Paula la Putita

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Mi nombre es Paula, o al menos lo era antes de conocer a mi Amo.

Tengo 35 años, estoy casada hace siete, tengo un hijo de 5 años. Mi marido una vez casados, resulto ser un hombre muy dominante, pero que ha centrado prácticamente todo su dominio en cederme a otros hombres. Es mas, con el tiempo, he comprendido que él también está bajo la influencia de otros Amos mucho más dominantes que él y que cada vez que me cedía lo hacía por orden de aquellos. A veces era a un Amo solo, otras a varios, e incluso acudía a fiestas como perra para diversión de todos.

Solo tenía órdenes estrictas de mi marido, de obedecer en todo, tener sexo por cualquiera de mis agujeros, sin condón, y tragar todo lo que me echaran en la boca.

Yo, obedecía, y a día de hoy, sigo sin conocer si mi hijo es fruto del sexo con mi marido, o con cualquiera de aquellos Amos. A él, como en alguna ocasión me ha dicho, le importa una mierda de quien sea hijo.

Es cierto que, en esas cesiones, hay al margen del sexo, prácticas de bondage incluso de sado. Para todos aquellos Amos, yo no soy más que un juguete con el que practicar sus conocimientos en el mundo de la dominación, y el único límite que tenían por parte de mi marido, eran las marcas permanentes.

Yo aceptaba mi condición de sumisa, y con ello todo lo que mi marido me mandara hacer. Me casé locamente enamorada, aunque ya en la luna de miel, me dejo varios días sola en el hotel donde estábamos. Me dijo que iba a aprovechar el viaje, para intentar conseguir nuevos clientes para su empresa, y que si me necesitaba me llamaría.

Así ocurrió el segundo día. Me llamó a media tarde, y me dijo que  me pusiera un vestido de fiesta, sin ropa interior debajo, medias hasta medios muslo y zapatos de tacón, que estuviera lista a las 21 horas que pasaría un coche a recogerme. Tuve que comprar las medias, ya que no habia llevado, dado el calor del país donde estábamos, pero en la propia tienda del hotel, las encontré. No entendía lo de ir sin ropa interior. Pensé que era un capricho suyo, y hasta me pareció morboso.

A las 21 horas estaba en el hall del hotel, perfectamente vestida, maquillada y perfumada. Casi a la vez, llegó una limusina, de la que bajo un hombre uniformado, entro en el hall y como si no hubiera mas mujeres en el mundo se dirigió a mí.

   “Doña Paula Ramos?”, me preguntó.

   “Sí, soy yo”, le conteste

   “Me envía su esposo a recogerla. Si es tan amable, acompáñeme al vehículo”, me dijo extendiendo su mano en dirección a la limusina.

Le seguí, me abrió la puerta trasera, y me senté.

Él ocupó su puesto de conductor.

Antes de arrancar, me dijo:

   “Señora, siguiendo órdenes de su marido, tengo que comprobar que usted viene como él le ha dicho, con vestido de fiesta y medias, que veo que los lleva, pero debo comprobar que las medias son de medio muslo y que no lleva ropa interior” , dijo a la vez que cambiaba la orientación del espejo del coche, hacia abajo para poder verme de cintura para abajo.

   “Pero que dice usted, so grosero. Lo que yo haya hablado con mi marido, es cosa nuestra, no tengo porque mostrarle nada a usted”, le dije muy digna yo, y alucinando      de la petición de aquel hombrecillo.

   “Lo siento, señora, pero debo insistir. He de comprobar que no lleva ropa interior.” Insistió

   “Mire no le voy a enseñar si llevo o no llevo ropa interior, así es que no insista y arranque de una vez”, le dije ya un poco indignada por su insistencia.

   “Perdóneme nuevamente, señora, pero no puedo arrancar hasta que no compruebe que usted va como debe ir. Si no quiere, tendrá que bajar del coche, e informaré a      su marido”, me replico muy seguro de lo que estaba diciendo.

Pensé un momento. Dentro de lo surrealista de aquella situación, no tenía ningún sentido que aquel hombre insistiera en algo que no hubiera dicho mi marido. Además, el conocía como debía de ir vestida, por lo que era evidente que había hablado con él. Joder, pensé, tendría que enseñarle el coño al tipejo ese?

   “Está bien, pero se lo diré a mi marido, y si no lo ha dicho el tomara medidas”, le dije yo muy digna.

   “Hágalo señora, como si quieres llamarle ahora”, me dijo el totalmente seguro de lo que decía, lo cual terminó de convencerme de que no era un invento suyo.

   “Y que es lo que tengo que enseñarle?”, le pregunté nerviosa.

   “Con que se suba la falda hasta las caderas, que vea que no lleva bragas o tanga, y vea las medias es suficiente. Ya veo que no lleva sujetador”, dijo el tío mirando insistente por el espejo interior del vehículo.

   “Está bien”, le dije  mientras juntaba mis piernas y subía mi vestido hasta por encima del ombligo para que el tío pudiera ver bien mis caderas sin ninguna prenda puesta.

   “Perfecto, señora, ahora podemos irnos”, me dijo mientras miraba mi entrepierna sin quitar ojo hasta que bajé el vestido.

La limusina, emprendió su camino cruzando las calles de la ciudad y alcanzando la salida de la misma dirigiéndose a una de las autovías, que conducían al aeropuerto.

Por un momento pensé que íbamos a coger un vuelo y a terminar quien sabe dónde, pero no, pronto cogió un desvío y se adentró por una carretera secundaria. Circulo unos cuantos kilómetros, hasta que al fondo empezaron a divisarse unas luces, como de una mansión toda iluminada.

No tardó en llegar hasta la verja, que daba acceso a la mansión.

La verja se abrió automáticamente y la limusina, se dirigió a lo que parecía la entrada principal.

El conductor se bajó, y me abrió la puerta.

    “Muchas gracias, señora Paula, por su colaboración”, me dijo con una mirada inexpresiva.

Casi al momento, se abrió la puerta de la casa, y apareció mi marido.

Me dirigí hacia él:

   “Hola cariño. ¿Qué es todo esto?”, le pregunté expectante

   “Hola Paula,” me dijo dándome un frio beso.

   “Veras,” siguió diciéndome mientras entrabamos en la casa, ”te he pedido que vinieras, porque estoy con unos clientes, que puedo firmar un contrato con ellos muy importante. Quiero que se sientan muy a gusto, así es que sé simpática y amable con ellos. Cuando les dije que estaba de luna de miel, se empeñaron en conocer a mi mujer.”

   “Aja, vale entiendo,” aunque en realidad no entendía nada de lo que me estaba queriendo decir. “pero y el venir sin ropa interior? ¿Que hasta el conductor se ha empeñado en asegurarse que no la llevaba?, le pregunté

   “Bueno eso es un toque morboso, cariño, nada más”

Nos adentramos en los pasillos de la casa, hasta que llegamos a lo que sin duda era el comedor. 

Tres hombres de edad avanzada, se sentaban en una mesa en la que había dos sitios más libres, y bebían y reían, hasta que repararon en nuestra presencia.

Cuando lo hicieron, los tres se levantaron como en un acto reflejo, y se dirigieron hacia nosotros.

   “Hola señores, les presento a Paula, mi mujer”, dijo mi marido

Yo puse una sonrisa forzada y me dispuse a extender la mano para saludarlo a aquellos caballeros, pero ni cortos ni perezosos, cada uno me planto dos besos en las mejillas.

   “Mucho gusto, encantada, les iba diciendo según me besaban”

Nos dirijimos a la mesa y me ofrecieron un sitio entre dos de aquellos caballeros.

MI marido se puso enfrente de mí. Yo le miraba con cara de circunstancias.

   “Así es que recién casada”, me dijo. “Espero que estés disfrutando tu luna de miel”

   “Bueno, si”, le contesté sonriendo, “aunque este hombre no olvida el trabajo ni en su luna de miel”, dije sonriendo señalando a mi marido.

Sonaron varias risas, señal de que les hizo gracia lo que dije

La cena transcurrió sin demasiadas cosas que contar hablando del país de los sitios para visitar, del tiempo que estaríamos allí, etc etc.

A los postres, mi marido tomo la palabra.

   “Señores, ¿pasamos al saloncito?”

Los caballeros asintieron divertidos

El saloncito en cuestión era una sala adjunta con unos sillones.

Un sitio más cómodo para tomar una copa y hacer una buena sobremesa.

Tomamos asiento y sirvieron las copas, Yo me excuse un momento para ir al lavabo.

Al salir del lavabo, me esperaba mi marido.

   “Bien Paula, ahora pondrán música. Sal al centro del salón, baila, muévete contornéate, que los hombres disfruten”, me dijo

   ” Pero…”empecé a decir

   “No hay peros. Tu ponte a bailar, y estate pendiente a mis gestos. No me defraudes”, dijo con una voz que me asusto.

   “Está bien, lo intentaré”, contesté entre dientes.

Volvimos al salón. Los hombres ya degustaban sus copas.

Yo cogí la mía y me dispuse a tomar asiento, cuando empezó a sonar la música.

Bebí un trago, dejé la copa en la mesa, y me dirigí al centro de la sala.

Empecé a moverme lentamente, lo más acompasada posible con la música. sin grandes aspavientos, ni alardes

Los tres hombres miraban como embobados mi baile.

Jolín si solo me muevo un poco, pensé

Uno de los hombres se levantó, vino hasta mí, y torpemente empezó a moverse queriendo imitar mi baile.

Yo le miraba divertida, la verdad es que era muy torpe moviéndose, pero aquello provocó las risas de todos, y de alguna manera se desinhibieron levantándose los otros dos y poniéndose a bailar los tres en círculo alrededor mío.

Yo de vez en cuando miraba a mi marido, que contemplaba la escena entre divertido y expectante.

Al rato la distancia entre los tres hombres y yo, se había reducido considerablemente. Alguna mano ya había abarcado mi cintura, alguna otra mis hombros, es como si quisieran todos bailar conmigo a la vez.

Su aliento me llegaba con nitidez, una mezcla entre el alcohol y el tabaco. Bastante desagradable.

En un momento dado, note como unas manos tiraban ligeramente de mi vestido para arriba.

Di un respingo y me lo coloqué.

Miré a mi marido y con cara de enfado asintió con la cabeza.

No sabía que quería decir. Que sí que me dejara que me levantaran el vestido, o que sí que había hecho bien en apartarme

Los tres hombres volvieron a rodearme y de nuevo intentaron levantarme el vestido. Mire sin quitarme a mi marido y sonriente asintió con la cabeza.

¿Perdona?, pensé para mí. ¿Está diciendo que quiere que estos tíos me desnuden?

Mi reflexión llegó un poco tarde. Para entonces, mi vestido estaba ya más arriba del ombligo. Casi simultáneamente, note unas manos en mi sexo.

CONTINUARA….

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