Me rompieron el culo

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Habíamos bebido mucho en el almuerzo, estábamos un poco pasados de alcohol ,yo al menos. Y encima muy caliente. Apenas entramos en la habitación le besé restregándome vencida contra mi marido, mi lengua le abrió la boca para meterse buscona hasta encontrar la suya que tardó en responder. Cuando lo hizo, se convirtió en un beso ansioso, exigente, cargado de vicio y lujuria.

– Eres una niña viciosa- me susurró al oído.

Y lo parecía, con deportivas, un jean elastizado azul claro, que se me pegaba como una segunda piel, una remera blanca, sin corpiño, con una campera azul oscura y el detalle final : una gorra negra de jugador de beisbol, que me cubría el pelo cortado a lo paje. Podían echarme apenas veinte en vez de mis cuarenta.

Le mordí el labio inferior y le contesté: – Muy …muy viciosa para su macho.

Tenía ganas de una cogida un poco diferente, con algo de show y perversión. Pegada, moviéndome contra Santiago, con mi muslo contra su polla que empezaba a ponerse dura, recorrí con la mirada la habitación del hotel, buscando como montar el escenario. Me hice el guión en apenas unos segundos. Chupeteando su cara le fui empujando hasta un pequeño sillón.

– Sentate y mira a tu hembra- me retiré apenas unos pasos, parándome ante él. Me quité la campera, mis pezones se marcaban bajo el algodón de la camiseta blanca.

Puse la radio, los sones caribeños inundaron la habitación. Moviéndome a su ritmo me solté las deportivas, quedé en calcetines blancos, le besé apoyando mis tetas en la parte alta de su pecho. Fui hacia la heladera, puse hielo un vaso bajo, vertí en él una botella pequeña de ron y tomé una botella de agua. Volví ante mi marido. Sonreí coqueta y le di el ron .

– No lo bebas de un trago …quiero que …dure un poco.

Dio un sorbo mientras yo abría el agua y tomaba un trago a morro dejando que me cayera por la barbilla y me mojara la remera. Mi excitación y el agua fría pusieron más rígidos mis pezones, mis pechos quedaron transparentados bajo el algodón. Me los acaricié despacio, pellizcando las puntas erectas.

Cuando me acerqué para volver a besarle, y con una mano recorrí su muslo comprobé que ya la tenía dura.

– ¿ Te gusta la nena que tenés para la tarde?- mi voz sonaba ronca, excitada.

– Si…sigue. – una sonrisa curvó sus boca cuando añadió- Haz que me ponga burro.

– Tus deseos son órdenes.

Me giré moviendo el culo ante su vista. Sé que tengo una cola muy linda, dura, redondita, marcada sin llegar a ser culona. Y solté el botón del jean, luego, sin dejar de cimbrear bajé la cremallera y volví para quedar ante él, con el pantalón abierto dejando mi vientre al aire, la tanga quedaba oculta por el borde de la prenda, con los pechos marcados era una imagen digna de un anuncio . Fui bajando el vaquero, al hacerlo despacio , moviéndome como una serpiente que muda de piel, al ritmo de la música, era una invitación a lo que él hizo. Tiró de mí hasta que caí sobre él. Sus manos buscaron mis tetas, las apretó y sin soltarlas me obligó a girarme para que me quedara sentada sobre sus piernas. Restregué mis nalgas contra su pija dura y retenida bajo su ropa. Me chupó el cuello, sentí su lengua recorrer mi carne, mordisqueó mi oreja mientras me susurraba:

– ¡Golfa!

Me levanté de sus piernas, contoneándome fui a la mesilla, allí estaban la caja de puros, saqué uno, era un cigarro mediano, los había gordos y grandes, pero si lo fumaba tardaríamos mucho en coger, así que elegí un montecristo del 3. Sonreí con picardía, le di la espalda y me bajé la bombachita y volví a acercarme a él. Me paré, me abrí las piernas y me metí el final del puro en el coño húmedo, jugué metiendo, sacando y girando, salió mojado y se lo dí.

– Soy como una becaria , un poquito puta.

Santiago no pudo por menos que reírse, hizo como que chupaba y paladeaba mis jugos en el cigarro, mordió la punta, la escupió y con el encendedor que estaba en la mesa de al lado del sillón, lo encendió y le di una enorme calada, luego soltó el humo haciendo volutas.

– Algunos mojan la punta en whisky o coñac , la verdad que tu concha sabe mejor.

Me arrodillé y le bajé la bragueta, metí la mano para sacarle la pija. Estaba preciosa, dura, gorda, con el ojo del cipote que parecía lagrimear. Pasé la lengua por él, me gusta su sabor preseminal ,me la metí hasta el fondo en la boca , recorriendo con mis labios mullidos y mimosos toda su verga. Luego la fui sacando, me concentré en el primer tercio, un poco por debajo del ciruelo y me dediqué a hacerle una mamada. Él seguía fumando su puro, yo miraba por el rabillo del ojo y me divertía ver que sus caladas, tenían el mismo ritmo que mis chupadas de polla.

Podía haber seguido con la mamada, pero yo quería otra cosa. Le eché una mirada de esas de abajo arriba que vuelven locos a los hombres , sobre todo si se la estás comiendo y paré. Me levanté , dejé que viera lo buena y caliente que estaba, me giré, fui hacia la cama , dándole la espalda, haciendo que se deleitase con el contoneo de mis caderas y lo duro de mi cola. Al llegar, me metí los dedos en la concha, los saqué empapados, me unté la puerta trasera, me dí dos nalgadas, una con cada mano. Me coloqué en cuatro sobre la cama y le pedí ansiosa:

– ¡ Cueléame , papasito!

Santiago vino hasta mí, se bajó los pantalones y el calzoncillo, puso la punta de su espada en mi esfínter, lo tanteó un poco y la metió despacio hasta la empuñadura.

– ¡Que lindo!- susurré.

Y bombeó, giré la cabeza para vernos en el espejo. Era una imagen de película porno antigua. Yo a cuatro patas, como una perra, con gorra de beisbol, remera blanca mojada, pegada a mis pechos como una segunda piel transparentada y calcetines blancos. Santiago, mi marido, con la camisa azul, los pantalones y el boxer el los tobillos, fumando un puro y dándome por culo.

Si me reía perdía el encanto, así que decidí gemir, lanzar ayys , uuhhhs , como una profesional de los filmes eróticos. Sin darme cuenta, actuando, me fui metiendo en el rol de mujer que está volviéndose loca de placer, tanto que mi calentura fue en aumento y de pronto :

– Santiago…¡ me estás matando! …¡cabrón! …¡me voy a correr! …¡sigue!…¡así!…¡dame duro!…- había dejado de gemir y susurrar y era un puro grito de lujuria.

Mi marido tiró de mí hasta dejarme empalada y culeó soltando su leche. Yo me vine como una ola que rompe en la playa. Habíamos acabado los dos, él la sacó, yo me puse de pié, le di un beso:

– Te amo, sos mi hombre maravilloso. ¿ Quieres que te la lave?

– Así da gusto, el servicio completo. Eres una becaria mejor que la Mónica de Clinton.

En el baño, le agarré la polla, tiré hacia atrás del pellejo, quedó el cipote al aire, lo enjaboné cuidando de sacar cualquier residuo y dejé que el agua tibia la dejara totalmente limpia, le di un piquito en la punta. Seguía gorda, con un poco de cariño podía volver a estar dispuesta.

– ¿ Te la vuelvo a chupar?

– No, nena. Creo que te has ganado una regalo. – miró el reloj- Todavía nos da tiempo a comprarlo. Mientras te lavas, te dejo encima de la cama la ropa para salir. Ahora, todo será si tú quieres.

En la sonrisa que tenía mientras me lo decía, vi que la cosa podía ser excitante y divertida, de esas que ayudan a mejorar un matrimonio que estaba empezando.

– En medio minuto estoy. Y me apetece muchísimo el regalo.

Me desnudé y me di una ducha rápida, eso sí con una buena lavada de partes íntimas. Me acabé de secar en la habitación, Santiago había elegido una ropa muy normal: un vestido de tirantes azul cielo unos dedos por encima de la rodilla y unas sandalias de taco bajo, de ropa interior un corpiño sin breteles y una bombachita de color negro. Enseguida estábamos en la calle.

Fue un paseo corto hasta una pequeña joyería en una casona colonial de balcones de madera llenos de flores. Santiago saludo a la dueña, una mujer hermosa, con el pelo canoso , entre gris y blanco, muy corto , a lo chico. La nariz pequeña, los ojos grandes azul marino. Me dio un beso, al hacerlo pude apreciar el tamaño y la turgencia de sus senos.

– Me gustaría regalarle a mi mujer una cadena oro para el tobillo- dijo Santiago con una sonrisa perversa.

– Entonces es una buena esposa- Tenía acento, como si su lengua materna fuera el inglés.- Jane Lee, aunque me llaman J L. Si de verdad es buena, quizás quieras regalarle además unos aros y un collar . Y …es más, hasta se los puede ganar , si sabe jugar a seductora.

– No sabes lo seductora que es capaz de ser. Puede volver loco a quien se lo proponga. Trae los aros y el collar. Y decidimos.

Entró en la trastienda y cuando volvió traía tres cajas. Me dio la primera, al abrirla había una cadena fina de oro.

– Póntela.

Apoye el pie en una silla , al ir a colocármela Jane me paró y lo hizo ella. Pude verla bien, pasaba los 50 pero era hermosa, perturbadora, tenía un buen cuerpo, rotundo, con una blusa blanca y unos jeans, una imagen mezcla de modestia y morbo.

– ¿ De verdad quieres los aros y el collar? …Y ¿ganártelos?- me preguntó mi marido.

– Sí, porque vos quieres que los gane.

Al contestar puse la mejor cara que tengo de niña mala y buena, inocente pero perversa. Eso sí le eché una ojeada a los aros y al collar. Eran ajorcas dobles de oro , me las imaginé puestas y me dio un subidón de calentura sexual, me darían un aire de seductora antigua, de emperatriz o esclava según mi ánimo.

-Me encantan . ¿ Y que tengo que hacer para ganarlos ?

-Sígueme – dijo J L agarrándome de la muñeca y llevándome hacia el interior de la casona. Mi marido nos siguió.

Este relato pertenece a la serie de Marisa y Santiago de esta autora.

Como siempre se agradecen los comentarios e ideas sobre las aventuras y vivencias de los personajes de estas historias.

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