Nacida para servir

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Clarita es una esclava fabricada, una niña ideada, gestada y criada para obedecer. Clarita nunca ha sentido sensaciones humanas, nunca ha sentido el cariño de una madre, el amor de una mascota o la preocupación de una maestra. Clarita no nació para ser niña y mucho menos humana, Clarita nació para servir.

Su ideóloga es una escritora y pseudo psicóloga social reconocida por sus polémicos cuentos y relatos con protagonistas mujeres, deshumanizadas y esclavizadas. En su vasta y prolífica carrera ha intentado demostrar que un ser humano que jamás estuvo rodeado de humanidad, es incapaz de tener voluntad propia, y sin voluntad propia, dice, no hay esclavización posible. ¿Es poco ético esclavizar a alguien que no sabe que está siendo esclavizado? Ella cree que no.

Se encargó de embarazarse ella misma del sumiso de un amigo suyo porque conseguir una mujer que le gestara la criatura hubiera despertado sospechas. Así encubrió durante los nueve meses su embarazo hasta que finalmente nació. Nadie jamás supo que en el mundo habitaba una nueva ‘niña’.

Desde el primer momento no la amamantó aunque se aseguró de que estuviera bien alimentada con leche de fórmula. La encerró en un pequeño cuartito con un patio de paredes altas sin ventanas o vecinos a la vista, a 100km de la ciudad más cercana.

Clarita fue creciendo, siempre desnuda, sucia, escasamente alimentada sin conocer a otros humanos o humanas más que a esa mujer que la alimentaba. Clarita casi no sabe hablar porque apenas estuvo en contacto con el lenguaje, aunque entiende las cosas que su ama le ordena.  

Clarita ya es más grande y su ama cree que es hora de que aprenda cosas nuevas. Con una mirada que Clarita conoce y teme, le dice que se siente en la silla especial y abra las piernas. La niña obedece y se recuesta en la camilla ginecológica, la conoce bien porque allí todos los días recibe un pequeño vibrador en su clítoris por el tiempo justo y necesario para que desee acabar pero no pueda hacerlo. Su ama cree que de esta manera va a hacerse mujer más rápido, y ya no ve la hora de presentarla en sociedad.

Como ella hay muchas otras personas interesadas en este tipo de experimento y por ello se ha conformado un selecto club de deshumanización, donde esclavos y esclavas son presentados ante los ansiosos clientes que pagan millones de dólares a cambio de disfrutar de estos seres de diseño deshumanizador. La edad mínima del esclavo es de 10 años pero la de una esclava es su primera menstruación, no por cuestiones morales sino por las físicas. Aunque hay consenso en que, por su estilo de vida, estos esclavos de diseño no viven más de 20 a 23 años, nadie quiere arruinar a una esclava tan cara de forma tan temprana.  

Con las piernas abiertas, su pequeña y lampiña vagina queda a la vista y su pequeño y rosado clítoris, estimulado a diario, se deja ver a través de su capuchón. A su ama le fascina ese clítoris que viene trabajando desde hace cinco años, y le encanta la expresión de sufrimiento de su esclavita cuando no le permite llegar a esa sensación de placer que no conoce. Clarita duerme abierta en forma de X desde que tiene uso de razón, desnuda y con las extremidades atadas, “siempre dispuesta”, le dice su ama.

El himen de clarita permanece en su lugar porque es muy cotizado, de hecho ya lo tiene vendido a uno de esos sádicos y multimillonarios señores que sólo gozan ideando de qué manera desvirgar niñitas.

Este señor consigue niñas vírgenes para desvirgarlas de las formas más humillantes y dolorosas posibles, le gusta traumatizar mucho a las niñas de manera que nunca más puedan disfrutar del sexo sin antes recordar esa oportunidad.

Hoy su ama le tiene una sorpresa muy especial, y es que Clarita va a acabar por primera vez.

Agarra el vibrador y lo ubica como todos los días encima de su clítoris sin tocar ningún otro punto de su cuerpo. En vez de dejarlo hasta sentir cómo empieza a disfrutar Clarita, lo deja puesto y le sube la velocidad, la niña se retuerce de placer y no entiende qué pasa pero explota en un relámpago de electricidad que le da cosquillas hasta los dedos de los pies. Su ama apaga el vibrador y la deja sentir los restos de su orgasmo, y cuando Clarita se empieza a relajar, le vuelve a aplicar el vibrador en el mismo lugar, bien sujetado por el bolsillito especialmente pensado para ese vibrador, y sube la potencia. Clarita experimenta por primera vez el dolor en su sensible clítoris, siente que no puede respirar y se pone toda roja intentando no acabar de nuevo, pero no puede y acaba una vez más, y otra más, hasta que transpira y llora y se ahoga en sus propias lágrimas suplicando que le saquen eso, que no puede más, y su ama se ríe y la mira hasta que lo apaga, sólo para no matarla de un infarto.

La deja ahí abierta y sucia, su pequeña vagina dilatada de tantos orgasmos, su pecho plano, sin indicios de tetas, inhala y exhala sin parar, la niña no deja de llorar y su ama se hastía y busca el pequeño látigo de cuero con una tira más fina al final. Entre sus piernas abiertas y con la ayuda de su otra mano, le abre bien los labios y despeja el clítoris, y sobre él dirige tres fuertes latigazos. Si el clítoris estaba sensible, ahora está todo morado y la pequeña esclava grita y se retuerce.

Le gusta imaginar todas las cosas que le van a hacer Clarita cuando la presente en sociedad. Fantasea con esa niña presentada hace un mes, sin dudas un suceso que quedará en la mente de todos los presentes.

A Esmeralda, ese era el nombre de la esclava, la presentaron totalmente desnuda, sólo con un collar con una argolla, en un escenario muy iluminado, con diez filas de hombres y mujeres de todas las edades. Esmeralda fue la previa de una orgía de más de 30 personas. Arriba del escenario y desnuda como estaba, la hicieron caminar en cuatro patas de un extremo a otro del escenario, la obligaron a abrirse bien las nalgas mostrando su ano y, como su himen ya estaba comprometido a otra persona, ofrecieron a los presentes rifas para sortear su virginidad anal. La condición era que cualquier cosa que se hiciera fuera sobre el escenario y la vista de todos y que el daño no fuera permanente. Esmeralda lloraba con las tetitas aplastadas contra el suelo y su ano mostrado a todo el auditorio.

Ganó el sorteo un señor de unos 55 años, gordo, calvo y bajo que se reía con sus dientes perfectos, esa perfección que sólo mucho dinero puede pagar.

Se subió al escenario y le ofrecieron una serie de artefactos, vibradores, aceites y lubricantes pero él no eligió ninguno, en cambio, sacó un encendedor de su bolsillo y lo mostró al público, que de inmediato reaccionó con avidez y a carcajadas. Ajustó la cabeza de la esclava a la argolla del piso, Llamó a dos esclavos que estaban postrados en cuatro esperando a ser utilizados y les ordenó que mantuvieran las nalgas de la chica bien abiertas. Prendió el encendedor y dirigió el fuego directamente al ano de la adolescente, cuando la llama se apagó y con los gritos de ella de fondo, metió todo el encendedor caliente en su ano, sin lubricantes ni dilatación de ningún tipo. La chica se desmayó y el público aplaudió complacido. Cuando despertó, la obligaron a que ella misma se sacara el encendedor del ano pero no hubo forma, sólo lo metió más adentro. Nunca se preguntó cómo se lo habrá sacado.

Su esclavita lleva un dispositivo en su vejiga que impide que salga pis a menos que su ama lo abra. El objetivo es que aprenda a controlar su orina de manera que pueda administrarla sólo dos veces por día.

A Clarita finalmente le llega el momento de perder su himen. Su ama la saca de la casa por primera vez, le pone un vestidito rosa con lunares blancos con un lindo y grande moño a la altura del cuello, una bombacha blanca y con voladitos, de niña, también con un gran moño y le hace dos trencitas. Es la primera vez que Clarita lleva ropa sobre su cuerpo. Clarita ya tuvo su primera menstruación y sus tetas empiezan a asomar en leves protuberancias que con ropa apenas se notan.

La sube a su coche y la lleva a una mansión en las afueras de la ciudad, donde la recibe un señor que le da un sobre y se la lleva. Su ama se va y por primera vez, Clarita está sola con otros humanos que no son su ama. La esclavita tiene un miedo instintivo pero no puede razonar. Al entrar la reciben un montón de señores y unas pocas señoras y ve lo que piensa que es un vibrador raro, pero es en realidad el pene de un hombre.

La ubican en una mesa boca arriba, le sacan toda la ropa y la dejan bien abierta de piernas, uno a uno va pasando y tocando su vagina, algunos pellizcan sus labios vaginales y una mujer se acerca y le lame el capuchón del clítoris, lo agarra con sus labios y lo succiona, cuando Clarita está por tener un orgasmo la mujer le pega con sus uñas directo en el clítoris. La niña llora y los presentes ríen. La dejan abierta y desnuda por tres horas a disposición de lo que quieran hacerle, no se la puede penetrar pero los invitados se las arreglan para divertirse igual.

Al cabo de tres horas, es el momento de perder el himen. Al señor que la alquiló se le ocurrieron unas ideas muy divertidas, aunque ninguna tan divertida como esta en particular.

Cuando todos los invitados estuvieron sentados y expectantes, los mozos y mozas esclavos de la casa pasearon desnudos a servir los bocadillos. Las mozas traían las bandejas colgadas de sus tetas, que atadas fuertemente con una soga, ya estaban moradas por la falta de oxígeno y el peso de la bandeja que llevaba botellas y copas. Un detalle divertido que se le ocurrió al señor fue ponerles unas pesas en la argolla del clítoris a la mitad de las esclavas, las pesas no colgaban pero las arrastraban por el piso, lo que hacía que el clítoris quedara particularmente deforme a la vista, y muy doloroso para la esclava. Los esclavos hombres tenían un cinturón de castidad que volvía muy doloroso cualquier tipo de erección.

Clarita temblaba de miedo en la mesa, y hacía bien. Al señor se le había ocurrido desvirgarla con un palo de amasar de madera, sin lubricación y sin preservativo. Se encargó primero de que estuviera totalmente seca. Para eso le pegó cinco latigazos en el clítoris y después de dejarla que se calme, agarró un hielo y lo mantuvo sobre el clítoris de la esclavita hasta que se derritió completamente. Finalmente, agarró sus bragas y las pasó por toda la vagina fuertemente, raspándola y haciéndola llorar nuevamente. Cuando su vagina estuvo completamente seca, agarró el palo de amasar y fue apretando de a poco mientras la chica se retorcía, con paciencia le abría los labios menores y mostraba el agujero de la vagina a la audiencia. Apenas notó que el himen se había rasgado y ante los llantos convulsionados de ella, hizo fuerza y lo metió hasta un cuarto de una sola vez. Para su sorpresa la chica no se desmayó, a pesar de la sangre que salía de su vagina y de su garganta ya sin voz de tanto gritar. Le dejó el palo adentro de la maltratada vagina y se dedicó a darle vueltas hasta que quedó perfectamente encastrado. Así terminaba la ruptura de himen de Clarita, a quien todavía le quedaba experimentar más dolores que partes del cuerpo que conocía. En la siguiente rutina se ocuparían de su ano, de su esfínter y de su estómago por dentro…

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2 comentarios sobre “Nacida para servir

  • el noviembre 28, 2019 a las 2:34 am
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    Es el primer relato que no fue de mi agrado y que no termino de leer.

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