Primera putita – relatosporno

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Me he decidido a ir contando algunas de las historias que he ido viviendo tras unos cuantos años en el mundo de la dominación, quizá más de los que me gustaría. No porque no los haya vivido a pleno sino porque, al contrario, está por ver si la plenitud de esos años, que se ha acumulado en forma de experiencia, es capaz de compensar la irremediable pérdida de juventud. Las historias que voy a contar son 100% reales. Podría decir que son exactamente como sucedieron, pero lo mejor que puedo hacer es contarlas como han quedado guardadas en mi memoria. Lo único que he cambiado a posta son los nombres.

Por poner todo en contexto debo comenzar diciendo que nací en Buenos Aires y viví allí hasta los 25. Después de una temporada en Brasil, me trasladé a España en donde vivo desde el 2004. Por eso os pido disculpas si hay cierta mezcla de estilos. Me acostumbré a escribir en castellano de España, pero como estas primeras historias suceden en Buenos Aires, es normal que mezcle expresiones y palabras argentinas.

Ya de pequeño me di cuenta de que el deseo era indomable y que las cuestiones sexuales vamos a decir “normales”, en las que todos invertían un montón de energía, a mí me aburrían rápidamente. En el año 1990, que andaría yo por los 13 o 14, tuve claro que el flirteo convencional no era más que un paso previo para la toma de control total. Comenzó a llamarme la atención el funcionamiento de la mente, me interesé por la psicología tirando de libros que tenía en casa, le pedí a mi abuelo que me comprara unos volúmenes de hipnosis que se promocionaban en la contratapa de la revista “Flash” y empecé a poner en práctica técnicas de manipulación con mis primeras noviecitas.

Claro que la cosa en esos tiempos no daba para mucho, eran más que nada pequeños melodramas en los que yo disfrutaba de cada lágrima que lograba sacarles y me entretenía empujándolas a hacer cosas que no querían como darme besos de lengua, enseñarme un pecho, dejarme que las toque, regalarme sus bragas y tonterías así. Mis primeras conquistas.

Una técnica básica que usaba con frecuencia en mis primeras cacerías era acercarme lo suficiente a mis presas como para interesarlas por mí y después ignorarlas por completo para forzar que ellas tuvieran que dar el paso y tenerlas así en la palma de mi mano. Era un chico guapo y, sin ser un Adonis, lograba arrancar miradas la calle o los bares. Además mi familia estaba en una buena posición social por lo que vestía bien, tenía casa en un selecto country (barrio privado) y hacía deporte. Y, con el objetivo de ponerme en el centro de atención del sexo femenino, desde los 15 empecé a “trabajar” como relaciones públicas en discotecas matinées de moda, primero, y como vendedor y coordinador de viajes de egresado (viajes de fin de curso) después, a partir de los 17. No me quiero enrollar mucho pero en esas épocas en Buenos Aires ser RRPP de una matinée te daba una visibilidad descomunal entre las chicas: eras el que conseguía los free-pass, el que las hacía entrar al VIP, el que siempre estaba rodeado de las más guapas – porque eran las que más gente a su vez atraían-, el que hacía pasar a sus amigos, etc. Y para los que no conozcan la tradición del viaje de egresados a Bariloche, en los 90 en Argentina eso era una verdadera locura. Una ciudad pequeña que recibía cada año a miles y miles de estudiantes de último curso entre los 17 y 19 años dispuestos a pasárselo en grande durante 10 noches seguidas de discotecas, fiestas y actividades en la nieve durante el día. Os podéis imaginar que la figura del coordinador de la empresa que organizaba esos viajes era una especie de ídolo inalcanzable para buena parte de las teens en llamas.

La primera historia que quiero contar tiene su origen en esa época en la que ya empezaba a refinar mis métodos. Mediados de los 90. Silvia todavía era menor, tenía 17. Yo había cumplido los 18 el año anterior. Estábamos en Julio, era pleno invierno. Ella era una bomba total: morena con el pelo lacio y la piel trigueña estilo Pocahontas. Una carita de angelito con ojos dulces y labios carnosos, la típica cara que depende cómo te mire puede decirte “yo nunca he roto un plato” o “soy una máquina sexual insaciable”. La conocí a la salida de su colegio en una de mis sesiones de “tarjeteo” (repartiendo invitaciones) pero no fue hasta que la vi en la Matinée (una disco par menores de 18) que la puse decididamente como mi próximo objetivo. En esos tiempos estaban de moda entre las chicas los catsuits: una especie de traje de gatúbela que cubría piernas y torso. A Silvia le quedaba como a Michelle Pfeiffer en la peli de Batman, solo que con más tetas. Era una auténtica barbaridad. Alta, con tacones debía estar en 1,80m, piernas interminables, delgadas pero con unos muslos de gimnasio y un culo en forma de corazón impresionante, cintura de avispa y unas tetas que, por más bonita que fuera y por más lindos ojos que tuviera, hacían imposible mirarla a la cara. Cuando se sacó el tapado y lo dejó en el guardarropa todos a su alrededor empezaron a babear. Todos menos yo que, como ya he adelantado, ya había desarrollado una mente bastante perversa dispuesta a urdir planes más elaborados.

Ese primer fin de semana en que quedé impresionado por su cuerpazo me ocupé de que estuviera bien, hice pasar al VIP a su grupo de amigas y les conseguí alguna cerveza, tabaco, – si, en esa época se vendía alcohol y se fumaba en las matinées. Mandé al fotógrafo a hacerles fotos diciéndoles que al finde siguiente estarían en la cartelera que había en la entrada – una especie de proto-photocall. Vamos, me encargué de que quisieran volver todos los findes. Además me fui enterando algunas cosas de ella: que tenía un novio dos años mayor que ella que iba al mismo colegio, que solía andar llorando por los rincones porque su novio era un casanova muy poco cuidadoso, que era de familia católica muy tradicional y alguna otra cosilla. ¿Cómo me enteré? Liándome con una chica de su grupo de amigas.

Me he dejado llevar por los recuerdos por lo que pasaré el foco a esta chica que me sirvió de trampolín, y también lo será en esta primera parte de la historia para lanzarnos hasta Silvia.

Se llamaba Vanesa y no estaba mal pero no le llegaba ni a los talones. Era muy guapa de cara, tenía una mirada tierna con ojos verdes muy grandes y una boca perfecta, de esas decoradas con lunares tipo Cindy Crawford. Castaña, con el pelo lacio largo hasta los hombros. Bajita, algo más ancha de caderas que de pecho. De hecho era bastante tabloide y estaba acomplejada. Muy tímida y con la piel muy blanca por lo que se sonrojaba fácilmente. Pero con una mirada pícara que sabía combinar con esa boca lasciva y ese lunar. ¡Ay ese lunar! Fue fácil decidirme empezar por ella porque la notaba sonrojarse cada vez que le hablaba y, cuando comencé a acercarme más, esa alternancia de miradas pícaras y risillas incómodas me confirmaron que sería presa fácil. Una vez que logré apartarla del grupo con alguna excusa tonta y tras 10 minutos de insinuaciones, le dije que tenía una basurilla en los párpados para que cerrara los ojos y aproveché ese momento para besarla, cosa que correspondió abriendo la humedad de su boca para que entrara mi lengua lasciva. Mientras me dedicaba a Vane, no desatendía al resto del grupo donde se encontraba mi presa principal. Digamos que hice un buen despliegue de medios y me aseguré de que Silvia notara mi presencia.

Esa semana quedé dos veces con Vanesa: la primera la camelé para que faltara al colegio y quedé con ella en un McDonald’s cerca del consultorio de mi padre, que es un psicólogo reconocido. Tenía claro que para el siguiente fin de semana debería haber movido algunas fichas en mi partida de ajedrez secreta con Silvia – aunque era más bien una cacería y Vanesa era parte del cebo. Si bien Vane no era íntima de Silvia, era lo suficientemente cercana como para que la historia de las horas que pasáramos juntos en el consultorio de mi padre llegaran a sus oídos. Era consciente que mi imaginación y empeño me ponían muchísimos peldaños por encima de la competencia varonil de mi edad. Mientras todos estaban como locos por meterla y se corrían en 2 minutos, yo me tomaba mi tiempo. En la primera sesión con Vanesa, tenía especial interés en dejarla flasheada por lo que la cocí a fuego lento. No voy a contar detalles superfluos de cómo pasé de tomar un café con leche con medialunas de McDonald’s a cruzar el umbral del consultorio de mi padre. Una vez allí, sin darle tiempo a situarse, la empecé a besar apasionadamente contra la pared, tratándola con muchísima firmeza y fuerza física pero con mucha dulzura en las palabras.

‒ Vení bombón, date la vuelta que quiero oler el perfume de tu pelo – le decía poniéndola de cara contra la pared, sujetándole los brazos en alto y separándole las piernas con pataditas estilo “policía” en un cacheo para acceder desde atrás a su culo y coño, cubiertos solo por la falda de cuadros del uniforme del colegio, unas medias de lana gruesas y un tanga negro de encaje que me daba a entender que la chica sabía a lo que venía cuando le propuse “ratearse” del colegio (faltar sin decirle a sus padres).

Al ser menudita me era muy fácil manipularla. Mientras le susurraba al oído que me encantaba lo suave de su piel, la presionaba con fuerza impidiéndole moverse, haciéndole sentir mi erección en su culo, y metiendo mi mano libre por debajo para jugar con sus labios, su tanga, su perineo, su ano. Ella respondía con gemidos y ronroneos de gatita y empujaba su culo hacia atrás para clavarse mejor mi erección entre sus nalgas. Cuando veía que estaba demasiado caliente, cambiaba el ritmo, la giraba con fuerza y la empotraba contra la pared, obligándola a abrazarme con sus piernas y sosteniéndola contra la pared con la punta de mi polla, con la mano izquierda desde el cuello y con la derecha desabotonando camisa, bajando sujetador y pellizcando pezones. La tuve en esa especie de vuelta y vuelta como media hora, todavía vestidos los dos. Con esa dinámica dejaba claro que su cuerpo me pertenecía y que iba a hacer con él lo que quisiera.

Empecé a subir la temperatura aún más lanzándole preguntas tipo: ¿estás muy caliente no? ¿te gusta lo que te hago? ¿vas a dejarme que te haga de todo hoy no? ¿vas a ser muy putita conmigo verdad? Y cuando veía que iba a balbucear algo le cerraba la boca con la mía hasta ahogarla, o le metía los dedos para que me los chupara, cosa que hacía con verdadero ahínco. La estaba desesperando.

‒ Haceme lo que quieras – me dijo venciendo su timidez.

‒ Si amor, vos confiá en mí.

Le dije que para que se relajara más le iba a dar un masaje y aproveché el masaje para vendarle los ojos con un pañuelo y atarle las manos con mis sogas mágicas – aprovechando también algunos cursos de nudos marineros que me había dado mi padre. La até de mil formas mientras la iba despojando de sus prendas. Con los brazos atados en cruz a los lados de la cama y ya desnuda, me dediqué un buen rato a comerle el coño. Alternaba mi lengua y mis dedos en su clítoris y en su culo. La sentía gemir como una perra mientras le metía dos dedos por el culo, sin estimularle nada más. Dedeándole el culo y lamiéndole el clítoris le arranqué el primer orgasmo. Sus gritos se debieron oír en todo el edificio, estaba seguro de que mi padre sabía que no usaba su consultorio para estudiar. Sin desatarla, le dije “ahora me toca a mí” y le follé la boca durante un buen rato. Tuve que enseñarle a chupar sin usar los dientes y a lamer con cuidado desde la punta hasta los huevos – en aquel entonces todavía no había descubierto lo bueno que es que me coman el culo. Le desaté las manos y le quité la venda para que pudiera aplicarse bien a su tarea. Quería que se familiarizara con mi polla. Vanesa era virgen, aunque había “hecho cosas”, lo que solía querer decir: “todo menos penetración”. Me parecía importante que tuviera un primer plano de la polla que la iba a desvirgar. De rodillas en el suelo, le dije que se masturbara con una mano mientras con la otra acompañaba la mamada, chupaba con verdadera devoción y se excitaba mucho cuando la abofeteaba con la verga. También le enseñé a aguantarla toda la boca. Me costó porque el principio no le entraba más que la mitad, pero con paciencia, sosteniéndole ambas manos y aplastando su nuca contra la pared logré que la tuviera toda en su faringe, arrancándole arcadas y lágrimas.

Llevábamos más de dos horas de “juegos previos” cuando me decidí a ponerme un condón y follármela de una vez. La hice sostener sus rodillas boca arriba en la cama-diván y se la fui metiendo de a poco. Empecé suave hasta que entró toda. Hizo algún gesto de dolor pero estaba claro que no iba a decirme que parara. Entre la excitación y el pequeño sangrado aquello estaba muy lubricado por lo que pude aumentar el ritmo y a los 5 minutos Vanesa ya tenía sus rodillas de pendientes y todo mi peso encima dándole caña como una bestia. Le di desde todos los ángulos. Se corrió todavía seis o siete veces más en esas dos horas de sexo salvaje. Logré contener mi tentación de follarle el culo pensando que no quería arriesgar nada, necesitaba que la historia de esa mañana llegara a los oídos de Silvia sin fisuras. Así que, cuando creí que ella se iba a correr de nuevo, mientras la penetraba con fuerza desde atrás, le frotaba el clítoris con una mano y la ahogaba con la otra, me corrí en su interior en un orgasmo simultáneo. Obviamente, le di a beber toda la leche que quedó en el condón, cosa que hizo gustosa.

Esa misma semana volví a quedar con ella el jueves. Esta vez por la tarde, la hice faltar a sus clases extra de inglés, me importaba un carajo que tuviera que sacarse el First Certificate en un mes. La hice venir directamente al consultorio. Para este segundo encuentro, contaba con mi amigo Luis, que siempre estaba presto para ayudarme en mis planes y, de paso, comerse los caramelitos que le dejaba a tiro. Era una jugada que podía salir mal pero a mí me dio buenos resultados. Vanesa ya me había mostrado que estaba colada por mí y que era muy obediente, por lo que el truco consistió en recibirla diciéndole que no teníamos mucho rato porque pronto vendría mi amigo Luis pero que quería hablar con ella:

‒ Vanesa no vamos a seguir, necesitas un novio y yo ni puedo ni quiero serlo

‒ ¿Cómo? ¿Por qué me decís eso? Yo quiero estar con vos, nadie me había hecho sentir así antes…

‒ Lo sé, y quiero cuidar esto especial que tenemos y la mejor manera de cuidarlo es poniendo distancia. No quiero verte triste por mí, aferrándote a algo que no existe, y sé que no voy a darte lo que necesitás. Necesitas a alguien a tu lado que se ocupe de vos… y yo, lo que voy a hacer, es ocuparme de que alguien se ocupe de vos.

‒ No te entiendo…

‒ Shhhh – le puse un dedo en los labios callándola y comencé a besarla, la tenía en mis manos, sabía que podía hacer con ella lo que quisiera. Le puse mi dedo pulgar en la boca para que lo chupe, Vanesa cerraba los ojos y succionaba con fruición, como si se le fuera la vida en ello. Mientras con la otra mano iba desabrochándole el vaquero. Estaba quieta como una estatua, confundida por la inconsistencia entre mi discurso y mis acciones. Le susurraba al oído:

‒ No intentes entender lo que pasa, me gusta que te dejes llevar, sos como una muñeca de porcelana rusa, y yo sé quién va a cuidarte… Pero si querés que pare decime…

‒ No pares por favor, haceme lo que quieras…

Con la mano que tenía en la boca comencé a masturbarla, pasándole los dedos por sus labios de abajo para darle luego de probar sus propios jugos, mientras con la otra mano iba quitándole la camisa que llevaba, bajándole el sujetador y acariciándole los pechos. Aunque tenía los ojos cerrados le pedí que no los abriera y usé su camisa para vendárselos. Le quité el pantalón mientras recorría cada centímetro de sus piernas, dándole pequeños mordiscos y jugando con mi lengua y con mi aliento. La sentía estremecerse, temblar. Pensé que tendría un orgasmo solo con mis caricias, pero no era mi objetivo, quería mantenerla en máxima tensión.

El estudio de mi padre era pequeño y desde la habitación con el diván se escuchó el ruido de llaves y se sobresaltó. Yo seguí como si nada, tranquilizándola:

‒ Shhh… es Luis, él se va a quedar hoy con vos y vos vas a ser buena con él como lo sos conmigo – le dije con firmeza en ese momento mientras llevaba mi mano a su vulva, para jugar con su clítoris y mordisqueaba su cuello.

Luis se sentó a su lado y ella hizo un ademán de cubrirse los pechos. Pero yo le ordené que se soltara, que confiara en mí. Por un minuto fuimos dos acariciándola, nuestras manos se acompasaban y mientras uno acariciaba sus pechos, el otro rozaba el interior de sus muslos y jugaba con los dedos sobre la tela de sus ya muy mojadas bragas. Lentamente fui bajando con mi boca hacia su cuello y sus pechos descubiertos para cederle el protagonismo a Luis que comenzó a jugar con su lengua en el lóbulo de su oreja opuesta. Cuando iba llegando con mi aliento a su pubis pude observar cómo Luis la estaba besando en la boca y Vanesa respondía con pasión. Me fui retirando suavemente, llevándome conmigo sus bragas, dejando su sexo libre de obstáculos para mi amigo mientras me sentaba a contemplar la escena desde el sillón en el que mi padre solía contemplar a sus pacientes. El hecho estaba consumado: Vanesa, todavía sin poder ver, se dejaba hacer por Luis que ya se había sacado la polla y había guiado la mano de Vane hacia ella para que lo masturbara. Saqué un condón de mi bolsillo, lo abrí y se lo pasé a mi colega haciéndole una señal clara para que la penetrara. Vanesa recibió la polla de Luis con una sonrisa inconsciente y un suspiro de alivio. Estaba claro que necesitaba ser follada y daba bastante igual quién fuera el que lo hiciera, su cuerpo no podía ocultar el agradecimiento. Mi amigo le dio duro, tenía un buen rabo, incluso más grande que el mío. En esa época todos nos lo medíamos y él decía que el suyo estaba por los 22 cm, y era bien gordo. Las manos de Vanesa empezaron a arañarle la espalda y cogerle del culo como para asegurarse que la empalaba bien. Cuando Vane tuvo su primer orgasmo esa tarde, gritó como una posesa. Cuando Luis paró sus embestidas yo me acerqué hasta ellos, le desaté a Vane su camisa de la cara y le dije que abriera los ojos.

‒ Qué linda estás Vane – le dije cuando me miró – Quiero que sigas disfrutando y siendo buena con Luis, yo me voy a ir, acá los dejo – Le di un beso en la boca, y los dejé seguir follando en paz.

La vez siguiente que la vi ya la trataba como la novia de mi amigo, como si nada hubiera pasado.

Bueno, no quería extenderme contando la historia de Vanesa pero, al recordar, no he podido evitarlo. Mi objetivo, tanto entonces como ahora era Silvia, su amiga. Pero llegados a este punto, creo que este relato bien puede servir de introducción a la historia de Silvia, por lo que he decidido publicarlo así. La historia con Vanesa también siguió pero no sé si tendré tiempo para continuarla. Tengo muchas otras que contar. Espero vuestro feedback en los comentarios. En cuanto pueda me pongo con la continuación.

Me he decidido a ir contando algunas de las historias que he ido viviendo tras unos cuantos años en el mundo de la dominación, quizá más de los que me gustaría. No porque no los haya vivido a pleno sino porque, al contrario, está por ver si la plenitud de esos años, que se ha acumulado en forma de experiencia, es capaz de compensar la irremediable pérdida de juventud. Las historias que voy a contar son 100% reales. Podría decir que son exactamente como sucedieron, pero lo mejor que puedo hacer es contarlas como han quedado guardadas en mi memoria. Lo único que he cambiado a posta son los nombres.

Por poner todo en contexto debo comenzar diciendo que nací en Buenos Aires y viví allí hasta los 25. Después de una temporada en Basil, me trasladé a España en donde vivio desde el 2004. Por eso os pido disculpas si hay cierta mezcla de estilos. Me acostumbré a escribir en castellano de España, pero como estas primeras historias suceden en Buenos Aires, es normal que mezcle expresiones y palabras argentinas.

Ya de pequeño me di cuenta de que el deseo era indomable y que las cuestiones sexuales vamos a decir “normales”, en las que todos invertían un montón de energía, a mi me aburrían rápidamente. En el año 1990, que andaría yo por los 13 o 14, tuve claro que el flirteo convencional no era más que un paso previo para la toma de control total. Comenzó a llamarme la atención el funcionamiento de la mente, me interesé por la psicología tirando de libros que tenía en casa, le pedí a mi abuelo que me comprara unos volúmenes de hipnosis que se promocionaban en la contratapa de la revista “Flash” y empecé a poner en práctica técnicas de manipulación con mis primeras noviecitas.

Claro que la cosa en esos tiempos no daba para mucho, eran más que nada pequeños melodramas en los que yo disfrutaba de cada lágrima que lograba sacarles y me entretenía empujándolas a hacer cosas que no querían como darme besos de lengua, enseñarme un pecho, dejarme que las toque, regalarme sus bragas y tonterías así. Mis primeras conquistas.

Una técnica básica que usaba con frecuencia en mis primeras cacerías era acercarme lo suficiente a mis presas como para interesarlas por mi y después ignorarlas por completo para forzar que ellas tuvieran que dar el paso y tenerlas así en la palma de mi mano. Era un chico guapo y, sin ser un Adonis, lograba arrancar miradas la calle o los bares. Además mi familia estaba en una buena posición social por lo que vestía bien, tenía casa en un selecto country (barrio privado) y hacía deporte. Y, con el objetivo de ponerme en el centro de atención del sexo femenino, desde los 15 empecé a “trabajar” como relaciones públicas en discotecas matinees de moda, primero, y como vendedor y coordinador de viajes de egresado (viajes de fin de curso) después, a partir de los 17. No me quiero enrollar mucho pero en esas épocas en Buenos Aires ser RRPP de una matinee te daba una visibilidad descomunal entre las chicas: eras el que conseguía los free-pass, el que las hacía entrar al VIP, el que siempre estaba rodeado de las más guapas – porque eran las que más gente a su vez atraían-, el que hacía pasar a sus amigos, etc. Y para los que no conozcan la tradición del viaje de egresados a Bariloche, en los 90 en Argentina eso era una verdadera locura. Una ciudad pequeña que recibía cada año a miles y miles de estudiantes de último curso entre los 17 y 19 años dispuestos a pasárselo en grande durante 10 noches seguidas de discotecas, fiestas y actividades en la nieve durante el día. Os podéis imaginar que la figura del coordinador de la empresa que organizaba esos viajes era una especie de ídolo inalcanzable para buena parte de las teens en llamas.

La primera historia que quiero contar tiene su origen en esa época en la que ya empezaba a refinar mis métodos. Mediados de los 90. Silvia todavía era menor, tenía 17. Yo había cumplido los 18 el año anterior. Estábamos en Julio, era pleno invierno. Ella era una bomba total: morena con el pelo lacio y la piel trigueña estilo Pocahontas. Una carita de angelito con ojos dulces y labios carnosos, la típica cara que depende cómo te mire puede decirte “yo nunca he roto un plato” o “soy una máquina sexual insaciable”. La conocí a la salida de su colegio en una de mis sesiones de “tarjeteo” (repartiendo invitaciones) pero no fue hasta que la vi en la Matinee (una disco par menores de 18) que la puse decididamente como mi próximo objetivo. En esos tiempos estaban de moda entre las chicas los catsuits: una especie de traje de gatúbela que cubría piernas y torso. A silvia le quedaba como a Michelle Pfeiffer en la peli de Batman, solo que con más tetas. Era una auténtica barbaridad. Alta, con tacones debía estar en 1,80m, piernas interminables, delgadas pero con unos muslos de gimnasio y un culo en forma de corazón impresionante, cintura de avispa y unas tetas que, por más bonita que fuera y por más lindos ojos que tuviera, hacían imposible mirarla a la cara. Cuando se sacó el tapado y lo dejó en el guardarropas todos a su alrededor empezaron a babear. Todos menos yo que, como ya he adelantado, ya había desarrollado una mente bastante perversa dispuesta a urdir planes más elaborados.

Ese primer fin de semana en que quedé impresionado por su cuerpazo me ocupé de que estuviera bien, hice pasar al VIP a su grupo de amigas y les conseguí alguna cerveza, tabaco, – si, en esa época se vendía alcohol y se fumaba en las matinees. Mandé al fotógrafo a hacerles fotos diciéndoles que al finde siguiente estarían en la cartelera que había en la entrada – una especie de proto-photocall. Vamos, me encargué de que quisieran volver todos los findes. Además me fui enterando algunas cosas de ella: que tenía un novio dos años mayor que ella que iba al mismo colegio, que solía andar llorando por los rincones porque su novio era un casanova muy poco cuidadoso, que era de familia católica muy tradicional y alguna otra cosilla. ¿Cómo me enteré? Liándome con una chica de su grupo de amigas.

Me he dejado llevar por los recuerdos por lo que pasaré el foco a ésta chica que me sirvió de trampolín, y también lo será en esta primera parte de la historia para lanzarnos hasta Silvia.

Se llamaba Vanesa y no estaba mal pero no le llegaba ni a los talones. Era muy guapa de cara, tenía una mirada tierna con ojos verdes muy grandes y una boca perfecta, de esas decoradas con lunares tipo Cindy Crawford. Castaña, con el pelo lacio largo hasta los hombros. Bajita, algo más ancha de caderas que de pecho. De hecho era bastante tabloide y estaba acomplejada. Muy tímida y con la piel muy blanca por lo que se sonrojaba fácilmente. Pero con una mirada pícara que sabía combinar con esa boca lasciva y ese lunar. ¡Ay ese lunar! Fue fácil decidirme empezar por ella porque la notaba sonrojarse cada vez que le hablaba y, cuando comencé a acercarme más, esa alternancia de miradas pícaras y risillas incómodas me confirmaron que sería presa fácil. Una vez que logré apartarla del grupo con alguna excusa tonta y tras 10 minutos de insinuaciones, le dije que tenía una basurilla en los párpados para que cerrara los ojos y aproveché ese momento para besarla, cosa que correspondió abriendo la humedad de su boca para que entrara mi lengua lasciva. Mientras me dedicaba a Vane, no desatendía al resto del grupo donde se encontraba mi presa principal. Digamos que hice un buen despliegue de medios y me aseguré de que Silvia notara mi presencia.

Esa semana quedé dos veces con Vanesa: la primera la camelé para que faltara al colegio y quedé con ella en un McDonalds cerca del consultorio de mi padre, que es un psicólogo reconocido. Tenía claro que para el siguiente fin de semana debería haber movido algunas fichas en mi partida de ajedrez secreta con Silvia – aunque era más bien una cacería y Vanesa era parte del cebo. Si bien Vane no era íntima de Silvia, era lo suficientemente cercana como para que la historia de las horas que pasáramos juntos en el consultorio de mi padre llegaran a sus oídos. Era consciente que mi imaginación y empeño me ponían muchísimos peldaños por encima de la competencia varonil de mi edad. Mientras todos estaban como locos por meterla y se corrían en 2 minutos, yo me tomaba mi tiempo. En la primera sesión con Vanesa, tenía especial interés en dejarla flasheada por lo que la cocí a fuego lento. No voy a contar detalles superfluos de cómo pasé de tomar un café con leche con medialunas de McDonalds a cruzar el umbral del consultorio de mi padre. Una vez allí, sin darle tiempo a situarse, la empecé a besar apasionadamente contra la pared, tratándola con muchísima firmeza y fuerza física pero con mucha dulzura en las palabras.

‒ Vení bombón, date la vuelta que quiero oler el perfume de tu pelo – le decía poniéndola de cara contra la pared, sujetándole los brazos en alto y separándole las piernas con pataditas estilo “policía” en un cacheo para acceder desde atrás a su culo y coño, cubiertos solo por la falda de cuadros del uniforme del colegio, unas medias de lana gruesas y un tanga negro de encaje que me daba a entender que la chica sabía a lo que venía cuando le propuse “ratearse” del colegio (faltar sin decirle a sus padres).

Al ser menudita me era muy fácil manipularla. Mientras le susurraba al oído que me encantaba lo suave de su piel, la presionaba con fuerza impidiéndole moverse, haciéndole sentir mi erección en su culo, y metiendo mi mano libre por debajo para jugar con sus labios, su tanga, su perineo, su ano. Ella respondía con gemidos y ronroneos de gatita y empujaba su culo hacia atrás para clavarse mejor mi erección entre sus nalgas. Cuando veía que estaba demasiado caliente, cambiaba el ritmo, la giraba con fuerza y la empotraba contra la pared, obligándola a abrazarme con sus piernas y sosteniendola contra la pared con la punta de mi polla, con la mano izquierda desde el cuello y con la derecha desabotonando camisa, bajando sujetador y pellizcando pezones. La tuve en esa especie de vuelta y vuelta como media hora, todavía vestidos los dos. Con esa dinámica dejaba claro que su cuerpo me pertenecía y que iba a hacer con él lo que quisiera.

Empecé a subir la temperatura aún más lanzándole preguntas tipo: ¿estás muy caliente no? ¿te gusta lo que te hago? ¿vas a dejarme que te haga de todo hoy no? ¿vas a ser muy putita conmigo verdad? Y cuando veía que iba a balbucear algo le cerraba la boca con la mía hasta ahogarla, o le metía los dedos para que me los chupara, cosa que hacía con verdadero ahínco. La estaba desesperando.

‒ Haceme lo que quieras – me dijo venciendo su timidez.

‒ Si amor, vos confiá en mí.

Le dije que para que se relajara más le iba a dar un masaje y aproveché el masaje para vendarle los ojos con un pañuelo y atarle las manos con mis sogas mágicas – aprovechando también algunos cursos de nudos marineros que me había dado mi padre. La até de mil formas mientras la iba despojando de sus prendas. Con los brazos atados en cruz a los lados de la cama y ya desnuda, me dediqué un buen rato a comerle el coño. Alternaba mi lengua y mis dedos en su clítoris y en su culo. La sentía gemir como una perra mientras le metía dos dedos por el culo, sin estimularle nada más. Dedeándole el culo y lamiéndole el clítoris le arranqué el primer orgasmo. Sus gritos se debieron oir en todo el edificio, estaba seguro de que mi padre sabía que no usaba su consultorio para estudiar. Sin desatarla, le dije “ahora me toca a mi” y le follé la boca durante un buen rato. Tuve que enseñarle a chupar sin usar los dientes y a lamer con cuidado desde la punta hasta los huevos – en aquel entonces todavía no había descubierto lo bueno que es que me coman el culo. Le desaté las manos y le quité la venda para que pudiera aplicarse bien a su tarea. Quería que se familiarizara con mi polla. Vanesa era virgen, aunque había “hecho cosas”, lo que solía querer decir: “todo menos penetración”. Me parecía importante que tuviera un primer plano de la polla que la iba a desvirgar. De rodillas en el suelo, le dije que se masturbara con una mano mientras con la otra acompañaba la mamada, chupaba con verdadera devoción y se excitaba mucho cuando la abofeteaba con la verga. También le enseñé a aguantarla toda la boca. Me costó porque el principio no le entraba más que la mitad, pero con paciencia, sosteniéndole ambas manos y aplastando su nuca contra la pared logré que la tuviera toda en su faringe, arrancándole arcadas y lágrimas.

Llevábamos más de dos horas de “juegos previos” cuando me decidí a ponerme un condón y follármela de una vez. La hice sostener sus rodillas boca arriba en la cama-diván y se la fui metiendo de a poco. Empecé suave hasta que entró toda. Hizo algún gesto de dolor pero estaba claro que no iba a decirme que parara. Entre la excitación y el pequeño sangrado aquello estaba muy lubricado por lo que pude aumentar el ritmo y a los 5 minutos Vanesa ya tenía sus rodillas de pendientes y todo mi peso encima dándole caña como una bestia. Le dí desde todos los ángulos. Se corrió todavía seis o siete veces más en esas dos horas de sexo salvaje. Logré contener mi tentación de follarle el culo pensando que no quería arriesgar nada, necesitaba que la historia de esa mañana llegara a los oidos de Silvia sin fisuras. Así que, cuando creí que ella se iba a correr de nuevo, mientras la penetraba con fuerza desde atrás, le frotaba el clítoris con una mano y la ahogaba con la otra, me corrí en su interior en un orgasmo simultáneo. Obviamente, le di a beber toda la leche que quedó en el condón, cosa que hizo gustosa.

Esa misma semana volví a quedar con ella el jueves. Esta vez por la tarde, la hice faltar a sus clases extra de inglés, me importaba un carajo que tuviera que sacarse el First Certificate en un mes. La hice venir directamente al consultorio. Para este segundo encuentro, contaba con mi amigo Luis, que siempre estaba presto para ayudarme en mis planes y, de paso, comerse los caramelitos que le dejaba a tiro. Era una jugada que podía salir mal pero a mi me dió buenos resultados. Vanesa ya me había mostrado que estaba colada por mi y que era muy obediente, por lo que el truco consistió en recibirla diciéndole que no teníamos mucho rato porque pronto vendría mi amigo Luis pero que quería hablar con ella:

‒ Vanesa no vamos a seguir, necesitas un novio y yo ni puedo ni quiero serlo

‒ ¿Cómo? ¿Por qué me decís eso? Yo quiero estar con vos, nadie me había hecho sentir así antes…

‒ Lo sé, y quiero cuidar esto especial que tenemos y la mejor manera de cuidarlo es poniendo distancia. No quiero verte triste por mi, aferrándote a algo que no existe, y sé que no voy a darte lo que necesitás. Necesitas a alguien a tu lado que se ocupe de vos… y yo, lo que voy a hacer, es ocuparme de que alguien se ocupe de vos.

‒ No te entiendo…

‒ Shhhh – le puse un dedo en los labios callándola y comecé a besarla, la tenía en mis manos, sabía que podía hacer con ella lo que quisiera. Le puse mi dedo pulgar en la boca para que lo chupe, Vanesa cerraba los ojos y succionaba con furición, como si se le fuera la vida en ello. Mientras con la otra mano iba desabrochándole el vaquero. Estaba quieta como una estatua, confundida por la inconsistencia entre mi discurso y mis acciones. Le susurraba al oido:

‒ No intentes entender lo que pasa, me gusta que te dejes llevar, sos como una muñeca de porcelana rusa, y yo sé quién va a cuidarte… Pero si querés que pare decime…

‒ No pares por favor, haceme lo que quieras…

Con la mano que tenía en la boca comencé a masturbarla, metiéndole los dedos en su sus labios de abajo para dárle luego de probar sus propios jugos, mientras con la otra mano iba quitándole la camisa que llevaba, bajándole el sujetador y acariciándole los pechos. Aunque tenía los ojos cerrados le pedí que no los abriera y usé su camisa para vendárselos. Le quité el pantalón mientras recorría cada centímetro de sus piernas, dándole pequeños mordiscos y jugando con mi lengua y con mi aliento. La sentía estremecerse, temblar. Pensé que tendría un orgasmo solo con mis caricias, pero no era mi objetivo, quería mantenerla en máxima tensión.

El estudio de mi padre era pequeño y desde la habitación con el diván se escuchó el ruido de llaves y se sobresaltó. Yo seguí como si nada, tranquilizándola:

‒ Shhh… es Luis, él se va a quedar hoy con vos y vos vas a ser buena con él como lo sos conmigo – le dije con firmeza en ese momento mientras llevaba mi mano a su vulva, para jugar con su clítoris y mordisqueaba su cuello.

Luis se sentó a su lado y ella hizo un ademán de cubrirse los pechos. Pero yo le ordené que se soltara, que confiara en mi. Por un minuto fuimos dos acariciándola, nuestras manos se acompasaban y mientras uno acariciaba sus pechos, el otro rozaba el interior de sus muslos y jugaba con los dedos sobre la tela de sus ya muy mojadas bragas. Lentamente fui bajando con mi boca hacia su cuello y sus pechos descubiertos para cederle el protagonismo a Luis que comenzó a jugar con su lengua en el lóbulo de su oreja opuesta. Cuando iba llegando con mi aliento a su pubis pude observar cómo Luis la estaba besando en la boca y Vanesa respondía con pasión. Me fui retirando suavemente, llevándome conmigo sus bragas, dejando su sexo libre de obstáculos para mi amigo mientras me sentaba a contemplar la escena desde el sillón en el que mi padre solía contemplar a sus pacientes. El hecho estaba consumado: Vanesa, todavía sin poder ver, se dejaba hacer por Luis que ya se había sacado la polla y había guiado la mano de Vane hacia ella para que lo masturbara. Saqué un condón de mi bolsillo, lo abrí y se lo pasé a mi colega haciéndole una señal clara para que la penetrara. Vanesa recibió la polla de Luis con una sonrisa inconsciente y un suspiro de alivio. Estaba claro que necesitaba ser follada y daba bastante igual quién fuera el que lo hiciera, su cuerpo no podía ocultar el agradecimiento. Mi amigo le dio duro, tenía un buen rabo, incluso más grande que el mío. En esa época todos nos lo medíamos y él decía que el suyo estaba por los 22 cm, y era bien gordo. Las manos de Vanesa empezaron a arañarle la espalda y cogerle del culo como para asegurarse que la empalaba bien. Cuando Vane tuvo su primer orgasmo esa tarde, gritó como una posesa. Cuando Luis paró sus embestidas yo me acerqué hasta ellos, le desaté a Vane su camisa de la cara y le dije que abriera los ojos.

‒ Qué linda estás Vane – le dije cuando me miró – Quiero que sigas disfrutando y siendo buena con Luis, yo me voy a ir, acá los dejo – Le di un beso en la boca, y los dejé seguir follando en paz.

La vez siguiente que la vi ya la trataba como la novia de mi amigo, como si nada hubiera pasado.

Bueno, no quería extenderme contando la historia de Vanesa pero, al recordar, no he podido evitarlo. Mi objetivo, tanto entonces como ahora era Silvia, su amiga. Pero llegados a este punto, creo que este relato bien puede servir de introducción a la historia de Silvia, por lo que he decidido publicarlo así. La historia con Vanesa también siguió pero no sé si tendré tiempo para continuarla. Tengo muchas otras que contar. Espero vuestro feedback en los comentarios. En cuanto pueda me pongo con la continuación.

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