Desvirgando a Sarita

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Era sábado, el día amaneciera con una boina negra que anunciaba agua, era el típico día de otoño en Galicia, no se sabía ni que ropa poner, pues lo mismo se iba la boina y quedaba un día soleado que rompía a llover y no se podía salir de casa. Al final rompió a llover.

Por la tarde noche, mi prima Sarita y yo jugábamos al chinchón en la mesa de la cocina de su casa. En la cocina de hierro ardían unos leños de pino. La casa, que era de una sola planta, de las antiguas, hecha con barro, piedras y muy poco cemento estaba caliente, lo que hacía que sintiéramos piar a los gorriones bajo las viejas tejas de la casa. Me preguntó:

-¿Le fuiste al entierro al cura?

-Nunca voy a los entierros

-¿Crees en Dios, Quique?

-Si, pero no en ese Dios vengativo que dicen en la Biblia.

Mientras yo le echaba sobre la mesa el cinco de oros, me dijo:

-¿Crees que perdonaría a alguien que hiciese cochinadas por la noche en el camposanto?

Cogí carta del montón era el siete de oros, lo eché sobre la mesa.

-Lo que creo es que hay que estar muy loco para ir de noche al cementerio, sea para lo que sea

-Muy loca o muy valiente. ¿Y en la iglesia, dentro del confesionario? ¿Crees que podría perdonar eso?

Le di el cuatro de oros.

-¿Por qué hacer las cochinadas dentro del confesionario?

-Para estar a oscuras y… Escalera de color del as al siete. Paga.

Me cabreé. Pensé que me estuviera diciendo aquellas cosas para despistarme.

-¡A os curas andan as monxas! (a los curas andan las monjas)¡¡Bruja!! -le di las cinco pesetas que habíamos apostado. ¡Más que bruja!

Se rió cómo una tonta y después dijo:

-¡Qué maaaaaaal perder!

-No tengo mal perder, lo que me jode es que usen artimañas para ganarme… Hacer cochinadas en el cementerio, hacer cochinadas en la iglesia, cabrona.

Se cabreó, se levantó, tiró el duro sobre la mesa y se me puso alta.

-¡Toma el duro de vuelta! ¡¡Cabrón eres tú, un cabrón con mal perder!!

El dinero me importaba una mierda.

-Tú eres la cabrona, una cabrona enredadora.

Ahora ya me amenazó.

-¡A qué te meto unas hostias! A mí no me llama nadie cabrona enredadora, y menos un chulo de playa cómo tú.

Me puse muy serio.

-¡¿Me estás llamando maricón?!

Me miró desde las alturas, desafiante y con las manos apoyadas en la mesa, dijo:

-¡Maricón!

Me levanté. La miré a los ojos y se me fue el enfado. Poniendo voz de marica y enseñándole las uñas, le dije:

-¿Hostiarme tú a mí? No te pego por que es de hombres, pero te araaaaaño, te araaaaaño y te araaaaaaño.

La tensión se diluyó como un terrón de azúcar en un café caliente. Se carcajeó, y después me preguntó:

-¿Crees que lo que te dije son cosas de loca?

Le dije lo que pensaba.

-Sí, de loca de atar.

-¿Acompañarías a esos dos sitios a una loca si se llamase Brigitte Bardot?

-Noooooo.

Nos volvimos a sentar. Me preguntó:

-¿Y si la loca fuese yo?

-Estás bromeando.

Me puso ojitos.

-Nunca hablé más en serio.

Sarita. Era delgada, morena, de ojos marrones y muy grandes, tenía las cejas pobladas, la nariz pequeñita, sus labios eran carnosos, su melena marrón le llegaba a la cintura, sus tetas se adivinaban grandes, su cintura era estrecha, sus caderas anchas y su culo redondito, era más alta que yo, adolescente cómo yo, y muy guapa.

-¿Desde cuándo tienes esa idea?

-Desde que el cura me tocó el culo mientras limpiaba la iglesia sabiendo que era mi padre.

Aquella confesión me dejó a cuadros. Ni mi madre sabía que el cura era el padre de Sarita… ¿O todos los de la familia lo sabrían menos yo? Le dije:

-¡No jodas! ¿Tu padre era el cura?

Juntó las cartas.

-Sí, por eso quiero hacer cochinadas sobre su tumba y en la iglesia.

-La iglesia no es del cura. Para querer vengarte de él de ese modo debió hacerte algo más que tocarte el culo. ¿Qué te hizo?

-Aún no me contestaste.

-Ni tú a mí.

-Primero tú.

-Creo que en el cementerio me cagaría con el miedo, y en la iglesia, más. Te toca. ¿Qué te hizo el cura?

-Le mandó un paquete a mi madre con una mierda dentro después de pedirle que la ayudase a mantenerme

-¡Qué desgraciado!

-Si no me acompañas iré sola.

-Salir de mi casa mientras duermen va a ser muy difícil, las escaleras son de madera y hacen mucho ruido

-El día de la fiesta no hay que salir a hurtadillas de casa. Nadie nos va a echar de menos si nos ausentamos una hora.

-Estás muy loca, y tu locura es contagiosa…

Volvió la madre de Sarita de la tienda con una bolsa en una mano y un paraguas en la otra, y me dijo:

-¿No la estarás contagiando tú a ella, pájaro.

Día de la fiesta del pueblo, día de san Miguel, 12 y algo de la noche. Había luna llena y un bochorno que incomodaba. Sarita trepaba por el muro de la parte de atrás del cementerio a la que habíamos llegado tras cruzar varias huertas. Desde abajo estaba empujando por su prieto culo para ayudarla a subir. Se sintieron los ruidos de unas bombas de palenque. Un mochuelo pasó volando por encima de su cabeza, Sarita, con el susto que llevó me cayó encima y después dio con su culo en el suelo. Le dije:

-¿Y tú eras la valiente?

Se levantó, sacudió con las dos manos la tierra de su vestido azul, un vestido que había estrenado para la fiesta, y me dijo:

-¡Calla y ayúdame a subir!

Al bajar el muro y dar media docena de pasos nos encontramos con el osario. Había en la puerta un ataúd podrido y unos huesos. Tragué saliva. Me estaba empezando a acojonar. Sarita tiraba hacia delante con paso firme. Pasamos entre dos filas de panteones con tres pisos de nichos… Llegamos a la tumba del cura. Estaba cubierta con coronas y ramos de flores. Sarita se quitó las bragas y me las puso en la cabeza.

-Para ti para siempre.

Levantó el vestido dejándome ver sus piernas blancas y su coño peludo, se agachó sobre las coronas y ramos de flores y meó y cagó sobre la tumba. Se limpió el coño y el culo con unas flores, y levantándose, le dijo al muerto:

-¡Qué te aproveche, cerdo!

Al bajar de la tumba la cogí por la cintura y la besé en el cuello. Sarita, empujó hacia atrás con el culo para librarse de mí. Se encontró con mi polla dura y me dijo:

-¡¿Qué haces, Quique?!

-Cochinadas. A eso venimos, ¿no?

-Vine a hacerla yo y ya las hice. Suéltame.

Me dejó cortado.

-¿Me engañaste insinuando que íbamos a follar?

-Yo hablé de cochinadas…

-¡¿Y eso en nuestra tierra no es follar?!

-¡Qué me sueltes!

Me dejó empalmada y sin donde meter. Malhumorado, saqué las bragas de la cabeza y se las di.

-Toma, ponlas y vámonos.

-¿Te enfadaste?

-Me engañaste para poder cagar por un muerto.

-Sí, lo hice, para mi venganza necesitaba compañía, yo sola no me atrevería a entrar el cementerio de noche. ¿Estás muy enfadado?

-A ver, Sarita, me pones las bragas en la cabeza, cagas y meas delante de mí, me enseñas el coño peludo en un cementerio rodeados de muertos que no pueden contar lo que hagamos, y ahora te haces la estrecha. Si no fuera que soy cómo soy te follaba a la fuerza.

Su voz se volvió melosa.

-Perdona, primo, solo pensaba en mí -me volvió a poner las bragas en la cabeza-. ¿Quieres que te la menee un poquito?

-A falta de pan, buenas son tortas, pero antes deja que te de unos besos.

Tres mochuelos se posaron en una cruz que estaba a nuestro lado, uno de ellos arriba y los otros dos en los brazos y se pusieron a mirarnos con sus grandes ojos y a mover la cabeza hacia los lados. Mi prima, me dijo:

-A ver si te piensas que soy tonta. Lo que quieres es calentarme a ver si te dejo meter. Dos, te dejo darme dos besos y en la iglesia.

-¡¿Es que aún quieres ir a la iglesia?!

-Sí, tengo la llave de la sacristía.

-Joder, pretendes que profane una iglesia por un par de besos.

-¿Qué más quieres que te deje hacer?

Había que recordarle lo que había dicho.

-¿No me la ibas a menear?

Echó a andar.

-Te pregunté que más cosas quieres que te deje hacer.

-Que me dejes que te mame las tetas, y después que me dejes que te mame el coño hasta que te corras.

-Nunca me mamaron las tetas. Y mi coño es virgen.

-Me la acabas de poner dura cómo una piedra.

Sonrió, me empujó, y dijo:

-Ya no será la cosa para tanto.

Le cogí una mano y se la llevé a mi entrepierna.

-Toca ya verás cómo sí lo es.

No la tocó, la cogió.

-Parece que es muy grande y muy gorda.

Le levanté el vestido y le eché la mano al coño. Lo tenía mojado. Le dije:

-Estás mojadita.

-Un poquito, eso de pensar que me la quieres mamar…

La encaré, le apreté en culo contra mi cuerpo y le metí la lengua en la boca. Me miró con cara de asombro, pero después de levantar su lengua con la mía, ya ella metió su lengua en mi boca. Al ratito estaba con mi polla en la mano… Viendo que la quería desnudar, me dijo:

-¿Qué me vas a hacer?

-Comerte las tetas…

-¿Y después ya me vas a comer la almeja?

-Sí, hasta que te corras en mi boca.

-De pensarlo ya me estremezco.

Comenzó a llover. Le quité el vestido y el sujetador y lo dejé sobre una cruz. Bajo la lluvia le comí las tetas cómo quien come algo único, saboreando cada beso, cada caricia, cada lamida, cada mamada… El agua bajando por su joven cuerpo no apagaba el fuego que sentí en su vientre. Su cabello mojado caía formado mechones. Su bello rostro estaba colorado cómo un tomate maduro, sus gemidos eran de jovencita asustada. Me agaché. Con el agua bajando por su monte de venus y por mi lengua le comí el coño, poco tiempo, ya que antes de un minuto sus piernas comenzaron a temblar. Sus gemidos se hicieron de tigresa. Sentí cómo su flujo mucoso y calentito caía en mi boca… Eran los jugos de una corrida tan larga que la tuve que sujetar para que no se desplomase.

Minutos después, me quitó las bragas blancas de la cabeza, la camisa, los pantalones y los calzoncillos y los colocó en la cruz junto su ropa. Vio mi cuerpo, un cuerpo musculado hecho con ejercicios caseros. Me acarició los pectorales, me lamió y chupó las mamilas y agarró mi culo, redondo y duro… Me hacía lo que le había hecho yo a ella, luego se puso en cuclillas, cogió mi polla, la meneó y la mamó. No sabía mamar, pero me encantó que se entregase. Lo que no esperaba fue que cuando se levantó, me besara y me dijera al oído:

-Quiero que seas tu quien se lleve mi flor.

Me senté sobre la tierra barrosa del cementerio, después me eché boca arriba.Teníamos piscinas en los zapatos cuando le dije:

-Ven.

Desde abajo vi su coño peludo chorreando agua, sus tetas con areolas oscuras y pezones tiesos. Me moría por entrar dentro de ella. Sarita se sentó encima de mí, acercó mi polla puntiaguda a la entrada de la vagina, y me dijo:

-Mi flor es tuya.

Me moría por hacerla mía, pero no sé que me daba metérsela, tenía miedo a hacerle daño. Le dije:

-Mejor métela tú.

-No, hazlo tú que a mí me da grima.

Con un golpe de riñón le metí la cabeza. De su garganta salió un grito de dolor:

-¡¡Ayyyyyyyyyy!!

Rompió a llorar. Sus lágrimas y la sangre de su himen roto los llevaba la lluvia. Cada vez que se la metía un poquito más apretaba los dientes y me mordía los labios… Con toda la polla dentro, me dio las tetas a mamar largo rato. Las volví a saborear. Poco después comenzó a mover en culo de delante hacia atrás y de atrás hacia delante con mucha lentitud. Su boca ya no se separaba de mi boca. Unas diez veces estuve a punto de correrme dentro de ella, pero no iba a ser tan desgraciado cómo para hacerle esa faena. Pasados unos quince o veinte minutos, cuando mi polla dentro de su coño solo le producía placer, me dijo:

-Me voy a correr otra vez.

Le apreté el culo contra mí, le comí la boca y la follé a estilo conejo, a mil por hora. Comenzó a temblar encima de mí, su coño apretó mi polla y… ¡Pummmmm! Sentí cómo me la encharcaba la polla con su corrida. Esperé a que terminara, y entonces sí, entonces la saqué, la meneé y salió un chorro de mi polla que hizo saltar en la cruz a uno de los tres mochuelos al verlo ir hacia él.

Ya no fuimos a la iglesia. Se le quitaran las ganas de hacer cochinadas en el confesionario.

Nadie supo que había meado y cagado sobre la tumba del cura, la lluvia lo limpió todo.

Quique.

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