Caperucita – relatos eróticos

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Había pensado solo cambiarme la corbata cuando regresé al hotel tras la tediosa comida, pero como aún faltaba mucho para la última reunión prevista para ese día, me quedé a tomar una copa en la cafería del hotel.

Estaba sentado en la barra, bebiendo distraídamente, cuando la vi a través de la cristalera, salía del agua y llevaba un escueto biquini rojo, que acentuaba la tersura de su piel blanca. La braguita apenas cubría la mitad de su culo y la parte de arriba, parecía incapaz de contener sus pechos. Era un auténtico espectáculo verla andar, distraídamente hacia su tumbona, ajena a las miradas lobunas como la mía. Esa Caperucita me hacía sentir como el lobo feroz, porque mirarla era desear devorarla.

El sonido de mi teléfono, hizo que dejara de admirar a esa hermosura. Era una secretaria, para confirmar, en media hora más tarde la reunión. Eso me dejaba más de dos horas vacías. Me estaba planteando el subir a darme una ducha fresquita, cuando volví a buscar a Caperucita en su tumbona, pero no estaba en la tumbona, sino al otro lado de la misma barra, en la que yo estaba por la parte de fuera.

Al sentirse observada, miró hacia donde yo estaba, con esos ojos grandes color miel, hasta que se le acercó una mujer y empezaron a hablar. Yo seguí mirándola, con el descaro de quien cree que mira algo que probablemente no volverá a ver. Ella, aunque centrada en la conversación, era consciente de mis miradas, pero cuando nos encontrábamos apartaba la suya al instante.

Caperucita, volvió a su tumbona y yo subí a mi habitación, cachondo como hacía tiempo que no estaba, me desnudé y bajo la ducha recordé su piel, esos labios generosos, sus pechos, su culo… tenía un cuerpo para el pecado pensé agarrando mi polla dura y recordando su mirada inocente, empecé meneármela, cada vez con más furia bajo el agua y terminé corriéndome al instante, jadeando como un perro.

Ya de vuelta, llegando a la reunión, me reí de mí mismo recordando mi paja en la ducha, pareciendo un quinceañero con las hormonas removidas. Necesitaba sexo, me dije en silencio con una triste sonrisa.

Llegué tarde al hotel y no me apetecía acostarme, decidí tomarme una última copa antes de subir y me encaminé a la cafería. Me tomé esa copa, en la misma barra y junto a mí una rubia despampanante, me sonrió abiertamente y le devolví la sonrisa, apartando la mirada al momento sin ganas de ir a más, a sabiendas que hubiera sido fácil no dormir solo esa noche y cabreado conmigo mismo por no apetecerme ella, ni siquiera un poquito.

—Hola, ¿puedes abrazarme y besarme por favor? –me dijo de repente la mismísima Caperucita apareciendo detrás de mi

— ¿Que dices? –demasiado alucinado, creí haber oído mal

—Por favor, abrázame y bésame como si lo desearas –dijo, mirándome con esos ojazos en los que me perdí

Joder, abracé a esa caperucita, temblorosa y ella pegó sus pechitos redondos y mullidos a mi pecho, se colgó de mi cuello y levantó la cabeza ofreciéndome esa preciosa boca con la que había fantaseado mientras me masturbaba. Sin dar crédito bajé la cabeza y devoré esa boca de fresa mientras recordaba sus palabras “como si lo desearas” joder, la niña.

— ¿Que está pasando? –pregunte cuando fui capaz de apartarla y lo peor apartarme

—Es una historia larga…

—Tengo toda la noche

— ¿Abuso de ti si te pido que me saques de aquí?

Salté del taburete como un resorte, la cogí de la mano, que se me antojó extremadamente pequeña dentro de la mía y salimos de allí. La llevé al paseo que bordeaba la playa frente al hotel. La miré seriamente y las palabras atropelladas, empezaron a salir de su boca.

—Estoy pasando las vacaciones con mi familia y estoy cansada, de que intenten organizar mi vida, les dije que a pesar de haberlo dejado con mi novio, no quería que me presentaran a nadie, porque ya había alguien más y cuando entre bromas dijeron que no me había dado tiempo, te vi y les dije que eras tú.

— ¿Que han dicho?

—Han flipado todos, los he dejado digiriéndolo. Pensaras que soy una loca, siento haberte asaltado de esa manera.

—No nos engañemos nena, tampoco ha sido un suplicio besarte

—Lo siento por la rubia, parecía estar a punto de tirársete encima

—Estaba a punto de irme a dormir…solo

—Que tranquilo esta, debe ser una gozada bañarse –dijo refiriéndose al mar, mirándolo desde el paseo.

—Antes has dicho, que estabas cansada de que otros decidieran por ti, empieza a decidir lo que realmente quieres y así nadie tendrá esa opción. Si te apetece bañarte caperucita, hazlo.

Se quedó mirándome unos segundos, sonrió pareciendo aún más joven de lo que era y sentándose en una roca, ya que habíamos llegado al final del paso y no había nada más, se quitó las sandalias y camino por la arena.

No iba a perderme eso, por nada del mundo, pensé quitándome los zapatos y siguiéndola hasta un recodo alejado del paseo, me senté en la arena y la miré.

— ¿Vas a atreverte a perseguir tus deseos, Caperucita? -la reté a sabiendas que necesitaba ese empujón

Apenas había luz, pero podía ver perfectamente la silueta de su cuerpo, bajo el vestido vaporoso.

— ¿Porque me llamas caperucita?

—Porque con ese biquini rojo, harías aullar al lobo más feroz.

—Ahora no llevo el biquini –dijo bajando los tirantes de su vestido y haciendo que este cayera a sus pies

—Muchísimo mejor Caperucita, muchísimo mejor –dije mirando su cuerpo, apenas cubierto por unas diminutas braguitas de algodón amarillas.

—Me gusta, cuando me miras como si fueras el lobo –dijo dándose la vuelta

Me enloqueció, el vaivén de sus caderas, cuando se adentró lentamente en el agua, mirando embobado como el agua lamia su piel, sus pantorrillas, sus muslos y mojaba la tela de esa escandalosamente castas braguitas. Toda ella era una demoledora mezcla: lujuria, sexi con esos toques de inocencia y candidez arrebatadoras. Mi polla iba a reventar las costuras del pantalón cuando se giró:

—No sabes lo que te pierdes… -dijo melosa, invitándome a seguirla

Creo que jamás me he desnudado con tanta rapidez y un minuto después, entraba en el agua tibia. Fui hacia ella, que no se giró a pesar de oír mis movimientos. Cuando llegué tras ella la abracé desde atrás, ella se apoyó en mi pecho y yo bajé la cabeza para sembrar de mil besos la curva de su cuello, mientras mis manos aferraban sus redonditas tetas.

—Esto se nos está yendo de las manos niña

—No pares lobo, no dejes de hacerme sentir, como me siento ahora…contigo.

No necesité más para cruzar mi brazo por sus pechos y pellizcar uno de sus pezones, mientras la otra bajaba por su torso, se metía bajo el agua y dentro de sus bragas. Cuando suspiró y apoyó más su cabeza en mi pecho, dejé su cuello para buscar su boca y mientras mis dedos repasaban su rajita caliente, mi lengua se hundía en su boca. La masturbé hasta que su cuerpo tembló y ahogó los jadeos en mi boca, entonces le di la vuelta y ella trepó por mi cuerpo, entrelazó sus piernas en torno a mis caderas y mientras yo la agarraba del culo, ella liberaba mi erección y corría su braguita a un lado. Fue su manita quien empujó mi mástil hacia abajo y subiéndola ligeramente mi polla se coló entre los pliegues de su vulva.

—No tenemos protección

—Fóllame lobo –suplicó

Y le hubiera bajado las estrellas, en ese momento si me las pidiera, pensé entrando por primera vez en el paraíso de su coñito prieto y caliente. Podía haberme corrido antes de terminar de penetrarla y tuve que reunir todas mis fuerzas para no hacerlo. Ella jadeaba en mi boca, sus gemiditos me encendían y el roce de sus pezones duros por mi pecho era incendiario, tenía que frenarla, apartarme unos segundos, me dije andando hacia la orilla con ella.

Hice que descabalgara, la tumbé en la arena, le quité las bragas, me arrodillé entre sus piernas y mirándome con cara de niña buena dijo:

—Dame polla lobo

Joder, joder…tiré de ella subiendo su trasero sobre mis muslos y volví a penetrarla con dureza y desesperación, ella aulló y yo bramé perdido entre sus muslos, arremetiendo una y otra vez, cada vez más profundamente, enloquecido hasta oírla gritar que se corría, su cuerpo se tensó y los espasmos de su orgasmo, junto con la caliente humedad de ese estrecho canal, casi me llevan a la locura más absoluta. Tan solo unos segundos después, dejé resbalar su culo por mis muslos, saqué mi polla y sin tocarla un potente chorro de semen empapó su vientre, sus tetas y el segundo su pubis y hasta sus muslitos, en la mayor y mejor corrida de mi existencia. Solo agarrándola en las ultimas sacudidas.

Volvimos al agua, dejando que el agua tibia desentumeciera nuestros cuerpos saciados y salimos a secarnos. Nos reímos, cuando no aparecieron sus braguitas y nos vestimos para regresar al paseo.

Andaba a su lado, incomodo por el traje medio mojado y lleno de arena, pero aun flipado por lo que acababa de suceder. Llegamos al hotel y ya en el ascensor le dije:

— ¿En que está pensando Caperucita?

—En que aún no quiere que acabe el cuento

—Entonces ¿sigue lo suficiente indómita para seguir al lobo a su guarida? –volví a retarla saliendo del ascensor en mi planta.

No me giré cuando oí cerrarse las puertas del ascensor, y solté el aire que no sabía que retenía cuando oí sus pasos en la alfombra detrás de mí.

Recorrimos el pasillo en silencio, entramos sin hablar y la besé al cerrar la puerta.

—Vamos a quitarnos toda esa arena –agarré su mano y volví a pensar en lo pequeña que era.

Allí dejé, que de nuevo el vestido cayera a sus pies y le di una palmada en su glorioso trasero, instándola a entrar en la ducha.

— ¿No vienes? –volvió a mirarme con esa arrebatadora inocencia que me desarmaba

—No, si vengo no saldremos

Me senté para disfrutar como un voyeur, mientras enjabonaba su cuerpo, mordí mis labios cuando su manita enjabonó y aclaró su sexo y mi sexo palpitó, cuando el agua hizo resbalar la espuma por esos pezones tiesos, desafiantes, coronando sus turgentes y apetecibles tetas gordezuelas. Mi polla dura rozó su culo cuando cambiamos de sitio y salió para que entrara, sorprendiéndome, al sentarse curiosa a observar como había hecho yo primero. De nuevo mi miembro palpitó en mi mano cuando la vi morderse los labios con gula.

— ¿Te gusta mi polla Caperucita? –pregunté retándola una vez mas

—Me encanta verla así

—Tú la pones así, es la tercera vez hoy que me la pones dura Caperucita

— ¿Este mediodía? –preguntó tímidamente

Dios que ricura de niña, pensé al verla enrojecer avergonzada y deseé pervertir esa inocencia.

—Sí, subí a ducharme y me masturbé pensando en ti –confesé saliendo de la bañera

La llevé de nuevo a la habitación, la coloqué a los pies de la cama e hice que se sentara, me arrodillé ante ella, separé sus rodillas y bajé a lamer sus muslos hasta llegar a su vulvita, la eché hacia atrás, subí los pies al borde de la cama, abrí más sus piernas y devoré ese sexo que tanto deseaba. El dulce sabor de esa niña invadió mi boca, su olor me enervó y succioné su clítoris después de estimularlo haciendo círculos alrededor. Ella gemía, se retorcía e intentaba escapar y pegarme más a su coño, gimoteando. Entonces le di la vuelta en la cama, separé los cachetes de su culo y mi lengua repasó su rajita desde el inflamado clítoris hasta su anito prieto. Me centré en ese agujerito mientras dos dedos penetraban su vagina y ella se retorcía sobre el colchón sollozando. Metí mi lengua en su culito empapándolo con mi saliva, hundiendo mis dedos una y otra vez, oyendo el chapoteo de sus juguitos.

—Ummm que rico, yo nunca…no pares, voy a correrme –gimoteó

Se retorció como una anguila, mientras se corría, notando los espasmos de su orgasmo en mis dedos, mientras mi lengua entraba y salía de su culo.

Saqué mis dedos empapados de su coñito y tiré de sus caderas, colocándola al borde como una perrita, flexioné mis rodillas y sin previo aviso, se la metí hasta el fondo, mientras su cuerpo seguía laxo por el orgasmo y folle su coño como un salvaje. Mi polla palpitaba enloquecida, más gorda y dura de lo que había estado jamás, mientras arremetía ese cuerpo una y otra vez, sin pausa agarrado a sus hombros, hasta me arqueaba rebotando en su cuerpo, golpeándola cada vez, levantando sus rodillas del colchón, alentando por su agitada respiración y esos gemiditos enloquecedores. Dejé un hombro y bajé por el costado, acaricié una teta y la agarré con la mano, la sobé, busqué con dos dedos el pezón y pellizqué, tironeé y seguí dentro y fuera, dentro, dentro y fuera…

Notaba sus juguitos, bajar por nuestros muslos y estaba inflamado de placer, en un retroceso, salí por completo y metí un dedo en su encharcada vagina, lo saqué y volví a hundir mi falo hambriento, mientras ese dedo buscaba su agujerito ensalivado, presioné y noté como su cuerpo se ponía rígido, pero no se alejaba, no intentó escapar cuando presioné. Suspiró cuando la yema entró y gimoteó cuando resbaló dentro la mitad de mi dedo, sollozando cuando por fin penetré por completo su anito con mi dedo medio y tras unos segundos, acompasé ambas penetraciones, cinco minutos después sus caderas se movían con las mías buscando cada envite.

—Me corro lobo, me corro –grito, unos momentos después

De nuevo su sexo, estrujó mi polla mientras se corría y apenas fui capaz de salir para agarrármela y apoyándola solo en su agujero a medio dilatar rocé el glande hasta correrme sobre su culo, su espalda…mientras bramaba enloquecido.

Ella había caído rendida de bruces en la cama y tras comprobar que estaba bien y limpiar el semen, me tumbé a su lado y me dormí al instante.

Me desperté en mitad de la noche y salí al balcón, dejando a mi preciosa ninfa desnuda en la cama. Cuando entré unos minutos después la miré y aluciné cuando noté palpitar de nuevo mi polla. Esa chiquilla era el más potente de los afrodisiacos pensé con una tonta sonrisa. Me tumbé en la cama junto a ella aspirando su aroma y ella se movió y me miro seria.

— ¿Qué piensas Caperucita?

—Pienso que no se ni tu nombre y que este cuento debe acabarse, debería irme y me da miedo salir por esa puerta y no volver a sentir lo que siento estando contigo. –dijo abandonando la cama

—Joder Caperucita no te vayas aun –le dije saltando de la cama

Se ponía el vestido y quitándoselo la abracé por detrás, ella subió mis manos a sus tetas.

—Recuérdame porque no debería irme lobo –dijo frotando su culo por mi incipiente erección

—Si sigues con este meneíto, vas a acordarte al sentarte niña

—Hazlo lobo –dijo mimosa, subiendo aún más el culito buscando mi sexo, ya en pleno apogeo babeando ante su petición

La llevé hacia la pared, subí sus brazos por encima de su cabeza y dejándolos ahí bajé rozando su piel, bajando por sus costados, sus costillas, sus caderas y di un tironcito separándola ligeramente y seguí acariciando los cachetes de ese culazo, le di un cachete y metí un dedo en su rajita bajando por esta, buscando la humedad de su sexo, empapando en ella mis dedos con sus jugos. Luego retrocedí y volví a su puerta trasera, presioné y empujé penetrándola. Ella subió el trasero y yo entré hasta el fondo. Ella gimió y yo lamí su nuca, mordisqueé su cuello, su hombro mientras dilataba su esfínter con mi dedo.

—Me muero por follar tu culito, preciosa

—Si lobo, si –clamó

Saqué mi dedo y tras pasear mi polla por la humedad de su sexo, la llevé allí, presioné agarrándomela del glande y empujé lentamente abriéndome camino, pidiéndole en su oído que se relajara.

—Tranquila pequeña, ya casi esta mi niña

Y mi polla llenó su culito, jamás había estado tan apretado, ni en lugar mejor. Coloqué mis manos junto a las suyas, pegué mi pecho a su espalda y empecé a mover las caderas, sintiéndome pletórico sodomizando a esa criatura.

Y como si de un fuego se tratara, todo empezó a arder, las llamas crecieron y avivaron nuestros cuerpos, reclamando más intensidad, que nos llevó a abrasarnos por completo en mitad de esa hoguera. Caperucita enloquecida llevó una mano entre sus piernas, su cuerpo se tensó bajo el mío, pidió más y más le di, entonces se corrió y mi orgasmo se presentó sin avisar y ni pude, ni quise frenarlo, corriendome en su interior, uniendome a su orgasmo.

Supe entonces, que acabara como acabara ese cuento, jamás había sentido por nadie nada parecido a lo que sentía por y con Caperucita.

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