El departamento de Pablo

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Hacía ya varios días de mi encuentro con Pablo y no podía sacármelo de la cabeza. Todo se había descontrolado, o mejor dicho, yo me había descontrolado. Tanta humillación y excitación me hicieron perder la cabeza y mis instintos más básicos afloraron. Terminé convertido en una putita golosa, desesperada por la verga de su macho, y volviéndome a casa con un cepillo de dientes metido en mi colita y resguardado por unos bóxers llenos de pis de mi hombre. Cada vez que miraba ese cepillo podía sentir el sabor de la pija de Pablo en mis labios.

Durante esa semana tuve varias sesiones con Pablo y varios mensajes de él que me sorprendían a cualquier hora del día. Le gustaba preguntarme quién era su puta, a lo que yo respondía sumisamente un “yo señor, yo soy su putita”. Me dijo que el cepillo de dientes que me había “regalado” se transformaría en mi mejor amigo, y me hizo enviarle videos dándole besos y lamiéndolo mientras le dedicaba palabras de amor, luego me obligaba a metérmelo entero en la cola y dormir así. Según él, se lo terminaría agradeciendo el sábado.

Me sentía rarísimo de dormir con mi cola llena, era incómodo y doloroso, pero a la vez excitante. Cada mañana, sin que Pablo me lo hubiese pedido, le enviaba una foto de mi colita ocupada por el cepillo, o un video haciendo un mete-saca antes de sacarlo por completo. Me sentía muy putita, muy desesperada buscando la aprobación de mi macho, deseosa de complacerlo lo más posible.

La noche del viernes recibí un mensaje de Pablo diciéndome que esa noche no debía dormir con mi cepillo en la cola, que le mandara un video diciéndole cómo lo iba a extrañar. Y así lo hice. Puse mi celular a grabar y, completamente desnudo, me puse frente a él, tomé a mi cepillo y comencé a hablarle: te quiero mucho amiguito, decía dándole besitos, me encanta que seas mi mejor amigo y que me llenes la colita para que no duerma solito, pero esta noche no podés dormir conmigo, porque mi amo Pablo me lo prohibió. Seguía dándole besitos que se transformaban en sendos besos, que se transformaban en meterme todo el mango en la boca y chuparlo con la lengua, sintiendo el sabor amargo de mi culito. Mi pitito se iba poniendo durísimo a medida que jugaba en cámara con mi amigo. Era increíble cómo me calentaba hacer aquello. Te voy a extrañar mucho, bebé, continuaba diciéndole mientras lo besaba y lamía. La calentura me llevó a frotarlo contra mi pija, gimiendo y diciendo “te voy a extrañarr…. Mi colita te va a extrañar…. Quiero meterte hasta el fondo en mi colita y dormir con vos…”. Si no hubiera sido por el enojo de Pablo la cosa hubiese terminado mal. Pero aquella noche no era la putita de mi cepillote, tenía que descansar para ser la putita de Pablo, una putita perfecta. Mi amo me mandó a darme una ducha fría, sin tocarme, sin jugar con mi cepillo, sin poder satisfacerme; debería esperar al día siguiente.

Finalmente llegó el sábado. Estaba muy nervioso pero a la vez caliente. Era una sensación rara y difícil de explicar. Con el corazón latiéndome muy rápido caminé hasta el departamento de Pablo. Tal como me lo había indicado por mensaje, me dirigí a su depósito al final del pasillo, pero para mi sorpresa no encontré ahí mi ropita de nena. Solo había un papel que decía que debía desnudarme completito y dejar mi ropa ahí. Obedecí, cada vez más nervioso y me dirigí completamente desnudo hasta la puerta de Pablo. Toqué el timbre y, rezando que abriera rápido, me arrodillé instintivamente. Al instante me puse completamente colorado y avergonzado, ya que en ningún mensaje me había indicado Pablo que debía arrodillarme. Cada vez más putita, pensé.

La puerta se abrió casi un minuto después. Esos 60 segundos se me hicieron eternos. Cuando Pablo me vio, desnudo y arrodillado, se limitó a sonreír burlonamente y me hizo pasar.

–          Ya que estas de rodillas, entrá en cuatro patitas, marica. – me dijo, y yo obedecí.

Cerró la puerta y me hizo permanecer inmóvil y en cuatro patas mientras daba vueltas a mí alrededor. Yo estaba petrificado, completamente inmóvil y asustado. Era fuerte volver a ver a mi amo Pablo después de haberme ido de su casa con mi cara llena de su leche.

Algunos minutos después se agachó a mi lado y comenzó a examinarme.

–          Estás muy obediente mariquita, eso me gusta – me decía mientras con su mano manoseaba mis huevitos que colgaban graciosamente en esa posición.

Cada vez que sentía mi pito agarrado tan sólo por dos de sus dedos todo rastro de auto respeto y masculinidad desaparecían de mí. Pero seguía completamente inmóvil, evitando gemir o quejarme ante sus caricias.

–          ¿Me parece a mí, o está más chiquito que la última vez? – dijo riéndose en voz alta mientras me pegaba tremendos chirlos y me agarraba el culo con ambas manos y mucha lujuria.

Sus “caricias” se volvieron violentas, me agarraba fuerte el culo y me apretaba duro. Luego empezó a moverme a placer, y me di cuenta que nada podía hacer yo ante la fuerza de Pablo. Casi sin esfuerzo me bamboleaba para todos lados, me sentía un juguete en sus manos. Empezó a emular movimientos sexuales y yo sentía como su bulto escondido bajo la ropa chocaba contra mi cola. Que humillación sentí.

Levanté la cabeza y pude ver en el espejo que mi amo, arrodillado atrás mío, se había bajado los pantalones y bóxers. En ese momento sentí como sobre mis nalgas caía, en peso muerto, la tremenda pija de Pablo semi blanda. Sentí todo su peso cayendo sobre mi piel y me impresionó. Cuando sentí toda su longitud me di cuenta que era un pedazo enorme y temí por mi cola.

–          Hoy te la vas a comer toda, entendiste marica?

Yo moría de vergüenza y miedo ante sus comentarios. Quería levantarme e irme, aunque fuera desnudo como estaba, pero sabía que no podía. Estaba entregado, a merced de mi amo y señor para que hiciese conmigo lo que quisiera. Después de todo, yo era su puta, su juguetito.

–          Si señor – dije con mucho temor y timidez.

–          ¿Si qué?

–          Si amo Pablo, me la voy a comer toda.

Ese comentario lo excitó mucho, noté que se puso más intenso. Me tomó de la cintura y me empujó hacia él. A continuación comenzó a pegarme nalgadas con su tremenda verga, que con cada golpe iba dejando gotas de líquido pre seminal desparramadas sobre mis nalgas.

–          Te la voy a meter hasta el fondo, ¿sabés putita? Espero que hayas practicado con el amiguito que te regalé porque papi te va a coger bien duro, porque sos su putita. ¿Entendiste?

–          Ssss… si amo. Me la voy a comer toda enterita.

A esa altura mi pitito ya estaba semi duro, colgando hacia abajo entre mis piernas. Pablo se alejó unos centímetros y comenzó a pegarme en los huevos y el pito con su pija. Cada golpecito en mis huevos dolía muchísimo y me aflojaba las piernas, pero me esforcé para mantener mi posición de perrita.

–          Mirá esta verguita de mierda que tenés – me decía con violencia mientras me seguía golpeando los huevitos – por eso sos una puta, porque con esta mierdita no podés ser otra cosa, entendés? – repetía sumando nalgadas a sus golpes con la verga.

–          Ayyy…. Sii amoo, soy una putita sumisa, no soy un hombre. Soy un mariquita pito corto.

Mi humillación aumentaba, y la calentura de ambos aumentaba al mismo ritmo. Pablo se ponía cada vez más cachondo y agresivo, como si le costara contenerse. Temí por mi integridad, pero Pablo se apartó de golpe.

–          Andá al baño y abrí la ducha, puto. – dijo levantándose y guardando su descomunal pija en sus bóxers nuevamente.

Obedecí. Me levanté desnudito y, con mi pito aún duro bamboléandose, me dirigí al baño. Lo escuché a Pablo decir “que risa como se hamaca el pitito ese”  y bajé la vista sólo para encontrarme con la patética visión que mi amo acababa de describir. Ya no podía concebirme como hombre en su presencia, miraba mis pequeños huevitos y mi corto pito bambolearse en mi desnudez y me sentía infinitamente inferior, miraba mi pito y sentía que lo tenía como un niño de 12 años.

Pablo entró al baño, tocó el agua de la ducha y dijo que estaba demasiado caliente para mí. Abrió entonces el agua fría y sin mucho esfuerzo me colocó debajo del agua. La poca fuerza que debía hacer para vencer cualquier resistencia de mi parte me hacía sentir indefenso y entregado, con miedo de hacerlo enojar. El agua fría comenzó a bañar mi cuerpo. La temperatura hizo que mi pito duro se encogiera a su mínima expresión, al igual que mis huevos. Pablo estalló en carcajadas y comenzó a enjabonarme mientras no paraba de decirme lo pequeño que era mi pitito. Se quitó sus bóxers y su verga apareció majestuosa ante mis ojos.

–          Ves la diferencia, putito? Esto es una pija de verdad, y eso…

–          Un pitito amo – dije sumisamente, sin darme cuenta que lo estaba interrumpiendo.

Lejos de enojarse, mi acotación lo divirtió de sobremanera.

–          ¡Jajaja! Tenés razón, es un pitito. Los hombres tenemos pija y las putitas….

–          Las putitas tenemos pitito amo. – acoté de nuevo y de nuevo Pablo rió.

Continuó bañándome con delicadeza. Me sentía como una mezcla de puta barata y princesa. Cuando terminó de enjuagarme el jabón comenzó a esparcir espuma por mi cuerpo.

–          Ahora te voy a depilar toda bebé, porque las putitas no tienen pelitos, ¿verdad?

–          Tiene razón señor… – me limité a decir. La idea no me gustaba para nada, pero nada podía hacer para impedirlo.

Pabló terminó su faena sin resistencia de mi parte y apagó la ducha. Me hizo salir, me secó despacio y luego me puso mucha crema y aceite para la piel.

–          Estas divina putita, esperame en mi habitación – me ordenó.

Fui a su cuarto y noté que el techo y varias paredes estaban cubiertas de grandes espejos. En su reflejo pude ver a detalle mi cuerpito, completamente depilado y aceitado. No había quedado ni un mísero pelito, y toda mi piel brillaba. Miré mi pitito, sin pelos no parecía más grande como decían, sólo mas femenino y delicado. Toque mi cola y la noté suavecita, hermosa, inmaculada. No tenía ni un pelo, parecía la cola de un bebé.

Estaba ensimismado en mi cuerpo, contemplándome casi sin reconocerme, y no vi a mi Amo Pablo entrar en su habitación. Cuando me di cuenta ya me había puesto mi peluca. Desnudito y completamente depilado y encremado, esa peluca me quedaba hermosa. Era toda una nena. Pablo estaba visiblemente caliente, pero disfrutaba la situación. Sabía que todo este preámbulo sumaba mucho a mi humillación y eso lo volvía loco.

Me entregó ropita nueva. Me puse una tanga naranja flúo, una minifalda de cuero con cierre en la parte de atrás, un top de cuero, medias de red a medio muslo y botas negras. Me contemplé detenidamente. Si la vez anterior me había vestido de nenita, esta vez me había caracterizado como una puta con todas las letras. Era un look más pornográfico, mas guarro, ideal para una puta sumisa. Debo reconocer que, aunque me resultó muy humillante pensarlo, sentí que con mi cuerpo depilado y mi piel brillosa me hubiera quedado muy lindo el look de nenita inocente de la última vez. Supuse que no faltaría oportunidad. Y ese look no me quedaba mal, tenía toda la pinta de putita golosa, de esas que andan desesperadas buscando pija en antros.

Ante su presencia, me obligó a maquillarme (me había enviado tutoriales de youtube para que aprendiera) con unas hermosas pinturas que me regaló. Lo hice lo mejor posible, y mi poca sutileza me hizo quedar aún mas puta: ojos con maquillaje celeste y sombras oscuras, rubor en las mejillas y labios pintado de rojo furioso. Al verme así se calentó aún más. Me apoyó toda su pija en la cola y me empujó contra el espejo. Comenzó a morderme el cuello y meter mano por todos lados, colándose debajo de mi pollerita y adueñándose de mis huevitos y mis nalgas. Temí que fuera a cogerme ahí mismo, pero se detuvo y me hizo salir de la habitación.

Estuve afuera varios minutos, de pie junto a la puerta, vestido de puta y muy pero muy nervioso. Cuando me dejó ingresar me encontré con mi amo acostado en su cama, apoyado en el respaldo. Sólo traía puesto sus bóxers abultados. Tenía su celular en la mano y en la esquina de la habitación, apuntando a la entrada, la cama y las paredes con espejos, había una cámara con su trípode. Me quedé de piedra. No habíamos dicho nada de cámaras, pero antes de que pudiera quejarme Pablo me hizo cerrar la puerta. La voz de su orden fue tan severa que no me atreví a protestar.

Obedeciendo sus órdenes, me puse en cuatro patas y me acerque a la cama gateando. Me arrodillé a los pies de la cama y lamí sus pies. Sentí asco y degradación, pero me excitó.

–          Trépate a la cama perrita – me dijo filmándome con su celular – mirá a la cámara y decime quien sos…

–          Soy la putita de mi amo Pablo.

–          Sos golosa?

–          Si señor, soy una putita muy golosa

–          Y me querés chupar la pija?

–          Si señor, quiero.

–          Pedimelo por favor.

–          Por favor amo Pablo, me deja chuparle toda la pija? – dije mirando a la cámara e intentando parecer bien puta para complacer a mi señor.

–          Bajame los bóxers con los dientes, dale

Obedecí. Mordí el elástico y los hice bajar por sus piernas. Ante mi cara apareció bailando su enorme pedazo, que volvía a tener cerca de mi cara. Pablo se río de cómo mis ojos se fijaron en su pija y comenzó a insultarme y humillarme.

–          ¿Qué esperas marica, chupala, dale, si te morís de ganas? ¿No?

–          Si, amo

–          Pedime por favor

–          Por favor amo, puedo chuparle la pija? – mi respuesta no pareció gustarle demasiado.

Se acercó a mí y me dio un cachetazo que me sorprendió. Me quedé de piedra con los ojos llorosos. Me había pegado como si fuera mi dueño y yo un juguete defectuoso. La poca autoestima que me quedaba desapareció y quise no fallarle nunca más.

–          Así no se le contesta a un amo. Esmerate más puta, dale. – dijo, y volvió a recostarse contra el respaldo. Su pija estaba semidura.

–          Amo, soy una putita golosa y desesperada. Necesito tener una buena pija en la boca, me deja lamer la suya? Me la quiero comer toda, enterita, por favor. – dije con voz de puta y mirando a los ojos a la cámara que me filmaba. Pablo parecía contento.

–          Así me gusta puta, dale, ponete a trabajar.

Yo me puse en cuatro y me agaché, acercando mi caraa su enorme verga que ya emanaba olor a hombre. La tomé con la mano, recorrí su eterna longitud, luego corrí su piel hacia atrás dejando una cabeza brillante y ya húmeda ante mí. Miré a mi amo a los ojos, miré a su celular que no perdía detalle, y manteniendo la vista (y levantando mucho mi colita) me acerqué, saqué la lengua, y lamí toda la extensión de esa pija hasta llegar a la cabeza. Luego sonreí a la cámara. Me sentía putísima, y a Pablo le encantaba.

Antes de que pudiera decirlo, metí su glande en mi boca y jugué con él con mi lengua. Me estaba esmerando mucho mientras movía mi cola para Pablo. Sentía la necesidad imperiosa de contentarlo, de ser la mejor puta que jamás hubiera tenido. Retiré mis manos de su pija y, mirando a sus ojos y a su cámara, me la metí hasta donde pude en la boquita. Pablo gimió fuerte y cerró los ojos, puso su mano sobre mi cabeza, aunque sin hacer mucha fuerza, y me dijo “dale putita, dale”. Yo comencé a chupar, metiendo y sacando aquel tronco de carne de mi boca.

Era distinto a la última vez, ahora ya sabía cómo se sentía, y creo que estaba mucho más puta, y aunque no había probado otra verga me sentía con más experiencia. Hasta me di el lujo de chuparle los huevos y metérmelos en la boca. Cada vez me degradaba más, me sentía más y más puta, pero esa humillación me encantaba, era adictiva, quería ser más y más putita, más golosa para mi amo Pablo.

Creo que lo estaba haciendo bastante bien, porque en un momento Pablo me hizo detenerme. Creo que estaba por hacerlo acabar. Se levantó para acomodar la cámara y el entorno y su enorme pija dura se bamboleaba chorreando baba y liquido pre seminal. Me quedé embobado viendo como sus huevotes colgaban pesados entre sus piernas, húmedos y brillantes por mi saliva.

Pablo me hizo despertar de mi hipnosis y me sentí la más puta del mundo, me avergoncé de mi mismo y mi pito se puso más duro. Me hizo sentar al borde de la cama y se paro frente a mí. Metió su mano en mi escote y pellizcó mis pezones mientras comentaba que me quedarían hermosas unas buenas tetas. Yo moría de vergüenza y un poco de miedo, pero mi amo me tomó de la nuca antes de que pudiera decir nada y llevó mi boca a su pija. Así sentado chupé con ganas. Sentía sus venas latir en mi boca.

–          Llegó el momento putita, ¿lista? – me dijo con voz de macho en celo. Yo tragué saliva y no conteste. – Pedime que te coja, dale marica. – insistió un poco enojado.

–          Si amo Pablo, estoy lista. Ábrame mi colita virgen, por favor. – dije con ojos llorosos.

–          Convenceme… – me dijo frío y distante.

Me quedé unos segundos quieto, sin saber que hacer o decir. Luego me puse de espaldas a el y de forma sensual bajé el cierre de mi pollera y la dejé caer, luego subí a la cama, me puse en cuatro patas, saqué bien la cola como una puta experimentada, la moví un poco y miré hacia él.

–          Por favor papi, rompeme toda la colita, te lo suplico.

Sentí como la cara me ardía de la vergüenza y humillación por lo que acababa de hacer y decir, pero ya no había marcha atrás. Sentí como Pablo se acercaba a mí. Levanté la vista y me di cuenta que podía verme desde casi todos los ángulos, vestido como prostituta en cuatro patas pidiendo por favor que me abrieran la cola por primera vez… era una putita muy linda. El morbo pudo más y mi pito empezó a gotear.

Las manos de Pablo se apoderaron de mi cintura y casi sin esfuerzo me arrastró hacia el borde de la cama. Vi por los espejos como tomaba su trozo enorme de carne y me pegaba con él en las nalgas. Podía sentir los hilos de liquido pre seminal mojarme la cola. Dejó su verga apoyada en mí, y la sentí hasta casi mi espalda. Su tamaño me asustó.

–          Todo esto te vas a comer, puta de mierda – dijo mientras filmaba con su celular esa humillante imagen.

Sentí su saliva resbalar por mi raya hasta que la detuvo en la puerta de mi ano con su glande. Trague saliva, estaba asustado pero muy caliente.

–          Lista puta? Ahí va!

Su cabeza se apoyó en mi culito virgen. Empezó a empujar. El dolor era insoportable y no pude evitar gemir de dolor. La respuesta de Pablo fueron tres sendos chirlos en mis nalgas entregadas. Mientras seguía presionando mis ojos soltaban lágrimas y mis gemidos eran involuntarios. Sentí la mano fuerte de mi amo apoderarse de mi nuca y empujarla hacia la cama.

–          Mordé la almohada, como las putitas, no quiero escucharte quejar!

Fue la orden más humillante que había recibido, pero obedecí. Mordí fuerte la almohada y sentí como su cabeza profanaba mi ano. De repente entró toda y la fuerza de su empuje hizo que su verga se clavara en mí hasta la mitad de su longitud. La dejó quieta unos segundos, luego escupió de nuevo y empezó a meterla completa. Yo podía sentir en mi interior toda la anatomía de aquel pedazo. Sentía la forma de su cabeza llenando mis intestinos, su grosor y su relieve venoso ingresando en mí para saciar sus más bajos instintos. Tenía una verga adentro de mi culo, y con los ojos cerrados podía verla abriéndose paso en mi interior. Sus movimientos fueron subiendo el ritmo y su propio líquido humano fue facilitando la tarea. Entonces me di cuenta que ya estaba siendo cogido oficialmente.

–          Te gusta marica?! – Dijo Pablo entre gemidos.  Yo respondí con los míos, pero esta vez no eran solo de dolor.

Sus manos apretaron mi cintura más fuerte, como apoderándose de mi colita, y sus movimientos se tornaron duros y agresivos. Sin esfuerzo llevaba mi cola hacia él cuando movía sus caderas hacia delante, y terminaba el movimiento imprimiéndole una fuerza bruta, casi con odio. Y yo gemía cada vez.

Mientras me decía todo tipo de groserías y humillantes insultos como “que linda colita que tenés marica” “que puto que sos” “sentila toda putita” me daba fuertes nalgadas que dolían cada vez más. Su pija enorme llenaba todo mi interior y me hacía sentir de su propiedad. Cada vez que empujaba hasta el fondo una parte de mi hombría desaparecía, y era reemplazada por la putita en que me estaba transformando, naciendo con un gemido cada vez más femenino.

Pablo me agarró de los pelos y levantó mi cabeza.

–          Mirate, pedazo de puta, mira como te estoy desvirgando. – dijo gimiendo y casi gritando

Yo miré hacia todos los espejos, cada ángulo era distinto, pero igual de humillante. Podía ver mi cara desfigurada de placer y dolor, mojada por las lágrimas y la baba chorreando. Podía ver a mi amo parado detrás de mí cogiéndome con toda su fuerza, adueñándose de mi culo. Podía verme a mí en cuatro, vestida de puta, con la tanga corrida a un lado mientras era violada por un semental imparable. Mis nalgas estaban rojas y sus dedos estaban marcados en mi piel. Cada tanto me escupía para hacerme sentir más sometida.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

Unos minutos después aumentó sus movimientos en fuerza y velocidad mientras con una mano me agarraba del “pelo” y con la otra me daba duras nalgadas.

–          ¿Querés que te llene la cola de leche, putita?

–          Siiiiii – dije yo sin pensarlo, asustándome de mi putez – llename la cola de leche!

–          Pedimelo por favor

–          Por favor papi, llename la colita de leche, marcame para siempre como tu putita!

–          Segui marica, seguí! –  gritaba mi amo mientras me cogía más y más fuerte.

–          Ayyyy dale papiii, rompele bien el culo a tu putita, marcame para siempre, soy tu puta, soy tu esclava, cojeme toda y llename de lechita!

Mientras seguía gritando obscenidades cada vez más morbosas y humillantes sentí como mi amo me la metía hasta el fondo más profundo y empezaba a soltar fuertísimos chorros de leche caliente en mi interior. Era una sensación rarísima, única. Realmente sentía que me estaba marcando para siempre. Era como un arbolito recién plantado y él era un perro rudo y malo meándolo para marcar su territorio. Ya era suyo.

Cayó rendido sobre mi espalda y me besó el cuello aún con su pija dentro de mí. En ese momento dije algo que me marcó para siempre:

–          Gracias papi.

Mi cara estalló de vergüenza cuando mi cerebro procesó esa frase. Pablo sacó su verga de mi interior. Aún estaba semi dura y pude sentir como salía centímetro a centímetro. Cuando sacó la cabeza un aire frío invadió mi interior mientras la leche caía de mi ano hacia mis huevitos. Es la sensación más degradante que recuerdo. En ese momento me sentí completamente suyo. Completamente suya.

Continuará…

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