Sexo en el coche

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 Lo recuerdo perfectamente: los muslos de ella sobre tu cuello, balanceando sus caderas en una súplica desesperada de entrega infinita. Necesitando tu cópula, llorando por ella. Ensalibando cada poro de tu piel en un ritual de deseo tangible y hermoso. Sus pechos, firmes y duros, elevándose sobre tu boca, ofreciéndolos suavemente, en pequeñas porciones, al palpitar nervioso de unos dientes afilados al contacto de sus rugosos pezones. Apretando con fuerza hasta bordear el insano dolor de lo permisible. A la espera de un chasquido penetrante y duro que no llegaba.

 Tendido en el asiento trasero del auto, el dolor a sexo ilícito, su sexo, inundaba el pequeño espacio en movimiento. Yo conducía a gran velocidad, no dejándome impresionar por las luces cegadoras que anunciaban peligro inminente. A mayor kilometraje, mayor excitación se transmitía a través del espejo retrovisor, firmemente anclado en la visión de unos cuerpos descompensados en su función animal de generadores de energía.

 Tu cara, todavía la recuerdo, parecía implorar una tregua. Ella succionaba tu flojo pene circuncidado mientras, con el dedo índice humedecido en su propio sudor, jugueteaba en la frontera de tu ano: con violencia y rogando por una reacción a su cariño. Mojada y colérica, empezó a maldecir tu incapacidad y a insultar su atrevimiento.

 Había cedido al fin a la tentación de verse poseída por un pene ajeno al que había acunado durante diez años… Tantos recuerdos de fidelidad a un solo hombre, y ahora esto: un fracaso.

 Un temblor continuo le sacudía el pecho y casi le impedía respirar. Unos profundos aguijonazos de placer baldío le subían desde la cara interior de los muslos hasta el bajo vientre.

 Y yo, delante, impregnado de ese fragor a mucosa vaginal que se adivinaba en la oscuridad del coche, solo iluminado por destellos accidentales que, paulatinamente, iban insuflando vida a la redonda superficie de una nalga, más tarde a una brillante cadera empapada, a un punzante cuello enrojecido, a un sabroso coño expectante…

 Entonces se giró hacia mí, y acarició mi cara sin afeitar y mis manos crispadas. Traté de sonreírle. Yo parecía un contorsionista asustado, sorprendido por las desviaciones de una relación, la vuestra, infructuosa.

 Lo siento, pero no pude evitarlo. Tuve que hacer algo; actuar. Me agarró del pelo, saltó sobre mí y empezó a desnudarme. Aparqué en el andén. Ella exhibía su pubis carnoso mientras evaluaba con pericia mi potencialidad sexual.

 Enseguida, entresacó mi pene. Y yo examiné, palpé abiertamente el cuerpo de ella, los contornos de los muslos y la cadera, del busto y las axilas. Tú llorabas detrás. Impotente y absorto en lo que, indefectiblemente, iba a ocurrir.

 Le lamí el clítoris y le acaricié el ano mientras ella se entregaba con sus rosados pezones erectos. No se cansaba de besarme el pene, de succionarlo para que aumentara de tamaño, y de exhibírtelo con orgullo en unos gritos sensuales de desesperación y satisfacción, confundiendo su histeria sexual con tu tristeza depresiva.

 Yo, por respeto a nuestra amistad, intenté aplacar mi sobrexcitación, pero su perturbación me lo impedía.

 Ocurrió.

 Las bocinas de los vehículos y sus luces radiantes se elevaban en un coro que parecía reírse de nuestras distintas posturas. Tu silencio continuaba, invitándonos a que exploráramos los viaductos de nuestras mentes. Sus grabes ojos de mujer desbocada se me metían en el cerebro. Su vulva era una flor húmeda, sus pantorrillas firmes me aprisionaban en un juego perverso que la animaba a cruzar y separara las piernas. Fue cuando oí que te incorporabas para tocarle la espalda. Ella se giró y te escupió.

 Abandonaste el coche y te alejaste. Yo recogí el hilo de saliva que se desplomaba desde su barbilla al mismo tiempo que le hundía todavía más la prolongación de mi cuerpo. Nos corrimos: juntos, a la vez; gritó una palabra extraña, una mezcla de tu nombre y el mío; después, solo el mío. Lo siento.

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