Puta desde el Colegio

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Hola, corazones. Lamento la ausencia todo este tiempo. Tuve que… organizar mi vida. Les cuento.

Flor, mi “novia”,  era demasiado hermosa e inmadura. Eventualmente consiguió un sugar daddy y ahora vive como una reina. Raro final para una pinche feminista; cada vez le creo menos a esas pendejas. ¿Yo? Yo no. Supongo que el destino me ha castigado por tener sentimientos grises hacia ella, y me ha restregado en la cara su modo de vida respecto al mío. Pero bueno; creo que, a diferencia de ella, yo todavía soy una buena persona, y no pordebajeo a nadie.

Había estado viviendo de mis ahorros durante el tiempo que estuve con ella; se fue a vivir conmigo. Ella salía a putear con cierta regularidad, y luego volvía a casa con el bolso lleno de billetes y ganas de comerme a mí; fue rico por un tiempo. Pero eventualmente todas las flores se marchitan. Eventualmente, poco después de la última historia sobre ella y yo (“Soy la peor influencia… pero ha salido bien.”), empezó a decir que ella era la única que aportaba, y a reprocharme que yo no fuera como ella. Que yo no saliera casi a diario a prostituírme. El clima se volvió cada vez más tóxico, y supe que si seguía así mi alma se rompería. Así que le dije que se fuera; y, berrinche o no, se fue. Y no ha vuelto. La extraño, pero sólo por lo bueno; lo malo era mucho, y más: no quiero que vuelva; fui feliz con ella, pero dejé de serlo y por eso la eché.

Conseguí un trabajo normal de mesera. Gano el sueldo mínimo. Pude ganar mucho más con mi cuerpo, pero no quise… no quiero. No sé por qué no quiero. Quizás algo en mí trata de “salvar mi alma”, a pesar de que no estoy en contra de ese trabajo; pero he estado observándome, y recordando, y creo que la verdadera explicación es otra. Y he venido a hablarles de ésta, ya que… bueno, para eso estamos, ¿no?

Tal vez recuerden mi historia sobre la “Colegiala fuera de Control”. Es ficticia, en efecto, pero el sentimiento que la guiaba no. Recuerdo que cuando estaba en el colegio había unas escaleras para ir al segundo piso, que era donde quedaba mi salón. Recuerdo que, como las demás chicas, solía cuidarme de que los chicos pudieran verme bajo la falda, llevándome las manos a la cola y ciñendo la tela a las piernas para que no se viera nada desde abajo. Pero llegó el momento en el que, ya bien acabando la adolescencia y a punto de graduarme, habiendo cumplido los 18 años (por mala estudiante) y con aquella nota de televisión en la cabeza (“Éste programa es para mayores de 18 años… puede contener escenas de sexo.”), pues yo pensaba en eso todo el tiempo. Publicidad involuntaria, llamémosle. Y una de las priemras cosas calenturientas que empecé a hacer fue ser menos eficiente tapándome al subir; pretendía que lo hacía, pues si no levantaría sospechas, pero ahora me tapaba menos. Y claro, ahora me preocupaba más la ropa interior que usaría cada día, pues, a fuerza de repetición, ya sabía quiénes madrugaban para acomodarse disimuladamente en la parte inferior y mirar hacia arriba cuando yo subiera.

Así que, sin que mis padres se dieran cuenta, yo no sólo me aseguraba de verme bien por encima, sino también de tener unos bonitos pantys que mostrar. Ya me excitaba que me dijeran que iba bien arreglada… en especial cuando era uno de los que yo sabía que venían a mirarme. Naturalmente, no pasó mucho tiempo antes de que empezara a masturbarme pensando en eso… en ellos… en estar frente a ellos mostrándoles la vagina bien abierta como en el porno… y a “disfrutar” la fama de calentadora que empezaba a ganarme a fuerza de chismes “injustificados” que nadie se atrevía a comentar abiertamente.

Entonces un día, de compras sola en cierta área de la ciudad, vi un negocio de cosas para adultos. Me quedé mirando desde afuera un rato más bien largo. Y me imaginaba, con sólo mirar, a mí misma vestida con esa ropa insignificante y caminando por los pasillos del colegio. Me los imaginaba a ellos, compañeros y profesores, mirándome, chiflándome, y a algunos diciéndome “puta”; pensar en eso me calentaba y me aceleraba la respiración; cuando me di cuenta eso, me sobresalté por si alguien podía estarme mirado, y me moví lejos en el centro comercial.

Pero la tentación persistió. Y acabé en una tienda de ropa normal… comprando una tanga de encaje con la excusa de necesitar algo que no se notara a través del vestido ceñido que usaría en la graduación. pero qué va, la usaría en agún momento cuando tocaba uniforma normal. Blanca, por su puesto, para combinar con las medias, que según el manual de convivencia del colegio debía ser hasta arriba de la rodilla… caramba, por querer taparnos más nos hacían vestirnos de forma más sugerente para ciertos ángulos…

Volví a casa, y al otro día no aguanté las ganas. Me las puse. Al comprarla pensé que la usaría en algún momento especial, pero… algo me hizo pensar que lo especial sería precisamente usarla.

Al llegar al cole me quedé en la parte baja hasta que hubo sificientes de los chicos que venían a verme subir… entonces saqué un cuaderno, lo sostuve con ambas manos, y empecé a subir las escaleras hasta el punto en el sabía que ellos ya podían verme. Entonces, en lugar de continuar, dejé caer el cuaderno frente a mí “por accidente”, separando las piernas aprovechando que fingía sorpresa. Luego me agaché a recogerlo y a los papeles que había olvidado que estaban guardados ahí, cosa que me hizo sentir más comprometida de lo planeado.

Resultado, yo agachada, con las piernas separadas, pero prácticamente sin doblar, moviéndome de un lado a otro recogiendo las cosas mientras el calor de la emoción y la vergüenza me invadía por estar, literalmente, mostrándole las nalgas y la vulva bien marcada por la tela, a más de veinte o teeinta personas que eran sin duda muchas más de lo que yo había planeado. Seguro estaba roja, pero fingí no darme cuenta; ya me llegaría el “chisme”. Me levanté finalmente, después de semejantes segundos de tensión y calentura, y entre los sonidos de sorpresa de los otros que me empeñé en “ignorar”, corrí para terminar de subir… porque me imaginaba a todos esos hombres saltándome a a la espalda para penetrarme como perros.

Delicioso, a pesar del exceso. O tal vez más gracias a éste. No pude evitar morderme el labio.

Las horas venideras fueron la vida estudiantil de siempre matizada por murmullos que, francamente, me excitaban… excepto cuando en clase de física, con las piernas cruzadas o separadas a intervalos que pudiera notar y seguir el profesor, e inspirada por la situación, hice dos o tres preguntas relacionadas con “levantar”, “poner duro”, y “tirar”; el tipo apenas podía responderme, y, por su puesto, cuando empecé a excitarlo dejó de levantarse para escribir y se puso a dictar. XD

Al final del día, una profesora en tono muy femenino y maternal me sugirió que usara ropa más recatada para evitar el “accidente” que tuve en la mañana. Yo asentí, pero le dije que no me alcanzaba para comprarme más ropa interior, así que usaría eso a veces. Ella mostró una expresión de frustracion, pero aceptó. yo le dije que tendría mucho más cuidado.

Por su puesto, ya no podía repetir el evento de las escaleras, pero… había tantos otros eventos que hacer…

Una vez en clase de educación física había que llevar pantaloneta y yo llevé un bicicletero súper ajustado… y muy disimuladamente, el principio de la clase, me lo halé un poco hacia arriba, así que me marcaba… y todos podían verme mientras tratábamos de tocarnos las puntas de los pies con las de los dedos… y eestoy segura de que muchos me miraron echando la baba. Yo me los imaginaba echando eso y otra cosa por mí…

En otra ocasión simplemente me senté con las piernas separadas frente a un grupo de chicos tímidos mientras fingía estar usando el celular (esa cosa de aquel tiempo con botones y pantalla pixelada… XD). Era así de simple, les estraba mostrando bajo la falda sin escándalo ni disimulo…

Otro día fui sin brasier a educación física… y como era tamprano, se me notaban los pezones y todos me miraban…

Otro día me incliné de tal forma hablando con un profesor en su escritorio, que él seguro podía verme los senos bajo la blusa… y desde atrás cualquiera podía ver la forma de mi trasero…

Y entonces, pocos días antes de graduarme, tuve un altercado con otra muchacha; de esos en los que uno le grita todo al otro frente a un auditorio más bien inmaduro… yo le dije lo que pensaba sobre ella… y ella me dijo lo que pensaba sobre mí: que era una puta mostrona a la que le encantaba que se la morbosearan. No sé si fue la falta de práctica en ese tipo de peleas, o mi lado pervertido tomando el control de nuevo, pero le respondí algo así como: “Al menos ellos pagarían por tirar conmigo, en cambio a usted no la miran ni gratis, horrenda…”. Y claro; por lado y lado la respuesta fue lo suficientemente emocionante como para que la atmósfera se tornara irrespirable para ella. Se ahogó en presión social, y se fue; más tarde la vi llorando, acompañada por sus amigas. Pero yo… yo había “reconocido” ser una “puta” frente a todos los presentes… y ese sentimiento de ser una calentadora a la que le encanta ser vista como una zorra caliente no me ha dejado desde entonces…

Me gradué normalmente, salvo por el retraso, sospechando que alguien movió influencias para que yo pudiera graduarme y no quedarme en el colegio calentando compañeros y profesores.

Y tiempo después… bueno, aparte de mis juegos con mi novio y otras cosillas, llegué incluso a dejarme nalguear por algunos de mis compañeros en el trabajo, historia que ya he contado, hasta ganarme un despido no por calenturienta, sino por no querer acostarme con el jefe de mierda que tenía. Luego tuve una noche de locura con Flor, en la que me pagaron por sexo por segunda vez, una temporada lésbica con ella probando sus fluídos y a veces los de los hombres con los que se había acostado en la noche, y ahora… bueno… soy la mesera más popular del restaurante….

…y…

…ahí está el detalle…

…Tengo ganas de hacer cosas calientes otra vez…

No quiero ser una prosti a secas… quiero ser… hmmm… ¿me creerán si les digo que tengo la mano en la vulva mientras escribo esto?… quiero ser… no una verdadera puta, sino una chica normal muy puta… que la gente hable de mí, me morbosee, y me proponga cosas… no me emociona dedicarme a un negocio así… quizás porque la rutina puede romper el gusto… pero hacer algo bien rico de vez en cuando… es lo que realmente me calienta.

Ese es el tipo de “puta” que soy, corazones… la chica “fácil” a la que le encanta que le miren las tetas, el culo y la vulva cuando camina por la calle… la que se masturba pensando en que los hombres harán eso mismo pensando e ella… y por eso estoy aquí, escondida, porque para mí el placer de ser una zorrita proviene no de serlo todo el tiempo, sino sólo en cientos casos; por lo demás, soy una chica normal, una chica cualquiera… una… ¡cualquiera! XD

Nos vemos pronto, corazones, y les cuento algo más movidito; hoy estoy cansada. 😉

Ah, y gracias a quienes han dejado comentarios en mis publicaciones. Es muy rico saber que están ahí… y a veces también lo que me escriben… 😛

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