Con mi abuelo

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Nadie sabía que yo existía, y vivía con mi abuelo desde que nací, en una casa en el monte. No sabía quiénes eran mis padres, o cómo había llegado allí, pues todos mis recuerdos estaban en aquella casa.

Mi abuelo me decía que nadie sabía de mi existencia: el parto había ocurrido en la misma casa y nadie notificó nunca que, quien fuese mi madre, estaba embarazada. Así que, por unas cosas o por otras, vivía sola con un señor mayor, en mitad del campo y a un par de horas del pueblo más cercano. Nadie me echaba de menos.

Con 6 años solía pensar que en el mundo sólo existíamos mi abuelo y yo, y que todo lo que pasaba en el campo, era natural. Era natural que yo hiciese las labores de la casa desnuda en verano, era natural que mi abuelo me pellizcase los pezones, era natural que a veces durmiese en el suelo junto con las vacas que teníamos.

Mi abuelo solía decir que, al igual que nosotros ordeñábamos las vacas, un día él me ordeñaría a mí, pero que antes tenían que crecerme las tetas.

No recuerdo el primer día que mi abuelo empezó a tocarme mis tetas aún sin desarrollar o mi culo, pero recuerdo, como si fuese ayer, la primera vez que me folló.

Estaba en el sofá tumbada, con un camisón, sin hacer realmente nada, mirando al techo, tranquila y relajada, era algo tarde. Mi abuelo estaba delante de mí, mirándome de arriba a abajo como de costumbre, lo cual era normal, mientras él bebía una copa de vino. Parecía que tenía dudas sobre si hacer algo o no, y me miraba tanto con pena a ratos, como con convicción.

  • ¿Te pasa algo, abuelo? —dije mirándole desde el sofá, lo cual pareció darle fuerzas a que se decidiese.
  • ¿Por qué no te quitas el camisón ese que llevas? Hace calor, ¿no?

Yo me quité el camisón y me senté con las piernas cruzadas en el sofá, seguía mirándome y bebiendo vino.

  • Anda cielo, vete ya a dormir, que ya se ha puesto el sol, pero deja el camisón aquí.

Me levanté del sofá sonriendo, le di un beso de buenas noches y me fui a mi cama, en el cuarto de al lado del suyo.

Llevaría un par de horas durmiendo cuando noté cómo mi abuelo entraba en la habitación, se subía a mi cama, me bajaba las bragas y se colocaba encima de mí, cogiéndome el culo, ahora desnudo, con las manos. Yo dormía boca abajo, así que no podía verle la cara.

  • Abuelo, ¿qué…?
  • Shhh, tesoro, tranquila, soy yo. —Dijo mientas me daba un beso en la cabeza.
  • ¿Qué… qué haces? ¿por qué me quitas las braguitas?
  • Cielo, no te preocupes, todo está bien. 
  • Pero…
  • Duérmete, ¿quieres, tesoro? no pasa nada, confía en mí.

Esa frase me tranquilizó, asentí con la cabeza y me acomodé en mi cama, con mi abuelo aún encima de mí.

Pasaron unos segundos y mi abuelo comenzó a tocarme el culo de nuevo, esta vez con más fuerza, agarrando cada nalga con una mano y apretando con fuerza una y otra vez, abriendo y separando las nalgas. Notaba cómo se me hinchaba el culo por el dolor bajo sus manos.

– Abuelo, me duele lo que haces —dije susurrando.

  • Shhhh cariño, no pasa nada…no pasa nada —repetía suave en mi oreja, mientras me acariciaba el pelo— Lo estás haciendo muy bien…, muy bien cariño.

En ese momento sentí cómo me untaba algo en el ano, que más tarde me diría que usó mantequilla, y cómo introducía poco a poco un dedo en mi culo.

  • Abue…
  • Sh, cállate, me estás poniendo nervioso, o te comportas como una niña buena o te tapo la cabeza con la almohada para que te calles.

Me entró miedo y guardé silencio mientras notaba cómo su dedo entraba poco a poco en mi culo, para posteriormente salir y volver a entrar. Era una sensación que no me gustaba nada, me dolía el ano y me quemaba, y cada vez lo hacía más rápido. Yo guardaba silencio con los ojos cerrados con fuerza.

– Bien, parece que esto ya está mejor —dijo. — Voy a introducir otro dedo, ¿Vale tesoro? Y quiero que te portes tan bien como hasta ahora.

Yo asentí con la cara en la almohada, no sabía lo que pasaba y esto nunca había pasado antes.

Él cogió más mantequilla y empezó a meter dos dedos por mi culo, y una vez que los tenía dentro, sentía cómo los separaba, para crear más espacio dentro de mí. Pasarían varios minutos en los que hizo el mismo movimiento: masturbarme el ano y dilatarlo, sin importar que me doliese o me molestase.

Salieron lágrimas de mis ojos cuando sacó los dos dedos de golpe de mi culo e introdujo tres en él sin avisar, para masturbarme con ellos con fuerza.

  • Por favor — susurré — no aguanto más, por favor… abuelo, lo que haces… duele.
  • Cariño, tienes que aprender a complacer a los hombres, ¿lo entiendes? ¿Entiendes lo que quiero decir?

Yo negué con la cabeza.

Él mantenía los tres dedos dentro de mi culo, aunque ahora no movía la mano, sino que paró para escuchar lo que yo decía.

  •  —dijo con voz comprensiva y suave — y tienes que hacerme feliz, igual que yo te hago feliz a ti, ¿lo entiendes?

Ahora asentí con la cabeza, aunque seguía sin estar muy segura de lo que estaba pasando.

  • Bien, así me gusta, pues ahora voy a follarte, ¿vale? tienes que quedarte quieta.

Sacó los dedos de mi culo y con una mano me agarró la cabeza y la aplastó contra la almohada. Supongo que no quería oírme más.

Se embadurnó la polla de mantequilla, una polla que era de un señor mayor, enorme y dura, y empezó a meterla en mi culo.

Yo me quejaba casi en silencio, y cada vez que me oía quejarme, aplastaba más mi cabeza contra la almohada.

  • He esperado mucho tiempo para esto —dijo mientras terminaba de meterme su gran polla en mi culito de niña recién estrenado. —Y quiero que merezca la pena.

Me folló al principio despacio, sin prisa, sacando y metiendo su polla totalmente en mi culo, una y otra vez, y vuelta a empezar. Su polla entrando lentamente por mi ano, abriendo mi culo en dos, dejándola dentro unos segundos, sacándola despacio de nuevo. Volver a meter la punta, el tronco, toda entera: sus huevos chocando con mi culo. Otra vez. 

Yo lloraba en silencio.

Empezó a moverse más rápido, y uno de los dedos de la mano que tenía sobre mi cabeza, lo metió en mi boca, provocándome arcadas.

  • Shh, shhhh… 

Me ardía el culo, creo que estaba sangrando incluso, y él cada vez sacaba y metía su polla más rápido que la embestida anterior.

Su dedo en mi boca impedía que me quejase, las lágrimas por mi cara caían deprisa, al igual que se movía su polla dentro de mí.

Finalmente, al cabo de muchos minutos, sentí cómo un líquido salía de su polla para quedarse dentro de mi culo. Yo no entendía nada. Él sacó sus dedos de mi boca y se apartó de mi lado, y dándome un beso en una mejilla me deseó buenas noches. Se fue a su cuarto a dormir.

Un comentario sobre “Con mi abuelo

  • el agosto 14, 2019 a las 9:49 pm
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    Hola me gustó tu relato pero como fue que lo escribiste como te enseñaste a leer y a escribir

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