Me cogí a mi prima a buenota

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Vaya por delante que Cecilia es prima hermana de mi madre y prima segunda mía.  Profesora de instituto en excedencia, ahora se dedica a pintar cuadros surrealistas que luego vende en la galería que ha montado en su propia casa, una del casco antiguo de la ciudad. Aquella tarde vino a vernos con una idea en la cabeza:

 — ¿Sabes qué, Marisa? Me gustaría que tu hijo posara para mí. Tiene el físico que busco para un cuadro.

— ¿Ah, sí? ¡Pues propónselo! Quien debe aceptar es él, no yo…

Cecilia vivía sola desde su divorcio, dos años atrás, y desde que su única hija se fuera a vivir a otra provincia tras casarse con un  militar. Esas dos circunstancias le habían permitido romper con su monótona vida anterior. Ahora era una mujer mucho más atrevida, libre de prejuicios, bohemia casi…

—Jorge, le he dicho a tu madre que quiero que poses para mí y ella lo ve bien, ¿tú qué dices?

— ¿Tendría que desnudarme?

— Posarías con poca ropa, pero no desnudo.

—Y supongo que me pagarás un pastón, ¿no?

—El quince por ciento del precio de venta de la obra.

Acepté de inmediato. Me parecía un buen arreglo y una manera cómoda de ganarme unos euros, sobre todo teniendo en cuenta que sus cuadros se vendían a precios bastante salados. Al día siguiente llegué a su casa a la hora convenida, cuatro de la tarde, y la empleada doméstica me acompañó hasta el patio de techo acristalado que mi prima utiliza como taller de pintura…

Cecilia me saludó con un beso en la cara y le dijo a su empleada que ya daba por terminada la jornada y que podía marcharse a su casa. Ella se lo agradeció y se largó pitando antes de que se arrepintiera.

—Te explico, Jorge: lo que voy a pintar no son retratos tuyos ni nada parecido. Quiero presentar un ser humano integrado en una naturaleza surrealista.

— ¿Y entonces para qué yo,  Cecilia?

—No soy una experta en pintar la figura humana y sé que lo haré mejor a partir de un modelo real. Necesito alguien de dieciocho o diecinueve años, alto, musculado, torso-tableta, y es obvio que tú eres exactamente así.

—Para eso voy al gimnasio —apostillé sonriendo.

Me pidió que me desvistiera detrás del biombo y que me pusiera el bañador surfero, de pata, que había comprado para la ocasión; luego hizo que me tumbara de costado en una pequeña cama, me corrigió la pose a su gusto,  y me indicó que debía mirar al caballete. No le hice mucho caso en esto último porque, la verdad, miré más hacia ella que al caballete.

 —No estés tenso, Jorge. Piensa en algo que te relaje.

Nunca me había fijado tan detenidamente en Cecilia. Me quedó claro que era una mujer madura, de unos cincuenta años, que se mantenía joven y estupenda. Debía medir un metro setenta, tenía buenas tetas de mediano tamaño y un culo pera vistoso. Mi prima pintora ahora me parecía una veterana muy aprovechable  y no la “vieja” finolis que siempre creí ver en ella.  

Ese día la ropa de faena de Cecilia no era más que una especie de bata vaporosa, dos o tres dedos por encima de la rodilla. Se sentaba frente al lienzo en un taburete con respaldo y, al estar concentrada en la pintura,  a veces descuidaba la forma de colocar las piernas y desde mi posición podía verle los muslos y las bragas. Ese panorama provocó que mi polla se empalmara hasta alcanzar su calibre de diecinueve centímetros. Cecilia vio lo que me pasaba y, lejos de poner el grito en el cielo, se mostró tranquila:

—Estás palote, ¿eh Jorge? Yo te dije que pensases en algo relajante, no en algo excitante.

—No sé lo que me ha pasado;  no pensaba en nada.

—Pues no me dirás que te excito yo. Soy muy mayor para ti…

—Me pasé un rato mirándote los muslos y las bragas. Creo que eso fue el detonante…

— ¡Conque mirándome las bragas, ¿eh, cabronazo?! Y ahora habrá que esperar a que se baje ese armatoste tuyo, ¿no?

— Pues no sé qué te diga, Cecilia. Sí por mí fuera ya estaríamos haciendo otra cosa.

Temí que se tomara esa frase última como una falta de respeto, porque era evidente a qué me refería, pero no me respondió ni con una reprimenda ni con un insulto. Nada. Su reacción me dejó absolutamente perplejo: se levantó del taburete y, sin más, se quitó la bata y las bragas…

— ¿Te gusta lo que ves, Jorge?

—Sí, claro, y mucho, muchísimo.

—Pues cómemelo todo para que me pongas a tono y después me follas. La vida es corta y hay que disfrutarla…

Desnuda delante de mí, sus tetas me resultaban más grandes de lo que pensaba y desde luego tenía el chocho super peludo. Ni con las dos manos se hubiera podido tapar aquella selva de pelo negro rizado. Primero me ocupé en chupar, lengüetear y mordisquear sus pezones, y se los dejé tan tiesos y gordos que parecía que fueran a estallar. Después me puse a trabajarle la entrepierna. Pese a su tupida pelambrera pude localizar el clítoris y lo chupeteé, lo sorbí y lo engullí hasta vérselo erecto. También le lamí repetidas veces la raja, los labios vulvares y hasta las ingles.  Cecilia resoplaba y jadeaba de calentura. Ahora era una hembra hirviente, fuego puro. Su garganta no lograba articular ni una sola palabra, pero sus ojos desorbitados gritaban por sí mismos:

— ¡Fóllame!, ¡Taládrame con tu polla!, ¡No me aguanto, primo! ¡Me estás matando!

Era el momento justo… Cecilia se tumbó en la cama bocarriba, con las piernas abiertas, y yo me acomodé entre sus muslos y le metí la polla de un solo golpe de cadera. Diecinueve centímetros de gruesa verga embutida en una vagina succionante y húmeda. Me di entonces a bombear con fiereza y no paré de meterle y sacarle la polla hasta que nos corrimos casi al mismo tiempo. Borbotones de mi espesa lefa se fundieron con sus calientes fluidos vaginales. Fue un gozo mutuo superior, un deleite.

Después del folleteo, ya relajados, me invitó a que me quedara a comer y lógicamente acepté de buena gana. Aunque su empleada dejó preparada una comida muy rica,  lo mejor fue la siesta. Hicimos un sesenta y nueve cojonudo y le follé la boca, el coño y el culo. Mi prima lo aguantaba todo, le gustaba todo. Hasta que le “pintara” la cara con la leche de mis copiosas corridas.

Fue una tarde-noche completita. Nunca imaginé que una cincuentona pudiera darme tanto placer. Y encima me pintó tumbado sobre una arena rojiza, a orillas de un mar púrpura y con peces volando en mi derredor. Aluciné en colores. ¡Qué cuadro! ¡Y qué gusto me dio la pintora!

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