Mi vecina putita

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Buenas, os he traido un relato con todo mi cariño. Espero que os guste. Aprecio mucho comentarios con vuestra opinión. 

Todo comenzó el día en el que cumplí los 18 años. Antes de empezar, diré que mi nombre es Carlos, soy un chico normal, delgado, de pelo castaño. Vivo en un piso en un cuarto piso con mi madre, mis padres están divorciados. No tengo mucho que decir sobre mi casa salvo que la ventana de mi cuarto da directamente con la de la vecina de al lado. Es decir, desde mi ventana se puede ver su habitación y viceversa, esto es muy relevante para lo que os voy a contar a continuación.

Ese día había salido de fiesta con mis amigos, yo cumplo los años en Mayo, por lo cual estábamos a las puertas del verano.  Además, esa semana una fuerte ola de calor estaba azotando el país, lo cual acentuaba la sensación de que se acercaba el cambio de estación.

Estaba solo en casa, mi madre es médico, por lo que no suele estar en casa. A mí no me importa porque me gusta estar a mis anchas, además, le suele decir a mi vecina que pase a verme. Sí, la misma vecina de la ventana.

¿Qué os puedo decir de ella? Es mi amor platónico desde que se mudo aquí hace unos años. Se llama Mónica. Es joven, creo que no tiene más de 25 años, tiene un trabajo desde casa, tipo ilustradora o programadora, la verdad es que nunca le he preguntado. Es increíblemente simpática y siempre ha sido amable conmigo. Además, ¿Para qué negarlo? Está buenísima. Es delgada pero sin parecer un insecto palo y tiene un culo… Es perfecto, tan redondito que parece un melocotón, y por si no fuera suficiente, no es plana, al contrario, está muy bien dotada. Además tiene unos ojazos castaños que te miran como si supieran algo que tu no y una cabellera caoba que le cae por la espalda. En resumen, ha sido mi mito erótico y la protagonista de muchas de mis pajas y sueños húmedos, sobre todo desde el día que la vi tendiendo la ropa con una camiseta ajustada de tirantes y sin sujetador, esos pezones marcados se me grabaron a fuego en la mente.

 Admito que el tema de que pueda ver su habitación siempre me ha dado un morbo tremendo y a veces he intentado espiar para ver si pillaba un vistazo de su ropa interior o incluso de ella vistiéndose.

El caso es que había vuelto de fiesta de madrugada, no había nadie en casa, y me dirigí a mi habitación para dormir la mona. Mientras me estaba quitando la camiseta me giró y veo a mi vecina mirando alrededor, quizás un poco somnolienta, sentada en su cama. Me dio tal susto que me escape hacia el baño. Decidí hacer pis mientras me calmaba, me palpitaba el corazón y la cabeza me daba vueltas. No os voy a mentir, la verdad es que había bebido mucho aquella noche. Desee con todo mi corazón que Mónica no me hubiera visto salir corriendo pero entonces se iluminó la pantalla de mi móvil. Era ella.

– Oye, ¿Acabas de llegar a tu casa no?- Me preguntó.

– Sí ¿Por?

Obviamente no escribíamos tan correctamente en Whatsapp pero he transcrito la conversación sin faltas de ortográfica para añadir claridad. Aún no se cómo pudo entenderme con los mensajes confusos de borracho que le mandé.

– Porque has intentado abrir la puerta de mi casa.

No sonaba molesta por ello, de hecho, acompañó el mensaje con varios emoticonos riéndose. Imagino que estaría aliviada de que no fuera ningún ladrón. Con mi vejiga ya vacía, regrese a mi habitación. Miré por la ventana y allí estaba, vestida con solo una camiseta promocional de alguna actividad, sentada en la cama mirándome sonriente. Solo la iluminaba la luz que venía de la calle. Parecía divertida con la situación. Mi móvil vibró.

– ¿Has bebido?- Me preguntó.

– Sí, un poco.

– Un mucho querrás decir.

Y ahí estaba yo, vestido únicamente con mis calzoncillos (Había dejado el resto de ropa en el cesto para lavarla), sentado en la cama, hablando con mi vecina. La verdad es que no podía pedir mejor cierre de noche. Podía disfrutar de sus piernas desnudas y desear que se pusiera en pie para ver que tenía debajo. No sé que me ponía mas, si imaginarme que tenía ropa interior o que no llevara nada, lo único que sé es que se me estaba formando una erección terrible.

– Por cierto, ¡Feliz Cumpleaños! – Me dijo.

– Gracias.- Me gustaba que se hubiera acordado.

– ¿Qué quieres de regalo? Mañana puedo salir y comprártelo. No te pases de listo o te regalare ropa.

La pregunta me pilló por sorpresa, la verdad es que siempre me regalaba algo, pero no tenía nada en mente. A lo mejor fue el alcohol que me nubló el juicio o que sus piernas habían despertado algo en mí, pero el caso es que vi, como si fuera una película, unos dedos que no parecían los míos escribir:

– Quiero ver que tienes puesto.

Y enviar. Levante la cabeza y vi, como sus ojos se abrían sorprendidos. Pensé que se iba a enfadar o, como mínimo, mirarme indignada y negarse por completo. Incluso temí que amenazara con decírselo a mi madre.  Permaneció por unos segundos que me parecieron minutos, en los cuales me arrepentí profundamente de habérselo pedido. De hecho, ya estaba escribiendo un mensaje pidiéndole perdón, diciéndole que había sido una broma de mal gusto por la borrachera cuando me respondió.

– Vale.

Me quedé mirando esa única palabra como si no supiera lo que significaba. Luego la mire a ella y nuestras miradas se cruzaron. Sonrió. Alargó una mano para encender la luz de su mesilla de noche. Mientras, se daba la vuelta, poniéndose a cuatro patas. Levanto el culo dejándome una perfecta visión de su pálido culo y una tira negra muy pequeña cubriendo sus zonas más íntimas. Era un tanga negro precioso. Noté como toda la sangre de mi cuerpo se iba a una zona muy particular. Se levanto como una tienda de campaña en mis calzoncillos. Tuve que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para no comenzar a pajearme en ese momento.

Comenzó a mover el culo arriba y abajo. Podía ver como sus nalgas rebotaban. Parecían de gelatina. Estaba hipnotizado con la visión. Mi calzoncillo empezó a mojarse de líquido pre seminal  donde rozaba con mi glande.

– ¿Te gusta? – Me preguntó.

Asentí como un tonto antes de darme cuenta de que desde ahí no podía verme. Le contesté que sí. Me quede unos segundos pensando que hacer, mi cerebro intentando abrirse paso a través de la neblina del alcohol. Una parte de mi decía que ya era suficiente, no había que tentar a la suerte. Pero otra, más grande y probablemente provocada por el calentón, era de la opinión de que tenía que comprobar como de lejos podía llegar. Al final, le escribí, mientras con la otra mano empezaba a acariciarme el pene.

– Quiero verte las tetas.

De perdidos al río. De todas formas, pensé, si se niega al menos me quedaría el recuerdo de su tanga negro. Ella no respondió, se giró. De rodillas en la cama, comenzó a subirse la camiseta. Vi su abdomen desnudo, el tanga cubriendo su pubis. Por fin llego a los pechos. Los descubrió parcialmente, apretándolos, con una mano, no podía ver apenas nada. Con la otra mano comenzó a escribir:

– ¿Quieres verlas?

Asentí frenéticamente, yo también me había puesto de rodillas. La vi decir algo sonriendo, al instante me llego un audio. Lo escuche sin apartar la vista de ella, no quería perderme el momento.

– Feliz cumpleaños.

Mientras lo escuchaba se subió la camiseta del todo y me enseño sus magnificas tetas. Eran mejor de lo que había imaginado: grandes, redondas, perfectas. Tiro el móvil encima de la cama, parecía que ya no era necesario. La imité. Empezó a jugar con sus senos, los amasaba,  los  apretaba, los hacía botar, se pellizcaba los pezones…

Yo no podía más, de un tirón, me baje los calzoncillos. Tenía una erección de caballo. Comencé a pajearme con fuerza. Ella se quitó la camiseta y se acercó a la ventana. Aquello me hizo parar. Yo también me acerqué a mi ventana.

La vi pegarse a la ventana, sus tetas aplastadas contra el cristal. A continuación, Lamió dos de sus dedos y se los metió dos en la boca, lo cual casi me hizo correrme solo de imaginarme su lengua, húmeda y caliente alrededor de mí.

Se metió la mano debajo del tanga, yo no podía ver lo que hacía pero se movía muy rápido. Yo no me quede atrás, movía mi mano arriba y abajo. La veía allí, a apenas tres metros de mí, tras dos cristales, con las tetas presionando sobre el cristal y masturbándose con tanta energía como yo. Estaba jadeando, porque se formaba un vaho cerca de su boca.

Finalmente no pude más, me corrí sobre el cristal, mi semen se quedo allí, pegajoso. Una mancha blanca sobre el vidrio. Me había hecho muchas pajas, la gran mayoría en honor a mi vecina, pero nunca me había corrido así.

Después de eso, prácticamente caí como un bloque en la cama. Desperté a la mañana siguiente sin saber si había sido real o me lo había imaginado todo. Corrí a ver los mensajes del teléfono y allí estaban. Mi corazón volvió a latir con fuerza mientras mi pene volvía reaccionar al recuerdo de la noche anterior. No recuerdo mucho de aquella mañana, solo limpiar todo antes de que mi madre volviera a casa y dormir para pasar la resaca.

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