Un relato de Incesto

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La amplia cama tenía una almohada negra y una colcha gris, Delilah estaba de lado sobre ella vestida con unas braguitas blancas y un top de seda con encajes, bragas y top eran de color blanco. Su mano izquierda acariciaba su teta izquierda y su mano derecha acariciaba su coño por encima de las bragas. Sus ojos estaban cerrados y de su boca salían dulces y casi silenciosos gemidos. Se sobresaltó al oír un pequeño ruido, se puso boca arriba y vio que su padre la estaba mirando. Miraba el escultural cuerpo de su hija, una preciosidad de metro setenta y cinco de estatura, que tenía los ojos azules, el cabello rubio y largo (recogido en ese momento), labios carnosos a la Jolie, con tetas grandes, cintura estrecha, caderas anchas. Delilah, muy seria, le dijo:

-¿Qué haces aquí, papa?

John, cuarentón, alto, rubio… Agraciado físicamente, le dijo:

-Venía a mirar cómo estabas.

-No debiste invadir mi intimidad, y menos no estando Jenny en casa (Jenny era su madrastra). ¡Márchate!

-¿Me dejas ver, hija?

-¿Ver, qué?

-Cómo te masturbas.

Delilah se enfadó.

-¡Vete!

John, que estaba en bata de casa, la abrió y sacó la polla, una polla gorda y descapullada, casi erecta.

-Deja que me masturbe viéndote.

-¡Vete!

John, se quitó la bata, y se arrodilló a los pies de la cama.

-Se lo voy a contar a Jenny. ¡Vete!

John, comenzó a menear la polla. Delilah veía cómo la piel subía y bajaba cubriendo y descubriendo el glande. Se mordió el labio inferior, pasó la lengua por los labios, y después le dijo:

-Para… Vete.

-Se buena, cariño.

-No, vete. Eres mi padre. ¿Estás bebido?.

-No, no estoy bebido. Soy tu padre, pero también soy un hombre.

-Que tiene una esposa que podría ser mi hermana y que te da todo el sexo que quieras.

La esposa y madrastra de Delilah, modelo de profesión, era rubia como ella, tenía los ojos azules cómo ella tenía 28 años (nueve más que Delilah) y un cuerpo perfecto. A Delilah no le caía bien. Pensaba que se casara con su padre por el dinero, ya que John era un empresario muy rico.

-Tú eres mi gran fantasía.

Delilah, ufana por las palabras que le había dicho su padre, mirando para la polla, volvió a llevar la mano a donde la tenía, y le preguntó:

-¿Tanto me deseas?

-Mucho más de lo que puedas imaginar, hija.

Delilah, que ya estaba cachonda antes de llegar su padre, al ver la polla se había calentado aún más, así que le dijo:

-No debía, pero voy a hacerlo, total acabarás por masturbarte tu solo…

John, cogió un alegrón.

-Eso es muy cierto, si no es contigo lo haré solo. Después de ver semejante monumento…

Salió la presumida que llevaba dentro.

-¿Tan buena crees que estoy, papá?

-Buena, no, lo siguiente.

-Me gusta que pienses eso de mi. Solo una cosa más… No me toques.

-¿Ni un poquito?

-Ni un poquito.

Poco después la actitud de Delilah, cambió. Tocándose por encima de las bragas y sonriendo, le preguntó:

-¿Me deseas más que a Jenny?

-Mucho más, hija, mucho más.

Delilah cerró los ojos y se siguió tocando. John, miraba para sus tetas y se moría por comerlas, pero tenía que hacer lo que quisiera su hija o la podía joder. Al rato, Delilah, abrió las piernas, John se acercó a ella y le puso el glande al lado de la mano, una mano con dedos largos y finos con uñas pintadas de negro. Le preguntó:

-¿Te excita ver cómo me masturbo, papa?

-Mucho -le tocó con la polla húmeda en los dedos-, muchísimo, hija.

A Delilah se le escondieron las pupilas y solo se le vio el blanco de sus ojos una fracción de segundo, luego los volvió a abrir, y suspiró mirando a su padre a los ojos. Así estuvieron más de cinco minutos, mirándose y masturbándose despacito, muy, muy despacito. Al final, los gemidos de Delilah le decían a John que ya estaba madura y la aguadilla que salía del meato de su padre le decían a ella que había puesto perro a su padre. Le preguntó:

-¿Quieres que me desnude, papá?

-Sí, hija, sí.

Delilah se quitó las bragas y el top. John vio sus tetas, grandes, duras como rocas, con enormes areolas rosadas y gordos pezones y su coño con una pequeña mata de pelo rubio. La muchacha abrió las piernas y acarició su coño con dos dedos. Sus pupilas volvieron a desaparecer y un suspiro salió de su boca, después dijo:

-Estoy muy mojada, papá.

Delilah mirando a su padre, sintiendo la polla mojada rozar sus dedos y masturbándose, gemía, se le cerraban los ojos, mordía el labio y de cuando en vez levantaba la pelvis como si se fuese a correr. John, le preguntó:

-¿Puede acariciar tus tetas?

-No, solo me podrás tocar con tu polla en mi panochita cuando te lo diga, -sonrío-, o sea, ahora.

Delilah retiró la mano del coño y John, muy lentamente, cómo si la polla estuviese besando los labios la frotó de abajo a arriba. Al llegar al clítoris, lo golpeó con ella. Delilah puso los ojos en blanco, después los cerró y gimió cómo si ya se fuese a correr, pero no, aún no se iba a correr… Una docena de veces se le pusieron los ojos en blanco con los golpecitos mientras jadeaba cómo una perrita. Sintiendo que no iba a durar, le dijo a su padre:

-Para, para que lo voy a estropear.

John, paró de jugar con la polla en el coño. Delilah volvió a masturbarse. Ahora iba más aprisa, miraba cómo su padre también aceleraba y gemía. Le preguntó:

-¿Estás listo, para darme tu leche, papá?

-Aún no, cariño.

Delilah dejó de tocarse el coño. Echó las manos a las tetas, y sin dejar de gemir, las magreo y jugó con sus pezones. John le volvió a pasar la polla por el coño. Ahora apretándola contra los labios… Le metió la puntita. Delila no quería ser penetrada.

-¡No! Así no, otro día lo haremos con penetración, papá.

Se la siguió frotando y llevando con ella los cremosos jugos que salían de su coño. Le volvió a meter la puntita, Delilah, exclamó:

-¡Oh, Dios!

Le cogió la polla a su padre y mirándolo a los ojos se la meneó. Luego la frotó en el clítoris. Sus gemidos ya eran escandalosos, John, le echó las manos a las tetas, Delilah, le preguntó:

-¿Te vas a correr, papá?

-Si, cielo.

Dejó la polla. Se volvió a masturbar el coño mirando a los ojos a su padre. Sus dedos volaron de abajo arriba y de arriba a abajo. John la sacudió la polla endiabladamente rápido. Ni un minuto tardó Delilah en coger la almohada con una mano apretarla y decir:

-¡Oh, God! ¡¡I´m gone cum!! O lo que es lo mismo: ¡Oh, Dios! ¡¡Me voy a correr!!

Un chorro de leche de John fue a para a una de sus tetas. A Delilah, viendo cómo la leche salía de la polla de su padre se le cerraron los ojos de golpe. Echó la cabeza hacia atrás, abrió la boca y jadeó cómo una perra mientras temblaba azotada por el placer. Cuando abrió los ojos para mirar a la cara a su padre, ya no vio nada… Sus ojos estaban en blanco.

Fueron dos corrida espectaculares. Cuando Delilah acabó, sonrió a su padre. John, le metió todo el glande dentro del coño, Delilah, lo quitó, y le dijo:

-Otro día, papá.

-Pero…

-Otro día. Así me cogerás con más ganas.

Quique.

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