Conociendo a Liliana

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Hace años me divorcié de mi segunda mujer. Fue horrible. No luchamos por un dinero que ambas despreciábamos ni por la custodia de unos hijos que no poseíamos pero fue traumático porque sin dejar de querernos nos dimos cuenta que no podíamos seguir compartiendo nuestras vidas. Nos habíamos apagado como el cabo de un cirio hundido en la cera, tal débil que ni siquiera chisporrotea. Si alguien nos hubiera preguntado por qué nos separábamos hubiera sido más fácil argumentar una infidelidad o la crueldad de una con la otra. La gente prefiere escuchar blanco o negro, explicaciones fáciles de entender que les permiten volver a sus tareas tras expresar el dolor que les causa ser testigos de la rotura de una pareja tan bella. Cuando firmamos los papeles frente al abogado que compartíamos parecía que era el acta de defunción de ese perro que hace años debía haber muerto pero que se arrastra por casa porque eres demasiado débil para llevarlo al veterinario y así acabar con tanto sufrimiento. Ella era una aristócrata inglesa de cabello color negro y ojos azules, con una espesa y oscura mata entre sus piernas que era lo único disonante en la destelleante blancura de su piel. Su lesbianismo tenía ese aire decadente de una clase social casi extinta cuyas mujeres se dejaban bañar de forma distraida por inocentes criadas, pidiendo que no se olvidaran frotar sus partes íntimas, mientras sus maridos mostraban sus culos desnudos y en alto a muchachos que satisfacían sus más secretos deseos. Nunca fuimos fieles. Podíamos follar con hombres y mujeres casi bajo las narices de la otra, pero siempre teníamos un momento en la cama para compartir nuestras experiencias y usarlas en la fantasías que mantenían viva nuestra relación.Nuestras aventuras eran pasajeras e inocuas, lo importante era compartirlas.Hasta que con el paso de los años nos importó muy poco notar la humedad que traía cada una de nosotras a nuestro lecho matrimonial, fluyendo de nuestras vaginas, fruto de recientes encuentros con terceros. O ignorar el semen que aún brotaba de nuestros agujeros para no tener que iniciar un caliente reencuentro que ya no nos aportaba nada. Fue un final precedido de un largo silencio que hubiera debido agotarse mucho antes.

Tomé el avión hacia el lugar más remoto que me ofreció la agencia de viajes. Volvía a ser soltera pero me arrastraba con ese pesar del recién divorciado así que mis cabeza no parecía atender más que aquello que ocurría en su interior. Me dijeron que sería un resort lejano, alejado de todo, donde podría tomar el sol en la playa o en la piscina y muy cerca de una reserva salvaje conocida por la gran cantidad de pájaros tropicales que la habitaban. En aquella época, como mucho, encontraría a unos pocos fanáticos ornitólogos, si es que se les podía aplicar tal adjetivo. Que no había nada más que hacer. Me daba igual. Me iba a encerrar en la habitación a llorar desconsoladamente y cambiar compulsivamente las cadenas de televisión para al final no ver nada. Si me hubieran ofrecido viajar a la Luna habría aceptado de la misma manera.

Había algo más, ineludible y espantoso, que dejó aquel divorcio. No fue la tristeza y el desazón por tener que empezar una nueva vida. Lo peor fue constatar que el tiempo había transcurrido y ya era diez años más vieja que cuando me casé. La vejez me había llegado de golpe. No en forma de achaques o arrugas, si no como una extraña soledad asediada por gente con la que había cortado hacía tiempo y que parecía encontrar en mi sufrimiento un buen lugar para revolotear alrededor de nuevo.

Reuniones con amigas tan divorciadas como yo y que vaticinaban que mi situación era una ventaja y una oportunidad que no cabía desaprovechar. Nadie supo concretarme en qué consistía la ventaja. Recuerdo aquellas reuniones donde se hablaba mal de todo el mundo mientras tomábamos té y pensaba que ahora sabía porque no había tenido necesidad de verlas durante los últimos años. Miraba sus rostros maltratados por el tiempo, llenas de rencor hacia maridos y esposas que ya no pensaban en ellas y me preguntaba si vista desde un punto focal alejado tal vez no desentonaría tanto como pensaba. Buscando un sexo al que ya no tenía fácil acceso me acostaba con hombres y mujeres hallados gracias a Tinder. Eran guapos y guapas pero su deseo de permanecer conmigo duraba unas horas, como máximo una noche. Alegaban compromisos venideros, inventados o reales. Trabajos que les reclamaban de madrugada y niños a los que recoger en el colegio. Había estado bien follar con una milf. Gracias y hasta la vista.

Así que me fui lastrada por ese ansia de recuperar el tiempo perdido y no saber si era posible. Si se trataba de una frase hecha de esas que no significan nada porque si algo es irrecuperable es precisamente el tiempo perdido. No sabía muy bien hacia dónde me dirigía y apenas cuando llegué al aeropuerto supe que me dirigía a Colombia. Parecía un boxeador al que le han golpeado tanto la cabeza que desorientado es incapaz de explicar a la gente dónde vive y que por favor le lleven a casa.

Un hombre amable y solícito me esperaba en el aeropuerto de Santa Marta. Tal vez aprovechando mi inconsciencia me habían vendido un paquete de lujo que incluía traslado en minibus hasta el hotel. No se lo reproché a la agencia de viajes. No hay nada mejor que pagar una fortuna en un billete en primera clase y un hotel de lujo en la playa para encerrarse en la habitación a ver la televisión con las cortinas corridas en monástica reclusión. Debieron intuir que tal dispendio formaba parte de mi penitencia.

El chófer se esforzó por hablarme en un inglés americanizado pero le detuve para declararme española. Hice mal porque durante todo el camino, que fue largo, me habló de las maravillas del caribe colombiano a velocidad de vértigo. Después de cada parrafada me sometía a una especie de prueba para averiguar lo que sabía de su país y que había recordado de lo explicado, que era entre poco y nada. Acabé respondiendo con monosílabos y cuando intentaba colar alguna pregunta que sonara más o menos inteligente metía la pata hasta extremos isospechados. Confundí la capital de Venezuela con la de Colombia. Pregunté qué eran aquellas montañas tan altas que había visto por la ventanilla del avión y me dijo, dubitativo por si era objeto de una burla, que los Andes. Debió creer que estaba transportando a una pobre retrasada. Me dejó en la entrada del hotel con mis dos maletas llenas de ropa que no iba a usar y al alejarse le vi mover la cabeza de lado a lado como gesto de rechazo a pesar de que con la propina que le había dado esperaba redimirme ante sus ojos.

Tal y como tenía previsto pasé los dos primeros días en mi habitación, asustada de enfrentarme al mundo. Apenas salía para desayunar, almorzar y cenar. El hotel estaba prácticamente vacío. Algunos turistas, algunos locales, grandes espacios y un buffet libre exagerado para tan pocos comensales. No entendía por qué era temporada baja.

El sol brillaba con la fuerza del verano y el aire era transparente y puro. Al tercer día decidí resucitar. Bajé a la piscina y me puse a tomar el sol. De repente una sombra estropeó mi incipiente bronceado. Hice visera con la mano y frente a mi no había una nube molesta, si no un joven sonriente con una identificación del hotel colgada del cuello. Mis ojos se fijaron en el paquete que marcaba el bañador y en otra época me habría puesto cachonda. Era apuesto, moreno y tenía una dentadura perfecta para comerme los pezones si llegara el caso. Me ofreció hacer aquagym y tras un segundo pensativa decliné la oferta. Sin perder la sonrisa me dijo que al día siguiente me lo volvería a ofrecer. Me sonó a amenaza pero no obstante sonreí por cortesía. Tras varias semanas sin follar no había sentido nada sexual en su cercanía.

Además de vieja me estaba volviendo frígida.

Al día siguiente volví a dirigirme a la piscina hasta que recordé la amenaza del monitor. Me imaginaba sola en el agua, moviéndome de forma torpe a golpe de silbato, como una jubilada con artritis o aburrida que no tiene otra cosa a hacer. Cambié mi rumbo con un giro de 180 grados para llegar a la playa que se encontraba frente al hotel. Era una larga lengua de arena blanca y brillante rodeada de palmeras combadas como si el conjunto fuera parte de una postal de catálogo de agencia de viajes. El agua era de un verde transparente y en el cielo una pequeña nube emborronaba el azul perfecto. Había poca gente y tan dispersa que acostumbrada a las aglomeraciones de las playas del sur de Europa sentía cierta agorafobia. Me desnudé para quedarme en bikini, me unté de crema y extendiendo la toalla me tumbé con la cara hacia el mar para abrír un libro gordo que había comprado en el aeropuerto pero que en realidad no leía.

A medida que avanzaba el día la playa se iba llenando de paseantes. Muchas de ellas eran mujeres a las que miraba embobada. Eran guapas y espectaculares, con unos culos y unos pechos exhuberantes. Sentía un picor que ya creía olvidado contemplando sus bikinis, tan diminutos que apenas cubrían el sexo y las tetas. Y cuando se alejaban la visión era todavía más excitante. Todas ellas portaban como única prenda para cubrir sus traseros un hilo que se adentraba entre sus nalgas y que se aguantaba sin desmoronarse gracias a unas caderas anchas que culminaban en una cintura tan estrecha que parecía fuera de lugar. No fue una ni dos paseantes. Todas las mujeres jóvenes y no tan jóvenes se vestían para el baño de aquella manera tan sexy hasta hacer parecer mi bikini un objeto retrógrado propio de una sociedad victoriana. Además si pasaban cerca te sonreían y me dedicaban un buenos días con un acento tan dulce que en un momento me descubrí esperando a las siguientes que pasarían a mi lado restregando disimuladamente mi pubis contra la toalla. Por fortuna un pequeño montículo de arena oculto bajo la misma y colocado por fortuna en un lugar estratégico me proporcionaba un placer inesperadamente intenso. Ninguna de aquellas mujeres bellísimas se quedaba. Más bien al contrario, parecían ir hacia el Este como si alli estuviera la tierra prometida. Me hubiera encantado, por desear que no quedara, que una o varias de ellas se hubieran colocado frente a mi desplegando toda su sensualidad. Habría entonces intensificado mis movimientos de cadera, el apretar nalgas y la compresión del pubis contra la toalla y aquel bendito montículo de arena que sustituía pudorosamente la acción de mi dedito, no fuera a ser detenida por escándalo público. Y tal vez, si se volteaban y no me prestaban atención, podría haberme atrevido a atrapar mi mano entre la toalla y mi sexo para masturbarme sin que se dieran cuenta.

Acababa de pasar una pareja de jóvenes portando unos bikinis tan pequeños que mejor hubieran ido desnudas según mi parecer. Fue tal la oleada de calor que me invadió que ya descaradamente agité las caderas para frotarme como si fuera una adolescente en celo. Tomé entonces la decisión de levantarme y seguir los pasos de aquellas increíbles hembras. Habían vuelto a despertar mis instintos de cazadora y me disponía a seguirlas hasta donde me indicara el rastro de feromonas que las envolvían. Aunque fuera solo para celebrar un safari fotográfico pues ante ellas me sentía una mujer disminuida sin pechos, sin culo y sin formas femeninas como ellas deberían entenderlas.

Fue entonces cuando una voz suave que se dirigía a mi me volvió al mundo real. Giré la cabeza. Detrás de mi una muchacha ataviada con uno de aquellos minúsculos bikinis me sonreía sujetando en su antebrazo una toalla blanca, como si la hubiera tomado prestada del hotel. Tardé un rato en reaccionar. Me quedé tonta mirando sus enormes y pecosas tetas apenas cubiertas por dos pedacitos de tela que en otro planeta tal vez se hubieran llamado sujetador. Luego mis ojos bajaron hasta su entrepierna para escrutar sin disimulo la braguita. En realidad se trataba de un diminuto triángulo que a modo de cometa se sujetaba por dos lacitos que se ataban a cada costado de las caderas. Era un prodigio de la ingeniería que apenas tapaba los labios sin mostrar nada a la vista. El descaro de mi mirada hizo que desplazara la toalla frente a su cuerpo y su sonrisa se convirtió en un gesto de extrañeza. Me pidió estirarse a mi lado para tomar el sol. No entendí a qué venía la solicitud porque la playa estaba vacía pero como respuesta carraspeé un poco y le dije que claro, que sin problemas, y de forma inmediata aplané la arena a mi costado barriéndola con la mano. Había rezado para que una de aquellas mujeres pasara frente a mi y ahora iba a tener una a mi lado. No sabía cuál era la razón pero tampoco quería razonarla. Era un regalo divino y al menos la iba a poder admirar de cerca. No aspiraba a más.

Se llamaba Liliana y trabajaba en el hotel, en la recepción. Tenía un ratito libre por la mañana y aprovechaba para tomar el sol. Eso explicaba la toalla que tomó prestada del hotel. Sabía quién era yo porque me abrió la ficha nada más llegar aunque por mucho esfuerzo que hice no recordaba que semejante diosa me hubiera atendido, tan ausente estaba cuando arribé. Me explicó que prefería tumbarse al lado de otra mujer para espantar a los hombres que se le acercaban y en eso estuve de acuerdo con ella: estaba convencida de que era una muchacha acosada y también que si me colocaba a su lado espantaría a cualquier pretendiente inoportuno. Liliana era una adoradora del sol y tras expresarme su agradecimiento se tumbó para entrar en una especie de coma. Apoyé mi cabeza en la mano, a la vez que hincaba el codo en la toalla para así echarle una buena mirada. Si no hubiera sido por el lacito que anudaba sobre la cadera y la tirilla que tapaba su pezón se podría haber dicho que estaba desnuda. De buena gana habría desecho el nudo y le abría aflojado el sujetador para liberar aquellas tetas inmensas. Y como una vieja verde esperaba que se diera la vuelta para tostar su espalda y así permitirme contemplar el trasero en toda su gloria. Le expresé mi sorpresa por la atrevida indumentaria. Me aclaró que era habitual en Colombia que las mujeres portaran bikinis atrevidos. Eran tan habituales que ya no constituían motivo de sorpresa, a menos que la mujer no tuviera la belleza y las medidas corporales habituales por aquellos lares. Mordiéndome el labio le pregunté por la playa nudista más cercana. Se carcajeó con ganas. Allí no había de eso. Ni siquiera se atrevían a hacer top less. Era cierto que había algunas playas donde, de vez en cuando, alguien se desnudaba. Playas perdidas en las inmediaciones del parque nacional de Tayrona, a las que era difícil llegar y donde a veces no te atrevías a desnudarte para no ser la única que lo hacía. Retomando su trabajo de recepcionista se ofreció a buscarme transporte para llegar a ellas pero decliné la oferta. Me acababa de decir que ella nunca se atrevería a desnudarse en público y no quería parecer una viejecita rara que busca un sitio cualquiera donde quitarse las bragas como si fuera una exhibicionista pervertida. Le expliqué que era nudista pero no estaba dispuesta a irme lejos para desnudarme. Se incorporó levemente y me dijo que había “una solución”. Algunas suites tenían una pequeña terraza con jacuzzi fuera de la vista de todo el mundo y allí podría tomar el sol desnuda si me apetecía. Se ofreció a cambiarme la habitación pero el precio era una locura. Se puso pensativa y tras unos segundos me dijo que tal vez “podríamos” entrar en una de las suites al día siguiente, cuando volviera a hacer un descanso. Ese plural donde se incluía me puso el corazón a latir a mil. Le dije, tratando de no convencerla, que si eso podría provocarle un problema mejor no hacerlo. Me puso la mano sobre el brazo para calmarme y explicarme que no había problema, que era temporada baja y a veces ella se tostaba en una suite como una travesura que le permitía sentirse millonaria durante media hora. Vestida, me aclaró a continuación con vehemencia.

Dicho esto se levantó, agradeció los minutos de conversación, para alejarse a continuación en dirección al hotel. Intenté resistirme pero al final giré la cabeza y la vi de espaldas, meneando un culo grande y proporcionado donde la tira verde que sujetaba el triangulito parecía desaparecer entre las hermosas nalgas. En ese momento volteó la cabeza para dedicarme una encantadora sonrisa y un movimiento rápido de la mano a modo de despedida.

La cabeza me daba vueltas. Si hubiera soñado con una mujer no habría salido tan perfecta como Liliana. Era una mujercita preciosa, con unas medidas perfectas, una voz sexy y un carácter encantador. Todo eso en apenas veinte minutos de contacto. Permanecí durante toda la tarde en la habitación, estudiando mil y una estrategias para abordarla sexualmente. Construía una para desbaratarla a continuación como un castillo de naipes. No quería parecer una lesbiana depredadora. No quería follármela como si fuera una puta. No quería pedirle cosas raras y que se asustara. Me quedaban cinco días y quería enamorarla igual que ella me había enamorado. Y todo aquel drama que arrastraba desde mi divorcio se fue al trastero de las cosas olvidadas cuando hacía pocas horas parecía una montaña insalvable. Sin saber siquiera cuál era la orientación sexual de Liliana. Bajé a cenar tan temprano que más bien hice una merienda-cena. Así crucé el lobby. En la recepción mi diosa atendía a una pareja de alemanes jubilados que solicitaban ir a la reserva de pájaros. Me miró mientras señalaba en el mapa algo para dedicarme una sonrisa de complicidad. Me detuve un momento para decirle que a la mañana siguiente estaría toda la mañana en la habitación, por si alguien me llamaba. Y lo solté agarrando con mi mano el teléfono móvil.

Más tonta y no nazco. Los alemanes me miraron muy ofendidos por la interrupción.

Me desperté con mariposas en el estómago pero bajé a desayunar para echarle un vistazo. Los cuatro recepcionistas, ella incluida, me saludaron con un buenos días sincronizado. Tras mordisquear un poco de fruta regresé a la habitación para vestirme con mi recatado bikini. Esperé una hora, dos. Pasó la hora en que la había encontrado el día anterior. Sin noticias de Liliana. Suspiré entre decepcionada y aliviada. Era demasiado bonito para ser verdad. Me iba a vestir cuando escuché la suave llamada de unos nudillos en la puerta de la habitación. Abrí ilusionada. Allí estaba ella, ataviada con una camiseta pudorosa larga hasta sus rodillas y la toalla en su hombro. Me apremió para que la acompañara. Nos deslizamos en silencio por los pasillos, cruzamos el jardín y llegamos a un conjunto de bungalows al otro extremo del mismo. Liliana miró a un lado y al otro, sonrió con picardia y a continuación deslizó la tarjeta por la ranura de la puerta. Entramos en la estancia como dos ladronas. Cruzamos en penumbra la elegante suite para desembocar en una terraza con el suelo cubierto de lamas de madera donde había un jacuzzi incrustado al nivel del suelo. La vista era impresionante y abarcaba una lengua de la playa que se divisaba a través de una frondosa hilera de palmeras. La barandilla de piedra que rodeaba la solana era suficientemente alta como para evitar las miradas indiscretas. Liliana apartó dos tumbonas de la pared y las dispuso en el centro. Colocó nuestras toallas encima y se tumbó equipada de nuevo con su pequeño bikini. Con un gesto me invitó a desnudarme. Retiré el pareo y el sujetador. La muchacha no parecía prestarme demasiada atención, más preocupada en obtener la mejor orientación hacia el sol. Le pregunté si no se iba a desnudar y rió con ganas. Ella no era nudista, pero no le importaba que yo me desnudara, aclaró. Así lo hice. Me encogí de hombros y me bajé las braguitas frente a ella sin que se mostrara agitada por el hecho de verme desnuda. Me estiré en la tumbona y le pedí que me pusiera crema en la espalda. No tuvo problema en hacerlo pero olvidó mi culo para pasar de la espalda directamente a mis piernas. Habiendo fallado aquel primer intento burdo de seducirla, me volteé encongiendo una pierna y así ofrecerle una buena visión de mi bollito.

Hablamos de nudismo, de Colombia, de su trabajo y el mío. Declaró que debía ser maravilloso estar así desnuda y libre pero rechazó todas mis invitaciones para desprenderse de su bikini. Pasaba el tiempo y no conseguía intimar, simplemente estaba compartiendo la pequeña travesura de una empleada. Miré el jacuzzi y quise probarlo. Liliana dudó. Nunca lo había hecho y le parecía arriesgado. Al final la convencí para que me dejara usarlo y ella, también intrigada, se metió conmigo en el agua. “Cinco minutos”, me anunció. Conectamos las burbujas. Me pareció muy excitante compartir la bañera con ella, comprobar cómo a veces su mirada se iba por fracciones de segundo a mis pequeñas tetas o hacia mi sexo. Hizo entonces un gesto raro con el rostro y sin que yo se lo hubiera pedido se desprendió del sujetador.

Estaba en el agua y no se notó pero el coño me empezó a chorrear como si tuviera una fuente en el interior. Sus pechos eran redondos y perfecto, grandes como sandías y coronados por dos areolas marrones enormes. Ni siquiera cuando el sujetador fue apartado descendieron gran cosa, y eso que estaba anudado en su cuello como si soportara un peso inmenso. Balbucí que eran preciosos, con la torpeza de la principiante. Me devolvió un educado “gracias”. Respiré hondo para dotarme de valor y sugerirle que se desprendiera de la braguita. No quería parecer ansiosa, ni festiva, ni excitada y parece que logré mi objetivo. Se incorporó para deshacer el nudo de un costado de la cadera, luego el otro. Los lazos cayeron desmayados sobre los muslos mientras con una mano sujetaba el triangulito sobre ese ansiado coño, como si tuviera miedo de desprenderse de él. Aún seguía aturdida por sus pechos y ya estaba a punto de ver su más preciado tesoro. Y de repente me miró con seriedad para soltarme con su dulce voz :

– Señora Anaïs, a usted le gustan las mujeres ¿verdad?

Tragué saliva y la miré a los ojos. Estaba deseando que aquel triángulo cayera como si de una muralla cananea se tratara. Podía haberla engañado y decirle que no pero opté por la verdad. Supe en ese mismo instante que me había equivocado. Su mirada se heló. Se sentó de nuevo en el banquito del jacuzzi para anudar la braguita a su cadera. Si algo se vió quedó oculto tras las burbujas. El sujetador regresó a sus tetas. Y el tiempo se había parado en mi, con mi cara pasmada y mi sueño roto. Cuando ya abandonaba el agua pude decir algo :

– No pensaba hacerte nada malo.

– Lo se, señora, es que ya es la hora. Debemos marchar. Vístase, hágame el favor.

Me vestí de nuevo sin atreverme a cruzar mi mirada con su rostro severo. Cruzamos la habitación. Liliana abrió la puerta y miró hacia fuera para asegurarse que nadie nos veía. Tenía el rostro duro y decepcionado. Ni me hablaba. Nunca nadie me había hecho sentir tan mal, tan sucia y tan guarra. Llegamos al pasillo donde estaba mi habitación y sin siquiera mirarme me señaló el camino hacia mi habitación. Llegué a ella y me desplomé en la cama. Estaba mal. Me sentía realmente jodida y mi mente se poblaba de insultos que me dedicaba sin piedad. Para Liliana debía ser una lesbiana asquerosa. Una pervertida. Una cerda.

Llamaron a la puerta. Debía ser el servicio de habitaciones. Los mandé a paseo. Insistieron. Me levanté limpiándome las lágrimas. Abrí la puerta y allí estaba ella vestida con su traje de recepcionista, misma expresión dura. Pidió pasar. Pensé que me iba a llenar de reproches. Me lo merecía, aunque no sabía la razón. Los pensamientos no trascienden hacia fuera y mi comportamiento había sido correcto.

Cerró la puerta tras ella y cruzó los brazos.

– ¿Le resulto atractiva como mujer? – preguntó tras un inquietante silencio.

Y yo, que había tomado la actitud de un perrillo abandonado que implora perdón, hice un gesto afirmativo cuando me había fustigado solo unos segundos antes por decir la verdad. Se quedó callada y de repente, tras un incómodo silencio, se adelantó para darme una bofetada y a continuación agarrarme por la nuca y estamparme un beso en la boca. Un beso precioso, con los labios cerrados, firme e intenso. Abandonó la habitación sin decir nada más, dejándome viendo angelitos y lucecitas, flotando a un centímetro del suelo, con la cara escocida, y todas esas cosas que pasan cuando te besa el amor de tu vida.

No supe más de ella hasta el siguiente día. Por la noche no la vi tras el mostrador de la recepción. Estuve tentada a dejarle un recado en principio inocente pero me abstuve para no levantar sospechas. Tenía metida en el cuerpo esa agitación de los enamorados, esa bebida tóxica mezcla de pasión y estupidez. Ni siquiera pensaba en follármela como si temiera que la consumación sexual, a escasos días de mi regreso a Londres, rompiera un hechizo inexplicable que deseaba prolongar más allá de lo razonable. Tal vez ella deseaba solo eso, que me la follara, sin estúpidos enamoramientos. Pero entonces yo no lo veía así. Quería poseerla en todos los sentidos, desplazar a mi lánguida aristócrata inglesa por una carnal mujer latina.

Me dirigía a la playa cuando la intercepté en un corredor. Aprovechando que estábamos solas quise abrazarla pero me detuvo: cualquiera nos podía ver. Le pregunté si le apetecía ir a Santa Marta, a un lujoso restaurante que se anunciaba en un folleto que había encontrado en la habitación. Abrió los ojos como platos y entendí que el sitio era de su agrado. Nos podríamos encontrar allí, cada una viajando hacia la ciudad por separado, me explicó. Le ofrecí quedar en algún punto cercano y recogerla con el taxi pero se negó, todos los taxistas la conocían y sería difícil explicar qué hacía viajando con una clienta. Esas cosas al final se sabían. Se la notaba preocupada y temí que renunciara a una cena romántica. Bromeé explicando que nadie sospecharía nada, que podríamos decir que éramos madre e hija. Sonrió amargamente.

No era eso lo que le preocupaba si no más bien no disponer de un vestido bonito para un lugar tan elegante. En el lobby del hotel había una boutique con precios exageradamente altos pero aún así me ofrecí a comprarle el que más le gustara. Tampoco quiso. Entonces le ofrecí uno de los míos aunque a renglón seguido dudé que ninguno fuera de su agrada. Ni siquiera que pudiera enfundárselo. Éramos ambas delgadas pero sus pechos y sus caderas podían contener tres veces los míos. Meditó un instante para decirme a continuación que pasaría por mi habitación después del almuerzo.

No pude comer ni un bocado por los nervios. Era mi primera cita con la mujer más hermosa que hubiera visto jamás. Regresé a la habitación, me duché y perfumé ligeramente, pese a que me habían recomendado que no lo hiciera para no atraer a los mosquitos, como si eso me importara en ese momento. No me darían más picor que el que sentía en el coño.

Casi no golpeó la puerta. Abrí con rapidez y se deslizó en la habitación vestida de calle, sin el uniforme de recepcionista. Me abalancé para besarla pero apartó su cara y en un murmullo pidió ver los vestidos. Desconcertada la conduje al interior de la habitación y le mostré la ropa que había traído de Londres. No había gran cosa pero Liliana miró las prendas con detenimiento. Eligió un vestido y un top de lamé. Hizo ademán de ir al aseo pero le dije que se lo probara allí mismo. Ya nos lo habíamos visto casi todo y era grotesco ocultarse. Dudó un poco y luego, como quien se lanza a una piscina desde las alturas de un trampolín, se desprendió de la camiseta y los pantalones. Llevaba un sujetador – brassier lo llamaba ella – de color blanco que a duras penas podía contener sus pechos. Portaba un tanga mucho más recatado que el bikini que solía llevar en la playa. La miraba fijamente y ella me sonreía mientras parecía atareada en la prueba. Se enfundó el vestido y le quedaba mil veces mejor que a mi. En ese momento comprendí que era yo quien no llenaba la prenda con mis pequeñas tetas y mis estrechas caderas. Se miró al espejo para decirme que le gustaba. Entonces observó con interés mis braguitas de encaje que descansaban sobre una silla. Saqué del armario otras bragas pero quiso probarse las que había visto. Me sentí un tanto incómoda. Me las acababa de sacar justo antes de ducharme y estaban usadas, sucias. Se encogió de hombros, como si no le importara. Haciendo caso omiso a mis protestas se sacó el tanga y desplegando la braguita usada se la puso sin levantar la falda. Saber que mi braguita ahora ocultaba su sexo fue algo tan erótico que sentí una ráfaga de calor subiendo por mi cuello que se desbordó en rojo carmesí por el rostro y las orejas. No parecía darse cuenta mientras se miraba en el espejo una y otra vez como hipnotizada por su propia figura. Se sacó el vestido y lo tiró sobre la cama. Me pidió entonces probarse más braguitas. Tragando saliva le tendí unas cuantas y ella se dió la vueta para bajarse las que llevaba puestas y encerrándolas en su puño se las puso sobre el sexo. Se giró con una sonrisa provocativa.

– ¿Es esto lo que quería ver, señora?” – preguntó adoptando una pose sensual para a continuación abrir poco a poco su mano y dejar caer las braguitas para que contemplara su sexo depilado.

Me precipité sobre ella tendiendo la mano para aprisionar su coño, pero me detuvo. “No lo toques”, me ordenó. Dejé entonces caer los párpados en señal sometimiento mientras jadeaba ligeramente. Liliana acercó una silla y levantando una pierna la pasó por el respaldo de manera que sus labios se abrieron como una orquídea de la selva. Su vagina era de coral rosáceo y su clítoris se resguardaba en un pliegue perfecto de piel canela. “Huélelo, pero no lo toques”. Al principio no entendí. Ella me apremió a hacerlo. Me puse de rodillas y avanzando torpemente mi nariz quedó a apenas un centímetro de su sexo. Podía sentir el calor que emanaba del mismo.

“Huélelo,…sin tocarlo”, advirtió de nuevo. Aspiré el aire como si pudiera extraerlo de la vagina y llenar con él mis pulmones. Olía a madera, a perfume, a piel y a cuero, al acto sexual, a deseo. Me ordenó desnudarme de cintura hacia abajo. Me interrumpió cuando estaba a punto de desprenderme de las braguitas. Lo hizo ella, mirándome a los ojos sin desviar ni un segundo la mirada para observar mi coño . Cuando las tuvo en la mano se vistió con ellas, sonriéndome dulcemente. Caminó hacia el sillón que había en la habitación y sin dejar de mirarme se colocó a horcajadas sobre el reposabrazos. Soltó su brassier y a continuación comenzó a mover las caderas para frotar su sexo contra el mueble mientras masajeaba sus preciosos pechos. Aumentó la cadencia y con la voz rota por el placer me preguntó si era así la manera en que me estaba pajeando la cuca en la playa el primer día que nos encontramos. Asentí hipnotizada por su movimiento. No me avergonzó haber sido descubierta mientras me daba placer contemplando las preciosas colombianas. Si eso había servido para que se interesara por mi lo daba por bueno.

Liliana jadeaba con la boca entreabierta. Entornaba los ojos henchida de placer y a veces, abandonando su ensimismamiento, me sonreía sin hacer ademán alguno para que me uniera a su placer. De momento me era igual, me alimentaba con la visión de su cuerpo. Me senté en el borde de la cama ya completamente desnuda. Abrí las piernas hasta tocar con ambas rodillas el lecho. Excitada por sus movimientos y el balanceo de sus pechos apretaba mis tetas para luego deslizar la mano hasta el coño que goteaba de placer. Me pidió que tirara de mis pezones hasta ponerlos duros como clavos. Que abriera la boca para humedecerme los labios con la punta de la lengua. Que abriera mi flor para no dejar nada a la imaginación. Que desnudara el clítoris para mostrarlo enrojecido y erecto. Que humedeciera mis dedos en mi boca y en mi vagina para acariciarme la cuca y violarme analmente. Todo lo que me pidió lo cumplí sin protestar. Nada de cuanto me hice consiguió llevarme el orgasmo hasta que Liliana movió en un golpe brusco la cadera para liberar el gemido más placentero que jamás hubiera escuchado. Rendida se sentó en el sillón mientras yo me derrumbaba de espaldas en la cama. No nos habíamos tocado mutuamente pero había sido mejor que una follada. Ya recuperada se acercó a mi para desprenderse de las bragas. Me cerró las piernas y me vistió con ellas. Estaban completamente húmedas. Me incorporé y sus pechos quedaron en mi boca pero me los negó de nuevo. Tapándose el coño y las tetas con un gesto pudoroso pero tremendamente excitante acercó su boca a mi oreja y me susurró la promesa de que sería mi putita.

Finalmente accedió a acompañarme en el taxi. El conductor era conocido de la muchacha por las veces que le había llamado para atender a los clientes del hotel. Le explicó que íbamos a compartir el vehículo porque ambas nos dirigíamos a Santa Marta. Pareció algo natural.

Liliana se cubría con mi vestido. Estaba preciosa con los labios rojos carmín y el cabello recogido en un moño. Yo llevaba otro vestido, menos grácil y sensual, y bajo el sentía la humedad de su coño que empapaba mis bragas. En otras crcunstancias me habría sentido molesta y sucia pero ahora me enervaba, deseosa que la cena transcurriera con rapidez para follar con ella donde fuera y como fuera. Más de una vez en el trayecto me tuve que controlar para no caer en la tentación de sujetar su mano o acariciar sus muslos. Era la vieja la que caía en gestos prohibidos y miradas no correspondidas.

Llegamos a Santa Marta caída la noche. Dimos un breve paseo en silencio. Liliana me respondía con monosílabos y dejaba en el aire respuestas que necesitaba. No sabía si era su primera vez con otra mujer, lo que pensaba, lo que deseaba. Y asi la conversación se fue apagando hasta que llegamos al restaurante. El vino entonces abrió un poco la espita de donde fluyen las palabras. Liliana venía del centro del país. Había estudiado turismo y aspiraba a regentar su propio negocio hotelero, tal vez un restaurante. Se interesó por mi vida en Londres, sobre mi trabajo y mi divorcio. Me confesé bisexual pero ella no se declaró de ninguna manera. Las respuestas se apagaban ante la inoportuna visita del camarero o sofocadas por la cercanía de los comensales de la mesa de al lado. Me quería probar, eso era todo. Las etiquetas sobraban. Cuando abandonamos el local aprovechó la oscuridad de un callejón cercano para besarme. Bajó la mano y me subió la falda para deslizar la mano entre la braguita y el sexo. Cuando su dedo me penetró venciendo las dificultades y tiranteces de la tela las dos sufrimos la eléctrica sacudida del placer. Me confesó que era la primera vez que tocaba el coño de otra mujer. Bien entrada la noche parecía inoportuno regresar a nuestro hotel. En una ciudad grande como Santa Marta sería más fácil esconder nuestro amor.

Pedimos consejo al portero del restaurante. Nos mostramos preocupadas por lo tarde que se había hecho y lo peligroso de la carretera que nos llevaría de vuelta al resort. Nos recomendó un pequeño hotel cercano donde no habría problema al presentarnos sin maleta. Por precaución pactamos tomar una habitación cada una de nosotras, al igual que volver a explicar nuestro pequeño drama con el regreso. El recepcionista acogió el lamento con notable indiferencia. Solo se mostró extrañado que no compartiéramos habitación y entonces toda nuestra coartada se desmoronó porque por alguna razón parecía que sospechaba nuestras intenciones. Fue todo por una sonrisa mezquina y un guiño cómplice cuando cerró la puerta tras dejar a Liliana en su estancia y lo mismo cuando lo hizo conmigo.

Miré a mi alrededor con desazón. La habitación era pequeña y estaba pintada de un deprimente color verde manzana. Al menos estaba limpia. Liliana llamó a la puerta. Ya era capaz de reconocer su llamada. Abrí la puerta ansiosa. Allí estaba ella, completamente desnuda, tapando su sexo y sus pechos con un gesto sexy y pudoroso. La cogí de la mano y tiré de ella hacia dentro de la habitación. Le dije que estaba loca por pasearse desnuda y ella reía por su atrevimiento aunque me temía que era el alcohol el que la hacía actuar de aquella manera. Me besó en los labios y con fuerza me condujo hacia la cama. Al lado de la misma un espejo vertical me explicaba que el hotel ya había sido testigo de escenas parecidas con otras parejas. Me tumbó boca arriba para ponerse a horcajadas sobre mi vientre. Me sujetó por las muñecas para aprisionarme contra la cama. Quise liberarme pero no pude. Vencida me dejé hacer. Tal y como había hecho con el reposabrazos del sillón, comenzó a frotar su coño contra mi vientre. A través de la tela de mi vestido podía notar sus labios hinchados. Le pedí desnudarme, tocarla, pero no me dejó. Con una fuerza inaudita para su tamaño me dio la vuelta y siguió frotándose contra mi ropa como poseída por el furor sexual. Me deshice de su abrazo y antes de que me prendiera de nuevo dejé caer mi vestido. Pareció rendirse. Se sentó en la cama con las piernas cruzadas, mirándome con cara de deseo. Apiló los cojines a su espalda y se recostó, como si esperara el espectáculo de mi desnudo. La muy cochina adelantó las caderas para mostrar el coño tan abierto como pudo y hasta el orificio de la sodomía parecía estar en primer plano. Me quité las bragas que desde hacía horas estaban mojadas con sus líquidos y los míos. Bromeé simulando que las escurría. Liberé las tetas y allí de pie me exhibí para que sus ojos me violaran a placer. Fue una larga espera hasta que me invitó a la cama. Me había obligado a inclinarme, a abrir mis nalgas para dilatar el ano, a tocarme las tetas y masturbarme según sus retorcidas indicaciones.

Repté por la cama para alcanzarla. Ya no podía soportarlo más. Tenia que llenarme la boca con su coño y jugar con esas tetas de fantasía. Ella ya se sabía derrotada.

La miré despacio alzando la cabeza cuando mi rostro ya se encontraba a escasa distancia del festín. Me pidió un segundo. Abandonó el trono que había montado con las almohadas para deslizarse hasta que estuvimos faz contra faz. Había dejado de sonreír. En su mirada había un poso de tristeza.

– Me vas a follar, ¿verdad?

– Sí. cariño, – le dije mientras la abrazaba – Te voy a follar con toda mi alma.

– Me vas a hacer tu putita, tu consentida, ¿verdad?

– Sí amor, todo eso y mucho más.

– Porque me adoras, Anaïs, ¿no es cierto?

– Claro que te adoro.

Al escuchar la palabra adoro me empujó hacia abajo para poner su sexo en mi boca. Porque sabía que le gustaba volví a colocar mi nariz en la entrada de la vagina, aspirando el aire para captar todo su perfume.”Huele rico, ¿verdad, mi amor?”, repetía Liliana sin cesar auto excitándose. Echó la cabeza hacia atrás y empezó a gemir muy suavemente. Cuando la cadencia de la respiración se hizo frenética me agarró por la nuca para llevar mi boca hasta su flor abierta y húmeda. “Cómetelo rico, llenate la boca con mi cuca” ordenó sobreponiéndose al ahogo de su voz.

Lo había deseado tanto que lo devoré como una posesa. Mordí sus labios y el clítoris como si quisiera hacerlos puré. Y en lugar de quejarse por mi brutalidad, Liliana repetía como un mantra que la follara más fuerte, que le jalara el coño, que le mordiera la cuca y las tetitas, que era mía, que era mi putita y que deseaba que le hiciera todo lo que sabía hacerle a una mujer. Escuchando esto apretaba mis caderas contra la cama mientras mis manos agarraban su culo para beberme todos los jugos que manaban de su vagina. La carnosidad de las nalgas me excitaba sobremanera. Las separé para ver cómo el esfínter anal se abría y cerraba según las oleadas de placer. Le metí un dedo, luego otro. Sentía el cierre y la apertura y como aprisionaban y liberaban mis dedos mientras mi lengua controlaba el placentero agarre. Lamía su cuca y el esfínter se cerraba. Sentía el cierre sobre mis dedos, el calor que desprendía su interior. Luego permanecía unos segundos sin contacto y el esfínter se abría, cuando ya Liliana me preguntaba qué ocurría, que por qué no le jalaba el coño con mis labios. Estuve jugando de esa manera unos minutos, hasta que su sexo brillaba como el bronce pulido y se había hinchado tanto que reclamaba sin palabras hacer uso de él. Me preguntaba cuan estrecha sería. Deslicé el dedo índice mientras atrapaba su clítoris en mi boca, tirando de él como si pudiera extraerlo de la caja mágica que lo encerraba. Era estrecha, muy estrecha. Debía ser el goce de muchos hombres y esa idea me torturaba. Yo era pasajera, un mero capricho para saciar su curiosidad, una aventura apropiada con alguien que en breve marcharía. Un desliz lésbico que no dejaría huella. Solo de pensar que por allí pasaría de nuevo un hombre que no sabría darle el placer que merecía me producía un vértigo insoportable.

Al sentir mi dedo en su interior Liliana sintió el alivio que su vagina reclamaba. En un primer momento hizo un intento de detener la penetración pero eran tanta la profundidad alcanzada que prefirió darse por vencida. Dispuesta a hacérselo inolvidable la penetré con un segundo dedo haciendo presión hacia la parte superior de la vagina que permite alcanzar ese punto orgásmico que toda mujer necesita, al menos una vez en la vida. Mientras, aún temiendo que eso la distrayer, mi boca jugaba con su clítoris a veces chupándolo, a veces llevándolo de lado a lado con la punta de la lengua porque estaba tan hichado y erecto que parecía estar a punto de desprenderse del capuchón de piel que lo ataba a su cuerpo. Mis dedos fueron tomando velocidad. Entraban y salían del confortable túnel cada vez más rápido, con una humedad que bañaba mi barbilla y se extendía por el exterior en un arroyo de aguas cálidas. Olía bien, olía a sexo. Olía a su perfume y daban auténticas ganas de bebérselo.

Liliana, extasiada de placer, entornaba los ojos y masajeaba sus tetas, pellizcando sus pezones hasta que sobresalieron como dos clavos ardientes. Estaba deseando tocarlos pero no quería hacerle perder la concentración en su sexo. Desde mi posición sus enormes y pecosas tetas ahora dotadas de pezones erectos adquirieron una nueva dimensión. Estaban tan arriba, tan frescas y perfectas, que sentí las mías caídas y tristes. Envidiaba su edad, sus tetas altas, aquel coño elástico y que se mojaba con tanta facilidad y que mis dedos estaban violando porque tal vez era la única forma en que una vieja podía interesar a una mujer joven y hermosa como ella.

Disipé pronto esa melancolía. La pared de la vagina de Liliana, después de una interminable media hora de frote, había tomado una rugosidad que ya conocía. Como una nuez el bulto que se dibujaba perfectamente con la penetración de los dedos me hacía fácil concretar mis caricias y entonces los gemidos se volvieron tan profundos que supe que el Gran Placer estaba a punto de llegar. La vagina comenzó un movimiento independiente hasta de la voluntad de Liliana, primero lento, luego más profundo, absorbente. Podía detener mis dedos y entonces se seguía follando a si misma sin tener que mover apenas las caderas. Estalló entonces en una oleada de placer y más bien tuve que calmarla porque su cuerpo se derrumbó en un costado de la cama incapaz de asimilar aquel salvaje placer que casi la deja inconsciente mientras ahogaba un jadeo casi lamento que hasta ese momento nunca había experimentado.

CONTINUARÁ…

En el siguiente capítulo continúa la primera sesión de sexo lésbico de Liliana y Anais. En posteriores encuentros realizan sus fantasías de ir a una playa nudista, incluir en su relación a una tercera mujer bi curiosa y muchas cosas más. ¡ No os la perdáis !

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