El último golpe – relatos Gays

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Sentado estoy en la mitad de la sala con una copa de Brandy en la mano, me encuentro rememorando aquella mi primera vez… Con medio siglo de vida transcurrido me ha dado por dejar de ser un lector activo para convertirme en un escritor amateur.

El humo del cigarro en mi cenicero aromatiza el ambiente y el sonido de la lluvia al golpear mi ventana asemejaban el sonido de la regadera de aquel tiempo en que contaba con treinta y tres veranos acumulados en mi piel. El ruido era similar al que hacía el agua al caer sobre nuestros cuerpos. Eduardo —suspire.

Eduardo y yo fuimos compañeros de trabajo años atrás. Nuestra relación inicio de manera fortuita la noche en que su novio lo agredió y tuve que defenderlo. Esa noche la pasamos juntos en su casa, yo sabía que era gay y no puedo mentir que me excitó la idea de que llegara a pasar algo. Y pasó.

Hasta esa noche no había tenido experiencias homosexuales más allá de alguna apuesta con amigos en medio de las borracheras que no pasaban de tocamientos o intentos de mamadas. Que siendo claros en las ocasiones que me tocaba ser quien recibiría algún oral no tenía erecciones o cuando me tocaba meterme a mí algún pene en la boca lo hacía abriéndola lo más posible para evitar el contacto ya que sí se les paraba y no duraba más que un par de segundos en hacerlo. Era como chuparse un dedo.

Con Eduardo fue diferente. Él me pareció atractivo hasta esa noche en su cuarto a mitad de nuestra plática. Joven, alegre y coqueto. Mi joven de ojos claros.

Recordarlo ahora hace mi sangre fluir al centro de mi vientre provocándome una erección. No voy a mentir, falle a la hora de querer cogerlo, mi verga no logró la dureza necesaria, pero Lalo me dio una mamada de ensueño que me hizo terminar en su boca de una forma desconocida para mí hasta esa noche. Los días siguientes en el trabajo fueron “normales” hasta que una semana después terminamos en ese cuarto de hotel donde haciendo a un lado mis propias inseguridades y miedos pude cogérmelo hasta saciarme. Al menos eso creía, porque al irme a dar un baño mi cuerpo experimento un deseo de forma diferente; fue cuando él entró a ducharse conmigo. Ahí mismo pusimos en claro lo que pasaría con nosotros. Él tenía a Luis y yo era el típico mujeriego de oficina.

Una vez que nuestras conciencias dejaron en claro cuál iba a ser nuestra “relación” de ahora en adelante, nos liberó por decirlo de alguna forma o mejor dicho hicimos a un lado esa plática incomoda y nos dispusimos a entregarnos el uno al otro y siendo más precisos me estaba preparando mentalmente para ser penetrado por primera vez. Tenía que aprovechar el momento y a mí libido le sume valor.

El cuarto de baño de aquel hotel adornado con azulejos blancos tenía un enorme espejo por fuera de la regadera que me permitía ver nuestros reflejos moverse entre besos y abrazos. Nuestras pieles brillosas por el agua transparente y caliente nos hacían emanar vapor. Mi boca entre abierta suspiraba mientras mis poros se erizaban con el calor adicional que me perdigaban sus brazos. Succionaba con sus labios mi cuello provocándome más deseo aun.

Las manos de Lalo me recorrían todo en un baño de caricias donde ninguna parte de mi cuerpo quedó sin probar el contacto de sus palmas en mi piel, hábilmente me giro para quedar de espaldas a él y me besaba la nuca mientras su verga enhiesta se frotaba entre mis nalgas donde por si sola separaba los cachetes de mi trasero haciendo el espacio necesario para que con su cabeza del pene rozara mi esfínter provocándome un antojo irrefrenable e incontrolable. Quería que me cogiera, y que me cogiera ya.

¿Dónde estaba el Eduardo pasivo que sólo le excitaba que lo cogieran? —Pensé.

A penas hace un par de horas ese mismo muchacho estaba de espaldas planas sobre la cama conmigo entre sus piernas jadeando al recibir todo mi semen en su interior. Ahora estaba a minutos de ser cogido por este chico lindo y más joven que yo.

Lalo no cesaba en explorar mi cuerpo, cuando despego su vientre de mi trasero una sensación de vacío me hizo suspirar y aventar mi culo para atrás buscando su carne y lo que encontré fue una de sus manos con el dedo medio intentando introducirse en mí. Su otra mano descendió por mi parte delantera atrapando mi rabo empuñándolo e iniciando una masturbación lenta pero firme.

Más, mi cuerpo pedía más.

—¿Lalo?

—Sí.

—¿Me coges?

Qué había dicho… Una vez pasada la calentura de cogérmelo pensé que mis ganas de continuar se terminarían pero no, no fue así. Creí que el calor de su cuerpo no me daría tentación para cuando lo hubiera hecho mío. Pero que equivocado estaba, basto con voltear en el momento justo antes de irme a bañar y mirar su cuerpo joven, delgado y firme, no de gimnasio sino más bien de las características propias de sus veintitantos años. Me encendió la lujuria nuevamente.

Tal vez si él no hubiera decidido alcanzarme en la ducha ahora no estaría alzándole las nalgas descaradamente. O tal vez si cuando estuvimos en lecho no le hubiera mamado el cipote no habría sentido su textura, su sabor, su olor o sentir cómo se puso duro entre mis labios. Sí, eso fue lo que me desinhibió para lo que estaba a punto de ocurrir. Sí, lo deseaba.

—¡Vamos a la cama!, ordenó jadeante.

—¿Tienes más preservativos? Pregunte a media voz.

—No, el último fue el que usaste… A medias…

—Mmmm, sí. Venirme dentro de ti fue delicioso.

—Sí, y ahora me toca a mí…

Cerramos la llave de la regadera y entre besos nos encaminamos de regreso al lecho.

La cama con las sábanas revueltas nos esperaba impaciente para una lucha más de cuerpos desnudos. Las cortinas entre abiertas dejaban pasar la luz de la calle más el reflejo de la luz del baño alumbrando la pared iluminaban tenuemente la habitación.

Qué diferente se sienten las caricias cuando te vas a entregar, no sé describirlo pero cambia tu actitud. Lalo era el que me guiaba, sentía cómo su cuerpo empujaba al mío. Yo iba caminando hacia atrás mientras su lengua se trenzaba con la mía. Una de sus manos me sujetaba firme por la espalda mientras contra la otra no cesaba en magrear mi nalga. Mi respiración se aceleró cuando sentí mis pantorrillas chocar contra la orilla del colchón.

Su mano en su espalda subió por mi columna y me tomó firme de la nuca, me dio un tirón hacia abajo, delicado pero decidido. No tuvo que pedirlo. Lo entendí.

Su piel se veía fresca con pequeñas gotas de agua resbalando que le daban cierto brillo, su pecho subía y bajaba con su respiración. Las marcas en su torso y en su vientre formaban un camino en forma de V que se marcaron más cuando alzo sus brazos y se tomó con las manos por detrás del cuello.

Mis manos recorrieron el costado de su torso y comencé a hincarme hasta tener frente a mis ojos su verga, se veía enorme. Su dureza retaba a la gravedad y su excitación la hacía palpitar al tiempo que del pequeño orificio le brotaba un hilo de líquido pre seminal. Se veía seductora y libidinosamente apetitosa.

Me relamí los labios al tiempo que abrí la boca en forma de círculo para recibir su pedazo de carne. Mientras mi cara se echaba hacía adelante en mis pensamientos como si de una película se tratase de una forma fugaz me pasaban por la mente las imágenes de cada momento que nos llevó a estar ahí…

Cuando lo conocí, cómo nos hicimos amigos, su fiesta de cumpleaños, la agresión de Luis, la noche en su cuarto, mis temores, cómo le hice el amor.

Pero mi cuerpo me pedía más, quería aprovechar al máximo ese momento y aunque nunca antes había estado en esa posición —Literal—, me dispuse a dejarme ir, entregarme y disfrutar.

—¡¡Aahh!! Gimió.

Mi labio superior hacia presión sobre la vena hinchada de su palo, mientras me recorría hacia adelante por el camino que trazaba desde su corona hasta su vientre.

A la par con mi lengua ejercía fuerza hacia arriba por debajo de su tronco y sentía la textura de su piel al meterme esa pieza de carne lo más que podía. No me pude meter en su totalidad el falo de Lalo pero me esforzaría en hacerlo gozar.

Comencé a mover mi rostro de adelante hacia atrás con su verga clavada en mi boca, sus manos se apoyaron en mi cabello para dirigirme la fuerza de la mamada. Sus caderas se empujaban contra mi cara tratando de enterrarse lo más profundo o hasta donde mi garganta soportara. Sentía la cabeza de su pito chocando contra mi campana y aunque sentía las lágrimas salir por el rabillo de mis ojos, mi Lalo no estaba dispuesto a darme tregua y yo no estaba dispuesto a soltar esa pieza que me taladraba una y otra vez. Es más, con mis manos lo jalaba de sus nalgas intentando enterrármelo más hondo cada vez.

De reojo miraba nuestras sombras en la pared. Él de pie conmigo hincado por delante, podía ver la silueta perfecta de su virilidad gorda y horizontal cómo se fundía justo por la mitad con la sombra de mi rostro de perfil.

Mi saliva empezó a buscar salida por la comisura de mis labios provocando el efecto del chapoteo en cada embestida.

—¡Ohhh! Así, Isma, así…

—Mggmmmm, alcanzaba a responder. De verdad lo estaba disfrutando.

Podía escucharlo jadear al respirar con rapidez mientras yo sentía que me faltaba el aire. Sus dedos se cerraban jalando un poco mi cabello. Su carne a pesar de no tener hueso se sentía cada vez más dura y en mis manos sus nalgas se tensaban. De continuar así se vendría en mi boca.

No pude más… Necesitaba respirar. No quería pero tuve que soltar su herramienta mientras jalaba aire por la boca para recuperar el aliento y le escupí la punta de su pito. Mi mirada se deleitó con la vista de mi obra de arte, su pene barnizado con mi baba colgaba hilos de saliva desde la cabeza; escurriendo por el tronco y por la parte media caían en pequeños chorros al piso.

—¡Cabrón! Casi te los hecho. Uf, que mamada.

—Aún, no termino.

Era una sensación extraña, nueva pero excitante. De rodillas como estaba alce la vista para cruzarme con su mirada fija y sosteniéndosela me metí en la boca su verga y apresé con mis mejillas el glande. Mis cachetes se abultaban al pasar de un lado a otro su cabeza entre ellos, posteriormente saque mi lengua y lambí todo el contorno como si de un dulce se tratara y para rematar me la introduje hasta la mitad dándole pequeñas succiones donde en un par ocasiones sentí como le salía un poco de lubricante seminal. Tenía un sabor ácido, no muy agradable pero aun así me los pase.

—Lalo, ¿Me vas a coger?

—¡Míralo! Para ser buga, te gustó ser putito. ¿Quieres que te coja?

—Sí, por favor.

—¡Acuéstate boca abajo! Ordenó.

Me subí a la cama y me coloqué en cuatro puntos y sentí cómo se colocaba detrás de mí.

Sus manos masajearon mi espalda y con las yemas de sus pulgares recorrió el camino de mi columna vertebral hasta llegar a mi trasero, separo mis nalgas y quedó expuesto ante él mi esfínter. Amasó mis glúteos y enterró su cara en la puerta de mi culo y me lambió.

—¡¡Ohh!! ¡¡Dios!! ¡¡Qué rico!!

Su lengua caliente toco terminales nerviosas que eran desconocidas para mí. Sentía el cosquilleo recorrer mi cintura y comencé a temblar con su boca lengüeteando la entrada de mi ano.

—Ponte una almohada debajo. Me dijo.

La funda de la almohada combinaba con el color perla de la sábana pero tenía el detalle adicional del nombre del hotel bordado “El engaño” junto a la imagen de un corazón roto. Que conveniente pensé.

Obedecí y coloqué el accesorio de cama bajo de mí. La velocidad de mi pulso se incrementó al ritmo de su aliento que se acercaba por detrás de mi cuerpo.

Sentí un leve empujón con su rostro en mi culo y entendí que quería que me recostara; con sus manos me acomodó justo donde él quiso. La almohada bajo de mí le dio el ángulo perfecto para seguir con su mamada en mi esfínter.

La punta de su lengua empezó abrirse paso, sentí como se metía poco a poco. Era un poco incómodo pero soportable. El cosquilleo era más agradable cuando lengüeteaba por la entrada que lo que se sentía por dentro, pero; el sentir cómo me preparaba para penetrarme me excitaba, ya no podía resistirme ni quería que él se detuviera.

—¿Listo putito?

Otra vez me llamó putito. Fue raro escuchar eso, pero no quise distraerme.

—¡Vamos cabrón! Si me vas a coger hazlo ya.

El momento había llegado, se arrodillo detrás de mí y sentí su palo caliente entre mis nalgas. Me separo los cachetes y escupió en la entrada de mi culo, con su dedo pulgar empezó hacer círculos dilatándome y el cosquilleo agradable volvió. Mi verga empezó a endurecerse así que empecé a tallarme contra la almohada lo que a su vez provocó el contoneó de mis caderas al ritmo de su dedo.

Comencé a ponerme nervioso, parecía que me movía como una serpiente sobre las sábanas. Lalo seguía girando su dedo y con la otra mano se empezó a masturbar. Mi respiración se agitó y comencé a gemir quedito, sentía el vaivén de la cama cada vez que se jalaba el garrote.

A pesar de que momentos antes lo había visto y mamado pensar que me lo iba a meter me hacía imaginarlo más grande de lo que realmente era. Fue hasta ese momento que reflexione: si la punta de su lengua se había sentido incómoda cómo sería cuando me enterrara toda esa barra gruesa llena de venas.

No había marcha atrás, sentí el vacío cuando quito su dedo que inmediatamente fue reemplazado por la punta de su miembro.

Lalo apoyo su glande en mi entrada y lentamente empujo…

—¡¡Ooohhh!!! Duele…

—Aguanta, aguanta un poquito…

—Sí amor, dale.

Su cabeza rosada abría poco a poco mi entrada distendiendo la resistencia que ponía.

Conforme me la iba metiendo mi pene comenzó a encogerse. Yo trataba de no pujar para no cerrar mi ano y permitirle la penetración pero estaba resultando doloroso. Apreté los puños sobre la cama y jale aire entre gemidos.

—¡¡Ahh!! Qué apretadito estás. Decía.

—¡¡Ya!! Ya te entro la cabeza. Lo escuche sonreír.

Y sí, podía sentir como me abría al máximo. Me estaba doliendo pero no iba a detenerme ahí. Pasé cada una de mis manos por atrás de mí y yo mismo me separe las nalgas pensando ingenuamente que eso facilitaría que me cogiera.

—Sí, sí… Ya lo sentí. Métemela más.

Eduardo se apoyó sobre mi cintura y empujó su cadera contra mí.

—¡¡Ahh!! ¡¡Ahh!! ¡¡Aayy!!

—Tranquilo, ya va entrando, está entrando bien.

Sentí un ardor conforme su verga me fue invadiendo, mi colón se iba abriendo y apretaba centímetro a centímetro de su enhiesta vara. Me dolía, sí. Pero a pesar del dolor el saberme penetrado me provocaba un placer lascivo, libidinoso.

Realmente es diferente que te la metan a meterla tú, sentir que me estaban poseyendo me provocó un placer mental, no físico porque el dolor me estaba matando metafóricamente, pero sentía la excitación al 100%.

—¡¡Aaagghhhh!!!

—¡¡Sí!! Ya te entro toda la verga corazón.

Por fin su vientre chocaba con mis nalgas, por fin Lalo me había empalado.

—No te muevas, no la saques. Quédate así un momento.

Mi joven amante se mantuvo quieto un minuto con su hierro en mi interior, se recostó sobre mi espalda y pasó sus manos por debajo de mi pecho para sujetarme de los hombros. Me besó la nuca y sentí una exhalación detrás de mi oreja.

Que ricas sensaciones de placer me daban sus caricias. Seguía sintiendo un escozor en mi ano por culpa de su miembro duro y gordo ensanchando las paredes de mi recto, aun así quería continuar. Ya me la había metido, ahora quería que me cogiera.

—¡¡Cógeme amor!! Dale.

Lentamente comenzó a mover su pelvis de adelante hacía atrás, comencé a gemir al tiempo que nuevamente un par de lágrimas salieron de mis ojos.

—¡¡Aahh!! Qué rico Isma, estás muy cerrado.

Me susurró al oído y me prendió más. A pesar del dolor comencé hacer micción para apretarle su pito en mi interior y lo entendió perfecto. Poco a poco comenzó a aumentar la velocidad y en cuestión de segundos el bombeo lento se fue transformando en embestidas.

—Más por favor. Suplique.

Sus caderas pegaban contras mis nalgas, sentía el embiste de su pelvis empujarme hacía adelante y yo le regresaba mi trasero hacía atrás. Estire mis manos y me sujeté fuerte de la orilla del colchón. Volteé la mirada al espejo del tocador y el reflejo me devolvió la imagen de su cuerpo desnudo sobre el mío donde su trasero se movía en forma de una pequeña curva cada que me la metía y sacaba. Pude ver perfecto como su tranca entraba y salía de mis posaderas.

—¡¡Rómpeme el culo putito!! ¡¡Vamos!!

—¿¿Putito?? ¡¡¿¿Quién es el putito??!! Te estás comiendo toda mi verga, tú eres el putito.

Nuestros cuerpos al chocar hacían el clásico ruido al coger. Su verga me penetraba sin ninguna contemplación, mi ano no fue rival, ni pudo poner más resistencia a su invasión. Me dolía horrores, pero el placer que me daba el ser suyo era mayor.

La cama se mecía, rechinaba por los embistes. Ambos gemíamos y jalábamos aíre desesperadamente. El cuarto era un mar de ruidos, yo gritaba y él me daba más duro…

—¡¡Aahhhggg!!! ¡¡MMMMmmmm!!!

De repente se arrodillo jalándome de las caderas y ahora sí, me puso en cuatro patas. Me tomo fuerte por la cintura y con mejor posición comenzó a darme sin contemplaciones. Mi Lalo bufaba fuerte, gemía y me decía palabras soeces, el dolor no se me quitaba pero aun así mí pene se endureció en cuestión de segundos, la cabeza de su rabo me estaba empujando algo por dentro, tan intenso que a pesar del ardor, éste me empezó a provocar intempestivamente un calor y el cosquilleo me avisó que tendría un orgasmo magistral.

Mi pito se puso durísimo, la sangre me lo hincho al máximo y pasó algo increíble, me vine sin tocarme. Mi polla expulsó esperma a chorros. El éxtasis me hizo temblar; no caí rendido en la cama solamente porque mí Lalo me sujetó fuertemente de las caderas para seguir dándome duro, me agarró firmemente y me sostuvo.

Cada contracción que hacía al eyacular provocaba apretarle su miembro con el culo y juro que sentí como lo jalaba hacía mi interior.

—¡¡Qué haces Isma!! ¡¡Me voy a venir!! ¡¡Me voy a venir!!

—¡¡Síiii!, ¡¡Síiii!! ¡¡Échamelos!!

Fue tan sublime sentir en mi colón cómo su palo se empezó a engrosar, cómo se detuvo con su cipote enterrado hasta el fondo de mis entrañas y empezó a escupirme su lefa.

Pude sentir cada micción de su pene expulsando semen dentro de mí, una, dos, tres… Y hasta una cuarta contracción le sentí. Jamás imagine que se sentiría así, creí que sentiría los chorros de esperma caliente inundándome pero no, fue diferente. Una vez que depositó su simiente continuo con un bombeo más relajado, ya no sentía los espasmos pero me lo metía y me lo sacaba despacio,  como expulsando hasta lo último que traía guardado y así sí… Así sí sentí la viscosidad de su líquido blanco, incluso sentí hasta alivio cuando su pene lo untaba por todos mis pliegues y como lentamente iba disminuyendo su erección, se sintió como un masaje relajante hasta el último golpe de su cuerpo contra el mío.

Cuando su sexo quedó flácido por sí mismo se salió de entre mis nalgas y me deje caer sobre la cama. Estaba exhausto, cogido y adolorido pero satisfecho.

Lalo se quedó de rodillas unos segundos más mirándome, sobándose los huevos como orgulloso de haberme poseído. Me gire sobre la cama y nuevamente me vi en esos ojos claros.

—¿Sabes hace cuánto tiempo no me cogía a alguien? Pregunto.

—No lo sé, y a mí nunca me habían cogido. Eres mi primera vez.

—Jajaja tonto.

Le tome una mano y lo jale hacía mí. Nos besamos con amor, no estábamos enamorados pero fue un beso bonito, tierno. Nos recostamos abrazados y con una mano lo acurruque en mi pecho. Me quede acariciando sus nalgas y así nos venció el sueño.

Tuve la fortuna de seguir saliendo con Lalo varias veces más durante el tiempo que trabajamos juntos hasta que finalmente se casó con Luis. Aprendimos muchas cosas durante ese tiempo y disfrutamos otras más hasta que poco a poco la convivencia fue disminuyendo. Sin convivencia no hay apego y sin apego… Pues.

Termine el último trago de mi Brandy y deje la copa sobre la mesa de centro. Me levanté y fui a la recamara. Mire la fecha del calendario, ¿Cuántos no he cambiado desde esa noche? —¡Hum! Suspire en silencio— Mañana viene, sí. Mañana viene a verme Rosario. Rememorar esta historia me acelero el corazón y me agito el deseo. En mi cama dormida está Cindy, ella puede ayudarme con esto que me crece bajo el pantalón, pero ya terminando tendré que decirle por favor que se vaya temprano ya que no pueden encontrarse ellas dos.

El último golpe

Ismael

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