Con la boca llena

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CON LA BOCA LLENA

—Nadie me ha chupado la polla con la maestría con que lo haces tú —me dice el atractivo licenciado Mier casi gruñendo mientras lo miro a los ojos.

Sé que a un hombre lo vuelve idiota una buena felación, aunado a la sensación que le provoca estar mirando fijamente a los ojos a la chica que engulle su miembro. Sus pantalones y bóxer están en los tobillos, arrugados, y apenas si es capaz de sostener el cigarrillo mentolado al que ha dejado de dar caladas desde que su falo quedara inhiesto frente a mis labios.

       —Aaay, que rico, preciosa —farfulla, casi desprovisto de energía.   

Tengo aprisionado su enorme pene en mi boca. Definitivamente tener un miembro de más de veintidós centímetros de longitud y poco más de diez centímetros de circunferencia dentro de la boca no es precisamente la proeza más grande que habría soñado en la vida. De hecho no creí que eso existiera de verdad, fuera de las películas pornográficas. Pero bueno, aquí estoy.

¿Cómo puede caber semejante cosa en su pantalón?

Siento el palpitar de sus gruesas venas en mi paladar. Me complace atisbarlo y regodearme en su aroma lujurioso. Escucho sus respiraciones y sus gemidos contenidos, combinados con su aliento de macho bravío, que llegan directamente hasta mí, que estoy de rodillas sobre la alfombra carmesí de su despacho, como una gatita en celo que busca ser complacida, mientras uso con habilidad una de mis manos para masturbar su tronco, en tanto que empleo la otra para acariciar el escroto que cubre sus testículos.  

—¿Será porque siempre follaste con monjas? —le respondo sin sacar su pene de mi boca—, ¿por eso insinúas que nadie te ha chupado la polla con la maestría con que lo hago yo?  

Tres meses antes, jamás habría imaginado que por mi boca pudieran salir algún día palabras tan soeces como estas. Además de vulgares, me habrían parecido inmorales y hasta blasfemas. Pero que no se me juzgue por mi antigua percepción ética de la vida que me había llevado a ser la santa patrona de las mustias, pues había sido criada en un colegio católico repleto de monjas que no se cansaban de repartir Padres Nuestros y Aves Marías a cada segundo, y si a ello añadimos el perfecto estilo pedagógico con que me habían educado… pues Dios nos guarde.

Por ello sé que si escuchar obscenidades en el pasado me parecía una incomparable vulgaridad, pronunciarlas yo misma habría sido lo mismo que haber estado poseída por el demonio de la insensatez. A mi madre le habría dado diarrea, seguido de un infarto, y mi padre me habría molido a palos.

Y en cambio los palos ahora los estaba recibiendo yo, desde hace unos mesecillos… Palos de carne. Sí, mi vida fue una completa locura en el pasado, a tal grado que me sentía mal cuando veía una mosca apareando a otra.  Y, sin embargo, ahora ¡heme aquí!, pletórica, chupando un pitote, diciendo guarradas como una vil prostituta, con mi antigua burbuja moral hecha pedazos a mi alrededor. Y todo por él.

Por Ivo Mier, mi encantador jefe. El sueño dorado de cualquier lectora de una novela erótica de Amazon.

¿Qué hace que un hombre te robe tu voluntad y se convierta en el dueño de tus pensamientos y sentidos?; ¿Su caballería?, ¿su insolencia?, ¿la seguridad que lleva consigo?, ¿su dinero?, ¿su belleza?

O todo a la vez. 

¿Qué lleva a una mujer a comportarse ante la sociedad como una pulcra dama respetada, devota a la ética y a la moral, y a comportarse en privado como la más pervertidas de las meretrices?; ¿su doble moral?, ¿su derecho incuestionable a la libertad sexual que suele ser vilmente condenado por el simple hecho de no ser hombre?, ¿su derecho a ser dueña absoluta de un cuerpo que le pertenece y con el que puede hacer lo que le dicte la gana según su voluntad?

O todo a la vez.

Le veo una media sonrisa a mi encantador amante por la diversión que le provoca escucharme casi con pujidos al intentar hablar con su pene ocupando mi boca.

       —Cállate —me dice agitado, con la misma sonrisa de antes, medio desfallecido—, ¿no te enseñó tu madre que es de mala educación hablar con la boca llena?

       Como respuesta a sus palabras, me afano en succionar con más ardor su grueso trozo hasta que su esponjoso glande toca la campanita de mi garganta, de manera que un ahoguío me afirma que ha sido suficiente tanto hundimiento en mi boca.  Ambos gimoteamos, él de placer, y yo de ahoguío. Dejo de succionarlo para escupir toda la saliva que se ha formado en mi boca y que resbala por mis comisuras como agua densa.

Noto que ya puedo sentir el exquisito sabor de sus líquidos pre-seminales, así como el latir constante de su falo sobre mi lengua, cosa que me hace sentir sexy, por entender que tengo dominio sobre sí. Me hace sentir empoderada corroborar que puedo ser capaz de hacer eyacular a un hombre tan deseable e intransigente como Ivo.

El hombre mide más de uno noventa metros de estatura. Su tamaño, por principio de cuentas, desde el día uno que lo vi, ya me había predispuesto a entregarme a él (sabiendo que entregarme no era lo mismo que someterme).

¿Qué mujer no gusta de los hombres grandes, capaces de dominarlas con su simple presencia? Su estatura te remite de inmediato al tamaño de su pene, que, en este caso, sí que es muy acorde a su talla. Tampoco es que pudiera pasar por alto sus gruesos y largos dedos bronceados que bailoteaban sobre su escritorio de olmo cuando me mandaba llamar para encomendarme una tarea, mismos que me advertían en mi fuero interno, que aquél bulto que se ocultaba debajo de sus  elegantes pantalones de seda debían ser proporcionales a los de sus dedos y sus manos.   

       —Ufff, dulzura, cómo te adoro —recita cuando, con su mayúscula mano libre, empuja mi cabeza hacia su pene, para que pueda devorarlo otra vez—. ¿Verdad que eres mía?

       Siento de nuevo cómo se inflama su miembro sobre mi boca repleta de babaza, al cabo que mi garganta vuelve a acariciar su glande. Él gime más fuerte y yo escupo otra vez los líquidos por mis comisuras.

—Conoces mi nueva filosofía, Ivo —le digo cuando me la saco—, ser puta no significa ser cosa. Soy tuya en la medida que yo quiero que lo sea. Tú eres mío completamente porque así lo quiero.

—Error, pequeña —me dice mientras se muerde los labios con sensualidad—. Recuérdalo siempre, yo no soy de nadie, pero tú sí que eres mía.

—Y si no eres mío, ¿por qué estás tan duro? —le reclamo con un simulado desdén mientras sostengo su polla con mis dos manos. Tan grande y gruesa es —. Lo estás porque yo he decidido que lo estés. He contribuido en ello.

—¡Vamos, mi encantadora Lydia, vuelve a tu trabajo, que para eso te pago… porque… ¿cómo se ve más hermosa Lydia?! —recita su pregunta favorita, que para nosotros ya se ha convertido como en un ritual.

—Cuando Lydia tiene una polla en la boca —respondo casi riendo.

Ivo es tan ocurrente que quizá por eso me fascina tanto estar con él. 

—No te escuché, preciosa —simula sordera—, otra vez, ¿cómo se ve más hermosa Lydia?

—Cuando Lydia tiene una polla en la boca —respondo otra vez.

Además, el muy ladino ha descubierto que esa oración, seguida de mi respuesta, hace que mi vulva se moje de manera instantánea. Lo noto ya. Mi sexo se ha puesto tan caliente que siento una ligera necesidad de ir al baño. Pero sé que él no me dejará moverme. Se complace al descubrir lo que me hace sentir.

—Entonces mete otra vez mi trozo en tu boca —me ordena con el libido desbordando por sus ojos—,  porque, ¿cuándo se ve más hermosa Lydia?

—Cuando Lydia tiene una polla en la boca —reitero mi recitación sintiendo que mis muslos se contraen, chorreando un líquido vaginal.

—En este caso, la mía —se complace en aclarar—, ¿qué te pasa, cielo?

—Me estoy corriendo —digo, sintiendo un hormigueo muy intenso en mi vientre.

Ivo sonríe de forma demoniaca.

¡Ay!

¡Cómo adoro la sonrisa de aquél hombre!

Cómo amo sus labios sonrosados, así como el pequeño lunar carmesí que tiene en la punta de su labio inferior. Tengo delirios con su muy cuidada barba cerrada, que enmarca su sonrisa y lo convierte en el macho alfa que tanto amo.

—Ni siquiera te he tocado, cielo —afirma complacido, mientras suelta mi nuca para tomar su pene con esa mano para sacudirla suavemente sobre mi frente… luego la recorre con dulzura, si se puede decir de algún modo, por la pequeña curvatura de mi nariz hasta dejarla caer otra vez en los bordes de mis labios.

—Ese poder ejerces sobre mí —le recuerdo. A él le gusta que le diga que es un amo de la seducción. Y yo ni siquiera tengo que exagerar en mis descripciones. Todo lo que le digo es tal cual me hace sentir, sin más ni menos—. Me haces correr sin siquiera tocarme.

Será cuestión psicológica.

Quizá los calores del momento.

O de veras soy una puta…

Las tres posibilidades me valen lo mismo, mientras sienta placer y gozo.  

—Así me gusta, que te corras como una gatita en celo.

Ahora me fijo en sus ojos verdes. Sí, porque no conforme con su musculatura, oculta por su camisa y el saco negro que lo enfunda, el enorme tamaño de su pene, los enormes testículos de avestruz que le cuelgan, y los inmejorables genes que formaron su cara, Ivo tiene unos ojos preciosos de color verde. Y si a ello le agrego el rizado de sus pestañas negras, que, como su oscuro cabello, hacen contrastar violentamente su mirar, casi puedo asegurar que de no haber tenido fuerza de voluntad, desde el primer día que supe que él sería mi jefe, me habría echado a sus pies.

Aunque pronto conocí su amargado carácter, no me desalenté si al menos estaría cerquita de él. Con el tiempo entendí que por Ivo accedería a trabajar horas extras, sin comer ni dormir, sin aumento siquiera, si como premio podía tener al menos su compañía… aunque fuera a distancia.

—Me haces venirme sin siquiera tocarme —repito.   

—¿Ah, sí? —duda, enseñándome su dentadura blanca. Su falo sigue en la entrada de mis labios a la espera de que yo vuelva a abrir la boca—. A ver, cuéntame por qué. Dime por qué te hago correr sin siquiera tocarte. Pero quiero que me lo digas mientras chupas mi polla. Quiero que me lo digas con la boca llena.

Su pedimento hace que mi vulva palpite de nuevo.

—Dijiste que era de mala educación que hablara con la boca llena.

—He cambiado de opinión, mi pequeña Lydia. Quiero que hables con la boca llena, porque, ¿cómo es más hermosa Lydia?

—Cuando Lydia tiene una polla en la boca —respondo con sumisión.

Me da unas palmaditas en la cabeza con su pene, como si recompensara a una perrita por haber hecho algo bien.

—¿Entonces me dirás por qué te hago correr sin tocarte, gatita?

—Sí, Ivo.

—¿Sí qué?

—Perdón —corrijo con una sonrisa inocente—. Sí, mi macho.

—Así está mejor.

Meto su trozo en mi boca y comienzo:

—Me haces correr con solo mirarme, mi adorado macho —intento hacer más grande mi boca mientras hablo, a fin de que mis palabras sean inteligibles. Y es curioso, porque mi boca es más bien pequeña. Pero Ivo dijo desde el principio, que la boca de una puta como yo, por más pequeña que fuera, siempre se adecuará al tamaño de la polla de su macho. Y vaya si tuvo razón—. Amo tus ojos verdes, mi macho, tus espesas pestañas, esa ceja poblada que enmarca tu mirada. La sensualidad de tu mandíbula con esa barba finamente recortada. Me gusta cuando me empotras. Cuando me haces vestir como una vil prostituta. Me gustan las guarradas que me dices mientras me coges. Me gusta todo de ti, desde tu hermoso rostro, hasta ese gran pedazo de carne que tienes entre las piernas. Me gusta pensar que eres mío… y que, en todo caso, yo soy tuya. Así me has trasformado… poco a poco, y me has convertido en lo que soy ahora.

—¿Y qué eres ahora? —quiere saber sin poder ocultar su excitación.

Su polla ha crecido aún más. Sí, aún se puede. Lo tengo caliente. Mi boca está llena de líquidos. Estoy derramando por mis comisuras los restos que ya no me caben.

—Una puta —le digo.

—¿Qué cosa?

—Una puta…

—No te escuché, padezco de sordera cuando una gatita tiene mi polla en su boca, ¿puedes repetir en qué te has convertido?

Cielos. Está más dura su polla, casi siento que se viene.

—¡Me he convertido en una puta! —digo.

Un fuego crece en mis entrañas de nuevo, y me quema lentamente, mientras mi humedad sigue escurriendo por las medias negras que enfundan mis piernas.

—¡Dilo otra vez!

—¡Soy una puta!

Encaja su falo tanto que ya me cuesta responder. Tengo la boca babosa, impregnada de saliva y sus líquidos pre-seminales.

—¿Sólo una puta?

—¡No sólo una puta, sino, tu puta! ¡Tu putaaa!

Pfff.

—¡Arrrggg! —grita Ivo hasta el infinito.

La alcanza a sacar a tiempo, pero de todos modos su polla revienta sobre mi rostro. Recibo un baño de semen que salpica mi frente, pelo, contorno de ojos, nariz y labios. El resto de líquidos cae en la alfombra de la oficina mientras él se estremece en el sofá.

Una sinfonía de resuellos y palpitaciones en nuestros corazones sepultan el silencio. Pasan los segundos y los latidos parecen contenerse.

—Limpia la alfombra con tu lengua, mi encantadora gatita —me ordena desfallecido, hundiéndose en el sofá—, como siempre…

Parando aún más el trasero, bajo mi rostro hasta la pelusa de la alfombra. Como si de dulce de leche se tratara, lamo los restos de su semen hasta que dejo solo la humedad de mi saliva. Me inclino y lo miro con atención, dedicándole una perversa sonrisa. 

—Que perversa eres —me halaga con un gesto que me indica satisfacción.

Pasan los segundos y él se relaja. Me mira otra vez. Y en su imagen seguro está visualizada su asistenta, vestida de ejecutiva, con la ropa puesta, con unas medias negras ocultas por una falda de satín. Unas medias negras que despuntan con unas zapatillas rojas de tacón de aguja, cuya punta descansa sobre la alfombra.

Continúa mirándome, satisfecho. Atisba a su asistenta con el maquillaje corrido. Con un maquillaje que ha sido reemplazado por una mascarilla de semen; su semen. Para incrementar su excitación, saco mi lengua y recojo y saboreo el semen que está alrededor de mis labios. Los relamo. Sigo saboreando y no aparto mis ojos de los suyos.

—Eso ha sido delicioso, Lydia —sonríe Ivo. Noto que su falo va decreciendo en sus manos, aunque no por ello deja de ser grande incluso flácido. Me causa sensación que sus duras piernas no se hayan manchado—. ¡Eres mi gatita favorita por ello!

De pronto siento algo en mi pecho. Sí, es la maldita costumbre de una mujer de mezclar sus sentimientos con el placer.

Será que aquellas palabras, aunque las conozco, no las esperaba. Al menos no ahora. Siento que algo me arranca el libido de forma casi repentina desde las entrañas. Mejor dicho, me arranca el libido en un ipso facto.

—Quiero ser la única, no la favorita —le digo.

Me sostengo del asiento del sofá e intento ponerme en pie. Estoy un poco entumida de las piernas, pero bien. Ivo se levanta para intentar ayudarme, pero yo ya me he incorporado sola. Me arreglo la ropa mientras él se pone el bóxer y se ajusta la camisa y el pantalón hasta quedar impecable, como si su asistenta jamás le hubiera estado mamando la polla hasta venirse.

Resoplo.

Yo necesito ir al baño para acicalarme. El pelo necesita un cepillo, y mi rostro agua caliente y un poco de maquillaje. Busco mi bolso entre la oficina.

—Lydia, por favor, no me hagas dramas otra vez —me dice, cuando me indica con la mirada que mi bolso está detrás de su escritorio.

Voy aprisa por él.

—No son dramas, licenciado Mier, son… sentimientos.

—¡Una puta no puede tener sentimientos! —me reclama.

Aun enfadado es sexy. ¡Dios!

A estas alturas creo que necesito un especialista. Cuando a una mujer le parecen buenos los defectos de un hombre, por más minúsculos que éstos sean, quiere decir que necesita urgentemente una cita con el psiquiatra. No se supone que se deba normalizar la violencia femenina. Pero cuando esta es consentida… supongo que eso no importa. ¿O sí?

No obstante, continúo con mi papel de digna.

—Ahora soy su asistenta, licenciado, la sesión terminó, ya no puede llamarme  puta.

—Pues bien, licenciada Riquel —dice cruzándose de brazos—, cuando esté en su versión de puta hablaremos de este punto que no me cansaré de aclarar con usted cuantas veces sea necesario. Si queremos que esto continúe funcionando como hasta ahora, necesita entender que nuestra relación tiene sus límites. Ahora, por favor, arréglese y váyase. Ya son las diez de la noche y me supongo que su marido la estará esperando…

Y es cuando pronuncia la palabra marido, que el nombre de mi Pato resuena en mi cabeza.

—¡Dios! ¡Son casi las diez de la noche! —exclamo—. ¡Y hoy que prometí a Pato hacerle waffles y ni siquiera llevo los ingredientes!

Ivo sonríe con orgullo.

El muy canalla sabe que he dejado en segundo plano a mi marido por él. Y eso le ha incrementado el ego. Eso lo satisface sobre manera, y odio hacerlo sentir así.

—Corrección, preciosa…—me dice con morbosidad—, si bien no tienes todos los ingredientes para hacerle waffles a tu Patito feo, sí que llevas el ingrediente supremo: llevas leche… y la llevas en la cara. Cuestión de buscar un tazón y depositarla allí

Sonrío su guarrada y doy por terminada mi indignación por el drama que intentaba hacerle. Debo entender que él solo es mi jefe, y que yo amo a mi marido.

—Hasta mañana, licenciado Mier.

—Hasta mañana, licenciada Riquel.

Y me da una nalgada en mi culo.

—Mañana… tengo una sorpresita para ti, mi pequeña Lydia; así que dile a tu marido que llegarás tarde otra vez.

—Ni lo pienses —le digo cuando presiono el picaporte de la puerta.

—Eso dices siempre —me recuerda con desafío en voz alta, sabiendo que a esa hora ya no queda nadie en la empresa, salvo los guardias de la entrada—, sí, ya lo creo. Eso dices siempre, y, no obstante, siempre terminas a gatas sobre mi cama, suelo, o escritorio, y yo detrás de ti, penetrándote.

Escucho su risa pervertida cuando doy el portazo a la puerta de su oficina.

Es incorregible.

Y así lo amo.

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CONTINUARÁ

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