El novio de mi amiga es un stripper

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 ¡Su puta madre, la que está liando!

El local era una auténtica fiesta de mujeres sexualmente alocadas y desinhibidas, que bailaban y jaleaban al mismo ritmo que el grupo de strippers que, sobre el escenario, estaban rematando una actuación sobresaliente.

Raúl, el novio de Lara, era el más suelto y descarado de los cinco bailarines: el centro de la mayoría de las miradas y de la mayoría de las barbaridades que se escuchaban en la sala. Ella, Lara, estaba al fondo de la barra, en la parte más oscura del local, espiándole. Había ido con Paula, su mejor amiga.

– Es duro verlo… -comentó Lara después de coger su copa y darle un sorbo con la mirada medio perdida-. No hay nada que no me haya contado pero no es fácil verlo… ¡Pandilla de lobas! Ahí hay muchas que se lo follaban de verdad y no es fácil ver cómo Raúl les ríe las gracias y juguetea. ¡¡Mira, mira, mira!! ¡Esa está palpando polla! ¡Joder, joder, joder, joder!

Lara empezó a hiperventilar.

– ¡Para, para! Que hay billetazo…

No se distinguía bien pero, desde luego, aquello no era un billete de un dólar de los que se compraban a euro en el local. No era verde sino, más bien, marrón. Tenía toda la pinta de ser un billete de cincuenta euros que, tras el breve sobeteo, una mujer le estaba sujetando en la cadera a Raúl con el elástico del tanga.

– Ya he visto suficiente. Vámonos -Lara estaba realmente nerviosa.

Se fue a casa. Por el camino, la conversación con Paula versó sobre los miedos que le provocaba todo lo que acababa de ver. Lo del billete también le preocupaba y, en la charla, se escuchó la palabra prostitución.

– Habla esta noche con él -dijo Paula al detener el coche frente a la casa de Lara-. Te cuenta las cosas. Y te escucha…

Raúl era un buen tío. Lara y él llevaban ya un par de años saliendo cuando él empezó a currar de stripper. Había sido inicialmente una medida desesperada para ganar dinero y, después de un año y de unas cuentas saneadas, el trabajo se mantenía porque se había asumido en la relación. Molestaba solo lo suficiente y era una situación que compensaba por el dinero que generaba.

A Lara le costó aceptarlo cuando, hace un año y algo, el tema se puso sobre la mesa. Fueron un par de meses de muchísima tensión entre los dos que, al final, se asumió como el mal menor y la única solución viable a su problemas. Lara terminó por aceptar que Raúl se hiciera stripper pero, para intentar no pensar en ello, no quiso saber nada del asunto. Y, aunque cuando Raúl comenzó a trabajar en el local no hacía más decirle que fuera cuando quisiera para ver lo que hacía, Lara nunca había ido.

Hasta ahora…

Raúl había podido ir saneando su economía y mejorando luego la de los dos y, además, su propio estado de ánimo había mejorado. Lo del local no era más de cuatro noches al mes, los viernes, y, aunque al principio tuvo que tragar con horarios que acababan de madrugada, Raúl había conseguido cribar sus actuaciones y se había diseñado un horario a su gusto. Un horario con el que, además, terminaba lo suficientemente temprano como para poder terminar el viernes en casa junto su novia antes de irse a la cama.

A Lara la cosa le empezó a resultar extraña cuando, sin aumentar mucho los horarios de trabajo, Raúl comenzó a ingresar aún más dinero. La explicación que le dio su novio fue la de que se estaba haciendo popular en el local y que, por eso, las propinas estaban aumentando. De esto hará poco más de un mes. En sus explicaciones, además, Raúl le contó que también había empezado a hacer pases privados en el local y que eso le dejaba un poco más de dinero.

Eso de los pases privados hizo saltar las alarmas de Lara. Y, aunque Raúl le había jurado y perjurado que todo estaba bien y bajo control, lo cierto es que se había pasado este último mes intranquila y, poco a poco, había terminado por envenenarse. Ese sinvivir fue el que provocó que fuera al local a espiar a su novio.

– Y parece que no miente -le contestó Lara a su amiga antes de despedirse de ella con un par de besos y de bajarse del coche.

Lara seguía sin saber qué tenían de especial los pases privados, no había soportado la tensión de un espectáculo de su chico en el escenario y no pudo ver nada más. Pero sentía tener suficiente información como para calmarse. En el desparpajo de Raúl sobre el escenario, también había creído ver confianza y seguridad. Y Lara quería confiar también.

Subió a su casa, se puso el pijama y se tiró en el sofá a ver la tele. Raúl llegó poco después. Nunca se entretenía después del trabajo. Al rato, después de su novio se hubiera puesto también cómodo y de que el calor del hogar hubiera inundado con su presencia sus estados de ánimo, Lara sacó el tema.

– Hoy te he visto de bombero. He ido con Paula -sonó en medio de la calma.

– ¿Y por qué no me has dicho que ibas a ir? -respondió Raúl tras girar la cabeza lentamente para mirar de frente a su novia.

Lara tardó en abrir la boca más de la cuenta.

– ¿Has ido a espiarme? ¿Es que no confías en mí? Lara…

Lo cierto es que Rafa no se puso nervioso cuando Lara le dijo que había estado en el local, no reaccionó como si tuviera algo que ocultar. Parecía no haberlo y eso, a Lara, la tranquilizó de inmediato.

– ¡No! ¡No! -respondió ella sacudiendo las manos para detenerlas cuando comenzó a hablar de nuevo-. Bueno… Sí, pero no. Déjame un segundo que encuentre las palabras… Hemos ido a verte porque no entendía lo del dinero y necesitaba empezar a ver con mis propios ojos… Y me parece que ya lo entiendo, pero hay cosas que se me escapan… Vale que parece que eres realmente famoso y cotizado pero… ¿Ha sido un billete de cincuenta napos lo que te han metido en el tanga?

Y Raúl, que conoce bien a su chica, supo cuál era el descontento que percibía en ella.

– ¡Ah! Tu cara es por eso…

– Tu cara es por eso -se burló Lara-. ¡Tío! Que esa tía te ha sobado bien la polla.

– Esa tía me ha dado cincuenta pavos por rozarse contra una parte de mi cuerpo. Como si me hubiera querido sobar la espalda, el pecho o las piernas…

– Pero ha sido la polla -insistió molesta Lara.

-Un trozo de piel más que, en cada caso, solo importa lo que tú quieres que te importe… Mira, Lara, tú sabes que no soporto que me toquen las orejas pero, si se me planta delante alguien con un billete de 50 euros a cambio de tocármelas, ¿Crees que no le dejaría? Pues si es una circunstancia en la que encarta, yo decido cuánto rato y cómo van a tocarme las orejas por cincuenta euros. Quien quiera tocar, tendrá sus razones, yo pongo las condiciones.

– O sea que, si te enseña un billete de cien le dejas que meta la mano por debajo del tanga, ¿No?

– Que yo ponga las condiciones, no significa que no las consulte contigo. Y, de momento, no estoy haciendo nada que no habláramos en su día. ¡Lara!… ¿Qué te preocupa de verdad?

Lara se mordió los labios y no respondió porque no se atrevía aún a decir en voz alta el nombre de su fantasma. Y, lo mismo que se le vio el miedo en la cara, también se le vio el enfado en la mirada. Sabía que Raúl tenía razón y no podía recriminarle nada pero, por otro lado, el sentido de propiedad que tenía sobre aquella polla la llenaba de unos celos que justificaban su enfado.

– Son los gajes del oficio -continuó diciéndole Raúl-. Te encuentras con situaciones que requieren una respuesta especial y hoy, cuando esa mujer me ha enseñado el billete, he entendido que no iba a salirme gratis… Pero también sé hasta dónde estoy dispuesto a llegar y lo que valgo. ¿Que tengo que dejar que me soben la polla por cincuenta euros? Es buen precio si yo decido durante cuanto tiempo. Y, si te has fijado, no ha sido mucho precisamente… Lara… Es solo trabajo y yo decido hasta dónde. Sé que es delicado, pero no tienes que tener miedo. Te quiero a ti…

– ¿Y seguro que no te ha gustado? Porque menudo paquetón había debajo del tanga.

– ¡Desnúdate ahora mismo! -Raúl no dio opción a Lara y, conforme le dijo que se desnudara, se puso de pie y se desnudó él.

Lara tardó en reaccionar el par de segundos que Raúl necesito para quitarse la ropa. Entonces, sin pensárselo dos veces, cogió a Lara del elástico del pantalón de su pijama y, enganchando también el tanga con los dedos, tiró de ellos. Lara estaba recostada sobre el sofá y la ropa le pasó sin problemas por debajo del culo. Cuando vio el ímpetu con el que Raúl estaba actuando, se dejó hacer.

Después de desnudarla de cintura para abajo, Raúl la cogió de las caderas para que se incorporara. Entonces fue él quien se sentó en el sofá y el que se encargó de dirigir a su chica para que le montara. Le embocó la erecta polla en el coño y, a los pocos segundos de roce, Lara comenzó a lubricar lo necesario como para que le fuera entrando a placer el pollón que la penetraba. Una vez bien clavada, Raúl comenzó a moverse lentamente para empezar a follar con su chica.

– Se pone dura por muchas razones, incluso por aquellas que no controlo -empezó a decirle-. Pero, cuando está reventona, solo quiere estar aquí dentro y siempre contigo.

Se mantuvieron la mirada mientras Raúl le contestaba y los segundos siguientes, en los que él la cogió de las caderas y siguió moviéndose pausadamente. Lara respondió empezando a batir el culo con la misma cadencia. Entonces Raúl le quitó la camiseta y hundió la cara contra sus tetas, que empezó a comerse apasionadamente.

Se dejaron llevar y echaron un polvazo magnífico sin cambiar de postura sobre el sofá: Ella cabalgándole y él sujetándola por las caderas y azotándola de vez en cuando. Fue uno de esos polvos que, por los gemidos de ambos, llegan a oídos y conocimiento de todos los vecinos de alrededor.

– ¡Chilla, golfa!

– No dejes de Hacerme chillar entonces…

A ese nivel de complicidad se movían en sus polvos.

Del orgasmo se enteraron hasta en el garaje del edificio. Lara siempre se arrepentía de los gritos que daba después de correrse. No podía controlar ser tan escandalosa, que lo era, y luego le invadía el sentimiento de culpa que va encadenado a un miedo tan obsoleto y necesario de revisión como el “qué dirán”; Más aún cuando, los gemidos, son de mujer.

Pero siempre le merecía la pena el orgasmo, o los orgasmos, que se llevaba y las emociones que le producían. Y aquel acababa de ser un polvazo con orgasmo meritorio del peor de los pensamientos que puedas imaginarte que sale de un “qué dirán”.

– Espera… No te la saques -dijo Raúl cuando recuperaron un poco el aliento-. Hay algo de lo que quiero hablar contigo y es mejor seguir como estamos…

Lara se preocupó porque aquello no era normal. ¿Por qué era necesario? ¿Qué le iba a decir? Sin dejar que se le saliera, se giró hacia su espalda para coger de la mesita su vaso de agua. El trago también le sirvió para respirar hondo, templarse y esperar a ver a dónde le llevaba aquello. Le ofreció agua a Raúl, bebieron, y, sin soltar el vaso, Lara aguardó a que Raúl continuara.

– Es solo tuya -dijo Raúl a continuación mientras, con el movimiento oportuno, le dejaba a Lara claro que estaba hablándole de la polla-. Siempre tuya y solo tuya, estoy enamorado de ti… Y ha surgido una circunstancia sobre la que tengo que tomar una decisión y quiero tomarla contigo. Tenemos que tomarla juntos. Y se refiere a… -volvió a realizar el movimiento oportuno-. Es delicado…

Raúl guardó un breve silencio esperando la aprobación de su chica, o su reacción, para saber si seguir hablando. Lara le pidió que continuara con un leve movimiento de barbilla.

– Los desnudos integrales en los pases privados del local están baste bien pagados. Ciento cincuenta euros más que con el tanga. Y empieza a parecerme moralmente aceptable. ¿Tú qué dices?

– ¿Pueden tocarte? -fue lo primero que acertó Lara a decir.

– No… -Raúl guardó silencio un segundo y se acordó de algo que, no hacía mucho, le había preguntado Lara-. O, tal vez, solo en el caso de vea de propina un billete de cien euros. Si te parece un buen precio para un restregón más breve que el que ya has visto hoy.

Lara guardó silencio e hizo cuentas mentales rápidamente. Estaban hablando de, como poco, ingresar entre seiscientos y mil euros más al mes. Y eso era un dinero que se merecía un examen moral, desde luego. Aparte, claro está, del indiscutible debate emocional.

– ¿Me estás hablando en serio? -le preguntó entonces a su novio.

– Tanto como para que solo se pueda hablar de ello conectados de esta manera.

A Raúl le volvió la erección. Y Lara lo notó.

– Tú quieres hacerlo -le dijo a su chico. Acababa de notárselo.

– Y que seas tú quien ponga las condiciones -respondió él. Y se le puso aún más dura.

Lara guardó silencio y se quedo quieta un instante. Quería pensar en el asunto pero tenía tantas preguntas en la cabeza que no sabía por dónde empezar. Afortunadamente, estaba ensartada por una polla lo suficientemente dura como para poder cabalgarla a placer. Así que empezó a batir de nuevo suavemente el culo y llamó al deseo para que entrara en discusión con el corazón.

– ¿Puedo soportar que lo haga? -se preguntó-. Puedo soportar que lo haga -se respondió-. Es libre de hacer con su cuerpo lo que quiera y, aún así, lo consulta conmigo. Eso es bueno y me dice que puedo confiar en él, por mucho miedo que me dé. ¡Que me lo da! ¿Quién no te dice a ti que, en una de esas, se encoña con una tía y me deja?… Bueno, no. Eso podría pasarle estando totalmente vestido. Así que ese no es el debate. La cantidad de ropa que él lleve no influye en su comportamiento, ¡pero sí en el de las lobas! ¿Y si no se puede resistir una noche a una?… ¿Puedo soportar vivir con esa incertidumbre siempre sobre la cabeza? ¿Quiero?

Sin dejar de cabalgarle, Lara por fin habló en voz alta de sus fantasmas.

– Me da miedo que empieces a follar por ahí y me termines dejando…

– Lo que yo tengo contigo va mucho más allá de las cositas que me haces… Follar, sabéis todas, pero lo que tú me aportas, eso es lo que llena mi vida. Ya te tengo, no tengo por qué buscarte por ahí. Ni tampoco quiero perderte.

El momento beso romántico de película se produjo inevitablemente. Se abrazaron mientras se comían la boca apasionadamente y Lara no dejó de cabalgar. Raúl volvió a armar totalmente la polla y empezaron a echar el segundo polvo.

Lara comenzó a comportarse más golfa de lo habitual. Tenías muchas armas de mujer para ser una auténtica leona, solo que acostumbraba a dosificarlas. Sin embargo, en este polvo, estaba empezando a usar más de las frecuentes. Primero separó su cuerpo todo lo que pudo del de Raúl y arqueó la espalda hacia atrás para quedar en el punto justo antes de empezar a dejarse caer.

– No olvides lo que te estás jugando -le advirtió a Raúl tras exhibirse durante varios compases-. Haz lo que quieras con tu putita…

Y se dejó caer hacia atrás obligando a Raúl a que la sostuviera por las caderas mientras se la clavaba a placer.

Tras correrse por segunda vez, tomaron la conversación por los cuernos y la trataron en profundidad. Lara aceptó los privados integrales, e incluso los sobeteos, en las condiciones propuestas inicialmente. Ambos estuvieron de acuerdo en que ni una boca le tocaría la polla, mucho menos un coño, y, en el caso de unas tetas, Lara prefería que no ocurriera pero aceptaba que podrían darse casos excepcionales.

– Espero que sepas calibrarlos como es debido y que me lo cuentes enseguida. Esto es un trago muy duro de confianza…

Lara tomó aire y, luego, terminó de hablar.

– Me da mucho miedo…

Después del segundo polvo loco, de múltiples posturas, habían cambiado de posición.. Estaban de pie, uno frente a otro. Raúl la cogió en brazos, sujetándola por el culo, y la levantó del suelo.

– Te propongo algo… Mañana mismo hago para ti el primer privado integral en el local. Y entonces decidimos qué hacemos ¿Te parece bien?

– ¿Y por qué en el local mañana si me lo puedes hacer ahora aquí?

– Porque aquí te sientes a salvo, es tu zona de confort. Es mejor que lo conozcas en el lugar en que va a producirse: te transmitirá mucha más información para poder decidir… El espacio, las luces, lo que se ve o no se ve desde fuera… Incluso la diferencia que hay entre verlo sola o verlo con más gente…

– ¡Ya lo sé, bobo! -respondió Lara bromeando ante la evidencia-. Pero que también me lo puedes hacer ahora aquí…

– Ponte cómoda…

Lara regresó al sofá y volvió a recostarse mientras que Raúl entró un segundo al dormitorio para vestirse. Al cabo de un par de minutos, que Lara aprovechó para levantarse y rellenarse el vaso con agua fresquita, Raúl salió del dormitorio vestido de calle y con el teléfono en la mano. Se situó en la parte más amplia del salón y pulsó el play. En el móvil empezó a sonar “Simple irresistible”,de Robert Palmer y comenzó el espectáculo.

Mientras le veía bailar, Lara recreó mentalmente su propia sala privada de stripteasses. Era un cubículo de algo más de tres metros de lado que tenía en el centro un pequeño escenario circular al que rodeaba un sofá acolchado corrido con pasamanos encima del cabecero cuya circunferencia solo se interrumpía en una pequeña porción, que era el paso por el que se accedía al cubículo desde el exterior. Imaginaba la pared trasera hasta el techo y, las laterales, cerradas solo desde atrás hasta la mitad. De la mitad para adelante, como la de enfrente (por donde se entraba al cubículo), eran cortinas lo que caía desde el techo. La del frente, además, también tenía unos visillos de gasa semi transparentes.

La luz tenue del cubículo provenía de tres lámparas distintas: una en el techo y dos en la paredes laterales. Eran fijas, pero la luz de colores del resto del local que se colaba por los visillos, le daba vida al espacio. En lo musical, al principio Lara pensó que, cada cubículo, tenía su propio hilo musical pero, cuando se imaginó el follón de canciones distintas sonando a la vez en un local con varios privados, creyó más necesario un solo hilo musical común para todo el local.

– Y suena ahora “simple irresistible” a cuenta del pase privado que comienza en el cubículo cinco -radió el DJ imaginario que Lara acababa de inventarse para meterlo en escena-. Se me va la olla… -pensó a continuación.

Raúl seguía bailando y quitándose la ropa con una coreografía la mar de sugerente, morbosa y excitante. La verdad es que se le daba muy bien y tenía un gracejo muy natural para hacer estas cosas. Lara le miraba y se imaginaba la escena en el cubículo: Con Raúl sobre el pequeño escenario y ella acomodada sobre el sofá circular, en la misma posición en la que se encontraba en ese momento; Con las piernas flexionadas y abiertas, una contra el respaldo y otra sobre el cojín, y acariciándose la entrepierna.

Se imaginaba vestida, con minifalda y camisa pero sin ropa interior. Con el coño expuesto a la pared de los visillos pero protegido de la visión desde el exterior porque se interponía la silueta de Raúl, quien sí que se lo veía. E, imaginando la situación mientras su novio seguía haciéndole el stripteasse, se imaginó desabrochándose la blusa y abriéndola, tetas que sí que podían verse desde el exterior, mientras no dejaba de acariciarse.

– Este cabrón las va a poner muy perras -pensó.

Inevitablemente sintió la necesidad de imaginar cómo sería ese “momento lobas” para tratar de recrear lo que sentiría si lo viera. Entonces, también inevitablemente, Lara se vino a acordar de su mejor amiga.

– ¡Madre, mía! ¡Paula!

A la hora de pensar en serio en la propuesta del privado que le había hecho Raúl, Lara no se imaginaba rodeada de desconocidas, se imaginó con su amiga a su lado. Era ideal para ver cuánto controlaba Raúl y cuánto le afectaba a ella misma: Las emociones que le despertaran las reacciones de su mejor amiga eran una buena experiencia para conocer sus propios límites. Muy dura, pero muy buena.

– Espero que se apunte -pensó.

Entonces a Lara la imaginación se le volvió a poner en funcionamiento y, viendo bailar a su novio, le empezaron a apetecer las ganas de verse los tres en situación. Le fue dando morbo que ocurriera y se fue calentando.

– ¿Por qué mañana si, mañana, no trabajas? -le preguntó a Raúl.

– Para resolverlo cuanto antes y no tener que pensarlo más. Para que deje de ser una preocupación que nos hiera.

– ¿Y eso cómo se pide? ¿Se lo dices tú a tu jefe o tengo que contratarlo yo como clienta?

Después de un oportuno paso de baile en el que Raúl se quitaba los pantalones, se acercó a Lara y le dio una tarjeta que llevaba en el tanga.

Lara le echó un vistazo, aunque ya la conocía. Llevaban el nombre y una foto del stripper y un teléfono de contratación propiedad del local. Junto al resto de información de contacto, se incluía una lista con los servicios que el stripper ofrecía. En la de Raúl, con letra de imprenta, ponía bailarín de sala pero, además, a boli él había añadido bailarín de sala privada y bailarín integral de sala privada. Ella sonrió mientras le miraba el paquete que abultaba bajo el tanga.

– ¿Te importa si mañana salgo y me voy a ver a un stripper del que me han hablado muy bien? -preguntó Lara.

– Me encantaría poder ir contigo -le respondió Raúl-. Pero, seguramente, me salga trabajo para mañana. No te molesta, ¿Verdad?

– Lo estoy deseando…

Lara se metió dos dedos en el coño mientras lanzaba al aire un mordisco como si soñara con trincar paquete. Coincidió con el momento en que Raúl se quitó el tanga y que aprovechó para, en el siguiente paso, ponerle la polla a la altura de la boca para que la trincara bien.

Raúl no estaba totalmente erecto sino que, por el contrario, mantenía un aparente y apetecible estado de amorcillonamiento sostenido por un anillo. Era la primera vez que Lara veía a Raúl con un anillo de esos puesto y le resultó excitante.

– Aquí hay material de profesional -pensó.

– Mañana no podrás hacer esto -le dijo Raúl a media voz.

Y Lara, completamente feliz, abrió la boca todo lo que pudo, se la llenó de polla y empezó a hacerle una mamada de padre y muy señor mío mientras no dejaba de masturbarse.

Tercer orgasmo para ambos. Lara se tragó debidamente la corrida de su novio y le relamió la polla para disfrutar del jugo hasta su último resquicio. Aparte, con la mano, se disparó también el clítoris. Ella se corrió dos veces.

Se levanto del sofá al terminar y orientó su cuerpo desnudo hacia el cuarto de baño.

– Mañana te digo si salgo o no salgo. Ahora pipí y a la cama. ¿Recoges tú?

Raúl sonrió de felicidad. Le enternecía esa vuelta a la realidad tan cálida aunque aparentemente fría. Sentía que lo estaban haciendo bien. Apagó la tele, se llevó los trastos a la cocina y esperó a que Lara saliera del baño para entrar él. Apenas cinco minutos después en la oscuridad de la casa solo se escuchaba el canto de los grillos.

A la mañana siguiente, sábado, Raúl salió de casa para hacer unas compras relacionadas con su afición a la informática y Lara aprovechó para quedar con Paula para contarle todo lo que tenía que contarle.

– A ver cómo le digo que quiero que termine de ver a Raúl en bolas…

Desayunaron juntas y hablaron largo y tendido sobre el asunto. Paula entendía la relación que tenían Lara y Raúl y sabía que se estaban haciendo las cosas bien. Igual ella no tenía claro si sería capaz de llegar con una pareja a los límites por los que se movían Lara y Raúl pero, sin embargo, era capaz de darle esos mismos límites a la relación de su mejor amiga y saber que eran buenos.

Y, sobre lo de ver un stripteasse integral de Raúl, Paula tenía también su opinión.

– Te acompañé ayer, que me necesitabas. Si hoy también me necesitas, cuenta conmigo.

Lara abrió su cartera para sacar la tarjeta que le había dado Raúl. Se quedó mirándola.

– Tía -dijo-, qué palo me da llamar.

– Prueba con el whatsapp a ver… -respondió Paula conforme le vino a la mente.

Aunque no era la respuesta que esperaba, le pareció mucho mejor. Lara se liberó de un plumazo de la tensión de mantener una conversación de ese estilo con un desconocido. Memorizó el número en agenda, actualizó los contactos del servicio de mensajería y, tras comprobar que tenía foto de perfil y que, en el estado, daba opción a contacto por mensajería, se quedó pensativa.

– ¿Cómo empiezo? “¿¡Hola! Quiero contratar un stripper?”

– Seguro que puedes hacerlo un poquito mejor -le respondió Paula.

Lara terminó por establecer contacto con la persona que atendía el whatsapp del negocio y fueron acotando lo que se estaba pidiendo: La clienta, que dijo llamarse Paula, quería un pase privado integral (que tenía un precio de 230 euros) para dos personas del bailarín Raúl B.Z para esa misma noche.

– Raúl no ofrece ahora mismo ese servicio -recibió como respuesta-. ¿Puedo sugerirle otro bailarín?

– ¡¡No!! ¡¡Convénzale!!

– ¡Tía! -dijo Paula echándose a reír-. ¡Cómo se te ha ido la olla!

Se quedaron mirando la pantalla del móvil y, cuando comprobaron que su interlocutor no respondía, se miraron y se echaron a reír de nuevo, esta vez a carcajadas. Ya sabían lo que estaba pasando.

– A ver lo que tarda Raúl en llamarme…

Efectivamente, al cabo de cinco minutos Lara estaba recibiendo la llamada.

– Así que, Paula, ¿No? ¿Qué has liado que me ha llamado mi jefe muy cariñoso para convencerme de que acepte el pase?

– Le he dicho que te convenza. Y que estaba muy interesada en que fueras tú.

– Pues debes parecerle un buen negocio porque me ha insistido mucho y hasta tengo la sensación de que me ha dado la opción de negociar…

– Pues no te vengas muy arriba, que esto vas a pagarlo tú.

– Voy a apretarle a ver… Todo lo que te diga entre doscientos treinta y doscientos cincuenta estará bien. Si te dice algo que no esté por ahí… -se lo pensó mejor-. No, no creo que se atreviera… Pero bueno, si te dice algo que esté por encima de ese precio, no lo aceptes.

Colgaron y Lara aprovechó para contarle a Paula mientras esperaban la respuesta desde el local. Estaban pasando un rato súper divertido que se prolongó durante un buen rato más hasta que, rozando las agujas del reloj las dos de la tarde, se despidieron para volver a verse apenas unas horas después. Habían cerrado el pase privado del stripper Raúl B.Z. con desnudo integral.

– ¿Y qué ropa nos ponemos? -preguntó Paula.

– ¿Te atreves con ropa de ponerle nervioso?

– ¡Hecho!

Y, con un par de besos, se despidieron.

Lara subió a casa y Raúl ya había llegado. Cuando sintió abrirse la puerta asomó desde la cocina hacia el pasillo.

– ¿Qué te parece?

– Cuatro copas, botella de champan y un pase privado con dos bailes y desnudo integral y el reservado una hora y media para nosotras por doscientos cincuenta pavos está bastante bien. ¿Qué te llevas tú?

– Doscientos…

– Entonces está de puta madre.

– ¿Reserva para dos? ¿Te llevas a Paula?

– Sí. Y hemos quedado en que vamos a vestirnos para ponerte nervioso.

– ¿Ahora te pone que me zorree tu amiga?

– No exactamente. Lo que me pone es zorrearte con mi amiga, a ver cómo te comportas y lo que puedo fiarme de ti.

Sin embargo, en ese momento, ambos se dieron cuenta de que Lara también estaba sufriendo una transformación que, aparentemente, la estaba volviendo más desinhibida.

– ¿Está la comida hecha? -dijo Lara cambiando el tercio con esa habilidad suya tan particular que volvió a hacer sonreír a Raúl.

Hablaron lo justo del asunto durante el rato que estuvieron juntos. Se les notaba una cierta tensión y ambos lo sabían. Pero era como una pequeña pila necesaria para hacer funcionar la experiencia que iban a vivir poco después en el local. Tal vez era incómodo hablar de Paula, o de lo profesional que tenía que ser Raúl y lo que ello implicaba… Se iba a resolver solo, así que no tenía por qué ser una preocupación.

Él se marchó el primero. Había aprovechado lo de trabajar en sábado para apuntarse a uno de los pases en escenario y tenía uno temprano. Ya aprovechaba y se quedaba en el local. Lara, por su parte, también salió temprano pero en otra dirección: se fue a casa de Paula. Habían optado por arreglarse juntas antes de salir.

– Podemos ser las “puti inspectoras”…

Paula hacía todo lo posible por quitarle hierro a la preocupación de Lara.

– ¿Sabes? Creo que no va a servir de nada lo de esta noche… Porque, aunque estés con las bromas, al final te vas a medir y a cortar, ¡Y Raúl también!, y, al final, esto no va a ser real. Siento que me voy a seguir quedando con la duda…

– Podemos irnos antes para tener tiempo suficiente como para hacer una amiga. Alguien que no sepa qué está pasando realmente y que se comporte como lo que somos: perfectas desconocidas. Así que ya no tenemos que ser las “puti nada”.

– ¡Porque tú lo digas! -protestó Lara bromeando y sonriendo.

Así que, al final, las dos coincidieron en combinar medio tacón con minifalda y blusa abotonada y, tras cenar de cañas y tapas, se fueron con tiempo al local para buscar a su víctima. Eran las once menos cuarto de la noche cuando, la maitre, las acompañó a una mesa cerca del escenario tras confirmar que, para las doce, tenían reservada una sala privada.

Echaron un primer vistazo a su alrededor, reconociendo la situación. Había un par de despedidas de soltera, un par de grupos de amigos, todos hombres, otro grupo de tres chicos y dos chicas y ellas. Aún quedaba alguna que otra mesa libre, sobre todo en tercera fila. Ellas estaban en segunda.

A las once hubo un pase de escenario. Primero un grupo de hombres, entre los que estaba Raúl, y después otro de mujeres. Las vio allí sentadas, claro. Y mantuvo la compostura. De hecho, volvió a comerse el escenario y consiguió levantar a varias mujeres de sus asientos. Entre ellas, a las propias Lara y Paula.

– Estás bastante más relajada que ayer. Eso es bueno, ¿no?

– Yo diría que sí. Esta parte ya la controlo…

Ese había sido ya el segundo stripteasse en pista que Lara le había visto hacer a Raúl. Ya no sorprendía. Lo que estaba por venir era lo que le preocupaba pero, por otro lado, reconocía tener una actitud mucho más relajada y positiva de lo que ella misma se imaginaba; Encontraba más diversión que preocupación en la experiencia a pesar de saber que se trataba de un asunto serio.

La charla les sirvió de excusa y argumento para escudriñar a las diferentes chicas que había en el local para saber si alguna de ellas podía ser la víctima perfecta. Y, al final, la candidata terminó por presentarse sola.

Ocurrió que Raúl salió de camerinos para ir a saludar a las chicas y estuvieron hablando apenas un par de minutos antes de que volviera a perderse tras la puerta del backstage. Al poco de que Raúl se fuera, una chica se les acercó para preguntarles si le conocían. Ellas lo negaron y utilizaron como coartada para justificar ese saludo el hecho de que tenían contratado un pase privado suyo para luego. Y así, rodadas, unas cosas fueron llevando a las otras y, al final, su plan les dio resultado y encontraron a la víctima perfecta: una desconocida que, por las cosas que había dicho, iba a disfrutar mucho de un stripteasse integral de Raúl.

Un poco antes de medianoche la maitre se acercó a las chicas para llevarlas a su reservado. Al preguntarle si había algún problema en que, en vez de dos, fueran tres, ella les dijo que no. Así que se levantaron de la mesa y la siguieron.

Al fondo del local, en una esquina sobre una plataforma levemente elevada, se abrían contra la pared del rincón tres cubículos bastante parecidos a los que Lara había recreado en su fantasía de la noche anterior. Los tres eran circulares, con pequeña plataforma central y sofá corrido alrededor, pero no estaban separados por ladrillo por ninguna parte. Por el contrario, los tres preservaban su intimidad con el doble juego de cortinas y visillos que Lara también había imaginado.

Echaron totalmente las cortinas, Larra quería ver la cara que ponía Raúl cuando entrara y, en vez de a las dos, se encontrara con que había una chica más. Alguien a quien no se esperaba y a la que no conocía. Durante la hora y media que las chicas tenían inicialmente para usar el reservado, podían repartir los dos bailes del stripper: en el primero se quedaba en tanga y, el segundo, era el integral. Al hacer la reserva habían establecido que el primero fuera al llegar, a las doce, y, el segundo, tres cuartos de hora después.

Efectivamente Raúl se quedó a cuadros al entrar en el reservado y encontrarse con otra mujer más. Cruzó una mirada instantánea con Lara.

– ¿Qué está pasando aquí? -se leyó en sus ojos.

– Tú a lo tuyo -respondieron los de Lara.

El primer pase privado cumplió su objetivo. Raúl hizo lo que tenía que hacer y les ofreció a las chicas un espectáculo digno de sus cualidades, la amiga nueva desfogó satisfaciendo las dudas de Lara y, la propia Lara, también se relajó lo suficiente como para desmelenarse un poco y jugar en secreto con su chico. A parte, también para dejarle a las chicas tema de conversación para un buen rato: uno de algo menos de cuarenta minutos hasta que llegara el segundo pase.

– Me lo follaba sin pensarlo.

– Y yo -respondió Lara-. Tú eres la que ha estado más paradita -se dirigió entonces a Paula-. ¿Es que no te ha gustado?

 A cubierto de la mirada de la descocida, Paula atravesó a Lara con un “¡Tía! ¡¿Qué haces poniéndome en evidencia?!” que captó de inmediato.

– Pregúntaselo tú -le dijo entonces Lara a la amiga nueva-, que parece que a mí no quiere contármelo.

Y la otra, claro, le preguntó entusiasmada. Estaba flipando todavía.

– ¡¿De verdad no te ha gustado?!

Paula tuvo solo unas milésimas de segundo para aceptar que “tenía que mentir diciendo la verdad” para mantener el juego en marcha. Si algo tenía claro, es que Lara no tenía intención de detenerlo, así que debía seguir siendo la mejor amiga y estar de su parte aunque eso supusiera ponerse “en otra evidencia” que le preocupaba. Si no quería contarle a la nueva amiga por qué había estado seria durante el baile y qué era lo que estaba pasando allí, entonces tenía que cubrirlo contándole las virtudes que, ella también, había visto en Raúl y sus cualidades. A Paula no le hacía gracia tener que insinuar siquiera que, el novio de su amiga, le ponía cachonda.

Pero cuarenta minutos de charla fueron suficientes para muchas cosas. El ambiente que las embargaba era morboso y las tres lo sentían. Así que, poco a poco, Paula fue desinflando su fantasma cuando, tras los primeros comentarios, comprobó que Lara no reaccionaba mal a sus comentarios picantones sobre Raúl. A los veinte minutos Paula ya reconocía abiertamente que se había quedado hipnotizada con el bulto “de pollón impresionante” que se le marcaba en el tanga.

Las chicas estaban venidas arriba y desinhibidas. A Lara le resultó morboso jugar con las cortinas y, tras abrirlas frontalmente a la zona del escenario (que lo veían desde detrás en diagonal), la descorrió un poquito más para que, desde el reservado contiguo, pudiera verse, si es que ellos también decidían descorrer su propia cortina. Las otras dos no ponían pegas.

– ¿Le enseñamos carne a ver qué hace? -propuso la desconocida.

– ¿Cuánta carne? -reaccionó de inmediato Lara.

– Pues…

La perfecta desconocida miró su reloj para saber cuánto faltaba antes de que Raúl volviera para hacer su segundo pase privado. Tenían cinco minutos. Se acomodó en el sofá y se quitó el tanga. Llevaba una falda larga de vuelo que, al sentarse, supo colocar adecuadamente para que dejara al aire media cacha y la evidencia de que no llevaba ropa interior. Dejó el tanga sobre el sofá justo al lado. A continuación se desabrochó un par de botones de la blusa que llevaba y pasó a exhibir un generoso escote que presidía un notable canalillo sostenido por un sujetador negro de encaje.

– ¡Menuda loba! -pensó Lara mientras asimilaba lo que estaba pasando.

– Así de carne me parece bien -terminó de decir la perfecta desconocida.

Lara fue detrás por inercia, como tratando de defender su titularidad y exclusividad sobre la polla que las estaba poniendo así de juguetonas. Aquella polla era suya y solo suya.

También se quitó el tanga y se remangó levemente la minifalda al volver a sentarse. Buscó la postura para exhibir el coño a voluntad y, luego, se quitó también el sujetador y se soltó otro par de botones de su blusa. Paula, por su parte y en vista de lo que había, se animó con lo de remangarse la minifalda y abrirse un par de botones, pero se dejó la ropa interior puesta.

Como era de esperar, Raúl volvió a quedarse a cuadros cuando regresó al reservado para hacer su segundo pase. Si ya venía nervioso al ir a enfrentarse a su primer desnudo integral en aquellas circunstancias iniciales, cuando vio que, en el reservado, su mujer y sus amigas se habían convertido en tres lobas peligrosas, se le fue un color y se le vino otro. En micromillonésimas de segundo sintió pudor, miedo, morbo, inseguridad, valentía, coraje y valor y volvió a tomar el toro por los cuernos. ¿Eso era lo que querían? Pues él también sabía jugar a ese juego.

Chorreraron las tres. Los siete minutos y pico de la versión del “you can leave your heat on” con que se desnudó Raúl, les desató la libido. Mientras él iba quitándose la ropa habían pasado cosas como que la perfecta desconocida se desabrochara por completo la blusa y, por la cinturilla de la falda, colara una mano con el firme propósito de masturbarse; Que, deliberadamente, Lara colocara las piernas de manera que le pudiera ver el coño todo el que estuviera cerca del reservado y también se lo sobeteara con la mano; Y, de remate, que hasta Paula también se desinhibiera lo suficiente como desabrocharse por completo la blusa para acariciarse el vientre y el pecho.

El último paso de la coreografía era, estando ya completamente desnudo y con la polla cubierta por el sombrero, pasar de una postura de cuclillas a otra de rodillas en la que corriendo se ponía el sombrero en la cabeza, estiraba las brazos hacia abajo y miraba al cielo, como si se estuviera entregando. Y, al caer de rodillas, le plantó a Lara la polla frente a la cara. Ella, con el calentón que había cogido, no dudó en abalanzarse hacia adelante y metérsela en la boca. Conocía las bondades de esa polla y estaba loca por jugar con ella.

Sin embargo Raúl lo impidió de inmediato. La sostuvo de la barbilla y se echó para atrás. De un salto volvió a ponerse de cuclillas, sin dejar de mirarla, y con toda la educación del mundo, primero le pidió disculpas, y después le dijo que no hacía ni permitía ese tipo de comportamientos. Fue, además, la excusa perfecta para salir del reservado en seguida.

Lara se quedó fuera de juego.

– Pues ¡Ole tu coño! -la perfecta desconocida rompió el silencio que se había prolongado hasta muchos segundos después de que Raúl se marchara-. Yo habría hecho lo mismo…

Lara estaba totalmente desorientada. Por un lado, se moría de vergüenza por haber protagonizado aquella escena, sobre todo por lo que pudiera pensar la desconocida. Pero, por otro, también se moría de vergüenza consigo misma: no entendía cómo podía ser tan sueltecita a pesar de los miedos que tenía y tampoco le hacía gracia eso de verse tan atrevida y despreocupada. No se reconocía. Pero es que, además, tampoco tenía muy claro cómo le habría sentado aquello a Raúl y estaba realmente preocupada.

Preocupada, y en un aprieto: porque no podía hablar en ese momento del tema o la desconocida descubriría el pastel. Así que había que seguir con el juego, por difícil que le pareciera en ese momento.

No es necesario reproducir las burradas que se oyeron en la charla que se mantuvo a continuación, basta con que sepáis que, lo más suave, era follar allí mismo. Y no lo decía Lara precisamente.

A los pocos minutos, completamente vestido, Raúl volvió a aparecer en el reservado para despedirse de las chicas.

– No le des más importancia de la que tiene -le dijo a Lara-. Seguro que mañana ya habrás encontrado razones más que suficientes como para entender que ha sido una tontería sin importancia. Estate tranquila… ¡Chao, chicas! Un placer…

Ellas se quedaron un rato más en el local. Apuraron su botella de champán y su hora y media de reservado. Luego continuaron un cuarto de hora más en la barra y, finalmente, se despidieron no sin antes intercambiar los teléfonos.

Esa noche todo el edificio volvió a enterarse de los cuatro polvazos que Lara y Raúl echaron cuando ella regresó a casa. Hablaron abiertamente de cómo había ido la experiencia en el local mientras follaban apasionadamente. Se comunicaban y conectaban de una manera única. Era abrumadora la salud que gozaba su relación sentimental.

Y, de verdad, qué manera de follar. ¡Lo que os imaginéis! ¡Lo hicieron!

Lara apoyó a Raúl para que hiciera los integrales y, al cabo de unas semanas, el asunto ya no despertaba ninguna inquietud y la economía doméstica se incrementaba felizmente. Seguía trabajando las noches de los viernes y, por norma general, se cogía un par de stripteasses en grupo y un integral privado. Dos, en un par de ocasiones en la misma noche.

Su vida sexual también había mejorado. Cada viernes, cuando Raúl llegaba de trabajar y le contaba a Lara las anécdotas de la noche, terminaban poniéndose tan cachondos que el polvo era inevitable. Lara incluso había comenzado a ver porno por Internet y, los últimos dos viernes, ya estaba desnuda y cachonda antes de que Raúl entrara por la puerta de casa.

La segunda noche, nada más llegar del trabajo y encontrarse a Lara desnuda y cachonda, Raúl se desnudó enseguida, la levantó del sofá, se sentó él, la guió para que se le sentara encima y le cabalgase, Exactamente en la misma postura que la primera vez que hablaron de cuestiones sexuales acerca del trabajo de Raúl. Y, cuando habían comenzado los leves movimientos de cadera y se estaban mirando a los ojos, él le dio una mala noticia.

– Tenemos que hablar de Saavedra… Y es serio…

¡Polvazo inolvidable!…

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