Me folle a mi madre

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Hola, soy Dani. Tengo 19 años y vivo con mi madre, una mujer divorciada de 47 años que está y ha estado presente en mis pensamientos sexuales durante toda la adolescencia. Mamá está buenísima, tiene unas tetas grandes y preciosas que me vuelven loco y un culito propio de una chica de mi edad. Es una mujer bastante liberal, desde que tengo uso de razón nunca ha tenido reparo en mostrar por casa sus tetas al descubierto y vestir con escotes que hacían que girasen el cuello todos con los que nos cruzábamos por la calle. A mis amigos les llegué a prohibir la entrada a mi casa porque siempre que alguno viene no para de mirar las dos obras de arte de mi señora madre. Pese a su mentalidad abierta, solo dos veces recuerdo que se haya traído a algún hombre a casa, y han caído sus respectivas pajas escuchando los gemidos de placer de mi madre, sumido en una mezcla de erotismo y envidia por no poder ser yo el que esté disfrutando de ella.

Un dia, entré al bañó y la pillé depilándose el coño:

  • Hostia.
  • Joder Dani, qué susto me has dado, ¿tanto te cuesta llamar antes de entrar?
  • Es que me estoy meando, perdona. Veo que tienes plan para esta noche.

Empezaba a notar mi polla un poco dura.

  • Que va, que cosas tienes. Yo ya estoy mayor para estas cosas.
  • ¿Mayor? Ojalá las de mi edad estuviesen así.
  • Que pelota eres.
  • Seré un pelota, pero tú estás buenísima. Si no fueses mi madre…
  • ¡Daniel!
  • Bueno, bueno…
  • Si no fuese tu madre qué, pillín.
  • Que te echaba un polvo más grande que el del mueble del salón.
  • ¡Daniel!
  • Vale, vale. Ya paro.
  • Ya veo que tú también estás arregladito, eh, ¿tengo nuera nueva?
  • Ni de coña, con la de meses malos que llevo…
  • ¿Con lo bueno que estás? Si yo tuviese veinte años menos…
  • Ahora sí, ¿no? A ver, qué me harías.
  • Te hacía un hombre de verdad, no como las niñatas que te tiras.
  • ¡Mamá!
  • De tu propia medicina, canalla. Ahora desfilando, que quiero seguir con lo que estaba, ¿o quieres ver algo más?
  • Hombre, si me dejas, yo me quedo a ver lo que sea.
  • Anda, tira, sinvergüenza.

Salí del baño cachondo perdido y sin creérmelo. Mi madre estaba tonteando conmigo, o esa era mi impresión. Fui directo a la habitación y me masturbé pensando en follarla sin parar.

Después de cenar, le propuse ver una película.

  • ¿Hay algo en la tele?
  • Que va, no ponen nada interesante.
  • ¿Te hace ver una peli?
  • Venga, por qué no.
  • ¿Comedia?
  • Eso está hecho.

Preparamos palomitas, elegimos la película y nos tumbamos en el sofá. Mamá estaba apoyada sobre mí con sus braguitas y su camisón veraniego que apenas ocultaba sus tetas. Cada vez que se acomodaba se pegaba más a mí, y eso provocaba que yo estuviese más cachondo.

Puse una de mis manos sobre su muslo, acariciándola durante un buen rato. En una escena de sexo, decidí ir más allá e ir desplazando poco a poco la mano hacia su culo mientras intentaba disimular mi erección.

  • ¿Y esa manita?
  • ¿Qué pasa?
  • Que creo que la escena le está calentando al niño.
  • Y lo que tengo delante ayuda…

Mamá me quitó la mano de su culo.

  • Mejor concéntrate en la peli, anda.

Un rato después, volví a intentarlo disimuladamente acercando mi mano a su coño.

  • Hijo, ¿que te acabo de decir?
  • Perdóname mamá, lo hago inconscientemente. Es la costumbre.
  • Pues relájate, cariño, que soy tu madre. Venga, no pasa nada.

Ante el segundo intento fallido, decidí dejarlo estar y seguir viendo la película. Cuando se acabó, cada uno se fue a dormir.

El día siguiente fui a jugar al fútbol con mis amigos y al volver a casa me encontré a mamá llevando cubos a mi habitación.

  • Hola, mamá, ¿qué pasa?
  • Pues que tenemos unas humedades de caballo en tu habitación. Además, hasta el lunes no pueden venir a arreglarlas y estaremos todo el fin de semana así.
  • ¿Y eso?
  • La vecina, se ha debido dejar el grifo del baño abierto y mira.
  • Bueno, tranquila. Tengo que dormir en el salón, ¿no?
  • ¿En el sofá? Te dejarás la espalda, de eso nada, tú te vienes a mi habitación.

Se me iluminaron los ojos.

  • ¿A tu habitación?
  • Sí, claro.
  • ¿Y en tu cama?
  • Pues claro, hay sitio de sobra.
  • Vale, guay.

Se me acababa de presentar la oportunidad que llevaba años esperando. Lo único que me echaba para atrás era la negativa de ayer, pero había que intentarlo.

  • Mamá, hoy no prepares la cena. Me encargo yo.
  • Pero bueno, ¿y eso?
  • Habrá que celebrar que vas a tener nuevo compañero de cama.
  • Venga, acepto. Solo espero que no seas de los que hacen ruidos raros.
  • Hombre, yo creo que en ruidos tú ganas.
  • ¿Eh?
  • ¡Pues anda que no montas escándalo cuando follas!
  • Oye, como que me habrás oído muchas veces.
  • Me basta con las dos que te he oído para saber que te lo pasas muy bien.
  • Pues mira que llevo tiempo sin pasármelo bien… Para que luego digas que estoy tan buena.
  • Será porque no quieres, a ver quien se resistiría a darte un buen meneo.
  • Oye, que sigues hablando de tu madre, bonito.
  • Coño, no es mi culpa que pongas cachondo hasta a todos mis amigos.
  • Ah, ¿sí? ¿A quién?
  • A todos, mamá, a todos. ¿No has visto como te miran las tetas? Si hasta alguno me ha dicho que te diga de hacer un trío con nosotros.
  • Vaya generación de degenerados.
  • O vaya generación de maduritas buenorras la tuya.
  • Al final voy a tenerte miedo hoy en la cama.
  • Bueno, si te dejas no puedo decirte que no, soy un hijo obediente.
  • Anda, calla, que después de tanto tiempo sin hacerlo estoy que me subo por las paredes a la mínima.
  • Que sea con agua calentita, así no se te baja el punto.
  • Tú lo que quieres es verme con menos ropa, truhán.
  • Y si es sin ropa, mejor que mejor.
  • Mira como sabe el niño… Venga, a ver como preparas esa cena.
  • A ello voy, ya verás la delicia que te voy a hacer.

Cada vez creía que era más probable que mamá acabase esa noche cumpliendo mi fantasía desde que descubrí el sexo. Me puse a preparar la cena mientras ella se duchaba y se cambiaba. Vino con un vestido que para nada parecía que fuese para estar cenando tranquilamente con su hijo.

  • Pero bueno, ¿vas a cenar conmigo o con un ministro?
  • ¿Te gusta?
  • ¡Estás tremenda!
  • Como esas hamburguesas que se te van a quemar.
  • Todo controlado, no te preocupes. ¿Vinito para acompañar?
  • Por supuesto, pero lo elijo yo.
  • Todo tuyo.

Preparé los últimos detalles y empezamos a cenar. La botella estaba casi acabada y el ambiente se ponía cada vez más divertido.

  • Hijo mío, mírame un poquito a los ojos cuando te hablo.
  • Perdona mamá, es que me distraigo…
  • ¿Mirándome las tetas?
  • Sí, la verdad.
  • Es broma, hombre, parece mentira que no me conozcas. Pero también te digo que no son para tanto, y con lo que me las has visto ya…
  • Pues no me canso de verlas.
  • Vamos, si habrás estado con chicas que me dan mil vueltas, yo ya estoy en decadencia.
  • Nunca he estado con una que tenga esas tetas.
  • Pues como serán las de tu generación…
  • Tú pones el listón altísimo, así no se puede competir.
  • Anda, anda. ¿Saco unos chupitos de whisky?
  • Venga, pero vamos al sofá.
  • Eso está hecho.

Seguimos bebiendo en el sofá y los dos estábamos un poco borrachos.

  • Oye, y con las chicas, ¿qué?
  • Nada, últimamente estoy muy quemado. Si surge algo, bueno, pero…
  • Haces bien, para qué te vas a comer la cabeza.
  • Claro que sí. ¿Y tú?
  • ¿Yo? Nada, a estas edades el que no está casado va a por las de treinta, y el resto son desesperados.
  • ¿Nada? Anda que no hay tíos de mi edad que matarían por estar contigo.
  • Ya, claro, buen intento para animarme.
  • Te lo digo en serio, mamá. Eres una tía cojonuda, lista, con conversación, y además estás más buena que cualquier tía que veas en una discoteca.
  • Que no Dani, que yo no estoy para eso.
  • Tú estás para echarte 47 polvos, uno por año.
  • ¡Dani!
  • En serio mamá, eres guapísima y mil veces mejor que las que tienen veinte años menos que tú, hazme caso.
  • Eres un cielo, Dani.

Mamá me dio un abrazo muy cariñoso y sentí sus tetas pegadas a mí como nunca.

  • Cariño, creo que habría que recoger esto. Mira qué tarde es.
  • ¿Ahora? ¿Con lo borrachos que vamos? Mejor mañana.
  • Bueno, tienes razón, vamos a la cama.

Dejamos todo como estaba y fuimos directos a la habitación.

  • Sabes, te parecerá una tontería, pero me has hecho perder 20 años.
  • ¿Cómo?
  • Con todo lo que me has dicho, lo de que estoy buena y eso, no sabes lo que me sube la autoestima que me diga eso un chico tan joven, aunque sea mi hijo. Llevaba mucho sin sentirme así.
  • Es que es verdad, mamá, a ver quien le dice eso a alguien como tú.
  • Gracias, Dani, mi amor.
  • De nada, mamá. Cualquiera que tenga ojos te lo diría. Joder, si es que mira que cuerpazo.
  • ¿Te gusta?
  • Me encanta.
  • ¿Quieres que te haga un striptease?
  • ¿De verdad?
  • Claro, llevo desde los 20 sin hacer uno.
  • Me encantaría.

Mamá empezó a desnudarse y yo me puse a mil. Mi polla estaba como nunca había estado.

  • Dios, mamá. Estás buenísima, joder. Vaya tetazas que tienes.
  • ¿Quieres tocarlas?
  • ¿En serio?
  • Claro, nunca has tocado unas asi, ¿no?
  • Que va.

Se subió encima completamente desnuda y me puso las manos en sus tetas. Empecé a manosearlas y a juguetear con ellas. Era la mejor sensación de mi vida.

  • Te la pone dura que tu madre te deje tocarle las tetas, eh.
  • Mamá, quiero follarte.
  • Y yo quiero que me folles.

Empecé a jugar con el coño de mamá, mezclando lametones con los dedos. La humedad me decía que cada vez estaba más cachonda.

  • ¿Te gusta?
  • Me encanta, Dani.
  • Quiero metértela.
  • Hazlo.
  • ¿Tienes condón?
  • No, hazlo a pelo.
  • ¿Segura?
  • Sí, mi amor.

Hicimos algunos mete-saca que hicieron que se pusiera todavía más caliente y después empezó a cabalgar sobre mi polla. Jamás alguien había cabalgado tan bien sobre mí y jamás lo había disfrutado tanto, estaba en una nube.

  • Hostia, como se puede follar tan bien.
  • ¿Te gusta, Dani? Que polla tienes, joder.
  • Me flipa, mamá. Eres muy cerda.
  • Sigue diciéndome cosas.
  • Me encanta que seas tan guarra. Nadie disfruta un rabo como tú.
  • Que cachonda me pones.
  • Y tú, mamá. Voy a correrme.
  • Córrete dentro, cielo.

Eché una corrida en el coño de mi madre como nunca lo había hecho. Estaba cumpliendo mi fantasía sexual favorita.

  • Ahora me toca a mí, Dani.
  • Vamos, grita como una cerda, que me pone muchísimo.

Mamá se corrió al poco tiempo de que yo lo hiciese. Después, mamá se agachó en busca de mi polla.

  • ¿Te gusta como la chupa tu madre?
  • Joder, es la mejor mamada que me han hecho en la vida. Me voy a volver a correr.
  • ¿Quieres correrte en mi boca?
  • Claro.

Siguió chupando mi polla durante unos minutos más y volví a echar una cantidad de leche descomunal que fue a parar a la boca de mi madre.

  • Está riquísimo.
  • ¿Te lo has tragado todo?
  • Todo todito, ni una gota.
  • Joder, ha sido la mejor noche de mi vida.
  • Llevaba sin sentirme así muchísimo, mi rey. Te quiero.
  • Yo si que te quiero, mamá.
  • Descansa, mi amor, te has portado como un campeón.
  • Y tú como una campeona, follas increible. Buenas noches, mamá.

Nos fuimos a dormir y yo todavía no me creía lo que acababa de pasar. Laura, mi madre, la mujer con la que llevaba soñando desde que tenía uso de razón, me había hecho de todo en la cama. Esa noche cambió para siempre nuestra relación y nuestra vida.

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