visita a la alcaldía

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Macarena es una mujer madura de 43 años en este momento, morena, de amplia sonrisa y curvilíneo cuerpo, quien huyendo de su marido llegó a un pueblo agrícola, al interior del país, donde poder ofrecerle una buena educación y vida a su hijo. Lo que consigue entregando su libertad y sometiéndose a las reglas de un grupo de poder, centrado en el dominio masculino.

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ENTREVISTA EN LA ALCALDÍA

Ernesto, profesor de filosofía, era un hombre de gustos sencillos: disfrutaba del silencio, de un buen puro amargo y de un vaso corto lleno de whisky con dos hielos, mientras alguna hembra tetona le estuviera comiendo el rabo dedicadamente, sin apuros, ni presiones. Se podía pasar la mañana completa con su puro, su vaso y la mamada, hasta el momento en que él decidiera acabar, cuando ponía una mano en la coronilla de la hembra y ésta tendría que mantener sus labios presionados contra el cuerpo del hombre de 55 años y evitar cualquier resoplido o tos que le pudiera ensuciar. Pues el profesor era un hombre de aseo intachable, siempre pulcro y cuidadosamente arreglado, cuyos accesos de ira, cuando algo atentaba contra su cuidada imagen, eran terribles y destemplados.

Los días en que se quedó sola en la Institución, Macarena se acostumbró rápidamente a los hábitos del Sr. Iturra y aprendió a prepararse para ello. Cuando no había reuniones, él llegaba aproximadamente a las 9:15 am y ella le esperaba pacientemente, de rodillas en la orilla de la oscura alfombra de la oficina, donde el cuarto de luna lo indicaba. El delgado hombre le ponía los pies sobre los muslos, alternadamente y ella procedía a besar sus pantorrillas y quitarle los zapatos, recibir su chaqueta y, si llegaba fumando (que era lo usual), sin recibir indicación, abría bien la boca, mirando hacia el techo para que el Sr. Iturra (que se deleitaba en ese gesto de subhumanización) dejara caer sobre su lengua la cantidad de cenizas que hubiera logrado retener, seguido de un amargo y largo hilo de saliva, para “ayudarla” a tragar. “Sucia” le decía, casi con cariño y una sonrisa, e iba a sentarse detrás de su viejo escritorio de madera, abría el diario y esperaba con las piernas bien separadas. Macarena ponía a su alcance un vaso de whisky con dos hielos, se arrodillaba, abría el escote de su bata (al segundo mes, su vestuario pasó a ser lencería con un negligee o bata) y gateaba para llegar entre las piernas del profesor de filosofía. Le tocaba la pernera con la nariz y tanteaba con las palmas (para hacerse una idea de cuánto trabajo le costaría hacerlo acabar), antes de manipular el cierre del pantalón, la hebilla del cinturón, abrirlo lo suficiente y encontrarse con la verga habitualmente en reposo, o semi reposo, y llevarla a su boca para que, con cuidado y dedicación, estimularla hasta ponerse rígida. Y continuar hasta llevarlo a correrse en su boca, mientras el hombre leía el diario y lo comentaba en voz alta, aunque sin esperar respuesta de la hembra, a la que le leía como se le habla a una planta.

Como el profesor era el único miembro que tenía su residencia permanente en el pueblo, iba hasta los domingos por su mamada matutina, que podía llegar hasta las dos horas si no estaba concentrado o especialmente estimulado. Tanto tiempo realizando la misma tarea, dejaban a Macarena adolorida de su mandíbula, cuello, espalda y rodillas. De lo que, por supuesto, no se quejaba. A veces, sólo salía caminando con problemas, con las piernas entumecidas; otras, salía además ebria y medio ciega por algún chorro de semen que cruzara su cara. Pues al Sr. Iturra, que sentía especial placer en ensuciar a la común hembra, le daba por arrojar en sus fauces, junto con las cenizas de su puro, chorros de su saliva mezclados con whisky y Macarena, que en un mes había bajado 4 kilos y llevaba una liviana dieta, no tenía -ni había tenido jamás- mucha resistencia al alcohol. Dependiendo de su humor, a veces le tiraba los chorros de lefa al fondo de la garganta, haciéndole un poco de presión en la coronilla como indicación. Otras, la tiraba de un puñado de cabello y apuntaba su v”erga tratando de hacerle puntería en uno o los dos ojos y enviarla afuera, diciendo “tengo cosas más importantes que hacer”.

El día miércoles, en vez de decirle “tengo cosas más importantes que hacer”, le extendió un papel y le dijo mañana tienes reunión con el asesor del alcalde. Sé puntual. Irás sola. ¿Sabes dónde es?”. “Sí, Señor”, contestó extrañada. “Bien, ahora vete que tengo cosas más importantes que hacer”.

El papel repetía lo mismo enunciado por el “filósofo”, agregando la dirección y el modo en que debía ir vestida. Ropas que encontraría en su sala/armario.

La mañana siguiente salía Macarena, por la puerta que le “correspondía” (la de servicio), a caminar las 6 cuadras que la separaban de la alcaldía con finos zapatos de taco aguja, que dejaban su pie semi desnudo y ser afirmaban a sus pantorrillas a través de lazos de cuero café, que llegaban casi hasta sus rodillas. Pasar los últimos meses costumbrada a prendas menores, e ir casi desnuda, la hacían sentir ahora extrañamente cubierta e incómoda, más para un vestido que ella no se habría puesto para ir a caminar al centro de un pueblo rural como ése. Rojo, ajustado, elasticado, de cuerpo completo que cubría sus brazos hasta los codos y llegaba hasta un palmo por debajo de sus nalgas, con escote en V abierto, naciendo en el borde de sus hombros y terminando por sobre su ombligo, permitiendo apreciar todo el contorno interior de sus grandes y redondas tetas sueltas, sin sujetador, botando a cada paso que daba sobre el irregular empedrado de las calles y aceras peatonales. El frío matinal y su nerviosismo de enfrentarse después de mucho tiempo a recorrer el pueblo sola, se concentraban y evidenciaban en la dureza de sus pezones, que escandalosamente se hacían notar a través de la delgada tela del vestido. Por abajo, el vestido llegaba un palmo por debajo de sus nalgas, pero al ser elasticado, se iba subiendo con su caminar hasta ser detenido por la rotundez de su trasero, así que cada cierta cantidad de pasos, se tenía que tirar del borde del vestido para abajo y así no mostrar “de más”.

Como era costumbre, cuando se enviaba a alguna de las hembras fuera del edificio, su tosco y preeminente collar de cuero, fue reemplazado por un “choker” fino, rojo, con una plateada medalla al centro. Su maquillaje era notorio y recargado, de labios muy rojos y párpados violeta, reforzando sus rasgos y haciéndola más llamativa. Y su cabello, por petición especial, fue tomado, estirado hacia la nuca y agarrado en una firme coleta de caballo, que despejaba su cuello, cabeza y rostro, haciéndola fácilmente reconocible si llegara a encontrarse con alguna de las personas con las que hasta hace poco tiempo compartió en la comunidad. Lo que, en un pueblo tan pequeño, era altamente probable.

Salió a la Calle Ph. Palma, que daba a las entradas del instituto. En su cabeza repasaba que el Doctor en Filosofía Richard Palma, tenía una nutrida bibliografía centrada en la educación conductivista de la mujer a través del castigo físico de la cachetada. La que presenta como un potente corrector, motivador y reafirmador de actitudes para el cerebro femenino.

Recorrió la cuadra y media de distancia hasta la plaza de armas del pueblo. Una preciosa cuadra de altos y viejos árboles de hojas verdes todo el año, los clásicos bancos donde los jubilados y desempleados se sientan a juntar calor y pasto muy bien cuidado, so prohibición oficial de pisarlo.

Cuando puso un pie en la vereda de la plaza, Macarena resaltó como una flor en el desierto. Lo bueno es que, siendo el mes de vacaciones, la plaza no estaba ni la mitad de lo concurrida que un día habitual. Lo malo, es que las personas presentes, eran en 4 de los 6 conductores de radio taxis locales, que estacionaban sus autos a un lado de la plaza (justo por la calle que ella debía recorrer) y ya sabían que en aquellas fechas se producían fantásticas apariciones de mujeres hermosas, brindando un espectáculo visual que las llevaba hasta la Alcaldía, al otro lado de la plaza, a mitad de cuadra.

La presencia de un grupo de hombres, que inmediatamente se llamaron la atención unos a otros cuando ella apareció, tanto intimidó como excitó a Macarena. Que se sentía como una piñata en un cumpleaños, colorida, mirada con avidez por los sujetos. Ante los que ya no podía evadirse, como lo hiciera antes, cuando era libre de tomar sus decisiones. Ya no podía tomar otro camino, como lo hubiera hecho antes, ni podía despreciarlos; pues su cerebro, condicionado, buscaba complacer a todo hombre que hubiera al alcance y buscara algo de ella. Aún cuando tuviera otra misión. Además, tantos días atendiendo a sólo un hombre en todo el día la puso ansiosa al ver a ese grupo (aunque reducido, de 4 sujetos entre 40 y 60 años, nada elegantes, poco aseados) que no ocultaron la impresión que les producía verla.

Un fuerte y largo silbido, acompañado de un “pero miren qué tenemos acá!”, la hizo bajar un poco la mirada, aunque sin dejar de verles. Su corazón saltaba en su pecho, como sus tetas en el vestido, pues automáticamente cruzó más las piernas en cada paso y quebró más sus caderas, haciendo su andar un escándalo de carnes danzantes. De ese modo, su sonrojamiento y su supuesta vergüenza no parecía más que medida hipocresía y los cuatro taxistas sintiéronse libres de reprimir cualquier impulso animal que ella les producía.

La recibieron con frases como “saliendo tan temprano a trabajar, putita”, “mamita, acá le tengo lo que está buscando”, “venga para acá, que le tengo un par de huevos para el desayuno y un salchichón para ese culo suculento”. Se reían y le dedicaban sus soeces comentarios con un tono gutural que no podía negar, le provocaba jugos instantáneos en su entrepierna.

Un par de ellos, envalentonados porque la tetona morena no sólo no les esquivaba, ni se ofendía, sino que al contrario, les sonreía “tímidamente”, caminaron con ella, cuando les pasó por el frente, flanqueándola uno a cada lado y pegándose mucho a su cuerpo. Macarena podía olerles sin dificultad, ni intención, el olor a tabaco, a desayuno y a cuerpo no muy bien aseado y ya transpirado en el calor matinal que empezaba a ascender.

¿A dónde va tan apurada, ricura? Aquí con mis colegas estamos encantados con los melones que se carga, tan elegante” – le dijo el bigotón de su derecha.

Gracias, pero tengo una cita en la alcaldía – le dijo Macarena, omitiendo la caliente mano que sentía en su espalda y la barriga del hombre que se restregaba con el lado de su cuerpo.

Pero si no está el alcalde, mijita – le dijo el de su izquierda, el que se veía más viejo de los hombres, con una gorrita que cubría su semi calva cabeza, más bajo que ella y que no hacía esfuerzo alguno por mirarla a la cara, clavando su vista en los saltarines pezones que bailaban a centímetros de su chata nariz.

No, me espera el Sr. Asistente del alcalde – les contestó, sintiendo como iban forzándola a desacelerar el paso, al pegarse más a ella e ir poniéndoles las manos encima.

Ah, entonces eres una putita para ese cabronazo de Óscar – sin pensarlo, Macarena asintió ante la afirmación, siempre sonriéndole al hombre – Qué suerte tiene el hijo de puta – dijo el primero, frenándola con la mano izquierda en el hueso de la cadera y pegándole otro buen repaso por su completa y voluptuosa anatomía.

Habían llegado al final del parque por el lado de la calle de los taxistas y tenían la alcaldía en la vereda opuesta. Los taxistas sólo la acompañaron hasta el final de la vereda. Y la despidieron con una fuerte palmada en el culo, que resonó en toda la silenciosa cuadra, llamando la atención de las pocas personas que transitaban, y dedicándole un:

¡Haz bien tu trabajo, putita, ya nos veremos a tu salida!

Gracias – les contestó, avergonzada, Macarena, sonriéndoles por sobre su hombro.

En la Alcaldía, nadie le cuestionó a qué iba. Tuvo que repetir tres veces su nombre y que tenía una cita con el asesor del alcalde. La última vez, se lo dijo a una joven secretaria (una chica de no más de 22 años), morena y de rostro felino. Muy hermosa. Vestida con un ajustado traje formal de dos partes, con una falda ajustada, demasiado corta para su formalidad. La chica la trató con desdén, aunque en un comienzo Macarena creyó encontrarse con una “colega”, dado a que la joven usaba un collar negro, parecido al suyo en su formato.

Llegó la PUTA, don Óscar – llamó por el intercomunicador y se escuchó una risa masculina relajada, que luego le respondió, “cuida tu lenguaje, Amanda” – perdón, don Óscar. Llegó la Prostituta – el hombre volvió a reír y le dijo que la hiciera pasar, cosa que la chica hizo con el mismo desprecio ya demostrado antes.

La hizo pasar a una oficina pública normal, con su escritorio de madera, repisas con archivadores, un cuadro con el presidente de turno, otro con un general y prócer de la institución, sillas cómodas y antiguas, pero no elegantes, sino funcionales. La mayor parte de la habitación estaba cubierta por una gran alfombra negra con una luna roja en una esquina, hacia la que Macarena ya se encaminaba cuando le salió al paso un hombre grande, como un oso, de 1,86 mts, con una barba dura de afeitar en un rostro mofletudo, que le daba un aire de hombre bonachón y relajado, pero que también le hacía ver desaseado, más con su manera demasiado relajada de vestir: la camisa abierta, mostrando una cadena dorada sobre su pecho velludo, los pantalones que parecían estar cayéndose todo tiempo y los zapatos que el duraban limpios hasta que se bajaba del auto. Era el mismo hombre que ella reconoció en su ceremonia de ingreso a la Institución: un excliente de sus días de prostituta encubierta en el puerto.

Como viejos amigos, Óscar, el oso, la recibió con un abrazo con el que la envolvió completa y levantó del suelo, y le dio un sendo beso en la boca enterrando su gruesa y rugosa lengua hasta su garganta, al tiempo que la levantaba de ambas manos por el culo. Era tal cual como iniciaban sus citas pagadas.

Cómo te eché de menos, Hija de Puta – Óscar tenía una facilidad asombrosa para colar garabatos e insultos con toda naturalidad en su verbalidad con las mujeres – putas como tú no abundan.

Gracias, mi Señor – contestó Macarena, pero fue interrumpida.

Nada de “Señor” ahora. Quiero que vuelvas a ser la puta porteña que me conquistó con su jugosa concha y su disposición a ser maltratada como un paño sucio – se lo dijo sinceramente, con ganas, agarrándole la vagina con la palma abierta y comprobando, como lo esperaba, que Macarena estaba derramando jugos, como grifo roto – mientras estés acá, yo volveré a ser tu cliente. Incluso te pagaré – abrió un cajón del mueble y sacó un puñado de billetes que puso sobre la mesa – ¿entendido?

A Macarena, le tomó un momento poder hacerse la idea de no actuar como llevaba siendo condicionada por meses. Sabía lo que le pedía, pero honestamente no sabía si era capaz de salir de su actitud de actuar sin pensar.

Sí… Sí, mi amor – decidió “actuar” de Suzie, la puta madura ninfómana que se anunciaba en los periódicos porteños.

Óscar, le sonrió como si ella se hubiera transmutado en esa otra hembra sedienta de sexo y la premió con otro obsceno beso, comiéndola con la totalidad de la boca, levantándola por el trasero y ella rodeó sus hombros y cuello con sus brazos, para cerrar mejor el ósculo.

Las nieblas de la memoria se empezaban a despejar en la cabeza de Macarena, mientras era besada y sobajeada con desesperación por el grandote asesor y recordaba, a través de su trato, cómo fue él quien le mostró el camino a aceptar el sexo más duro.

Si bien su esposo había sido siempre una bestia sexual brutal con ella, lo suyo no era el gozo en la humillación, degradación y el dolor, sino que era pura fuerza y egoísmo, nada premeditado. Y, antes de Óscar, sus clientes habían sido más bien sosos, hombres faltos de afecto que la trataban con delicadeza y para los que culear en cuatro era ya una experiencia fuera de lo habitual.

Cuando entró Óscar por primera vez en el departamento que arrendaba en el centro del puerto, se asustó por su presencia, pero su simpatía la tranquilizó. Era como un oso amable, sonriente y gracioso, hablador y divertido, con el chiste y el garabato fácil. Que se presentó pagándole por adelantado, con propina incluída sin intentar regatear, como tanto cliente de ella intentaba. Y que le advirtió “espero que no te espantes, putita, pero soy algo bruto y me gusta decir barbaridades cuando estoy culiando”, a lo que ella contestó “no se preocupe, mi amor, esta puta tiene aguante”. Luego de eso, un huracán de sexo rudo e insultos se le vino encima, el primero en ahorcarla, escupirla, llamarla “puta barata” o “puta de mierda”, entre otras cosas. Pero después de eso volvió a ser el mismo oso amable que había entrado, agradeciéndole con aún más dinero, que sumó el doble de su tarifa habitual. Después de esa primera vez, sus visitas se volvieron habituales y ella se acostumbró al maltrato consentido. Vinieron las cachetadas destempladas, ser ahorcada con el cinturón hasta asustarla, ser follada brutalmente por la boca y los latigazos en el culo, los muslos y espalda. Los castigos aumentaron con las propinas, lo que la ayudó a vencer sus aprehensiones.

Ahora, en la oficina, volvió a ser el bruto de entonces. Luego del beso, si no fuera porque la sujetó fuertemente del cabello, la hubiera tirado abajo de la fuerte cachetada que le arreó y que le dejó aturdida, hasta que se encontró de rodillas, abriendo apresuradamente la boca para ser martillada con aquella verga inmensa, que no la esperaba.

El antiguo escritorio fue el púlpito para su sodomización, la levantó del suelo, como a una muñeca y la tiró sobre la cubierta de madera lacada y fría, tirando abajo con su cuerpo lo que había encima. Él no esperó a que se acomodara, para ponérsele encima y montarla. El cinturón tampoco se hizo esperar. Pronto, Macarena escuchó la hebilla y sintió el duro cuero cerrarse en su cuello. En algún momento, Macarena estaba siendo culeada en el aire, con los brazos colgando, apuntalada por el culo, y sostenida por el cuello, perdiendo aire y conciencia, al borde del desmayo en el momento justo en que Óscar soltó el cinturón, dejándola caer de bruces sobre el mueble.

Tenía el rostro azuloso, cuando terminó de deslizarse hasta el suelo y el hombre apuntó gruesos chorros de semen sobre su cara, cruzándola a lo largo, manchando su cabello y salpicando su vestido.

Macarena necesitó un par de minutos para recuperar aire, color y dominio sobre su cuerpo. Sentada en el suelo, con el cinturón enroscado en el cuello, apoyada en el escritorio, miró frente a si misma a Óscar, sentado en un sillón, con la camisa abierta y el pantalón en las rodillas, sudoroso y jadeante, que sólo la contemplaba con una tranquila sonrisa.

Te quería como mi secretaria, pero no me lo permitieron – le dijo con un tono que permitía sentir su decepción – te imaginas que habríamos culiado así todos los días. Creo que estos weas hicieron bien en guardarte para ellos. Te habría matado a pichulazos.

Macarena recordó: Óscar fue quien le habló de este pueblo. Con el tiempo y la frecuencia de sus citas, los momentos entre culeadas los había rellenado con relatarle su vida. Óscar le metió la idea en la cabeza de irse a un pueblo pequeño y tranquilo, su marido jamás la encontraría, ella encontraría un buen trabajo y podría educar a su hijo en un buen colegio, donde él lo recomendaría. Nunca le dijo que él trabajaba en la Alcaldía, ni que el Liceo era de la naturaleza que ahora conocía. Nunca, hasta ese momento, se había dado cuenta de que Óscar la habría recomendado en realidad a ella, más que a su hijo.

Macarena se recuperó y adoptó su consabida posición de rodillas, con las manos en los muslos y bien erguida, inclinó su torso en reverencia y le dijo a Óscar:

Gracias por traerme, Señor.

Una de las cualidades por las que Óscar se fijó en Macarena (no habría recomendado a cualquier puta para ser reclutada por la Institución), fue su inteligencia. Esta hembra era una superviviente ante todo lo malo que le había pasado y sabía adaptarse rápidamente a las condiciones difíciles que se le presentasen.

Óscar no le contestó, sólo le sonrió satisfecho y le dijo:

Ven conmigo, perra. Darte una buena culeada por los viejos tiempos no era la única razón por la que te hice venir.

Sí, Señor – Macarena había vuelto al modo “sumisa” que ya la hacía sentir tan cómoda. Y le siguió en cuatro patas, sin arreglarse nada, ni limpiarse la cara, que goteaba semen.

Óscar se había vuelto a vestir: en el modo tan informal y desarmado que tenía, con la camisa a medio meter en el pantalón, que parecía que no iba a durar mucho en su cintura). Avanzó hacia un costado de la oficina y abrió de par en par una puerta doble, que daba a una habitación circular, con una gran alfombra negra circular que cubría casi todo el piso de madera. Era una habitación bastante despejada, aunque algo oscura (con dos ventanas demasiado pequeñas para el tamaño del cuarto), cuadros, libros y mesas de apoyo en los muros y en el centro, gobernando el espacio, algo como un obelisco que casi llegaba al techo, de cuatro caras, que se iba ensanchando en la base, tenía una serie de grabados en sus lados que parecían contar relatos de mujeres dominadas, castigadas, violadas y serviles, sirviendo a hombres, demonios y animales varios. Macarena ocupó un lugar en una luna menguante amarilla que encontró y esperó a que Óscar se volviera a dirigir en ella. En el lapso que pasó, no pudo quitar sus ojos del obelisco.

Cuando te pedí para ser la perra de este lugar, me dijeron que estabas destinada a cosas más grandes – empezó diciendo Óscar- Yo creo que tienen razón. Eres mucha hembra para un solo macho. Te tienen mucha fé en el Círculo y te están preparando para grandes cosas… si pasas el bautizo de los sádicos de las granjas – agregó, logrando provocar escalofríos en la mujer.

Pero el joven Alberto, tu hijo (un chico inteligente, en mi opinión), nos hizo notar que habían asuntos legales que debíamos resolver luego, para evitar problemas si es que te queremos vender y sacar del país -esto le produjo otra clase de escalofríos a Macarena-. Debemos hacerte una mujer legalmente libre. Para ello, él buscó a tu dueño “legal” y le hemos ofrecido un trato que él, gustoso, ha aceptado – una sensación de inquietud y ansiedad había estado subiendo por la espina de Macarena, al punto que dio un salto en su lugar, cuando notó que una sombra que había estado todo el tiempo dentro de su ángulo de visión, pero que no había notado, se movía hasta quedar del todo visible. Era Alberto, su marido, con la barba crecida y tupida, camisa leñadora y jeans gastados y viejos. Se movió hasta quedar a un lado del obelisco, que era sólo un poco más alto que él, y se mantuvo ahí, mirándola con interés. Parecía sonreír con algo de sorna, sobre la posición de su exmujer.

Te han entrenado bien, Puta… Siempre supuse que era para lo único que servías. Y tenía razón – le dijo calmado, con una voz pesada y aguardentosa, que sonaba a condena.

Tu exmarido -la palabra no pasó por alto en los oídos de Macarena- ha accedido a firmar el divorcio, tras aceptar un acuerdo monetario por la pérdida material que le significa. A partir de hoy, eres completamente propiedad de la Institución.

Su exmarido, se acercó dando pesados pasos con sus bototos de trabajo, sucios y grandes y quedó frente a Macarena, a la que tomó con firmeza con una manota de su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás y mirándola bien. Ella no podía dejar de tener miedo remanente de la golpiza que él le descargó encima la última vez que se vieron. Pero el sólo la observó con detención, movió su cabeza tirándola de la coleta, para verla por ambos perfiles, ella (un poco por el acondicionamiento, otro poco por el miedo) esperó su cachetada u otro castigo, pero después de mirarla un poco más, mirar su cuerpo – ahora más apretadas sus carnes y apetitosa, la soltó con un gesto de desprecio.

Han hecho un buen trabajo en esta mujerzuela. De haberme dado cuenta yo antes, la hubiera puesto a trabajar de puta para mi… pero bueno, ahora me gustan más jóvenes que esta vieja vaca – Alberto era todo ataques e insultos para su mujer, jamás reconocería que tenía unas ganas inmensas de recuperarla para si mismo.

Su exmarido y el asesor, salieron de la habitación conversando y dejaron a Macarena sola, pensando en lo que acababa de suceder, tratando de relajarse sin éxito. El miedo se quedó con ella por un buen rato. Se ordenó un poco, pues el zamarreo de Alberto la había hecho perder su posición en el suelo y volvió a fijar su atención en el obelisco, en sus dibujos realizados con profundos grabados, con sombras muy marcadas, infinidad de detalle y mucho movimiento. Parecía que todas las escenas que en él estaban esculpidas, cobraban vida y movimiento. Macarena al final, no supo cuánto tiempo se quedó perdida leyendo esa construcción narrativa.

Salió de la alcaldía, casi echada de ella. Sin la oportunidad de limpiar su rostro, ni revisar su vestido rojo, que exhibía notorias manchas en los bordes de su escote y regazo de su corta falda. Su saliva, ya seca, se manifestaba como una irregular película blanquecina entre sus tetas, que asomaban desordenadas entre las telas del vestido. Al caminar, el vestido ya definitivamente se anclaba a su cuerpo por el borde inferior de los cachetes del culo, permitiendo incluso apreciar el borde inferior del calzón, que era lo único que había podido recomponer, para poder caminar con algo más de normalidad. Su rostro también demostraba cansancio y el desgaste de la sesión de sexo con el asesor y el zamarreo de su exmarido. Además, a esas horas del día, ya le era habitual haber tomado alguna pastilla para recuperar fuerzas para el resto de la tarde, lo que la tenía más alterada e inquieta de lo habitual.

Afuera, se encontró con que la plaza se había reactivado como cada día. Ya era pasado medio día y la gente que quedaba en el pueblo durante las vacaciones se aprestaba a almorzar, el café/restaurante, recibía a sus pocos clientes, el banco se aprontaba a cerrar, los pequeños negocios también se darían un cierre de media tarde para la siesta.

No era mucha gente, comparado con los días normales del año, pero era suficiente para asustar a una mujer curvilínea, que lucía un vestido rojo que resaltaba a plena luz del día, más aún en un lugar donde la mayoría de la gente tiende a vestir en tonos apagados.

Nada más cruzar la calle, tratando de bajar la cabeza y avanzar rápido, escuchó un par de mujeres comentar entre ellas, avanzando por la vereda en su misma dirección.

Doña… Macarena? – dijo una de las mujeres y, a pesar de que tenía ganas de salir corriendo, sólo atinó a mirarles y decir “Sí”. Eran dos de sus vecinas, que en ese momento eran incapaces de reprimir una expresión entre asombro y espanto al verle el rostro y comprobar que era ella, aunque con el maquillaje recargado y corrido, la cara evidentemente sucia, con cabellos pegados a sus mejillas y frente; de su barbilla colgado algo que parecía saliva, pero temían que no lo fuera…

No podían dejar de abarcar todo lo que podían con su mirada. Sus tetas, asomando por el escote, su torso brillante, en una marca vertical que claramente mostraba un camino desde su rostro; su vestido manchado y arrugado y los zapatos, que claramente sugerían algo provocador de quien los usaba.

Pensamos que se había ido del pueblo – dijo la otra mujer

No… sólo me mudé.

¿Y su hijo? Albertito.

El… Sr. Alberto ya no vive conmigo… pero está muy bien.

Ah… ya – las mujeres rápidamente empezaban a sacar sus propias conclusiones – ¿se fue con su padre?

No, vive ahora por su cuenta – todo les parecía muy extraño a las mujeres, el aspecto de su exvecina, la temprana emancipación de su hijo adolescente, la manera en que Macarena se refería a él.

¿Y qué está haciendo por acá? – las mujeres no querían dejarla ir, tenían miles de preguntas por hacerle

Tenía una cita con el Sr. Asesor del Alcalde.

Con ese hombre – dijo una de ellas, Óscar era conocido por lo desagradable y su fama de pervertido, las historias que de él se contaban. Entonces la otra mujer no aguantó más y preguntó a bocajarro – ¿Está trabajando de puta?

Se… podría de decir que sí.

Macarena aprovechó la estupefacción de las mujeres para bajar su rostro colorado y avanzar en dirección del grupo de taxistas que la miraban divertidos. Había demasiada gente en la plaza y estaba entrando en pánico. Cuántos le reconocerían, para cuántos su hijo sería públicamente el hijo de una puta. Era tan vistosa, que para nadie pasaría desapercibida y todos le verían entrar en el liceo.

El grupo de taxistas había estado contándose historias sobre el asesor del alcalde, todos le conocían alguna situación particular que involucrara una mujer provocadora. Más de alguno incluso había recibido el encargo de traerle una puta de la ciudad. Macarena se les acercó, sucia, avergonzada y asustada.

¿qué pasó mamita, no lo pasaste bien ahí adentro? – dijo uno, al verla llegar sucia y compungida.

Sí, señor. Pero… necesito alguien que me lleve – contestó Macarena, nerviosa y sumisa. Todo el mundo prestaba atención a la situación entre los 3 hombres y la mujer que escandalosamente vestía.

¿Tienes dinero? – contestó otro, que notó que ni bolso traía la presunta prostituta – imagino que te pagaron bien ahí adentro.

No… no tengo. Ni me… pagaron – sentía que no podía mentirles a ellos. Quizás a otra mujer sí, pero no a un hombre. Además, se dio cuenta entonces Óscar no cumplió su promesa de paga.

Entonces camina putita, no voy a ensuciar mi auto gratis contigo – el que le hablaba, uno de los que no se le acercaron la primera vez que pasó por ahí, parecía disfrutar con su humillación.

Pero… pero puedo pagar de otra manera – se le ocurrió al borde del llanto.

Primero te limpias la mierda que tienes en la cara… no me limpio con pañuelos usados.

No puedo – dijo tristemente Macarena. Ésa era una orden directa que le había dado Don Óscar. Una lágrima bajó surcando su mejilla izquierda.

A mi no me importa – dijo el más viejo – mientras más cochina sea la puta, seguro que mejor lo chupa. Vamos, putita – dijo avanzando a su auto – quiero que me lo chupes igual que se lo hiciste al cabroncete ése de Óscar.

Para Macarena fue casi como navidad adelantada. Casi un gesto de consideración y amabilidad, dado el trato que estaba acostumbrándose a recibir.

Puedes empezar bajándome el cierre y sacándome la tula, putita… y deja ver esos melones – le dijo nada más cerrar las puertas del auto, antes de siquiera echar a andar el auto y, sin importarle estar a plena vista de quien pasaba, metió sin dificultad una mano bajo la tela del vestido agarrando una de las tetas que tan prendado le tenían desde que las vio botando un par de horas antes.

El viejo, que no olía particularmente bien, pero tampoco tan mal, gracias a que aún era temprano para que sudara todo lo que acostumbraba sudar y aún no había almorzado, ni bebido el par de copas de alcohol que tenía por hábito ingerir con el almuerzo; echó a andar el auto con la coleta de Macarena asomándose por detrás del manubrio, subiendo y bajando, rítimicamente. A pesar de no tener la verga dura, Macarena empezó de un comienzo con los movimientos apropiados para que él sintiera un adecuado masaje en su verga.

El viejo se dejó hacer por la mujeraza que tenía la cabeza sobre su entrepierna. No la presionó, ni indicó qué hacer; claramente, ella sabía muy bien qué hacer. Jamás sintió sus dientes, lo ensalivó bien, sentía la lengua tanto en la punta del glande, como acariciando sus bolas y los ruidos que hacía con la boca, de succión, acuosos y salivosos, se sumaban a los gemidos que hacía la hembra, en el esfuerzo de complacerlo por completo. Incluso optó por mantener la radio apagada para poder escucharla trabajar.

El único momento en que el viejo hizo algo por intervenir en la labor de Macarena, fue para sujetarle la cabeza y empezar a escupir en su boca unos cuantos gruesos chorros de semen, que Macarena procuró recibir tan profundamente en su garganta como pudo, cerrando con fuerza los labios alrededor del falo del viejo. “Traga, puta”, fue lo único que dijo el viejo. Una vez que la soltó, ella levantó la cabeza y pudo ver que estaban al final de la cuadra de entrada al liceo. El viejo, sudado y algo agitado, se notaba aliviado y contento.

Bájate, mamoncita. Ya llegamos. Le avisaré al cabroncete que llegaste sana y salva. Y que lo mamas como las diosas.

Macarena se bajó y el auto dio vuelta en U para devolverse por donde había llegado. Como era habitual, no había nadie en esa calle, así que pudo caminar tranquilamente hasta la entrada, preguntándose cómo llegaron, sin que ella le dijera adónde iba.

A la mañana siguiente, a las 5 am, Macarena estaba en la entrada nuevamente, temblando por el frío matinal y los nervios, esperando al vehículo que la llevaría a la granja de Herr Alfonso…

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