Una fiesta que nunca olvido

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Las fiestas son divertidas, y pueden ponerse aún más divertidas.

Era la graduación de tu mejor amigo como abogado, tú y yo teníamos un tiempo separados, hacía casi un par de años que decidí dar por terminada una relación que se convertía en tóxica y nos dañaba a ambos. Sin embargo, Alberto insistió tanto en que debía ir que terminé prometiéndole que ahí estaría a sabiendas que podría encontrarte y eso en realidad lo había evitado muchas veces, como sé que tú me evitaste otras tantas. De hecho, los pocos encuentros que habíamos tenido después de la ruptura fueron de minutos y sin intercambiar casi palabras.

Yo tenía cinco meses saliendo con otra persona la cual me acompañaría a ese evento, tal como le informe a nuestro amigo quien dijo enseguida “¡Claro! tráelo que no hay ningún problema”

Esa tarde mientras me preparaba para la fiesta, pensé que lo mejor sería continuar evitándote, sólo saludarte y dejarte pasar. Además, quizás estarías acompañado al igual que yo y mi objetivo era disfrutar de la reunión. Me puse mi vestido azul oscuro de cóctel, mis grandes zarcillos de plata y unos zapatos a juego altos pero muy cómodos. A mi pareja de esa noche le encantaba que llevara el cabello suelto y decidí complacerlo. Tomé mi cartera y salí al encuentro con mi acompañante quien de traje me esperaba en su vehículo.

“¡Qué bien te ves!” me dijo F, dándome un tierno beso en la boca, “Voy a portarme bien esta noche para que me recompenses luego, hoy no habrá escena de celos ni malas caras de mi parte, lo prometo”.

Cabe destacar que mi amigo tenía una fuerte personalidad machista y sus celos se disparaban tan solo porque le sonriera a un desconocido. Sin embargo, era un hombre muy inteligente y educado, cosa que me encanta y hacia ver sus defectos minimizados.

Mi nuevo amigo y yo llegamos a la reunión y fuimos recibidos por Alberto aun con toga y birrete, blandiendo una copa gigante en sus manos de la que hacia beber a todos los invitados que llegaban a la fiesta. Al verme, Albertico gritó: “L, amiga, ¡sabía que estarías aquí!” al mismo tiempo que me daba un beso sonoro en la mejilla acompañado de un abrazo fuerte que casi me deja sin aire, seguido de un sorbo obligado de aquel champañizado que contenía en su copa.

“Bebe amiga, que la vida a mí me comienza hoy y nunca sabemos que puede pasar en el siguiente par de minutos” dijo como si de una premonición se tratara.

Le presenté a mi acompañante que miraba muy serio nuestro saludo. Al percatarme de la mirada de F como si quisiera fulminar a Alberto, me le acerqué y le susurré al oído “Recuerda tu promesa, sabes que mis recompensas por portarte bien a ti te gustan mucho”.

F de inmediato sonrió y me tomó la mano de esa manera que él tenía, como si su mano fuese una cadena que indicaba propiedad. F era muy alto, blanco de unos impactantes ojos verdes que contrastaban con su cabello negro azabache. Caminaba como si fuese dueño del mundo y su voz de tenor retumbaba cuando algo le hacía subir de tono. Era un macho mediterráneo que pensaba que su pareja era su trofeo y que le pertenecía. En la cama era dedicado, bastante bueno, pero egoísta al mismo tiempo y como ya dije, sus celos podían hacerlo estallar ante la mínima provocación. Sin embargo, yo ya sabía controlarlo.

Entramos a un amplio jardín donde estaban todos los invitados; saludé a uno que otro conocido mientras F me buscaba un trago en el bar dispuesto en la entrada.

Me encontré con unas amigas, una de ellas era tu hermana, quien al verme con a aquel galán me dijo:

“¡Amiga, que cambio!” lo que provocó las risas del grupo y el estupor de F, pues sabía a lo que ella se refería.

Estuvimos charlando en varios grupos y bailamos un buen rato. F ya tenía unas cuantas copas en su cabeza cuando empezamos a bailar muy juntos y pude sentir como se asomaba una erección en su pantalón. Le dije que debía refrescarse y que yo iba a hacer lo propio en el baño. Él me dijo “Mejor te espero en el carro y nos vamos a mi casa” Asentí y lo vi alejarse medio desorientado mientras yo me dirigía al tocador de damas a hacer la interminable fila para entrar. Justo ahí fue cuando me tropecé contigo y sin verte supe que eras tú por le electricidad que recorrió mi cuerpo al chocarte.

“Hola pequeña, estas muy linda hoy” me dijiste

Sólo pude sonreírte.

“Pequeña” pensé, así me llamabas siempre. Te pregunté como te iba y me invitaste a una copa como respuesta. Me dijiste que ya me habías visto hace rato pero que no querías incomodarme acercándote a saludarme. Estabas como siempre impecable, con tu cabello corto perfecto, tu altura que sobresalía del percentil normal, esa piel canela espectacular, tu perfume hipnotizante y aquella sonrisa que lograba desarmarme.

Fuimos al bar y pediste dos whiskies pues sabes que es mi bebida favorita. Y nos fuimos a buscar un espacio menos ruidoso para hablar, pero te dije que F esperaba por mi afuera y no tenía tiempo.

Insististe “sólo dos minutos, me los merezco después de tanto que hemos pasado, sólo quiero saber cómo te va”

Y comenzaste a preguntarme frivolidades de mi entorno: trabajo, estudios, familia, perro…

Tomaste mi mano y me dijiste “Siempre recuerdo tus manos, sabes que me encantan” y me diste un beso en cada dedo. Sentía como el piso se abría debajo de mis pies, respirando profundo te dije “ya, sabes que no es bueno”.

Entonces me miraste con aquellos ojos casi negros y dijiste que me acompañarías al auto de F pues las calles a esta hora son peligrosas y hay muchos pervertidos acechando a damas solas. Mientras caminábamos muy despacio y charlábamos las dos cuadras que separaban la casa de donde estaba aparcado el auto, nuestros cuerpos se fueron acercando hasta que te detuviste y me tomaste por los brazos sin mediar palabra y me besaste. Sentí tu boca caliente y tu lengua abriéndose paso en mi boca que me hizo recordar como entrabas con ella en mi vagina cuando me practicabas sexo oral. Me empujaste hacia unos arbustos y empezaste a tocar mis senos sobre el vestido, solo sentía nuestra respiración acelerada.

En ese momento había olvidado totalmente a F quien de seguro estaría buscándome por toda la fiesta,

Me apoyaste en un árbol y empezaste a subir tu mano por mi falda hasta llegar a mis nalgas que apretaste fuerte mientras me decías que no habías podido olvidar mi culo que te recibió tantas veces y con un tono morboso me preguntaste si F ya había estado allí. “Sólo has estado tú, mi culo sólo ha sido tuyo”

Vi como tus ojos ardían ante mi respuesta y procedías a arrodillarte metiendo tu cabeza bajo mi falda mientras me decías “Sabía que no llevabas ropa interior, sigues siendo una perrita, mi pequeña perrita”

Yo afincándome sobre mis talones y apoyándome en el árbol abrí mis piernas para que tu accedieras a mi vagina que indudablemente extrañaba tu roce. Empezaste a lamer mi clítoris, primero lentamente, como si comieras un helado y luego aumentaste tu velocidad como si en realidad quisieras desprenderlo de mi cuerpo. Me corrí en tu cara bañándote de mis dulces jugos. Sacando tu pañuelo para secarte me dijiste “Ese sabor jamás lo podré olvidar”.

Luego parado frente a mí me tomaste por la nuca y me arrodillaste para que te mamara tu gigantesco pene que casi me ahogaba cuando tratabas de metérmelo completo en la boca. Cuando estabas casi a punto me levantaste y me diste vuelta quedando mi rostro pegado al árbol mientras me decías “Ábrete como la puta que eres, enséñame ese culo que es mío”.

Obediente, con mis dos manos abrí mis nalgas para que pudieras acceder a mi ano que tratabas de dilatar con dos dedos. Una sensación deliciosa que tenía mucho tiempo sin probar pues F aun no lograba despertar ciertos demonios escondidos en mí… sin embargo tu, experto en esas lides, quien me enseño el placer de recibir una verga dura en mi culo, solo le bastaba chasquear los dedos para entregártelo sin pudor.

Sentí como tu miembro duro se abría paso en mi ano haciendo que se me escaparan grititos de dolor y placer.

“Ya va a entrar completo, pequeña, sabes que te gusta todo”

Efectivamente, me gustaba todo tu pene, me encantaba tener tu verga en mí, y te extrañaba.

Empezaste a bombear con un ritmo suave pero contundente mientras besabas mi nuca y me apretabas los senos. Me decías lo mucho que me extrañabas, que habías estado con muchas pero que ninguna de ellas era tan pervertida, tan perra, tan única como yo. Entretanto yo con una mano me masajeaba mi clítoris en búsqueda de un placer extremo. De vez en cuando dejabas tu verga enterrada en mi culo profundamente para meterme dos dedos en mi vagina y a través de ella sentirte dentro de mí. Me hiciste enloquecer y gritar mientras me tapabas la boca para evitar ser descubiertos.

Debo admitir que a F le hacía falta mucho para ser como tú, le sobraba ternura, pero le faltaba perversión, esa de la que tú te jactabas conmigo.

Seguiste reventándome mi culo hasta que me susurraste en el cuello “Acaba, que ya te voy a llenar de leche”. Al escucharte sentí que mi cuerpo no me respondía, me sujeté con fuerza del árbol como queriendo no desmayarme de placer cuando sentí que de mi vagina brotaban mis fluidos que corrían por mis muslos mientras me llenabas de tu leche mi culo que de alguna manera te extrañaba.

A lo lejos se escuchaba la música de la fiesta. El olor a hierba pisoteada por nosotros se confundía con el de nuestros sexos y el de tu perfume. Me diste vuelta y me besaste apoyado en mi como cuando éramos adolescentes. Me escapé casi sin fuerzas de tus brazos que trataron de apresarme por un momento y empecé a arreglarme la ropa.

Te dije:”Acompáñame al auto, me da miedo andar sola por aquí con tanto pervertido suelto” Reíste ante mi ocurrencia y caminamos en silencio hasta el carro de F, nos detuvimos un poco antes de llegar para evitar que F estallara en una escena de celos que esta vez estaría justificada. Con señas me dijiste que me ibas a llamar y te diste vuelta para emprender tu camino de regreso a la casa de Alberto. Yo me acerqué al carro sigilosamente y vi en su interior a F, quien dormía plácidamente frente al volante.

Sonreí y traté de despertarlo para poder manejar yo el auto pues sabía que él no podía hacerlo en ese estado. Conduje hasta la casa de F casi sin poder sentarme bien y cuando logré acostar a F en su cama entre sus vanos esfuerzos por follarme recibí un mensaje tuyo en mi celular que decía: “¿Llegaste bien? Mira que hay muchos pervertidos en el camino”.

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