Seguí masturbándome furiosa, el agua saltando con el constante ir y venir de mis dedos hundiéndose entre las piernas. Jugaba con los labios abriéndolos al pajearme, enterrándolos hasta donde podía y un poco más si es que aquello era posible. La palma encima del monte de venus y de nuevo me penetré moviendo los dedos a gran velocidad, adentro y afuera mientras imaginaba que era el miembro poderoso y grueso de mi enamorado follándome una y mil veces entre mis gritos desconsolados. Con malicia apunté la alcachofa haciendo correr la potencia del agua entre mis piernas. Me mordí el labio para no gritar mi placer. Sin embargo y en la soledad del baño acabé gritando hecha un manojo de nervios, pajeándome cada vez más profundo y aprisa en busca del necesario descanso. Finalmente me corrí, respirando acelerada y resoplando en busca del aire que me faltaba. Con las piernas abiertas y dobladas, el agua había saltado de la bañera mojando el suelo. Me olvidé de eso y tan solo cerré los ojos al lanzar un prolongado suspiro de satisfacción.

Poniéndome de pie, alargué la mano hacia el albornoz en el que pronto me envolví saliendo seguidamente de la bañera. Todavía me sentía excitada tras el orgasmo obtenido. Satisfecha, relajada y feliz era el estado en que me encontraba tras el trabajito que mis traviesos dedos me habían dado. Descalza salí al pasillo camino de la cocina donde poner en marcha la Nespresso. Necesitaba un café que me pusiera en marcha tras el gratificante baño.

Estuve por casa haciendo cosas hasta la hora del almuerzo. Un sándwich y dos vasos de agua para comer, poniéndome en marcha a continuación al deshacerme del blanco albornoz dejándolo caer sobre la cama.

De vuelta al baño y frente al espejo, continué con el ritual del maquillaje. Otro de los puntos básicos a cuidar en mi trabajo. Ya que disponía de tiempo, mejor hacerlo en casa con tranquilidad que no por el camino y con el traqueteo del autobús que lo más fácil hubiese sido acabar con un destrozo en cinco minutos.

Empecé hidratando bien la piel, necesario pues el aire del avión es muy seco. La base de maquillaje que utilizo es de larga duración, que no reseque la piel y que ofrezca un tono amarillento para dar un aspecto bronceado y esconder la palidez del rostro. Así, el rostro maquillado en su totalidad, esto es pómulos, barbilla, cuello y después arriba alrededor de los ojos y por la frente dándole a la cara ese efecto amarillento y bronceado que os digo. Poco a poco aquello iba tomando forma.

Otro punto importante es el corrector de color para las rojeces y las ojeras; polvo para fijar el corrector e iluminar y un bronceador natural para debajo del pómulo. Y para acabar por supuesto el colorete, en exceso incluso pues favorece la apariencia con la luz del avión.

En cuanto a las cejas las arreglé con la brocha y producto líquido de mayor duración. Y el imprescindible gel con que fijarlas. La cuenca de los ojos en marrón claro y un marrón más oscuro para la parte exterior. Con la brocha biselada, un delineado con la sombra negra pues me gusta el efecto que brinda. Solo por fuera y no por dentro pues da una sensación de parecer más cansada y más mayor. Algo de sombra marrón por debajo pensé que sería una buena idea. Seguidamente y por encima apliqué el delineador.

La máscara de pestañas rizándolas y todo ello me ofreció a la vista un efecto natural y favorecedor, de tonos neutros y que aporta un aspecto profesional que es lo que pide la compañía.

Para los labios, continué con un labial líquido en tono rosado suave que casi no me los reseca. Delineándolos con el lápiz, el de arriba al ser muy fino lo delineo por fuera pero no así el de abajo.

Ahora el peinado para el que siempre me decanto por el moño pues al final es lo más fácil, rápido y cómodo. Importante que no quede alto pues sino el sombrero no entra. Lo primero empecé cepillándome el pelo y alisándolo con suavidad para que quedara bonito. Para la coleta una gomita de dos ganchos, con ello no salen bollos al hacerla y queda apretada y no se sale. A continuación, dos mechones separándolos delante y el resto del pelo recogido en una coleta baja gracias a la gomita. Los mechones de delante los enrollamos y sujetamos con una horquilla. Y finalmente con otra gomita los enganchamos a la coleta.

Con una goma finita y un donut pasamos al siguiente paso. La coleta pasada por el donut y luego todo el pelo enroscado alrededor. De esa manera el donut queda tapado y la goma por encima creando la forma deseada para el moño. Con los pelos sobrantes lo que hice fue enrollarlos y con una horquilla los dejé sujetos. Un coletero alrededor del moño, et voilà.

Como complemento que finalice el conjunto, unos pendientes pequeños y ya tuve el look perfecto viéndome radiante y perfecta. Para fijar el peinado y que quedara en su sitio, me eché un buen chorro de laca y luego las uñas las pinté de transparente por si se desconchaban que no se vieran feas.

Tras unos veinte minutos y con todo esto como nueva, de manera que parecía otra mujer. Como veis la vida de azafata no resulta tan fenomenal ni glamurosa como a simple vista pueda parecer.

Vistiéndome como siguiente paso y con lentitud las ropas como si de otro ritual necesario se tratase. Siempre me gustaba tomármelo con calma y de ese modo las finas y largas medias color carne corrieron con suavidad piernas arriba. Luego la blusa blanca abotonando un botón tras otro, enfundándola por abajo bajo la roja falda que, cerrando la cremallera lateral, recogió con firmeza mi cintura.

Mirándome frente al espejo me vi deseable. Si Alain me viese ahora seguro se lanzaba encima sin pensarlo dos veces. De hecho era esa una de las fantasías que más le ponían cada vez que me veía con el uniforme puesto.

Los desagradables zapatos negros de alto tacón, junto a la chaqueta y el sombrero ambos del rojo corporativo como la falda y enseguida descolgué el teléfono solicitando un taxi que me viniera a recoger. No tardó mucho, echándome la gabardina por encima del uniforma pues la tarde se veía ventosa y desapacible. Ojalá el tiempo amainara pues de lo contrario el viaje iba a resultar agitado.

No había tiempo que perder así que pedí al taxista que apretara el acelerador en lo posible. El tipo de unos cuarenta años y gesto adusto, se excusó en el tránsito de la ciudad a esas horas y en que trataría de llegar tan pronto pudiera. Un billete de diez euros frente a sus morros tal vez le hiciera cambiar de opinión.

Ensimismada en mis cosas pasé la práctica totalidad del viaje observando la ciudad frente a mis ojos, aunque en una de esas y a través del retrovisor pude comprobar cómo de tanto en tanto me plantaba la mirada haciéndome sentir algo incómoda. Por suerte el viaje no fue largo, apeándome del taxi y recogiendo la maleta. Y por supuesto nada de propina para aquel cerdo baboso pese a sus abundantes y sonoras quejas.

El aeropuerto se abrió para mí recorriendo buena parte de la terminal con mi rápido taconeo.

A la zona de la compañía donde me encontré con Yoon, la experimentada azafata de madre coreana y padre norteamericano con la que ya había coincidido en algún que otro viaje. Algo más bajita que yo y de rasgos delicados, resultaba un alivio el viajar con ella pues sabia tenerlo todo en orden dándole a una la seguridad de que todo iba a ir bien.

–          Sandrine, tú por aquí. Qué bien que viajamos juntas.

–          La verdad que sí –exclamé mi alegría al darnos dos afectuosos besos en las mejillas.

Y luego cada cual a lo suyo que había mucho que hacer antes del despegue. Recibir a los clientes con la mejor de las sonrisas, ayudándoles a colocar en sus asientos y vigilando que todo estuviese bajo control. Paseando a un lado y otro del pasillo, cerrando las puertas de los portaequipajes y cruzándome con el capitán Castel a cargo de quien se encontraba el vuelo.

–          Buenas tardes Sandrine, ¿todo en orden?

–          Buenas tardes capitán, sí todo listo para el despegue –respondí con sonrisa franca.

–          Perfecto –asintió pasando a mi lado devolviéndome la sonrisa.

–          Esperemos tener un buen viaje, parece que el tiempo mejoró algo –comentó camino de la cabina.

El capitán Jacques Castel era un hombre de cincuenta y dos años y volaba en líneas comerciales desde los veintisiete. De experiencia probada así pues, era un profesional con un historial sin mácula en su hoja de servicios y que creía dominar todos los recursos técnicos y psíquicos que el oficio demandaba. Con el paso de los años había conquistado la cima con una cierta rapidez pues la base de sus intereses siempre había girado en torno a los aviones. Anteriormente y con mucho esfuerzo había alcanzado el título de ingeniero aeronáutico al tiempo que pilotaba avionetas ligeras mientras seguía los estudios. E incluso antes de eso, había probado el vértigo de la aventura gracias a modelos sin motor.

Jacques gobernaba uno de esos grandes aviones que parece imposible que puedan elevarse y aún menos estrellarse. Este era el tipo de trabajo de nómada moderno que durante mucho tiempo le había hecho sentirse un privilegiado.

Alto, muy alto y de buen porte, sus sienes plateadas y con brillo le hacían dar ese aura de interés que algunos hombres maduros poseen entre el público femenino. Con Yoon ya había tenido su rollete, tal como ella misma me había confesado. Pero no solo con ella, también con Colette, Alizee y Marion, otras de sus conquistas lo cual a mí poco o nada me importaba en el caso de que entre los dos algo pudiera darse. Más bien todo lo contrario, el capitán Castel me gustaba y por qué no, era aquello algo que me apetecía dispuesta a la guerra como siempre lo estaba.

Ya noche cerrada y con todo a media luz, algunos de los viajeros dormían plácidamente cubiertos los ojos con antifaces y el cuello resguardado con mullidas almohadas. Paseando lentamente pasillo adelante, todo aparecía en silencio y en orden. Cansada y trastabillando sobre los altos tacones, llegué al fin a la zona de descanso donde me esperaba Yoon dispuesta a darme el relevo. Quitándome el pañuelo del cuello y deshaciéndome de los zapatos, me senté dejando descansar los pies en la mullida moqueta del suelo. La verdad que lo necesitaba.

–          Uffff, estos zapatos me van a matar. ¡Tengo los pies molidos!

–          Es parte del trabajo –respondió Yoon a mis quejas mientras se preparaba una aromática y caliente taza de café bien cargado.

Con la mano masajeándome el pie en busca de alivio, la pierna descansaba sobre la otra. Apareció entonces el capitán Castel que había puesto el piloto automático con el rumbo y el plan de ruta programado.

–          Buenas noches, ¿un café por favor? –pidió a Yoon en voz baja.

–          Enseguida capitán, ¿un terrón de azúcar?

–          Sí, como siempre gracias.

–          ¿Qué tal todo por ahí? –preguntó entonces dirigiéndose a mí.

–          Todo tranquilo, los viajeros duermen capitán.

–          Bien, queda mucho hasta que se haga de día. Lo más importante es que el viaje resulte tranquilo.

–          ¿Duelen los pies? –la mirada clavada viéndome trabajar en ellos.

–          Oh sí, estos malditos tacones son matadores. Nunca me acostumbraré a ellos –una sonrisa sarcástica mientras respondía estas palabras.

–          Su café capitán –la servicial Yoon ofreciendo la taza de líquido humeante.

–          Gracias, me vendrá bien a estas horas.

–          ¿Cambio de turno?

–          Sí, voy con los viajeros. Ustedes descansen un rato -confirmó mi compañera, sonriéndome cómplice al constante trasiego en mis pies doloridos.

De ese modo quedamos solos, la cortina echada y el capitán con la apetecible taza de café entre los dedos. Yo, desde mi posición sentada le veía moverse en busca no sabía exactamente de qué.

–          Un café a estas horas la verdad que va fenomenal. Te pone las pilas durante la noche.

Acercándome a él supe bien lo que tanto buscaba.

–          Espere capitán, las cucharillas las tenemos en el armario de arriba. Aquí la tiene.

–          Es verdad, qué estúpido. Nunca me acuerdo. Gracias Sandrine.

Sentada en un asiento más alto, quedé ahora a mayor altura y con las piernas bien dobladas. Jugando con ellas y llevándolas adelante y atrás, le veía desde mi posición tomándose el café a pequeños sorbos.

–          ¿Larga jornada? –preguntó imagino como forma de volver a iniciar conversación.

Asentí a su pregunta con un tímido golpe de cabeza, estirando nuevamente las piernas que notaba cargadas y cansadas. El hombre en silencio volvió a mirarme, fijando los ojos en mis pequeños pies bien cuidados. Dejando el café en la repisa le vi acercarse a mi lado. Frente a mí se ofreció a ayudarme con mis pies.

–          ¿Me permite?

–          Claro, ¿sabe de masajes?

–          Bueno tanto como saber no diría yo tanto –exclamó tomándome suavemente el pie entre sus manos.

Un agradable cosquilleo noté nada más sentir el pie entre las manos expertas y bien cuidadas del hombre. Así empezó a masajear con suavidad el empeine y la planta del pie, pasando las manos entre los dedos que tan sufridos sentía.

–          Los tiene cargados, está tensa –su voz hecha un susurro mientras los dedos recorrían el pie de forma lenta y delicada.

–          Son muchas horas de pie –dije esbozando una sonrisa de agradecimiento.

Cada vez me sentía más complacida y relajada bajo el roce de aquellos dedos corriendo arriba y abajo por encima del empeine y los dedillos que la media cubría. Tomándome el talón y el tobillo, haciendo fuerza sobre ellos al presionar levemente. Con el dedo pulgar encima de la planta lo que me causaba un inevitable cosquilleo.

–          Relájese… relájese –los dedos trabajándome con pericia y suavidad subiendo cada vez más la pierna.

Sentada frente al hombre y en silencio, tan solo me apretaba los labios para así poder callar el alivio que notaba. La pierna estirada hacia él pasó ahora a dedicarse al otro pie con el mismo interés y detenimiento. Era fantástico el roce de los dedos por la pantorrilla y luego verlos correr por el gemelo y el tendón de Aquiles. Tan a gusto me sentía con todo aquello que ahora sí no pude evitar lanzar un débil suspiro de satisfacción.

–          ¿Mejor? –la voz del capitán preguntando mientras el par de diabólicas manos no dejaban de correrme la pierna casi hasta la rodilla.

–          Mucho mejor sí, gracias muchas gracias.

La mirada del hombre clavada entre mis piernas y entonces me supe pillada en falta, con las piernas abiertas entre las que sin duda podía ver el inicio de mis braguillas. Traté de cerrarlas pero no me dejó, sujetándome con fuerza el pie para que no lo hiciera. Y así continuó su faena, los dedos deslizándose muy lentamente pie arriba y más allá por encima de la fina tela de la media.

Empecé a sentirme cachonda con aquello, lo sé no pude evitarlo allí los dos solos y en situación tan agradable con aquel hombre maduro y tan interesante. No estaría mal tener algo con él pero dónde. El recuerdo de Alain desapareció por completo de mi cabeza, centrada como estaba en aquellas suaves y delicadas manos corriéndome el pie. Volví a suspirar esta vez más alto aunque no en demasía.

–          Tiene unos pies preciosos –aseguró con voz grave y segura.

–          Gracias capitán –respondí balbuceando y sin saber dónde meterme tras sus palabras.

Muy cerca el uno del otro, sentí crecer la evidente atracción entre ambos. Era aquello una locura pero realmente podía haber algo allí con aquel hombre. En silencio la mirada del capitán no engañaba, me deseaba y por mi parte y sin buscarlo algo bien profundo parecía haber conseguido despertar en él.

–          Deme el pie –pidió tras coger los zapatos del suelo para ayudarme a ponerlos.

Y entonces y sin pedir permiso, se lanzó empezando a darme pequeños besitos en el empeine, chupándome a continuación los dedillos por encima de la media lo que me hizo saberme más excitada aún.

–          Oh capitán, qué osado por su parte –declaré pero sin apartar el pie, sonriéndole con un punto de picardía malsana.

Sin dccir palabra, me calzó primero el uno y luego el otro de aquel modo exquisito que tanto me gustó. Los sentía ahora más cómodos y menos apretados tras el masaje recibido. No sabía si entendía o no de pies femeninos pero conmigo había funcionado sin duda.

–          Venga –dijo con la mirada clavada en la mía mientras me tomaba por la cintura haciéndome poner en pie.

De manera algo vergonzosa me dejé llevar por él hasta quedar enfrentados en el primero de los besos. Las cabezas ladeadas y cerrando los ojos nos besamos, la mano apoyada en su pecho mientras las del hombre maduro descansaban en mi cintura teniéndome bien cogida. ¡Dios, qué morbo tenía todo aquello, los dos besándonos y con los viajeros y mi compañera al otro lado de la cortina! Empezamos a besarnos esta vez con manifiesta intención, abriendo las bocas y jugando con ellas al envolver unos labios con los otros. Escuchándonos los primeros acelerones que nuestras respiraciones producían. Enfrentados, nos separamos levemente mirándonos a los ojos, los míos clavados en los profundos y color avellana del hombre.

–          Quiero hacerte el amor, pequeña.

–          ¿Aquí? ¿Pero se ha vuelto loco? –pregunté casi gritando y llevada por la sorpresa.

–          No te hagas la sorprendida querida, reconócelo al final todas queréis lo mismo.

Cerrando los ojos dejé que me besara, notándome las piernas temblar por el deseo que sentía. Sí, yo también lo deseaba con urgencia y en ese mismo momento. Nunca había hecho algo así y sin duda resultaba arriesgado y peligroso, pero precisamente eso mismo es lo que le daba un mayor morbo a la situación.

Jacques me hizo volver quedando de espaldas a él. Entonces sentí su mano corriéndome la cintura y por encima del glúteo que la falda guardaba. Respiré profundamente soportando todo el deseo que me consumía. La mano y los dedos paseando por la nalga de manera amable y posesiva. Deslizándose abajo hasta alcanzar la parte alta de la media. Murmuré mi placer creciente, aquella mano me ponía y mucho allí plantada de espaldas al hombre dejándome hacer por él.

Ahora más arriba cayéndome los dedos en la cintura, agarrándome con ellos al pegarse a mí. Y de nuevo sobre la nalga, parándose ahí y enganchando la tela buscando subir la falda de forma peligrosa. Era tanta su osadía, que solo podía quedar quieta dejando que siguiera.

–          Ummmmmm –murmuré en tono alto y sin cuidado.

–          No hagas ruido pequeña, no quiero jugarme el puesto por una encantadora putita como tú lo eres. Tienes varios polvos… disfrutémoslo vamos. –su aliento cálido pegado a mi oído haciéndome quedar callada.

–          Hazme el amor, fóllame, fó… llame –respondí hipando la obscena y sugerente advertencia que me hacía.

–          ¿Eso quieres putita? –de nuevo sus sucias palabras pegadas a mi mejilla.

Yo solo jadeaba y gemía en voz baja, deseando gritar mi placer y no pudiéndolo hacer ante el peligro de poder ser escuchados. El hombre buscaba subirme la falda pero en su nerviosismo no lo lograba, de forma que tuve que ser yo misma quien lo hiciera dejándola a medio subir y apareciendo la nalga derecha a su vista. Jacques la contempló brillándole obscenos los ojos, pegados como estábamos y yo con el trasero echado indecentemente arriba, sonriendo perversa. Me dejaba mirar por el guapo capitán, era morboso estar allí como nos encontrábamos, sus manos recorriéndome entera desde los muslos hasta alcanzarme el pecho que apretó con fuerza por encima de la chaqueta del uniforme.

–          Así capitán, así… -reía provocándole a seguir.

–          ¿Te gusta pequeña? –la mano masculina manoseándome procazmente el trasero y yo permitiéndole hacer disfrutando el cálido roce.

Girada hacia él y reclamándole más nos besamos uniendo los labios suavemente, al tiempo un beso delicado pero profundo por lo muy ansiosos que nos sentíamos. Pidiéndole nuevos besos al alargarle la mano al cuello para de ese modo quedar más pegados. Y la nervuda mano masculina resbalaba glúteo abajo, subiéndola y bajándola al clavar los dedos haciéndome temblar toda.

Bajó entonces a mis pies, mirando bajo la cortinilla para así quedar tranquilo. Nada se oía, Yoon se encargaba perfectamente de los viajeros que a esas horas de la madrugada debían dormir en sus asientos. Tomados los muslos con las manos, el capitán Castel aprovechó mi quietud para morderme levemente el cachete, llenándolo luego de besos recorriendo toda la zona. Yo me retorcía muerta de placer, disfrutando sus tímidos mordisquillos con los que notaba la piel erizarse. Sobre los zapatos me elevé aún más echando el culillo atrás al ofrecerme a la tentadora caricia.

El culo elevado, me removía bajo sus labios y sus dientes, meneando el culillo como forma de provocación perfecta. Ningún ruido hacíamos, si acaso algo los labios del hombre resbalándome por encima. Por mi parte, solo podía apretarme los labios para no gritar, los ojos cerrados y sin dejar de remover las ancas en círculos de lo más insinuantes.

Separándose volvió a empaparse de mis formas, bajando y subiendo las manos mientras le miraba, sonriéndole ladina y animándole a continuar. El capitán comprendió a la primera mi mucha necesidad y de ese modo siguió y siguió rozándome camino de nuevas sensaciones. La lengua lamiéndome la nalga de abajo arriba y luego tiernos besitos por toda ella hasta pasar a la otra que llenó de besos y mordisquillos tenues pero electrizantes para mi persona. Con las manos me apretaba con fuerza, subiéndolas a la cintura enganchándome bien y bajando a la redondez del trasero en el que centraba su mayor atención devorándolo dueño del mismo.

–          Eres preciosa pequeña –un mínimo susurro pero que, con claridad, llegó a mis oídos en el silencio que nos envolvía.

Tirando la cabeza atrás, respiraba entrecortada agarrada al mueble que me servía de apoyo. Un nuevo beso en la redondez de la nalga y sentí las manos subirme entre los muslos, abriendo yo las piernas para facilitarle la tarea. Me sabía muy mojada y excitada, de madrugada en el avión y atacada y acariciada de aquel modo por el hombre. Desde luego puedo asegurar que nunca me hubiera podido imaginar así al subir horas antes.

De nuevo volvieron los movimientos circulares a mi trasero, removiéndome bajo el dominio de las manos poderosas y firmes que me rozaban y reconocían expertas. Noté dos de sus dedos acariciarme por encima de la braguita, pasándolos por la zona del triangulillo que se marcaba a través de la tela. Gemí, riendo débilmente su osadía y Jacques me hizo autoritario callar llevándose los dedos a la boca.

–          Ssssshhhhhh, no grites…

Los ojos medio cerrados por lo oscuro de la estancia, mordiéndome el labio inferior al soportar el tormento y conteniendo el aliento en espera de su próximo paso. Y entonces los dos dedos resbalaron vagina adentro, facilitados por lo muy mojada que me encontraba. Aquel cabrón me estaba follando a su placer, corriendo los dedos adentro y afuera y sin poder hacer yo nada más que disfrutarlo como una bendita. Haciéndome callar y sin dejar de moverlos, abriendo los labios y hundiéndolos hasta bien adentro. Así una y otra vez, una y otra vez y sin darme respiro, mordiéndome ahora los labios con fuerza loca como estaba. ¡Cabrón, cabrón, y qué bien lo hacía el atractivo capitán!

–          ¡Sí, sí! –le pedía en voz baja, tapándome él la boca con su mano para evitar males mayores.

Mirándole a los ojos, volví a pedirle con la mirada nublada que me besara. Acalló mi jadeo con su boca, envolviéndome los labios en un beso ardiente y lleno de intención. La lengua del hombre entró en mi boca buscando la mía, enredadas ambas de manera apasionada mientras por abajo sentía los dedos follarme traviesos. Adelante y atrás, adelante y atrás y creí morir de placer. Todo me daba vueltas y supe que el orgasmo se apoderaba de cada uno de mis miembros, temblándome las piernas y subiéndome aquella agradable sensación entre las piernas hasta acabar explotando en mi cabeza en forma de éxtasis furibundo y completo.

Caí sobre el mueble, respirando jadeante al recuperar el aliento cansado. Los ojos en blanco y el respirar masculino sobre la mejilla, en el momento en que sentía las palabras del capitán Castel diciéndome lo bien que me había portado.

–          ¿Te ha gustado?

–          Me ha encantado –respondí todavía llevada por lo comprometido de la situación.

–          Eres adorable pequeña -sacándome los dedos de la vagina y dándomelos a probar bien amargos del ardor de mis jugos.

Un nuevo beso lascivo y lo noté apretarse más a mí haciéndome conocer su vientre pegado a mi trasero. Maldito cabrón, sin duda quería hacérmelo allí mismo y yo estaba dispuesta a todo. Abriendo más las piernas, así se lo hice saber elevando nuevamente el culillo en puntillas como me encontraba.

–          ¡Qué putilla estás hecha! ¡Qué corrida más buena has tenido!

Mirándole imagino con ojos de pura satisfacción, me lancé a por el hombre buscándole la entrepierna con las manos. Algo duro y de tamaño más que respetable encontré, sonriéndole maliciosa y ufana al remover los dedillos por encima del oscuro pantalón.

–          ¡Hazme el amor, hazme el amor… no aguanto más! –la mano plantada una vez más en mi boca para evitar que se me oyese.

Me costaba tanto callar todo el deseo que me corría el cuerpo. Moría porque me hiciera suya, por ser poseída de manera salvaje y total Bajándose a mis pies nuevamente, agarró con los dedos la fina tirilla de la braguita. Haciéndola caer piernas abajo y doblándolas yo para permitir que escapara entre mis pies. El capitán se dedicó a darme tormento, jugando con su boca y sus dedos a lo largo de toda la sensible zona. ¡Me tenía loca con cada nuevo roce que me daba!

Abriendo los cachetes, con los dedos comenzó a trabajarme la entrada de la vulva, tratando de entrar en ella. Aguanté la respiración de la mejor manera que pude, respirando acelerada bajo el empuje del dedo que comenzaba a querer hundirse labios adentro. Metiéndolo ahora sí, entre mis quejas ahogadas de puro lamento. Follándome adentro y afuera y besándome el trasero con sus labios, parecía querer hacer crecer el suplicio para mí.

–          Por favor sigue, sigue… no te pares canallaaaa…

El hilillo de voz llenaba la estancia, pudiéndose reconocer mis tímidas quejas cada vez que me lo hacía. Sacándolo, un beso recibí en la nalga respingona mientras las manos se empapaban de lo sinuoso de mis piernas bajándolas y subiéndolas de manera sensual. De pie junto a mi espalda, me agaché yo ahora. Era el turno de hacerle sufrir lo que él había hecho conmigo.

La mano pasando y repasando sobre el tentador y apetecible bulto, llevé la boca al pantalón dedicándole un pequeño besito de confianza. Entre los dedos, con urgencia traté de soltarle el cinturón y luego la cremallera abajo sin más dilación. Deseaba tanto probarlo, reconocerlo y disfrutar la turgencia y extensión de su miembro.

Con la boca abierta lo vi saltar hacia delante. Grueso, firme y con la piel echada atrás me recibió ufano y orgulloso en su tremendo tamaño. Con la mano lo tomé y con un gruñido satisfecho me lo llevé a la boca, comenzando a lamerlo con suavidad extrema. La lengua resbalando a lo largo del tallo hasta acabar en el glande dejándolo ir. Él murmuró en voz baja nada más sentir mi boca atraparle entre los labios. Cerrando los ojos, empecé a saborear el recio músculo, chupándolo y succionando con mi maestría habitual. Chupando, la cabeza se desplazaba adelante y atrás en la dura tarea que yo misma me había impuesto. Dura tarea que me encantaba hacer, me encantaba chupar y saborear rabos y era algo en lo que mis ocasionales amantes me decían que era realmente buena.

Adelante y atrás y abriendo aún más la boca, me la dejaba llenar por aquel grueso aparato que cada vez notaba crecer más y más. Tragué hasta donde podía que era mucho, envolviendo el tallo con los labios y metiéndolo hasta casi ahogarme con aquella presencia infame. Creí que el sombrerillo se me caía y con la mano lo coloqué sin abandonar por ello mi sufrido quehacer, comiendo y succionando el recio animal. Adentro y afuera, chupando y lamiendo el miembro viril para descubrir al hombre tomarme la cabeza, empujando y follándome ahora él dando fuertes golpes de riñones con los que hacerme ahogar. Pese a mi mucha experiencia en esas lides, era tanta su fuerza que apenas podía con él, tomándolo y soltándolo bajo el empuje masculino.

Con la lengua le trabajé convenientemente, viéndole disfrutar con el gesto descompuesto por el placer. Jadeando entrecortado, empujando el vientre adelante, los ojos medio perdidos por lo mucho que lo gozaba. Estaba dispuesta a darle el mismo sufrimiento que él me había hecho sentir. Y de ese modo volví a tragar rabo sin descanso, en cuclillas como estaba y sin necesidad de las manos. Murmurando mi placer al chupar y lamer el grueso aparato, le pasé la lengua por encima corriendo desde la base a la punta, entretenida en el glande que se veía brillante y erguido. Y adentro una vez más, llevada por mi total locura al tratar de metérmelo entero hasta notar golpearme el paladar.

–          Cómeme los huevos Sandrine –escuché su voz sibilante pedirme.

El miembro sujeto entre los dedos, lo hice chupándolos y notándolos duros y cargados bajo los labios. Les pasé la lengua jugando con ellos, esa parte tan sensible y delicada en los hombres si una no sabe tratarla bien.

Con la punta rocé la cabeza, haciéndola palpitar elevándose vanidosa frente a mis ojos. Rozando el tallo con los dientes hasta arrancarle un gruñido ahogado, abrí la boca sonriéndole en mi malicia. Golpeé el glande contra la lengua y una vez más adentro, chupando y succionando sin respiro.

–          Me encanta tu polla –exclamé sacándola de la boca y pajeándola con rapidez entre los dedos.

–          Eres una putilla… sigue, sigue… -declaró en su inmovilidad mientras yo me encargaba de todo.

Así estuve disfrutando del enorme grosor, tan pronto lamiéndolo y llenándolo de mis babas como todo para adentro enterrándolo hasta el final. Mientras envolvía el brillante capuchón con los labios, con la mano le masturbaba moviéndola en pequeños círculos alrededor del tallo. Tan grande y larga era, que tuve que hacer uso de ambas manos para poder continuar mi labor.

–          ¡Joder nena, eres buena!

–          No lo sabes tú bien –pensé para mí, abandonándola finalmente a su suerte y viéndola perfectamente lista y presta para la batalla.

Esperando que fuese él quien siguiese la fiesta, me puse en pie al agarrarme Jacques del cuello besándome lleno de inconfesado apetito. Lengua contra lengua, las manos masculinas me tomaron de la cintura para enseguida empezar a soltarme los botones de la chaqueta. Le tenía loco era evidente, tan loco y perturbado como yo lo estaba. Dos, tres botones me soltó antes de besarnos en un rápido piquillo. La blusa abierta y tirada a los lados, el sujetador aparecía ante el hombre mostrándome seguramente más sugerente a sus ojos.

Poniéndome de espaldas a él, me sabía ya dispuesta para ser poseída. Con la mano caída en la nalga, me ofrecí sin ambages. Realmente le necesitaba dentro de mí. Trajinando detrás, se le hizo la boca agua al rozarme el chochito que pronto sería suyo.

–          Metémela… por favor, por favor mé… temela toda, la necesito.

–          Qué estrechito y húmedo lo tienes.

–          O tú demasiado gruesa cabrón –respondí con sonrisa forzada.

Con la pierna ligeramente doblada, se apretó entre los cachetes camino de mi empapado agujero del que pronto se apoderó quedando enterrado en mí. Me sentí llena de él, notándome la garganta reseca y cómo el miembro poderoso y firme me invadía las entrañas abriéndose paso entre las paredes de mi vagina. Cogida de las caderas apreté los ojos, con la boca abierta y cerrándola al morderme el labio inferior ronroneando mimosa. Me llenaba, me llenaba entera resbalando toda su potencia viril bajo su empuje. Los ojos en blanco y la cabeza ida, el considerado macho acercó su rostro dedicándome palabras suaves y delicadas con las que buscarme alivio.

Empezó pronto a moverse, despacio muy despacio pero sin detenerse en su lento vaivén. Abriéndose mi flor rosada, la polla entraba y salía a su antojo y comodidad arrancándome ayes sofocados de puro goce. No podía gritar y bien que lo sufría con aquella polla enorme cubriéndome por completo al enterrarse hasta lo más hondo de mi ser. Aguantaba como podía, el aire me faltaba en mis pobres pulmones y aquel badajo no paraba de darme muy despacio. Hasta el fondo me la metía, notando sus huevos golpearme entre los cachetes que se abrían tolerantes con el empuje del macho. Adentro y afuera, haciéndome levitar en mi particular mundo de placeres intensos y ahogados.

El macho experto fue ganando en velocidad y ritmo, deslizándose con comodidad pese a lo estrecho de mi coñito.

–          Fóllame, fó… llame –sin palabras se lo decía con la mirada suplicante que le lanzaba.

Y el hombre sin parar de embestirme, adelante y atrás, despacio y luego un poco más rápido, la unión entre sexos ya en su máximo apogeo.

–          ¿Te gusta muñeca? –la voz ronca de mi amante pegada al oído.

–          Sigue, sigue… dámela, dame con fuerza.

Tuvo que taparme la boca una vez más pues ya me costaba soportar tanto placer como me entregaba. De ese modo, continuó a lo suyo los dos hechos uno en la pasión del momento. Llevados por el mismo ritmo, empujando él y tirando yo el culo atrás para sentirlo más. La mano sobre la nalga, se movía con rapidez y decisión abriéndome la flor hecha un puro fuego. Me corrí sin que parase de follarme y follarme, la boca tapada al darme sus dedos a chupar y lamer. Gimoteaba en voz baja, jadeando de forma vacilante sintiéndome cansada pero entregada al goce. Le miraba con el gesto congestionado por el inmenso placer que entre las piernas me hacía vivir.

–          Nena, nena muévete –tomada de la cintura y enganchándome seguidamente por las caderas.

Acariciándome el hombre la raja mientras me follaba, acariciándome después yo misma tomándole el relevo al masturbarme el botoncillo grueso e inflamado que noté excitado entre los dedos. Y al tiempo, me entraba resbalándome en mi chochito tragón, poseyéndome muy muy lentamente sacándome un nuevo orgasmo que me hizo caer resoplando en mi fatiga y con el capitán echado sobre mí besándome el cuello desnudo. Agradecí el cálido gesto, girándome a él y entregándole la boca que besó de manera cariñosa y mordiéndome ligeramente la comisura del labio. ¡Me encantaba aquello!

Dos, tres golpes más y seguidamente salió de mi sexo escapando suavemente al quedar vuelta hacia él. Dejándose caer al suelo, inició los primeros contactos con mi vulva encendida en pasión. Gimoteé débilmente al descubrir lo que me hacía, abriéndome los labios y tratando de hundir la boca en mi interior. Lamiendo y chupando de manera agradable y delicada, arriba y abajo saboreando la irritada rajilla. Pasándome la lengua por el coñito, raspándome con ella y haciéndome humedecer y vibrar con su roce continuo. Travieso y animado por mi constante remover, metió la lengua lo que pudo sintiéndola correr entre mis pliegues y ofreciéndole el néctar de mis jugos que bebió goloso y sin dejar de correr la lengua adentro y afuera. Aquel tío me tenía loca, soportando a duras penas el duro castigo al que me sometía.

Acercándome el rostro entre las piernas temblé bajo su roce a la vez que pegaba un respingo al lanzarme la boca en un ataque inesperado con el que llenarme el coño de sus babas y lametones, hurgando a placer en mi mojada rajilla. Mi maduro amante chupaba y lamía, pasando luego al interior del muslo que lamió corriendo la lengua a todo lo largo mientras yo dejaba caer mi mano en su gorra buscando atraerle más. La respiración se hacía acelerada por la pasión que me consumía por dentro, me había corrido ya varias veces y estaba segura que aún me quedaba mucho más por disfrutar.

La lengua juguetona se enredó en los pelillos de mi pubis, rozándolos bulliciosa y provocando en mí descontrolados temblores sin saber a qué agarrarme. Soplándome encima, los aromas de mi sexo se mezclaban con sus babas en un íntimo fluir de líquidos. Llevándole contra mí le hice chocar con mi sexo, que volvió a lamer y gozar bebiendo cuanto pudo al tiempo que frotaba la nariz haciéndome remover con lo caliente de su aliento.

La pierna colgándole del hombro, tuve que llevarme la mano a la boca para no chillar desconsolada por tanto placer como me invadía. Y ahora fue cuando comenzó a follarme metiéndome un dedo y luego otro más, pidiéndole que lo hiciera de aquel modo atroz y maravilloso.

–           Disfruta pequeña, disfrútalo –los dedos hundiéndose vivarachos con su rápido ir y venir.

Me mordía el puño con fiereza, resollando herida al notar los dedos horadarme descarados hasta el final. Sacándolos bañados en mis jugos y devorándolos aquel cabrón al chuparlos con mirada borrosa y libidinosa. ¡Menudo festín se estaba dando a mi costa! De forma lenta y premiosa, los entraba y sacaba rozándome el interior de la vagina al hacer presión sobre la misma. Yo creía perder el oremus, los ojos entrecerrados y el rostro demudado y convulso haciendo chirriar los dientes.

–          Más, más… sigue cariño, me vuelves loca…

Hundiendo los dedos, aquel tipo no cejaba en su empeño de darme placer infinito. Abriéndose paso a empellones al introducirse en la flor rosada, avanzaba impetuoso vagina adentro provocándome un continuo sinvivir, manteniendo los pies clavados al suelo como podía.

–          Ummm, fóllame, fó… llame… ummmmmmmmmm.

Subiéndolos a mi boca me los dio a chupar, relamiéndome con el sabor delicioso y amargo de mis jugos. Abría la boca como una putita, reclamando sus dedos y lamiéndolos con lascivia en mi total locura. Un beso le eché al aire, apretando luego los labios mostrándome apasionada y viciosa. Quería más y así se lo hice saber.

–          Fóllame canalla, fóllame… quiero que me la metasssss.

De ese modo y haciéndole sentar traté de encontrar la mejor posición. Cogiéndole la polla, la acerqué a mi chochito notándola febril y con ganas de hacerme suya. Así pues, de espaldas me dejé caer sintiéndome romper al iniciar el lento movimiento de la copula. Moviéndome yo misma comencé a cabalgar el recio eje. Arriba y abajo y abriéndome la blusa para sofocar el calor que mi cuerpo padecía. Follándome a mi ritmo y haciendo del hombre, quieto como se mantenía, un simple espectador afortunado. El miembro ardiente me traspasaba, removiéndome inquieta y sin descanso, ahogando pequeños ayes plañideros al quedar completamente sentada en él. Permanecimos quietos unos segundos, yo bufando mi terrible desazón y el hombre agarrando mis caderas para después bajar las manos a la protuberancia de mis glúteos.

–          Sí, sí –pedía clavándome contra él, cabalgando sin descanso y exigiendo seguir.

Las manos del hombre aferrando mis tetas, las manoseaba con fruición regalándome con ello un placer inmenso. Con los dedos me apretó los pezones, haciéndolos suyos al presionarlos con fuerza y dedicación extremas. Eso me encantó, notar sus dedos acariciándome las tetas y los pezones de aquel modo perverso y algo cruel. Arriba y abajo, la follada se prolongó a buen ritmo y del modo apetecible que más nos convenía. Cayéndole encima, mantenía los ojos cerrados y el ceño fruncido por lo trabajoso del constante chocar.

–          Muévete preciosa, lo estás haciendo muy bien… sigue…

–          Sí, sí… fóllame –las manos caídas en ambos muebles como forma perfecta de sujeción.

Removiéndome en círculos para luego montar cual yegua embravecida e indomable en mi constante cabalgar. Notaba los huevos pegarse cada vez que le rebotaba encima, entrándome el miembro hasta lo más hondo provocándome un deleite intenso. Pero ninguno de los dos parábamos, entregados a lo tremendo del coito y sin pensar en nada más. Mordiéndome los labios, apretándolos uno contra otro, saltando y sabiéndome dueña del macho maduro. Los gemidos silenciados del uno se mezclaban con los del otro, disfrutando el tórrido e inesperado encuentro esperando que aquello no acabara nunca.

Y así sin parar de cabalgar, espoleando mi montura y lanzada en el fragor del galope camino de más y mejores emociones. Me mataba, aquel cabrón me mataba con su incansable aguante. Yo me corría y casi ni reparaba en ello, tan ida y confusa me encontraba. Adelante y atrás, arriba y abajo ordeñándole de la mejor manera que sabía. Los dedos corriendo entre mis piernas, el pobre clítoris recibía mis violentas atenciones maltratándolo una y otra vez. Me iba a correr, haciéndoselo saber al quedar parada y gruñendo agitada y jadeante.

–          ¡Me tienes loca, me vas a matar cabrón! –aseguré una vez recuperada del orgasmo.

–          ¿Quieres más nena? –las manos del hombre descansando en mis muslos.

–          ¿Es que hay más? –pregunté forzando la sonrisa.

–          Todo lo que tú quieras… sólo tienes que pedirlo.

–          ¿Es eso una oferta? –le interrogué girada hacia él.

–          Bueno, es solo que me gustaría repetirlo.

–          A mí también –exclamé convencida al elevarme y tomarle la polla echada a sus pies.

Entre sus piernas y tras quitarle la goma, chupé su miembro succionando el mismo al tiempo que con las manos le pajeaba esperando la copiosa lefada. Adelante y atrás a lo largo del recio mango, supe que no tardaría en correrse. Respiraba Jacques con evidente dificultad por lo decidido de mi masturbar, enloquecida con lo enorme de aquel miembro que tanto y tanto me había hecho gozar.

–          ¡Qué polla más enorme tienes… me encanta! –decía yo pajeándole ahora con las dos manos.

–          ¿Puedo correrme en tu boca? –la voz del guapo capitán en un retraído murmullo.

Sin decir palabra atiné a asentir meneando levemente la cabeza. Él solo podía abrir los ojos de tanto en tanto, para observar cómo su miembro era recogido en mi boca golosa, metiéndomelo más de la mitad. Mojé los labios pues notaba mi garganta reseca y sin saliva. Con las manos y la boca fui acelerando el ritmo en busca de su corrida. Envuelta con los labios, me la metía hasta donde podía quedando ahogada pero no evitando el seguir por ello. Chupando y chupando la sentía rozarme el paladar, produciéndome arcadas y obligándome a soltarla unos segundos. Segundos que aprovechaba para lamerla y jugar con el brillante y palpitante glande que rodeaba con la lengua en forma de pequeños círculos. Eso al hombre le gustaba, pues gemía débilmente echando adelante el vientre.

Las manos firmemente apoyadas en sus muslos, no tenía ahora necesidad de ellas enganchado como le tenía y sin dejar de mamar con ánimo creciente. Noté en ese momento sus piernas temblar y doblarse bajo su peso, el gran final se acercaba y no quería perdérmelo. Adentro y afuera sintiéndola palpitar al llenarme ahora un carrillo ahora el otro. En la boca rebosante de su presencia hinchada, lo noté hincharse aún más y de pronto un chorro abundante golpearme como un latigazo la garganta, llenándome la boca y obligándome a tragar corriéndome la leche la lengua. Menudo cabrón, ciertamente no esperaba algo así tan abundante y violento. A ese primer chorro de líquido cálido y viscoso le siguieron otros más, haciéndome cerrar los ojos para así soportar semejante alud níveo. ¡Creí que no acababa nunca de echar semen!

La tremenda lefada llenándome la boca, tuve que mantenerla cerrada notando el amargor en la lengua y cómo me llegaba a la garganta dejándola caer garganta abajo. En la boca y todavía sin soltarla, poco a poco fui conociendo como se desinflaba entre mis labios perdiendo buena parte de su pujanza. Abrí los ojos, clavándolos en los del hombre que se veían cansados y satisfechos. Sacándola de la boca, le sonreí ahora mostrándome triunfante y con pequeños roces de los labios acabé mi labor dejando el agotado animal limpio de restos de la batalla mantenida. Al fin le había hecho mío.

–          Me costó horrores no gritar, capitán –declaré poniéndome en pie al recuperar la posición.

–          Estuvo realmente bien, mis compañeras no mentían sobre usted.

–          ¿Qué decían pues?

–          Top secret –respondí tapándole ahora yo la boca con mis dedos.

Un postrero beso y tras arreglarse él la hebilla del cinturón, me acondicioné la falda convenientemente. Nos separamos dirigiéndonos cada uno a sus quehaceres, escapando sonriente al pasillo donde los viajeros dormían plácidamente en sus respectivos asientos. Yoon me recibió, sonriéndome cómplice del desahogo disfrutado junto al apuesto capitán.

Pasamos juntos aquellos dos días en destino antes de volver. Conociéndonos de manera íntima y agradable, mostrándonos salvajes y pudiendo ahora sí gritar sin recato, hicimos el amor y follamos hasta cansarnos. Me dejó agotada y feliz igual que él quedó. Para su edad se comportó más que bien.

Tumbada en la cama, cubierta por la fría sábana y todavía con el poderoso brazo masculino rodeándome la cintura, vi el mensaje saltar en el teléfono.

–          Cariño, ¿cuándo llegas? Te echo de menos.

–          14.30h llego a Charles de Gaulle. ¿Podrás venir a buscarme?

–          Claro princesa, allí estaré. ¿Qué tal el viaje?

–          Uffff, de maravilla. Tengo tantas ganas de verte.

–          Yo también.

Horas más tarde y taconeando mientras tiraba de la maleta, me encontré a Alain esperándome apoyado en el capó del pequeño y coqueto Peugeot descapotable. Estaba guapísimo y el reencuentro fue un largo y apasionado beso, devorándonos las bocas sin preocuparnos por nada más. En el apartamento del hombre hicimos el amor como perfecta forma de bienvenida. Cada vez me sentía más entregada a él… lo del capitán Castel solo había sido sexo, un simple desliz en un momento de debilidad y necesidad.

Por favor, no me lo tengan en cuenta…

Sígueme en instagram: @babykarelvis

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