Mi cara de puta 5

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No hubo necesidad de palabras. En cuanto Raúl me vio al abrir la puerta de su casa, sabía a lo que iba. Cerré la puerta tras de mí, al tiempo que me abalanzaba hacia sus brazos, fundiéndonos en un beso largo, profundo, húmedo. Con nuestras lenguas peleando dentro de nuestras bocas. Sus manos recorrieron mi espalda, para luego terminar en mi pequeño trasero, el cual apretaba y estrujaba como si fuera un minúsculo globo y quisiera reventarlo. Yo al mismo tiempo me repegaba a su cuerpo, presionando mi área púbica contra su miembro. Moría por sentir su verga. Esa verga que me tenía loca, al grado de estar en ese instante, siéndole infiel a mi esposo Tommy con uno de sus amigos.

¿Cómo llegué a esto?

Hace unas semanas atrás, mi esposo Tommy había tomado la decisión, en complicidad mía, de tener nuestro primer trio sexual. Una idea de la cual no estaba yo del todo convencida, pero me dejé llevar por el entusiasmo de mi pareja. Raúl, mi tatuador y amigo de nosotros, había sido a quien habíamos escogido para ser esa tercera persona con quien compartíamos nuestra cama.

Si bien la experiencia fue apresurada y hecha al vapor, había resultado mejor de lo esperado, a lo menos por mí.

Raúl poseía un miembro de dimensiones monstruosas, la verga más grande que en mi vida había visto y probado. Una verga grande, gorda y llena de venas. Si bien, tenerlo dentro de mi vagina, fue tocar las puertas del cielo, llenándome como nunca me habían llenado, tenerlo dentro de mi culo fue llegar a las puertas del infierno. Terminé con el culo reventado y un dolor anal que me duró toda una semana. Prometí jamás volverme a meter algo así, no solo por el daño que causaría a mi cuerpo, si no mayormente porque no era mi intención engañar a Tommy.

Si bien, nuestra aventura del trio había sido de forma consentida entre ambos, el estar con otro hombre, después, de con nadie más que mi esposo Tommy, en los más de 8 años de relación que teníamos, fue una experiencia para la cual no estaba preparada mentalmente.

Juré no volver a repetirlo, mucho menos a estar con Raúl a solas, sin la presencia de mi esposo.

Y heme aquí, en su casa, con hambre de sentir de nuevo esa enorme verga taladrándome y llegando a lo más profundo de mi cuerpo. A donde nadie había llegado antes.

Me separé de Raúl, y caminando lentamente, me posicioné en medio del cuarto, dándole una vista completa de mi cuerpo. Como lo dije antes, soy de cuerpo delgado, con pocas o casi nada de caderas. Pero con un par de largas piernas, firmes y torneadas por el ejercicio. Un trasero pequeño, y unos senos igual de pequeños, pero llenos de lujuria. Y lo mejor de todo, mi larga y frondosa cabellera, que era mi orgullo. Amo mi cabello y me da un aire de sensualidad perversa.

Y obviamente mi cara, la que varios han dicho que tengo cara de puta. Que se excitan con solo ver mi rostro y pensar en todas las cosas que pueden hacer conmigo.

Lentamente me desnudé para Raúl. Me quité mi blusa para luego bajar mi jean de mezclilla. Enseguida me deshice de mi brassiere de encaje negro, y lentamente dejé resbalar mi tanga por mis nalgas y mis largas piernas, quedándome solo en mis zapatos de tacón.

Raúl no perdía detalle, mirando atentamente. Yo le devolvía la mirada, mordiéndome los labios y haciendo gestos obscenos con mi rostro. Si ya decían que tenía cara de puta, entonces le sacaría provecho a mi rostro para calentar a mi amante.

Raúl empezó a desnudarse, terminando de quitarse su última prenda. Se acercó a mí, y tomándome por la cintura, me besó de la forma más cachonda imaginable, luchando con nuestras lenguas dentro de mi boca, para luego bajarse a mi cuello, mordiéndome y besándomelo. Sus manos se entrelazaban en mi lago cabello, jalándolo y moviendo mi cabeza de un lado a otro.

PERLA: ¡Cógeme cabrón! ¡Reviéntame como solo tú sabes hacerlo!

Le dije casi gritando.

Jalándome por mi largo cabello, me aventó hacía la pared, y colocándose de rodillas detrás de mí, abrió mis nalgas y empezó a dar de lambidas en mi ano. Yo me sostenía con mis brazos en la pared, mientras Raúl abría exageradamente mis nalgas para poder introducir su lengua en mi ojete trasero. Sentía como su lengua hurgaba en mis adentros, probándome, saboreándome, lubricándome.

Dándome vuelta, se puso de pie y comencé a besarlo, ansiosa por probar el sabor de mi propio culo. Entonces fue mi turno de arrodillarme ante él, y sin decir nada, tomé su pene erecto como un mástil. Lo tomaba con mis dos manos, le daba besitos y lambidas en su enorme cabeza. Al ver que Raúl me miraba, abrí mi boca y lo introduje en ella, dándole la mejor de mis mamadas.

RAÚL: Que rico la mamas, Perla. Eres una diosa,

Me dijo entre jadeos, mi hombre.

Lamia y chupaba su pene, lo besaba y recorría con mi lengua hasta sus huevos, totalmente depilados, lo que hacía más placentera mi labor. Chupaba y chupaba como loca, tratando de meterlo completamente en mi boca. Lo cual era imposible por lo largo y grueso de su miembro. Aun así, lo intentaba con todas mis fuerzas, aguantando las arcadas que me producía. No tardé mucho en empezar a soltar gran cantidad de saliva y mocos que venían a caer directo en su verga, haciendo la mamada más sucia, más perversa.

Nuestras respiraciones eran jadeos intensos, animales, nuestras manos recorrían la piel del otro, hurgaban en nuestros cuerpos libremente. Entonces me levantó, me llevo hacía su recamara y suavemente me recostó en su cama. Tomó mis piernas colocándolas en sus hombros y puso su magnífica herramienta en mi vagina.

PERLA: Papi… por favor, despacio, está muy grande.

Le dije, temerosa.

RAÚL: Vas a tener que aguantarla, baby. No pienso contenerme ni un poquito.

No bien acabó de decirlo, empezó a meterme su verga, lentamente. Me producía una mezcla de dolor y placer enloquecedor, cuando sentí como se abría paso en mi vagina. Metió solo la mitad, dejándome acostumbrarme ante su monstruoso tamaño. Era increíble sentir como me abría, como si lo que me estuviera metiendo fuera un bat de baseball o una botella de shampoo, en vez de un miembro erecto. Así de extrema era la sensación que sentía yo en ese momento.

PERLA: Mas, mas, mas…

Le rogué y entonces metió el resto de golpe. Lancé un grito desgarrador que él ahogo tapándome la boca y empezó a bombearme salvajemente, sin piedad.

PERLA: Ahhhhggggg… ¡¡¡papi!!! Ughhhh… ¡me encantas, amor! No pares, dame maas… ¡dame maaaas!

Decía yo entre jadeos mientras él me bombeaba sin parar.

RAÚL: Y tú me vuelves loco, Perla. ¡Esperaba este momento desde que te conozco! No sabes las ganas que tenía de tenerte así. ¡Cogiéndote, reventándote!

Me dijo mi macho sin dejar ni un segundo de perforarme mi abierta y empapada vagina.

PERLA: A eso vine, papi. A que me culees, ¡a que me chingues toda, mi amor!

Le decía yo, haciendo hincapié en decirle: amor. Una palabra que, por años, había estado reservada solamente para mi esposo Tommy.

Sus penetraciones eran intensas, violentas, el sonido de nuestros sexos chocando salvajemente inundaba la recámara y nuestros aromas a sexo, eran la esencia de la lujuria.

Entonces soltó mis piernas, bajándolas a sus costados para inclinarse y levantarme, me besó y nos comíamos la boca literalmente, me sujetó y teniéndome ensartada, se levantó y así de pie, me siguió penetrando.

Luego me pegó contra un muro y seguía embistiéndome con furia animal, para entonces ya no era dueña de mí misma y en vez de gemir gritaba.

RAÚL: ¿Quieres que se den cuenta los vecinos?

Me dijo sonriendo.

PERLA: No me importa que me oigan. ¡Qué oigan como me haces gozar, gritar, gemir como una puta perra! Eso es lo que soy, papi. ¡Eso es en lo que me has convertido y quiero que todo mundo lo sepa!

Le dije fuera de mis cabales.

Y era verdad, en ese momento quería que todo mundo lo supiera. Incluso mi esposo Tommy. La verga de Raúl me tenía loca y nada me importaba en ese instante, más que sentirlo dentro de mí, llegando hasta mi útero con sus violentas embestidas.

Siguió penetrándome mientras yo no dejaba de gritar y entonces le clave las uñas en la espalda y él me mordió el cuello, éramos dos bestias copulando. Orgasmos que me sucedían, uno tras otro, hasta que sentí como su cuerpo empezaba a estremecerse, anunciando su orgasmo.

PERLA: Lléname de leche, amor. ¡Mándame a mi casa bien preñada! Por favor, por favor… ¡embarázame, préñame! ¡Quiero sentirme bien rellena de tus mecos! Vociferaba yo fuera de mis sentidos, cegada por el placer animal que Raúl me hacía sentir.

Escucharme decir eso, fue suficiente para que mi amante llegara al clímax, estallando dentro de mí, llenándome de leche la vagina, nuestros jugos escurrían mezclados hasta el piso, mientras él seguía bombeando a pesar de haber tenido un orgasmo.

Pensé que tomaría un descanso, pero no fue así. Se volteó y me llevó a la cama de nuevo y me acostó en el borde. Sujetó mis piernas sobre sus hombros y sacó su verga de mi empapada panocha, la cual empezó a soltar todo el semen que Raúl me había dejado dentro, escurriendo hacía mi expuesto ano. Entonces colocó su todavía erecta verga en la entrada de mi culo, tan mojado de nuestros jugos, que estaba muy lubricado, y empezó a empujar, hasta que entró el glande…

PERLA: ¡AAAAAAAAHHHHHHH! ¡Mierdaaaaaa! ¡Me parteees, papi… me partes!

No pude evitar soltar un alarido de dolor. Nuevamente me estaba dando por el culo, y aunque apenas había entrado la cabeza, sentí la muerte.

Se detuvo, esperó a que me acostumbrara y entonces empezó a empujar lentamente, arrancándome nuevos gritos de dolor, que ahogaba con la almohada, empujo hasta llegar a la mitad. Mordía la almohada, mientras gruesas lagrimas caían por mis mejillas, arrastrando con ellas la sombra y el maquillaje de mis ojos, haciendo de mi rostro un asco.

PERLA: Para… para… me estas partiendo ¡hijo de puta! Para por favor… es demasiado grande para mí, bebé. No la aguanto, de verdad…

Dije entre lloriqueos, tal si fuera una pequeña niña.

RAÚL: Tranquila, ya casi termino, vas a disfrutarlo mi amor.

¡Me encantó que me dijera así, que me dijera amor! Cuando me acostumbre un poco a su tamaño, lo ayudé a que me siguiera penetrando, empujando mi pequeño trasero hacia él. Entonces volvió a presionar, hasta conseguir meterla casi toda, entonces lo que faltaba, lo metió de golpe…

PERLA: ¡¡¡AAAAAGGGGGGGGHHHHHHHH!!! ¡Diosssss! Entró toda, papi… ¡entró toda!

Dije, mientras sentía su falo llegar hasta dentro de mis intestinos.

Y volvió a embestirme de manera animal, mientras yo me apretujaba los pechos y me sobaba el clítoris. Un nuevo torrente de lágrimas volvió a resbalar por mi rostro, mientras lentamente el dolor se transformaba en una oleada de placer.

RAÚL: ¡Este culo ya es mío, mamacita! ¿Escuchaste? Solo mío, Perla. Nada más mío.

Decía mi hombre sin dejar de culearme, bombeando con furia contra mi maltrecho ano.

PERLA: Si, mi amor. Mi culo es tuyo. ¡Toda yo soy tuya, completamente!

Gritaba, mientras sus embestidas me hacían sentir que me partía a la mitad, mientras sentía como su pene llegaba hasta mis entrañas.

Aceleró el ritmo, provocando que mis gritos fueran más intensos. Empecé a sentir como su pene empezaba a palpitar de nuevo, para dar paso a un estallido de semen. Lo escuché gritar, mientras su gruesa verga daba la última estocada en mi reventado culo, inundando mis entrañas de leche y provocándome el más delicioso orgasmo que jamás he experimentado.

Tomamos un tiempo para recuperar el aliento, acostados, con él abrazándome por la espalda. Yo sintiendo como su verga empezaba a perder firmeza y escapaba de mi ano, el cual sentía abierto, con una extraña sensación como de querer cagar.

Nos besamos, pero esta vez dulcemente. Intenté levantarme, necesitaba ir al baño con urgencia. A pesar de que me encantaba jugar e incluir juegos de piss durante mis relaciones, no quería orinarme en su cama.

RAÚL: ¿A dónde vas? ¿Intentas escapar de mí?

Dijo, tratando de impedir que me levantase.

PERLA: Haha, no seas loco. Necesito ir al baño. Ya no aguanto, amor.

Le dije guiñando un ojo y mordiéndome los labios. Tratando de sacar provecho de mi cara de puta.

RAÚL: Ok, pero antes tienes que limpiarme la verga.

Me dijo de forma maliciosa, mientras tomaba su verga, apuntándola hacía mí.

PERLA: ¡Rayos…! ¡Tendré que sacrificarme haha!

Respondí divertida.

Tomé su semi erecta verga entre mis manos, y la acerqué a mi boca. Estaba bañada en una gruesa capa de semen y jugos vaginales. Pero no me importó, la metí en mi boca y la empecé a lamber y succionar, probando toda clase de sabores semi amargos, que tragué hambrienta. La lambí tal si fuera una paleta de helado, hasta dejarla completamente limpia.

PERLA: Okey papi, ahora si tengo que ir o terminaré orinándome en tu cama.

Dije, al tiempo que me levantaba para dirigirme al baño.

RAÚL: Ok amor, pero tengo que ayudarte.

Contestó nuevamente de forma maliciosa, tomando su teléfono celular, para luego agarrarme por el cabello y forzándome a bajar al suelo. Caminó jalándome por mi abundante cabellera, obligándome a caminar en cuatro patas, tal si de un animal se tratara.

Lo seguí divertida, y también excitada. Si bien, era algo que también hacía para mi esposo, el hacerlo ahora con mi amante, era el doble de placentero. Solo quienes hemos caído en el pecado de la infidelidad, sabemos lo excitante que pueden ser este tipo de cosas.

Lo seguí así en cuatro patas, extrañándome que no nos dirigiéramos al baño. ¿Qué loca idea tenía en mente mi amante? No tardé en descubrirlo, cuando me posicionó encima de la caja de tierra de su gato.

RAÚL: Ok Perla, puedes empezar a orinar.

Dijo, mientras tomaba su celular y empezaba a grabarme.

PERLA: Eres un loco. Pero te amo.

Le susurré, divertida con esta nueva experiencia.

Empecé a orinar, cayendo mi chorro de orines de forma escandalosa en la caja de tierra del gato, botándola hacia afuera. No pude evitar excitarme con la situación. Si bien, para alguien más podría resultar humillante, ser tratada como un animal, para mí resultaba lo contrario.

RAÚL: Eres mi gata, y desde hoy tendrás que orinar en esa caja, cada vez que tengas ganas.

Dijo, sin perder detalle de lo que sucedía y grabándolo todo.

PERLA: Soy tu gata, tu perra, tu cerda, tu puta. Soy todo lo que quieras que yo sea para ti. Solamente no me dejes de buscar, ¿ok? Ahora, necesito cagar. También quieres que lo haga aquí ¿¿o qué??

Dije divertida y dispuesta a hacerlo, mientras escapaban los últimos chorros de orina de mi peluda vagina.

Raúl me levanto tiernamente y me dirigió al baño, esta vez de pie. Por un momento mientras hacía mis necesidades, pensé en mi esposo y un leve sentimiento de culpa me invadió. Deseché ese pensamiento, y salí del cuarto de baño. Era tarde para arrepentimientos. Me vestí y me despedí de Raúl con un beso ardiente, y tomando mi auto, me dirigí a mi casa por las calurosas y traficadas calles, de mi desértica ciudad en New Mexico.

=========================== EPÍLOGO ===========================

Unos 30 minutos después llegaba a mi casa, y ni bien estacionaba mi auto, cuando ya mi odioso y regordete vecino salía a ‘recibirme’, como lo hacía usualmente, casi a diario.

VECINO: ¡Holaaaa! ¿Qué tal tu día?

Preguntaba de forma casual, como si fuéramos los mejores amigos. Si bien, con el tiempo le había tomado cariño al chaval, tampoco era como para portarnos como si fuéramos los grandes amigos. Quizás cómplices, pero amigos aún no.

PERLA: Bien, o más que bien, diría yo. Vengo muerta y ya te imaginaras por qué. Le dije guiñándole un ojo.

VECINO: Vienes despeinada, con el maquillaje corrido y caminando toda abierta. Te cogieron, ¿verdad?

Respondió sin pensarlo mucho, con un tono que denotaba sus celos.

PERLA: Uff… y que lo digas. Me reventaron el culo y me lo llenaron de leche. Traigo tanto semen dentro de mí, que si no lo cago, lo vomito.

Respondí divertida. Sabía que yo era su crush y me encantaba provocarlo, jugar con él. Darle celos.

VACINO: ¿Porque eres así? ¿Porque me presumes tus aventuras y no me das oportunidad a mí de estar contigo? Sabes que yo te quiero bien.

Dijo en un tono triste, que no pude evitar sentir un poco de pena por él.

PERLA: No digas tonterías, chaval. En primer lugar, tu solito vienes a preguntarme. En segundo… ¿me quieres bien? ¿Qué significa eso? Hahaha. Y en tercero y más importante, aun no cumples la mayoría de edad y no quiero terminar metiéndome en problemas con la ley. Y con permiso, que tengo que darme un baño. Eres mi vecino y mi cómplice y en serio que te aprecio. Pero ni loca me meto contigo. Hasta luego.

Le dije, mientras me encaminaba a la puerta, dejando a mi pobre vecino parado en el frente de mi casa, no sin antes dedicarle una de mis horribles sonrisas.

Había sido un poco dura con mi vecino, pero ni modo. Me encantaba ser una perra, una bitch.

CONTINUARÁ.

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