Cogí a mi acosador

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Me dijo que lo había esperado por años; cuatro, para ser exactos. La verdad es que no soy buena para ese tipo de detalles, para mí el tiempo se asemeja más a una colección de instantes en lugar de una línea temporal; algo así como un insectario: los hay hermosos como las mariposas, los hay en apariencia terroríficos como las tarántulas; los hay indescifrables como los escarabajos. Lo cierto es que no me había imaginado que, desde que comenzó a hablarme por Twitter, hubiese pasado tanto tiempo y sobre todo que él hubiera llegado hasta este punto: desnudos sobre una cama de cualquier habitación de hotel en cualquier centro de cualquier ciudad.

“Eres mi fantasía hecha realidad”. Y yo, por no llevarle la contraria, sólo asentí con una sonrisa, la misma sonrisa que siempre le había dedicado aunque él se empeñara en decir que cada una de éstas era distinta. Decidí entregarme, o más bien, liberarlo de esa “cruel prisión” que, según él, era mi indiferencia, mi nulo interés en su persona. Decidí que por un momento, uno que durara quizás diez minutos o quizás veinte, él podía estar dentro de mí; porque así y sólo así terminaría toda esta situación que me rebasaba.

Afuera de la habitación podía escucharse, desde una de las ventanas abiertas, el sonido inconfundible de la gente, personas que estaba haciendo algo mejor o por lo menos de mayor urgencia que el hecho banal de estar desnuda para ser penetrada… ¿será el primer caso de una violación consentida y documentada en la historia de la humanidad? Él me besó con toda la parsimonia posible, como queriéndome enamorar desde el primer beso, porque no hubo ningún beso previo. La escena me remitía a la de una película infantil: la parte en cómo un coleccionista de juguetes limpiaba con toda pulcritud y delicadeza posible a su muñeca favorita, como si estuviera compuesta del cristal más frágil. Durante el beso, llevé mis manos hacia su cuello para rodearlo mientras nuestras lenguas, de forma sutil, se reconocían en un baile por demás cauteloso; como queriendo que la mezcla de saliva nos permitiera conocer los temores del otro. ¿Qué caso tenía a esas alturas no dar besos franceses? Es, quizás, lo único que nos separa del cortejo de los insectos.

Porque, era una realidad, no lo conocía lo suficiente. Sólo recuerdo que cuando empezamos a hablar me platicaba de muchas otras cosas, de hecho muchas y ninguna de éstas conducía al sexo. Me habló de política, de literatura, de religión y si mente no me traiciona de lo primero que me habló fue del baile, de la salsa en especial. Me decía que le encantaba bailar ese ritmo musical porque era como un acto de cortejo, como una prueba de que si los cuerpos se sincronizaban significaba entonces y sólo entonces que en la cama también se combinarían. Yo no sabía bailar y aquel desconocimiento mío fue el pretexto idóneo para que él me invitara a salir. Pero, por supuesto, sólo le di largas.

Rodrigo, porque ese es su nombre, comenzó a tocar todo mi cuerpo mientras miraba cada uno de mis poros, cada una de mis venas que sobresalían a simple vista. Me reiteraba cada que podía que nunca se imaginó estar haciendo lo que hacían sus dedos en ese momento. Un poco desesperada (porque con ese ritmo nos llevaríamos más de las cuatro horas por las que fue alquilada la habitación), decidí adelantarme y tomé una de sus manos para llevarla a uno de mis senos. Cabía completamente, su mano estaba fría y casi por reflejo la apartó de mi cuerpo; el calor de mi pecho comenzaba a transferirse a mano turgente, de dedos pequeños. Él comenzó a dar un pequeño masaje a mi seno, rodeándolo, descifrándolo, como anhelando que las yemas de sus dedos tuviesen memoria para no olvidar nunca el dulce tacto que, a su parecer, tenía mi piel. “Es como tocar la cáscara de un durazno, no, mejor dicho, de un melocotón recién cosechado”, decía. Con su dedo índice tocó el pezón y el tacto provocó de inmediato un aumento de temperatura en todo mi cuerpo, incluso parecía que mis mejillas se habían sonrojado, que mis caderas se habían movido por reflejo.

Recargados sobre la cabecera capitonada, Rodrigo decidió recorrer el resto de mi cuerpo con su otra mano, no negaré nunca que cuando pasó sus dedos sobre mi cadera, la reacción biológica, por no decir animal, de mi cuerpo fue el mecerse, como si ya lo estuviera montando, como si me hiciera el amor desde hace muchos años. Podré no conocer muchas cosas de él, como su comida favorita o qué país desearía visitar si pudiera tomar el primer vuelo internacional. ¿O a caso sí me lo dijo? Ya ni sé. Por suerte él tampoco sabía muchas cosas mí. Nuestras pocas pláticas eran sobre temas generales, noticias de último momento o cómo había sido nuestro día en la escuela (en mi caso) y el trabajo (en su caso). Aún recuerdo la ocasión en que me mandó un Whatsapp a las cuatro de la mañana porque se enteró que su escritor favorito había muerto… creo que era francés. A veces tardábamos días o semanas en escribirnos, por suerte de ninguno de los dos hubo reclamos o enfados por no contestarnos de forma inmediata. Se trataba, más bien, como aquellas relaciones epistolares del siglo decimonónico donde los amantes (si es que podemos usar ese término para definir lo que nosotros somos), escribían cartas y esperaban pacientemente semanas o meses enteros para recibir una respuesta. Lo cierto es que no ayudaban las mil actividades en las que andaba involucrada además de la escuela, apenas si tenía tiempo para leer o simplemente para ir a la estética y tomar una sesión de pedicura. Y bueno, sinceramente, tampoco ayudaba que Rodrigo tuviese novia.

Con un poco de fuerza, recargué su cuerpo sobre la cama y me coloqué encima de él. El largo de mi cabello, liso y oscuro, cubría mis senos y mientras lo tomaba con mis manos para echarlo hacia atrás, él me tomó de la cadera para acomodarse mejor, apoyar su cabeza sobre las almohadas y tenerme en la mejor de las vistas posibles. Yo descendí un poco sobre su cuerpo al punto que mi cabeza estaba cerca de su entrepierna. Por su mirada noté, a través de esos lentes de armazón desgastados, que jamás iba a dejar de mirarme así, con un deseo tan profundo como el mar abierto. Seguramente estaba intentando ordenarle a su cerebro, o a su pene, de que no se le ocurriera correrse, de que era verdad que ahí estábamos, que era cierto que la mujer que más deseaba estaba a punto de darle una buena mamada.

Sin dejar de mirarlo, saqué mi lengua para palpar, con suavidad y lentitud, su glande, el cual ya se encontraba impregnado de líquido preseminal y totalmente erecto; me apoyé con una de las manos para sujetarlo y comenzar a introducirme aquel pedazo de gloria (porque, cabe decir que independientemente del individuo en cuestión, su pene gozaba de una buena proporción) a mi boca. Antes de comerlo por completo, y llevarlo a lo más profundo, le soltaba pequeños besos que no hacían más que volverlo loco, no paraba de mirarlo porque me dijo en ese momento que una de sus mayores debilidades es que la mujer en cuestión lo viera fijamente mientras le mamaban la verga (hijo del porno, al final de cuentas). También recorría con mi lengua todo el tronco y de vez en cuando lo masturbaba con cierta brusquedad para que perdiera totalmente el control. Habíamos llegado hasta este punto y ninguno de los dos podía arrepentirse. Aunque dudo que él llegara a arrepentirse. Después de todo parecía un buen trato: una cogida a cambio del olvido.

Rodrigo se había empecinado en mi persona al grado de encontrar el lugar donde estudiaba; llegó incluso al punto de estar a fuera de mi casa. Sí, pude haberlo denunciado por acoso, pero la realidad es que en todo ese tiempo siempre se mantuvo comunicado conmigo y por más cerca que estuviese de mí nunca intentó levantarme una mano… o la falda. Ese mismo día (cuando se apareció a  las afueras de mi casa) me dijo que lo único que quería era saber que de verdad existía, que no era un producto fabricado de su imaginación descarriada; no quería lastimarme y tampoco hacerme daño, sólo quería estar cerca y esperar con toda la fe del mundo que un día cualquiera le escribiera no para comentar alguna banalidad sino para pedirle ayuda, o tal vez y con mayor optimismo, una cita. Se declaró a mi completa disposición y voluntad. De hecho, cuando entramos a la habitación del hotel, y una vez que nos quitamos la ropa (uno lejos del otro, sin mayor preámbulo que el simple hecho de mirar de soslayo para asegurarse que el otro se desvestía), Rodrigo se acercó lo suficiente para arrodillarse ante mí. “Mi mundo a tus pies”, dijo, y por más extraño que resulta en sí el hecho de estar a punto de tener sexo con lo que bien podía declararse como el caso más enfermo de stalkeo, me sentí ligeramente conmovida por sus palabras y su acción. No tenía la menor duda de que nunca me haría daño, y que podía pedirle lo que fuera sin que se opusiera a mi voluntad. Entonces, podía suceder.

Una vez que su verga estaba completamente ensalivada, que su cuerpo milagrosamente no había sucumbido a la desgracia precoz de correrse involuntariamente y a destiempo, volví a posarme encima suyo. No fue complicado, él me rebasaba en peso y sobretodo en dimensiones y yo (que era delgada y pequeña) podía maniobrarme bien por sobre su cuerpo. Sus ojos suplicaban, su garganta parecía entrecortarse, como no creyendo que aquello había sucedido y que aún faltaba lo mejor. Decidí prolongar su agonía un poco más cuando levanté una de mis piernas sobre la cama y con ello hacer que mi vagina quedara por encima de su pene. Con una de mis manos sostuve su tranca sedienta de mi cuerpo y con el mayor de los cuidados fui descendiendo hacia él. Pero no me penetró, sujeté su verga para poder tener el control y poder llevar su glande a mis labios vaginales. Hacía un recorrido suave, para que él notara que mis labios se habían hinchado y humedecido por la excitación, como pocas veces en mi vida… ¿será que la fuente de mi excitación era su conmiseración? Si hubiésemos quedado en esa posición por unos minutos más, seguramente Rodrigo hubiera sido protagonista, en primera fila y a todo color, de cómo un líquido espeso, casi transparente, descendía de mis labios y caía en la punta de su glande. Mi vagina estaba más que ansiosa por probarlo, por comerlo, por agregarlo a mi colección de insectos del placer efímero y por efímero: satisfactorio. Yo era una mantis religiosa.

Después de aquella tarde-noche, jamás volvimos a hablar. Ha pasado cerca de tres semanas y él cortó todo tipo de comunicación. Me bloqueó en Facebook y en Whatsapp, su Twitter (donde nos conocimos) había sido dado de baja y su cuenta en Instagram también. Nunca supe dónde vivía y dejó de aparecerse afuera de mi casa. A esas alturas del partido, confirmé mis sospechas: era lo único que él quería; cierto, aunque también una parte de mí lo deseó. Muchas de esas citas plantadas y de reuniones sin futuro se debieron a que en el último de los momentos me arrepentía; prolongando más su deseo insatisfecho, prolongando más mi condición de diosa. Recuerdo inclusive uno de esos plantones en el cual debía de ir a un museo por el centro de la ciudad y él se ofreció a acompañarme. Quedamos de vernos en la entrada y cuando llegué y lo vi, me dio tanto miedo que, estando en la esquina del museo, regresé a casa. Ahora me doy cuenta que ese miedo no era otra cosa sino saber que entre más tiempo que pasara con él, nuestras vidas se cruzarían para no separarse.

Un calor indescriptible, acompañado de una humedad sin precedente, se fueron apoderando de mis sentidos conforme su verga entraba en mí. El placer indescifrable de sentir su piel, de experimentar cómo satisfacía cada uno de mis sentidos y llegar a descubrir que sus dimensiones parecían encajar perfectamente con las mías, me hizo pensar que aquel encuentro tenía una razón para suceder. En aquel preciso instante, como el más brillante de los insectos (tal vez una luciérnaga), sabía que no lograríamos nada intentando algo, pero que sería quizás la mejor experiencia para ambos. Porque no hay un después, porque no hay un antes tan estrecho como sucede con muchas otras personas, porque no era un completo extraño ni tampoco un amigo al que le confieso mis secretos. Debut y despedida, como el apareamiento de las cigarras.

Una vez dentro, en su totalidad, apoyé mis manos en su pecho con la idea de que, al juntarlas, mis pechos se vieran mucho más grandes, frondosos y antojables a su vista; y también tener el apoyo suficiente para comenzar a mover mi cadera al paso de monta. Era la única posición que él me había pedido, era la única que deseaba ofrecerle. Rodrigo tomó mi cadera con sus manos, me decía que me amaba, que me quería para siempre, que quería hacer esto toda su vida, que era el hombre más afortunado del mundo, que siempre lo tendría y que nunca me faltaría nada. La verdad es que no le creí ni una palabra, preferí ignorarlo para no mermar mi excitación, no necesitaba promesas vacías, bastaba el placer que me provocaba el vaivén de mi cadera con una verga dura y gruesa dentro, en ese instante. La notable excitación de mis senos (por lo firme de mis pezones) y gemidos, le provocó (después de un buen rato) el irrefrenable deseo de venirse. Y no fue el único, la fuerza de sus manos, que se intercalaban entre mis caderas y mis senos, así como la posibilidad garantizada de ser una mujer tan deseada como para provocar que eyaculara tan pronto, se tradujo en una explosión de deseo carnal fuera de toda dimensión. No había vuelta atrás, mientras le decía que continuara, que aguantara, que él se había nombrado mi esclavo, que todo él en alma y cuerpo me pertenecía y que no podía desafiar mis órdenes, me descubrí como la domadora sexual que, creo, todas llevamos dentro. Y ese deseo y el estar ahí, y el pensar en lo que sucedía me hizo darle la orden, con un grito, de venirse dentro de mí. Y al venirse, con todo ese líquido espeso y blanco, me provocó un orgasmo monumental, único. Era como si estuviera orinando y no podía pararlo. Mi cuerpo se contorneaba involuntariamente, temblaba por todas partes, incluso las uñas de mis manos se asieron a su cuerpo como si se tratara de un felino sacando las uñas para que su presa no escapara.

Salimos del hotel sin tomarnos de la mano, sin abrazo de por medio. Sólo abandonamos aquel lugar en dirección a la avenida principal. Él tomó la decisión de pedirme un Uber, acepté porque ya se había oscurecido y en teoría a esa hora ya tendría que estar llegando a casa. Pasaron cinco minutos sin que ninguno de los dos dijera algo. Finalmente, Rodrigo habló para indicarme que había llegado el automóvil, me dijo el número de placas y logré verlo sobre la avenida. Caminé hacia el vehículo sin despedirme. Para cuando llegué a la puerta del automóvil, volteé y le sonreí, esta vez diferente a todas las anteriores. Él, con un gesto cortés, unió las palmas de las manos y con ese mismo gesto me dio las gracias; gracias porque había sucedido, y al suceder podía estar en paz. Claro, en ese momento no lo supe, pero ahora cobra sentido. No sabré nunca si su novia se enteró de lo que sucedió, lo único cierto es que aunque me llevara nueve o diez años, al momento de unir nuestros cuerpos la edad fue lo de menos. Al llegar a mi destino, bajé del Uber, esperé unos minutos antes de entrar a casa, saqué un cigarro de mi bolsa y comencé a fumarlo mientras escuchaba en los audífonos la canción Who lovers uncover, de Crystal Castles. Lo único que sabré de todo esto es que aquel instante será un insecto más, uno colorido como las orugas, y que en alguna parte del mundo tengo la completa voluntad y obediencia de alguien. De él.

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