Quince para las nueve – relatos xxx

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Mi tía Rita baja la toalla que cubre su espalda, las curvas que se funden en su cadera son cubiertas por un calzón que baja con las manos, ella voltea a verme, sus cuarenta años ponen arrugas en sus rasgos, pero el labial y el cabello castaño me invitan a entrar con ella, estira la mano para alcanzarme.

–Te dije que te quitaras el boxer –siento sus uñas clavadas en mi cintura, hace cosquillas, la presión de la tela se va y tira la prenda encima de la suya. El agua suena por la tubería, mi tía me coloca debajo de la regadera y se junta conmigo, siento una cascada helada y sus pechos rozando mi piel, el aroma de su cuello invade con humedad mi nariz, sus nalgas suben redondeadas por las caderas que están conquistando la presencia de mis piernas.

–Tía.

–Está fría el agua, ¿verdad?

–A parte –ella pasa un jabón por mi espalda, se queda en el borde de mis nalgas, las acaricia con la mano pero baja hasta las piernas, y se agacha encorvando la espalda,en el reflejo del baño se le ve el culo empinado, siento sangre correr por la espalda, detrás de mis hombros, y sus pechos bajan por mi torso, no son grandes, pero el pico de sus pezones es un dulce tacto en la piel–. Si se me para, perdón. Ella ríe viéndome a los ojos.

–¿Te gusto, hijo?

–No –batallo para seguir en habla–. Es que es la adolescencia, y siento raro estar haciendo esto.

–Es lo que hay, si viviéramos cerca de la playa, o cerca de los hoteles más jodidos, de perdido, para al tener un baño digno –Karen se enjabona los pechos y el rostro, cuando regresa a verme, escanea mi presencia–. La adolescencia fue buena contigo. Pasa sus manos por mis biceps, y dobla al interior de mi brazo encajando las uñas entre las venas que se me saltan. El agua deja de caer antes de que partes de jabón se vayan de mi cuerpo, mi tía sale y el brillo de sus piernas me hipnotiza, regresa cubierta en una toalla, se la quita y comienza a limpiar el jabón que quedó. Desde la ventana se ve caer el sol por el mar.

–Tienes una vista muy bonita desde aquí –le digo mientras ella sigue enjabonándome, y me pierdo en el paisaje para ignorar que está tocando mi pene detrás de la toalla.

–Es el momento más tranquilo del día, los únicos quince minutos del día donde puedes bañarte.

Karen vuelve a vestirse con la toalla, sale del baño, y la veo partir por todo el pasillo, con la pantorrilla húmeda, dejando huellas mojadas de su existencia antes de entrar a su cuarto.

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