La estudiante de psicología

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Cuando comencé a estudiar en la Facultad de Psicología de la capital recién cumplía los veinte años y los nervios y la emoción fluían por cada uno de los poros de mi piel.

Hasta ese momento había vivido toda mi vida en un pueblo pequeño y alejado de la gran urbe, con mis padres y dos hermanos mayores que apenas me dejaban libertad y me generaban, desde la adolescencia, una sensación de ahogo y una necesidad vital de salir de allí y crecer como mujer.

Me alquilé una habitación en un piso de estudiantes con otras tres chicas y, por primera vez, sentía que comenzaba una vida en la que podía hacer lo que quisiera sin el control permanente de mis progenitores y hermanos.

Los primeros meses fueron bastante caóticos en los estudios pero muy provechosos en otros aspectos como el de las relaciones interpersonales. Me considero una chica muy simpática y cercana, bastante guapa y con buenos atributos físicos así que para mí ligar no era una tarea en absoluto complicada. Mis compañeras de piso habían bautizado, en plan jocoso, a mi cuarto como ‘la habitación de la golfa’ porque rara era la semana que no invitaba a algún chico a visitar mi cama.

Ya finalizando el primer trimestre del primer año de carrera fue donde conocí a Pablo, coincidíamos en varias clases y desde el primer minuto me sentí atraída por él. En ese momento quería equilibrar un poco mi desordenada vida y empezaba a apetecerme tener una pareja más o menos estable.

Pablo era un chico muy guapo y atractivo y sus preciosos ojazos y su sonrisa traviesa me tenían cautivada. Él tenía bastante éxito con las chicas de la facultad y, aunque me dedicaba alguna sonrisa pícara, no llegaba nunca a dar el paso de hablarme. Los días que sabía que íbamos a coincidir en alguna de las clases solía ponerme mallas bien pegaditas al culo y algo de escote pero ni con esas el cabrito intentaba ligarme.

Como ya he dicho anteriormente siempre me he considerado una chica cercana, extrovertida y bastante impulsiva así que, tras ver que él no se animaba a hacerlo, un día cualquiera me lancé a hablarle.

– Hola, me llamo Sandra, he observado que desde que empezó el curso no dejas de mirarme el culo, ¿me equivoco? – le dije en plan gracioso y medio chulesco mostrándole mi bonita sonrisa y esa naturalidad y desparpajo que siempre me ha caracterizado.

– Eh, hola, yo me llamo Pablo y sí, tienes razón, te mentiría si te dijera que no dejo de mirarte el culo cada vez que tengo la oportunidad. – me dijo con una seguridad en sí mismo que me hizo reir a carcajadas. Sinceramente no esperaba que le echara tanto morro a una pregunta tan directa e inesperada como la mía. Estaba claro que era un chulito de los pies a la cabeza y eso, a las chicas como yo, nos encantaba.

Desde ese momento comenzamos una amistad que no tardó en convertirse en algo más serio. Pablo y yo nos compenetrábamos muy bien en todos los sentidos, y realmente me hacía sentir muy feliz. Sexualmente era tan activo o más que yo y me inició con maestría en lo que a él le gustaba denominar ‘el arte de la sodomía’. Nunca antes había probado el sexo anal y con Pablo fue un descubrimiento increiblemente placentero.

Creo que los sentimientos eran recíprocos y Pablo un día me dió la sorpresa y al mismo tiempo el susto de proponerme que me fuera a vivir a su casa. Yo sabía que vivía con su padre así que mi primera reacción fue fruncir el ceño y contestarle con un rotundo ‘NO’ a su invitación. Ahora que había conseguido independencia y libertad después de tantos años de represión familiar no quería, ni por asomo, volver a tener a adultos que me controlaran.

Una de las cosas que tiene Pablo es que no se rinde ante nada, así que consiguió, con el paso de los meses, ir ablandándome y camelándome con dulces palabras hasta que, finalmente, me convenció para que probara durante un mes. Le dí muchas vueltas pero pensé que, si la cosa no me convencía, podría volver a mi pisito compartido y seguir como hasta ahora.

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Sabía que Pablo era de familia acaudalada pero, cuando entré en la urbanización donde vivía, me costaba no sentirme un poco abrumada. El chalet donde vivía iba en consonancia con el resto de casas que había por los alrededores, una parcela con árboles enormes, piscina, gimnasio y opulencia allá donde mirara.

Pensaba que el padre de Pablo, siendo un empresario de éxito, sería un tipo estirado y prepotente pero nada más lejos de la realidad. Desde el primer instante me sentí prendado de Alberto, un hombre de poco más de cuarenta años, algo canoso pero muy atractivo y con una voz viril que me tenía rota. La seguridad en sí mismo que tenía mi novio sin duda la había heredado de su padre y consiguió que, en apenas unos minutos, me sintiera cómoda y con la sensación de conocerlo desde hacía muchísimo tiempo.

Y la verdad es que, siendo completamente sincera, no me costó nada adaptarme a la nueva situación; tanto Pablo como su padre me hacían sentirme una más de la família, me daban independencia absoluta y encima no tenía que realizar ningún tipo de faena en casa ya que disponían de una chica que se encargaba de todas las tareas domésticas.

Alberto, por su trabajo, se pasaba varios días de la semana fuera de casa pero, cuando estaba, no perdía ocasión para entablar conversación y mostrarme que era un hombre muy interesante y con una vida apasionante y frenética. Yo sentía cierta fascinación por él.

Descubrí con el paso del tiempo que esa fascinación acabó dando paso a una atracción sexual que, poco a poco, iba creciendo sin remedio. Su actitud hacia mí era la misma de siempre pero yo, poco a poco, fuí transformándome sutilmente en una gatita con ganas de ronronear. Jugaba al sutil arte de la provocación pero intentando por todos los medios que no se me notara y lo ejecutaba en los pocos momentos en los que coincidía con Alberto en casa y Pablo no estaba, aprovechando para sacar al tablero de juego mis armas de mujer.

Ponerme una camiseta muy ajustada y sin sugetador y entablar una conversación con él era algo realmente divertido y muy excitante. Yo aparentaba absoluta naturalidad pero Alberto tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no perder su mirada en los pezones enpitonados que amenazaban con atravesar la fina tela de mi camiseta.

En alguna ocasión, si lo encontraba en el salón o la cocina, le ofrecía un espectaculo llevando unas mallas ajustadísimas sin ninguna prenda íntima que conseguían marcar claramente mis labios vaginales a través de la tela y ofrecerle una visión apoteósica de los cachetes de mi retaguardia.

Que yo a Alberto le gustaba, al menos físicamente, era algo más que obvio. Sabía perfectamente cuál era la mirada de un hombre que quiere algo más pero, también sabía que él no se atrevería a dar el primer paso y, sinceramente, yo tampoco estaba segura de que algún día me atreviera a darlo.

                                                 —————————————————–

Cuando el verano y con él el calorcito se fue aproximando, comencé a utilizar la preciosa piscina del chalet todas las tardes. Me pasaba largos ratos refrescándome en el agua y tomando el sol y, fue en una de esas tardes donde, mi sutil provocación, se convirtió en provocación pura y dura.

Yo estaba tomando el sol medio adormecida en una tumbona, sintiendo como los rayos del sol bronceaban mi piel lentamente, cuando entreabrí los ojos y pude ver a través de mis gafas de sol como Alberto me observaba desde una de las ventanas de la planta alta de la casa. No pude evitar sentir un escalofrío por todo mi cuerpo, se me erizó mi morena piel y comencé a sentir una excitación algo descontrolada. En mi sexo empezó a presentarse una humedad que comenzó a empapar sutilmente la parte baja del bikini, me moría de ganas de masturbarme pero me parecía demasiado descarado y peligroso. Con el calentón opté por otra cosa no exenta de riesgos, me desabroché la parte alta del bikini y dejé al aire mis preciosas tetas.

Comencé a embadurnarlas de crema solar, apretándolas y magreándolas lentamente, los pezones los tenía como pitones a punto de estallar y sabía que me observaba, sabía que lo estaba calentando, posiblemente estaría haciéndose una buena paja con el espectáculo que le estaba mostrando y me moría por que bajara a mi encuentro y me follara salvajemente.

Mi deseo de masturbarme y la calentura era tal que tuve que incorporarme y zambullirme en la piscina para calmar el incontrolable deseo de entregarme a ese hombre. Cuando el agua fría serenó un poco mi apetito salí de la piscina y observé que Alberto ya no miraba desde la ventana.

                                                ————————————————————-

Una semana después de lo acontecido en la piscina, Pablo, como cada sábado, me invitó a cenar a un restaurante de nivel y luego nos fuimos a tomar unas copas y a echarnos unos bailes en una conocida discoteca. Desde aquel suceso mis instintos estaban bastante descontrolados y le estaba dando más faena de la habitual a Pablo.

– Ya sabes que cuando bebo acabo poniéndome un poco tontita… – le dije ronroneando al oído mientras bailábamos pegaditos.

– Vente conmigo – Pablo no necesitaba nada para seguirme el rollo y fuí con él hasta los baños. En la entrada Pablo se puso a hablar con un chaval de seguridad, un tipo de gimnasio que me miraba maliciosamente, y le entregó sutilmente algo de dinero. A los dos minutos entramos en el baño completamente libre de pollas desconocidas.

Me senté sobre la taza del water más alejada de la entrada, Pablo me siguió y, sin preámbulos de ningún tipo, le bajé de un tirón suave el pantalón y el bóxer dejándole al aire su preciosa y erguida polla. Eché mano al bolso y saqué mi movil.

– Grábame – le dije con excitación en la voz. Sabía que le excitaba grabarme mientras se la chupaba o me follaba y a mí también me ponía a mil. A ambos nos gustaba lo sucio, lo sordido, salirnos de lo habitual y por ello siempre disfrutábamos tanto y tan a menudo de sexo salvaje.

– Que zorra estás hecha – me dijo un instante antes de que comenzara a grabarme y yo a chuparle la polla.

Fue una buena y excitante mamada, el alcohol me deshinibía y me hacía actuar de una forma un poco más vulgar, intentando proporcionarle el máximo placer y dejándole por momentos que me follara la boca como si fuera una vulgar prostituta de polígono. Mientras me dedicaba con frenesí a su miembro lo miraba a los ojos, traduciendo por sus gestos cuando comenzaría a chorrearme esperma como un loco. Le mamaba rítmicamente la polla, ensalivándosela bien y pellizcándole con suavidad las bolsas de sus peludas pelotas. Y no tardó mucho más en llenarme la boca de leche y hacermelo tragar con un tirón de pelo al tiempo que lo dejaba todo inmortalizado en mi móvil. Era un cabrón y yo lo disfrutaba como una loca.

Otros a lo mejor habrían terminado pero Pablo solía tener cuerda para rato. Tras un minuto de silencio en los que ambos recuperábamos el aliento, Pablo me incorporó y me apoyó bruscamente contra uno de los lavabos. Me levantó mi escueta falda, apartó con fiereza mi tanguita de hilo y sin titubeos apuntó su glande en mi lubricado coñito y comenzó a taladrarme, primero ligeramente, introduciendo sólo la cabecita de su polla, engañándome, haciéndome creer que no va a introducir nada más para, posteriormente y sin preaviso, clavarmela hasta lo más hondo.

Mientras Pablo me bombeaba, acercaba sus labios a mi oreja y me la mordisqueaba al tiempo que me decía guarradas de todo tipo que no hacían otra cosa que excitarme todavía más. En un momento dado entreabrí los ojos y pude ver en la entrada del baño al tipo de seguridad, que no se perdía detalle de la escena. En ese momento de éxtasis clavé mi mirada en él, y juro por dios que por mi mente pasaban imagenes sordidas que avergonzarían a la más guarra de las actrices porno. Pero fué en ese instante cuando Pablo sacó su polla de mi cavidad y comenzó a derramar su leche sobre mis nalgas al tiempo que me las azotaba con sonoridad.

Tras unos segundos nos recompusimos, me adecenté como buenamente pude y salimos del baño. Pablo salió delante de mí y al salir yo, el seguridad con sus musculitos no perdió la oportunidad de entregarme sutilmente una tarjetita, posar una mano bastante por debajo de mi cadera, es decir, sobre mi culo y susurrarme algo al oído que no llegué a descifrar pero que podía imaginar por donde iban los tiros.

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Volvimos a casa bastante perjudicados por el alcohol y los excesos y Pablo cayó tendido sobre la cama sin siquiera cambiarse; yo me quité el maquillaje, me duché, me lavé los dientes, me puse una camiseta interior de tirantes y unas braguitas de Hello Kitty y me fuí a la cocina a pillar cualquier cosa dulce que encontrara. Eso es algo que desde que tenía quince años hacía cuando volvía a casa después de salir de fiesta y me encantaba, aunque el yugo de mis padres y hermanos no me permitían hacerlo tanto como a mi me gustaría.

Al llegar a la cocina abrí una alacena y fuí directa a por un tarro de Nocilla.

Estaba absorta en mis pensamientos impuros cuando me sobresalté un instante al ver entrar a Alberto a esas horas en la cocina. Me saludó, dejó una copa sobre la mesa y se sentó a mi lado.

– ¿Todavía despierta? – me dijo al tiempo que se perdía unos instantes en la imagen del inevitable escote que la camiseta de tirantes y la ausencia de sugetador le proporcionaba.

– Sí, siempre que vengo de bailar me entra un antojo de comer algo dulce. – le dije mientras metía el dedo en la crema y me chupaba el dedo provocando, de manera involuntaria, o no, una imagen irrefrenablemente erótica.

– ¿Y no usas cuchara? – me dijo en tono jocoso mientras daba un trago de su copa.

– No…es que soy un poco cochinita. – le dije soltando al instante una carcajada por lo que le acababa de decir.

Alberto acercó un dedo al bote y se huntó el dedo índice de nocilla, pensé que iba a imitarme pero su movimiento fue acercarme su dedo huntado a mis labios. Quizás en un estado de sobriedad hubiera reaccionado de otra manera, aunque no lo creo, pero en mi estado no dudé en seguirle el juego y comencé muy lentamente a chuparle el dedo. Le mantuve la mirada y chupé como él quería que lo hiciera, emulando que chupaba una polla, su polla.

Cuando terminé la labor la tensión sexual que se respiraba en el ambiente era más que evidente. Siempre he sido una chica impulsiva, que no le daba vueltas a las cosas y que hacía lo que quería cuando quería y en ese instante estaba claro lo que deseaba.

Hubo un instante de silencio, en el que sólo podía sentir mi corazón latiendo a mil por hora, le mantuve su penetrante mirada, le sonreí y lo miré de una manera seductora volviendo a meter el dedo en el tarro de nocilla para acto seguido ponerme la crema en la punta de la lengua y levantarme del taburete. Alberto me agarró muy sutilmente, casi con miedo, con ambas manos de las caderas y me acercó hacia él hasta que nos fundimos en un apasionado beso. Su lengua jugaba con maestría y se adentraba en mi boca rompiéndome todos los esquemas. No me dejaba pensar y no me daba tregua, cuando nuestras bocas se separaron un instante se abalanzó sobre mi cuello para derretirme por completo y dejarme completamente vulnerable. La temperatura de la habitación se elevó varios grados, sentía mi respiración entrecortada y comenzaba a sentir como el sudor se apoderaba de mi cuerpo. Levanté un instante los brazos y él me despojó de la camiseta de tirantes dejándome únicamente con las braguitas.

Alberto se quedó unos instantes observándome, se notaba que le gustaba lo que veía y quería deleitarse y disfrutar de cada segundo. Ahora, a diferencia de lo acontecido en la piscina, tenía mis pechos a escasos centímetros de él y se los estaba ofreciendo, eran suyos.

Yo volví al tarro y me unté nocilla en uno de mis pezones, realmente estaba desatada y mi chochito comenzaba a generar un gran surco de humedad en las braguitas.

– Ya te dije que era un poco cochinita… – le dije con un tono de viciosilla al tiempo que se abalanzaba sobre mi pecho y relamía la crema de chocolate de manera muy golosa. Me estaba poniendo a mil y no sabía como iba a terminar aquello, o quizás sí. Me bajó las bragas con sutileza y maestría y con habilidad me subió sobre la mesa de la cocina. Pensé que se iba a sacar la polla y a follarme en ese instante pero lo que hizo fue abrirme las piernas y acercar su cara a mi sonrosada vagina. Se quedó un instante observándo mi coñito, sintiendo su olor a sexo, viendo como no presentaba ni un pelito, rasurado y con descaro descubriendo el piercing que se asomaba ligeramente.

– ¿Eres una niña muy guarra verdad? – me dijo el cabrón sabiendo que me moría porque sus labios y su lengua entraran en contacto con mi sexo. Era experimentado, no me cabía duda y sabía ralentizar los momentos para potenciar mi deseo hasta lo enfermizo.

– La…la más guarra…..papi – le dije con las mejillas incandescentes y agarrándole de la cabeza para que me devorara el coño.

Comenzó a realizar una labor encomiable, la que, sin lugar a dudas, fue la mejor comida que me habían realizado hasta ese momento en toda mi vida. Lamió y mordisqueó con cariño y sutileza mis íngles, paso a jugar con su lengua en mis labios mayores para recorrer posteriormente mis labios interiores y supo acercarse en el momento idóneo a mi clítoris y juguetear con la bolita plateada que adornaba mi sexo.

Al principio mis gemidos eran ahogados y casi imperceptibles pero, conforme el placer iba in crescendo, gemía con más fuerza aunque intentaba contenerme sin éxito. Yo misma me magreaba las tetas, me mordía el labio inferior y disfrutaba como una posesa sin pensar en nada más. La habitación en la que se encontraba Pablo estaba en el piso de arriba y algo alejada pero en ese momento el que pudiera pillarnos no se me pasaba ni por un instante por la cabeza. Ya nada podía deterner mis instintos más primarios.

Consiguió que me corriera como una perra en celo cuando comenzó a castigarme el clítoris, rozándolo con su nariz y con su revolucionada lengüecita al tiempo que, con un dedo lubricado de flujo vaginal, comenzaba a perforarme mi agujerito trasero. Gemí con tanta fuerza que Alberto tuvo que taparme la boca con su mano libre para atenuar el sonido de mi brutal orgasmo.

Me quedé un par de minutos inmóvil, recuperándome de algo tan intenso y placentero que me costaba creer que hubiera sido real. Me incorporé lentamente y bajé de la mesa, tambaleante, quedándome de nuevo frente a Alberto que con ternura me acariciaba, recorriendo con sus dedos mis largos cabellos, amasando e intentando abarcar sin éxito con sus grandes manos mi culito respingón y besándome el cuello y los labios, mordiendo mi barbilla y los lóbulos de mis orejas…haciéndome disfrutar como nunca.

Correspondí a sus besos y caricias y mis manos comenzaron a amasar el enorme bulto que se adivinaba a través del pantalón de pijama que llevaba. Le desabroché con cierta dificultad uno de los botones de la camisa y opté sin dudarlo por abrirle la camisa de un tirón. Varios botones salieron desperdigados por el suelo de la cocina y comencé a lamer pausadamente su pecho velludo, bajando lentamente por toda su anatomía, con ritmo aletargado mientras le iba dando besitos dulces, hasta quedarme de rodillas frente a su tesoro oculto. Acerqué mis labios y besé su miembro a través de la fina tela del pantalón, respiré hondo, intentando deleitarme con el embriagador e inconfundible olor a polla caliente un instante antes de disponerme a sacarla de su cautiverio.

Fué en ese instante cuando un móvil comenzó a sonar, retornándome de un plumazo a la realidad. El corazón se me salía por la boca, era mi móvil el que sonaba y Pablo quién llamaba. Me levanté como un resorte y desnuda como estaba, le cogí el teléfono. Me esperaba en la cama y al colgar el teléfono me sentí ruborizada al verme desnuda frente a Alberto que se había sentado en un taburete y me miraba con una sonrisa juguetona. Imagino que mi cara de susto le hacía gracia y no perdió detalle de mí mientras buscaba mis bragas y mi camiseta de tirantes por el suelo de la cocina.

– Bu..buenas noches. – atiné con voz nerviosa a decirle un instante antes de salir de la cocina.

Cuando llegué a la habitación Pablo se había vuelto a quedar dormido. Me tumbé a su lado y sentí cierta culpa por lo que había hecho. Pero ya más calmada comencé a rememorar en mi mente todo lo que había pasado en la cocina y la excitación volvió a recorrerme todo el cuerpo y comencé a masturbarme. Tuve un impulso y mientras me acariciaba ferozmente y sin titubear cogí mi móvil y le mandé a Alberto un whastapp:

– La más guarra…papi – y le adjunté el vídeo de la mamada que un rato antes le había hecho a su hijo en la discoteca. Apenas unos segundos después llegaba un brutal orgasmo que me dejó completamente agotada y, sin tiempo de analizar lo acontecido, me quedé dormida.

Cuando comencé a estudiar en la Facultad de Psicología de la capital recién cumplía los veinte años y los nervios y la emoción fluían por cada uno de los poros de mi piel.

Hasta ese momento había vivido toda mi vida en un pueblo pequeño y alejado de la gran urbe, con mis padres y dos hermanos mayores que apenas me dejaban libertad y me generaban, desde la adolescencia, una sensación de ahogo y una necesidad vital de salir de allí y crecer como mujer.

Me alquilé una habitación en un piso de estudiantes con otras tres chicas y, por primera vez, sentía que comenzaba una vida en la que podía hacer lo que quisiera sin el control permanente de mis progenitores y hermanos.

Los primeros meses fueron bastante caóticos en los estudios pero muy provechosos en otros aspectos como el de las relaciones interpersonales. Me considero una chica muy simpática y cercana, bastante guapa y con buenos atributos físicos así que para mí ligar no era una tarea en absoluto complicada. Mis compañeras de piso habían bautizado, en plan jocoso, a mi cuarto como ‘la habitación de la golfa’ porque rara era la semana que no invitaba a algún chico a visitar mi cama.

Ya finalizando el primer trimestre del primer año de carrera fue donde conocí a Pablo, coincidíamos en varias clases y desde el primer minuto me sentí atraída por él. En ese momento quería equilibrar un poco mi desordenada vida y empezaba a apetecerme tener una pareja más o menos estable.

Pablo era un chico muy guapo y atractivo y sus preciosos ojazos y su sonrisa traviesa me tenían cautivada. Él tenía bastante éxito con las chicas de la facultad y, aunque me dedicaba alguna sonrisa pícara, no llegaba nunca a dar el paso de hablarme. Los días que sabía que íbamos a coincidir en alguna de las clases solía ponerme mallas bien pegaditas al culo y algo de escote pero ni con esas el cabrito intentaba ligarme.

Como ya he dicho anteriormente siempre me he considerado una chica cercana, extrovertida y bastante impulsiva así que, tras ver que él no se animaba a hacerlo, un día cualquiera me lancé a hablarle.

– Hola, me llamo Sandra, he observado que desde que empezó el curso no dejas de mirarme el culo, ¿me equivoco? – le dije en plan gracioso y medio chulesco mostrándole mi bonita sonrisa y esa naturalidad y desparpajo que siempre me ha caracterizado.

– Eh, hola, yo me llamo Pablo y sí, tienes razón, te mentiría si te dijera que no dejo de mirarte el culo cada vez que tengo la oportunidad. – me dijo con una seguridad en sí mismo que me hizo reir a carcajadas. Sinceramente no esperaba que le echara tanto morro a una pregunta tan directa e inesperada como la mía. Estaba claro que era un chulito de los pies a la cabeza y eso, a las chicas como yo, nos encantaba.

Desde ese momento comenzamos una amistad que no tardó en convertirse en algo más serio. Pablo y yo nos compenetrábamos muy bien en todos los sentidos, y realmente me hacía sentir muy feliz. Sexualmente era tan activo o más que yo y me inició con maestría en lo que a él le gustaba denominar ‘el arte de la sodomía’. Nunca antes había probado el sexo anal y con Pablo fue un descubrimiento increiblemente placentero.

Creo que los sentimientos eran recíprocos y Pablo un día me dió la sorpresa y al mismo tiempo el susto de proponerme que me fuera a vivir a su casa. Yo sabía que vivía con su padre así que mi primera reacción fue fruncir el ceño y contestarle con un rotundo ‘NO’ a su invitación. Ahora que había conseguido independencia y libertad después de tantos años de represión familiar no quería, ni por asomo, volver a tener a adultos que me controlaran.

Una de las cosas que tiene Pablo es que no se rinde ante nada, así que consiguió, con el paso de los meses, ir ablandándome y camelándome con dulces palabras hasta que, finalmente, me convenció para que probara durante un mes. Le dí muchas vueltas pero pensé que, si la cosa no me convencía, podría volver a mi pisito compartido y seguir como hasta ahora.

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Sabía que Pablo era de familia acaudalada pero, cuando entré en la urbanización donde vivía, me costaba no sentirme un poco abrumada. El chalet donde vivía iba en consonancia con el resto de casas que había por los alrededores, una parcela con árboles enormes, piscina, gimnasio y opulencia allá donde mirara.

Pensaba que el padre de Pablo, siendo un empresario de éxito, sería un tipo estirado y prepotente pero nada más lejos de la realidad. Desde el primer instante me sentí prendado de Alberto, un hombre de poco más de cuarenta años, algo canoso pero muy atractivo y con una voz viril que me tenía rota. La seguridad en sí mismo que tenía mi novio sin duda la había heredado de su padre y consiguió que, en apenas unos minutos, me sintiera cómoda y con la sensación de conocerlo desde hacía muchísimo tiempo.

Y la verdad es que, siendo completamente sincera, no me costó nada adaptarme a la nueva situación; tanto Pablo como su padre me hacían sentirme una más de la família, me daban independencia absoluta y encima no tenía que realizar ningún tipo de faena en casa ya que disponían de una chica que se encargaba de todas las tareas domésticas.

Alberto, por su trabajo, se pasaba varios días de la semana fuera de casa pero, cuando estaba, no perdía ocasión para entablar conversación y mostrarme que era un hombre muy interesante y con una vida apasionante y frenética. Yo sentía cierta fascinación por él.

Descubrí con el paso del tiempo que esa fascinación acabó dando paso a una atracción sexual que, poco a poco, iba creciendo sin remedio. Su actitud hacia mí era la misma de siempre pero yo, poco a poco, fuí transformándome sutilmente en una gatita con ganas de ronronear. Jugaba al sutil arte de la provocación pero intentando por todos los medios que no se me notara y lo ejecutaba en los pocos momentos en los que coincidía con Alberto en casa y Pablo no estaba, aprovechando para sacar al tablero de juego mis armas de mujer.

Ponerme una camiseta muy ajustada y sin sugetador y entablar una conversación con él era algo realmente divertido y muy excitante. Yo aparentaba absoluta naturalidad pero Alberto tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no perder su mirada en los pezones enpitonados que amenazaban con atravesar la fina tela de mi camiseta.

En alguna ocasión, si lo encontraba en el salón o la cocina, le ofrecía un espectaculo llevando unas mallas ajustadísimas sin ninguna prenda íntima que conseguían marcar claramente mis labios vaginales a través de la tela y ofrecerle una visión apoteósica de los cachetes de mi retaguardia.

Que yo a Alberto le gustaba, al menos físicamente, era algo más que obvio. Sabía perfectamente cuál era la mirada de un hombre que quiere algo más pero, también sabía que él no se atrevería a dar el primer paso y, sinceramente, yo tampoco estaba segura de que algún día me atreviera a darlo.

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Cuando el verano y con él el calorcito se fue aproximando, comencé a utilizar la preciosa piscina del chalet todas las tardes. Me pasaba largos ratos refrescándome en el agua y tomando el sol y, fue en una de esas tardes donde, mi sutil provocación, se convirtió en provocación pura y dura.

Yo estaba tomando el sol medio adormecida en una tumbona, sintiendo como los rayos del sol bronceaban mi piel lentamente, cuando entreabrí los ojos y pude ver a través de mis gafas de sol como Alberto me observaba desde una de las ventanas de la planta alta de la casa. No pude evitar sentir un escalofrío por todo mi cuerpo, se me erizó mi morena piel y comencé a sentir una excitación algo descontrolada. En mi sexo empezó a presentarse una humedad que comenzó a empapar sutilmente la parte baja del bikini, me moría de ganas de masturbarme pero me parecía demasiado descarado y peligroso. Con el calentón opté por otra cosa no exenta de riesgos, me desabroché la parte alta del bikini y dejé al aire mis preciosas tetas.

Comencé a embadurnarlas de crema solar, apretándolas y magreándolas lentamente, los pezones los tenía como pitones a punto de estallar y sabía que me observaba, sabía que lo estaba calentando, posiblemente estaría haciéndose una buena paja con el espectáculo que le estaba mostrando y me moría por que bajara a mi encuentro y me follara salvajemente.

Mi deseo de masturbarme y la calentura era tal que tuve que incorporarme y zambullirme en la piscina para calmar el incontrolable deseo de entregarme a ese hombre. Cuando el agua fría serenó un poco mi apetito salí de la piscina y observé que Alberto ya no miraba desde la ventana.

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Una semana después de lo acontecido en la piscina, Pablo, como cada sábado, me invitó a cenar a un restaurante de nivel y luego nos fuimos a tomar unas copas y a echarnos unos bailes en una conocida discoteca. Desde aquel suceso mis instintos estaban bastante descontrolados y le estaba dando más faena de la habitual a Pablo.

– Ya sabes que cuando bebo acabo poniéndome un poco tontita… – le dije ronroneando al oído mientras bailábamos pegaditos.

– Vente conmigo – Pablo no necesitaba nada para seguirme el rollo y fuí con él hasta los baños. En la entrada Pablo se puso a hablar con un chaval de seguridad, un tipo de gimnasio que me miraba maliciosamente, y le entregó sutilmente algo de dinero. A los dos minutos entramos en el baño completamente libre de pollas desconocidas.

Me senté sobre la taza del water más alejada de la entrada, Pablo me siguió y, sin preámbulos de ningún tipo, le bajé de un tirón suave el pantalón y el bóxer dejándole al aire su preciosa y erguida polla. Eché mano al bolso y saqué mi movil.

– Grábame – le dije con excitación en la voz. Sabía que le excitaba grabarme mientras se la chupaba o me follaba y a mí también me ponía a mil. A ambos nos gustaba lo sucio, lo sordido, salirnos de lo habitual y por ello siempre disfrutábamos tanto y tan a menudo de sexo salvaje.

– Que zorra estás hecha – me dijo un instante antes de que comenzara a grabarme y yo a chuparle la polla.

Fue una buena y excitante mamada, el alcohol me deshinibía y me hacía actuar de una forma un poco más vulgar, intentando proporcionarle el máximo placer y dejándole por momentos que me follara la boca como si fuera una vulgar prostituta de polígono. Mientras me dedicaba con frenesí a su miembro lo miraba a los ojos, traduciendo por sus gestos cuando comenzaría a chorrearme esperma como un loco. Le mamaba rítmicamente la polla, ensalivándosela bien y pellizcándole con suavidad las bolsas de sus peludas pelotas. Y no tardó mucho más en llenarme la boca de leche y hacermelo tragar con un tirón de pelo al tiempo que lo dejaba todo inmortalizado en mi móvil. Era un cabrón y yo lo disfrutaba como una loca.

Otros a lo mejor habrían terminado pero Pablo solía tener cuerda para rato. Tras un minuto de silencio en los que ambos recuperábamos el aliento, Pablo me incorporó y me apoyó bruscamente contra uno de los lavabos. Me levantó mi escueta falda, apartó con fiereza mi tanguita de hilo y sin titubeos apuntó su glande en mi lubricado coñito y comenzó a taladrarme, primero ligeramente, introduciendo sólo la cabecita de su polla, engañándome, haciéndome creer que no va a introducir nada más para, posteriormente y sin preaviso, clavarmela hasta lo más hondo.

Mientras Pablo me bombeaba, acercaba sus labios a mi oreja y me la mordisqueaba al tiempo que me decía guarradas de todo tipo que no hacían otra cosa que excitarme todavía más. En un momento dado entreabrí los ojos y pude ver en la entrada del baño al tipo de seguridad, que no se perdía detalle de la escena. En ese momento de éxtasis clavé mi mirada en él, y juro por dios que por mi mente pasaban imagenes sordidas que avergonzarían a la más guarra de las actrices porno. Pero fué en ese instante cuando Pablo sacó su polla de mi cavidad y comenzó a derramar su leche sobre mis nalgas al tiempo que me las azotaba con sonoridad.

Tras unos segundos nos recompusimos, me adecenté como buenamente pude y salimos del baño. Pablo salió delante de mí y al salir yo, el seguridad con sus musculitos no perdió la oportunidad de entregarme sutilmente una tarjetita, posar una mano bastante por debajo de mi cadera, es decir, sobre mi culo y susurrarme algo al oído que no llegué a descifrar pero que podía imaginar por donde iban los tiros.

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Volvimos a casa bastante perjudicados por el alcohol y los excesos y Pablo cayó tendido sobre la cama sin siquiera cambiarse; yo me quité el maquillaje, me duché, me lavé los dientes, me puse una camiseta interior de tirantes y unas braguitas de Hello Kitty y me fuí a la cocina a pillar cualquier cosa dulce que encontrara. Eso es algo que desde que tenía quince años hacía cuando volvía a casa después de salir de fiesta y me encantaba, aunque el yugo de mis padres y hermanos no me permitían hacerlo tanto como a mi me gustaría.

Al llegar a la cocina abrí una alacena y fuí directa a por un tarro de Nocilla.

Estaba absorta en mis pensamientos impuros cuando me sobresalté un instante al ver entrar a Alberto a esas horas en la cocina. Me saludó, dejó una copa sobre la mesa y se sentó a mi lado.

– ¿Todavía despierta? – me dijo al tiempo que se perdía unos instantes en la imagen del inevitable escote que la camiseta de tirantes y la ausencia de sugetador le proporcionaba.

– Sí, siempre que vengo de bailar me entra un antojo de comer algo dulce. – le dije mientras metía el dedo en la crema y me chupaba el dedo provocando, de manera involuntaria, o no, una imagen irrefrenablemente erótica.

– ¿Y no usas cuchara? – me dijo en tono jocoso mientras daba un trago de su copa.

– No…es que soy un poco cochinita. – le dije soltando al instante una carcajada por lo que le acababa de decir.

Alberto acercó un dedo al bote y se huntó el dedo índice de nocilla, pensé que iba a imitarme pero su movimiento fue acercarme su dedo huntado a mis labios. Quizás en un estado de sobriedad hubiera reaccionado de otra manera, aunque no lo creo, pero en mi estado no dudé en seguirle el juego y comencé muy lentamente a chuparle el dedo. Le mantuve la mirada y chupé como él quería que lo hiciera, emulando que chupaba una polla, su polla.

Cuando terminé la labor la tensión sexual que se respiraba en el ambiente era más que evidente. Siempre he sido una chica impulsiva, que no le daba vueltas a las cosas y que hacía lo que quería cuando quería y en ese instante estaba claro lo que deseaba.

Hubo un instante de silencio, en el que sólo podía sentir mi corazón latiendo a mil por hora, le mantuve su penetrante mirada, le sonreí y lo miré de una manera seductora volviendo a meter el dedo en el tarro de nocilla para acto seguido ponerme la crema en la punta de la lengua y levantarme del taburete. Alberto me agarró muy sutilmente, casi con miedo, con ambas manos de las caderas y me acercó hacia él hasta que nos fundimos en un apasionado beso. Su lengua jugaba con maestría y se adentraba en mi boca rompiéndome todos los esquemas. No me dejaba pensar y no me daba tregua, cuando nuestras bocas se separaron un instante se abalanzó sobre mi cuello para derretirme por completo y dejarme completamente vulnerable. La temperatura de la habitación se elevó varios grados, sentía mi respiración entrecortada y comenzaba a sentir como el sudor se apoderaba de mi cuerpo. Levanté un instante los brazos y él me despojó de la camiseta de tirantes dejándome únicamente con las braguitas.

Alberto se quedó unos instantes observándome, se notaba que le gustaba lo que veía y quería deleitarse y disfrutar de cada segundo. Ahora, a diferencia de lo acontecido en la piscina, tenía mis pechos a escasos centímetros de él y se los estaba ofreciendo, eran suyos.

Yo volví al tarro y me unté nocilla en uno de mis pezones, realmente estaba desatada y mi chochito comenzaba a generar un gran surco de humedad en las braguitas.

– Ya te dije que era un poco cochinita… – le dije con un tono de viciosilla al tiempo que se abalanzaba sobre mi pecho y relamía la crema de chocolate de manera muy golosa. Me estaba poniendo a mil y no sabía como iba a terminar aquello, o quizás sí. Me bajó las bragas con sutileza y maestría y con habilidad me subió sobre la mesa de la cocina. Pensé que se iba a sacar la polla y a follarme en ese instante pero lo que hizo fue abrirme las piernas y acercar su cara a mi sonrosada vagina. Se quedó un instante observándo mi coñito, sintiendo su olor a sexo, viendo como no presentaba ni un pelito, rasurado y con descaro descubriendo el piercing que se asomaba ligeramente.

– ¿Eres una niña muy guarra verdad? – me dijo el cabrón sabiendo que me moría porque sus labios y su lengua entraran en contacto con mi sexo. Era experimentado, no me cabía duda y sabía ralentizar los momentos para potenciar mi deseo hasta lo enfermizo.

– La…la más guarra…..papi – le dije con las mejillas incandescentes y agarrándole de la cabeza para que me devorara el coño.

Comenzó a realizar una labor encomiable, la que, sin lugar a dudas, fue la mejor comida que me habían realizado hasta ese momento en toda mi vida. Lamió y mordisqueó con cariño y sutileza mis íngles, paso a jugar con su lengua en mis labios mayores para recorrer posteriormente mis labios interiores y supo acercarse en el momento idóneo a mi clítoris y juguetear con la bolita plateada que adornaba mi sexo.

Al principio mis gemidos eran ahogados y casi imperceptibles pero, conforme el placer iba in crescendo, gemía con más fuerza aunque intentaba contenerme sin éxito. Yo misma me magreaba las tetas, me mordía el labio inferior y disfrutaba como una posesa sin pensar en nada más. La habitación en la que se encontraba Pablo estaba en el piso de arriba y algo alejada pero en ese momento el que pudiera pillarnos no se me pasaba ni por un instante por la cabeza. Ya nada podía deterner mis instintos más primarios.

Consiguió que me corriera como una perra en celo cuando comenzó a castigarme el clítoris, rozándolo con su nariz y con su revolucionada lengüecita al tiempo que, con un dedo lubricado de flujo vaginal, comenzaba a perforarme mi agujerito trasero. Gemí con tanta fuerza que Alberto tuvo que taparme la boca con su mano libre para atenuar el sonido de mi brutal orgasmo.

Me quedé un par de minutos inmóvil, recuperándome de algo tan intenso y placentero que me costaba creer que hubiera sido real. Me incorporé lentamente y bajé de la mesa, tambaleante, quedándome de nuevo frente a Alberto que con ternura me acariciaba, recorriendo con sus dedos mis largos cabellos, amasando e intentando abarcar sin éxito con sus grandes manos mi culito respingón y besándome el cuello y los labios, mordiendo mi barbilla y los lóbulos de mis orejas…haciéndome disfrutar como nunca.

Correspondí a sus besos y caricias y mis manos comenzaron a amasar el enorme bulto que se adivinaba a través del pantalón de pijama que llevaba. Le desabroché con cierta dificultad uno de los botones de la camisa y opté sin dudarlo por abrirle la camisa de un tirón. Varios botones salieron desperdigados por el suelo de la cocina y comencé a lamer pausadamente su pecho velludo, bajando lentamente por toda su anatomía, con ritmo aletargado mientras le iba dando besitos dulces, hasta quedarme de rodillas frente a su tesoro oculto. Acerqué mis labios y besé su miembro a través de la fina tela del pantalón, respiré hondo, intentando deleitarme con el embriagador e inconfundible olor a polla caliente un instante antes de disponerme a sacarla de su cautiverio.

Fué en ese instante cuando un móvil comenzó a sonar, retornándome de un plumazo a la realidad. El corazón se me salía por la boca, era mi móvil el que sonaba y Pablo quién llamaba. Me levanté como un resorte y desnuda como estaba, le cogí el teléfono. Me esperaba en la cama y al colgar el teléfono me sentí ruborizada al verme desnuda frente a Alberto que se había sentado en un taburete y me miraba con una sonrisa juguetona. Imagino que mi cara de susto le hacía gracia y no perdió detalle de mí mientras buscaba mis bragas y mi camiseta de tirantes por el suelo de la cocina.

– Bu..buenas noches. – atiné con voz nerviosa a decirle un instante antes de salir de la cocina.

Cuando llegué a la habitación Pablo se había vuelto a quedar dormido. Me tumbé a su lado y sentí cierta culpa por lo que había hecho. Pero ya más calmada comencé a rememorar en mi mente todo lo que había pasado en la cocina y la excitación volvió a recorrerme todo el cuerpo y comencé a masturbarme. Tuve un impulso y mientras me acariciaba ferozmente y sin titubear cogí mi móvil y le mandé a Alberto un whastapp:

– La más guarra…papi – y le adjunté el vídeo de la mamada que un rato antes le había hecho a su hijo en la discoteca. Apenas unos segundos después llegaba un brutal orgasmo que me dejó completamente agotada y, sin tiempo de analizar lo acontecido, me quedé dormida.

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