Malas decisiones – relatos gays

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-Creo que no podré caminar –sonreí. Y no paré de hacerlo. De pronto un ataque de risa me dominó. Era tan irreal lo que estaba sucediendo.

-Amo cuando ríes –me dijo.

Me acerqué a él y lo besé. Sus brazos me rodearon y el calor que me transmitía me hacía sentir en el paraíso. Estar entre sus brazos era mi hábitat natural, y no había lugar en el mundo dónde pudiera estar más cómodo.

-Feliz cumpleaños –le dije mientras me acurrucaba sobre su pecho.

De pronto sentí mi celular vibrar sobre el mueble que estaba al lado de la cama. Era un mensaje de un número desconocido:

“Hola?? Diego?? 

Estás? Soy Fernando”

Sentí agua fría caer por mi cuerpo. El destino es una perra)

-¿Todo bien? –me preguntó Alexander, luego de que no respondiera a lo que me decía.

-Eh, sí. Todo bien –respondí apresurado.

-¿Quién era? –hizo un gesto hacia mi celular.

-Creo que tenemos que bajar –le dije levantándome e ignorando su pregunta-. Ya deben extrañar al cumpleañero.

-¡Cierto! Se me pasó el tiempo volando contigo, bebé –hizo un movimiento para abrazarme, pero fingí no darme cuenta y comencé a vestirme.

Apenas abrí la puerta de la habitación, entró el ruido de la música proveniente de la fiesta que se daba abajo. Le dije a Alexander que pasaría al baño a asearme un poco, y él dijo que iría al del primer piso. Una vez dentro del baño, puse pestillo y me senté en el suelo. Sentía que mi mente daba vueltas.

Acababa de suceder algo que yo me obligué a creer que era imposible. Se suponía que no volvería a saber de Fernando. Por lo menos no en mucho tiempo más. De golpe se abrió una herida que ya comenzaba a cerrarse. Y junto con eso se abrió una posibilidad que me complicaba más la existencia.

Pero ya había tomado una decisión… Con Alexander. Era él a quién yo quería. ¿Verdad? Entonces, ¿por qué el mensaje de Fernando me perturbaba tanto? ¿Acaso había decidido estar con Alexander sólo porque Fernando no estaba? ¿Ése había sido mi gatillante? « ¡Dios!» Mi mente me confundía, y ponía en duda todo, dejándome aún más perdido.

«Calma, respira. Ya elegiste. Lo sentiste» me decía. Y era cierto. Lo había sentido minutos antes. Cuando sus besos reclamaban mi piel, o cuando descansaba entre sus brazos. Me sentí flotar. Pero ahí, en ese momento, en mi mente solo existía Alexander como mi única persona especial. Era extremadamente complicado, porque yo no había elegido terminar con Fernando, simplemente me lo habían arrebatado. Y era por eso que el hecho de que se contactara conmigo me hiciera renacer todo lo que llevaba algunos meses superando.

Sacudí mi cabeza y me levanté. Mojé mi rostro con agua fría, y salí del baño con decisión. No iba a volver a caer en lo mismo. Yo ya me había decidido y me negaba a renunciar a la tranquilidad que ya había logrado, y que tanto me había costado conseguir. Bajé las escaleras y me encontré con la mirada ansiosa de Alexander buscándome. Estaban todos reunidos alrededor de él. El pastel de chocolate y frambuesas iluminaba con sus velas el rostro de Alex, entregándole un brillo infantil y tierno a su mirada.

La típica canción de cumpleaños comenzó a ser entonada, y sus ojos sonrientes no se apartaban de mí.

-¡Pide un deseo! –le gritaron, antes de apagar las velas.

Me sonrió y me guiñó el ojo, y luego la sombra hizo desaparecer su rostro cuando de un soplido apagó las velas. Su mirada hizo vibrar mi pecho y humedecer mis ojos. En ese instante mi celular volvió a sonar. Sentí cólera al escucharlo, pues mi intuición sabía que era otro mensaje de Fernando. Rápidamente lo tomé y lo apagué. Escuché un crujido en el fondo de mi corazón, pero la mirada de Alexander me había traído a la realidad, la realidad dónde comenzaba a estar bien…

Pasé el resto de la noche fingiendo que nada había sucedido. Alexander brillaba en todos los rincones de la casa, lanzando inesperadas carcajadas, bailando como un niño y con la mirada más feliz que le haya visto nunca. Tanto Martina como el resto de los invitados lo miraban sin creer su comportamiento.

-¿Qué fue lo que se fumó y por qué yo no lo estoy fumando ahora? –preguntó Luis, uno de los primos de Alexander.

-Creo que se pasó un poco de copas –sugirió Gonzalo.

-Está enamorado –dijo Martina mientras me miraba con una sonrisa pícara.

-Creo que ambos tienen razón –agregué.

Cerca de las 4 de la madrugada la fiesta comenzó a decaer. Poco a poco la gente fue abandonando la casa, y pronto sólo quedaban sus padres, Martina y Gonzalo, Alexander y yo. Sus padres fueron los primeros en irse a dormir. A continuación, Martina fue a dejar a Gonzalo a la salida y yo acompañé a Alexander a su habitación.

-¿Qué haces? No… Sigamos bailando –decía mientras saltaba y me tomaba de las manos para bailar.

-Ya es tarde, Alexander. Hay que dormir –no pude evitar sonreír al verlo todavía tan motivado.

-¡Bailemos! Me encanta esa canción-.

-Es una publicidad de comida para perros –le dije.

-Es genial –susurró mientras movía su cuerpo de forma arrítmica.

A duras penas conseguí arrastrarlo a su habitación. Apenas cerré la puerta, se lanzó a comerme los labios. Sentí el sabor del alcohol en su boca, junto con sus irregulares respiraciones. Entre besos y abrazos me llevó hasta la cama. Cayó de forma poco grácil sobre ella y estiró sus brazos para que me acercara. Yo bajé y comencé a sacarle las zapatillas, mientras él tatareaba “Baby Shark”.

Luego me levanté y le terminé de quitar la ropa. Su piel brillaba por el sudor debido al calor. Sus ojos estaban cerrados y su boca estaba en una media sonrisa mientras susurraba algo inaudible y que me causó curiosidad. Me acerqué para intentar descifrar lo que decía.

-…mo… Te… amo… Tamo… Teamo… Te amo… -repetía una y otra vez. A veces de manera clara y otra de manera distorsionada. 

Sentí ganas de llorar cuando lo oí. Ese tremendo hombre, incluso en su estado de inconsciencia, pensaba en mí. Le besé la frente y le di las buenas noches, y cuando me giré para irme me tomó del brazo.

-No… No… Duerme conmigo –tiró de mi con una fuerza inhumana y caí sobre la cama. Pese a su estado de ebriedad, tuvo la coordinación suficiente para envolverme con sus brazos y piernas como un pulpo e impedir me huida. Sin atreverme a discutir, con mucho cuidado me quité mis zapatillas y me acomodé para sentir su olor antes de dormir.

Desperté de golpe cuando Martina entró de sorpresa. Lanzó un grito cuando me vio enredado entre los brazos de su hermano, quién estaba sólo con un bóxer.

-¡Perdón! No sabía que habías dormido aquí –dijo mientras se colocaba roja como un tomate-. Pensé que dormirías en la habitación de invitados.

-¿Por qué mi chico tendría que dormir ahí? Cuando tiene mi cama disponible para él cuando quiera –intervino Alexander con esa voz gruesa mañanera, mientras apretaba aún más su agarre.

-No sé… Lo siento-.

-No te preocupes –le dije sintiéndome avergonzado e intentando soltarme de los tentáculos de Alexander sin ningún éxito-. Tenía intención de dormir allá pero como ves, Alexander no…

-Bebé, tú no tienes que darles explicaciones. Ésta es mi cama y mi habitación, y tú eres mío. Así que tienes todo el derecho de dormir aquí.

-Por favor, cállate –le dije sintiéndome completamente avergonzado bajo la sorpresiva mirada de Martina.

-No debes sentir vergüenza, bebé. Este es nuestro nidito de….

-¡Adiós! –gritó Martina mientras cerraba la puerta con la cara sonrojada. Agradecí que no lo dejara terminar esa frase.

-Mocosa impertinente –dijo.

-Alexander, tengo calor –le confesé. Aun intentaba soltarme de su agarre, pero sus brazos eran como troncos y no conseguía moverlos-. Y apestas a sudor.

-No hagas como si no te gustara –dijo mientras ponía su axila en mi cara.

-Eres un cerdo –le espeté. Pero tenía razón, su olor a macho me excitaba.

Pegó su pelvis a mi culo y sentí que su miembro ya había despertado. Tomó mi cuello y acercó mi rostro a su cara para besarme la mandíbula. Luego soltó su agarre y sus manos bajaron para quitarme la ropa que no había conseguido quitarme en la noche.

-¿Qué haces? –pregunté.

-Es obvio –dijo mientras dejaba mi culo al aire.

-Puede venir Martina, idiota-.

-No creo que se atreva a entrar de nuevo –contestó-. Y no me digas “idiota”.

¡Zas! Sonó su mano en mi nalga. Gemí.

-Eres un chico malo –me susurró.

-Alexander… -dije en un gemido.

-Será rápido, bebé –sentí que mojó sus dedos para luego dirigirlos hacia mi ano mientras con su mano libre separaba mis nalgas-. El sudor de tu rajita ayuda bastante.

En efecto, sus dedos se deslizaron suavemente en mi interior. Los metió y sacó un par de veces, y luego liberó a su verga.

-Métela ya –le pedí.

-Aún falta por dilatarte, bebé –me dijo al oído a la vez que mordía el lóbulo de mi oreja.

-No hay tiempo –el reloj marcaba 1:43 pm., y yo no había llamado a mis padres para avisarles que me quedaría a dormir.

-Como tú quieras –lo escuché sonreír con malicia-. Esto dolerá.

Tomé su mano y la coloqué en mi boca para cubrir mis gemidos. Él, siempre morboso, introdujo su dedo medio entre mis fauces.

-Úsalo como chupete –sugirió.

No alcancé a responder porque su glande comenzó a enterrarse y a separar mi carne. Su técnica funcionó, y mientras chupaba con fuerza su dedo, el gemido no consiguió ser audible. Poco a poco el grosor fue aumentando y mi ano luchaba para adaptarse. El dolor me hacía gemir, pero su mano amortiguaba el ruido.

-Te siento arder –me dijo Alexander mientras se saboreaba.

Y no solo ardía por dentro, sino que también por fuera. Y ambos. Podía sentir su sudor bañando mi piel. Cuando estuvo completamente dentro de mí, y pensaba que esperaría para que mi culito se acostumbrara, salió de golpe para luego volver a embestirme. El gemido que lancé casi no pudo ser callado por su mano. Y no se detuvo.

Entraba y salía con fuerza y rapidez. Me retorcí y solté su dedo, para enterrar mi cabeza en la almohada. Él me siguió para que su pene no saliera de mi culo y quedó montado sobre mí. Me encontraba boca abajo sobre la cama, con la cara sobre la almohada, mientras él estaba con su vientre sobre mi espalda, embistiéndome sin piedad.

Podía sentir cada centímetro de su pene deslizándose por mi ano. Escuchaba gruñir a Alexander junto con el azote de nuestras pieles. Sorpresivamente comencé a sentir unas cosquillas en mi culo que viajó hasta mi pene y luego estalló en una explosión de colores.

-Oh… -gruñó Alexander a continuación. Y soltó un gemido proveniente desde el mismísimo infierno. Tan profundo e intenso que sentí que le salía desde sus entrañas.

Su pene palpitó con locura en mi interior y luego salió, a la vez que Alexander caía hacia mi costado. Ambos respirábamos con agitación. Nuestras pieles parecían que hubiesen recibido un baño de aceite. Me soltó una sonora nalgada y sonrió.

-Así es como se debe iniciar bien el día –dijo.

Se levantó y pasó sobre mí. Se detuvo entre mis nalgas y le dio un beso a cada una. Sentí que las separó y luego resopló.

-Una obra de arte –exclamó.

Me ayudó a incorporarme y me besó.

-Perdón –le dije cuando vio que había dejado sus sabanas con mi corrida.

-Tontito. Eso para mí es un regalo –me sonrió-. Creo que tenemos que ducharnos. Te escurre mi leche de entre tus nalgas.

Quince minutos después, nos encontrábamos entrando en la cocina. Comimos junto con Martina (quién gracias a Dios no emitió ningún comentario respecto a lo sucedido anteriormente), y luego encendí mi celular. Como sospeché, tenía llamadas perdidas de papá. Rápidamente le mandé un mensaje explicándole todo y diciéndole que ya estaba por irme. Ignoré olímpicamente el mensaje que decía “Estás ahí?” del número desconocido.

Los días fueron pasando. Las tardes calurosas las pasábamos junto con Martina y Gonzalo nadando en el río. Era nuestro panorama favorito. Allí, mucha gente se juntaba, asaban carne y ponían música. Todo era bastante alegre y familiar. Lo más maravilloso, es que a nadie parecía importarle lo cercanos que éramos Alexander y yo.

Un día, me quedé en la orilla tomando un poco de sol, mientras Alexander, Gonzalo y Martina jugaban en el agua. Unos metros más a mi derecha, llegó un grupo de chicos que comenzaron a acomodar sus cosas entre risas. Cuando por instinto miré, uno de ellos cruzó su mirada conmigo. Me lanzó una sonrisa y yo se la respondí, y luego continué mirando hacia el agua.

Escuché que comenzaron a jugar voleibol y en eso sentí un golpe en mi cabeza que me empujó hacia el costado.

-¡Uhh! –escuché desde al lado.

Me incorporé mientras me tocaba la cabeza, al mismo tiempo que el chico que había visto hace unos momentos me pedía disculpas a la vez que me preguntaba si estaba bien.

-Lo lamento, fue un accidente –decía con mirada preocupada.

-No te preocupes, no me dolió tanto –en realidad sólo había sido más la sorpresa. Las pelotas de voleibol no son tan duras.

-¿Seguro? Fue fuerte –me ayudó a levantarme, mientras me observaba de forma escrutadora, como si me hubiesen golpeado con una bola de acero.

-Sí, todo está bi… -y acto seguido sentí una muralla de músculos que se atravesó entre el chico desconocido y yo.

-Dame una razón para no sacarte los ojos a patadas –dijo Alexander con esa voz de homicida que dejaba en claro que su amenaza era perfectamente realizable.

-Alex, tranquilo, fue un accidente –lo detuve. No me escuchó.

-Calma, amigo. Fue sin querer, de verdad –decía el chico que de pronto había palidecido.

Ninguno de sus amigos se atrevió siquiera a defenderlo. No podía ver su rostro, pero intuía que Alexander lo miraba de manera psicopática y que sus amigos habían quedado intimidados. Por suerte llegó Gonzalo y se puso entre Alexander y el chico.

-Está bien, no pasa nada. Sólo ten más cuidado –le dijo. Y el chico tomó el balón y se fue.

-Gracias –le dije a Gonzalo por su intervención. Tomé de la mano a Alexander y lo giré hacia mí para darle un abrazo. Sabía que sólo eso podría hacerle bajar la guardia. Y, en efecto, rápidamente sus músculos se relajaron.

-Sólo fue un accidente –le susurré.

-No, no lo fue –dijo de pronto.

-¿Qué? -.

-Lo hizo a propósito. Lo vi –respondió.

-A lo mejor no viste bien. Estabas jugando en el agua-.

-Vi bien, Diego. Nunca te quito el ojo de encima –me aseguró. Y sentí mis mejillas sonrojarse-. Desde que llegó te estuvo viendo. Seguramente el golpe fue con la intención de acercarse.

-¿Por qué iba a querer acercarse? –pregunté. Me miró y levantó su ceja derecha-. Oh, ya.

Miró en su dirección resoplando, pero el grupo de chicos había decidido tomar sus cosas y cambiarse de lugar.

Pensé que ese evento sería algo aislado. Podía comprender que le haya molestado el actuar de ese chico (no a tal nivel, pero lo comprendía), pero no fue algo de una sola vez. De pronto, le molestaba que cualquier hombre estuviera cerca de mí. Cada vez que podía, tenía una mano sobre mí, como si me estuviese reteniendo. El único chico que podía estar dentro de mi metro cuadrado era Gonzalo, todos los demás eran espantados por Alexander, aunque ni siquiera tuviese razones para ello.

-Creo que fuiste un poco brusco con ese chico –le dije cabreado, un día cuando entrabamos a su habitación.

-Vi cómo te miraba –argumentó.

-Sólo me entregó mi celular –le dije.

-Tú no te das cuenta –se quejó.

-Alexander, no soy estúpido-.

-Sé que no lo eres. Pero… a veces eres un poco inocente –decía mientras me acariciaba la mejilla-. Y no te das cuenta de cómo te miran.

-Sólo me entregó el celular. Se me había caído, él me lo entregó y listo –me alejé-. No sucedió nada más.

-Sí, sí, claro –entornó los ojos.

-Alexander, mírame –le pedí-. No sucedió nada, estás siendo paranoico.

-Soy hombre, Diego. Sé de esas cosas-.

-Yo también soy hombre, por si no te has dado cuentas-.

-Eres un pequeño y tierno adolescente –bromeó, pero no me reí.

-Siento que no confías en mí –dije triste-. ¿De verdad crees que me dejaría llevar sólo por una mirada? O piensas que me iré con el primero que me dé la oportunidad.

-No, por supuesto que no – me dijo de inmediato-. Pero hay hombres que pueden ser muy insistentes, y… tengo miedo. Tengo miedo de perderte de vista y que suceda algo parecido a esa noche en la fiesta.

-No pasará. Nadie quiere hacerme daño – lo tranquilicé-. Sólo te pido que te relajes un poco. A veces me siento como un rehén tuyo. En menos de dos semanas ya haz amenazado de muerte como tres chicos diferentes. No es grato salir si haces esas escenas por nada.

-Está bien, no pasará –se acercó y me besó-. Te lo prometo.

Sus brazos me envolvieron y nuestras bocas danzaron. Me arrojó sobre la cama y en un pestañeo me dejó desnudo. Me coloqué en cuatro, dejando mi culo hacia el borde de la cama. En menos de un segundo su boca reclamó mi centro. Besó desde mi cuello hasta mis testículos, haciéndome jadear de gusto.

-Eres delicioso, bebé –me dijo cuando sacó sus dedos de mi interior.

-Y todo tuyo –le respondí.

-Sí, lo eres –y a continuación su glande se deslizó por mi agujerito-. Siempre lo serás.

Mi piel se erizó cuando lo sentí todo adentro. Sus brazos me envolvieron y su mano capturó mi pene. Sus embestidas se sincronizaron con la paja, al igual que nuestros gemidos. Estuvo así unos 10 minutos, y luego me giró. Tomó mis piernas como si fueran de trapo y las puso sobre sus hombros. Se acercó a mí y comenzó a besarme mientras sus huevos aplaudían contra mis nalgas.

Cuando se acercaba a su clímax comenzó a gruñir. Su mano derecha me tomó del cuello y comenzó a acelerar. Mis gemidos aumentaron mientras sentía sus dedos cortándome levemente la respiración, a la vez que sus besos me robaban el aire. Mi culo se contrajo con desesperación y sus gemidos fueron más audibles. Y eso me excitaba aún más. Amaba hacerlo gemir.

-Más… fuerte… -le supliqué.

Sus ojos grises centellaron y su agarre se solidificó. De pronto sus embestidas se volvieron asesinas, haciendo que el dolor y el placer se combinaran, y provocando que la cama golpeara con violencia la pared. Su respiración se volvió agitada y gruñó con potencia cuando comenzó a derramarse dentro de mí.

Rápidamente se salió y metió 3 de sus dedos. Grité de placer cuando los comenzó a mover dentro de mí, aprovechando su semen como lubricante. Su boca apresó a mi pene y comenzó a succionar. En tiempo record empecé a correrme en su boca, y con cada espasmo apretaba con mi culo sus dedos.

Con mi semen entre sus labios se acercó a mí. Sus dedos me abandonaron y sentí su leche caer al piso debido a lo abierto que me había dejado. Nos besamos compartiendo mi semen y luego nos quedamos abrazados sobre su cama. Me gustaba nuestra química sexual y me gustaba sentirme bien con él. Deseaba que las cosas mejoraran y su comportamiento cambiara. Esperaba que su promesa diera frutos.

Y pronto lo iba a descubrir…

(Hola a todos 😀 Los extrañé, y espero que ustedes a mí igual. Como verán, este no es sólo un capítulo especial. Pretendo hacer una segunda parte de esta historia. No sé cuánto durará, pero lo que sea que dure, espero que sea de su agrado. Saludos para todos

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