mirada de zorra

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Es nuestro primer verano de novios y, ayer, se nos fue mucho la olla, ¿vale? No somos adolescentes precisamente, Javi tiene treinta y ocho años y yo cuarenta, cada uno traemos nuestro pasado y nos estamos conociendo. Apenas hace unos meses que empezamos a salir.

El caso es que estamos de fin de semana de escapada y desconexión y, como aprieta el calor del verano, nos hemos venido a una villa rural de una tranquila población costera. La casa forma parte de un pequeño residencial de chalets adosados, cada una con piscina privada y relativamente bien resguardadas las intimidades de cada casa con respecto a las demás.

La población no está elegida al azar, es un lugar de mi juventud que cuenta con una paradisíaca playa nudista cercana. Como os podréis imaginar, en cuanto Javi conoció esta afición que tengo, en seguida quiso compartirla conmigo y se encargó de prepararlo todo.

Llegamos antes de ayer, el viernes, por la tarde. Dejamos las maletas, fuimos a comprar para avituallar la despensa para estos tres días (nos iremos mañana lunes) y nos aclimatamos a la casa. ¡Es una pasada! Es de dos plantas, la vida se hace abajo y se duerme arriba. Nuestro dormitorio tiene una terraza que da a nuestro jardincito privado y desde la que se ve un poquito del jardín de la casa de la izquierda.

El viernes por la noche echamos unos cuántos polvos para inaugurar la casa, claro. Tanto en la planta de abajo como en la de arriba. Después de cenar nos pusimos unas copas y nos sentamos en la terraza, y ahí empezó todo: Contra la mesa, en la piscina, luego en brazos por medio del jardín mientras entrábamos a casa. El sofá del salón, las escaleras, el baño del dormitorio principal, la cama, la terraza… Hicimos todo un pornográfico recorrido marcando la casa con el sexo que sabemos disfrutar los que ya venimos de vuelta del mundo.

En fin, que el viernes estuvo de puta madre y, luego, luego vino lo de ayer…

Nuestra primera vez juntos en una playa nudista tenía que ser una experiencia inolvidable sí o sí. N me malinterpretéis: el naturismo es la practica más respetuosa posible entre seres humanos y no está marcada por ninguna otra connotación que no sea la humildad y la confianza. Así lo he entendido yo desde siempre. Pero eso no significa que, puntualmente y por distintas razones, no puedan darse otra serie de circunstancias en las que prevalezcan otras connotaciones o se inspiren otras emociones.

Como la de la erótica y el deseo de los cuerpos desnudos, por ejemplo. Javi y yo estábamos conociéndonos, en una etapa con las feromonas bastantes divertidas… En fin, creo que no es necesario dar más detalles, que me entendéis, ¿no? Pues eso, que dos enamorados desnudos a cielo abierto están lascivos sí o sí.

Llegamos temprano, aún no asomaba el sol por detrás del cerro que, por el este, delimitaba la playa. Nos situamos al otro extremo, en el que la sombra del cerro empezaba ya a desvanecerse. El plan era pasar toda la mañana hasta la hora de comer en la playa y, para el cafelito, regresar a la civilización. Plantamos la sombrilla, colocamos toallas y neveras, nos desnudamos con intercambio de caricias o palmaditas eróticas y nos puse el primer viaje de protector solar. Extendí con mis manos la crema por todo el cuerpo de Javi. Era un David, a mí me lo parece. Alto, cuerpo atlético, guapo y con poco vello corporal; Ocasión que aprovecha para tener los genitales depilados.

Si, yo también estoy completamente depilada, que sé que os lo acabáis de preguntar. Eso, y cuál es mi nombre. Soy Naty.

Pasamos las primeras horas tirados boca arriba en las toallas hablando de nuestras vidas inmediatamente anteriores a la actual. De vez en cuando nos metíamos en el agua para refrescarnos, juntos o por separado, y continuábamos luego con la charla. Fue llegando más gente hasta que la playa adoptó la fisonomía con la que yo la recordaba: una orilla de alrededor de doscientos metros en línea recta, que daba cobijo a un grupo heterogéneo de cerca de cuarenta o cincuenta personas. Adultos, familias, parejas de condiciones diversas, grupos de amigos, solitarios… Una micro sociedad a escala naturista de todo lo que nos rodea en la humanidad.

A Javi se le había puesto dura varias veces a lo largo de la mañana pero, desde hacía un rato, se mantenía en un tamaño morcillón bastante destacable y apetecible. No os he contado que Javi gasta más de veinte centímetros de rabo, de rabo grueso y depilado, es imposible no fijarse en semejante serpiente cuando se despierta.

Estaba entretenido disfrutando con las vistas que le ofrecía la playa, se recreaba mirando a las mujeres. Sí, también me miraba a mí, claro, pero nos miraba a todas. Cuando vienes de vuelta ya sabes que no importa porque conoces el secreto de los límites del sexo y del amor. Tienes tus propios límites, claro, pero conoces los márgenes que la sociedad les confiere y los entiendes. Que Javi se pusiera palote mirando a otras tías es algo sobre lo que ni tendría que haber escrito las líneas que le dedico.

¿O es que creéis que yo no miraba? Lo que pasa es que, a nosotras, no se nos nota tanto…

Además, ya os he dicho antes que, ambos, teníamos el puntito sexual un poco por encima de la media de reposo, éramos dos maduros viviendo el amor de la adolescencia.

Le interrumpí en una de las ocasiones en que, con la yema de los dedos, me estaba haciendo cosquillas en el hueso de la cadera y esa zona del muslo para levantarme de la toalla e ir al agua a refrescarme. El sol ya estaba empezando a apretar. Caminé hasta que el mar me cubría por la mitad del muslo y me detuve. De espaldas a la orilla, me agaché para mojarme las manos, los brazos, la nuca y la tripa varias veces. Y, cuando dejé de sentir la diferencia de temperatura con el agua, me dejé caer hacia atrás para que el agua me envolviera por la espalda.

Al volver a asomar la cabeza de debajo del agua y mirar hacia la orilla mientras me escurría el pelo, vi a Javi levantarse de la toalla porque otro tío se le acercaba llamándole la atención. Al encontrarse se saludaron con un abrazo y, después de mantenerse durante unos segundos las manos en los hombros del otro, se separaron de nuevo para seguir charlando animosamente.

¿Quién era aquel pedazo de jambo? Era, como otro Javi, pero un pelín más alto, un pelín más guapo, un pelín más cachas y con un pelín más de polla. Interesante monumento que me hizo temer que, en el algún momento de su vida, JAvi había formado parte de una pandilla de guaperas atontaos, porque esa era la pinta que tenían al verlos a los dos juntos. Sin embargo, yo no me he enamorado de Javi solo por su físico, es su forma de pensar y sentir lo que me conquista de él. Así que, a aquel muchacho, había que darle también un voto de confianza porque confío en el criterio de Javi para elegir sus amistades. Fuera quien fuera ese tío y a pesar de que siguiera estando tan bueno.

Y, en esto que les veo cómo me miran y los gestos que me hace Javi para que salga del agua, que me quiere presentar a alguien.

Este es el momento de máximo pudor para aquel que está en una playa desnudo: encontrarse a alguien que conoce y que no esperaba ver por allí. Y es un momento complicado porque vas a compartir tu más absoluta intimidad con alguien a quien no has elegido para hacerlo pero con quien no te queda otra por las circunstancias.

Sería maleducado y descortés no salir del agua a conocerle…

Volví a sumergir la cabeza para darme un último chapuzón y, luego, me puse de pie. El agua me seguía cubriendo hasta la mitad de los muslos y comencé a caminar hacia la orilla mientras me llevaba las manos a la cabeza para escurrirme el pelo. Sí, ya lo sé, muy provocativa y sensual para alguien que acaba de hablar de pudor y mierdas varias, ya lo sé. Pero es que fue ahí dónde comenzó el disparate de ayer, donde perdimos el control de todo.

– Naty, este es Álex, un viejo amigo de la universidad -me dijo primero a mí-. Álex, ella es Naty, mi pareja.

– Encantada -le dije justo antes del correspondiente par de besos esa costumbre tan española que nunca deberíamos perder sino fomentar. En un beso se ve el caracter cercano y fiable de la gente y a mí me gusta estar con gente así.

Y también se ve a los indeseables, claro… Un beso dice mucho y es una poderosa fuente de información. Insisto, que no se pierdan los besos en España,

– Así que amigos de la universidad -dije para sumarme a la conversación-. ¿Y hacía mucho que no os veíais?

– Pues como unos quince años -respondió Álex-. Eso le estaba diciendo a Javi, que está igual que entonces.

Javi posó de un modo simpático, primero de frente, después de espaldas y luego otra vez de frente para seguir charlando. Cuando terminó de dar la vuelta, me cogió de la mano y me levantó el brazo sobre la cabeza para que yo también girara sobre mi misma.

No lo comprendí, pero giré sobre mi misma como las bailarinas de las cajitas de música dando una vuelta completa. Reaccioné por inercia, movida por el movimiento que Javi acababa de realizar pero, mientras me giraba, tuve el instante necesario para hacerme la verdadera preguntaba que me inquietaba de este singular momento:

¿Me estaba exhibiendo Javi a su amigo?

– Pero la vida es más generosa conmigo -dijo mi novio refiriéndose a mí cuando terminaba de darme la vuelta. Llegué a tiempo para leérselo en los ojos.

– Siempre has tenido buen ojo con las mujeres -intervino entonces Álex confirmando mi sospecha de que acababa de ser un trozo de carne expuesto-. Pero seguro que Naty ya no es una tontalaba como las de entonces. Yo… -me miró entonces a los ojos-. Yo te veo chispa en la mirada. Tienes que ser buena tía…

– ¡Vaya! Gracias… -sonreí agradecida.

En un par de segundos, lo que me acababa de parecer un cuestionable acto denigrante y machista, dejó de ser denigrante por las buenas palabras que ambos utilizaron para referirse a mí y machista cuando me sentí halagada.

– ¿Y cómo has venido a caer por estas tierras y por esta playa? -le pregunté a Álex.

Razones profesionales, básicamente. La cuestión es que, el viernes por la noche, había terminado de de cerrar una operación y, ya que estaba por aquí, había decidido quedarse el sábado por la mañana y regresar a Madrid al caer la tarde.

– No, hombre -le dijo Javi-. ¿Cómo no se te ha ocurrido quedarte hasta mañana?

– Porque llevo aquí una semana, me he venido solo y lo que necesitaba después del trabajo, era este ratico de playa de hoy. Esta tarde cojo el coche, le pongo el aire y me como las cuatro horas de viaje con la música a todo lo que dé y, para la cena, estoy en casa.

Tenía pagada la noche del hotel en el que se alojaba. De hecho, cuando se fuera de la playa, aun tenía que pasar por su habitación a recoger antes de marcharse. Me pareció un tío inteligente, simpático y misterioso. Era muy del estilo de Javi pero con más carisma. Este tenía que haber sido el líder del grupillo universitario de guaperas atontaos.

– Tío, pues tendrías que quedarte -insistía Javi-. ¡Vente esta noche a cenar con nosotros a casa! ¡Venga, quédate!

Lo propuso sin consultarme, le salió de pronto, es normal. Solo que hubiera estado bien que, antes de hacer la invitación, Javi al menos me hubiese mirado para ponerme en preaviso. Era nuestro fin de semana de relax y desconexión. Lo reconozco, estaba quisquillosa; Tanto como relajada y desinhibida. Tal vez por esa desinhibición tenía estas constantes luchas morales internas. Y, el caso, es que todo me iba pareciendo bien: también lo de que viniera a cenar.

– Sí, hombre, vente -insistí yo a continuación-. Quince años sin verse se merecen una cena por lo menos.

Un par de intercambio de palabras después, me despedí de los chicos con la excusa de regresar a pringarme el cuerpo de protector solar porque, realmente, sentía que lo necesitaba. Ellos se quedaron de pie, a una decena de metros de mi sombrilla y de mi, hablando durante unos minutos más. “Está tremenda, menudo pibón” tuve la suerte de leer en los labios de Álex en un momento determinado de su conversación y se me subió la libido. Álex sí que está tremendo.

Tuve el primer pensamiento lascivo con él. Y le imaginé enculándome. Y, de inmediato, me hice las pertinentes preguntas sobre Javi.

– Todo controlado -me dije finalmente.

Javi vino a los pocos minutos después de despedirse de su amigo. Se sentó en su toalla, se giró para besarme apasionadamente mientras no podía evitar colarme una mano en la entrepiernas en sentido ascendente desde donde la rodilla se hace muslo.

Le dejé que la mano terminara su viaje, necesitaba sentir su tacto contra mi sexo. Me sentó de puta madre. Luego, cuando terminamos de besarnos, la sacó y nos acomodamos boca arriba en las toallas.

– A las nueve hemos quedado -empezó a decirme-. Le he explicado dónde está la casa y dice que conoce el sitio. Así que será puntual. Dice que trae vino.

-Estupendo -contesté animadamente-. Así que un compañero de la universidad al que hace quince años que nos ves y que te dice de mí que estoy tremenda y soy un pibón… Ponme en preaviso, anda… Cuéntame las andanzas con este tío en tus tiempos universitarios, que no me pille muy de nuevas las cosas de las que habléis esta noche…

– Pffff… Unos años muy locos los universitarios, Naty -me dijo Javi-. ¿De verdad quieres que te cuente mis fiestas, que te hable de mis correrías?

– Mi vida universitario fue bastante normalita -le contesté yo-. Empecé a salir y a mantener una relación monógama con el que luego fue mi marido y ya sabes a donde me ha llevado eso. Aunque tu final sea el mismo que el mío, parece que tu camino fue más divertido al principio. Cuéntame las cosas que me perdí…

Javi tragó saliva, estaba en un momento crítico. Y estos son buenos porque revelan la salud de una relación. Así que le miré con gesto de “no te lo calles, cuéntamelo”.

– Te aviso que hay mucho sexo con mucha niña tonta.

– Esas son las historias que gusta escuchar de boca de tu pareja en momentos así, ¡hombre! A gustico y desnudos en la playa…

Durante unos segundos mantuvo un mugido gutural con la boca cerrada en un tono lo suficientemente agudo como para saber que significaba el comienzo de una narración. Así que esperé. Sabía que, en breve, Javi empezaría a contarme.

– Álex y yo fuimos inseparables hasta un par de años después de terminar de la carrera. Fueron siete años en los que he follao lo incontable y donde, la mayoría de las veces, éramos tres en la cama. Alguna que otra vez, más de tres… -se interrumpió-. Álex tenía un imán especial para las tías, se acostaba con la que le daba la gana porque, en realidad, todas querían acostarse con él. El caso es que, nosotros, nos conocimos en un foro universitario de filosofía y nos caímos de puta madre. Y, una cosa, terminó influyendo en la otra…

Javi se detuvo para tomar aire. Entonces empecé a hacerle cosquillas con la yema de los dedos en el hueso de la cadera y alrededores.

– Nos aprovechamos de su magnetismo para hincharnos a follar los dos. El ponía su carisma natural y yo filtraba a las chicas. Era fácil, ¿sabes? Eran tantas las que que querían zumbárselo que no era complicado ir conociendo sus nombres. Solo bastaba hablar con la gente adecuada. Cuando elegías la siguiente presa, primero les presentabas y luego dejabas que fuera Álex quien le propusiera a la chica el trío con él y conmigo.

– Y, por lo que cuentas, solían aceptar… -le interrumpí.

– Aceptaban -confirmó-. Y el comportamiento de la mayoría nos hizo subir la apuesta. Nos dimos cuenta de que, la gran mayoría, aceptaban de manera sumisa tan solo por la excitación que Álex les provocaba. Dirían que sí a cualquier cosa solo por tener sexo con él. Nos afectó a los dos… Yo me sentí totalmente despreciado, un cero a la izquierda, y Álex, aunque fortalecido en su ego, lamentó no encontrar mujeres que pensaran libremente, que no estuvieran abducidas por su magnetismo. No había inteligencia en aquellos pibones con los que follábamos.

– Y, lo de subir la apuesta, ¿fue?… -le pregunté.

– Alicia… -respondió Javi para respirar hondo a continuación y antes de seguir hablando-. Alicia fue el motivo por el que dejamos de ser tres en la cama… Subimos la apuesta al empezar a buscar mujeres que no follaran por inercia, sino por convicción. Y Alicia era un tía así, segura e inteligente, justo lo que Álex buscaba. Follamos juntos unas cinco o seis veces hasta que, al final, decidimos dejar de hacerlo. Por ese tiempo coincidió también que yo empecé a salir con Clara y, aunque quedábamos los cuatro como amigos de vez en cuando, la tensión que nuestro pasado le provocaba a Clara hizo que termináramos por perdernos la pista.

– ¿Por qué decidisteis dejar de hacerlo?

– En el momento en que nos dimos cuenta de que, el modo en que crecían los momentos entre ellos dos, nos pasaban factura a los tres, comprendimos que ya tocaba pasar de nivel.

– Te volviste a sentir ninguneado -le dije a modo de media pregunta.

– No, no fue eso -me respondió-. Es que, lo siguiente, habría sido formalizar una relación a tres y ninguno lo queríamos por diferentes razones. Y eran muchas razones con las que estar de acuerdo.

– ¿Qué fue de ella? ¿Siguen juntos?

– No, por lo que se ve rompieron hace unos años.

– ¿Y cómo convencíais a las chicas para los tríos?

– Como las chicas ya me conocían porque yo solía ser quien les presentaba, luego solo bastaba encontrarnos los tres, por casualidad, en el momento oportuno: Un bar, una cena de pandilla en una casa…

– Una playa nudista… -añadí.

Me salió instintivamente. La escena de la vueltecita de antes volvió a sobrevolar por mi pensamiento y no pude evitar encontrarse en una situación similar a la de todas esas mujeres de las que me estaba hablando. La diferencia estaba en que yo no era nadie que quisiera acostarse con Álex de antemano, al menos que Javi supiera porque ya sabéis el pensamiento lascivo que había tenido hacía un momento, y que, por tanto, él lo había decidido por mí.

No dejé de hacerle cosquillas en el hueso de la cadera y alrededores después de soltar aquella frase que, evidentemente, tenía su parte de dardazo. Quería hablar del tema, me apetecía hacerlo. Pero no era capaz de ser más clara a la hora de pedirle que respondiera. Bueno, sí, sí que podía. Me bastó girar la cabeza, mirarle y sonreírle para que supiera lo que pensaba y lo que quería que pasara.

– Sí… Sí que podría haber ocurrido entonces de una manera así…

– ¿Se te ha pasado por la cabeza cuando nos has presentado?

– Ha sido inevitable -me confesó.

Ese golpe de sinceridad de Javi me encantó y me terminó de relajar con el asunto. Yo también quería ser sincera.

– ¿Y si te digo que me despierta curiosidad, que me planteo si probar?

Javi me echó la mano al muslo y me lo apretó con fuerza. ¡Teníais que haber visto cómo se le puso la polla en un segundo!

– Y no porque sea Álex -continué diciendo-. Sino porque quiero y porque me fío de ti.

Le sobé el rabo durante unos segundos. Estaba reprimiéndome el arranque que tenía latente de levantarme y comérsela mientras me imaginaba todo tipo de posturas sexuales con los dos. Javi no desaprovechó la ocasión cuando , tras cogerle la polla, notó cómo se me relajaban los músculos interiores de los muslos y se me abrían levemente las piernas. En seguida su mano vino a buscarme el coño.

– Para -le dije soltándole el rabo-. O acabaremos haciendo algo que está feo en cualquier tipo de playa.

– ¿Vamos al agua? -me propuso.

– Ve tú por delante -le contesté.

Se levantó de la toalla, súper orgulloso de su escandalosa erección, presumiendo de polla, y se fue hacia el agua. Llamó la atención de un par de chicas que venían paseando por la playa, pude verlas cómo le miraban el paquete.

– ¿Os pone el tío al que me voy a follar ahora mismo en el agua? -pensé.

El pensamiento sirvió para lubricarme bien el sexo, por un lado, y para entender un poco más esto de la excitación al ofrecer a tu pareja para follar, por otro. Si no fuera porque no te puedes fiar de ni una sola tía, a mí también me daría morbo eso de compartir al artista con el que follo para que goces sus habilidades, pero que es solo mío.

Y ese “pero que es solo mío” se encargó de aportar una dosis más de lubricante en mi entrepierna.

Esperé a que Javi encontrara su lugar en el agua para levantarme de la toalla. Cuando, por fin, y después de darse un chapuzón, se quedó asomando solo la cabeza por encima del agua buscándome con la mirada, supe que era mi momento. Me puse de pie y comencé a caminar hacia la orilla, estaba el agua buenísima, por cierto. Que no os lo había dicho. Apenas soplaba una fina brisa y la marea era tan suave que, ni siquiera cuando rompían tímidamente, tenían fuerza las olas para tambalearte. Los peces propios de las playas de arena fina con poco desnivel de profundidad (y que no voy a nombrar porque no tengo ni puñetera idea de cómo se llaman) eran visibles bajo las cristalinas y tranquilas aguas del mediterráneo que baña esta playa. Javi estaba todavía a unos veinte metros cuando el agua me llegó a las rodillas. Continué caminando hacia él mientras le observaba mirarme detenidamente a mí y, con el rabillo del ojo, controlar quién más me miraba desde la playa.

– ¿Os pone la tía a la que me voy a follar ahora mismo en el agua? -sonreí al pensarle diciendo mis mismas palabras.

Antes de que el agua me cubriera el sexo, y de espaldas a la orilla, me llevé la mano al coño para intentar meterme tantos dedos como me entraran para asegurarme que lo tenía bien abierto y lubricado; Que, paradójicamente, el agua seca los fluidos y dificulta la penetración. El acto reflejo al penetrarme con tres dedos fue el de echar el culo hacia atrás, y eso, lo aproveché para dejarme caer de espaldas en el agua y disimular así lo que realmente acababa de pasar. Algo que acababa de regalarle a Javi, solo para él, pero delante de todo el mundo.

En seguida, y solo con la cabeza por encima del agua, Javi se me acercó. Por la posición en la que yo me había dejado caer en el agua, le estaba esperando para recibirle abierta de piernas. Así que, conforme me alcanzó, solo tuvo que pasar sus piernas por debajo mía, cogerme por las caderas y el culo y, al apretarme contra él, penetrarme a placer.

¡Y qué maravilla de clavada!

Se colocó de cuclillas bajo el agua, conmigo sentada encima, y empezamos a follar. ¡Ay Dios las cosas que te hacen las corrientes de agua en el coño! Cada una de sus penetraciones iba acompañada de u golpe de agua que venía con un poco de retardo pero que hacía que, cada vez, valiera por dos. Era mi primera vez en el agua y, lejos de lo que había escuchado de otras mujeres, yo no parecía tener problemas de lubricación y sequedad: aquello iba como la seda.

¡Mira, qué morbazo de polvo!

Con el efecto rebote ahí, poniéndome loca del coño, y a la vista de todo el mundo. Había ocasiones en las que me costaba contenerme para enseñarle a la comunidad lo que estábamos haciendo y lo bien que me lo estaba pasando. Hasta hubo un par de veces que planté los pies en el suelo y le cogí del culo para tirar de él hacia arriba y que, así, la playa me viera el culo en movimientos de folleteo.

Al final fui más zorra y, lo que hice, fue sentarme sobre Javi dándole la espalda y de frente a l playa mientras él e seguía follando. Así podía estirarme y sacar las tetas sobre el agua tanto como quisiera. Tenía el poder para hacerlo evidente, si me daba la gana.

¡Orgasmazo!

Dos seguidos, dicho sea de paso. Tuve que dejarme caer de frente para hundir la cara en el agua y sumergir los gemidos. Y, al darme cuenta de la posición en la que, entonces, se nos veía desde la playa, tuve el tercer orgasmo.

Me lancé hacia adelante bajo el agua como torpedo recién disparado tratando de deshacer de inmediato la postura sexual en la que acababa de visualizarme y que necesitaba que la gente dejara de imaginar. Cuando volví a sacar la cabeza del agua estaba como a unos diez metros de Javi que me miraba de no comprender, de que aún no se había corrido.

– Hazte una paja, pero no puedo acercarme durante un momento -le dije con la mirada.

Se acercó él.

Fui quitándole erotismo o pornografía a la escena con tranquilidad. No era por Javi sino por la gente de la playa que estaba como en shock. Se me había cortado el rollo de golpe, estaba asustada y, de verdad, necesitaba esa tranquilidad.

Y Javi lo entendió perfectamente.

Salimos del agua y regresamos a las toallas. Volví a echarme protector solar y, luego, se lo pasé a Javi. Comprobé con el rabillo del ojo que Álex estaba pendiente de nosotros y, poco a poco, fui tomando otra vez el control de la situación. La playa no estaba tan pendiente de mí como había temido. Era evidente que alguien se habría coscado del polvo que acababa de echar en el agua pero, desde luego, nadie me juzgaba.

Nadie me juzgaba… Qué tranquilidad.

Miré el reloj. La mañana había pasado casi sin darnos cuenta y la hora del café estaba ya bastante cerca. Saqué el picoteo que llevábamos en la nevera y comimos. Después de comer nos dimos otro baño y, al secarnos, recogimos para marcharnos de la playa. Cuando pasamos cerca de Álex en busca del sendero que te saca de la playa, nos despedimos de él emplazándole a verle en unas horas en casa para cenar. Llegamos al coche, echamos los trastos al maletero y nos fuimos a casa.

Todo el tiempo que transcurrió desde mis tres orgasmos hasta que estuve lista para meterme en la ducha del dormitorio fue de reflexión interior. Había abierto una puerta a lo del trío con Álex pero no habíamos terminado esa conversación. Aproveché ese tiempo para evaluar todas las experiencias que había vivido en la playa, buscar sus mensajes y construir el argumento definitivo para ese “sí” que, sin poder justificar aún, tanto me despertaba interés.

– No hemos terminado de hablar de lo del trío -le dije mientras empezábamos a mojarnos con el agua tibia de la ducha.

– Ni el polvo tampoco -me respondió sin dar tiempo a saber si yo yo había terminado de hablar.

Pero hizo bien en cortarme porque me dio la oportunidad de re evaluar. Iba a haberle preguntado un asunto de una manera pero, con su apreciación, me dio la oportunidad de replantearlo de otra que, seguro, le iba a parecer interesante y apetecible de responder.

Le di el bote de gel y me puse frente a él con los brazos extendidos hacia los lados y las piernas semi abiertas (una posición de cacheo de frente, vamos).

– Mientras me enjabonas a placer, o lo que sea -muy importante ese “lo que sea”, claro-, ¿me cuentas con todo lujo de detalles por qué te excita que me folle otro?

De repente me imaginé como la puta que es aseada por su proxeneta para enviarla a una nueva misión y me puse cachonda.

– Háblame sin tapujos…

Y, con la media sonrisa que sostuve al final de decirle eso y la mirada pícara que la acompañó, puse todo lo que estaba de mi parte para que, en un ambiente erótico festivo que me apetecía bastante, Javi me explicara su visión profunda del asunto.

Era su momento para convencerme y, por lo que indicaba mi cuerpo, y mis ganas, yo estaba predispuesta a que lo hiciera.

Se echó un chorro de gel sobre la palma de la mano y se me acercó. Se frotó las manos, me besó dulcemente en la boca y me cogió del cuello. Entonces, suavemente, comenzó a enjabonarme. Luego continuó por las clavículas, los pechos, el vientre… Y, cuando volvió a subir las manos para enjabonarme hombros y brazos, terminó de besarme y comenzó a hablar.

– Para mí es una prueba de que lo he entendido todo…

La mirada que le eché de “¿qué me estás contando?” debió ser fulminante porque, de inmediato, Javi se calló y detuvo el enjabonamiento. Entonces me miró a los ojos, levantó una ceja y sonrió.

– ¿Qué pensabas? ¿Que iba a aprovecharme para convencerte? -dijo mientras bajaba una de sus resbaladizas por mi vientre directa a colarse en mi entrepierna para sobarme el coño-. ¿Que te iba a decir algo así como “la cara de zorra de que ponéis las tías cuando os follan delante de vuestras parejas”?

Mantuvo silencio unos segundos en los que su mano no se detuvo en mi entrepierna.

– Porque la ponéis… -continuó diciendo mientras me miraba fijamente a los ojos-. Pero para que entiendas por qué me excita, tiene que saber todos sus fundamentos. Y, de todos, el amor es el más importante.

Y, claro, a mí me hablas de amor mientras me sobeteas el coño con la mano y, yo, pues chorreo como chorreo. Que hasta empiezo a succionar dedos cuando los siento cerca y, como no hay fricción con la que puedan defenderse, me los meto. ¡Y qué bien me entraron esos dos dedos!

Se puso de cuclillas delante mía y jugueteó con ellos apenas un par de veces, con mucha dulzura y suavidad. Luego, tras igualar la otra mano y ponérmela también a la altura de la pelvis, continuó enjabonándome la entrepierna, caderas y muslos mientras continuaba con su explicación.

– La verdadera fidelidad es la lealtad que se da directamente entre corazones. Es la que se da entre almas, no entre cuerpos. Cualquiera cosa que nazca de la imaginación, si pasa el tamiz del corazón, es buena. Pues, con el sexo, más todavía. Cuando, por muchos cuerpos y mucho sexo que haya en una situación, hay solo dos corazones, lo que está pasando entre esos corazones, es bueno. ¿Me sigues?

– De momento te voy siguiendo -le empecé a decir-. Pero no te creas que no me he dado cuenta de que aún no has contestado a mi pregunta. Me hablas de un rollo confianza máxima que entiendo pero… ¿Y si uno de esos corazones no necesita más cuerpos?

– Es un corazón que todavía no lo ha entendido. Solo eso. Ni mejor ni peor que otro, pues cada uno tiene su historia y sus tiempos.

– Es que no creo que trate de entender o no entender, sino de querer o no querer -volví a intervenir.

– Es que eso es justo lo que se entiende. Entiendes que, sí quieres, puedes.

– No -le corté-. Porque, que quiera matar a alguien no significa que pueda matarle.

– Sí que puedes. La decisión es tuya. Si quieres matar a alguien puedes matarle. Otra cosa es que, después, también tengas que acarrerar con las consecuencias porque hay unas leyes que digan lo que dicen.

– Y que hay una moral…

– Y que hay una moral, y que hay unos valores… -continuó diciéndome-. Límites. Al fin y al cabo son límites. Unos que se establecen por unos parámetros y otros que se establecen por otros, pero límites al fin y al cabo. Y cada momento tiene los suyos: desde qué ropa ponerse para ir a tal sitio hasta cuánta gente meter en mi cama. Y lo cierto es que muchos de nuestros límites son solo miedos: miedos y circunstancias. Hoy, ahora, por ejemplo, sin más, no matarías a nadie pero ¿Y si te encontraras en una situación de vida o muerte donde, o muere uno o muere el otro? Entonces, tal vez, sí que tendrías el valor para matar… Hay cosas que podemos hacer aunque nos dé miedo hacerlas… Matar es una cosa mala, lo sé. E, incluso así, somos capaces de superar esa barrera. ¿Por qué no cruzar cualquier otra barrera pero por una cosa buena? El corazón que dice que no quiere más de un cuerpo es que no lo ha entendido porque tiene miedo…

– ¿Cómo estás tan seguro?

Había terminado de enjabornarme también los pies y se recreaba en mis piernas mientras me hablaba. Cuando le hice la pregunta volvió a detenerse, levantó la cabeza para buscarme de nuevo la mirada, volvió a sonreía y a levantar la ceja. Y, conforme se fue poniendo de pie, una de sus manos fue ascendiendo por mi entrepiernas hasta volver a controlarme por el coño.

¡Qué dedos tiene el cabrón!

– Porque, de los dos y por ahora, yo soy el que tiene experiencias en tríos…

¡Qué cabrón que es!

Ahí que me metió todo el calentón mientras me llamaba cobarde a la cara. ¡A mí! ¡Con todo lo que yo he pasado! ¡Con todo lo que yo he sufrido!…

Y, ahí, lo vi y lo entendí algo mejor.

– ¡Alicia! ¡Coño! ¡Claro!… -pensé.

Tuvo que enamorarse de ella, seguro. Por eso dejaron de acostarse los tres. De hecho, Javi me había contado que, en su relación, el siguiente paso era precisamente una relación a tres y que no quiso. Qué manía tenéis los tíos con ser sinceros pero desordenados al contar las cosas: que hay cosas que las contáis de una manera, pero tenemos que darnos cuenta nosotras de que las otras.

Así que ahí me tienes, con la sensatez que da la madurez y la pasión que pone el enamoramiento adolescente este que me ata a Javi, sintiendo cómo me magrea el coño mientras nos miramos a los ojos y pienso en él y en qué me quiere decir de su episodio con Alicia.

Ahí me tienes, poniéndome cachonda mientras siento su piel en mi piel y se lo monta con otra en mi imaginación… Y perfilando cuál es el mensaje de amor que hay por aquí y que habla de corazones y cuerpos…

– Javi dejó el sexo con Alicia porque no existía conexión entre sus corazones. Ella lo tenía conectado al de Álex… El sexo es secundario si no existe el corazón… Javi confía en que la conexión entre nuestros corazones es fuerte y, por eso, me ofrece este tipo de sexo que, como él ya lo conoce, sabe que es bueno y no hay que tenerle miedo… Confía tanto en nosotros que hasta se siente seguro metiendo a Álex en nuestro trío… ¡Con todo lo que han vivido!… Esta vez no es Alicia… ¡Soy Naty!

Esa relación de ideas me llevaron a la conclusión de que, efectivamente, todo dependía de mí. Todo lo que me apetecía sentir, todo lo que apetecía probar… ¡Y me apetecía sentir la conexión en nuestros corazones con la misma intensidad que era capaz de imaginarle a él!

– Que me calzo dos pollones esta noche… -fue mi reflexión final antes de no aguantar más y comerle apasionadamente la boca.

Seguía teniendo mis reservas. Yo empezaba a estar más segura de mí misma pero empezaba a preocuparme cómo podría afectarle este trío a Javi. Evidentemente, ni yo soy Alicia ni tengo intención de serlo pero, ellos, si eran Álex y Javi y tenían un pasado en común que, a mi chico, podía pasarle factura de cualquier manera.

¡Fíjate que hasta se me quitaron un poco las ganas por eso!

¡Pero no! Si, precisamente, estábamos hablando de todo lo contrario…

– Ya veré cómo va yendo la cosa… -me atreví a murmurar convencida y con sonrisa picarona.

El resto de la escena de la ducha os la resumo rapidito. Empezamos a comernos la boca, pasamos de una a todas las manos, las cosas se nos van de las manos, me empotra contra la pared de la ducha, follamos como posesos, se corre, me corro, persiste, me vuelvo a correr, volvemos a besarnos y, con mucho cariño, terminamos compartiendo una ducha juntos. Podéis recrearos tanto como queráis, fue un polvo de los que se van como engordando y terminan siendo un bombazo.

Salimos del baño y, en el dormitorio, me puse una bata china de seda que había echado para el fin de semana. Caía hasta media espinilla y era de manga larga, pero vaporosa. Su auténtica gracia es que se sostenía solo por el cinturón que la ataba. Un cinturón que, según apretara más o menos, abría el escote de la bata en la misma proporción.

Y el escote de esa bata, con mis tetas, es un verdadero peligro.

– Esta va a ser la solución -le dije a Javi enseñándole la bata-. Según como veas el cinturón, sabrás cómo estoy y por dónde soy capaz de moverme, ¿te parece?

– El simple hecho de que quieras moverte ya es maravilloso -respondió-. Y, ¿debajo de la bata?

– Nada -le contesté-. Cuando esta bata se abra, seré yo la que esté debajo: la Naty natural que tú conoces y que Álex ha conocido hoy en la playa.

Me acerqué hasta dónde estaba, al otro lado de la cama.

– La putinaty de lencería fina y tacones es solo para ti -y, con una sonrisa, le besé en la boca mientras volvía a quitarme la bata.

Nos dimos un magreo apañado y, tras calzarme unas sandalias, salí desnuda del dormitorio y me bajé a la cocina, me preparé un café granizado, me salí al sillón de la terraza y me puse a echarle un vistazo a las redes sociales en la tablet.

Javi bajó al poco rato e hizo lo mismo. Estuvimos charlando de todo un poco mientras pasábamos la tarde. De vez en cuando, aprovechando las ocasiones en las que íbamos a la cocina, adelantábamos para ir preparando las cosas para la cena: que si tener listo el menaje para poner luego la mesa por un lado, que si ir organizando las cosas que van a hacer falta en la cocina por otro… Así, para cuando me puse a las ocho a cocinar, ya teníamos casi todo listo.

Javi se encargó de poner la mesa, era también el responsable de que no faltara la bebida en óptimas condiciones. A las nueve menos cuarto ya tenía la comida presentada y preservada, los cacharros fregados y la cocina recogida. Todo listo nada más que para sentarnos a cenar cuando quisiéramos.

Subimos al dormitorio y me volví a meter en la ducha a darme un refrescón para quitarme el calor de la cocina, una cosita rápida. Me sequé, me arreglé el pelo haciéndome un moño alto apañado, mi desodorante, mis gotitas de colonia y salí al dormitorio a ponerme la bata para volver ya a la planta de abajo y esperar a que llegara nuestro invitado. Javi se entretuvo arriba unos minutos más.

– Va a sonar el timbre de la puerta -me dijo al poco.

Casi no le dio tiempo a terminar de decirlo cuando el porterillo electrónico interrumpió con su singular chicharra. Descolgué, le abrí y, a la par, abrí la puerta de casa. Álex cruzó el pequeño porche de entrada y llegó hasta la puerta.

– Muy buenas de nuevo -saludó antes de darnos los dos besos.

– Hola -contesté sonriendo-. ¿Has tenido problemas para llegar?

-No, ninguno. Conocía el sitio. Que falten algunos números en la calle es el único problema.

– ¿Qué bebes? ¿Cerveza?

– Cerveza está bien.

Pasamos por la cocina antes de seguir hacia la terraza. Aprovechamos para coger la bebida, que Álex dejara el vino que había traído y para coger también unos platos de picoteo que tenía ya preparados.

– ¡¿Piscina también?!

– Es lo mejor de la casa. Cuando me lo dijo Javi y me dijo por lo que salía el fin de semana, no me lo creía… Doscientos setenta pavos, tres noches -le dije después de leerle en la mirada cómo me lo preguntaba.

– ¡Tiradísimo! -respondió.

Os cuento un poco su vida, que es de lo que estuvimos hablando mientras que bajaba Javi. Álex es programador informático y tiene un par de programas de gestión para empresas que va vendiendo y manteniendo por toda España. De vez en cuando, con la excusa de recomendar una actuación in situ, en lugar de las lógicas conexiones remotas, el cabrón elige destino para pasar un fin de semana y hace lo que estaba haciendo aquí: con la excusa del negocio, venirse de fin de semana.

Separado, sin hijos. Él vive en Bilbao pero, echando cuentas, dice que pasa más tiempo por ahí que en casa. Empecé a hacerme una idea de su estilo de vida. Y me dio la sensación de que debía tener una historia detrás. Más aún teniendo en cuenta las cosas que ya sabía de su pasado.

Javi apareció por fin. Habían coincidido en la indumentaria aunque, dicho sea de paso, tampoco era tan improbable: bermudas azules y polo de manga corta. Álex en color rosa y Javi celeste. Ambos con sandalias. Venía con su cerveza en la mano, se sentó con nosotros en los sillones de la mesita baja y, tras saludar a su amigo, proseguimos un rato más con la conversación.

Javi le contó que está colocado de informático en la diputación provincial. Así es, salgo con un funcionario. Y pronto empezaron a enfrascarse en una conversación en la que, en cierto modo, yo podía permitirme el lujo de estar un poco más ausente.

– ¿Y tú? -me preguntó Álex trayéndome de vuelta de mis cosas-. ¿A qué te dedicas?

– A nada, la verdad… -fue lo primero que se me ocurrió responderle-. Estoy reordenando mi vida y me he dado un tiempo sabático que, afortunadamente, me puedo mantener con mis ahorros.

– Algo tendrás pensado… -me dijo Álex.

– Sí, claro, algo hay… Un proyectillo de promoción turística a nivel provincial que me parece súper interesante. Pero es complicado y no me he puesto aún en serio con él…

Con la conversación cayeron las dos primeras cervezas y, luego, pasamos al vino. Saqué los siguientes platos de picoteo y, mientras seguíamos conversando, iba preparando para servir los platos principales. La cena se estaba desarrollando con total normalidad. Yo seguía con la bata bien abrochadita y la conversación era amena y entre gente divertida.

Álex caía bien. Es cierto que tenía un magnetismo especial que seducía incluso sin proponérselo. Durante la cena, además, pude ir comprobando que era buen tío. O, al menos, que a mí me lo parecía. Para cuando íbamos a pasar a los postres ya me parecía un viejo amigo de toda la vida gracias a la cantidad de cosas de las que habíamos estado hablando.

El chapoteo repentino en la piscina de la casa contigua, al otro lado del muro que separaba ambos jardines y terrazas, nos hizo prestarle atención. Sonaba a fiesta. Había risas e inmersiones importantes en el agua. Después de un par de minutos hablando sobre lo que podría estar pasando al otro lado del muro, me levanté de la mesa con la intención de ir a por el postre. Pero aproveché para algo más…

Subí a mi dormitorio y me asomé a la terraza a oscuras. Desde allí podía ver parte del jardín de la casa de al lado y tenía curiosidad por saber qué estaba pasando. Oculta en las sombras, espié.

Los vecinos eran dos parejas jóvenes, yo diría que veinteañeros largos. Ellos estaban desnudos y una de ellas estaba en topless mientras que, la otra, permanecía cubierta con las dos partes de su bikini. Después de haber estado al principio haciendo el chufla en la piscina, ahora parecían estar empezando a relajarse. Tenían sus copas cerca del filo, la chica que hacía topless fumaba y tenía también un cenicero… Ellas estaban tranquilas, acomodándose en una esquina de la piscina, ellos nadoteaban y permanecían aún en movimiento, como si las estuvieran acechando.

Fue cuando le imaginé la correspondiente connotación sexual a esa escena cuando tomó sentido por completo. Allí parecía haber una pareja y un novio muy interesados en que cierta chica en bikini se desinhibiera algo más de lo normal.

Después de quedarme tranquila sabiendo lo que pasaba en la casa de al lado, bajé las escaleras pensando en el inevitable paralelismo sobre lo que, precisamente, también estaba pasando en esta casa. Así que, con el puntito que me dio la terraza de arriba, y con lo a gusto que estaba en la de abajo, me desaté un poco la bata antes de servir los helados y regresar con los chicos.

A Javi no le pasó desapercibido cuando me vio salir. Álex no le dio más importancia que la de un escote discreto.

Partiendo de un cuello chino cerrado, los dos pliegues delanteros de la bata caen rectos, unos sobre otro y superpuestos solo unos diez centímetros de ancho. Al desatar el cinturón que lo cierra, la bata se va abriendo de arriba a abajo. Así que, según la desates, puede ir eligiendo y colocando el escote que, cada vez, va siendo más grande y generoso.

Estaba puesto de tal manera que se me veía un buen canalillo dibujado entre dos tetas de carnes generosas que solo enseñaban el contorno del propio canalillo desde su parte superior hasta la mitad. Sugerente pero no evidente, curioso pero inseguro. Presente…

Hábilmente, Javi fue redirigiendo la conversación hacia la situación sentimental de Álex. Fuimos entrando en conversaciones más íntimas. ¿Por qué estaba él soltero? ¿cómo nos conocimos nosotros?…

– ¿Qué fue de Alicia? -terminó por preguntar Javi.

– Nos separó la geografía -contestó-. No le hizo gracia lo de Bilbao, ella quería ir volviendo hacia el sur. Y, antes de que me decidiera, a ella le surgió la oportunidad de irse a Sevilla… Terminamos por tomar caminos diferentes…

– ¿De buenas o de malas? -me salió preguntarle.

– Pues, al final, casi más de malas que de buenas -Álex miró a Javi porque sabía lo que, en su día, sintió por Alicia y se encontraba en un momento “confesiones”-. Los argumentos egoístas con que podíamos atacarnos los dos nos fueron desgastando rápidamente. Nos fuimos cogiendo manía… Terminamos mal… ¿No sabes nada de ella? -le preguntó a Javi.

– fuimos dejando de hablar -contestó.

De repente me entraron celos y miedo. ¿Qué habría sentido Javi al saber cómo habían terminado Alicia y Álex? ¿Por qué no le buscó ella? ¿Querría buscarle ahora él? ¿Qué pasaría entonces conmigo?

El caso es que, empujada por un instinto de supervivencia, allí mismo aflojé un poco más el nudo del cinturón y me recoloqué el escote. Ahora el contorno de las tetas mostraban el canalillo entero, de arriba a abajo.

– ¿Y tú con…..? ¿Cómo se llamaba? ¿Clara? Sí, eso, Clara. ¿Qué pasó?

– Que me la terminó pegando con un compañero del gimnasio hace poco más de un año…

– ¡Ay! ¡Hija! Perdona que te tengamos aquí hablando de mujeres del pasado -me dijo Álex animadamente-. Con lo bonica que eres y nosotros aquí, haciéndote de menos. Disculpa hija…

– No te preocupes -contesté-. Si todos tenemos un pasado. El mío se llamaba Lolo y tuve que denunciarle porque robaba en la empresa en la que trabajábamos juntos. Hace unos seis meses que ya no recibo sus amenazas, sus insultos y sus tonterías. Pero, de vez en cuando, todavía aparece para darme un disgusto…

– No será grave, ¿no? -preguntó Álex.

– ¡Ah! ¡No! Descuida -contesté sonriendo-. un mail inoportuno de vez en cuando. Poco más…

Evidentemente, comenzó a preguntar por los detalles de mi historia y, así, le fui contando cómo Lolo se fue metiendo en un fregao tan gordo que, cuando lo descubrí, hizo que saltáramos por los aires de la peor manera posible. Después de una denuncia por robo, un juicio, una condena, y mil broncas de por medio, su caracter agresivo e impulsivo, le hacía seguir dándome la brasa de vez en cuando. Afortunadamente, le conocía lo suficiente como para no tener que temer por mi vida. Lolo era un energúmeno, pero no era un asesino.

– Así me cuadra un poco más lo del tiempo sabático que te has dado -comentó Álex-. Te sienta bien, te lo veo…

Me hizo reír con ese piropo. Aunque, ciertamente, el comentario tenía su doble sentido oculto. Y es que, durante el rato en el que le había estado contando lo de Lolo, le había cazado varias veces mirándome el escote. Había despertado su interés sexual y eso era interesante: descubrir su predisposición me facilitaba el desenvolvimiento y me hacía sentirme más segura, con la situación más controlada.

Javi se levantó de la mesa para recoger los platos de los helados y poner las copas. Álex y yo nos quedamos solos en la terraza.

– ¿Y por qué no hay una bilbaina en tu vida? -le pregunté.

– Porque no quiero que Bilbao me ate más de la cuenta… Es más divertido tener un amor en cada puerto.

– Por eso viajas lo que viajas -me eché a reír-. ¿Qué estás haciendo, un estudio sobre el comportamiento sexual de las mujeres españolas según su lugar de nacimiento?

– Podría aportarte datos muy curiosos -contestó.

Me hizo reír aún mas fuerte.

– Si llevas recopilando datos desde la universidad, seguro que tienes mucho que contar.

Adivinó que, ahora, era yo la que escondía un doble sentido en mi comentario. Me hizo gracia poder leerle en la cara el momento justo en el que se preguntaba qué sería lo que Javi me habría contado.

– Sé lo de los tríos universitarios, Javi me ha estado contando…

Se echó la mano a la cara en un simpático gesto de “pa habernos matao”.

– ¿No te da nada hablar de los folleteos antiguos de tu novio?

– No me molesta. Si es eso lo que preguntas. A estas alturas ya…

– ¿Qué te ha contado?

– Supongo que todo, aunque sea por encima. Que os hartasteis de niñas tontas y que, cuando empezasteis a buscar las listas apareció Alicia y os terminasteis separando.

– Ella no sentía por él lo mismo que sentía por mí -me dijo excusándose.

– Lo sabe -le contesté-. Javi aprendió bien de aquello.

– Pensaba que se había quedado receloso conmigo. Que, después de perder el contacto, no guardaba buen recuerdo de mí… Hoy, cuando le he visto en la playa, me ha costado ir a saludarle, no te creas.

– Has hecho lo que tenías que hacer. ¿Te ha alegrado verle en la playa? Pues eso es lo que importa.

– ¿De qué estáis hablando? -dijo Javi al asomar de nuevo por la terraza.

– Le estaba advirtiendo de que conozco vuestro pasado universitario -contesté.

A continuación, Álex y Javi volvieron a hablar de Alicia pero, esta vez, en otros matices que me resultaron gratamente satisfactorios. Eran dos amigos expulsando sus fantasmas y haciendo las paces, más cada uno consigo mismo, que con respecto al otro. Fue un momento muy chulo ver como, definitivamente, terminaba de regresar la alegría y la amistad que les unió hace años.

Dejé de sentir por Alicia los celos que me habían nacido hacía apenas un rato y empecé a tenerlos porque ella había follado con los dos y yo todavía no. Formaban una pareja tan simpática que era imposible negarse a follárselos juntos. Decididamente, estos dos en la universidad tuvieron que ser un auténtico peligro.

Estaba decidida a quitarme la bata pero, en vez de hacerlo, le di el último juego para que fuera evidente que, su progresiva apertura, significaba algo.

Me lo aflojé hasta el punto de que mi obligo ya era visible. Bastaba solo mirarme al pecho de costado para verme perfectamente el contorno de cada teta y los pezones rozando contra la seda.

– ¿Puedo preguntar qué juego te traes con el escote? -preguntó Álex en el momento oportuno en el que, mientras me recolocaba el escote, le enseñaba por completo una de las tetas bajo la seda.

– Me voy poniendo cómoda -contesté asegurándome de que mi mano sostenía lo suficientemente tensa la tela como para que, debajo, mi teta siguiera a la vista.

– Si sigues así, te la terminarás quitando.

– ¿Y quedarme yo desnuda antes que vosotros? De eso nada. Así que venga, la ropa fuera -le dije a los dos.

Javi debía estar flipando conmigo, pero no se lo pensó dos veces y comenzó a desnudarse. Álex, en cambio, hasta que no vio que Javi iba en serio, no comenzó a quitarse la ropa. Una vez estuvieron desnudos, me levanté de mi silla para recogerles la ropa, doblarla y dejarla dentro de casa. Cuando volví a salir a la terraza, ya no llevaba la bata.

¡Madre mía qué forma de devorarme con la mirada cuando me vieron salir!

La erección de Javi me pareció lógica, habida cuenta de que él sabía nuestro plan secreto y le hacía una especial ilusión, la de Álex me pareció halagadora y, ambas, me pusieron un poquito más cachonda. ¿Nuestro amigo no sabía que iba a poseerme y ya estaba así de duro? Os prometo que estuve a un pelo de sentarme encima suya y metérmela sin mediar palabra porque yo sí que me estaba disparando.

Pero había que normalizar la situación. No te follas a un invitado a casa sin darle opción a que se lo vea venir y a que se manifieste.

– Bendito naturismo -suspiré mientras volvía a sentarme con ellos a la mesa.

– ¿Solo naturismo? -me preguntó Álex.

¿Qué estaba insinuando, que se me notaba mucho? Guardé un necesario silencio durante un par de segundos que me sirvió para ordenar las ideas antes de reaccionar de cualquier modo: Estábamos en una situación propensa al trío rollo universitario de estos dos, eso era evidente. Los tres sabíamos de la historia y yo ya me había mostrado, como poco, preparada para no escandalizarme al hablar de sexo. Así lo había dejado claro hacia tan solo unos minutos, al decirle a Álex que no me importaba escuchar hablar de la loca vida sexual pasada de mi pareja cuando le dije que la conocía.

De manera que, a la pregunta de Álex, no tenía por qué responder haciéndome pasar por la recatada sorprendida. Me habría resultado complicado, teniendo en cuenta además que tenía la libido por las nubes, como también os he dicho ya. Así que no tenía por qué decirle que quería follármelo pero sí que podía contarle otras verdades.

– Siempre hay un poquito de sensualidad en el naturismo -empecé a responder-. Al menos, a mí me ocurre. No sé, supongo que la erótica de los cuerpos es algo que siempre está ahí, ¿no?

Iba a haberlo dicho, pero no me pareció adecuado hacer una referencia directa a sus pollas nada más empezar a hablar. Y, aquellas dos erecciones, eran dos pilares irrefutables sobre las que argumentar mi teoría.

Y, ¡hostias!, esa frase era muy buena como para no decirla.

– Y sustento mi teoría de la erótica de los cuerpos sobre esos dos pilares… -y, con el brazo medio extendido y la mano de canto, la sacudí para identificar a qué pilares me refería pero tratándolos con cierto desdén o poca importancia. Buscando más el comentario simpático que el desprecio, claro.

– Son buenos argumentos, sí -me dijo Javi tras echarle un vistazo a las dos pollas empalmadas.

– Tú eres de las listas… -murmuró entonces Álex.

Fue su forma de decirlo lo que revelaba la doble intencionalidad de la frase. Aunque, tal vez, solo tuviera una. ¿O, acaso, no os habéis acordado vosotros de “las tontas” y “las listas” a las que, estos dos, se follaban? Pues a mí se me vino a la cabeza de inmediato.

– Sí -le contesté-. Y, la tonta, es la que está en la piscina de al lado con su novio y otra pareja.

Javi no se había dado cuenta del tirito que me había pegado Álex hasta que le contesté. ¡Es tan expresivo! Primero puso cara de “¡coño! Que aquí ya se dispara con fuego real” para, a continuación, poner cara de “qué sabes tú que está pasando en la piscina de al lado”. Álex, por su parte, sonrió al confirmar que, efectivamente, soy de las listas.

– A pesar de que eres la misma, qué distinta eres a la Naty que he conocido esta mañana. ¡Qué agradable sorpresa! No me esperaba que fueras así.

– ¿Así, cómo?

– Mmmm… Sexualmente naturalizada…

Me eché a reír. Me hizo gracia la definición porque, aparte de sonar a chiste, el caso es que resumía una forma de ser que os podéis imaginar, ¿A que sí? Es algo tan sencillo como una sexualidad madura.

– Esta mañana te he parecido una mojigata antipática… -le respondí.

– Tanto no. Una mojigata no acude de buen grado a conocer desnuda a un amigo de su chico y una antipática no puede tener tu sonrisa… Pero no me has dado sensación de tener este caracter, sino de ser, más bien, tradicional. De las de “el sexo es tabú”…

Tuve que reconstruir mentalmente lo último que me había dicho, me quedé recreándome en eso de que las antipáticas no pueden tener mi sonrisa. ¡Qué piropo más bien echado! Álex y su magnetismo, supongo… Vale, que no soy “tradicional” y que, para mí, el sexo no es tabú.

– Esta mañana no tenía ni puta idea de quién eras -le contesté-. Bueno… Ni de quién eras, ni de quiénes habíais sido.

Le lancé un cariñoso beso a Javi.

– ¿Y, con nuestro currículum, no te damos miedo? -bromeó Álex.

– Ninguno -le respondí-. Primero porque Javi es lo mejor que me ha pasado y, segundo, porque si eres amigo suyo no puedes ser mal tío.

– Y tú eres de las listas… -volvió a insistir, pronunciando sus palabras con el debido tono de interés y complicidad.

Era evidente que Álex ya estaba preguntando por lo que estaba preguntando. La sombra del trío se cernía sobre nuestras cabezas y los tres éramos totalmente conscientes de ello.

– Sí -le repetí-. Me llama la atención la idea de follar los tres. Pero no hay prisa… ¿Nos vamos a los sillones? Vamos, que os cuente lo de la tonta…

Cambiamos de sitio sin salir de la terraza. Nos levantamos de la mesa en la que habíamos cenado y nos sentamos en unos sillones con mesa baja que había al lado, mes cerca de la piscina. Los chicos se sentaron cada uno en un sillón y a mí me dejaron el sofá dos plazas. Ahora Álex estaba a mi izquierda, entre la terraza y la puerta por la que se entraba a la cocina y Javi a mi derecha, con la piscina justo detrás, en esa diagonal.

Les conté lo que había visto desde la terraza y la interpretación que había hecho de aquello: dos parejas, ellos desnudos, una en topless otra en bikini, la interpretación de los gestos, el acecho, la insinuación…

La perspectiva del comportamiento de la mojigata fue el que abrió las puertas a que comenzáramos a hablar de tríos y el que nos llevó a hacer un repaso estadístico de las andanzas de Javi y Álex. Qué cosas eran habituales, qué otras no. Anécdotas, incluso…

El chapoteo en la piscina de la casa de al lado hizo que nos echáramos a reír.

– Sube a la terraza -le dije a Javi-. Trae novedades…

Y, Álex y yo, nos quedamos solos.

– Igual la pregunta te parece muy personal -empecé a decirle-, pero… ¿A ti que era lo que te ponía de compartir a Alicia?

– La cara de zorra que ponía -respondió casi de inmediato y sin pestañear.

Y, esa respuesta, ya la había escuchado antes.

– Las tontas no la ponían -continuó diciendo-. Por eso dejaron de gustarme. Aquellas niñas no disfrutaban de aquello. No te digo que no les gustara -se interrumpió-, pero no lo disfrutaban.

– Y las listas sí y, de las listas, Alicia fue la especial, ¿no?

– Exacto. Las tontas no te buscaban la mirada para provocarte. ¿Se les vela placer? Pues claro. Pero no lo maximizaban, no lo compartían. Las listas sí… Las listas saben jugar con el cuerpo y con el deseo a otro nivel. Las listas si buscan las miradas en esos momentos y, justo en esos momentos, es cuando mejor se lee la profundidad de su ser. Conocimos a chicas muy profundas, muy interesantes y, al final, me enamoré de Alicia.

– ¿Qué leías en su mirada de zorra? Eso, y lo de la profundidad, es lo que me resulta contradictorio.

– ¡Es tu primer trío! -exclamó al darse cuenta de algo que, ciertamente, no sabía.

– Es mi primer trío -le contesté-. Y, con Javi, el miedo que tengo es que sienta que, de algún modo, le soy infiel por dejarme follar por otro.

– Justo ahí es donde entra en juego la cara de zorra que ponéis cuando ocurre -me respondió rápidamente-. Porque lo que se lee es justo lo contrario: tu tremenda lealtad y fidelidad con tu pareja.

– ¿Aunque de verdad me esté muriendo de gusto mientras me la meten?

– ¡Sobre todo si te estás muriendo de gusto mientras te la meten, mujer! A ver, mira… En un trío, el tercero siempre es el muñeco hinchable. De manera que, en el juego de pareja, la cosa está en divertirse. Ahora resulta que, el muñeco, es de carne y hueso y hay tres cuerpos follando en lugar de dos. ¡Pues vale! No deja de ser un muñeco hinchable con más prestaciones. La conexión de la pareja está por otro lado… ¿Que resulta que el muñeco es tan bueno que te pone berraca cuando juegas con él? Pues tu pareja lo que quiere es eso, que no dejes de estar berraca. Por eso, cuánto más berracas nos enseñáis que estáis, más cachondos nos ponemos.

Y, de repente, todo mi miedo y toda la teoría de la conexión entre cuerpos y corazones se resolvió con algo tan sencillo como llamar a los tíos “muñecos hinchables con mejores prestaciones”. Es curioso la cantidad de veces que, la explicación a lo más complicado, se esconde en la tontería más sencilla.

– Yo soy de las listas… -comencé a decir-. Y, entonces, tú eres el muñeco…

– Con mejores prestaciones… -respondió.

En el silencio que prosiguió a aquel pensamiento, Javi volvió de espiar.

– Solo hay una pareja. Desnudos y en la piscina dándolo todo.

– ¿Ella pelirroja?

– No, rubia de bote con chocho morenote.

Cuando yo las había visto, la pelirroja era la que estaba en topless y la que me pareció más desinhibida. La inercia me había llevado a suponer que sería ella la que, finalmente, habría sobrevivido al fracaso con la rubia. Y, sin embargo, era la rubia la que estaba dándose el festival en la piscina. ¡Las vueltas que da la vida!

– ¿Y, por aquí, qué? ¿Lleváis callados desde que me he ido?

– ¡Para nada! -le respondí- Me ha estado explicando lo de la mirada de zorra que no has terminado tú de contarme esta tarde en la ducha.

– Así que sí que te había contestado -sonrió pícaramente mientras terminaba de regresar a su sillón.

– O sea, que… -comencé a decirle a Javi mientras me levantaba del sofá-. ¡Con tu permiso! -le dije a continuación a Álex poniéndome de espaldas a el y de frente a mi chico-. Que, si yo, Pufffffffffff!! Mmmmmm!!

Me había puesto en posición para sentarme encima de Álex y que, al ir cayendo, me la metiera. Conforme me embocó comprendí que me iba a entrar algo grande y, cuando me fue rellenando, me activó todas las terminaciones nerviosas del placer con las que se encontró.

Una pasada de polla…

Miré a Javi, que observaba con detenimiento cómo me iba sentando sobre otra polla. Se echó la mano a la suya, constatando que le gustaba lo que veía, y, entonces, por inercia,, puse la mirada de zorra.

– ¿Te gusta ver cómo me lo paso con mi juguete? ¿Quieres ver cómo disfruto de mi juguete?

¡Oye! Es verdad que te pasa. Y, cuando pasa, te libera. Conforme me di cuenta de que estaba poniendo la mirada de zorra y Javi me la vio en los ojos, conectamos de una manera brutal. Es maravilloso diferenciar la excitación sensorial de la emocional y, cuando te metes la polla de otro en el cuerpo delante de tu chico, lo aprendes.

La nueva combinación de situaciones sexuales se multiplica de tal manera que hacen a la emocional exponencialmente más grande. ¿Mi consejo? Montaros un trío cuánto antes.

A partir de ahí ya os podéis imaginar…. Después de sentarme y acomodarme a mi gusto, batí el culo en círculos un par de veces apretándome contra Álex y, después, empecé a follármelo lentamente sin dejar de mirar a Javi y poniendo para él todas las caras que me provocaba la situación: morbosa, derretida, seductora, gozosa, desafiante, desatada…

Javi se levantó de su sillón y me llenó la boca de polla.

Esa fue la tónica dominante las cuatro veces que me corrí, estar rellena por arriba y por abajo ya fuera, por uno, o por el otro. Cuando, después de la posición inicial, Javi se sentó en el sofá, yo empecé a mamarle echada hacia delante pero de pie y con las piernas rectas y Álex me enganchó y me folló por detrás, fue la primera. Luego las dos encima de la mesa de la cena, yo tumbada boca arriba con el culo en el filo y ellos de pie. Primero con Javi y luego con Álex. Y, la última, sentada de rodillas sobre los brazos de un sillón, pero mirando hacia el respaldo, mientras, de pie por detrás, Javi me echaba un señor polvazo y yo, por mi parte, le hacía a mi juguete una mamada de sobresaliente.

Nos detuvimos con la excusa de que necesitaba rehidratarme y, mientras recuperamos el aliento, recuperamos también nuestros lugares en los sillones y el sofá.

– Juguete -insinuó Álex después de darle un sorbo a su copa.

– Con mejores prestaciones -le respondí yo.

– Eso me lo tenéis que explicar -añadió Javi.

La explicación, que ya conocéis, dio paso a la charla sobre la experiencia y lo que nos había parecido. Javi estaba muy interesado en conocer mi opinión, claro. Así que le conté lo que ya os he contado: que lo entiendes cuando pasa. Que es verdad que, si quieres, puedes hacer todo lo que quieras.

Que hay límites que no los entiendes hasta que no los miras desde el otro lado de la barrera…

¡Pues como todo en la vida!

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