Juego de hermanos

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El otro día fisgoneando en las cosas de mi hermano Carlos encontré su diario. Sé de sobra que no se debe leer el diario de otra persona, y menos si es alguien muy cercano a ti. Se pueden producir ciertos efectos colaterales muy indeseables. Pero no pude evitar la tentación. Lo confieso…Lo leí.

Una gran parte de lo que estaba escrito era totalmente predecible, las típicas tonterías que un joven de 20 años tiene en la cabeza. Me sorprendió saber que estaba coladito por Luisa, una vecina regordita de toda la vida. La verdad, para mí esa chica es poca mujer para mi Carlos.

Pero cuando llegué a las últimas semanas del diario y comencé a llegar a las últimas páginas, no podía creer lo que mis ojos estaban descubriendo. He decidido publicarlo porque nunca jamás me he calentado sexualmente tanto como con la forma de relatar de mí querido hermanito. Refería unos hechos que yo protagonicé, pero de los que yo pensé que Carlos no era conocedor.

Debo decir antes que Carlos es mi hermano pequeño. Tiene 21 recién cumplidos. Yo me llamo Teresa y tengo 24 años, soy alta, delgada, morena, con los ojos marrón oscuro, llevo el pelo muy largo y liso, precioso, es un espectáculo como brilla bajo el sol; tengo unos senos lindos, no muy grandes, pero terminan en punta, mirando hacia arriba y mis pezones son carnosos y prominentes, así que se me suelen marcar muchísimo, sobre todo cuando me muevo por casa ligera de ropa, con un pijamita fino o uno de mis camisones de dormir. Tengo dos tatuajes, uno en la parte baja de la espalda, cerca de las nalgas y el otro alrededor de mi ombligo. Puede que alguien piense que un hermano no puede juzgar si su hermana es  sexy . Al ser su hermana, no debe hacer ese tipo de juicio o tener pensamientos carnales referidos a mí. Pero todos los  amigos de Carlos le han confesado que soy para ellos la chica más sexy de la ciudad. Probablemente tengan razón, ya que me muevo y me comporto en mis palabras y posturas de tal forma que cualquier hombre que me oiga o me vea no puede evitar pensar en mí como el cuerpo perfecto y la chica adecuada para rellenarla adecuadamente.

Aunque esté mal decirlo, soy muy inteligente. Aún curso estudios en la universidad, pero con muy buenas notas. Y tengo una relación bastante formal con un chico de la facultad.

Salomé es nuestra hermanita pequeña. Tiene 18 años, su pelo es rubio, corto y rizado. Su color me recuerda el de un trigal batido por el viento. Sus ojos azules tienen un mirar dulce, es pequeña y menuda, con unos pechitos pequeños y redondos, pero es dueña del culo más perfecto que haya visto, absolutamente impresionante. Salomé es menos buena estudiante que yo, no va bien en el instituto porque le gusta mucho más la fiesta.

Comienzo con la parte del diario de Carlos que me encogió el corazón y la respiración. Como he dicho yo pensaba que mi hermano no era consciente de lo que había pasado así que me llevé la sorpresa de mi vida.

“Querido diario, la primavera pasada, mi hermana Teresa regresó a casa cuando terminaron las clases en la universidad por Semana Santa. Mi hermana mayor comparte habitación con la pequeña Salomé en la casa de nuestros padres, donde aún vivimos los tres.

Ellos estaban fuera. Habían ido a Sevilla para ver los pasos procesionales de esa ciudad. Llegó mi cumpleaños. Yo cumplía los 21 años y los tres hermanos festejamos juntos el evento en casa con una comida especial, con marisco y vino blanco. Mi hermana Teresa y yo solíamos salir  con un grupo de amigos e íbamos de copas hasta altas horas de la madrugada. Salomé no quiso salir con nosotros el día de mi cumpleaños. Se disculpó diciendo que tenía una cita importantísima con su chico favorito. Teresa y yo sí que nos fuimos de copas y volvimos a casa a las tantas, después de cerrar el último garito, justo antes del amanecer. Teresa estaba más acostumbrada a beber que yo; Ese día yo había tratado de seguir su ritmo aquella noche, a fin de cuentas era mi cumpleaños, pero fallé miserablemente. Agarré una cogorza de tal dimensión que al día siguiente no recordaba nada de lo que pasó durante la noche.

Por la mañana, me desperté con una resaca de órdago . Traté de recordar los detalles de la noche anterior pero fue inútil del todo. Mis recuerdos de las últimas horas se habían esfumado, como si no las hubiera vivido; Sufría lo que mi hermana Teresa llama un apagón. Simplemente no podía recordar nada, salvo que al llegar a casa mi hermana Teresa me había dado un empujón tumbándome en la cama y como me había quitado las deportivas. Ni después de ese flash, ni antes, había recuerdo alguno.

Algo me resultó extraño. Al despertar, además de la boca seca y el dolor de cabeza tenía otra molestia. Mi pene estaba  dolorido, como si hubiese estado dándole a la manivela toda la noche. Mi slip estaba ligeramente mojado, sin duda de esperma. Intenté recordar de nuevo. ¿Habría estado teniendo sexo con alguna de las chicas de mi fiesta de cumpleaños? No me atreví a preguntarle a mi hermana.

Durante la comida, Teresa me reprendió con dureza.

–No debes beber de esa manera si no estás acostumbrado, por muy cumpleaños tuyo que sea –me dijo en tono de madre suplente.

Volví a pensar en mi tranca dolorida. Lo más probable es que me hubiese masturbado antes de desmayarme. O tal vez lo hice dormido.

Había estado durmiendo casi hasta las cuatro de la tarde. Le pregunté a Teresa  si yo había ligado en mi fiesta, no me acordaba de nada, le dije; a ver si ella resucitaba los recuerdos sumergidos en aquella laguna de mi mente y a qué se podría deber el dolor de mi herramienta. Ella me miró con cara de sorpresa.

–A pesar de tu borrachera no sentí vergüenza por ti. No te pasaste demasiado. Tu hermanita mayor te cuidó bien –dijo mientras me pellizcaba el carrillo. – Pero quien iba a ligar contigo en el estado en el que estabas. Al principio alguna chica te hizo tonterías pero cuando comenzaste a hablar con dificultad se apartaron de ti. Eres tonto.

Además, cuando llegamos a casa estabas ausente, en tu mundo etílico. No bebas así, Carlos. Me preocupas con esos apagones de conciencia. Parecías una marioneta, te desnudamos y te duchamos. ¿Recuerdas algo de eso?

Yo negué con la cabeza. ¡Dios mío! Mis hermanas me habían desnudado y duchado, me habían visto desnudo y yo no conseguía recordar ni el más mínimo detalle.

–Creo que ni una bomba atómica podría haberte despertado después de tu desmayo.

Yo supuse que no había habido sexo. No merecía la pena darle más vueltas, así que olvidé lo de mis slips mojados y mi pene dolorido.

La siguiente noche en la que sufrí algo parecido fue una semana después. Una fiesta en la casa de unos amigos a pocas calles de la de nuestros padres. Esta vez mi hermana pequeña de 18 años, Salomé, sí estaba allí.  Mi deliciosa hermanita y su culo perfecto estuvieron creando el tipo de problemas que un trasero espectacular y caliente puede causar en una fiesta llena de adolescentes y jóvenes cachondos. Alguna que otra novia estaba enojada con ella, por la forma en la que Salomé atraía a sus novios con el movimiento de sus nalgas al bailar. Descaradamente mi hermana se estaba comportando como una fulanita; los chicos se la disputaban, a ver quién podía ser el afortunado que se comiese aquel culo perfecto.

 Ninguno lo hizo. Salomé recibió la brasa de mi hermana mayor Teresa, que a la vez me regañó por estar bebiendo como la noche de mi último desmayo. Llegó un punto en el que mi hermana mayor tomó la decisión de recogernos y volver a casa. Pero ya era tarde para mí. Esa noche, durante mi segundo desmayo, soñé con que me hacían una mamada. En mi sueño no podía identificar quien me la hacía pero sentí tan vivamente las sensaciones que me corrí durante el sueño. Cuando desperté, tuve la misma extraña sensación de nuevo; y mis bóxers estaban con la mancha tiesa y seca del semen… Me esforcé por recordar y sí, recordé haber tenido el sueño, pero …nada. Nunca antes había tenido un sueño en el que tuviese una eyaculación … Tal vez me quedé dormido. Aquellos olvidos, aquella pérdida de memoria, estaba empezando a molestarme en serio.

Al  fin de semana siguiente, no salí con Teresa ni con Salomé; en cambio estuve de copas con los chicos de mi pandilla de toda la vida. Fuimos a un club donde las chicas se desnudaban de pie en la barra. No bebí tanto como las noches de los fines de semana anteriores, sobre todo porque las consumiciones en el sitio de las bailarinas eran carísimas.

Se me ocurrió gastarle a mis hermanas la broma de fingirme borracho de nuevo, hacer como que me desmayaba y ver cómo se las habían apañado Teresa y Salomé los fines de semana anteriores.

Me hizo gracia ver cómo me tumbaban en la cama y me quitaban los zapatos y la ropa.

–Teresa –dijo Salomé, –creo que si Carlos sigue bebiendo así  va a terminar siendo un alcohólico. O peor, igual le da un coma etílico y se muere.  Debiéramos decirle algo a los papis. ¿No crees?

El tono de la voz de mi hermana pequeña era de verdadera preocupación. Estuve a punto de dejar de fingir mi desmayo y decirles que no estaba borracho, que solamente fingía. Pero temí el enfado de Teresa por gastarle una broma así de pesada. La conozco bien y no iba a tomárselo bien, así que seguí fingiendo. Me desnudaron y con una esponja húmeda me limpiaron los restos de ciertas babas que yo había dejado caer. Luego me acostaron en la cama. Ambas salieron del dormitorio dejando la luz apagada y se marcharon al salón.

Me estaba quedando dormido con una gran sonrisa en mi boca. Recordaba cada minuto de mi broma y lo real que había parecido mi desmayo, cuando de repente un movimiento en la entrada de mi habitación llamó mi atención. Habían dejado la puerta abierta. Yo creí que lo habían hecho a propósito por si me oían pedir ayuda o algo así. Mi habitación estaba casi totalmente oscura. La silueta de una de mis hermanas estaba quieta, parada junto a la puerta. Se recortada contra la luz del pasillo. Justo antes de abrir la boca para preguntar quién era, ella se acercó a mi cama y a medio camino se detuvo de nuevo, como queriendo comprobar si seguía con mi desmayo como el de los últimos dos fines de semana. No sabía si sería Teresa o Salomé, pero parecía estar tratando de no despertarme. Era tan extraña y emocionante la situación, que decidí seguir con mi farsa.

Llegó al borde de mi cama y muy lentamente se sentó. Fue entonces cuando pude ver que era mi hermana mayor, Teresa. Estaba examinado mi rostro con toda su atención, pero no podía verme con nitidez en la oscuridad total del dormitorio. Yo tenía los ojos entreabiertos, sólo un poco. Pero pude distinguir que Teresa no llevaba nada más que una camisoncito de dormir y sus bragas. ¿Qué diablos hacía en mi cuarto? Pensé que tal vez estaba preocupada por mi estado. La pobre de Teresa debía pensar que yo podía entrar en uno de esos comas etílicos que había mencionado Salomé y pensé que ahora todo lo que hacía lo hacía cuidando a su hermanito borrachín.”

¡Dios mío! Pensé, Carlos estaba despierto aquella noche en la que me colé en su habitación. Siempre había creído que estaba con una de sus ausencias por el alcohol. No podía creerlo. Había sido consciente todo el rato de mi incursión en su dormitorio. Estaba fingiendo dormir el muy cerdo.

No pude evitar seguir leyendo el diario de Carlos:

“De repente, Teresa cogió la parte superior de la manta y lentamente, sin hacer ruido, la bajó poco a poco. Primero desnudó mi pecho y después dejó a la vista mis boxes y mis muslos.

A mí me costó horrores seguir con la farsa. Puse una respiración muy pesada y gorda, casi como si estuviese a punto de roncar. Debía conseguir que ella pensara que yo seguía durmiendo para poder descubrir sus intenciones. Teresa se acercó a mi cuerpo semidesnudo. Con ambas manos desabrochó delicadamente el botón que mi bóxer tenía en la parte superior. Entonces, todo mi mundo sufrió un terremoto interno. Y más cuando Teresa metió la mano dentro de mis bóxers y sacó dulcemente mi serpiente flojucha.”

Según iba leyendo el diario, mi mente se transportaba a aquella noche e iba recordando cada detalle. La primera vez que Carlos se había desmayado no pude evitar la tentación de tocarle cuando Salomé se fue a su cuarto y me quedé sola con él. Yo había convencido a nuestra hermana pequeña para que se fuese a dormir diciéndole que yo cuidaría de Carlos y Salomé se había acostado y dormía como un lirón cuando me fui a ver a mi hermano.

Cuando bajé los bóxers Carlos, sólo por curiosidad, mi hermano se puso erecto en seguida, a pesar de su desmayo. Así que jugué con él como con un muñeco, con la libertad de pensar que nadie nos veía y que él estaba sin conocimiento y no recordaría nada. No pensaba llegar tan lejos pero mis juegos aumentaron su erección hasta hacerle venir.

El siguiente fin de semana repetí, por puro morbo, ya que me gustó presenciar en directo un orgasmo. Pero ni en el primero ni en el segundo había ido tan lejos como en el que mi hermanito, el muy falso, había fingido estar desmayado y que ahora me aprestaba a leer de su puño y letra en el diario.

El leer ahora aquellos hechos me estaba poniendo cachonda y más al ver que mi hermanito había estado consciente todo el rato. Ufffff aquello era puro morbo.

Continué con mi lectura con avidez:

“No reaccionar dando un blinco o un grito y salir corriendo ante la sensación de que mi hermana mayor hubiese sacado el caracol de su concha, fue la cosa más difícil que he hecho en mi vida. Al principio me daba vergüenza que mi hermana pudiera estar contemplando mis partes de esa forma; la sostenía en su mano izquierda. Sentía el tacto de sus dedos femeninos y delicados agarrándome sosteniendo y no podía creerlo aún.

De repente tuve la certeza de que mis sueños de los dos fines de semana anteriores tenían su explicación en Teresa.  ¡Mi hermana mayor debía haber entrado en mi habitación por la noche y habría jugado mientras yo estaba desmayado por efecto de la bebida! Y hoy, que no era así, que yo estaba fingiendo, ella no podía saberlo por culpa de mi broma. Ya era demasiado tarde para descubrir el engaño.

Antes de que pudiera pensar nada más, Teresa comenzó a acariciarme debajo, mis bolas peludas, de forma que aunque yo no quería excitarme el flujo involuntario de sangre instantáneo hizo crecer bastante la dureza. En lugar de cosita pequeña y floja como la de un niño, ahora Teresa tenía entre los dedos una hermosa salchicha que flotaba sobre mi vientre y de la que brotaban unas gotitas melosas que goteaban cerca de mi ombligo.

Mi hermana bajó la cabeza hasta mis ingles y metió el extremo redondo y duro de mi serpiente en su cálida y húmeda boquita. ¡Querido Dios, pensé estar en el cielo! Dudé en si detener a Teresa, pero con la misma rapidez con la que vino aquel pensamiento, al sentir la maravillosa sensación de entrar en su boca glotona me abrumé y decidí dejarla continuar. Para mi sorpresa, me puso durísimo en el interior de aquella dulce boquita, sentir el roce de sus dientes, de la lengua que rozaba y lamía. Pude comprobar, por los movimientos de su mano en mis esferas y los de su legua en nabo,  que eso era exactamente lo que Teresa quería. Veía de reojo su cabecita subiendo y bajando, tragando una buena porción de mis 18 centímetros.”

No puede evitar bajarme las bragas según leía el diario de mi hermanito. El cabrón describía aquella noche con tal lujo de detalles que mi raja se había mojado con la lectura. Y más. El saber que Carlos había sido testigo mudo y consciente de mi juego me provocaba una excitación extraordinaria.

El muy cerdo se había callado y había disfrutado de mis atenciones sin decir nada. Ufff…

Bajé mis bragas a la altura de las rodillas, pero no me dejaban abrir las piernas todo lo que yo quería, así que me las quité y las dejé en la mesa junto al diario de mi hermano. Luego me unté los dedos bien de saliva y continué leyendo mientras mis dedos separaban los labios y comenzaba a acariciarme el botón del placer.

“Teresa paraba de vez en cuando y me observaba en busca de cualquier signo de que yo fuese a recobrar la conciencia. Me movió la cara suavemente, en silencio, con amor; Yo dejé el cuello relajado, sin fuerza y mi cabeza giró a los lados como si estuviese muerto. Volvió a lo suyo y untó con su saliva caliente todo mi gran mástil. Tiró la funda hacia abajo con fuerza y mi dureza casi explota de la dolorosa presión. Entonces Teresa lo acarició suavemente con la mano. Me miró para estar más segura de mi sueño y luego se inclinó para continuar su degustación a cámara lenta. Para mi sorpresa, vi a Teresa subirse el camisón de dormir con una mano y comenzar a acariciarse los pezones mientras movía sus labios delicadísimamente sobre el casco amoratado, que ya no podía crecer ni un milímetro más. Ella tiró y pellizcó sus pezones hinchados que crecían a cada pellizco tan cerca de mí que sufría horrores por no poder tocarlos. Su succión se volvió un poco más dura, poco a poco, según se le volvían de hierro las tetillas a causa del castigo.

Gimió con mi leño dentro de su boca. Ver a mi hermana jugar con sus tetas fue demasiado para mí. Oírla gemir mientras me comía, chupaba, lamía y acariciaba fue la gota que colmó el vaso. Entonces sentí el semen acudir masivamente. Teresa notó que me iba a venir, pero no se detuvo. Pensé que si los fines de semana anteriores todo había pasado mientras dormía, en este debía pasar lo mismo para que ella no sospechase.

Mis caderas se movían involuntariamente; Teresa no paraba, así que mi movimiento debía haber sido habitual las otras noches. Sentí la mano de Teresa moverse rápidamente sobre sus bragas y frotarse en su entrepierna, no pude soportarlo más. Oí su jadeo. Creo que pretendía llegar al orgasmo haciéndolo coincidir con el mío. Empujé en la boca de mi hermana, tratando de no hacerlo  demasiado fuerte sino como si estuviese dormido. Hice un poco de ruido y solté la descarga más gorda de toda mi vida. Vi sorprendido como Teresa lo tragaba todo sin sacarla de su boca; Aluciné mientras rebañaba y lamía el semen restante. Limpió mi sexo con su lengua, echó otro rápido vistazo para ver si estaba dormido aún y, satisfecha de haberse salido con la suya, se levantó lentamente y descalza por el suelo, como una gatita que regresa de su cacería, salió de mi habitación.

Allí permanecí durante una hora tratando de recuperar el resuello y asimilar lo que acababa de suceder. ¡Dios, qué bueno que había estado! Sin duda la mejor eyaculación de mi vida ¿Pero mi moral dudaba si había actuado correctamente? ¿Debería haberla detenido? No sabía que pensar. Todo lo que sabía era que al día siguiente, cuando despertara, sabría exactamente lo que había causado la mancha de semen en mis bóxers.

Me encanta lo zorra que ha sido mi hermana Teresa.

¡Qué cabrón! Me había visto lamerle el semen y había puesto en su diario que yo era una zorra. El muy cerdo. ¿Qué era él entonces? Pero en el fondo me había gustado leerle. Saber que estaba despierto. Conocer sus sensaciones.

No había tenido el orgasmo aún, lo había contenido porque sabía que su diario aún guardaba  otro capítulo y me reservé. Antes de seguir leyendo me desnudé completamente. Estaba sola en casa y nadie me iba a pillar. Cogí el diario y me fui a mi cama. Tomé el bote de lubricante y me embadurné el trasero, la rajita y mis pechos.

Mis pezones estaban duros como piedras y resbalaban gustosos con el lubricante ante mis pellizcos y tirones. Recordé la siguiente noche y dudé si habría sido un desmayo real o fingido.

Mis pezones estaban duros, mi desfiladero goteaba y necesitaba caricias, mi mente cachonda anhelaba seguir  leyendo. Era una necesidad a la que no quería renunciar. Necesitaba leer, leer más.

Los siguientes días en casa fueron extraños, por decirlo suavemente. Actué como si no tuviera idea de lo que sucedió durante aquella increíble noche y lo mismo hacía Teresa, pero descubrí que desde aquel día miraba a mi hermana de una manera completamente distinta. ¡Ella se había desvirgado la boca con mi leño, por el amor de Dios! ¿Cómo iba a seguir viendo a Teresa de la misma manera? No me quitaba aquella imagen de mi hermana lamiéndome como si fuese la cosa más natural del mundo, pellizcando sus senos mientras se acariciaba sobre las bragas.

Cuando nos cruzábamos en casa, ahora sí, veía lo hermosa que era realmente. Me sorprendí deseando repetir otra noche como la anterior … una en la que tal vez yo pudiese actuar algo más. Fingir que la tocaba dormido … pero en mi interior estaba confundido. No sabía cómo actuar, como conseguir a mi hermana sin levantar sus sospechas. Si su felación mientras fingía dormir había sido el capítulo sexual más excitante de mi vida, no me quería imaginar cómo sería si Teresa decidiese hacerme algo más. Pero mi mente se negaba a admitir aquella posibilidad.

¿Y cómo sería hacerlo mientras estábamos despiertos? Decidí repetir una borrachera fingida y mi desmayo posterior. Todo para ver qué sucedía.

 El jueves siguiente por la noche salimos de compras. Traté de hacer que pareciera que estaba bebiendo mucho; Esa noche tiré a la basura muchísimo dinero, pero esperaba que valiera la pena. Tiraba el cubata cuando ella no miraba.

De regreso a casa Teresa iba al volante. ¡Qué demonios! Pensé  y fingí desmayarme en el auto. Efectivamente, después de llamar por mi nombre 5 o 6 veces y de propinarme varios bofetones en la cara y algún codazo en las costillas, su mano estaba de nuevo en mi entrepierna. Me masajeó sobre mis vaqueros con una mano mientras conducía con la otra. Mantuve los ojos cerrados durante todo el viaje, sin arriesgarme a mirar, pero sintiendo sus dedos presionando y disfrutando de una nueva erección. Cuando ya estaba completamente erecto, la sentí trastearon la cremallera, pero no le fue posible bajarla mientras conducía y debió haber pensado que estábamos demasiado cerca de casa, así que se limito a conducir mientras acariciaba y aferraba las durezas que ella misma estaba provocando.

–¡Carlos! –gritó con todas sus fuerzas. –Haz el favor Carlos. Despierta por favor. No me hagas esto.

Pero todos sus gritos y sus peticiones las hacía sin apartar la mano de mi vaquero.

Al leer aquellas líneas recordé que me había resultado extraño su desmayo. Carlos se había desmayado de nuevo y la verdad esta vez no me parecía que estuviese tan borracho. Sí que le había gritado para hacerle venir de su letargo. No deseaba seguir con aquello, me daban miedo las consecuencias.

Sin embargo, quería más. Me había poseído de nuevo la locura de la excitación, el disponer de Carlos como si fuese una marioneta lista para todos mis deseos. Aunque recé para que mi hermano recuperase el conocimiento antes de volver a casa. Pero sabía que no lo había hecho. Yo sabía exactamente lo que iba a decirme el diario. Pero me gustaba tanto la forma en la que mi hermanito lo había escrito que me tumbé de lado en mi cama y mientras leía comencé a penetrarme con un dedo, encogida en posición fetal.

Ella me ayudó a entrar en la casa; Realicé una gran farsa en el modo en como fingí estar “demasiado borracho” para salir del auto solo y luego “demasiado borracho” para subir las escaleras. Cuando llegamos, Salomé nos recibió en la puerta y ayudó a Teresa a llevarme adentro. Teresa susurró ‘Te lo dije, ¡míralo! ¡Está destrozado! ¡No recordará nada!

Yo abrí los ojos ligeramente y dije  con la voz totalmente ida: ‘¡Hola, Salomé!’ grité como si fuera una sorpresa, grité quizás demasiado fuerte.

–Quiero otra cerveza –dije susurrando con la cabeza caída.

–De eso ni hablar –dijo Teresa. –Vas a tu habitación. ¡Directo a la cama! Ya tomaste suficiente por esta noche.

–Ya te dije que era mejor que no bebieras tanto – Me dijo rodeándome con los brazos y conduciéndome por el pasillo hasta mi habitación. Salomé solo nos seguía, con la curiosidad de ver en que iba a acabar todo aquello. Ella ya me había desnudado una noche junto con Teresa, pero en esta ocasión se había fijado en mis vaqueros y vio que el asunto venía hoy con sorpresa.

“Esto no me lo pierdo” pensó.

Yo murmuré buenas noches a ambas, fingiendo una borrachera como un piano y esperando que Teresa hiciera algo una vez que estuviéramos solos en mi habitación. Pero esta vez no fue así. Me recostó en la cama e inmediatamente fingí estar fuera de combate. Entonces Teresa y Salomé me desnudaron. Salomé no pudo evitar mirar mi herramienta crecida y miró a mi hermana mayor.

–Cosas de chicos –le dijo. –Siempre están igual. Y tú lo sabes mejor que yo.

Ambas rieron. Teresa apagó la luz y se fueron. Y eso fue todo.

No podía creerlo. Estaba totalmente defraudado … ¿Tal vez estuviese esperando a que Salomé se fuera a dormir? O tal vez había decidido dejar de hacerlo. Yo estaba poco borracho (había bebido muy poco esa noche y Teresa no es tonta). Después de escuchar cómo se iban, me quedé dormido. Pero como un par de horas después algo me sacó de mi sueño.

Mi cuarto estaba oscuro. Me habían quitado los jeans; y los bóxers. Estaba allí, completamente expuesto. Recordé que debía fingir estar fuera de juego cuando sentí tres manos palpándome el vientre, el pecho y mi muslo.

No podía ser. No quería abrir los ojos, ni entreabrirlos.

Esperaba de un momento a otro sus caricias en mi sexo y la erección se produjo de forma automática. Y entonces fue cuando oí hablar a Teresa.

–Siéntate. No te preocupes. Carlos está ausente, confía en mí

 Otra persona también estaba en la habitación. Hubiese dado media vida porque fuese otra chica distinta a mi hermana pequeña. Siempre he sido su protector. Tal vez fuese alguna de las amigas de Teresa. Pero escuché la voz de Salomé, pero no pude escuchar bien lo que decía, porque hablaba como en susurro. Teresa continuó.

–Cállate y mira, te lo mostraré –dijo Teresa.

 Entonces, finalmente, sentí la mano de mi hermana mayor. Acarició mis esferas con la otra mano y me masajeó con dulzura hasta lograr una erección completa de 18 centímetros. Escuché a Salomé decir  –Aparta un poco, ¡no puedo verlo!

Sentí a Teresa moverse en la cama mientras continuaba acariciándome. Mis ojos se estaban ajustando a la luz y pude ver a Salomé sentada en una silla cerca de la ventana de mi cuarto, vestida con un conjunto de pijama de algodón, pantalones cortos y un top. No estaba así cuando nos recibió en la puerta … Teresa llevaba una camisón blanco una cuarta por encima de sus rodillas. Salomé miraba mi sexo como hipnotizada.

–Won … he visto algunas, pero la de nuestro hermano es más grande .

–Has visto pocas, hermanita –susurró Teresa.

– ¿Realmente la pones en tu boca y él no se despierta?.

Yo me quería morir ante la conversación que se traían mis hermanas. Fingiendo dormir, con mí cosa tiesa como un madero.

–¡Sí! Mira –dijo Teresa.

Y dicho eso procedió a darme la iniciar su segunda cata de mí, la más deliciosa de mi vida. Se cuidaba de no bloquear con su cuerpo la visión de Salomé; apartaba el cabello para que no tapase su boca. Salomé observaba, asombrada, cómo su hermana mayor sorbía y chupaba a su hermano mediano.

–¿Crees que puede sentirte? Preguntó desde la silla.

Teresa dejó su trabajo un momento.

–Oh, sí, desde luego. Pero en sueños. Carlos, ya lo verás ahora, se mueve y gime, especialmente antes de venirle la leche. A veces incluso abre un poco los ojos. Pero nunca se despierta. Y luego no recuerda nada, porque se desmaya cuando está tan borracho. ¿Comprendes?

Ahora al leer el diario de mi hermano recordaba cada palabra, cada gesto. Carlos tenía una memoria prodigiosa. Contaba todos los detalles sin olvidar nada. Lo que yo no sabía al decirle a Salomé que Carlos se desmayaba cuando estaba borracho era que él en esa ocasión tampoco había bebido y era consciente de todo lo que sucedía.

Leía el diario con las piernas abiertas totalmente. Había separado los labios con dos dedos y me acariciaba con un tercero, la rajita abierta rosita que me goteaba a través del ano hasta las sábanas. Seguí con mi lectura y con mi masturbación.

–’¿Qué haces con su … semen?

Teresa la miró con una expresión como ‘¿tú qué crees?’ y siguió lamiéndome.

Me sentía como una guiñol a merced de mi hermana. Su boca me hacía gemir levemente. Mi vientre se encogía ante sus bocados y sus arañazos en mis partes. Sabiendo que Salomé miraba me excité hasta los límites más elevados. Oírla era un suplicio y el gusto más tremendo que se pueda imaginar. Salomé volvió a preguntar:

–¿Alguna vez lo has hecho…. Ya sabes, con él mientras duerme?

Teresa le lanzó una mirada furibunda y sacó mi leño inmediatamente de su boca.

–¿Qué estás diciendo? ¿Estás loca?¡De ninguna manera! ¡Eso sería engañar a Marcos, mi novio! ¡No! ¡Es solo sexo oral! Y además, Carlos no es como otro hombre; ¡ es nuestro hermano! Y además él ni siquiera lo sabe. ¡Vamos! Deja de decir esas cosas, rompes la magia del momento. Mira que cosita tiene nuestro hermano –dijo agarrándome la erección con ambas manos. –Te dije que solo podías mirar si estabas callada. Así que calla y mira.

Las preguntas de Salomé se acabaron. Teresa se concentró en mi miembro, succionándome como la noche anterior. La cálida boquita de mi hermana se sentía tan intensamente en la oscuridad. Los sonidos de su lengua y de su boca al chupar aumentaban la sensación. Comencé a gemir y retorcerme; Teresa no se detuvo y Salomé se acercó para mirar más de cerca. Se inclinó hacia adelante, pero con una mano acariciaba su entrepierna.

–Ohhh, sí, a él le está gustando. Se nota un montón. ¿A que si? – susurró Salomé. –Chúpalo, Teresa. Sí, chupa

 La mano de Salomé comenzó a moverse. Comenzó a masturbarse la rajita de18 años a través de su pijama. –Chupa esa gran estaca.

Yo la veía masturbándose sobre el pijama, mirando la felación de Teresa y solicitando su continuación y me costaba no correrme, pero aguantaba por disfrutar más del momento.

La charla candente de Salomé pareció calentarnos a los tres. Teresa me chupó más fuerte y más profundo y sentí que el esperma venir. Al mirar clandestinamente entre los párpados vi a Salomé tirar de sus pantalones cortos de pijama hacia abajo y después hacer lo mismo con su tanga, exponiendo rajita sin vello. La luz del pasillo brillaba a través de mi puerta abierta y se derramó sobre ella, iluminando su bonito conejito rosado. No pude mirar mucho, ya que su otra mano comenzó a frotar rápidamente el montículo

– Chupa su gran verga dura, Teresa. Chúpalo por mí –dijo mientras una mirada salvaje se apoderaba de su rostro mientras jugaba consigo misma y veía a Teresa inhalar mi larga y gorda pulla… Salomé deslizando un dedo ya dentro de su rajita … Aquello era demasiado para cualquiera y por supuesto para mí. El semen estaba empujando para explotar y Teresa sabía que brotaría en cualquier momento. Dejó escapar una serie de gemidos cuando mis caderas se acercaron a su cara. Y preparó la garganta para ser llenada de nuevo con mi esperma espeso y caliente. Salomé observó, retorciéndose en la silla, su mano golpeando su montículo mojado mientras Teresa se tragaba toda mi carga con hambre. Vi a Salomé mordiéndose el labio y temblando hasta llegar al orgasmo, apretando el dedo contra su gatito.

No pude verlas, pero escuché a Teresa decir

–¿Ves? ¡Esa es la cuarta vez que lo chupo y no tiene idea! ¡Es genial! Puedo salir y volver dentro de un rato y estará dispuesto de nuevo.

 Salomé se recostó en la silla, jadeando. Teresa miró el gatito desnudo, aún expuesto de su hermana pequeña.

–Guau. Realmente te pones cachonda viéndome comerme la ciruela de Carlos – dijo Teresa, mientras Salomé recomponía lentamente su pijama.

Supongo que Salomé asintió afirmativamente.

–¿Pero y tú, Teresa? –Preguntó Salomé – ¿Solo le chupas. No tienes tú orgasmo?  

–Siiiiii, a veces juego con mi gatito mientras se lo hago; otras veces, después cuando estoy en mi habitación –respondió mientras se levantaba lentamente de la cama.

–No sé si está bien hacer esto con tu hermano. Si está bien, entonces también estaría bien hacerlo con tu hermana, ¿verdad? –dijo Salomé mientras daba un paso hacia Teresa. Se estaba desabotonando la blusa mientras hablaba. La muy cerda.

–¿Qué estaría bien….? ¿A qué te refieres? –preguntó Teresa, realmente sorprendida.

Observó hipnotizada cómo su hermana pequeña abría su blusa y dejaba al descubierto a sus lindos y pequeños senos.

–Estaba loca por serte sincera, Teresa. Soy bises y apuesto a que tú también lo eres. Déjame hacerte. Vas a disfrutarlo.

Salomé tomó las manos de su hermana mayor y las llevó hasta las tetitas desnudas. Teresa no ofreció resistencia. Yo haciéndome el dormido. Testigo mudo de la escena. Salomé se acercó aún más y le susurró al oído a Teresa. Podía escuchar cada palabra de su intercambio. Mi herramienta se puso dura de nuevo.

–Déjame comer tu gatito”, susurró en el oído de Teresa.

Teresa dejó escapar un suspiro entrecortado cuando sintió los senos de Salomé. Salomé puso sus manos sobre el trasero de Teresa y comenzó a amasar sus glúteos, buscando con los dedos entre ellos, debajo, palpando a través de sus bragas la vagina húmeda. Teresa no le respondió, no le dio permiso, pero estaba claro que quería que Salomé la tomase. Salomé condujo a su hermana mayor los pocos pasos hacia mi cama. La acostó de forma que la cabeza de Teresa vino a dormir sobre mi ombligo a escasos centímetros de mi leño resucitado.

Deslizó lentamente sus bragas por debajo de su camisa de dormir, acariciando las largas y delgadas piernas de Teresa hasta las ingles. Teresa comenzó una queja falsa:

–Por favor Salomé …

Pero nunca fue escuchada.

De repente Teresa giró levemente la cabeza y vio mi erección. Yo veía todos sus movimientos. Salomé tenía las caderas de Teresa en el borde de la cama y subió los tobillos al borde. La colocó como en esas mesas del ginecólogo.

Teresa acercó su cabeza hasta que los labios rozaron el ojo de mi salchicha. Luego sacó la lengua y me lamió. El hermoso coño de Teresa estaba completamente abierto a Salomé. Era una sombra de vello castaño suave y bien recortado, labios carnosos rosados ​, ligeramente brillantes lubricados y húmedos. Entonces la cabeza de Salomé se internó entre los muslos de Teresa.  Teresa se metió dentro de su boca todo lo que le cupo de mi leño, en pleno éxtasis por las atenciones de los deditos y la lengua de su hermana pequeña. Que lamió, chupó y besó su rajita hasta hacerla perder el sentido. Pronto Teresa jadeaba, Salomé metía sus dedos.

Teresa dejó de chuparme para quitarse el camisón de dormir en un movimiento increíblemente rápido y quedarse totalmente desnuda.

Allí estaban, las hermosas tetas de Teresa. Sus extremos estaban adornados con grandes pezones hinchados y duros, de color rosa. Ella misma estaba apretándolos y pellizcándolos mientras Salomé comía su gato; Ladeó de nuevo la cabeza recostada sobre mi tripa y volvió a lamerme.

–Salomé … Ohhhhh, ohhhhh, Salomé …ya, yaaaa

Mis dos hermosas hermanas se lo estaban haciendo y yo tenía un asiento en primera fila. Deseé poder penetrarlas. Teresa se sacudió en la cama cuando llegó, empujando la cabeza de Salomé contra su ingle con un jadeo ciego e intenso. Su boca me apretó el glande. Pero no me quedaba leche para otro orgasmo. Teresa se levantó y tomó la cara de Salomé en sus manos y la besó.

–Pronto amanecerá –dijo Salomé. –deberíamos dormir algo.

Los siguientes dos días fueron aún más difíciles; Teníamos toda una red de secretos inconfesables unos con otros. No era fácil interactuar de forma natural. Si bien Teresa y yo podíamos tratarnos bastante bien, sin dejar que el otro supiera lo que pasaba, seguir fingiendo. Salomé no era capaz de fingir como Teresa y yo.

La pillé mirando mi entrepierna con frecuencia; tartamudeó al hablarme, evitando el contacto visual; la pobre Salomé no podía evitarlo. Estaba obsesionada con lo que había sucedido. Teresa no quería que Salomé arruinara aquello.

Me había corrido leyendo a mi querido hermano. Recordando aquellos hechos. Cerré el diario y me dispuse a seguir con el juego. Pero esta vez sería yo la que estaría al tanto de la realidad. La única que sabría que Carlos actuaba como un actor, pero que era consciente de todo.

El morbo no me dejaba parar la imaginación.

Cuando mi hermano escriba el suceso en su diario lo recuperaré para contároslo a vosotros.

En mi correo tlomboperez@gmail.com estoy dispuesta a contestar vuestras dudas y escuchar vuestros comentarios sobre mi increíble historia. Gracias a todos por leerme.

Sígueme en instagram: @babykarelvis

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