relatos xxx – En el Mercado –

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Mi nombre es Carlos, tengo ahora veintitrés años, había terminado la carrera hacía poco más de un mes y como todos los jóvenes de mi edad en esta época, había pasado directamente al paro. Mi tío Manolo, el marido de mi tía Ana, me había conseguido una mierda de trabajo para el mes de agosto, chico de los recados en el mercado de abastos de su barrio. Pero yo necesitaba el dinero para poder seguir pagando el apartamento donde me había emancipado.

Mi tío Manolo estaba prejubilado y como tenía todo el tiempo del mundo se pasaba las mañanas tomando café y hablando con los placeros. Cuando se enteró que la persona que hacía los recados habitualmente se iba de vacaciones en agosto y que estaban buscando alguien para sustituirlo, se acordó de mí, me propuso y aceptaron.

El trabajo era sencillo, yo ayudaba a los placeros a descargar por las mañanas las furgonetas, a llevarles mercancías del almacén al puesto y a recoger otra vez en el almacén o la cámara la mercancía que no se había vendido cuando se cerraba el mercado. Como se ve, no parecía nada complicado.

En ese momento tenía dos líos estables, aunque sin compromisos. Antonia, una buena amiga de mi edad muy maciza y muy liberal, pero que vivía a más de cuatrocientos kilómetros y Julia, otra amiga también muy maciza, divorciada, quince o veinte años mayor que yo y vecina del edificio donde vivía. Además de estas dos amigas, tenía a mi tía Ana, más o menos de la edad de Julia, que me perseguía cada vez que mi tío se iba a cualquier sitio. Desde luego no me podía quejar.

El mercado era pequeño y además como era el mes de agosto, algunos de los puestos del mercado estaban cerrados. Quedaban abiertas una pescadería regentada por Pepa, ayudada por su hija Pepita, una frutería regentada por Laura a la que ayudaba algunas pocas veces su marido, Julián, una floristería que atendía una mujer empleada llamada Maribel y una carnicería propiedad de Mariano.

Pepa, la pescadera, era una mujer guapa de unos cuarenta años, morena, más baja que alta y con algún kilo de más. Pepita, su hija, tenía entonces dieciocho años recién cumplidos y estaba tremenda de buena y como me daría cuenta más tarde, también estaba tremendamente salida, aunque no más que su madre.

Laura era una mujer algo parecida a Pepa, aunque rubia, más alta que esta y con unas tetas que por su tamaño llamaban la atención de todo el personal y la clientela masculina del mercado. Julián, su marido, era un tipo gordo, con aspecto de sucio, pero sobre todo era un flojo de muchísimo  cuidado. Las raras veces que acompañaba a su mujer se metía en alguno de los bares de alrededor del mercado y no volvía hasta que ella había recogido el puesto. Para rematar al personaje, el individuo miraba a Pepita de una forma tan grosera, que tanto Pepa como su propia mujer se daban cuenta de su lascivia.

Maribel la dependienta de la floristería era una mujer de unos treinta años, ni guapa ni fea y muy poquita cosa de cuerpo. Sin embargo, tenía bastante elegancia personal y mucha simpatía.

Por último Mariano, el carnicero, era un hombre ya mayor, viudo, que no se jubilaba ni vendía el puesto porque no quería pasarse todo el día en su casa solo.

Como he dicho antes el trabajo era sencillo, pero hay que ver cómo pueden complicarse hasta las cosas más sencillas. El problema era que todos los puestos descargaban a la misma hora y querían también cerrar a la misma hora, con lo que requerían de mis servicios a la misma vez. Además me di cuenta a los pocos días de empezar que entre Pepa y Laura había ciertas tensiones más que evidentes. Si atendía a una antes que a la otra, la bronca estaba servida.

–              Carlos te estoy esperando y tengo que montar el puesto. –Me decía a la que yo no estuviera ayudando en ese momento-.

–              Organizaros entre vosotras. Yo puedo alternar, pero no puedo ayudar a las dos a la misma vez. –Les contestaba yo-.

De todas formas yo no era el único tema de discusión entre ellas, cualquier cosa podía terminar en una guerra a voces.

–              ¡Dile al puerco de tu marido que no mire a mi hija como si fuera desnuda! –Le decía Pepa a Laura los días que la acompañaba su marido-.

–              ¡Mira, puerca serás tú y tu hija, que va provocando, si no se vistiera como una fulana no la miraría mi marido! –Le contestaba la otra y ya estaba servida una bronca hasta el final de la mañana-.

Pepa y su hija Pepita se turnaban para desayunar. Cuando era el turno de Pepita se acercaba a mí y me decía si la acompañaba. Si yo no lo había hecho todavía, iba con ella y charlábamos mientras nos comíamos la tostada.

–              ¿Tienes novia? –Me preguntó el primer día que desayunamos juntos-

–              Ahora no, la tuve hasta hace unos meses, pero me dejó.

–              ¿Por qué te dejó?

–              Porque decía que yo iba detrás de unas y de otras.

–              ¿Y era verdad?

–              No, ella es una mujer muy celosa. ¿Y tú tienes novio?

–              Novio no, tengo algunos moscones. Mi madre me dice que no me eche novio, que todos los hombres son cariñosos y atentos al principio, pero que luego se vuelven unos groseros y unos holgazanes.

–              Vaya, tu madre no tiene muy buena opinión del género masculino.

–              Mi padre nos dejó hace ya bastantes años por una vecina sin decir ni adiós. Desde entonces mi madre dice que no quiere nada con los hombres.

Otros días me preguntaba por mi vida.

–              ¿Sigues estudiando?

–              No, he terminado la carrera en junio pasado.

–              ¿Qué carrera?

–              Sicología.

–              Eso es lo de los locos.

–              No mujer, todas las personas necesitamos cuidar nuestras mentes, igual que cuidamos nuestros cuerpos.

–              ¿Vives con tus padres todavía?

–              No, vivo sólo en un apartamento muy pequeño, al menos mientras pueda pagarlo.

–              Entonces te llevarás allí a todos tus ligues. ¿Ligas mucho?

–              No me puedo quejar, pero tampoco estoy todo el día ligando.

–              ¿Me invitarás algún día a ver tu apartamento?

En fin, Pepita me zorreaba todos los días un poquito y yo la dejaba que lo hiciera porque me resultaba divertido.

Un día fue Pepa, la madre, la que me dijo si quería que fuésemos a desayunar juntos. Acepté por educación y porque Pepa me caía bien.

–              ¿Cómo llevas el trabajo?

–              Ya lo ves tú, de un lado a otro y siempre con alguien enfadado conmigo.

–              Es que la Laura esa es una abusona y si no le paro los pies te acapara para ella sola. He visto que hablas mucho con mi niña. ¿De qué habláis?

–              De cosas sin importancia, conversaciones de desayuno.

–              ¿No pretenderás follártela y dejármela luego con una barriga?

–              Pepa, me parece que esas no son formas de hablar con nadie.

–              Bueno, tú ya me has entendido. Si tú necesitas follar con alguien fóllame a mí.

Miré alrededor en el bar, por si acaso alguien la había oído y creí que no.

–              Eres muy directa hablando.

–              Mira, yo sé lo que necesitáis los jóvenes y lo que yo necesito también, así que no voy a perder el tiempo con tonterías.

La observé detenidamente. Tenía un polvo morboso, pero no iba a liarme con nadie del trabajo o eso pretendía.

–              Me ha dicho mi niña que vives solo, vamos que tienes un picadero, así que podemos quedar cualquier tarde. A mí todas me vienen bien.

–              Pepita tiene una imaginación desbordante. Si vivo sólo, pero no tengo ningún picadero.

–              Venga ya, a tu edad, universitario y buen mozo, tú tienes que follar lo más grande. ¿A qué sí?

–              Pepa, no creo que debas meterte en eso.

–              Te lo voy a decir más claro. Hace un siglo que no me folla nadie y estoy que reviento. Si follamos tú y yo, te aseguro que no te vas a arrepentir. Si te follas a mi niña no te va a saber a nada.

–              Vale Pepa, vamos a dejar aquí esta conversación.

–              Otra cosa te voy a decir, no te folles a Laura.

–              Pero bueno, es que no entiendes que yo no voy follándome a todas las mujeres con las que me cruzo.

Afortunadamente, la conversación quedó ahí.

Esa tarde, después de la siesta recibí un mensaje de Pepita, todos los placeros tenían mi número de móvil para cualquier cosa que pudiera ocurrir. Abrí el mensaje y era una foto de ella desnuda, en frente de un espejo de cuerpo entero. Estaba buenísima. Guapa ya sabía que lo era, pero su cuerpo era la tentación personificada. Unas tetas grandes y con un aspecto de estar duras a reventar, unas areolas grandes y oscuras y los pezones erectos. Vientre completamente plano, el chocho depilado con un monte de Venus muy carnoso, unas bonitas caderas y unas piernas largas y torneadas. La foto venía acompañada por el siguiente mensaje.

“Me he estado tocando pensando en ti. Si quieres puedo ir luego a tu apartamento.”

Esta chica había perdido la cabeza. ¿Cómo se le ocurría mandar esa foto a un casi desconocido? Pensé que si no le contestaba malo, pero si le contestaba peor. Después de pensarlo, le envié el siguiente mensaje:

“No puedes mandar ese tipo de fotos, en un solo día puede estar circulando por medio mundo. Yo la he borrado, bórrala tú de tu teléfono.”

No era verdad, no había borrado la foto o, al menos, todavía no. En menos de treinta segundos tenía otro mensaje.

“¿Y de lo de vernos luego, qué?”

¡Joder con la madre por la mañana y la hija por la tarde la que me iban a dar! La casa donde vivieran sería peor que la “Casa de Bernarda Alba”. ¿Y si me las follaba a las dos? Ya sé que no estaría muy bien, pero yo tenía veintipocos años y una calentura permanente. Le contesté el mensaje a Pepita:

“Hoy no puedo, ya vemos otro día”

Volví a mirar la foto y me dije, ¡Vaya cómo está la muchacha! Llamaron a la puerta, abrí y era Julia, mi vecina.

–              Hola preciosa, pasa.

–              Hola Carlos, estaba harta de televisión y he pensado en venir a verte. ¿Y tú qué haces?

–              Si te lo cuento no te lo vas a creer.

–              Prueba.

–              ¿Quieres algo de beber?

–              Si lo que me vas a contar es tan interesante, ponme una ginebra con tónica.

Le preparé su copa y otra para mí y me senté con ella en el sofá.

–              Carlos como echo de menos la casa de tus padres en la playa. Agosto en Sevilla es la muerte.

–              Le puedo decir a mis padres de ir a verlos, lo que pasa es que tendríamos que irnos el puente del día 15, sino, para una sola noche, no merece la pena.

–              No te da cosa que vaya contigo. No creo que a tu madre le guste mucho que te saque cerca de veinte años.

–              Se lo comentaré antes, pero estoy casi seguro que no le va a importar. Cada vez tiene la mente más abierta.

–              De acuerdo, porque me encantaría salir de Sevilla. ¿Entonces que estabas haciendo?

Cogí el móvil que estaba encima de la mesa y le enseñé el primer mensaje de Pepita con la foto.

–              ¡Qué suerte tienes bribón, está como un tren y podría ser hija mía! Me voy para que la recibas a gusto.

–              No hace falta que te vayas, le he dicho que estaba liado esta tarde. Además hay dos problemas: es la hija de la pescadera del mercado donde estoy trabajando este mes y su madre me ha dicho esta mañana que quiere follarme.

–              ¿Pero siempre te tienes que estar metiendo en líos?

–              Te aseguro que no pretendía meterme en ningún lío, son los líos los que me asaltan.

–              La niña está para comérsela ¿y la madre?

–              Bueno no es que sea una Venus, pero tiene mucho morbo. Ya sabes tú que me gustan las mujeres maduras.

–              ¿Lo dices por mí?

–              Por supuesto. Oye vienes hoy muy fresquita. –Julia llevaba un pantalón corto vaquero muy ajustado y una camiseta de tirantas bastante holgada que dejaba ver parte de sus hermosas tetas-.

–              Con el calor que hace como quieres que vaya. Incluso estoy pensando que llevo mucha ropa. –Diciendo esto se quitó la camiseta dejando sus preciosas tetas al aire-.

–              ¿Sabes lo que es muy bueno para el calor?

–              No sé dímelo tú.

–              Una ducha, ¿te apetece?

–              Sólo si nos duchamos juntos.

Se levantó del sofá y me tendió la mano para que la siguiese al baño. Me pegué a ella por detrás y le cogí las tetas, ella echó su culo hacia atrás para apretar mi polla que empezaba a estar dura. Luego se giró y nos besamos en la boca. Me quitó la camiseta que llevaba y nos volvimos a abrazar.

–              Me parece a mí que tú no quieres ducharte. –Me dijo soltándose de mí-.

Se soltó y se quitó el pantalón corto que llevaba, quedándose con un tanga negro. Yo aproveché para terminar de desnudarme. Me puse en cuclillas frente  a ella, le quité el tanga y le besé su chochito repetidamente, mientras ella me acariciaba el pelo. Luego me levanté y tiré de ella hacia la ducha.

–              Túmbate –me dijo-.

Lo hice y ella se puso sobre mí para hacer un “69”. Subí la cabeza y pegué mi boca a su chocho, estaba ya muy húmedo. Puse un dedo en su ojete y se lo acaricié. Ella me tenía cogida la polla con una mano y me lamía el capullo y el frenillo.

–              Tienes un culo para morderlo –le dije-.

Al poco rato se incorporó y de espaldas a mí se metió la polla en el chocho. Le di un par de sonoros cachetes en su culo y luego le cogí las muñecas por su espalda. El movimiento de su cadera me estaba volviendo loco.

–              Julia me voy a correr.

–              Hazlo, yo también me voy a correr.

–              ¡Aaaagggg, aaaggg! –Grité mientras me corría a la misma vez que ella-.

–              Ves como tú no querías ducharte.

Nos duchamos y salimos desnudos al salón para terminar nuestras copas.

–              Lo he pensado y creo que deberías follar con la madre. –Me dijo-.

–              Más morbo sí que tiene, pero es que la hija está para reventar de buena.

–              Hazme caso que te lo pasarás mejor.

Nos volvimos a besar y luego ella dijo que tenía que irse. Se vistió y cuando se iba me dijo:

–              Me gusta a mí esto de follar sin tener que salir a la calle.

–              Ya iré yo a hacerte una visita próximamente.

A la mañana siguiente en el mercado Pepa y Pepita no me quitaban ojo de encima. Nuevamente me propuso Pepa que desayunara con ella.

–              Esta mañana he visto el móvil de la tonta de mi niña. Gracias por borrar la foto y decirle que la borrara ella, aunque no lo hizo.

–              No hay de qué. Se le debió ir la pinza.

–              ¿Has pensado en lo que te propuse ayer?

–              Sí, pero todavía no he tomado una decisión.

–              Decídete que nos lo vamos a pasar muy bien.

A media mañana Laura, la verdulera, me pidió que la acompañase al almacén a buscar mercancía. Entramos, cerró la puerta y me dijo:

–              He visto como te zorrean la Pepa y la guarra de su hija. No te las vayas a follar a ninguna. Si quieres pasarlo bien fóllame a mí.

Cuando terminó de hablar se abrió la bata que llevaba y debajo iba completamente desnuda. Sus tetas eran espectaculares de grandes con unas areolas grandes y rosadas y unos pezones grandes también y duros. Tenía una buena mata de pelo oscuro en el chocho. En conjunto era una mujer bastante apetecible.

–              Mira bien lo que te puedes perder –dijo cogiéndose las tetas-.

–              Laura de verdad que yo no quiero líos con nadie y menos contigo que estás casada y tu marido viene por aquí.

–              Mi marido es tan penco que ya ni me folla.

–              Lo lamento por los dos.

–              Ya sabes lo que te he dicho. Coge un par de cajas de tomates para disimular.

Salimos del almacén y las cajas de tomates disimularon poco.

–              Mira cacho puta, deja al chaval en paz que estás casada, aunque no te valga  para nada. –Le gritó Pepa mientras limpiaba una lubina-.

–              Oye, que putas seréis tú y tu hija.

Pues ya se formó la tangana hasta el cierre del mercado, pensé, pero también pensé que Laura tenía un polvo descomunal.

Después de comer me tumbé en boxes en el sofá para echarme una cabezada. A las seis me despertó el timbre del portero electrónico.

–              ¿Sí?

–              Hola Carlos, soy Pepita, quería hablar contigo.

–              ¿Pero qué quieres Pepita? ¿Cómo has dado con mi casa?

–              Ya te he dicho que hablar contigo.

Le abrí por no tener una discusión con Pepita que pudiera escuchar cualquiera que pasara por la calle. La esperé con la puerta abierta. Venía con un peinado diferente y con un vestido corto muy veraniego.

–              ¿Pepita que pasa?

–              He visto como la guarra de Laura te ha metido en el almacén y no voy a permitir que se me adelante ni ella ni mi madre.

–              ¿Adelantarse a qué?

–              A qué va a ser, a follar contigo. ¿No me invitas a pasar?

–              Claro pasa –le contesté aunque no tenía ninguna gana de hablar con ella-.

–              ¿Recibes a todas las chicas en calzoncillos?

¡Joder, tenía razón, se me había olvidado por completo!

–              Perdona, voy a ponerme algo encima.

–              Por mí no lo hagas, me gustas más así

–              ¿Cómo has dado con mi dirección? –Le pregunté mientras me ponía un pantalón corto y una camiseta-.

–              Está en tu contrato, vi como mi madre leía el contrato y aproveché para mirar tu dirección. ¿Te gustó la foto que te envíe ayer?

–              No debes hacer eso. Si yo fuera de otra manera la podría haber reenviado y podría verla medio mundo en internet.

–              No has contestado a mi pregunta.

–              Claro que me gustó, a mí y a cualquiera.

Se había sentado en el sofá y el vestido se le había subido, tenía unas piernas preciosas. Estaba seguro de que no llevaba sujetador ni falta que le hacía.

–              ¿En qué te basas para pensar que tu madre y Laura quieren follar conmigo? –Le pregunté para hacerme el despistado-.

–              Tendrás una carrera, pero estás muy poco espabilado. Observo cómo te miran las dos y cómo se miran luego entre ellas.

Me senté a su lado en el sofá.

–              ¿No quieres besarme? –Me dijo mirándome a los ojos-.

–              Pepita no tengo nada claro que deba haber algo entre nosotros.

–              Yo no quiero tener nada contigo, sólo me apetece hacerlo contigo. Nunca lo he hecho con un universitario y además ahora no tienes novia.

Se acercó ella a besarme. Le acepté el beso, pero no se lo devolví. Pepita estaba buenísima y era una tentación para cualquiera, pero no me gustaba que me quisiera para tener una muesca más en la culata.

–              ¿No te gustan las mujeres? –Me preguntó al no devolverle el beso-.

–              Me gustan y mucho más de lo que puedas pensar.

–              ¿Entonces?

–              Te lo he dicho, no estoy seguro de querer hacerlo contigo.

–              ¿Prefieres a los vejestorios como Laura o mi madre?

–              No son vejestorios, son espléndidas mujeres maduras, que seguramente podrán darle a un hombre más que tú.

Me había enfadado que las llamara vejestorios. Para ella sería un vejestorio cualquier mujer de más de veinte años.

–              Anda no te enfades conmigo –me dijo poniendo su mano sobre mi entrepierna-. ¿Quieres que te la chupe?

Iba a ponerla de patitas en la calle, cuando sonó el timbre de la puerta, pensé que sería Julia, la vecina.

–              Abre Carlos soy Pepa, sé que estás ahí.

Se nos descompuso la cara a los dos.

–              Si me pilla aquí me mata. –Susurró Pepita-. Escóndeme.

Como el apartamento era un estudio, no tenía donde esconderla que no fuera el armario. La cogí de la mano, abrí el armario, la metí dentro y entorné la puerta.

–              Carlos abre –insistió Pepa-.

Abrí finalmente la puerta después de tomar aire y recomponerme.

–              ¿Qué haces aquí Pepa?

–              Ya que tú no te decides, pues he venido yo a verte –dijo entrando y cerrando la puerta tras ella-.

Se había arreglado mucho más que por las mañanas. Estaba guapa más maquillada. Se había hecho una coleta muy tirante. Llevaba un pantalón blanco ajustado, que le hacía un culo poderoso, una blusa suelta estampada con varios botones abiertos para lucir escote y unos zapatos con bastante tacón. Resultaba una mujer atractiva, aunque con algún kilo de más.

–              Carlos soy una mujer sola desde hace años. Me resulta muy difícil conocer a hombres y no quiero vincularme con ninguno.

–              Por favor habla más bajo, que las paredes son de papel. –La interrumpí tratando de evitar que la oyera Pepita-.

–              Necesito sexo sin compromiso y me apetece mucho tenerlo con un hombre más joven que yo. Sé que mi hija va detrás de ti, igual que va detrás de cualquiera al que le haya echado el ojo. Los dos sois mayores de edad y podéis hacer lo que queráis, siempre que no haya nada serio. Lo único que no quiero es que mi hija se ennovie tan joven, para que luego la dejen cómo me pasó a mí.

No sé si Pepita habría oído lo que había dicho su madre. Me sentía fatal con la situación, aquella mujer diciendo intimidades que podían ser escuchadas por su hija, pero no podía decirle nada de su presencia.

–              Pepa iba a salir, mejor lo hablamos en otro momento.

Pepa me caía bien y la única solución que se me ocurrió para salir de la situación tan embarazosa en la que estaba sin saberlo, fue salir con ella del apartamento. Cogí las llaves para presionarla.

–              ¿No puedes esperar cinco minutos?

–              No Pepa, ya voy tarde –le dije abriendo la puerta y saliendo los dos-.

–              Pues dime un día de esta semana para venir a verte, si no me quedo esperándote.  –Me dijo ya fuera del apartamento-.

–              Vente mañana a cualquier hora de la tarde.

–              No me falles.

Cerré la puerta sin echar la llave para que Pepita pudiera salir luego.

–              ¿Qué haces, estás loco? Cómo no vas a echar la llave, que esto es Sevilla en agosto. –Me dijo Pepa-.

–              Da igual, total para lo que me pueden robar.

–              No Carlos, no puedes hacer eso. Cuando vuelvas te habrán robado todo, especialmente las cosas de informática. Vamos que me quedo en la puerta hasta que vuelvas como no eches la llave.

Tan pesada se puso que al final tuve que echar la llave, dejando a su hija encerrada. O sea que cuando volviera me la iba a encontrar otra vez. Bajamos y nos despedimos. No quería volver a subir inmediatamente, porque no me fiaba que Pepa no se quedara vigilando. ¡Estupendo ahora estoy en la calle en Sevilla a las seis y media de la tarde de un día de agosto! Pensé. Di un paseo y me metí en un pub a tomar algo. Naturalmente el pub estaba desierto. Una camarera muy mal encarada me preguntó:

–              ¿Qué vas a tomar?

–              Ponme una ginebra con tónica.

–              ¿Qué ginebra y qué tónica?

–              Las que tú quieras, pero que sean baratas.

La tía me miró con auténtico desprecio, debía ser que tenía una clientela de marqueses la muy siesa. Yo pensé, anda y que te folle un pez. La tía me puso la peor ginebra con tónica que he tomado en mi vida, además de cobrarme ocho euros. Después de pagarle le di la espalda y me puse a mirar la puerta por no verla a ella. No pasaron ni dos minutos cuando entraron mi amigo Luis, el tío con la polla más grande que he visto en mi vida, y mi tía Ana.

–              ¿Pero hombre que haces aquí sólo? –Me dio un abrazo como si hiciera años que no nos viéramos-.

–              Hola Carlos, qué sorpresa. –Me dijo mi tía Ana dándome dos besos en las mejillas-.

–              Qué sorpresa la mía –le contesté con un poquito de mala leche-.

Pensé que tenía que contarle el encuentro a Julia, que se iba a divertir. Yo los había presentado a ambos unos días antes en la casa de la playa de mis padres, estando allí Julia. Para quien no lo sepa, mi tía Ana, que está buenísima a sus cuarenta y tantos años, se tira a todo lo que se menea en cuanto mi tío se va algún sitio y ella se queda sola. No quiero entrar mucho en lo que pasó esa tarde, salvo que los dos se empeñaron en que tomara otra copa con ellos y luego en que fuéramos a tomar algo de comer, el folleteo les habría dado hambre. En un momento de la tarde-noche, mi tía me dijo:

–              Me he enterado por tu tío que estás trabajando en el mercado.

–              Sí, me buscó él el trabajo haciendo una sustitución en el mes de agosto.

–              Yo tengo mucha amistad con algunas de las placeras, les diré que te traten bien.

–              No te preocupes, no hace falta. –Temía cualquier recomendación de mi tía a otras mujeres más que al demonio-.

–              ¿Sabes algo de Antonia? Me acuerdo mucho de ella.

–              Está bien, le daré recuerdos tuyos.

En definitiva, que a mí se me había olvidado que había dejado a Pepita encerrada en casa y sólo cuando fui a meter las llaves en la puerta a las doce de la noche me acordé. Traté de no hacer ruido, seguramente se habría quedado dormida. No estaba en sofá, miré hacia la cama y allí estaba desnuda. Tenía los ojos cerrados y los auriculares puestos, se estaba acariciando el chocho y las tetas. La imagen era muy erótica y comencé a empalmarme. Pensé que no debía seguir observándola, pero también pensé que ella estaba en mi cama, no es que yo la espiase por una ventana. Si quería follar con ella era la ocasión perfecta. Decidí volver a la puerta y hacer ruido al entrar para que ella supiese que no estaba sola. Lo hice y después de cerrar de nuevo, esta vez con un portazo, dije:

–              Buenas noches Pepita, perdona que llegue a esta hora, pero me he liado y no he sido consciente de que era tan tarde.

Cuando miré hacia la cama se estaba terminando de vestir.

–              Gracias por haber sacado antes a mi madre. Ves como te quiere follar, si no a que iba a venir aquí. Bueno ya me lo contarás que ahora me tengo que ir. No se te ocurra decirle nada a mi madre sobre que he estado aquí. –Me dio un pico en los labios y se fue-.

Soy tonto del culo, pensé. Con la belleza que tenía en mi cama, desnuda y caliente y a mí no se me ocurre otra cosa que dejarla ir.

A la mañana siguiente la tensión entre Pepa, Pepita y Laura se cortaba con un cuchillo. Pepa iba muy maquillada y se había abierto un botón más de la bata que llevaba normalmente, evidenciando que en todo caso llevaría unas bragas debajo, pero nada más.

Entre Laura y Pepa me tuvieron toda la mañana de un lado a otro para cosas inútiles. Las dos habían adoptado la estrategia de macarse mutuamente y marcarme a mí. Pepita me ponía ojitos cada vez que podía zafarse de su madre y de Laura. Cuando terminó la mañana volví a casa temiendo la visita de Pepa por la tarde, como así fue.

A mediodía llamé a Antonia, pues llevaba varios días sin hablar con ella.

–              Hola preciosa.

–              Hola Carlos. ¿Cómo llevas tu trabajo?

–              Un lío detrás de otro.

–              ¿Pero de los líos tuyos?

–              Del todo, ahora resulta que me quieren follar la pescadera, su hija y la verdulera. –Antonia se partió de la risa-.

–              ¿Y con cual te vas a quedar? Claro que igual puedes con todas.

–              Yo que sé, creo que la pescadera tiene muchas papeletas.

–              Hombre eso tiene la ventaja de que así podrás comer almejas.

–              Tú tómatelo a guasa, pero me tienen como puta por rastrojo en el mercado. ¿Y tú, que tal?

–              Con mucho trabajo, tengo que doblar turnos muchos días para poder atender a los enfermos.

–              Vaya lo siento.

–              No te preocupes que también tengo mis ratos de asueto.

–              ¿Tienes previsto venir por Sevilla?

–              En agosto imposible.

–              Lástima. Ayer me encontré a mi tía Ana y me dio recuerdos para ti.

–              La tengo que llamar un día cuando me quede más tranquila en el trabajo. Te tengo que dejar que entro en quirófano. Besos a mi pollita y ten cuidado con los atracones de almejas, que producen reacción.

Antonia era una gran amiga a la que echaba mucho de menos, pero los más de cuatrocientos kilómetros entre los dos eran una dificultad importante.

Más o menos a las cinco llamaron al portero automático. Mi casa se había convertido en una fonda.

–              ¿Sí?

–              Soy Pepa.

Le abrí y esperé que subiera. La oí llegar y abrí la puerta del apartamento. Venía igual de arreglada que el día anterior. No se anduvo con tonterías, conforme cerré la puerta se me abalanzó a besarme. Era más baja que yo, pero con los tacones que llevaba estábamos más o menos a la misma altura. Venía bastante acalorada dada la hora que era y el sol que caía en la calle.

–              ¿Quieres un vaso de agua o un refresco? –Le pregunté-.

–              Un vaso de agua.

Fui a la cocina por el vaso de agua y al volver se había quitado la blusa, mostrando un bonito sujetador que presionaba sus tetas. Tenía una barriga abultada, con algún michelín. En ese momento se estaba quitando el pantalón, mostrándome su fantástico culo cubierto por unas pequeñas bragas a juego con el sujetador. Me acerqué a ella para darle el vaso de agua. Después de un largo trago volvió a besarme con un ansia excesiva, que casi me hizo daño en los labios.

–              Pepa relájate, estás muy tensa.

–              Claro que estoy muy tensa, llevo mucho tiempo sin follar. –Me dijo llevando su mano a mi entrepierna y apretando fuerte-. ¿Qué te pasa, por qué no estás empalmado?

–              Pepa vamos a hacer las cosas a mi manera. Siéntate en el sofá.

La miré ya sentada, se veía guapa y pese a tener algunos kilos de más, era una mujer atractiva con mucho morbo en su cuerpo. De joven debía haber sido como era ahora su hija. Me quité la camiseta y los pantalones cortos que llevaba. Mi polla había empezado a ponerse morcillona y se marcaba bajo mis boxes. Me senté sobre sus piernas de frente a ella, le cogí sus manos, se las puse sobre la cabeza y empecé a besarla en la boca con  suavidad.

–              Carlos creía que no volvería a besar así a un hombre.

–              ¿Por qué? Eres una mujer atractiva.

–              Estoy sola, gorda y vieja. Si yo no te presiono tú no me hubieras mirado.

–              Nada de lo que has dicho es verdad, excepto que estés sola.

Besarla y el contacto con su cuerpo había terminado de despertar mi polla, que luchaba por salirse de los boxes. Empecé a besarle sus tetas por encima del sujetador.

–              Me gusta que me coman las tetas.

Metí mis manos por detrás de su espalda, le solté el sujetador y se lo quité. Sus tetas eran grandes y poco caídas, sus areolas rosas pequeñitas y sus pezones grandes y muy duros. Ella aprovecho que le había soltado las manos para llevarlas a mi polla, soltándome los botones del boxes.

–              ¿Te pasa algo, no tienes pelos? –Me preguntó extrañada-.

–              Tengo la costumbre de depilarme. Cosas de mi ex novia.

–              Déjame verte, tengo mucha curiosidad.

Me levanté, me quedé cerca de ella y terminé de quitarme los boxes. Miró atentamente y luego con sus manos fue acariciándome la polla y los huevos.

–              Está mucho más bonita que con pelos. –Me dijo-.

Acercó su cabeza, se la metió en la boca y empezó a moverse con mucha rapidez.

–              Más despacio Pepa, no tenemos prisa. –Le dije cogiendo su cabeza para indicarle el ritmo-.

–              Me gusta comerme una buena polla y nunca lo había hecho con un hombre depilado.

Se agachó más y empezó a lamerme los huevos mientras seguía sobándome la polla con las manos.

–              Levántate –le pedí y ella lo hizo sin soltarme la polla-.

Me puse detrás de ella y en cuclillas le quité las bragas. Tenía un poco de celulitis, pero seguía siendo un culo imponente. Fui besándoselo y mordiéndoselo lentamente.

–              Tienes un culo muy bonito.

–              Mi culo es la parte que siempre me ha gustado más de mi cuerpo. –Me dijo-.

Pase mis brazos alrededor de su cintura y puse mis manos sobre su chocho. Ella gimió con fuerza. Tenía mucho pelo en el chocho.

–              ¿No te gustaría ir depilada como yo?

–              No lo sé, tengo el chocho muy grande.

Me incorporé y puse mi polla entre sus nalgas, mientras seguía sobándole el chocho. Noté que empezaba a temblar, se estaba corriendo, cuando terminó se tumbó boca abajo en el sofá. Me dejó la mano llena de sus jugos.

–              ¡Por Dios, qué gusto Carlos! –Me dijo mirándome-.

Me senté sobre sus piernas y le acaricié su hermoso culo.

–              Ayer estaba aquí mi hija cuando vine, ¿verdad?

Me extrañó la pregunta, estaba convencido que ella no se había enterado.

–              Sí. ¿Cómo lo sabes?

–              Por su perfume. Gracias por haberme sacado del apartamento, podía haber dicho y hecho muchas tonterías.

–              ¿Entonces por qué te empeñaste en que echara la llave?

–              Por fastidiarla un rato. ¿Hicisteis algo?

–              Nunca respondo a esas preguntas, pero no, no hicimos nada.

Me tumbé sobre ella y le besé el cuello y las orejas. Ella echó los brazos atrás y puso sus manos sobre mi culo. Me levanté y le pedí que se recostara sobre el sofá. Le abrí las piernas y le fui besando sus muslos y luego metí mi cabeza en su entrepierna.

–              No Carlos, nunca me han hecho eso y me da vergüenza.

–              Pues ya es hora de que te lo hagan.

En efecto tenía un chocho muy grande y un clítoris también muy grande. Se lo abrí con mis dedos y me apliqué a lamérselo y a mordérselo suavemente.

–              Carlos esto es la gloria. –Me dijo poniendo sus manos sobre mi cabeza-.

–              Ves lo que te perdías.

–              Desde luego, si sigues me voy a correr otra vez y eso debe ser pecado. ¡Qué lengua tienes bribón!

Su chocho estaba muy húmedo y olía mucho a sus jugos. Yo me estaba calentando mucho ya.

–              Dime cuando te vayas a correr. No te calles, di lo que sientes en ese momento. –Le dije-.

–              Mira Carlos, que soy pescadera y tengo una boca muy sucia.

–              Mejor, a mí me pone mucho escuchar a las mujeres cuando se están corriendo.

–              Pues ve poniéndote, porque no voy a aguantar mucho más con esa lengua en mi coño. Sigue Carlos, si te paras ahora te corto la polla. ¡Aaaagggg, tengo el coño a reventar, aaaagggg, qué bueno! ¡Por la Virgen no pares, sigue, sigue, yaaaa, me corroooo! ¡Chúpame los jugos, sigue, siguuee!

Me retiró la cabeza con sus manos y cerró las piernas con fuerza. Esperé un poco sin sobarme la polla, porque si lo hacía me corría fijo. Cuando se había medio recuperado, le dije:

–              Ponte a cuatro patas, que te voy a follar.

–              No te corras dentro –me dijo mientras se ponía a cuatro patas-.

Ver su culo en pompa y sus tetas colgando me sacaron de mis casillas y le metí la polla de una vez en su coño. Ella gritó un aaaagggg, que debió oírse en todo el edificio. Empecé a darle cachetes en su culo, que ella agradecía con nuevos gritos. Bombeaba tan fuerte que notaba como mis huevos rebotaban en su inflamado clítoris.

–              ¡Carlos que me corro otra vez, no pares, sigue, dame más fuerte en el culo, más, más, aaaagggg, aaaagggg!

Noté que se corría, yo no podía más, le saqué la polla del chocho y me corrí sobre su espalda y su culo.

Eran las ocho de la tarde, le propuse que nos ducháramos y que tomáramos una copa. Fuimos a la ducha y enjabonarla me puso otra vez como una moto.

–              Hazme una paja –le pedí-.

–              ¿No prefieres que te la coma?

–              No, quiero que me hagas una paja.

Ella agarró mi polla y mis huevos y empezó a hacerme una paja mientras yo le sobaba sus tetas.

–              ¿Quieres que te la haga yo a ti también? –Le pregunté-.

–              No, no puedo, me duele el coño lo más grande.

–              Sigue, sigue Pepa, que me voy a correr.

Ella aceleró el ritmo y me corrí en su barriga.

–              Tenía yo razón queriendo follar con un hombre más joven que yo. –Me dijo mientras nos secábamos-.

Nos tumbamos en la cama para tomarnos las copas.

–              ¿Por qué os lleváis Laura y tú tan mal?

–              Antes de casarnos las dos éramos muy amigas. Conocimos juntas a Julián, su marido, que entonces era un encanto de hombre. Él se fijó primero en mí, pero ella maniobró para follárselo y después para engañarle diciéndole que estaba embarazada de él. Lógicamente rompí con Julián y la muy puta terminó casándose con él.

–              Y después de tantos años seguís peleadas.

–              Esa marranada no se le hace a una amiga.

Se quedó un rato callada pensando, luego me dijo:

–              Sabes Carlos, creo que debes follarte también a mi niña. Tiene que disfrutar de esto para que ponga el listón alto y no se conforme con cualquiera.

Cuando se fue Pepa me llamó mi madre:

–              Hola mamá.

–              Hola Carlos, ¿qué tal te va el trabajo?

–              Bueno no es gran cosa, pero no tengo otro por ahora.

–              Te llamaba, además de para saber de ti, porque el puente de agosto está ya aquí y quería saber si ibas a venir.

–              Creo que sí.

–              Estupendo.

–              Seguramente vaya con una vecina y buena amiga.

–              Sin problemas, a tu casa vienes.

–              Una cosita que creo debo decirte. Es mayor que yo unos quince años.

–              Carlos tus amistades las decides tú, no tu padre ni yo. Así que lo que tú decidas está bien para nosotros.

–              Gracias mamá, nos vemos pronto.

A la mañana siguiente Pepa tenía una sonrisa de oreja a oreja que no le pasó desapercibida a Laura. En un aparte oí que Laura le decía a Pepa:

–              Cacho puta, ya te lo has follado. ¿Verdad?

Pepa levantó las cejas, sonrió y le contestó:

–              Cacho puta serás tú, que tienes marido, aunque no te sirva más que para mantenerlo. ¿Desde cuándo no te folla como a mí me follaron ayer?

Laura se encaró conmigo y me dijo:

–              Me las vas a pagar y lávate bien la polla, que habrás cogido algo malo.

La mañana fue espantosa, menos mal que esa tarde empezaba el puente.

Como ni Julia ni yo teníamos coche nos fuimos en el tren hasta Jerez, luego en autobús hasta Atlanterra y finalmente en taxi hasta Bolonia. Una pesadilla de más de cuatro horas. Durante el viaje le conté el encuentro con mi tía y Luis y la conversación con mi madre. Julia se quedó más tranquila al saber que mi madre no había puesto ningún problema.

Llegamos pasadas las ocho de la tarde. Mis padres estaban en el jardín hablando con los vecinos, Rosa y Pepe, con los que, según me había enterado por Rosa, hacían comuna durante los veranos. Presenté a todos a Julia y nos saludamos con dos besos. Rosa y mi madre estaban en biquini y Pepe y mi padre en bañador debido al calor que hacía.

–              Bañaros que vendréis muertos del viaje. –Nos dijo mi padre-.

–              Vamos a dejar las cosas en la habitación y a ponernos los bañadores. –Le contesté-.

–              No tardéis mucho para que podáis bañaros antes de cenar. –Nos dijo mi madre-.

Subimos con las mochilas que llevábamos, mientras dejábamos las cosas en el armario y nos cambiábamos, Julia me dijo:

–              Están muy bien los cuatro, tienen que liar unos cachondeos entre ellos de mucho cuidado. Me gustaría llegar así a su edad, sobre todo por las ganas de cachondeo.

–              Y a mí.

Julia se puso un biquini bastante pequeño que resaltaba su bonito culo. Nos dimos un beso y bajamos a bañarnos con las camisetas al hombro. Yo me di un baño corto y me salí de la piscina, Julia se quedó un rato nadando. Rosa, Pepe y mi padre estaban muy enfrascados hablando de política. Me senté junto a mi madre.

–              Muy guapa tú amiga y parece muy simpática. Te vendrá muy bien.

–              ¿Por qué dices que me vendrá muy bien?

–              Una mujer madura tiene una visión de la vida mucho más formada que la mayoría de las chicas de tu edad. Si estás atento aprenderás muchas cosas de la vida, de las mujeres y hasta de los hombres. Oye y que además está todavía tremenda.

–              Gracias. ¿Y vosotros qué tal?

–              Muy bien. Pasamos unos veranos muy divertidos con Rosa y Pepe. Hemos hecho mucha amistad. –No sabía a qué se refería mi madre con la palabra divertidos-.

–              Estupendo. Me encontré a Rosa cuando estuve en Julio y estuvimos comiendo y cenando algunos días.

–              Me lo contó ella, me dijo que se lo pasó muy bien contigo.

–              Y yo con ella.

Cenamos los seis en el porche y Julia y yo nos retiramos temprano a mi habitación.

–              Mi madre tiene muy buena impresión de ti. –Le dije a Julia-.

–              Y yo de ellos cuatro. Saber que se lo montan entre ellos me ha despertado las ganas de experimentar cosas nuevas.

–              Por mí encantado.

La besé en la boca y comencé a acariciarla. Ella cogió mi mano y la llevó a su depilado chocho, que ya estaba lubricado.

–              Hazme un dedo –me pidió abriendo las piernas-.

La atraje hacia mí y mientras la besaba empecé a hacérselo. Ella gemía quedamente. Me cogió la polla que ya la tenía en erección, e inició un suave movimiento. Cambié a besarle las tetas y sobárselas con el brazo por detrás de su cabeza.

–              Sigue Carlos, que me voy a correr muy pronto.

Apreté más mis dedos sobre su clítoris y aceleré mis movimientos.

–              Bésame para que no se me oiga correrme. –Me dijo-.

La besé en la boca y ella aceleró el movimiento de su mano sobre mi polla a la vez que yo lo hacía sobre su chocho. Nos corrimos los dos juntos y nos quedamos descansando.

A la mañana siguiente me levanté temprano, la casa seguía en silencio. Bajé a la cocina y preparé café. Mientras se hacía miré hacia el salón y vi como Rosa, con el mismo biquini de la noche anterior, lo cruzaba en dirección al porche e imagino que a su casa. Me dio alegría que se lo pasaran tan bien.

Le subí un café a Julia.

–              ¿Quieres que vayamos a la playa? –Le pregunté-.

–              Vale, pero a la zona nudista, que me pone el cuerpo cachondo.

–              Cómo quieras.

Nos fuimos a la playa con la intención de desayunar en un chiringuito naturista. Al llegar al chiringuito mis padres estaban sentados desnudos, al menos, de cintura para arriba. Julia se bajó el pareo del pecho a la cintura y yo me quité el bañador, quedándome sólo con el pareo. Había visto a mi madre hacía años muchas veces haciendo toples en la piscina o en la playa. Nos vieron y nos indicaron que nos sentáramos con ellos. Nos acercamos y estaban los dos desnudos.

–              Buenos días –dijo mi madre incorporándose para darle dos besos a Julia-. ¿Qué tal habéis dormido?

–              Muy bien –le contestó Julia mientras se quitaba el pareo y lo colocaba sobre el asiento-.

–              Mujer lista, el nudismo es fantástico. Y tú Carlos, ¿también lo eres ahora?

–              Sí mamá –le contesté abriéndome el pareo una vez sentado-. Yo no sabía que vosotros lo fuerais.

–              Hace un par de años decidimos probar y estamos encantados. Nos insistió mucho tu tía Ana.

Julia y yo nos miramos, ¡la tía Ana tenía que ser! Después de desayunar nos fuimos los cuatro a la playa. Me sentía extraño al estar desnudo con mis padres, pero a la misma vez me gustaba tener con ellos esa intimidad. Desde luego tenía que reconocer que mi madre, con más de cincuenta y cinco años, se conservaba estupendamente.

–              ¿Juegas al mus? –Le preguntó mi padre a Julia-.

–              Y bastante bien –le contestó ella-. ¿No habrá partida por aquí?

–              Claro, podemos jugar con Pepe y Carlos, los dos son muy malos, pero que le vamos a hacer.

–              Papá ya está empezando la partida metiéndole miedo a los adversarios. Como somos tan malos vamos a jugar Julia y yo contra vosotros dos.

–              Ni para el mus me dejas ser pareja de esta chica tan guapa. –Dijo mi padre-.

–              ¿Por qué no te callas, que estás más bonito? –Le dijo mi madre, sabiendo que si mi padre se crecía no habría quién lo parase-.

Yo me subí de la playa con mi padre y ellas se quedaron tomando el sol.

–              Me gusta esta chica –me dijo mi padre-.

–              Es un encanto de mujer.

–              Hijo, yo estoy muy feliz con tu madre, pero no te eches novia, vive la vida y diviértete, ya tendrás tiempo de sentar la cabeza.

–              Eso mismo me dice mi amiga Antonia.

–              No sé quien es Antonia.

–              Una chica de mi edad que me tiene un poco pillado, pero dice lo mismo, que nada de novio o similar.

–              ¿Es guapa?

–              Preciosa.

–              Me la tienes que presentar.

–              Venga ya papá que tienes sesenta y tantos años.

–              ¿Y qué?

–              Estás cada día peor. ¿Qué ibas a hacer tú con una chica de veinte años?

–              Maravillas Carlos, maravillas.

–              Uff papá, estás más salido que yo.

–              Tú qué te crees, que porque tenga más de sesenta años no me siguen gustando las mujeres.

–              Sí, pero es que parece que cada día te gustan más.

–              Y así es, lo malo es que el cuerpo empieza a no querer colaborar.

Me había gustado la conversación con mi padre. En gran parte él me había inculcado el gusto por las mujeres.

Comimos en casa de Rosa y Pepe. Después de comer Pepe sacó la baraja y las piedras para jugar al mus y Rosa y mi madre se tumbaron al sol en el jardín de nuestra casa.

–              ¡Joder qué ganas tengo de una buena partida de mus! –Dijo al poner las cosas en la mesa-. ¿Cómo jugamos?

–              Julia y yo jugamos de pareja y lo demás como siempre –le contesté-.

–              ¿Por qué no quieres jugar de pareja con tu padre y yo juego con Julia? –Preguntó Pepe-.

–              Porque no –corté la discusión-.

Empezamos a jugar y era verdad que Julia jugaba francamente bien. Los otros tres metíamos la pata cada vez que podíamos, que era con bastante frecuencia. Ganamos, bueno mejor ganó Julia, y dijimos de subir a echar una siesta. Cuando pasamos de un jardín a otro, Rosa y mi madre estaban desnudas tomando el sol. Julia empezó a hablar con ellas y al final me dijo que me subiera yo, que ella iba a tomar un poco el sol también y luego subiría. La deje allí y me subí yo solo. Me dormí y no sé cuánto tiempo después me despertó Julia.

–              Carlos, me ha dicho Rosa que te dijera que iba a tomar el sol en su jardín. No entiendo por qué tenía que decírtelo.

–              Rosa ha tenido siempre la costumbre de tomar el sol en su jardín a la hora de la siesta, cuando yo era un adolescente la espiaba y día sí día también me hacía una paja. Hace unos días cuando nos encontramos aquí, me confesó que ella veía como me la hacía y se ponía muy caliente de saber que yo me excitaba con ella.

–              Pues mírala, ahí está ya. Te entiendo, la verdad es que resulta muy excitante, es una mujer de lo más atractiva.

Me levanté y me puse al lado de Julia a mirar por la ventana. Ver de nuevo a Rosa tomando el sol en biquini produjo que empezara a empalmarme. Puse mi brazo en la cintura de Julia, que no dejaba de mirar por la ventana. Yo sabía que Rosa nos veía perfectamente.

–              Hasta ahora nunca me había sentido atraída por otra mujer y me gusta sentir la excitación que tengo ahora por ella. –Me dijo Julia-.

–              Ella nos está viendo, vamos a devolverle la excitación.

Le dije a Julia empezando a hacerme una paja lentamente.

–              Me está poniendo mucho verla a ella así tomando el sol y a la misma vez verte a ti haciéndote una paja. –Dijo Julia metiendo su mano bajo la braga de su biquini-.

–              Creo que hoy Pepe va a follar a base de bien con Rosa.

Julia movía su mano bajo la braga a la misma vez que se sobaba las tetas. Rosa debía estar ya muy excitada, cogió el bote de aceite solar y empezó a dejarlo caer por su cuerpo, esparciéndolo con la otra mano. Luego dejó el bote en el suelo y siguió sobándose con las dos manos.

–              Carlos estoy a punto de correrme. Córrete conmigo.

Yo estaba también a punto, ver a Rosa sobarse y a Julia haciéndose un dedo me estaba calentando más de la cuenta. Aceleré el ritmo de la paja y cuando escuché a Julia decir:

–              ¡Ahora, ahora, aaaagggg, Carlos me corro!

Me corrí a grandes chorros sobre el suelo como cuando era un adolescente. Al poco Rosa se levantó y entró en la casa. Pepe iba a tener mucha suerte.

Pasamos otros dos días fantásticos en la casa de la playa y además tuvimos la suerte de hacer el viaje de vuelta con mis padres, que tenían que hacer gestiones al día siguiente en Sevilla.

Al llegar a casa le propuse a Julia tomar una copa para concluir el fin de semana.

–              Carlos ha sido una experiencia fantástica. Quiero hacer un trío contigo y estar con otra mujer.

–              Me encantaría. Las candidatas podrían ser mi amiga Antonia, una mujer que te gustaría mucho y tú a ella, pero que está a cuatrocientos kilómetros o mi tía Ana, pero no quiero tener muchos líos con ella. Déjame que hable con Antonia, a ver si nos podemos ver a mitad de camino.

–              No tengo prisa, llevo cuarenta años sin hacerlo, puedo esperar unos días más.

Julia me dio un beso en la boca, una cosa llevó a la otra y terminamos durmiendo juntos en contra nuestra costumbre.

Cuando iba al trabajo a la mañana siguiente, pensé en cómo estaría el ambiente en el mercado después del puente. Como era lunes Pepa no abriría la pescadería y podría estar más tranquilo.

Nada más llegar ayudé a Laura a descargar la mercancía de la furgoneta. Estaba guapa y con el movimiento para colocar las cajas, pude ver que lo más que podría llevar bajo la bata serían las bragas. De vez en cuando me pillaba mirándole el escote, cosa que no debería extrañarla porque lo hacía toda su clientela masculina y sobre todo Mariano el carnicero.

–              Ya que hoy no está la Pepa aprovecha y ordéname el almacén. –Me dijo después de desayunar-.

En eso estaba cuando entró Laura y cerró la puerta.

–              No me mires las tetas de tapadillo, cuando me las puedes mirar directamente. –Se abrió la bata como la otra vez, pero ahora llevaba un tanga negro-.

Desde luego no se podía negar que tenía unas buenas tetas. Se quedó con la bata abierta.

–              ¿Por qué te follas a la Pepa y a mí no?

–              Yo no hablo de lo que hago o dejo de hacer con otras personas.

–              Tú no, pero ella sí.

–              Porque tú estás casada y ella no.

–              ¡Eso que tendrá que ver, eso es cosa mía! Sigo casada para no darle el gusto a la Pepa.

–              No parece una razón muy sólida para joderte tú sola la vida.

–              Tampoco quiero volver a casa todos los días y encontrarme sola.

Trataba de mirarla a los ojos, pero su cuerpo y sus tetas me tentaban demasiado como para no mirarlos también.

–              Búscate a otro hombre con el que puedas ser feliz. –Le dije-.

–              Como que eso es tan fácil a mi edad.

–              Eres una mujer atractiva y muy vistosa. Además tienes tu propio medio de vida, no tienes que depender de nadie.

Verla así con la bata abierta y sólo con el tanga estaba haciendo que comenzara a empalmarme, lo que no pasó desapercibido para Laura. Que centró su mirada en mi entrepierna.

–              Creo que tu cabeza no querrá follar conmigo, pero tu polla sí. –Me dijo poniendo su mano en mi entrepierna-. No está nada mal de tamaño.

–              Laura no sigas, por favor.

–              Cómeme las tetas –me pidió-.

–              Laura si esto fuera al revés sería claramente un abuso, piénsalo.

–              No quiero pensar, quiero follar.

–              Laura tienes el puesto abandonado –le dije, a ver si por ahí me dejaba-

–              Si no quieres comerte mis tetas, déjame que yo te coma la polla –me dijo abriéndome el pantalón y cogiéndome la polla bajo los boxes-.

Se puso en cuclillas, me bajó los pantalones y los boxes y empezó a hacerme una mamada de escándalo, lo mismo me lamía el capullo, que toda la polla y los huevos o que se la metía casi entera en la boca. Ella se sobaba las tetas y bajó una mano hasta el chocho para tocárselo por encima del tanga. Me estaba poniendo muy caliente, aunque también estaba muy cabreado con ella.

–              No sigas Laura –le dije-.

–              Eso díselo a tu polla –me contestó-.

–              Laura si sigues me voy a correr.

–              Córrete en mi boca, me gusta recibir los chorros de semen.

No lo pude evitar y me corrí en su boca. Cuando terminé de correrme se lo tragó todo, después me limpió el capullo con la lengua y se incorporó.

–              Hoy te has librado de follarme porque tengo la regla, la próxima vez no te libras.

Se cerró la bata y se fue del almacén, dejándome con los pantalones bajados y la polla fuera. Esa mujer iba a conseguir que tuviera que dejar el trabajo.

A mediodía llamé a Antonia.

–              Hola preciosa.

–              Hola Carlos, ¿qué tal van tus líos?

–              Pues cada vez peor, esta mañana me ha asaltado la verdulera. Si las cosas siguen así voy a tener que dejar el trabajo, con la falta que me hace el dinero.

–              No seas tan exagerado, tú no sabes lo que tenemos que aguantar las mujeres.

–              No, pero me he hecho una idea bastante próxima esta mañana.

–              ¿Es atractiva?

–              Sí, bastante.

–              Pues fóllatela, ¿qué trabajo te cuesta?

–              ¿Tú follas con todos los tíos atractivos?

–              Con unos sí y con otros no.

–              ¿Cómo tienes el fin de semana que viene?

–              Imposible. ¿Por qué?

–              Julia, ya sabes mi vecina, tiene ganas de hacer un trío y había pensado en ti.

–              Gracias por acordarte de mí para esas cosas, pero estoy de trabajo hasta arriba y más los fines de semana. Cuando pase agosto no te digo yo que no me apetezca.

–              ¡Qué le vamos a hacer! Cuídate mucho y un besito en tu chochito.

–              Se lo daré luego en casa de tus partes.

Después de la siesta vino a verme Julia.

–              Julia no sé qué hacer. La verdulera me ha asaltado hoy otra vez y me he librado de que me follase porque tenía la regla. Es una mujer atractiva, pero joder, es que más o menos me ha violado. Ya sabes tú lo que a mí me gustáis las mujeres y sobre todo las maduras, pero es que odio que me traten como un nabo con piernas.

–              Carlos tu eres consciente de lo que tenemos que pasar las mujeres. ¿Tú sabes cuantos me acosan en el bufete desde que se enteraron que me había divorciado? Pues todos los jefes y la mitad de los empleados.

–              Es una vergüenza que estemos así.

Llamaron al portero automático.

–              ¡Joder ya están aquí Pepa o Pepita!

–              No te quejes que Pepita es un dulce y Pepa me has dicho que tiene su morbo.

–              ¿Sí? –Dije por el portero-.

–              Abre Carlos, soy Pepita, mi madre hoy está de funeral, así que no nos joderá como el otro día.

–              Pepita, ¿es qué tú no tienes otra cosa que hacer?

–              Mejor que venir a verte, no.

Terminé abriéndole.

–              ¿Quieres que me vaya? –Me preguntó Julia-.

–              A esta la vamos a enseñar bien. ¿Te apetece un trío con ella?

–              Me gustaría con una mujer con más experiencia, pero esta tarde no tengo otra cosa que hacer.

–              Métete en el baño y deja la puerta entornada.

Volvió a sonar el timbre, esta vez el de la puerta. Abrí, Pepita venía con el mismo vestido veraniego del otro día.

–              Buenas tardes Carlos, ya sé que mi madre folló contigo el otro día.

–              ¿Y por qué lo sabes?

–              Porque me lo ha contado ella y también me ha dicho que se lo pasó muy bien.

–              Las mujeres habláis demasiado entre vosotras.

–              El otro día nos interrumpió mi madre cuando te había propuesto chupártela. ¿Te has pensado la respuesta? –Pues sí que venía directa-.

–              ¿Sólo chupármela? –Le dije acercándome a ella y besándola-.

–              Si quieres más, por mí encantada.

Le bajé la cremallera que el vestido tenía en la espalda y ella lo dejó caer. Sólo llevaba un pequeño tanga blanco, desde luego estaba buenísima. Volví a besarla cogiéndole el culo y apretándola contra mí. Sus tetas estaban durísimas. Ella puso su mano en mi entrepierna y yo se la retiré suavemente. Me senté en el sofá, la puse de espaldas y le bajé el tanga. Tenía un culo duro, respingón y en forma de pera, que comencé a besar y a morder. Llevé una mano a su chocho y gimió cuando se lo toqué. Luego le di la vuelta para besarle el vientre y el chocho. Me levanté para llevarla hacia la cama. Yo estaba completamente empalmado bajo los pantalones. La tumbé en la cama boca arriba y cogí del cajón de la mesilla de noche el antifaz que a veces utilizaba para dormir y se lo puse.

–              Huy como en las sombras de Grey, Carlos esto me pone mucho, estoy muy caliente.

Mientras me desnudaba vi que Julia ya desnuda se acercaba a la cama.

–              Pepita cuando te presentas en una casa sin avisar, te puedes encontrar con alguna sorpresa. Afortunadamente para ti va a ser una sorpresa estupenda. –Le dije-.

Ella hizo intención de quitarse el antifaz, pero le sujeté las manos.

–              No, todavía no. Mi amiga Julia prefiere que no la veas todavía.

–              ¿No estamos solos? –Preguntó-.

–              No, tenemos una estupenda compañía femenina. ¿Has hecho alguna vez un trío?

–              Nunca, pero es una de las fantasías con las que más dedos me hago.

–              Ves como has tenido suerte.

Me puse sobre su cabeza mirando su cuerpo, bajé mi polla que estaba a reventar de dura y se la metí en la boca mientras le sobaba las tetas. Julia se puso de rodillas entre sus piernas abiertas y empezó primero a acariciarle el chocho con las manos y luego a lamérselo. Pepita gemía cuando podía con mi polla en la boca. Julia había llevado una mano a su chocho y se acariciaba lentamente. Saqué mi polla de la boca de Pepita y le puse los huevos en sus labios para que me los lamiera.

–              Ya me dijo mi madre que ibas depilado, que gusto da chupar así unos huevos. –Dijo cogiéndome la polla con su mano y empezando a hacerme una paja con una energía excesiva-.

–              Más despacio Pepita, no queremos terminar pronto, sino pasar una buena tarde.

Seguimos así un rato hasta que Pepita dijo:

–              No pares de chuparme el coño, es la primera vez que me lo hace otra mujer y noto que me voy a correr pronto.

–              ¿Te puedes correr varias veces? –Le preguntó Julia-.

–              No lo sé, pero creo que hoy sí.

Estaba en la gloria con Pepita chupándome los huevos, mientras me la meneaba y viendo como Julia le comía el chocho a ella.

–              ¡Me voy a correr, sigue, sigue! Suelto muchos jugos cuando me corro. ¡Aaaagggg, ya, que bueno, que rico, aaaaggg!

Julia cogió un buen lametón de los jugos de Pepita, se incorporó y me besó en la boca, pasándome parte de los jugos. ¡Vaya si producía jugos Pepita! Nos pusimos sobre el cuerpo de Pepita y seguimos besándonos.

–              Me encanta esto del trío, estoy tan caliente que me voy a correr. Déjame que le ponga el chocho en la boca a ella. –Me dijo Julia-.

Me quité de en medio y Julia avanzó hasta sentarse en la boca de Pepita que comenzó a lamerle el coño de inmediato, mientras nos besábamos. Sentía la tensión en la boca y en el cuerpo de Julia, que pronto gritó:

–              ¡Aaaagggg, sigue que voy a correr, sigue, sigue, aaaaggg!

Me acordé del trío que había hecho en la casa de la playa con Antonia y mi tía Ana y todavía me excité más. Me jalé varias veces la polla y me corrí sobre las tetas de Pepita y la barriga de Julia.

Nos quedamos los tres un rato tumbados en la cama descansando. Julia le quitó el antifaz a Pepita, le dio un beso en la boca y le dijo:

–              Vamos a tener que ducharnos.

–              De mayor nunca me he duchado nadie.

–              Tampoco ni tú ni yo habíamos hecho nunca un trío hasta hoy, siempre hay una primera vez para todo.

Se levantaron de la cama para ir al baño.

–              ¿Os acompaño? –Les pregunté-.

–              Si quieres, pero esta vez sólo para mirar.

Ellas siguieron andando cogidas por la cintura. Sus culos eran preciosos. Mi apartamento tiene un baño extrañamente grande para su tamaño, así que tiene un plato de ducha amplio con una mampara de cristal.

–              Voy a orinar –dijo Julia acercándose al inodoro-.

–              No, méate en la ducha conmigo –le contestó Pepita-.

–              Bueno, suena bastante sucio.

Me senté en la tapa del inodoro para verlas. Todavía tenía la polla como un palo. Abrieron el agua de la ducha y Julia descolgó el rociador. Se abrazaron y empezaron a besarse en la boca. Sus tetas se apretaban y sus vientres se rozaban. Julia desvió el rociador y empezó a mear sobre las piernas de Pepita, que no tardó ni dos segundos en empezar a mear sobre las piernas de Julia.

–              Me encanta esta guarrería –dijo Julia-. Carlos esto tenemos que hacerlo tú y yo.

Cuando terminaron de mear Pepita cogió el bote de gel y fue enjabonando a Julia desde el cuello hasta los pies. Julia disfrutaba de forma evidente del sobe que le estaba dando Pepita. Cuando Pepita terminó de enjabonarla le pasó el bote a Julia que hizo lo mismo que ella antes. Luego Julia se puso detrás de Pepita y le fue sobando las tetas y el chocho. Pepita comenzó a gemir.

–              Me gusta mucho, Julia. Siento algo especial con que sea una mujer quien me esté dando este placer.

–              Y yo también siento algo especial al dártelo. Date la vuelta.

Pepita se dio la vuelta, Julia agarró su culo y puso la boca en su chocho.

–              ¡Aaaagggg! –Exclamó Pepita-. Por Dios me encanta, estoy caliente como nunca antes. Ven a besarme y sigue con tus dedos.

Julia se incorporó y volvió a besarla mientras ambas se sobaban mutuamente el clítoris. ¡Yo estaba ya otra vez como una moto! Comencé a pajearme sin quitarles la vista de encima.

–              Túmbate en el suelo –le dijo Julia a Pepita-.

Julia se puso a su lado de rodillas, le abrió las piernas para llegar bien a su chocho y ella hizo lo mismo para que Pepita le sobara el suyo.

–              Julia me voy a correr otra vez.

–              Pues ya sabes que puedes correrte más de una vez en un rato. Yo también estoy a punto.

–              ¡Sigue, por lo que más quieras!

–              ¡Ahora mismo lo que más quiero es correrme, así que sigue acariciándome!

Yo también estaba a punto de correrme otra vez viendo a aquellas dos mujeres follándose.

–              ¡Me corro, me corro, me corro! –Gritó Pepita-.

–              ¡Y yo, sigue, sigue, sigue, aaaagggg! –Le contestó Julia-.

Me levanté y me metí como pude en la ducha.

–              ¡Incorpórate Pepita! –Le dije-.

Ella se incorporó, yo le metí la polla en la boca y cogiendo su cabeza empecé a follársela fuera de mí, hasta que me corrí dando voces. Nos quedamos los tres sentados en el plato de ducha tratando de recuperar el aliento.

–              ¡Joder que barbaridad, esto sí es follar y no lo que me hacen los colegas! –Exclamó Pepita al rato-.

Nos dimos un agua en la ducha, nos secamos mutuamente y salimos al salón. Tomamos una copa los tres desnudos y cuando terminamos la copa, Pepita dijo:

–              ¿Echamos otro?

–              Julia si a ti te apetece, iros a tu casa, yo por hoy ya no puedo más.

Se miraron entre ellas, se vistieron, me dieron un beso y se fueron. Yo me tiré en la cama a dormir y a descansar la polla.

A la mañana siguiente Pepa llegó temprano al mercado. No la acompañaba Pepita.

–              ¿Sabes algo de Pepita, no ha venido a dormir? –Me preguntó mientras descargábamos la furgoneta-.

–              No y no sé porqué tendría que saberlo.

–              Pues porque ayer tarde me dijo que iba a ir a tu casa.

–              De verdad que me siento un juguete sexual vuestro. –Le dije ya un tanto enfadado-.

–              ¿Pero sabes algo de ella o no?

–              De mi casa se fue sobre las nueve de la noche, a partir de esa hora no sé nada más de ella.

¡Joder con la madre y la hija! Cuando fui a desayunar estaba Maribel, la dependienta de la floristería, en el bar. Nos saludamos y me hizo el gesto de que me sentara con ella.

–              Vaya el mes de agosto que están dando entre las tres. –Me dijo-.

–              No sé a qué te refieres.

–              Carlos, está bien que seas tan discreto, pero de sobra lo sabes. Tú no las escuchas cuando no estás delante. Hasta a mí me está dando curiosidad de lo qué les das.

–              No Maribel, no empieces tú también.

–              No te preocupes, que mis gustos no van por ahí. -Menos mal, pensé-. Carlos el mes de agosto en Sevilla es muy aburrido y para quitarse el aburrimiento se apostaron entre ellas, cuál se acostaba contigo primero.

–              No puede ser.

–              Pues lo es, así que ya sabes lo que hay.

Yo había escuchado de apuestas así entre hombres, pero no entre mujeres. Me quedé petrificado.

–              ¿Pero Pepita también participa en la apuesta?

–              Claro, desde el primer día.

Lo dicho antes, ¡Joder con la madre y con la hija! Cuando terminé de desayunar ya había llegado Pepita, con una sonrisa boba de oreja a oreja. Las miré a las tres. No me podía creer la que me habían liado para quitarse el aburrimiento. Me acordé de la frase de mi tía Ana, de que si estaba aburrido me diese con una piedra en la espinilla. Me las iban a pagar todas juntas y con la medicina que más les gustaba.

Por la tarde llamé a mi amigo Luis.

–              ¿Qué pasa monstruo? –Me dijo al descolgar-.

–              Te quería pedir un favor.

–              Sin problemas, ya sabes que te debo uno muy grande.

–              Tengo que faltar el jueves y el viernes al trabajo y quería que me sustituyeras.

–              ¿Qué tengo que hacer?

–              Mover cajas de un lado a otro.

–              No parece muy complicado.

–              Te tengo que decir algo más. Las pescaderas y la verdulera son unas calentorras de mucho cuidado.

–              Mejor me lo pones.

–              Ahí está la cuestión. No puedes hacer nada con ellas y entiende nada es nada.

–              ¡Carlos coño, que tu tía me tiene muy abandonado!

–              Pues te matas a pajas. Luego tendrás tu recompensa, pero durante la sustitución nada. ¿Entendido?

–              Vale, entendido.

–              Ah otra cosa, no les des el móvil, si te lo piden les dices que lo has perdido o lo que se te ocurra.

–              Joder, que misterioso te pones a veces.

Colgué y llamé a mi tía Ana.

–              Hola Carlos.

–              Hola Ana.

–              ¿Te has enterado que tu tío se ha lesionado?

–              No, pero esta vez es de verdad o como la otra vez.

–              De verdad de la buena, fíjate que ha tenido que suspender un viaje que tenía con sus amigos y me ha jodido todos los planes que yo también tenía por mi cuenta. ¿Qué quieres?

–              Pedirte un favor. Me dijiste el otro día que conocías a las placeras del mercado.

–              Si a Pepa y a Laura.

–              Verás tengo que faltar el jueves y el viernes al trabajo y me va a sustituir Luis, ¿podrías recomendárselo para que no le den mucha guerra?

–              Por supuesto que sí.

–              Bueno, gracias y dile a mi tío que se mejore.

Conociendo a mi tía, sabía que no iba a poder callarse el tamaño de la polla de Luis en la recomendación.

Luego llamé a Antonia, ya que iba a faltar dos días podría ir a verla si ella tenía algo de tiempo libre.

–              Hola guapa.

–              Hola guapo. ¿Cómo te siguen tratando las placeras?

–              Un poco más tranquilas, ya te contaré detenidamente con más tiempo.

–              ¿Cómo tienes el jueves y el viernes?

–              En principio libro los dos días, así que bien.

–              Estaba pensando en ir a verte.

–              Estupendo y tráete a tu vecina, que tengo muchas ganas de pasar un buen rato.

–              Se lo diré a ver si puede faltar en su trabajo esos días. Ella también tiene ganas de conocerte.

–              Te lo confirmo y besitos para tu chochito.

–              Igualmente para tu pollita.

Fui a ver si Julia estaba en su apartamento.

–              Hola Carlos, pasa. –Me dijo dándome un beso en la boca-.

Llevaba sólo una camiseta muy holgada.

–              Voy a tomarme el jueves y el viernes libre, si tú puedes tomártelos te invito a ir a Almería.

–              Si puedo, pondré cualquier excusa, además me deben un montón de días de vacaciones y no hay nada que hacer durante este mes.

–              Voy a tratar de sacar los billetes de avión, sino perdemos dos días en el viaje.

–              Hazlo desde mi ordenador, lo tengo encendido.

Mientras buscaba, le pregunté a Julia.

–              ¿Qué tal ayer?

–              Me encantó lo del trío, me produjo una excitación tremenda.

–              ¿Y con Pepita luego?

–              También muy placentero, pero con una energía excesiva para mí sola. Fíjate que no me puedo poner ni el tanga.

–              Tenemos suerte hay pasajes para el vuelo de mañana por la noche y para regresar el domingo por la mañana.

Concertamos los detalles para el día siguiente y la deje en su apartamento con el chocho dolorido.

A la mañana siguiente a primera hora les dije a los placeros que tenía que faltar dos días, pero que ya había buscado un sustituto para esos dos días, me pusieron un poco de mala cara, pero yo no les di opción a decir que no. Poco después de decírselo apareció mi tía Ana. Después de saludarme se juntaron Pepa, Laura y ella en un rincón del mercado. La veía gesticular mucho con ellas y en un momento de la conversación separó las manos debiendo indicar el tamaño de la polla de Luis. Pepa y Laura desorbitaron los ojos, negaron con la cabeza y mi tía separó otra vez las manos y afirmó con la cabeza. Al cabo del rato se despidieron, mi tía Ana me hizo señas de que se marchaba y se fue del mercado. ¡De puta madre!

El siguiente paso que iba a dar era quitarme las ganas de follar con Laura. Estuve rondando por su puesto bajo la atenta mirada de Pepa y Pepita.

–              ¿Quieres que te traiga algo del almacén? –Le dije-.

–              Vamos ahora que no tengo clientela y te indico lo que quiero. Ya no tengo impedimentos menstruales.

Entramos en el almacén y cerró la puerta. La besé en la boca en cuanto cerró la puerta.

–              ¿Qué ha pasado del otro día a hoy?

–              He pensado en lo que me dijiste de que tú matrimonio no era cosa mía y creo que tienes razón.

Mientras hablaba con ella le fui desabotonando la bata e iba completamente desnuda debajo. Ella puso su mano sobre mi entrepierna. Yo ya estaba bastante empalmado. Cogí sus hermosas tetas, las apreté y metí la cabeza en medio.

–              Tienes unas tetas para volver loco a cualquiera.

–              Agárralas bien, me gusta que me las aprieten y me coman los pezones. Deja que te coja la polla. –Dijo soltándome los pantalones y metiendo su mano bajo los boxes-. La tienes muy dura ya, ¿es qué te excito?

–              Mucho Laura, me pones mucho.

Fue a quitarse la bata, pero le cogí las manos.

–              Déjatela puesta, me resulta muy morboso.

–              Así que te gusta el fetichismo.

Le di la vuelta, le aparté la bata para ver su imponente culo de mujer madura, le pegué la polla al culo y ella gimió con fuerza. Llevé mi mano a su chocho y estaba empapado. Luego ella se volvió, se puso en cuclillas y se metió mi polla entre sus tetas, apretándolas con fuerza y moviendo las manos en círculos.

–              Me encanta que me hagas una cubana.

–              Me voy a correr sólo de sentir tu polla entre mis tetas.

–              Hazlo.

–              ¡Por Dios, que palo tienes! ¡Ahora, ahora, ahora!

La levanté, me puse en cuclillas y metí mi boca en su chocho peludo, para lamer su clítoris y probar sus jugos.

–              ¡Para, para, para un momento!

–              No voy a parar, quiero que te corras otra vez.

Me incorporé y la puse de espaldas a mí, apoyando su barriga sobre unas cajas de naranjas. Le desplacé la bata y le di varios cachetes fuertes en su culo, luego cogí mi polla y se la metí de una vez en su coño.

–              ¡Aaaagggg! –Gritó-.

–              Calla que te van a oír.

–              ¡Pues que me oigan!

Sus grandes tetas le colgaban al otro lado de las cajas, se las agarré y se las apreté con fuerza, mientras seguía bombeando en su chocho.

–              ¡Qué bueno, qué bien follas, si sigues me voy a volver a correr!

–              Eso quiero.

–              No te corras dentro.

El ritmo del bombeo lo hacía cada vez más rápido y con más recorrido. Ella gemía cada vez más fuerte. Le tapé la boca para que no la oyera todo el mercado. Aún así la escuché gritar:

–              ¡Me corro otra vez, sigue, sigue, no pares, aaaagggg!

Ya también estaba a punto, esperé a que terminara de correrse, se la saqué y le dije:

–              Cómemela.

Ella se puso de rodillas y se la metió en la boca, agarrándomela con la mano. Me corrí en su boca, mientras ella me apretaba los huevos y se tragaba mi semen. ¡Joder que pedazo de polvo habíamos echado!

Al cabo del rato, se levantó, se cerró la bata, se arregló mínimamente el pelo y salió mientras yo me subía y me cerraba los pantalones. Cogí unas cuantas cajas y salí del almacén. Dio la casualidad de que las cajas que había cogido eran de limones, que era el montón más alto de todo el puesto. No le faltó tiempo a Pepa para decirle:

–              ¿Cuántos limones piensas vender hoy, so zorra?

Ya se había vuelto a liar entre ellas que, además de follarme a Laura, era lo que yo pretendía.

Sobre las ocho de la tarde Julia y yo nos fuimos al aeropuerto, cogimos el avión a las nueve y cuarto, a las diez y poco llegamos y nos estaba esperando Antonia. Después de besarnos y de que le presentara a Julia, dijo:

–              Le he pedido a una amiga un apartamento que tiene en Vera, así que podremos estar en la playa hasta el sábado a medio día, que tengo que entrar a trabajar.

–              ¡Qué bien! –Exclamó Julia-.

–              ¿Por dónde está? –Le pregunté a Antonia-.

–              Al lado del hotel en el que nos alojamos con el viaje del INSERSO. Zona naturista. ¿Tienes algún problema Julia?

–              En absoluto, me encanta estar desnuda –le contestó Julia-.

En poco menos de una hora llegamos al apartamento. Antonia aparcó el coche dentro de la urbanización, cogimos nuestro escaso equipaje y nos dirigimos al apartamento. Escuchamos a gente hablar y miramos que pasaba. Un grupo de personas desnudas se bañaban en la piscina de la urbanización.

–              ¿Nos damos un baño antes de subir? –Propuso Antonia-.

–              Me parece buena idea, así nos quitamos el calor. –Le respondió Julia-.

Nos desnudamos, dejamos nuestras cosas al lado de una tumbona y nos metimos en la piscina. El grupo de gente era bastante variopinto, españoles y extranjeros, jóvenes, maduros y jubilados, y charlaban mucho entre ellos. Al rato se nos acercó una mujer rubia entrada en carnes.

–              ¿Tú debes ser Antonia, la amiga de Lola?

–              Sí.

–              Yo soy Paqui, -le dijo, dándole dos besos- es que me dijo que vendrías a pasar unos días. Si os hace falta cualquier cosa, dímelo.

–              Muchas gracias Paqui.

Nos agrupamos los tres en un rincón de la piscina con el agua por la cintura. Se veía feliz a Julia.

–              Me encanta el sitio y la libertad de la gente. –Dijo Julia y nos dio un suave beso en los labios a los dos-.

Se me acercó un hombre mayor y me dijo con mucho acento centro europeo:

–              ¡Qué suerte tienes amigo!

–              Tienes razón, tengo mucha suerte.

Cogí a las dos por la cintura y pensé que desde me había dejado mi novia, Cristina, hacía unos meses, había tenido una suerte increíble con las mujeres. Nos salimos de la piscina, nos medio secamos al aire, cogimos nuestras cosas y subimos al apartamento.

El apartamento estaba muy bien con una terraza a la entrada, un solárium en la planta de arriba y una gran bañera redonda en el baño. Sin embargo, no tenía más que un dormitorio con una cama de unos dos metros. Bueno ya veremos cómo nos organizamos, pensé.

Nos sentamos en la terraza a charlar y a picar algo de comer que Antonia se había traído. Cuando terminamos estaba bastante cansado, además quería que se conocieran entre ellas, así que les dije que me retiraba a dormir y las deje en la terraza, tras besar a las dos.

Me despertó Antonia, no sabía qué tiempo había pasado desde que me había dormido.

–              ¿Qué pasa, ya no te gusta mi chochito? –Me dijo acariciándome la polla-.

–              ¿Por qué lo dices? –Le contesté poniéndome de lado para mirarla-.

Noté que Julia debía estar detrás de mí, pues pego su cuerpo a mi espalda.

–              ¿No tenéis sueño? –Les pregunté de broma-.

–              No mucho –dijo Antonia sin parar de acariciarme la polla, que estaba empezando a estar en erección-.

Me puse boca arriba para poder mirar a las dos. Julia pasó sobre mí para poder besar a Antonia y llevó también una mano a mi polla. Estaba en otro mundo viendo a esas dos bellezas besarse y las dos acariciándome la polla. Cuando ya tenía la polla como un hierro Antonia se puso sobre mí y se la metió en el chocho.

–              Uuumm, echaba de menos tu pollita de diario. –Me dijo-.

–              Y yo a tu chochito mojadito.

Julia se puso sobre mi cabeza mirando a Antonia, me puso el chocho en la boca y volvió a besar a Antonia. Parecía que las dos habían trabado una buena relación. Mi legua y mis manos trabajaban el chocho de Julia y Antonia se movía lentamente hacia adelante y atrás ensartada en mi polla. Pensé que ellas me estaban utilizando para su placer y me encantó sentirme un hombre objeto, pero sólo para ellas. No podía ver nada, pero las oía como se besaban y como gemían. Julia movía sus caderas para mover su chocho por mi boca. Yo empezaba a estar muy caliente como para aguantar mucho más. Julia dijo:

–              Me voy a correr muy pronto. ¿Cómo estáis vosotros?

–              Yo no voy a tardar –le respondí-.

–              Yo tampoco –dijo Antonia-.

Subí los brazos para coger las tetas de Julia y me encontré con las manos de Antonia que ya se las estaba amasando.

–              ¡Aaaagggg, me corro, sigue Carlos, sigue, no pares de comérmelo!

Antonia incrementó el ritmo de sus movimientos y empezó a subir y bajar sobre mi polla.

–              Córrete Carlos, córrete, quiero sentir tus chorros cuando me corra.

Me corrí como si llevara un mes sin correrme.

–              ¡Aaaagggg, qué me gusta sentir como te corres en mi interior, me corro, me corro!

Ambas cayeron sobre la cama. Al rato les pregunté si querían otro.

–              Carlos esta ha sido nuestra tercera corrida o te crees que hemos estado jugando al ajedrez mientras dormías. –Me contestó Antonia-.

Pues sí que habían trabado una buena relación.

Nos dormimos sobre las cuatro, me despertó el móvil, las deje en la cama y salí al salón a cogerlo. Eran las nueve y media y Luis quien me llamaba.

–              ¿Qué pasa Luis, que no llevas ni dos horas?

–              Carlos esto no se le hace a un amigo.

–              ¿El qué?

–              En poco más de una hora y media me han asaltado las tres, que además están un rato buenas, cada una a su manera.

–              Ya te dije que eran tres mujeres muy calientes, pero tú te tienes que mantener inquebrantable.

–              ¿A qué tú ya has follado con las tres?

–              Eso no se pregunta.

–              La verdulera me ha metido en el almacén, se ha abierto la bata con el pedazo de tetas que gasta y me ha pedido que me la folle, he tenido que salir corriendo empalmado.

–              No te quejes más Luis, esas son las condiciones del favor que te he pedido.

–              Y los ojitos que pone la hija de la pescadera, que es que no se puede estar más buena.

–              Luis, te voy a tener que recordar quién te presentó a Ana.

–              Vale, vale, pero de todas formas esto no se le hace a un amigo caliente como yo. Esto va a ser muy largo para mí. ¡Coño, que después de lo de la verdulera me he tenido que hacer una paja!

–              Venga ya Luis. No se te ocurra darle ningún dato tuyo a ninguna, ni dirección ni teléfono ni nada.

Colgué y me reí del pobre Luis, joder que dos días le iban a dar entre las tres, sabiendo además lo que tenía entre las piernas.

Hice café y me senté en la terraza a tomármelo. Desde la terraza se veía la calle, aquello era un auténtico cachondeo, unos iban en pelotas, otros con pareo, otros en bañador y otros vestidos, tanto ellas como ellos. Me divertía esa sensación de un trozo de ciudad, en el que la ropa era completamente prescindible. Pensé que mis padres estarían encantados en este sitio.

La primera que se levantó fue Julia, me saludó desnuda desde dentro del apartamento.

–              Ven, he puesto las tazas y la cafetera en la terraza.

–              Espera que me ponga algo.

–              No hace falta, puedes salir desnuda.

Julia salió a la terraza, miró hacia la calle y cuando vio como iba la gente exclamó:

–              ¿Pero esto qué coño es? Yo creía que la gente se empelotaba en la playa, pero no para ir por la calle. Yo quiero ir desnuda por la calle como ellos.

–              Ahora cuando vayamos a desayunar y a la playa.

–              Me encanta esto, esto sí es otro mundo.

–              Dame un beso anda.

Se acercó a mí y me dio un largo beso en la boca. Antonia no tardó en aparecer por la terraza con una taza de té en la mano.

–              ¿Vamos a desayunar y a la playa?

–              De acuerdo –le respondí-.

–              ¿Puedo ir desnuda? –Preguntó Julia-.

–              Puedes ir como quieras –le respondió Antonia-.

Bajamos, Antonia y yo íbamos con pareo y Julia desnuda con el pareo en la bolsa de playa. Desayunamos en el chiringuito y después fuimos a la playa. Yo me subí al poco rato y ellas dos decidieron quedarse más tiempo tomando el sol. Me quedé en la terraza del apartamento a esperarlas a la sombra. Cuando llegaron tomamos una cerveza desnudos en la terraza. Al cabo del rato Julia dijo:

–              ¿A vosotros os pasa también esto de estar todo el día excitados por estar desnudos y viendo a gente desnuda?

–              A mí claro que me pasa, estoy todo el día con la polla morcillona y con ganas de follar.

–              Y yo me paso el día mojada, como ahora.

–              ¿Nos damos un baño? –Propuso Julia-.

–              ¿En la piscina? –Le pregunté-.

–              No, en la bañera, me refiero a un baño más íntimo. –Contestó Julia cogiéndole la mano a Antonia-.

–              De acuerdo –dijo Antonia-. Carlos tú espérate aquí, ahora te llamamos cuando esté el baño.

Las dos entraron en el apartamento, escuché como la bañera se llenaba y luego como las dos se reían.

–              Carlos, el baño está preparado –dijo Antonia-.

Yo sólo de pensar en el baño con ellas dos estaba algo más que medio empalmado, entré en el apartamento y fui hacia el baño. Estaban las dos de pie en la bañera, Antonia de frente y Julia de espaldas, con una cosa puesta que yo no me atrevería a definir como un bañador, sino como un invento del diablo, una especie de triángulo mínimo para tapar la raja del chocho, del que salían dos tiras que se cogían a los hombros, muy finas por la espalda y un poco más anchas por delante para cubrir estrictamente los pezones. La polla se me puso a reventar de verlas con esa cosa.

–              Como dices que te excita ver a la gente desnuda, hemos pensado en ponernos estos bañadores para que te calmes. –Dijo Antonia-.

–              No os da nada por el cuerpo jugar conmigo de esta manera –les dije sin poder dejar de mirarlas-.

–              ¿No te gustan? –Preguntó Julia con mucha guasa-.

–              Estáis mucho más provocativas que si estuvierais desnudas.

–              Anda siéntate en el borde de la bañera, que te vamos a hacer cositas feas. -Dijo Antonia-.

Entre en la bañera y me senté donde me indico Antonia. Se pusieron de rodillas, una a cada lado de mis piernas, y empezaron a lamerme y comerme la polla y los huevos, mientras yo pasaba mis manos por sus cabellos. No me podía creer mi suerte. Baje mis brazos para agarrar sus tetas, pero Antonia me las volvió a subir, diciendo:

–              No, hoy mandamos nosotras.

–              ¿Y cuando no? –Le contesté-.

Que te la coma una mujer atractiva es la gloria, pero que te la coman dos mujeres como aquellas, es pecado. Cuando Julia tenía mi polla casi entera en la boca y Antonia mis huevos en la suya, no pude más y les dije:

–              Si seguís me voy a correr ya.

–              Pues córrete, pero no nos manches los bañadores, que son nuevos –me contestó Antonia con mucha guasa-.

–              ¡Aaaaagggg! –Grité al correrme en abundancia en la boca de Julia-.

–              Cada vez aguantas menos, así que vamos por el segundo. –Dijo Antonia-.

Sin dejarme reposar ni un minuto, se puso encima de mí muy apretada contra mi pecho, Julia me cogió la polla, le apartó el bañador raro a Antonia y se la puso en la entrada del chocho, Antonia se dejó caer y le entró hasta los huevos.

–              ¡Aaahhh, qué me gusta!

–              No más que a mí. –Le contesté-.

Antonia se movía arriba y abajo y a Julia no se le ocurrió otra cosa que ponerse a lamerme los huevos.

–              ¿Queréis matarme? –Les dije-.

–              No, queremos follarte a base de bien –me contestó Antonia-.

La polla no sólo no se me había bajado un milímetro después de correrme, sino que la notaba más gorda que antes. La follada que me estaba dando Antonia y el trabajo de Julia en mis huevos, me estaba poniendo al borde de volver a correrme.

–              Carlos, córrete otra vez que me voy a correr. –Me dijo Antonia-.

–              No voy a tardar nada.

–              ¡Aaaagggg, ya, ya, ya, córrete ya! –Me gritó-.

Me corrí de nuevo dentro del chocho de Antonia. Pensé que la cosa había terminado para mí, pero Julia no estaba muy de acuerdo. Antonia se levantó y se sentó a mi lado, Julia se puso a cuatro patas en la bañera y me dijo:

–              Fóllame.

–              ¿Pero tú quién te crees que soy?

–              Venga Carlos, no te hagas de rogar que estoy muy caliente.

Antes de que se me empezara a bajar, me puse de rodillas detrás de ella, le aparté la tirilla y se la metí en el chocho. Era ella la que se movía atrás y adelante. Antonia, también de rodillas, pegó sus tetas a mi espalda y me cogió los huevos.

–              No creo que pueda –les dije, aunque en mi interior creía que sí-.

–              Tú bombea y no pienses –dijo Julia-.

Le hice caso y llevé mis manos a su clítoris. ¡Joder, tenía la polla a reventar otra vez!

–              ¡Estoy tan caliente que voy a explotar, sigue Carlos, sigue! –Dijo Julia-.

Antonia apretaba cada vez más sus tetas contra mí y me sobaba con más fuerza los huevos.

–              ¡Me corro, me corro, aaaagggg, qué bueno! –Dijo Julia-.

Increíblemente, me corrí por tercera vez sin que me hubiera bajado.

–              Bueno Carlitos ya estás tranquilo, vas a tardar un tiempo en pedirnos guerra. –Dijo Antonia-.

–              Antonia la idea de los bañadores ha sido estupenda. –Le dijo Julia-.

–              ¿De dónde los has sacado? –Le pregunté yo cuando recuperé el aliento-.

–              De Amazon, pones “microbikini” y verás que variedad hay.

Hablé con Luis el viernes a medio día, cuando debía haber dejado de trabajar.

–              ¿Qué pasa Luisito?

–              Pasa que eres un cabrón de mucho cuidado.

–              ¡Otra vez, pero hombre si ya has acabado!

–              Mira Carlos, que me he tenido que ir escondiendo de las tres y la que más y la que menos se me ha rozado todo lo que ha podido por la entrepierna. Yo, que nunca desperdicio una ocasión, he tenido que decirle a las tres que no había rollo.

–              Resérvate el viernes por la noche, que te vas a hartar.

–              ¿Por qué?

–              Voy a dar una pequeña fiesta para las tres, para ti y para mí. Entonces podrás hacer lo que quieras y te dejen ellas.

Pasamos los días que nos quedaban muy divertidos y muy calientes. Antonia y Julia habían congeniado de maravilla y eso me prometía a mí muchos días de mucha felicidad en el futuro

En el vuelo de vuelta a Sevilla, Julia me dijo:

–              Carlos siento que he perdido muchos años de mi vida en lo que al sexo se refiere, pero no pienso perder ni un día más. Me voy a follar a todo lo que se menea, de uno en uno, de dos en dos o de tres en tres, me da igual.

El lunes, cuando llegué al mercado, me estaba esperando Laura.

–              Oye tu amigo o es un antipático o es un maricón o las dos cosas.

–              ¿Qué ha pasado?

–              Qué no ha querido nada conmigo, sabiendo que el tío tiene un pollón de mucho cuidado y además es un follador.

–              ¿Y tú cómo sabes eso?

–              No te hagas el tonto, pues por tu tía, que dice que se lo beneficia.

–              No creo que eso sea así.

–              Vamos Carlos, que nos conocemos hace muchos años y tu tía es tan caliente como Pepa o como yo.

–              No te enfades con él. Voy a dar una pequeña fiesta el viernes por la noche en mi casa, para que los dos nos despidamos de vosotras y agradeceros vuestra amabilidad.

–              ¿Vas a invitar también a Pepa y su niña?

–              Claro, no puedo hacerles el feo.

–              Bueno, después de desayunar quiero que me arregles otra vez el almacén.

–              Como no, tú me avisas.

Echamos otro polvazo en el almacén, esta vez sobre cajas de melones. Iba a ser una semana muy dura.

A Pepa la vi al día siguiente y estaba tan molesta con Luis como Laura.

–              ¡Vaya tío sieso tu amigo!

–              ¿Por qué, no te ha ayudado?

–              Sí, cajas ha movido, pero no ha movido nada más.

–              ¿Qué más querías que moviera?

–              Pues lo que nos dijo tu tía que tiene entre las piernas.

–              ¿Y mi tía como lo sabe?

–              Por rayos X, no te jode.

–              Oye Pepa, el viernes, como habrá sido mi último día de trabajo, voy a dar una pequeña fiesta en casa a la que me gustaría que vinierais Pepita y tú. Luis también vendrá y fuera del ambiente de trabajo seguro que es más simpático.

–              Cuenta conmigo, Pepita no sé qué hará. ¿Has invitado a Laura?

–              Sí.

–              Pues te va a oler la casa a puta.

–              ¡Venga ya Pepa, no digas burradas!

–              ¿Vas a estar esta tarde en tu casa?

–              Esta tarde no, tal vez mañana.

La semana, como había previsto, fue dura no porque tuviera mucho trabajo, sino por los continuos asaltos de que era objeto por las tres, en el almacén de frutas y verduras, en mi apartamento e incluso en la cámara frigorífica del pescado. A ellas las había citado en casa a las ocho de la tarde y a Luis a las ocho y media.  Pepa y Laura aparecieron puntualmente con un minuto de diferencia. Pepa llegó sin Pepita.

–              ¿Y Pepita? –Le pregunté-.

–              Me ha dicho que antes de subir iba a ver a una amiga, que vive en este edificio. –Habría decidido montárselo primero con Julia-.

–              ¿Y Luis? –Preguntó Laura-.

–              Ahora vendrá

–              ¿Y tú qué quieres con Luis? –Le dijo Pepa-.

–              Lo mismo que tú.

Les pregunté qué querían beber y se lo serví.

–              Bueno, pues ya se ha acabado agosto y con él mi trabajo. Y ninguna de vosotras incluyendo a Pepita os habéis portado del todo bien conmigo. No está bien apostar entre vosotras quién me iba a follar primero ni quién lo iba a hacer más veces.

–              Venga ya, que tú bien que has colaborado. –Dijo Pepa-.

–              Si hubiera sido al revés, tres hombres acosando a una chica, estaría en los periódicos como delito. Yo no soy un nabo con piernas y Luis tampoco. -Bueno en el caso de Luis igual sí-.

–              Sólo somos mujeres pasionales necesitadas de sexo. –Dijo Laura-.

–              Pues ahora va a ser al revés. Luis se va a follar a la que le resulte más atractiva sólo con esto puesto. –Les pasé unos bañadores iguales a los que se habían puesto Antonia y Julia, que había comprado para la ocasión-.

Ellas miraron los bañadores y les dieron vueltas hasta que averiguaron cómo se ponían. Se miraron entre ellas y Pepa dijo:

–              ¿Por qué tendría yo que ponerme esta cochinada?

–              Por esto –Le contesté, mostrándole en el móvil la foto de la polla de Luis que le había enviado a mi tía hacía unos días en la casa de la playa-.

–              ¡Joder, qué barbaridad! –Dijo Pepa al verla-.

Después se la enseñé a Laura.

–              ¡La Virgen, es todavía más grande y más gorda de lo que nos dijo tu tía!

–              Pues ya sabéis porqué.

Empezaron a desnudarse las dos y yo me senté en el sofá a contemplarlas. Pepa se había depilado el chocho por completo y se le veía muy grande. Laura se había recortado mucho su felpudo. Cogieron los bañadores y tras algunas pruebas fallidas, lograron ponérselos. Estaban imponentes. Dos hermosas mujeres maduras capaces de excitar a cualquier hombre, tal y como me estaba ocurriendo a mí en ese momento.

Llamaron al portero automático, debía ser Luis. Abrí y esperé a que subiera, sonó el timbre y abrí la puerta.

–              ¿Han llegado ya? –Preguntó-.

–              Podías saludar primero.

–              Hola y todo eso.

–              Pasa.

A Luis se le salieron los ojos de las órbitas cuando vio a Pepa y Laura con semejantes prendas.

–              ¡Joder Carlos! ¿Esto qué es? ¿Qué es lo que llevan puesto?

–              Pero saluda primero, que estás cada día más cafre.

–              Hola Laura, hola Pepa.

–              Hola Luis –respondieron las dos mirando fijamente a la entrepierna de Luis, que había comenzado a abultarse-.

–              He quedado con ellas, que follarás con la que te resulte más atractiva. ¿Te parece bien?

–              ¡De puta madre!

–              Bueno nosotras hemos estado hablando y creemos que sería mejor decir, que follará primero con la que le resulte más atractiva. –Dijo Pepa-.

–              ¡Por mí más de puta madre! –Exclamó Luis-.

–              Pues siéntate y tómate el tiempo que necesites. –Le dije a Luis-.

Luis se sentó sin dejar de mirarlas. Se las comía con los ojos. Serví vino para todos, mientras él seguía mirándolas. Pepa se dio la vuelta sabedora de que su culo era su mayor atractivo.

–              Luis es para hoy. –Le apremié-.

Yo estaba completamente empalmado debajo del pantalón y me imagino que Luis debería estar igual o peor.

–              Lo siento, pero no puedo decidirme. –Dijo Luis agobiado-.

–              Bueno, pues entonces quédate aquí con ellas y ya veis entre vosotros cómo os organizáis.

–              ¡Pero hombre cómo te vas a ir!

–              No te preocupes por mí, que tengo plan alternativo.

Los dejé allí y fui al apartamento de Julia. Llamé y cuando la sentí cerca de la puerta le dije:

–              Abre Julia, soy Carlos.

Me abrió completamente desnuda.

–              Pasa que estoy con una amiga tuya.-Vi a Pepita también desnuda detrás de Julia-.

–              ¿Qué hacéis? –Les pregunté-.

–              Íbamos a darnos una ducha para quitarnos el sudor.

–              Puedo acompañaros.

–              Claro que sí.

Pensé que no quería que todos mis trabajos fueran como el del mercado, aunque un poquito tampoco me importaría.

Sígueme en instagram: @babykarelvis

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