Amaneciendo con el

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¿Cuánto tiempo llevaba contemplando la misma cara al despertarme?

Era temprano

Si, para mí, siempre era temprano.

Era el débito de un trabajo inmisericorde que, entre sus múltiples exigencias, exhibía esa despiadada obligación de levantarme a las cinco y media en punto.

Un sacrificio mejor o peor soportado que se compensaba por el inigualable privilegio de apagar el despertador, girarse y dar un beso al rostro completamente dormido de Vero.

A veces ella refunfuñaba, a veces esbozaba un apenas audible “te quiero”.

Pero respondiera como respondiera, me parecía siempre piadosa, tierna y sumamente hermosa.

Era abrir un ojo, contemplar y saber que, veinte años antes, di en el clavo.

Y eso que su manera de dormir no era precisamente la de un angelito.

Vero pernoctaba tensa, manteniendo siempre alguna fibra en estado de alerta.

Aun con esas, me resultaba imposible no enternecerme, no acercarme para besar su cuello, para susurrarle un “voy a pasarme el día echándote de menos”.

Abandonar a una mujer así, escapando a su calidez sobre el lecho, era el momento más cruel de cada jornada.

Luego venía el resto; fichar a las seis y media, agachar la cabeza, comenzar por los balances de compra-venta, apostar por la mercancía que intuyes es más provechosa, tirar de agenda para colocarla entre la clientela más fija, negociar, mejorar precio y condiciones, bajarte los pantalones cuando no hay manera, prometer asumir los costes de transporte, enfadarme cuando el asesor cuadra mal el IVA, hacer una parada para tomar café solo con doble de azúcar y una napolitana industrial ultracalórica, acudir al banco, saldar dos, tres, quince facturas, reclamar impagos, llamada a Vero para recordar que en el stress sobrevive alguien que la ama con locura, recibir un inesperado mensajito con diez mil emoticonos besucones, pelearme con un subalterno incompetente al que se aguanta por ser sobrino de alguien, adelantar agenda, proponer una hora a un cliente comercial para tratar de convencerle que nadie como nosotros…apurar las últimas fuerzas, suplicando porque sean las cinco en punto de la tarde.

Extenuado.

Tanto que, dentro del ascensor, del rellano al sexto piso, cerraba los ojos disfrutando del minuto y medio que se constituiría, en mi único pestañeo independiente de cada día.

Al abrir la puerta, mi hija pequeña sonríe a verme, con auténtica alegría, de oreja a oreja.

La mayor acude desde la cocina, con una rebanada de pan con crema de chocolate a medio tragar, tratando de explicarme que ese día, ha hecho un dibujo en el colegio del cual se siente especialmente orgullosa.

Vero se acerca, me besa, acaricia mi cuello, me mira con inocultable amor.

Ya no duele la espalda.

Ya no me acuerdo de la caries que me lleva tres días martilleando ni de que hoy fiché de salida con unas cuentas mal cuadradas.

Decidimos no salir y pasar la tarde juntos.

Juntos en nuestro paraíso.

Tomamos un café mientras los niños apuran la merienda.

Les ayudamos con sus deberes.

Nos contamos la jornada mientras preparamos la cena, la comida de mañana y la organización de toda una semana de colegios, obligaciones, citas médicas y actividades extraescolares.

Vero se enfurruña pues he dejado los calcetines tirados en el suelo.

Me callo.

Tiene razón.

Prometo ser más diligente mientras le acaricio el lóbulo.

Zalamero – sonríe mientras finge que se lo cree.

La beso y, aprovechando que a los niños nos los entretiene Bob Esponja, bajo la mano para palpar sus nalgas.

No es hora travieso – advierte con ese tono que, de fondo, agradece la galantería, el hecho de que tras dos décadas juntos, su marido la tiente a poco que se quedan solos.

Preparo empanada para cenar con la pequeña intentando llamar mi atención a base de lloros fingidos y zalamería exageradas.

Trato de explicarle que necesito algo de tranquilidad para cocinar ese plato que tanto le gusta.

Ella me mira con ojos devotos y persiste en el empeño.

Respiro hondo.

Hondo sí, pero sin mutar ese agobio por nada de este mundo.

Vero entra.

Lleva un rato observando la escena.

Entra, se acerca desde atrás con pasos de felino y me abraza.

¡Vaya padrazo estas hecho!

Cenamos sin apenas hablar.

Mientras masticamos y corregimos la indolencia de nuestros vástagos…”come con la boca cerrada, espabila que se enfría, mira que te dejo sin postre”…bajo la mesa, entrelazamos nuestros pies descalzos.

Recogemos y nos dividimos.

Ella acuesta a la pequeña.

Yo a por la grande.

Ninguno quiere.

Están visiblemente agotados pero utilizan mil triquiñuelas para resistirse.

Contamos un cuento, besamos, apaciguamos para que se sientan, bajo la oscuridad, seguros y protegidos.

No hay problemas.

Se duermen en diez minutos.

Es nuestro momento.

Me ducho.

Se ducha.

Cuando Vero sale del baño yo estoy ya en pijama, contemplando como se ha olvidado el albornoz y se ve obligada a pasear al otro lado de la habitación tal y como mis suegros la trajeron a este mundo.

Cuarenta años.

Cuarenta y uno en enero.

Pechos muy grandes, levemente caídos pero bamboleantes y de pezones grandes, mucho mayores que cuando nos conocimos.

Tripilla evidente, creciente pero aun bien parapetada.

Nalgas generosas, amparadas por esos dos paréntesis de devoción que son sus caderas.

Pubis abandonado, nada procurado, con algo más de vello del acostumbrado.

Muslos gruesos, con alguna venilla zigzagueante pero sosteniéndose en su largura.

No puedo ver sus pies pero sé de sobras que sus uñas están pintadas de rosa muy estridente y que, aunque de forma algo hombruna, conservan un “je na sai qua” irreprochablemente femenino.

Se pone con presteza el camisón y se mete casi de un salto entre mantas.

Uf que frio.

Se pega a mí para arrebatarme el calor.

Eso termina de concluir la faena de conseguir una erección de campeonato.

Cariño – la beso esta vez a tumba abierta, palpando todos los botoncitos a ver si, por una vez, me toca la lotería.

Deja tonto que estoy agotada – se ríe

Como buena mujer, le gustaba ser halagada.

Le gustaba sentirse aún capaz de provocar una erección como la mía en ese momento.

No ofendía el rechazo.

No soy hombre que ponga el peligro todo por primar la carne antes que el espíritu.

Con este, sumaban ya unos cuantos.

La besé con devota ternura.

Ella sonríe, suspira y hunde su barbilla en mi pecho.

Apenas tarde unos segundos en quedarse dormida.

Hoy hace ochenta y un días desde la última vez que nos gozamos.

Y esa última, extenuados, domingo de niños a punto de despertarse, consistió en un esparcimiento apresurado, plagado de palabras amorosas, carente de variedad y posturas, tratando de hacer lo que se sabía hacíamos bien para culminar pronto y aguardar a que un lloriqueo, un berrido, un “Mamaaaaaa” diera comienzo a la jornada.

Me consolaba recordando nuestra larga apoteosis sexual de en torno a catorce años.

Recordar como apenas estábamos juntos sacábamos una botella de vino, poníamos música a medio volumen y hablábamos durante horas postergando, intencionadamente, el momento de besarnos, de desnudarnos, de incrementar la pasión el deseo, hasta conseguir superar ese tono de locura que, en cuanto al sexo, hasta los más reprimidos poseen.

Entonces, solo entonces, cuando los corsés están destrozados, cuando los prejuicios, miedos y equívocos los has mandado a tomar por culo, solo entonces, ocurría todo.

Vero a cuatro patas, abriéndose las nalgas para facilitar el ser profundamente penetrada mientras giraba la cabeza y, con ojos inyectados en pecado, sacaba por boca frases que en su vida pública habría confesado pronunciar…”Azótame. Azótame fuerte cabrón. Que me duela el culo tanto como me derrites el coño”

Eran esos recuerdos y mi capacidad masturbadora lo que equilibraba mi asexuado matrimonio.

Sexo quebrado, irónicamente, justo en el momento en que mi amor por Vero se incrementaba hasta el punto, de que uno es incapaz de concebir la existencia junto a nadie que no sea ella.

Había sacrificado todo mi pastel vital por mis hijas y por Vero.

No tenía planes propios, mis amigos desconocían mi presencia y la soledad, como los yates o los cruceros en velero, se había transformado en un inalcanzable lujo.

Todo lo que mi minutero poseía, era invertido en un café junto a ella, una cena junto a ella, un tiempo para comprarle flores o regalos, un detalle, un acto devoto…

Y ella, más pragmática, menos romántica, daba a entender, a su manera, que yo era, igualmente, su único y todo.

Esa mirada enternecida, ese abrazo inesperado, el detalle de pasear descalza sin motivo alguno, delante de mis ojos, para mi propio y exclusivo agrado.

Veinte años con la sensación de desear otros veinte por delante, a poco que la salud respondiera.

Cinco en punto de la mañana.

Sueña el despertador.

Sueña porque llevo ya despierto un rato y soy yo quien lo desconecto.

“No me pagan horas extras” – maldigo antes de sacar los pies a la realidad del ambiente urbano.

Beso a Vero.

Ella ni se da cuenta.

Luego mandara un mensajito a modo de disculpas.

Tesoro.

Conduzco el coche por la avenida Primero de Mayo.

Es la principal del barrio aunque, a esas horas, somos un puñado de pringados los que la recorremos entre bostezos y deslumbramientos de luces largas.

Un semáforo se pone en rojo.

“Joder”

Allí aguardo, como un pasmarote, como un borrego aguardando a que una circulación inexistente vuelva a autorizar mi avance.

Una pareja noctámbula atraviesa entre arrumacos el paso de cebra.

Hay algo extraño.

Extraño por la disformidad de la pareja.

El, treinta, como mucho treinta y cinco.

Bien constituido, melena negra, mandíbula a cincel helenístico, cuerpo abultado y musculoso bajo una gabarra de las que cuestan lo suyo.

Ella en torno a los sesenta.

Ni fea ni guapa pero, desde luego, nada modosita.

Pongo la atención sobre su cara.

La cara.

Y trago saliva.

Incluso me tiemblan las piernas.

Suena un claxon.

El camión de la basura me obliga a regresar del ensimismamiento.

Luz verde, vía verde.

Llego a la empresa donde el jefe, tan beato del trabajo extra como yo, aguarda ya con los cafés humeando sobre la mesa.

Me nota nervioso..

¿Todo bien?

Si, si.

Acato con la jornada sin leyenda y con eficacia.

Incluso consigo arrinconar mi perturbación.

Hasta que, a la salida, lo veo aguardando al treinta y seis que lo llevará al barrio obrero donde lleva toda una vida echando los anises en la misma cantina.

Fermín – bajo la ventanilla – ¿Te hace un café y te llevo a casa?

Venga vale que hace un frío que jode lo suyo.

Fermín es el empleado ejemplar.

Cincuenta y seis años, cuarenta de vida laboral, casi todos en nuestra empresa.

Cumplidor hasta el detallismo, sin ganas de exigencias ni de causar problemas, sagaz y enérgico, sabedor de sus obligaciones aunque carente de propia iniciativa.

Máxima confianza.

Eso es lo que el bueno de Fermín…bajito, de brazos gruesos, leve tripa y calvo monacal pasaría perfectamente por ser un aldeano de los descritos por Delibes, de los de deshacer terruños a bocados.

Es de los pocos compañeros con los que, muy de vez en cuando, apetece compartir cerveza.

Eso es precisamente lo que Fermín pide.

Yo optó por un café con leche, más negro que blanco y, como siempre, doblemente azucarado.

Charlamos sobre temas banales.

Maneras de rodear la manera de afrontar el motivo que me ha llevado a convidarlo.

Así que, cuando Fermín decide pedir la segunda, antes de que el camarero la traiga, voy recto, y pico.

Fermín disculpa porque igual estoy equivocado pero esta mañana, viniendo al trabajo, en el cruce de San Andrés vi una pareja. No sé, de verdad que a lo mejor la farola iluminaba mal o andaba medio dormido, pero, me pareció que la mujer era Juana.

Mi compañero pareció quedarse absorto.

Lentamente su rostro se arrugó, entristeciéndose, pasando de roca a barro.

Es el precio – dijo.

¿Perdona?

El precio de amarla tanto. Mi Juana. El gran amor de toda mi asquerosa vida.

Callé.

Los hombres callan cuando un semejante, educado en la firmeza, en la templanza y esa hipócrita manera de afrontarse a sí mismos con una rudeza que en realidad no posee, se derrumba.

Fermín y Juana llevaban juntos desde los catorce años.

Juntos para todo y por todo.

Juntos para enamorarse, ilusionarse, desvirgarse, casarse, quedarse tres veces preñados, enterrar a todos sus padres, sostener mil peleas, mil y una reconciliaciones, comprarse un apartamento en Torremolinos, conocerse, aburrirse, reenamorarse, lucharse el uno, por el otro.

A Juana, la conocía de encuentros de calle y cenas de empresa.

Era una mujer de aparente vulgaridad física.

No desagradable eso no.

Pero poseía ese aire entre barriobajero y chabacano que lo mismo acabas amando, que detestando con todas tus fuerzas.

Corta de estatura y muy flaca, de pelo largo muy bien procurado y nariz algo aguileña.

Sus caderas debieron parir con dificultad, sus piernas necesitaban el doble para caminar la mitad dada la escasa largura y aquellas rodillas nudosas y arrugadas, terminaban convenciéndote de que su físico no era la cualidad a resaltar en ella.

En el otro lado era ser de gran sociabilidad, abierta, dicharachera, muy bromista, dada a los juegos, miradas y guiños confusos, sacando fértil provecho de su verdadero punto fuerte; esos dos ojos negros azabache promesa de todo lo que luego, su cuerpo no refrendaba.

Lo sabes…¿verdad? Tú lo sabes. Si lo sabes. Nadie lo ha sabido hasta ahora. Solo yo, ella y ellos, siempre ellos. Los otros. ¿Sabes?

No.

No sabía.

Y deseaba saber.

Algo en mi interior reclamaba cordura, reclamaba respeto hacia Fermín y su evidente desconsuelo.

Y algo, todavía más adentro de mí, reclamaba saciar su codicia de desgracia ajena.

“Una mañana me levanté, marché a trabajar, trabajé, regresé, entré en casa, nos dimos un beso y, mientras cenábamos comentando cualquier cosa, me di cuenta de hasta dónde nos amábamos….y que poco follábamos. Ella siempre inapetente, yo siempre cansado y los niños, adorables y absorbentes siempre exigentes, siempre robándonos algo. Me sentía agotado casi suplicante cada vez que me metía en la cama, de que Juana no tuviera ganas. Ella se sentía torpe, inapetente, insatisfactoria para mí. Ella, que en ese sentido, era mi único astro.

No te preocupes.

Por mucho que ella me lo repetía, no podía evitar preocuparme.

¿Por qué si nuestros trabajos nos eran gratos y nuestro matrimonio una piscina dichosa, el deseo no acudía de manera natural?

Como cuando teníamos veinticinco años.

No te preocupes – eso era lo más erótico que escuché de ella durante casi tres años.

Tres años y nueve veces.

Nueve.

Y en cada una de aquella veces, su cuerpo me parecía tan apetecible, sus ojos tan intensos y su amor tan sincero como cuando nos conocimos.

Me amaba tanto.

Y se notaba tanto.

Así que dejé de preocuparme.

Hasta que la espalda quebró una mañana.

Era la quinceava caja de diez kilos de patata argentina y mis costillas dijeron basta.

El “crack” se escuchó en toda la nave.

Incluso tuve que echarme al suelo, atosigado por el mareo.

Hizo “crack” por la edad, por la dureza, por el stress, por lo que fuera.

En todo caso, desde entonces, no hay un solo día en que, una leve punzada de mis riñones, no me recuerde ese puto “crack”.

No dejé que me acompañaran.

Yo no era un lisiado.

El camino de vuelta a casa lo hice solo.

Muerto de dolor.

Pero solo.

Hice bien.

Hice bien porque, media hora después de entrar, sentado en el borde de nuestro lecho, con la cabeza aplastada entre mis menos encrespadas, lloriqueaba como un niño.

Juana, desnuda y de rodillas, trataba de abrazarme con todas sus fuerzas.

Perdóname mi amor, perdóname, perdóname – ella me atrapaba, me atesoraba entre sus nervios casi con inquina, agarrando entre su piel mi dolor y mis hipidos. Ya no me dolía la espalda.

¿Por qué me haces esto Juana? Yo te amo. ¡Yo te amo!

No lo sé, no lo sé. De verdad no lo sé – sus lágrimas eran tan, pero tan grandes que ocupaban gran parte de sus casi inexistentes carrillos.

El chaval, tan escuchimizado como ella, había hecho fuga tratando con torpeza de ponerse los calzoncillos bajo una camiseta descolorida.

El chico, diecinueve o veinte a los sumo, era uno de sus alumnos de francés en la academia.

Es un crío Juana.

Lo sé – reconoció.

¿Pero qué te ofrece el para arriesgarlo todo? Mi amor, mi vida…!te lo di todo! ¡Todo! – traté de represar esa frase cariñosa. En realidad no debí decir amor. Debí tratarla de puta lastimera.

Ella fue tajante.

Aun llorando como yo, aun temblando como yo, aun rota….como yo.

Tajante.

Lo necesito. Necesito lo que me da. Necesito lo que me das.

No quise saber más.

No pregunté más.

No lo soporté más.

Escapé, marché al hotel más alejado, a la otra punta de la ciudad.

Pasé la noche en vela, recibiendo cada quince, veinte, treinta minutos sus mensajes….”Perdóname….perdóname….mi amor vuelve”

Estuve tentado de telefonear a mi amigo Pascual, abogado matrimonialista, para plantearle un divorcio largo y sádico.

En toda regla.

Organizar una carnicería conyugal con todas las víctimas que cayeran.

Que se supiera en todo el barrio.

Juana Bernal era una soberana puta.

Pero, en lugar de ello ocurrió algo que jamás imaginé y para lo cual, ninguno de los dos hemos sido educados.

Me la imaginé desnuda, con las piernas abiertas de par en par.

Sus pies apuntando el techo y su cara mortificada por el placer, acogiendo las embestidas rápidas, fulgurantes, salvajes, del saco de huesos mocoso que se la había follado.

Y me sorprendí.

Me sorprendió la erección, me sorprendió la excitación, me sorprendió planear el divorcio más doloroso imaginable, al tiempo que me masturbaba compulsivamente imaginando la leche de aquel imbécil desgarbado, inundando el coño de zorra de mi señora.

A los cinco minutos de eyacular, me quedó dormido, en un remanso de paz, agotado, increíblemente satisfecho.

Como un niño o un pecador reconciliado consigo mismo.

A la mañana siguiente, frente a la puerta de nuestro hogar, revisé uno detrás de otro todos los mensajes que Juana había, en una noche para ella de insomnio, enviado…”Perdóname, Eres mi amor, piensa en todo lo vivido”

No leí una promesa de no volver a hacerlo, un reconocimiento de su gran error o un, solo fue un desliz sin importancia.

¿No te arrepientes verdad? – le solté a la cara en cuanto esta, con los ojos hinchados y el gesto demacrado apareció tras la puerta de la cocina.

Te dije que necesitaba lo que Carlos me daba.

¿Y qué te da que no pueda darte yo? – cogí su mano y la llevé a mi miembro. Ella, intuitivamente, lo aferró sin hacerle ningún asco.

Novedad – frotó con fuerza – Salvajismo – asió los testículos – Salvajismo imprevisto. Con él nunca se cómo acaba la cosa. Y eso – llevó mi mano hacia la parte de tela de su camisón que le cubría la entrepierna – eso me pone muy cachonda.

Es nos puede conducir al divorcio Juana – advertí meciendo sutilmente los dedos.

Lo sé – sus ojos se cerraron – Pero no puedo…uf….no podré evitarlo.

¿Cuánto tiempo llevas con este juego amor?

Es el primero. Lo juuuro.

¿Debo creerte?

Él no es como tú – pareció no escuchar la pregunta – Nada le preocupa, nada le atosiga. En la cama no hay hipotecas, desconchados del pasillo, nóminas cortas, suegras quisquillosas ni averías del wifi. Con el solo esta….esta…

Dilo.

Esta….

Dilo cielo.

Esta él y su larga polla. Con Carlos no hay chanza. Deseo esa polla. L deseo dentro de mi boca, la deseo sobre mí y, sobre todo, la deseo hincándose en mi coño hasta las entrañas, hasta donde más me encloquece. Porque me enloquece Fermín. Solo pensar en su manera de fornicarme, de hacerme correr, de follarme como un trozo de carne….me vuelvo loca.

Y se humedeció.

Se humedeció mientras lloraba.

Y yo me excité.

Me excité mientras lloraba.

Porque al acercarme, interrumpiendo aquel peligroso juego, solo supe abrazarla.

Ni pegarle, ni insultarle, ni definirla despiadadamente.

Abrazarla.

Perdóname mi amor, perdóname. No puedo evitarlo. Os necesito. Os necesito a ambos.

Al día siguiente, seguía casado.

Y a la semana siguiente.

Y un mes más tarde.

Cada jueves, a las once en punto de la mañana, repasando la orden de cumplidos matinales, no podía evitar levantar la cabeza y permanecer, como un pasmarote, mirando al vacío, sabiendo que en ese mismo instante, mientras yo me ganaba los mil trescientos ochenta euros mensuales, un desconocido estaría penetrando a mi mujer en la misma cama donde yo me acostaría, solo para dormir, doce horas más tarde.

En ocasiones el nerviosismo me dominaba de tal forma, que no quedaba otra que escaparme al cuarto de baño para masturbarme.

En ocasiones, lo reconozco, algunos jueves, antes de marchar, le pedía a Juana que no cambiara las sábanas luego de su adulterio.

Quería olerlo.

Quería averiguar la razón de su constante caída.

Cada jueves, a las once en punto de la noche, Juana me abrazaba, me besaba, me sobrepasaba con esa especie de entrega sincera e infinita.

Juntos.

Juntos continuamos.

Juntos con los niños, las comidas de domingo en familia, los fines de semana playeros, los cursos de salsa.

Juntos, prodigándonos un inmenso cariño.

Un cariño que, en mi sentía, en ella veía, se nos iba, día a día acrecentando.

A pesar de los jueves, a las once en punto de la mañana.

¿Jugar?

Jugábamos.

Y mucho.

Pero nuestra vida sexual pasó de intensa a tierna, de apasionada a romántica, de carnal, sublime, ardorosa a interconectada menos con la polla que con la mirada.

La amaba cada día más.

La amo cada día más.

Cuando Juana me montaba, con lentitud, con sabiduría en los movimientos de sus caderas, me sentía más apresado por la intensidad de sus miradas, que por la fogosidad de nuestros orgasmos.

Mi vida – decía siempre que se quedaba tendida sobre mí – Mi vida cuanto puedo llegar a quererte.

Yo enredaba mis dedos entre sus cabellos rubio alambre, inmaculadamente teñidos.

¡Dios como la quería!

Solo que mi vida sexual evolucionaba de contar con ella para todo, a contar tan solo con mi imaginación…y yo mismo.

Y en mi imaginación, Juana se topaba con multitud de situaciones morbosas, arriesgadas, grotescas, pornográficas en posiciones indescriptibles.

Y yo me corría siempre satisfecho pues en mi mente, Juana siempre coordinaba su eyaculación con la mía.

Comencé a encontrar el verdadero placer, en la realidad de saber que ella, se acostaba con otros.

¿Otros? Carlos…¿no era el del paso peatones?

¿Carlos?

El chaval desapareció de la cama, de la academia y de la vida de Juana convencido que me presentaría frente al portal de sus padres con una espada en la mano.

El de ahora se llama Rubén….un doble vida.

Policía de treinta años de inmaculado expediente, miembro de los cuerpos especiales, con novia beata desde los tiempos del Clearasil.

Eso de mañanas.

De noche resulta ser un asiduo a clubs liberales, a la variedad y a las rayas de coca esnifadas sobre los muslos de Juana.

Pero…¿Cómo puedes aceptar una situación así? Tan manso.

Por el amor infinito y por aquel inesperado jueves con su segundo.

Se llamaba Alberto y lo conoció en una cena de empresa al año de que escapara Carlos.

No, no era un compañero de trabajo.

Ella nunca mezcla bragas y nómina.

Alberto mezclaba cocktails en el local donde lo celebraron.

Hubo entre ellos una especie de guiño.

El que Alberto le lanzó preparándole un margarita y el que Juana le regaló, incluyendo sutil caricia de dedos, cuando recogió el vaso.

Esa misma noche, Juana fingió marchar a casa y el terminó por abrirle la puerta trasera del local en cuanto echaron el pestillo.

No llegaron a ninguna cama.

Se la folló sobre una fila de cajas de Coca Cola que tintineaban con cada mecida.

Ella me lo contaba todo, sin omitir detalle alguno, describiendo minuciosamente cada pelo que tragaba, cada señal que el dejaba sobre su piel.

Yo no sabía si se adornaba o no.

Hasta aquel jueves en que decidí verlo por mí mismo.

Jueves, once de la mañana.

Maritalmente estaba en el trabajo.

Laboralmente cogí día de asuntos propios.

No mentí.

Aquello era un asunto muy propio.

Ella regresó pronto de la academia.

Venía con él.

Escondido bajo la cama del menor de nuestros hijos, que a esas horas peleaba contra el bachillerato, los escuchaba hablar.

El, vozarrón vizcaíno.

Ella, recurriendo a frases saturadas de intención.

¿Te has puesto tan guapo para que te arranque la ropa a bocados?

Esto sí que es guapo – escuché un cachete sin duda estampando en la nalga de Juana.

Hablar, hablaron más bien poco.

Había dejado la puerta abierta para facilitar el sonido de sus besos, de los suspiros largos de los…”Joder Alberto que polla marcas allá abajo”

Empezaron a llegar los evidentes sonidos de una felación, practicada en el pasillo principal del piso….los gemidos de él, la ensalivada boca de ella.

Ella, seguramente, aun vestida.

Descalza no cabe duda.

Eso de arrear los zapatos a la otra esquina era un gesto automático apenas cruzaba la puerta.

El, con los pantalones o la bragueta bajada.

Agggg pero que puta estas hecha maestra – recalcó intencionadamente la profesión de mi esposa.

Eeeeeee…que las instructoras somos todas, unas guarras reprimidas – y retornó de inmediato a ejercer de feladora.

Alberto debía de verse apurado.

Para evitar derramarse donde y cuando no quería, tiró de mi mujer hasta obligarla a fundirse en un beso lascivo.

Se escuchaba el beso y el ruido de su ropa, pieza a pieza desprendida…un calcetín en el descansillo, una falda en el suelo entarimado, sus pantalones justo en el zaguán de entrada a la habitación donde yo me ocultaba.

Una camiseta estampada modelo hawaiana volando para parar a saber dónde.

Llevaba toda la mañana deseando quitarte esa horterada – dijo Juana.

Me la pongo siempre para que me la arranquen rápido.

Ummmmm…¿Cuántas te habrás follado esta semana?

Me guardo todo lo de aquí para ti.

Ogggg tienes los huevos duros. Bien cargados.

No aprietes tanto que de gusto casi me corro.

De eso nada. Tú te correrás aquí dentro – imaginaba a Juana dirigiendo la mano de su amante por debajo de sus bragas.

La cama, King Size metida con calzador en una habitación principal de barrio obrero, aguantó bien el empentón de los dos amantes dejándose caer sobre ella a plomo.

Permití que se apasionaran a conciencia, que se olvidaran del entorno.

Solo cuando los gemidos de Juana, acogían a creciente ritmo los lametones de Alberto en su coñito, solo entonces, nerviosamente, me arrastré temblando fueran de mi escondrijo.

La ventaja del explorador que conoce bien el terreno que pisa, fue, en mi caso, escoger con premeditación una esquina, un ángulo vivo para mí gracias al espejo del frontal de armario, pero muerto para ellos.

Viendo sin ser visto.

Al menos en parte.

Porque desde donde yo estaba podía contemplar los pies de Juana, clavando los talones entre los omoplatos de su amante mientras este, aplicaba toda su docencia sobre el mismo lugar donde mis tres hijos fueron paridos.

Siiiii – Juana esbozaba unos sies largos y tensos, retenidos, compactos- Ooggg siiiiii.

Nunca había escuchado algo parecido.

Nunca mis tímpanos se habían deleitado oyendo el chapoteo de su vagina, completamente humedecida, mezclados sus jugos con la saliva de quien la estaba engullendo.

Tras tantos años juntos, el lubricante formaba ya parte del neceser de mesilla.

Era evidente que aquello no era consecuencia de la edad ni de la menopausia.

Su apatía era la ausencia de novedad, la pereza sexual que yo le generaba.

Alberto fertilizaba de lubricante natural el coñito de Juana y la prueba, era la manera con que hincaba sus pies en la ancha espalda de su amante, retorciéndose con cada lametón, con cara suspiro directamente dirigido al clítoris.

El chico, que no ofrecía cara, exhibía no obstante glúteos de diez kilómetros diarios y una musculatura natural, innata, de poco gimnasio, entrenada al aire libre, meticulosamente exfoliada, depilada, engrasada.

Pensé en que jamás me había depilado y que todo lo que paraba de mi cintura hasta los talones, era una apoteosis de la naturalidad misma, del abandono, de pelos más o menos largos o canosos, todos ellos olvidados y enrizados unos con otros.

No me extrañaba pues que a mi…

Alberto como me comes el coño joderrrr

…no me dijera semejantes cosas.

Entre los crecientes gritos de Juana, también era capaz de escuchar los suspiros graves y varoniles de su amante pero no descubrir su cabeza pues parte de la esquina tapaba todo lo que hubiera desde sus riñones hasta la cabecera de la cama.

Hubiera pagado lo que fuera por deleitarme con la cara de Juana, por averiguar la técnica que aquel ser desplegaba para provocar esos movimientos pélvicos casi dolorosos, en busca de su lengua.

Métemela joder, métemela no aguanto más.

Alberto no era yo.

Eso quedó claro.

En lugar de obedecer sumisamente, suplicante, casi humillado, el chico se incorporó de rodillas sobre el lecho.

Fue la primera vez que pude verlo.

Sus brazos, hercúleos, resultaban algo sobredimensionados para mi gusto aunque la verdad, los míos, parecían una oda a la flacidez, un monumento al “me apunto al gimnasio después del verano”.

Un llamativo tatuaje con forma de telaraña ascendía desde el bíceps derechos, extendiéndose hacia el hombro, el cuello, el pectoral y el omoplato, produciendo un embaucador efecto entre lo atractivo y lo rechazable, entre lo rebelde, lo temible y maligno.

Su cuello exhibía una testa propia de Fidias, equilibrada, bien gestada, extremadamente varonil, de nasal ligeramente grande y melena generosa, abundante, sin una sola hebra blanca visible desde aquella distancia.

Daba percepción de energía salvaje e inagotable.

Esa posición y distancia me impidieron ver otras diferencias que ansiaba.

¡Qué le vamos a hacer!

Los hombres somos así.

Siempre tendemos a pensar que cuando una mujer se mete entre las piernas a un hombre, lo hace solo por cuestión de catar un tamaño y gordura diferentes.

¿Cuánto te mide?

Eso es lo que nos preguntamos desde los doce o trece años.

Y aunque la edad hace ganar en discreción, con el medio siglo, todavía seguimos curioseando sobre ello.

Las mujeres pueden desear esa diferencia en concreto sí, pero solo durante la porción final de la tarta.

Una tarta que incluye ingredientes de buen físico, sentido del humor, conversación inteligente, saber estar, olor corporal, presencia, sociabilidad, cultura general.

Una especie de equilibrio entre la sensatez externa y el puterío privado que, evidentemente, para mi mujer Alberto encajaba con maestría.

Y el maestro se detuvo un segundo para, brazos en jarra, contemplar la desnudez de Juana extendida sobre la cama.

En esas sonrió con suficiencia.

Sonrisa pícara, satisfecha, bien pagada consigo misma.

Aquella señora cincuentona se le estaba entregando sumisa, dispuesta a todo para que le hiciera lo que le iba a hacer.

Pero, en lugar de actuar como Fermín, abalanzándose para dárselo en cuatro o cinco minutos, se hizo a un lado, colocando la palma de su mano sobre el pubis de Juana e, imagino, los labios sobre sus pequeños pechos, iniciando un movimiento sincronizado entre los dedos sobre la vagina, y la lengua sobre los pezones.

Mi esposa gemía histriónicamente.

No podía verlo pero supongo que intentaría amortiguar sus gritos de placer chupándosela para devolver a su amante, unos gramos del placer que le estaba proporcionando.

Nunca habíamos ni aun hemos hecho eso.

Mis dedos sirven para acariciar, para firmar hipotecas, incluso para escribirle algún torpe pero sincero poema.

Pero no para provocar que mi Juana me la fele al tiempo que los utilizo para masturbarla.

Los gemidos no pudieron represarse y, finalmente, se descontrolaron.

Podía sentirse a un Alberto gozoso pero, más que por tener la polla dentro de la boca de una mujer como Juana, lo hacía por la sensación de absoluto dominio que parecía ejercer sobre ella.

Un cuarto de hora más tarde dio por concluida la faena y, asiendo la cara de Juana con cierto ensañamiento, la forzó a besarle con rabia mientras con gesto decisorio, se colocaba sobre ella.

Una ella que se abrió gustosamente de piernas, supongo que en V, tan alzadas que desaparecieron del ángulo visual, dejando ver las enormes piernas del chaval y su culo, aquellos dos glúteos trazados sin mácula alguna.

Mis retinas se dilataron para captar cada microsegundo.

Un microsegundo que se estaba postergando.

Uffff Alberto que diablo.

Parecía haber dispuesto su miembro justo a la entrada, acariciando, arriba, abajo los labios hasta derretirlos todavía más de lo que ya estaban.

Hombre y amante paciente, travieso, juguetón y entregado al noble arte de dar placer.

Juana pareció confiar en que aquella diablura duraría algo más hasta que, Alberto, sabiendo exactamente cuando ella mecería las caderas en su busca, la penetró recurriendo a una lenta pero intensa tacada.

Agggggggggggg

Todas las terminaciones nerviosas de Juana, hipersensibles en su entrepierna, se estremecieron, extendiendo dicha sensación por cada una de las millones de células de su anatomía.

Y, de nuevo, la tortura.

Cuando tocó fondo tras un largo gruñido ella, permaneció allí, intencionadamente detenido.

Haz que palpite dentro…haz que palpite por DIosssssss

No había mecido de cama.

No había empentones sádicos.

Alberto se limitaba a hacer latir, voluntariamente, pum, pum, pum, pum, su polla en el interior del humedecido coñito de mi esposa.

Por favor, por favor, por favor me mueroooo ogggg

Y entonces lo vi.

Entonces sí que comenzó todo.

Alberto lo extrajo rápidamente y volvió a apretar sus glúteos iniciando un vaivén vertiginoso, resuelto, mortíferamente placentero, incentivado más y más con los gritos encabritados de Juana con cada vez una de aquellas embestidas.

Era un copulador alfa sin cortapisas, sin vergüenzas ni fronteras, capaz de sostener un ritmo, para mi inalcanzable, durante diez minutos intensísimos.

Salió hizo un gesto afilado dando la vuelta a mi señora, la acercó al borde de la cama, le hizo apoyar los pies en el suelo y el resto del cuerpo extendido sobre el lecho, con el trasero alzado pues la estatura de Juana, obligaba a que se pusiera de puntillas al máximo de su elasticidad.

Parecía apoyarse en un dificultoso equilibrio, sobre sus maravillosas uñas pintadas de rosa.

Entonces contemplé todo en su verdadera esencia.

Alberto hizo un quiebro, agachándose para facilitar el acoplamiento.

Al hacerlo, asió su miembro para empezar a rozar de nuevo los labios e ir, perezosamente, encontrando su hueco.

Unos movimientos magistrales que transportaban a Juana, al borde mismo del enloquecimiento.

Por Dios Alberto métela de una asquerosa vez.

Aquella liturgia favoreció el que, por vez primera, viera su miembro.

Y salí sorprendido.

Sorprendido de no topar un mastodonte.

Era grueso, mucho desde luego, de un moreno casi negroide y extremadamente venoso.

Pero, en longitud, nada debía envidiar la propia.

Claro que una cosa era el arma, levemente superior en calidad la de Alberto y otra la capacidad y habilidad con que este sabía manejarla.

En ese terreno, Alberto resultaba ser titánico.

Con un sutil movimiento volvió a ejercer el muy pasional arte de la penetración.

Esta vez, sin pausas.

Meter y bombear.

Nunca imaginé que el trasero de mi mujer resultara visualmente, tan adiposo.

Juana era flaca.

Flaca sana, nervuda y carismática.

Pero alzado y siendo intensamente penetrado, semejaba la hermosura de un trasero venezolano, bamboleando hacia la cabeza esa ola grasa que generaba cada reventón de la cadera de Alberto contra ello.

Un reventón a ritmo creciente aderezado por el escándalo, intensamente sexual de los gritos de ella, los bufidos de él y el ambiente de depravada copula.

¿Cómo podía Alberto ser capaz de aguantar aquella sesión tan intensa?

¿Cómo era capaz Juana de gritar aquellas expresiones tan soeces?

Ooooo me matas cabron me matas dame joder dame ufff tu puta madre como follas.

Y el daba.

Daba con cara enrojecida aunque, pero controlada, seria, valiente, como si se concentrara en el trabajo eficaz y profesional que estaba realizando.

Había empentones tan sádicos, que Juana se alzaba totalmente del suelo, quedando durante una décima en el aire, cayendo justo en el instante en que su querido le daba la siguiente, incrementando su placer y la sensación de ser profundamente fundida.

Los dedos de Alberto se aferraron, incrustándose y amoldando las nalgas de su agraciada.

Solo entonces, observé como apretaba los dientes, arrugaba la nariz, abría los ojos y, aun más si era posible, se ensañaba con el coñito de Juana quien, a punto de derrengarse apuntaba los pies todavía más fruto del salvaje orgasmo que la poseía.

Durante tres o cuatro minutos más estuvo apretándose, desahogándose, corriéndose dentro, incentivando el sonido de chapoteo, entregados uno a vaciarse y la otra a sentir como se vaciaban dentro de sus entrañas.

Momentos eclécticos, distraídos que aproveché para regresar a mi cubículo sin que se percataran, como si yo fuera ladrón, sorprendido en su propia casa.

Escuche el desacoplamiento.

Escuche como se acomodaban recuperando, entre bufidos, el resuello.

Madre mía que marcha tienes Juana.

Bufffff como me han venido.

¿Plural?

Tres si conté bien.

Ummmm no te las des de más…dos…pero muy intensos. Este último…casi me desmayo.

Siguió un largo silencio.

Sin duda ambos se quedaron adormilados, acaramelados por esa sensación dulce y relajada de envuelve a quienes se han gozado.

Ummmm

Alberto se estiraba.

La verdad, yo no podría estar con alguien que no supiera follarme como lo hemos hecho.

¿A qué te refieres? –Juana parecía mosqueada.

Si alguien no me pusiera los ojos haciendo chiribitas como tu hace un rato al menos una vez al día…

¿Tu novia lo hace?

Mi novia cuando folla, parece estar rezando. Lo que quiero decir es que no sé cómo no te has divorciado. ¿Cuánto llevas? ¿Vente años soportando que la cosa acabe en cinco minutos?

Con el me he corrido siempre. No tan intenso desde luego, pero siempre ha sabido…

¿Dejarte satisfecha? Entonces ¿Qué haces conmigo en esta cama?

Oye niñato ¿alguna vez has hecho con esa niñata que tienes por novia planes más allá del próximo polvo? ¿Alguna vez has visto a tu pareja llorar el día en que le dices que esperáis vuestro primer hijo? ¿Alguna vez te has puesto enfermo y no se ha separado de ti al tiempo que procuraba por los niños o la casa? ¿Alguna vez has tenido la certeza de que el mundo sigue en pie en medio del peor vendaval tan solo cuando lo sientes entrar por la puerta? ¿Alguna vez tienes un problema y sabes que tu pareja no tiene la solución pero si el consuelo? ¿Alguna vez has sabido, en medio de la peor discusión, que discutes con la persona adecuada? ¿Alguna vez te ha faltado el aire tan solo con imaginar que te levantas y no está a tu lado?

Hubo un instante de silencio.

Las lágrimas no hacen ruido.

Si no las dos gordas que corrían por mis mejillas habrían hecho gran escandalera.

Todo lo que quieras chata, pero él no tiene esta polla.

Definitivamente, el affaire con Alberto, era meramente sexual.

Nunca más volví a sentir curiosidad por quien, como y cuando.

De aquella experiencia, supe que ella buscaba lo que yo no era capaz de darle.

Tipos como Alberto llenan un vaso…pero nosotros somos el manantial que las hace sentirse amadas y seguras.

Asumí mi papel.

Y los tipos que fueron pasando por su vida, tres o cuatro más no lo recuerdo, asumieron el suyo.

¿Y tú no te diste capricho? Sería lo justo.

Juana lo propuso para que voy a mentirte. Yo, sin embargo, no es que este asexuado. Solo que he encontrado aunque te cueste creerlo, cierto equilibrio en estas cosas. Lo único que te pido, es discreción. Si no, puedes hacernos mucho daño. Al fin y al cabo, nuestras circunstancias no son únicas y esto le puede pasar a cualquiera.

Ese “cualquier” resonaba en mi mente conduciendo de regreso a casa.

Pensaba en Vero y en la enorme fortuna que para un bandarra como yo, había sido terminar a su lado.

Pensaba en la inmensa felicidad que desde que comenzamos a caminar juntos, nos había embargado.

¿Peleas? Muchas

¿Diferencias? Incontables

Pero la sensación de estar luchando por sacar adelante algo verdaderamente importante, junto a la aliada adecuada, en la etapa adecuada, siempre había sido una constante.

Tan solo nos faltaba recuperar nuestro hueco, nuestro instante, toda la pasión que el trabajo, la crianza, la familia y las obligaciones nos había ido restando.

Aparcando el coche, recordé el “Garmo” aquel restaurante de carta original y minutas mareantes al que la llevé en nuestra primera cita, cuando la quise impresionar terminando poco menos que lavando los platos.

Seguía abierto y en el mismo sitio.

Reservaría para la semana siguiente, un sábado que pudieran socorrernos nuestros suegros.

Abril el portal, esquivar a una vecina cotilla, falsa y peligrosa, meterme en el ascensor.

¿Cómo se llamaba el hotelito aquel de la carretera gallega?

¿“El Ciervo” “El Corzo”?

Creo que era algo así…en todo caso reservaré para ese mismo día.

Allí nos escapábamos aun de novios, cuando no teníamos nuestro espacio.

Allí disfrutábamos de nuestros quince metros cuadrados para largas sesiones de miradas con sexo o sexo con miradas.

Recuperarnos sí.

En eso y en dos entradas para Fito, su favorito entre los favoritos, pensaba al abrirse la puerta del ascensor.

Cena, Fito, un hueco exclusivo y privado…darnos placer como antaño para volver a tener aquello que tuvimos.

Si, introduje la llave en la cerradura….si volvemos a devorarnos con los ojos, entre lo que recuperemos y lo que hemos conseguido, se redondeará el placer de tenernos el uno al…

¡Azótame. Azótame fuerte cabrón. Que me duela el culo tanto como me derrites el coño!

Tarde – pensé con las piernas temblando, dejando que los gritos de Vero se extendieran por todo el hueco de la escalera – Llegas tarde.

Y caminé para llorar como un niño, sentado en el borde de nuestro lecho.

Sígueme en instagram: @babykarelvis

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