Primera putita 2 – relatosporno

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Volviendo al fin de semana siguiente en la Matinée, podríamos decir que tenía dos fichas muy bien jugadas de cara a mi estrategia con Silvia – el pibón del espacio mayor. Por un lado, la historia de cómo me había follado a Vanesa habría llegado ya a sus oídos (obviamente omitiendo el hecho de que yo se la había “entregado” a Luis – eso convenimos dejarlo en secreto esa misma tarde). Por otro lado, tenía a Luis de infiltrado en su grupito de amigas: se había dado prisa en decir a todas que él y Vane eran novios, para eliminar cualquier tipo de remilgo. Así que, mientras me dedicaba a mi rutina en la puerta (haciendo pasar a mis invitadas, tonteando en la cartelera con las fotos, haciéndome yo mismo – y los otros RRPP – fotos con más grupitos de chicas, etc.), pensaba cuáles deberían ser mis próximos movimientos y ojeaba a ver si venía mi presa, ocurrió algo que no esperaba: aparece Silvia pero con el lastre de su novio, y sus mejores amigas, aunque eso me importaba menos. No tenía claro cómo iba a hacer el ataque esa noche pero desde luego no contaba con que su novio iba a estar ahí. Él solía salir “a la noche”, es decir a las discos que abrían las puertas a las 2, cuando cerraban las Matinées. Pero ese día lo tenía ahí, acompañando a su noviecita. Después Luis me iba a contar por qué estaba ahí con él: esa tarde Silvia y Santi (su novio) habían estado discutiendo porque lo habían visto al tal Santi con otra el viernes y, para demostrarle que era todo mentira y que no le importaba que los vieran juntos, había quedado en salir con ella toda la noche, para lo cual Silvia había mentido en su casa diciendo que se quedaría a dormir en lo de una amiga pero en realidad planeaba irse con su chico al otro “boliche” (o garito) al que solía ir su chico “a la noche”. Pero, antes, habían venido los dos a la Matinée del boliche donde “trabajaba” yo.

Les dije a los chicos de la puerta que los hicieran pasar a todos como si nada, incluyendo al chaval, todo un gesto ya que los chicos solían pagar entrada. Saludé a todos en la cartelera, nos hicimos unas fotos y les busqué un sitio en el VIP. Entre tanto, crucé una mirada con Silvia y, al sentirse observada, noté cómo le cambiaba la cara en lo que yo interpreté como una invitación: ya no tenía dudas de que la historia de cómo me había follado a su amiga había llegado a sus oídos.

Subí a la cabina del DJ para verlos sin que me vean. Era guapo el tipo, incluso muy guapo, y tenía pasta. El típico judío rico de Buenos Aires con coche importado, no me acuerdo si un Civic o una Vitara, era rubio, ojos azules. Pero vamos a lo importante: Silvia venía vestida de infarto. Llevaba un

vestido marrón ajustado como una segunda piel. Era largo, pero tenía un tajo que le permitía enseñar las piernas según cómo se pusiera. Iba con unas botas que me parecía la hacían más alta que los tacones de la vez anterior. El vestido no tenía mangas, era como de tirantes y tenía un escote que daba la impresión de no resistir una bocanada de aire honda sin que sus tetas saltaran a la vista como propulsadas por un resorte. Adornaba la extensión entre su cuello y su canalón con un collar de perlas, evidentemente falsas, de bijouterí barata y hasta hortera. Se había recogido el pelo en una especie de bola que se concentraba en lo alto de la coronilla y desde allí salía su cola de caballo hacia arriba; todo su pelo estaba tirante hacia arriba, en dirección hacia la bola-moño, salvo su flequillo negro perfectamente recto y algunos mechones estratégicamente escogidos que se dejaban caer hacia abajo ensortijados, haciendo unos tirabuzones perfectos que daban cuenta del minucioso trabajo de peluquería, seguramente casera.

Tres minutos de observación me bastaron para tener claro que ella era la que dominaba la situación; él se comportaba como un baboso y, aunque luego le fuera infiel en cuanto pudiera, con ella era un pelele, un títere bobo.

Cuando vi que habían llegado Luis y Vanesa, subí al VIP a hacer un poco de acto de presencia. Me puse a conversar con la parejita feliz, estaban de pie de espaldas a donde estaba Silvia sentada con su novio. Comentábamos cualquier cosa cuándo yo hice un comentario picante sobre la situación del otro día (lo que conté en la primera parte). Ver a Vanesa ruborizarse me hizo empalmarme automáticamente. Mi posición no era totalmente de frente a mi presa, le daba, digamos el perfil. Sin embargo estaba ahí controlando la situación. En un momento me giré levemente para ver con el rabillo del ojo lo que hacía Silvia y vi que me estaba mirando, pero no precisamente a la cara. Miraba mi entrepierna que marcaba claramente una erección, resaltada por mis ajustados pantalones de cuero negro gastado. Fueron dos o tres segundos hasta que se percató de que yo me había dado cuenta de que me miraba. Ese intercambio de miradas terminó de decidirme. En cuanto su novio bajó del VIP, para ir al baño supongo, volvió a mirarme. Yo estaba apoyado sobre la barandilla que daba a la pista pero mirando hacia adentro del VIP. Le hice un gesto con el dedo índice para que se acercara donde estaba yo. Se sorprendió pero yo me quedé mirándola inmutable, y repetí el gesto. Se levantó acomodándose el vestido hacia abajo y avanzó los 3 o 4 metros que nos separaban, haciendo slaloms entre la gente que estaba en el pasillo. La música estaba alta, pero aun así su acercó más de lo estrictamente necesario, apoyándome ligeramente las tetas y ofreciéndome su oreja, como esperando que le dijera algo. Lo primero que hice fue olerle el pelo y el cuello en un gesto intencionadamente animal.

‒ Olés muy bien

‒ Es Kenzo – me contestó separándose escasos milímetros y algo desconcertada.

‒ Me refiero al olor de tu piel, te quiero oler transpirada, seguro que es mejor – sin moverme de mi sitio le había pasado la mano por la cintura y ella hizo ademán de quitármela pero volví a ponerla como si nada.

‒ No sé, capaz después de que baile un rato lo podés comprobar – sonaba entre risueña y retadora.

‒ No, yo no te quiero hacer transpirar bailando. Está claro que tu novio no te sabe tratar, y por lo que me contaron tenés varias que devolverle – empezó a contestarme pero no le di tiempo, le hice un ademán de que se estuviera callada y rápidamente salí escaleras abajo sin voltearme.

No sabía qué efecto podía tener mi actitud chulesca con Silvia, pero era una incógnita que iba a revelarse pronto. De todos modos en esa época era prácticamente lo único que sabía hacer. Mi papel era siempre de tipo duro. No descartaba la posibilidad de que tuviera que continuar mi cacería otra noche, el novio volvería a subir al VIP y no sabía cuánto margen para actuar podría llegar a dejarme. Incluso podía pasar que la perdiera por completo y que tuviera que solventar alguna escena de gallitos con su novio. En cualquier caso lo que tenía que hacer era preparar la trampa, por si acaso. Y a ello me puse.

En el paso por escaleras del VIP a la pista había un rellano donde una gruesa cortina de terciopelo oscura, que se confundía con las paredes negras, ocultaba una puerta que daba a “el almacén de arriba”. Era más bien una oficina pequeña de unos 3 x 3 donde había un escritorio, unos archivadores antiguos ya para la época y, por lo general, un montón de cajas con tarjetas de fiestas pasadas o futuras, pegatinas de promoción de la empresa de viajes de egresados, talonarios de entradas anticipadas de diversos colores y basura por el estilo. Le pedí la llave a Marcelo, el manager de la Matinée, con alguna excusa y dejé la puerta abierta, anticipando cuál podría ser el siguiente movimiento, si se daba la oportunidad, claro.

Unos cinco minutos antes de que empezara una especie de espectáculo chorra que enseguida describiré, se produjo algo que me desconcertó. Una aparición. Concretamente la aparición de una piba que se llamaba Natalia, la había tenido en la mira un tiempo pero había desaparecido antes de que pudiera posar mis garras sobre ella, evidentemente había cambiado de Matinée, o se había pasado “a la noche”. Hasta ese momento en que la veía discutiendo acaloradamente con Silvia y el plomazo de Santi que tenía un papel como de mediador. No llegaban a las manos pero se gritaban de todo. Las dos eran de armas tomar y aparentemente las dos tenían algo con el novio de Silvia. Tenía su arrastre el tipo. Para mí era un pelele, pero teníamos gustos parecidos. Natalia en un acceso de llanto desconsolado, se desentendió de la situación y bajó acompañada de una amiga con la que había venido mientras otra de sus colegas tironeaba del tal Santi como para que bajara también a arreglar la situación, el pobre estaba entre dos fuegos y, como buen pelele, acabó cediendo a los tirones y bajó a consolar a “la otra”. Silvia también parecía haber llorado, tenía el maquillaje corrido, pero su cara era de pura rabia.

La palabra inglesa “timing” expresa muy bien una cualidad que es mucho más difícil de expresar en castellano. Oportunidad suena a rebajas posnavideñas. Estar en sintonía con el flujo de los acontecimientos podría confundirse con una especie de Zeitgeist hegeliano que a la mayoría de las situaciones les esta decididamente grande. Un alto en la música, seguido de una serie de explosiones del chorro de humo y una potente iluminación al balcón del VIP indicaba que el espectáculo iba a comenzar. Se trataba de una serie de coreografías bastante idiotas, guiadas por un nutrido grupo de coordinadores de la empresa de viajes de egresados, entre los cuales solía encontrarme yo – pero esa noche me había escaqueado-, casi todos llevábamos el pelo largo y, además de bailar dando palmas, lanzábamos al público que estaba en la pista todo tipo de artículos promocionales que generaban verdadero revuelo entre los asistentes – camisetas (remeras), riñoneras, gafas, gorros, etc. El estallido coincidió con el intento de Silvia de bajar las escaleras para seguir los pasos del cortejo melodramático de su novio, la presunta amante de su novio y el grupito de amigas de ésta última. Cuando mi presa se disponía a pasar por el rellano, me interpuse en su camino, la tomé firmemente de un brazo y en un abrir y cerrar de ojos nos habíamos escabullido detrás de las cortinas y la puerta del “almacén de arriba”. Timing perfecto, movimiento orgánico perfectamente coordinado, como una naranja mecánica.

La sorpresa de mi aparición, combinada con las explosiones y su “secuestro” forzado al cuartito debieron dejarla totalmente desorientada:

‒ ¡Soltame! ¿Qué hacés? ¿Estás loco? ¿Qué es este lugar? ¡No cierres con llave! – estaba espídica por lo que hacía falta otro shock para sacarla de primero.

‒ ¡Callate! ¡Y tranquilizate! – le dije cogiéndole con fuerza la cara y hablándole a 2 cm, antes de soltarla y alejarme hacia la mesa en la cual me senté, mientras seguía confiado – Te acabo de salvar de ir abajo a hacer un papelón. Agradecémelo. La llave está en la puerta, yo no voy a retenerte acá. Si querés abrí y andate. Yo voy a encender esta lámpara porque esta luz nos va a dejar ciegos – encendí una lámpara de mesa que daba una luz más tenue.

‒ ¿Qué querés acá conmigo?

‒ Antes que nada, que apagues esta luz mortífera, está al lado de la puerta, ahí – lo hizo sin chistar, afuera se oía la música muy fuerte pero dentro nos oíamos perfectamente, la luz ahora era más tenue, pero la visión seguía siendo nítida.

‒ ¿Y ahora? – parecía ansiosa, la notaba respirar fuerte, yo le hablaba con calma, apoyado y recostado ligeramente hacia atrás sobre la mesa, de frente a ella que me miraba también de frente, a su espalda estaba la puerta por la que podría haber salido, pero no lo hizo.

‒ Ahora vas a olvidarte de todas las boludeces que estabas diciéndole a estos allá afuera. Vení, acercate.

‒ Estás loquito, está mi novio ahí afuera, no va a pasar nada acá entre nosotros… pero si querés me acerco…

Había dado los tres pasos que necesitaba para tenerla al alcance de mi mano. Lo que siguió fue una secuencia de intercambios digna de otro tiempo previo al “Mee too” y todo este movimiento feminista mojigato. No tengo ganas de polemizar, hay miles de vertientes feministas pero, como suele pasar con cualquier conjunto de ideas, cuando se vuelven “masivas” acaban en una caricatura, lanzando consignas inconexas y, por lo general, mediocres, reaccionarias y de difícil aplicación. Entre ellas está el famoso “no es no” o, el aún peor “solo sí, es sí”. No me jodas. Ni justifico, ni promuevo la violación en ningún caso. Pero si todo el juego de seducción debe reducirse a un intercambio contractualista de consentimientos es probable que logremos conducir a la sociedad a un suicidio colectivo por sobre exposición al tedio. Más del 80% de los casos de sumisas que me he encontrado en la vida real – el online es otra cosa porque los consensos se dan al inicio – tuvieron que luchar contra sus propias conciencias para dejar salir a la puta verdadera que llevaban dentro, para descubrir el placer y el morbo de ceder el control. En un contexto como el actual – aquí quizás si aplique el Zeitgeist – todas esas putas quedarían reprimidas y seguramente acabarían buscando adrenalina en relaciones tóxicas con idiotas celosos que tal vez terminen haciéndoles daño de verdad, o entregándose al consumo de drogas. La sumisión es una forma de terapia. El consenso es algo que se construye, es fundamental, sin duda, pero no tiene que firmarse y rubricarse de entrada. No nos engañemos.

Hago esta aclaración porque lo que voy a contar ahora sería imposible en el contexto actual de linchamiento colectivo. La tenía a mano. Me acababa de soltar el discursito de que entre nosotros no pasaría nada pero había dado los tres pasos que la separaban de mí. Le pasé la mano por la cintura para atraerla y me la quitó (“te dije que no, nene”). Ahí la agarré por el collar de perlas que traía y tiré de él para acercar su cara a la mía. Ella hizo fuerza hacia atrás, y el hilo del collar se rompió saltando las perlas por los aires, y cayendo alguna en su canalillo. Su reacción espontánea fue darme una bofetada. Mi respuesta fue devolvérsela. Ya nos estábamos entendiendo. La tomé con fuerza por la nuca y le estampé un beso metiéndole la lengua hasta la garganta y ella se dejó hacer. Cuando solté para que respire y nos miramos a los ojos, me soltó otra bofetada. Volví a tomarla con fuerza de la nuca y volvimos a besarnos, ella colaboraba en esos besos, estaba jadeando. Mientras la besaba, realicé el movimiento que tenía en mente desde que la vi ese día: con la otra mano tiré del vestido y sujetador hacia abajo y saltaron sus tetas como dos resortes. Me volvió a pegar, pero sin dejar de besarme. Sus pezones delataban que estaba como una moto. Comencé a estrujarlos y sus jadeos, entremezclados con quejidos y ronroneos fueron en aumento. La solté para volver a mirarla a los ojos y que me confirmara lo que su cuerpo pedía, pero me volvió a soltar otra bofetada. Y volví a devolvérsela. Y me cansé. La tomé del brazo poniéndoselo en su espalda (una llave) y aplasté sus tetas contra la pared. Su cara quedó de lado y seguía correspondiéndome los besos.

‒ Mirá putita, acá el único que da bofetadas soy yo, andá aprendiéndolo. Ahora me vas a pedir que te coja, porque lo estás deseando y te voy a dar el gusto.

‒ Ni en pedo te voy a decir que me cojas.

‒ Me vas a decir que querés que te coja o te voy a meter este dedo directamente en el culo.

‒ No te voy a decir que me cojas.

Seguía con ganas de jugar, pero quería asegurarme de que no la estaba violando, aflojé la presión y le dije:

‒ Ahí tenés la puerta. Subite el vestido y andate. No te voy a coger, tampoco te voy a volver a hablar.

Se quedó quieta, mirando a la pared.

‒ Ok. Lo que pensaba. Sos una puta y este juego te gusta.

Retomé por donde lo habíamos dejado. Le metí la mano por la raja de su vestido, llevaba medias con liguero la zorra, hice su tanga a un lado, humedecí un poco mi dedo mayor con los flujos que soltaba su coño y le enterré el dedo al completo en el culo. Pegó un gritito pero siguió correspondiendo a mis besos y, cuando empecé a follarle el culo con mi dedo, ella empezó a acompañar el movimiento.

‒¿Te cogieron este culo hermoso alguna vez?

‒ No

‒ Bueno, hoy estás de suerte. Yo no soy maricón cornudo de tu novio. Conmigo vas a sacar a la puta que llevás adentro y este culo va a dejar de ser virgen hoy mismo.

‒ Mmmm, mmmm

Solo gemía. Seguí trabajándole el ojete con un dedo mientras que con la otra mano me hacía hueco subiéndole el vestido y tocándole la conchita por adelante. Ella sola había apoyado las dos manos en la pared y arqueaba la espalda ofreciéndomelo todo. Cuando vi estaba a punto de tener un orgasmo, paré en seco y le dí una fuerte nalgada.

‒¡Noooo! ¡no pares! – le salió del alma.

‒ Quedate quieta así como estás y decime lo que sos.

‒ Sos malo – me lo dijo mirando para abajo pero no se movía, seguía con las manos en la pared y las piernas abiertas.

‒ Decime lo que sos o no sigo.

‒ Soy una puta.

‒¿De quién sos la puta?

‒ Soy tu puta.

‒ Pedime que te coja.

‒ Co… Cojeme por favor – le costaba hablar porque estaba todavía temblando de excitación.

Retomé lo mío mordiéndole el cuello desde atrás, pero ahora solo le dedeaba el culo, con la otra mano le daba chirlos en el culo, le tiraba del pelo cogiéndola entre el moño y la nuca, le pellizcaba las tetas desde atrás. El dedo de su culo lo pasaba a su boca y lo chupaba con ardor, y volvía a metérselo en el culo, después dos, índice y mayor, misma operación, un culo muy disponible para ser virgen. No eran más que alegrías.

‒ Pedime que te haga el orto

‒ Haceme el orto Claudio, por favor.

‒ Antes me vas a lustrar un poco, quiero que veas la pija que te vas a meter en la cola

La giré y la puse de rodillas. Y fui dándole órdenes: desabrochame el cinturón, sacame la pija, chupala toda, los huevos también, lamela bien, la punta, intentá tragártela toda, es normal que no puedas a la primera, ya vas a aprender, seguro que el cornudo no te la mete hasta la garganta no, dale un poquito más, así, muy bien putita, muy bien. La levanté tirando de sus pezones y la volví a poner mirando a la pared, con las manos apoyadas en ella y las piernas abiertas, cómo estábamos antes. Le agarré su mano derecha y se la llevé a su concha.

‒ Tocate puta, pajeate así

Yo bajé y le chupé un poco la concha y el culo desde atrás mientras ella se masturbaba. Mientras iba ablandándola con un dedo, con dos, con tres. Cuando veía que se iba a correr le sacaba los dedos y le metía un azote.

‒ Puta, vas a acabar cuando yo te diga, antes no

Ya tenía el camino listo pero quería humillarla un poco más. Le agarré la mano con la que se estaba haciendo una paja.

‒ Con esta manito agarrá mi pija y metétela en el culo, después seguís frotándote

Se esmeró para rodear bien mi verga desde adelante y guiarla pero la muy puta se la metió en la concha.

‒ Nooo. No pienso ponerme forro hoy así que no te voy a coger la concha. ¡En la cola te dije!

A la segunda entendió y fue entrando. Estaba salido así que no puse mucho cuidado. En cuanto estuvo la cabeza adentro empujé y se la clavé hasta los huevos. Soltó un grito y me pidió que pare que salga. Pero no. Empecé a frotarle yo también la cocha sobre su mano, como para recordarle lo que tenía que hacer. Y mientras su ojete me iba recibiendo mejor. Empecé con un mete saca cortito. Ella ya estaba gimiendo y concentrada en tocarse. Puse mis dos manos una en cada cachete del culo y fui alternando nalgadas, embestidas y penetraciones profundas. No quería demorarme mucho en esa situación así que le dije que acabara mientras yo le llenaba el culo de leche. Si no fuera porque afuera la música era estridente nuestros gritos de placer se hubieran escuchado desde la esquina. La saqué y me limpié los restos de mierda y lefa con un pañuelo de tela – costumbre que todavía conservo, no me gustan los kleenex. La giré y le hice que acabara de limpiarme con la boca. La muy puta no se quejó. Había descubierto un diamante.

La ayudé a arreglarse y quedamos que el miércoles la esperaría a en la esquina de su colegio por la tarde, faltaría a la clase de educación física. Si, además le dije que ni se le ocurriera dejar a su novio, que si quería seguir siendo mi puta tendría que conservar su novio formal.

‒ Además ahora no te dolerán tanto sus infidelidades.

En la próxima entrega voy a contar algunas de las experiencias más morbosas y excitantes que viví con esta putita en el año siguiente a nuestro primer polvo. Como siempre comentarios y feedback bienvenido.

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