Visita al club

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Autor: Dario 

Es un club de los conocidos como de ambiente liberal. Gente de todo tipo y variedad en tendencias sexuales. Hay personas que parecen haber venido solas y parejas en todas sus modalidades. Incluso algún grupo. Los espacios semicerrados y la estudiada penumbra facilitan la privacidad,sin perderse nada de los espectáculos que se desarrollan en el entarimado, situado en el centro de la sala. Es el momento de uno de los platos fuertes de la noche. Baja aún más la intensidad de las luces y un único haz ilumina una figura que sube desafiante a la tarima. Es un hombre joven, entre 28 y 30 años aproximadamente, de un color de piel negro intenso, pura esencia de su raza. Cuerpo perfectamente cuidado y musculado. Muchas horas de gimnasio deben haber esculpido semejante prodigio. Es magnífico, el lo sa y mira al público con un aire de superioridad que pone el vello de punta. Trae ese increíble y bello cuerpo untado con algún aceite que define aún más si cabe los perfectos músculos. Una prenda mínima de cuero negro es su vestimenta, prenda que permite adivinar el considerable tamaño de lo que oculta. Calza botas también negras de corte militar y sujeta en su mano una cadena de unos dos metros al final de la cual hay un grueso collar de perro. Collar que aprisiona el cuento de un tipo blanco, cincuentón, más bien poca cosa, que camina a cuatro patas con la cabeza humillada detrás del negro dominador. Los aplausos atronan ante tal aparición. Parece que el número no es desconocido para los asistentes. El negro levanta una mano y dejan de aplaudir. Con un leve tirón de la cadena, sin palabras, el sumiso postrado ya sabe lo que debe hacer. Se dirige al centro del estrado y se exhibe para deleite del público. No parece ser calvo, sin embargo lleva toda la cabeza rapada. Los pezones perforados y atravesados por sendos aros metálicos, señales de castigo por todo el cuerpo. Una leyenda tatuada en el vientre: “esclavo de Jim”. Cuando se gira y ofrece la parte trasera se puede ver una marca de fuego en la nalga derecha y dentro del culo le ha sido insertado un plug del que sobresale una graciosa cola de perro que se balancea al moverse. El supuesto perro se exhibe sin pudor. La polla y los huevos del esclavo están encerrados dentro de un aparato de castidad con su correspondiente candado. El soberbio negro se ha sentado en una silla y da otro tirón de la cadena señalando al esclavo sus botas.                            —Ven a adorarme gusano, lame mis botas.                           Dos segundos tarda el esclavo en arrastrarse hasta los pies de su amo y empezar a besar y lamer sus botas con una devoción y entrega dignas de ver. No lame con asco, ni como si realizara un trabajo desagradable. Lame con auténtica adoración, repasando el cuero con la lengua una y mil veces, cambiando de pie con frecuencia hasta hacer brillar las botas de su amo. Cuando el negro lo considera Le da un golpe cito en la cabeza como si lo hiciera a una mascota. Es la señal para lamer las suelas. El esclavo levanta con cada mano uno de los pies del dominador y empieza la tarea de dejar las suelas igual de limpias a base de lenguetazos. Al cabo de un rato, el negro da el visto bueno a la limpieza con otro golpe cito en la cabeza, con lo cual el sumiso deja de lamer y permanece postrado ante su Señor con la frente tocando el suelo, junto a sus pies, dispuesto para el uso.       Es el momento en el que el negro despliega un amenazador látigo, de un metro aproximadamente, y lo hace silbar en el aire. A cada silbido, el cuerpo del postrado esclavo se estremece, y porque no decirlo, el de algunos espectadores también.               Comienza el castigo con golpes de mediana intensidad, que va aumentando por momentos. Es delicioso, el esclavo intenta esquivar el golpe pero el diestro látigo encuentra siempre el lugar donde más daño hace.                                     Cuando considera que es suficiente, el amo golpea su muslo con la mano y el perro adiestrado se arrastra a duras penas por el suelo hasta llegar a los pies de su dueño y volver a lamer los en señal de sumisión y agradecimiento por el castigo recibido.                                        Aquí el público aplaude encantado el espectáculo, pero aún no ha terminado. El negro camina hacia la silla con el perro siguiéndole a cuatro patas. Cuando se sienta, el esclavo comienza a descalzarle. Le quita botas y calcetines descubriendo unos pies grandes, rugosos y venoso, de puro macho negro, que el sumiso se apresura a cubrir de besos y lametones, no dejando sin ensalivar ni un milímetro de piel, lamiendo talones, empeine y plantas, y metiendo cada uno de los dedos en su boca para succionar todo el sudor acumulado en ellos y entre ellos.                                              Nueva salva de aplausos y el negro eleva los brazos, como diciendo: “Admirar mi poder”. Tras depositar suavemente en el suelo el objeto de su adoración, el esclavo postrado eleva la cabeza y coloca su frente sobre la entrepierna del amo, y es cuando se le oye hablar por primera vez: “Por favor amo, por favor mi amo, se lo suplico”. Después de varios minutos de súplicas y a una nueva señal, el esclavo con veneración absoluta extrae la polla de su Señor. Es una herramienta de considerable tamaño, sin llegar a ser monstruosa, unos 24 centímetros, gruesa y con las venas muy marcadas, preciosa. El esclavo pretende lanzarse a comer la con ansia, pero es detenido y abofeteado varias veces.           —Abre esa sucia boca, cerdo.   Y le escupe dentro de la boca varias veces, cosa que el esclavo recibe y agradece emocionado. Cuando lo considera suficientemente limpio:                                            —Ahora si, chupa mi negra polla, sucia puta, o te despellejo a latigazos.                 Se lanza a obedecer como el que recibe el mayor premio de su vida. Lame, besa y chupa la polla, engullendola hasta la garganta, empapandola de saliva, y bajando a lamer y succionar los negros huevos del amo, con auténtica devoción. Así transcurren varios minutos, y al cabo el negro saca su pollon de la boca sumisa y lo hace postrarse. El esclavo ya sabe lo que viene a continuación, porque inclina la cabeza hasta el suelo y levanta el culo abriéndose las nalgas con sus propias manos, momento en el que recibe sin miramientos el ataque del negro instrumento en su culo blanquito. Comienza un bombeo infernal y al perro enculado se le saltan las lágrimas de dolor y placer. La follada dura al menos diez minutos, hasta que el macho comienza a convulsión y se vacía dentro del esclavo entre gruñidos y jadeos. Cuando Le descabalga, la negra polla aún está erecta, y el dolorido esclavo se gira inmediatamente para limpiar el miembro de su amo, tragandose cualquier resto del divino espera, mezclado con las porquerías oscuras de su propio culo. Con una larga y merecida ovación acaba el número, y amo y esclavo salen del escenario.                   Al rato, cuando el Cimarron descansa en el interior recibe la visita de uno de los camareros del club.                    —Eh Jim, parece que has ligado, hay un tipo ahí fuera que me ha pedido poder hablar contigo. Yo no lo despreciaria, va muy bien vestido y rezuma dinero y clase, aparte de dar muy buenas propinas. ¿Que Le digo?.                                             —Bueno, Le dejaré que me pague una copa y a ver que propone, seguro que es uno de esos chupapollas que se ha calentado. Dile que ahora bajo.                                               —OK, Jim.                                     Continuará si os ha gustado. Se admiten sujerencias.

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