Zoo Sexual

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Sabes que el tiempo ha pasado cuando las excursiones del colegio ya no las haces tú sino tus hijos. Todavía recuerdo lo nervioso que me ponía la noche antes de una excursión; escalofríos por todo el cuerpo, la mirada ojiplática clavada sobre el techo de mi habitación al mismo tiempo que mi mente iba creando millones y millones de historias sobre todo lo que podría suceder al día siguiente, continuas mirada al despertador, deseando que las horas fuesen pasando una detrás de otra hasta que por fin sonase la alarma y empezase la aventura, y así hasta agotar una amplia lista de sensaciones.

Marcos y Oliver acababan de empezar primaria, por lo que el colegio siempre solía organizar una excursión al zoológico de la ciudad. Mi padre desde bien pequeño me había inculcado el amor por los animales; siempre me estaba hablando de ellos, desde los más grandes como las ballenas hasta los más pequeños como las hormigas, nunca dejaba de sorprenderme. Uno de los mejores días de mi vida fue cuando cumplí nueve años, estaba jugando en la parte trasera de casa cuando de repente me atropelló un cachorro de pastor alemán. Desde aquel día ambos fuimos inseparables, pasábamos todo el tiempo del mundo juntos, donde iba él, iba yo, y donde iba yo, iba él.

La otra cara de la moneda fue el día que Lucky murió, los médicos nos dijeron que era sorprendente que un pastor alemán viviera por encima de los veinte años sabiendo que estaba enfermo de cáncer, pero yo siempre pensé que eso era por el amor que nos teníamos el uno al otro. Por razones como esta es lo que me hizo obligar a Marcos y a Oliver a que fuesen a aquella excursión al zoológico, y por si fuera poco los padres estábamos invitados a ir.

La excursión estaba programada para lunes, por lo que ya podéis imaginar cómo pasé la noche del domingo. A la mañana siguiente, eran tres niños lo que habían en aquella casa, Marcos, Oliver y yo, no me avergüenza reconocer que aquel viaje al zoo me hacía más ilusión a mí que a ellos. Muchas veces pienso en esa frase que tanto repetimos “ojalá volver a ser un niño, ellos son verdaderamente los que disfrutan las cosas”, sinceramente creo que somos los adultos con alma de niño los que disfrutamos la vida de verdad, porque somos conscientes de lo dura que es  y los pocos momentos que tiene de buena.

Aquel lunes parecía un viaje en el tiempo; los niños corriendo y saltando, el sonido de las cremalleras de sus mochilas abriéndose para comparar sus desayunos o los dulces que sus mamás les habían comprado, los profesores pidiendo silencio mientras iban llamando a los niños por orden de lista, el sonido del autobús al frenar delante nuestra…todo era como aquellos días.

Los profesores nos separaron en dos autobuses, en uno iban los niños y en otro los padres.

-Lo hacemos así para que se vayan acostumbrando y no tengan miedo para las próximas excursiones. 

La idea era buena, pero eso no evitó que más de un padre no viese a su hijo bajar llorando del autobús al llegar al zoo. Durante el trayecto me hice amigo del chico que se sentó a mi lado; se llamaba Miguel y parecía compartir el mismo amor por los animales que yo. Al llegar al zoo recogí a Marcos y Oliver y junto con Miguel y su hija Marta nos fuimos a ver todos y cada uno de los animales. Como fiel animalista, odio los zoológicos con toda mi alma, pienso que los animales deberían vivir en su hábitat natural, pero aunque no sea una excusa el zoo de Bilbao cuida a los animales como si fueran de su propia familia, no les faltaba de nada.

Uno de los primeros animales que vimos fue un avestruz; nada más ver aquel animal mi vena friki afloró y no tardé ni un segundo en empezar a hablar sobre ellos; el avestruz es el ave más pesada del mundo por lo que esa es la razón por la que no puede volar, es uno de los animales más veloces por detrás del guepardo, se han encontrado esqueletos fosilizados muy antiguos de avestruz por lo que también se le considera una especie de dinosaurio…y así seguí con todos y cada uno de los animales que nos íbamos encontrando por el zoo.

La hora de comer se nos echó encima como aquel que dice; aproveché aquel parón para poder comer algo y sobre todo beber un poco de agua para recuperar fuerzas y también saliva por todo lo que había hablado.

-Veo que te gustan los animales más de lo que pensaba dijo Miguel mientras comíamos.

-No te lo puedes ni imaginar, son mi pasión respondí.

-Entonces creo que puedo confiarte un pequeño secreto, prosiguió. Tengo un pequeño zoo en mi casa de campo, aunque no es nada parecido a esto, allí los animales campan a sus anchas y puedes acercarte a ellos con total libertad, eso sí, siempre y cuando ellos te dejen.

Durante unos segundos mi cuerpo permaneció petrificado, no me lo podía creer, aquel hombre había hecho realidad el sueño de toda mi vida, tener su propio zoo, así que en cuanto recuperé el control sobre mi cuerpo y mi habla, acepté por completo la invitación.

-¿Por qué no dejas a los chicos con su madre, hago yo lo mismo con Marta y te vienes esta noche a mi casa? Verás lo impresionante que es ver dormir a un rinoceronte de cerca.

Sin pensármelo dos veces, seguí al pie de la letra la idea de Miguel y para cuando me quise dar cuenta, ya había dejado a Marcos  y a Óliver con su madre, cuando al salir por la puerta me tropiezo con un hombre.

-Es usted Mario Gómez dijo con tono de pregunta aun estando bien seguro de la respuesta que iba a obtener.

Durante unos segundos dudé en si responder o no, no conocía de nada a aquel hombre y que alguien sin conocerte, trajeado de la cabeza a los pies, con gafas negras y un micrófono en el oído te lo pregunte, de normal te asusta.

-Sí, soy yo terminé respondiendo al mismo tiempo que convertía mi mano en puño tras mi espalda por si en algún momento se le ocurriese a ese ser atacarme.

-Perfecto, me manda el señor Miguel para recogerle.

Sin poder creérmelo acompañé a aquel hombre hasta la puerta donde nos esperaba un flamante coche.

-Suba por favor; dijo aquella especie de guardaespaldas al mismo tiempo que sujetaba la puerta trasera del coche. Póngase cómodo, llegaremos enseguida.

Pasaron unos minutos desde que el coche arrancó y se volvió a detener. La puerta del coche se volvió a abrir y con ella aquel guardaespaldas a su lado.

-Salga, el señor Miguel le recibirá enseguida. Cuando salí de aquel coche mis ojos no dieron crédito a lo que estaban viendo. Aquella casa debía ser igual o incluso más grande que un estadio de fútbol; la fachada principal era impresionante. Columnas jónicas sujetaban la estructura principal de la casa al mismo tiempo que un grupo de ventanas parecían darle el aire que le faltaba a aquella fachada tan señorial y elegante. Mi madre siempre lo decía, “hijo, una casa cuanto más ventanas tenga…mejor” Y aquella tenía muchas por lo que mi madre le daría el visto bueno.

En ese momento solo podía pensar en lo bonito que tenía que ser ver el amanecer desde cualquiera de las habitaciones de esa casa; ver como el sol va saliendo por el Este y va superando aquella manta de árboles que formaban el bosque que rodeaba aquella casa. Seguía captando los detalles de ese monumento cuando una voz sonó a mis espaldas;

-Perdóname por hacerte esperar pero unas lobas han revuelto la manada y hemos tenido que tranquilizarlas. ¿Qué te parece si empezamos ya con la visita? Acompáñame por aquí. Miguel me fue enseñando una por una todas y cada una de las habitaciones e instalaciones de la casa; mi mente había pasado de imaginar aquellos espacios a poder verlos en vivo y en directo y debo reconocer que en ese caso la realidad superó la ficción. Aquellas habitaciones eran inmensas, no les faltaba de nada, tenían decorador por todos lados; cuadros, lámparas, tapetes, cuartos de baño para no tener que salir en ningún momento de la habitación, etc.

-Me vas a perdonar que te lo pregunte pero…¿A qué te dedicas?

Mi pregunta pareció provocar una pequeña sonrisa en el rostro de Miguel; Mi negocio son los animales, aunque ahora mismo lo verás respondió este.

Nos dirigimos de nuevo a la puerta de la casa donde nos estaba esperando aquel hombre que me había recogido en casa.

-Carlos, ¿Está todo listo? Preguntó Miguel.

-Sí señor, el coche les está esperando afuera y todo está en el maletero como siempre.

-Vale, muchas gracias le dijo Miguel a aquel hombre al mismo tiempo que pasábamos sin detenernos junto a él y este le dejaba su mano sobre el hombro en forma de afecto. Vamos Mario, nos espera una gran noche. Cuando salimos por la puerta, un flamante bugui aguardaba ante nosotros.

-¿Te apetece conducirlo? Dijo Miguel mientras me tiraba las llaves.

En menos de un abrir y cerrar de ojos Miguel y yo nos adentramos en aquella selva que rodeaba la casa, era impresionante sentir como la noche había hecho de aquel lugar un peligro constante, en el que cualquier momento podría asaltarnos una bestia y matarnos por completo. Miguel estaba encantado, vacilaba un momento tras otro diciendo que había escuchado o que había visto como algo se movía entre las ramas de los árboles o el fango del suelo.

El silencio pasó a reinar de un momento a otro nuestras vidas, habíamos detenido el bugui y ahora íbamos a pie.

-¿No crees que es un poco peligroso Miguel? Pregunté.

-Claro, ahí está la verdadera aventura Mario. ¿Qué gracia tiene saber que el hombre viene de un animal del mono si no se mezcla entre ellos, ni vive como ellos? Por eso te he traído aquí esta noche, para que sepas qué es ser un animal que puede cazar o…ser cazado.

Ambos nos miramos y nos pusimos a reír, aunque el quiebro de una rama nos puso en alerta.

-¿Has escuchado eso Miguel? Dije con voz entrecortada al mismo tiempo que notaba como unos nervios increíbles iban recorriendo mi cuerpo de arriba abajo, inyectándome así una dosis de adrenalina pura.

En ese momento Miguel echó mano a uno de sus bolsillos y sacó una pistola.

-Qué vas a hacer con eso pregunté.

-Tendremos que defendernos ¿no? Respondió.

Tanto Miguel como yo permanecimos quietos, esperando que aquella criatura nos dejase tranquilos y sobre todo…vivos. La aventura había empezado antes de lo que ninguno de los dos hubiera pensado, nuestros ojos miraban hacia todas las direcciones posibles al mismo tiempo que nuestros cuerpos se iban acercando el uno al otro hasta tener una espalda pegada a la otra. Fue entonces cuando dos grandes y brillantes ojos parecieron abrirse paso entre la inmensa oscuridad que nos rodeaba. Aquellas esferas de luz se fueron haciendo cada vez más y más grandes hasta que parte del cuerpo de aquella criatura se dejó ver entre los pocos rayos de luz de luna que se colaban entre las ramas de los árboles.

-Eso es un…lobo avisé a Miguel al ser el primero en darme cuenta.

-Efectivamente dijo él al mismo tiempo que hacía disparar su arma.

-¡No! Exclamé por su reacción, no lo mates.

-Tranquilo Mario es una pistola de dardos tranquilizantes.

Nos acercamos lentamente al animal estando seguros de que ya estaría durmiendo y fue entonces cuando me llevé la sorpresa.

-¿Qué es esto Miguel? Pregunté ensimismado. ¿Es una mujer?

– Sí Mario, es una mujer respondió con toda la tranquilidad del mundo.

-Me puedes decir qué coño hace una mujer disfrazada de lobo en tu casa y a la cual le acabas de pegar un tiro.

-Tranquilízate amigo mío, si te he invitado esta noche a mi casa es justamente como te he dicho antes para que veas de qué vivo y como he visto esta mañana que te gustan tanto los animales he decidido que disfrutes tú también de él.

-No sé dónde coño ves tú la relación entre que me gusten los animales a cazar personas disfrazas de ellos respondí con gran agresividad.

Con gran arrogancia Miguel se fue acercando hacía mí; la diferencia está en que aquí puedes cazar los animales y…follártelos. Y no te preocupes por ellos, están entrenados de tal manera que se creen que son animales de verdad.

-Más que entrenados yo diría que torturados.

-Llámalo como quieras, pero es una realidad. La ley siempre nos ha considerado a los que nos gusta follar con animales como a unos enfermos y solo por la pequeña diferencia de que los animales solo follan para reproducirse ya que no sientes placer algún cuando lo hacen. ¡Y una mierda! Es tan fácil como ponerse un documental y ver a dos monos del mismo sexo follando entre ellos, ¿tú crees que si no sintiesen algo lo harían? Por eso me he pasado años y años construyendo este paraíso al que cada vez viene más y más gente. Nosotros queremos penetrarlos y ellos quieren que lo hagamos ¿Dónde está el problema?

Su forma de pensar me aterraba, solo quería salir huyendo de allí y llamar a la policía lo antes posible.

-Sé que estarás pensando que estoy loco, pero por qué privarnos de follar como animales, no podemos ocultar nuestra naturaleza animal. Si hemos nacido siendo animales con la suerte de poseer un raciocinio, ¿por qué no aprovecharlo? ¿Qué me dices? ¿Quieres probar qué se siente al follar con una mujer lobo?

En ese momento salí corriendo como alma que lleva el viento con tal mala suerte de verme perdido sin saber hacia dónde ir. Seguro que Miguel ya habría avisado a su guardaespaldas y estarían los dos buscándome para darme caza, nunca mejor dicho y convertirme en uno de esos animales para otros enfermos como él. Anduve sin dirección alguna hasta que decidí subirme a lo alto de un árbol con la intención de resguardarme de todo peligro y esperar hasta que se hiciera de día para poder escapar de aquella jungla.

Todo se quedó en calma por un momento y eso es lo que me hizo activar las alarmas, fue entonces cuando una figura se abalanzó sobre mí tirándome por completo desde lo alto del árbol quedando así inconsciente. Cuando me desperté vi como una especie de criatura me arrastraba tras ella, rápidamente empecé a gritar y haciendo uso de mis piernas conseguí asestarle una patada y huir; pero como animal que era me alcanzó en menos de un segundo.

Allí estábamos aquel ser y yo, el uno frente al otro, no me había fijado con el susto pero me encontraba ante lo que jamás pensaba que lo fuese a hacer, una mujer tigre. Sus ojos eran igual o incluso más grandes que los de aquella loba a la que Miguel le había disparado; el pelo en su cuerpo era abundante pero eso no evitaba que se siguiese apreciando su figura humana,  incluso me atrevería a decir que aquella melena hacía a ese ser más atractivo de lo que ya era.

Siempre he sido un firme defensor de la majestuosidad que los animales ejercen con su cuerpo, pero en este caso era algo totalmente diferente.

Aquella mujer o animal, no sabría muy bien cómo llamarlo, se movía en círculos, atenta a todos y cada uno de mis movimientos, imposibilitándome por completo mis intentos de fuga, relamiéndose una y otra vez como si supiera lo que iba a pasar de un momento a otro. Hubo un instante en el que aquel animal se levantó y se puso sobre dos patas, adoptando por completo la postura humana que por pura naturaleza le correspondía.

Sin saber cómo sus ojos me fueron atrapando poco a poco hasta tal punto de colocarse tan cerca de mí que un simple golpe con una de sus afiladas uñas me hubiese matado. Comenzó a olerme como el buitre que saborea desde la distancia su presa ya muerta, pero en este caso la comida era yo y estaba muy vivo. Por un momento aquel animal abrió la boca, dejando salir así su lengua de ella, haciéndola pasar por mi cuello de arriba abajo. Esta era rasposa, como la propia de los felinos; recuerdo aquella vez que vi un documental donde explicaban como era la lengua de estos, y estaba llena de pequeños filamentos que con un simple lametón podían llegar al hueso del animal raspando por completo su carne.

La de esa mujer gato no era igual de fuerte pero si me hizo un poco de sangre la cual pareció gustarle. Continuó lamiendo mi cuerpo por todas las partes que su instinto le iba pidiendo hasta tal punto que un ligero cosquilleo pareció avisarle de que algo iba creciendo muy poco a poco en mi entrepierna. Una sonrisa sardónica se dibujó en su cara dejando así al descubierto sus colmillos; aquella mirada de deseo mezclada con aquella sonrisa animal hizo que me replantease la idea de que no sería tan mala opción el follarse a aquel ser. Nadie estaba mirando y como dijo Miguel, nuestra naturaleza animal es muy poderosa y a veces es bueno guiarse por los instintos y lo que mi cuerpo me pedía en aquellos momentos es que me follase a aquella mujer con disfraz de tigresa.

Decidí acariciarle la espalda pero ésta temerosa por no saber lo que iba a hacerle retrocedió al mismo tiempo que asestaba un golpe con sus garras sobre mi cara. Un grito volvió a romper la calma que reinaba en la noche, aquellas afiladas uñas me habían desgarrado mi ojo izquierdo. Aquella sensación de impotencia junto con el dolor que sentía en ese momento hicieron que se despertase en mí el verdadero animal que llevaba en mi interior. Sin pensármelo dos veces me abalancé sobre aquella bestia y juntos comenzamos a forcejear.

Durante unos minutos perdí mi condición humana hasta tal punto de no saber lo que hacía, actuaba bajo mi instinto de supervivencia, golpeaba sin saber y sin medir mi fuerza, solo quería ver como mi adversario dejaba de moverse y moría ante mis ojos. La pelea continuaba sin un claro vencedor hasta que en uno de esos momentos nuestros instintos se juntaron en uno solo y empezamos a devorarnos el uno al otro como fieras que éramos.

Mi polla iba creciendo por momentos, con cada golpe, cada arañazo…hasta que estuvo lo suficientemente. Fue entonces cuando conseguí domar a aquel animal y poniéndolo a cuatro patas coloque mi polla sobre su coño y le asesté el golpe más fuerte que ningún otro animal sería capaz de darle…el de mi polla. Comenzamos a follar como auténticos salvajes, su culo animal impactaba sobre mi abdomen humano al mismo tiempo que ambos disfrutábamos de un polvo que iba más allá del límite entre las razas. Ese polvo era lo más simple y primitivo que había visto la tierra en sus cientos de millones de años, no existían los preliminares, los juegos, el morbo; era el follar por follar y eso era justo lo que lo hacía más exótico. Seguimos durante un par de minutos hasta que mi glande y su clítoris fueron recibiendo la excitación suficiente como para correrse al mismo tiempo.

Fue en ese momento cuando se escucharon dos disparos seguidos y acto seguido ambos caímos al suelo, siendo conscientes no solo del efecto que el dardo tranquilizante estaba haciendo sobre nosotros sino que estaríamos dispuestos a repetir aquella noche en otra vida, ya fuese humana o animal.

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