Follando a una rubia preciosa

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Un rayo de luz llegó hace quince días a la cafetería donde desayuno todas las mañanas. Es muy bella, es una rubia de ensueño de unos veinticinco años. La cafetería la frecuenta gente habitual del barrio, mujeres y hombres de todas las edades. Ella se acababa de mudar al barrio, comenzaba a trabajar de becaria en una multinacional. Su belleza era superada por su simpatía, sus vestidos cortos y sus zapatos elegantes de tacón eran una delicia. Cuando Elisa, así se llama, entraba en la cafetería; se hacía un silencio general, ¡entre hombres y mujeres!, ¡así de impresionante es Elisa! Pero solo hablaba con el camarero, y lo justo, porque el camarero es un joven muy tímido y ella le impresionaba. Yo la miraba de reojo, sin pensar en intentar ser su amigo siquiera. Conversaciones poco edificantes de los clientes, hablando de cosas en general, que no le afectaban a Elisa, ella tomaba su desayuno con la tranquilidad de un sabio.

Yo, en mi casa, me había masturbado varias veces pensando en ella, porque aunque estoy en una racha de querer ligar, ella me parecía demasiado para un hombre de cincuenta y cuatro años, como tengo yo. Soy atractivo para mi edad, y tengo gancho con las mujeres, pero ella me parecía demasiado para intentarlo.

Una mañana, hace una semana, me estaba tomando mi zumo de naranja como todas las mañanas, era sábado y yo no tenía que trabajar, pero había quedado con mi amiga Lara. Éramos poca gente en la cafetería cuando entró Elisa, solo estábamos cuatro personas y el camarero. Ella me miró mientras se tomaba su café, y me lanzó una sonrisa que me atravesó de pecho a espalda, era una sonrisa de agrado por verme. Me sentí dichoso y me sentí rejuvenecer también. El pecho se me hinchó y le devolví la sonrisa, contento de que su hubiera fijado en mi persona; entonces hablé con ella desde el otro extremo de la barra…

—Hola, cómo te llamas, te veo todos los días y no se tu nombre, si no es mucho preguntar, claro. Yo me llamo Juan.

—Yo Elisa, eres muy amable, no conozco a nadie en la ciudad, aparte del trabajo, y se agradece una presentación tan cortés.

Elisa cogió su café y su tostada y se sentó junto a mí, diciendo…

—No te importa, ¿verdad Juan?

—No mujer, un placer.

Hablamos unos minutos, de todo en general, se reía de mis ocurrencias y de mis chistes con sarcasmo. Cuando me miraba parpadeaba, me ruboricé al verla tan feliz hablando conmigo; Elisa no sabía que pensando en ella ya me había hecho varias pajas de campeonato. Me habló con una voz dulce y joven en un tono totalmente sincero…

—Juan, yo soy de otra provincia, he venido a trabajar aquí, pero cuando llega el fin de semana, me siento algo sola, la familia tan lejos. ¿Haces algo hoy, Juan?, yo tengo todo el día libre y necesito alguien que me lo enseñe todo de la ciudad.

La expresión del joven y tímido camarero era de estupor, al ver que un bombón como Elisa, estaba queriendo, entre comillas, ligar conmigo. Me quedé pensando durante diez segundos, no más, y le respondí…

—Elisa, pensaba dar un paseo, hoy estoy también todo el día solo, te acompañaré.

Fui al aseo, cerré la puerta y llame a Lara, para decirle que no podía ir; mi mujer como estaba en Italia, en Verona, no era problema. Salimos de la cafetería juntos, se pegaba mucho a mí al caminar, su pechito derecho tropezaba con mi brazo al caminar, me dijo…

—Sabes Juan, de toda la gente que va a la cafetería, tú eres el que siempre miro si estas al entrar por las mañanas, no sé, me siento bien cuando te veo con tu zumo y con tu café.

—Gracias Elisa, yo la verdad, es que también me había fijado en ti, tan joven y tan guapa y con esa mirada de serenidad. Pero no me atrevía a dirigirte la palabra por si me dabas un corte.

—Jajaja, tonto, que va, ¿por la edad?, eres muy atractivo todavía, y simpático.

—Gracias, primor.

Elisa llevaba un vestido estampado de tonos azules y naranjas y unos zapatos de charol color azul oscuro. Su perfume de fresas me gustaba mucho. Yo ese sábado me había duchado y afeitado, lo de arriba y “lo de abajo”, preparado para ver a Lara.

Elisa y yo paseamos por la calle, la llevé a la biblioteca que a mí me gusta, luego a unas tiendas a las que me gusta ir; una de ellas de tebeos antiguos. Después cogimos el bus para ir al centro, a comer en un restaurante oriental que me encanta. Yendo en el bus, los dos sentados en un asiento doble, Elisa echó su cabeza sobre mi hombro, extendiendo su larga melena rubia sobre mi pecho. Me comentó…

—Sabes, Juan; yo nunca he estado con un hombre.

—Ahora estás conmigo.

—Tú sabes lo que te digo, lelo.

—Sí, pero ya tienes edad para haber hecho lo que hubieras querido, y más siendo tan guapa ¿no?

—Veinticinco años tengo, y sí, pero solo he estado con chicas, creía ser lesbi, pero no, como mucho bi. Pero hace poco rompí con la chica que salía, me atraían los hombres y ella no quería que lo pensara siquiera. No sabía si me gustaría estar con ellos o no, pero como me atraían más que antes, estaba segura de que eso es lo que quiero; además, de más joven, creo que tuve una mezcla de timidez y no sé qué más, pero ahora sé que no soy les.

—Entonces, ¿eres virgen?

—Sí, con hombres sí; aún no he hecho nada con un hombre, quería elegir alguien con quien me sintiera a gusto.

—La otra chica usaría algo artificial para, ya sabes, ¿no?

—No, nada de eso Juan, nunca quise que ella me introdujera nada, no la sentía a ella de ese modo y no la dejé que me penetrara con nada, solo besos abajo. La verdad es que me da algo de miedo descubrir que sería estar con un hombre, pero por otro lado deseo hacerlo.

—Elisa, ¿tienes ya un novio o algo parecido?

—Que va, solo conozco aquí a los compis de trabajo, que son amables, pero de allí no me gusta ninguno, además no quiero “estrenarme” con alguien que tendré todos los días enfrente.

Al escucharla me sentí mal, no creía merecer semejante bombón a mis cincuenta y cuatro años; además, ser el primero que estrenará su chocho, deseando ella saber si le gustaban los hombres o no, era mucha responsabilidad, tanta que se me encogió el “pinganillo”. Sentía temor por fallar antes de follar, valga la redundancia, con una chica de veinticinco años, como también lo había sentido con Carolina, la hermana veinteañera de mi amiga Lara, aunque en aquella ocasión salió bien. Tenía que ser sincero con Ella…

—Elisa, ¿tú me ves como a un nuevo amigo?, por mi edad, ¿o como algo más?, tengo que decirte que estoy casado, aunque no estoy cerrado a experiencias, ya que mi mujer también ha tenido un rollo con otro hombre.

—Juan, te veo como alguien que me gusta mucho, siempre me he sentido reconfortada junto a amigos más mayores. No me importa que estés casado, si no es problema para ti y si sabes ser discreto; porque lo que me gustaría es que fueras el primer hombre en hacérmelo, vamos, en hacerme el amor. Me has gustado, no solo físicamente, sino también tu forma de desenvolverte y de hablar conmigo hoy.

La señora de delante del bus, que parecía no estar escuchándonos hablar bajito, giró el cuello al hablar Elisa. Yo me quedé sin palabras, pero haciendo un esfuerzo le quise decir…

—Elisa, yo no merezco ser el que “te estrene”, creo que deberías hacerlo con un chaval de tu edad la primera vez, que sea libre, sin estar casado.

—Juan, parece que no prestas atención: te he dicho que me siento mejor con hombres más maduros, además, yo ya te he elegido a ti. Si te da miedo no te preocupes yo también lo tengo. No me importa que estés casado, seré discreta.

—Gracias por elegirme, Elisa, intentaré no defraudarte.

Su vestido corto estaba un poco subido, dejando a la vista dos muslos perfectos de piel casi rosada, sobre el asiento del bus. Puse mi mano sobre uno de sus muslos y lo apreté un poco agarrándolo. Elisa me beso en la mejilla y me dio un bocado en el lóbulo de la oreja. Nos bajamos del bus en pleno centro, el bullicio era increíble, la gente como loca comprando. Entramos a comer a un restaurante oriental de calidad, algo caro.

Nos sentamos al fondo del comedor, pedimos y hablamos mientras traían la comida. Estábamos sentados uno frente al otro, Elisa se incorporó un poco de su silla y metió las manos bajo su vestido, después se sentó de nuevo y bajó un brazo por debajo de la mesa. Subió su brazo de nuevo y puso su mano sobre mi rodilla, después la retiró. Me miró con sus ojos azules y me dijo…

—Juan, Coge lo que he puesto sobre tu rodilla.

Cogí un tejido grueso y suave; lo subí sobre la mesa y al ver que era, lo guardé rápido en el bolsillo de mi pantalón. La mesa ocupada más cercana estaba a seis metros, pero aun así lo guardé: Se había quitado sus braguitas de croché caladas y las había puesto sobre mis rodillas. Me sentí excitado pensando que su chocho, seguro que precioso, estaba desnudo bajo la mesa. Comimos y hablamos de lo que nos gustaba en la vida y también de lo que no. Después de comer quise darle sus bragas y me dijo que eran un regalo para mí, que el resto del día iría sin ningunas. Aquello me pareció arriesgado pero súper excitante, no hacía frío, pero soplaba algo de aire y su vestido era de vuelo.

Caminamos viendo escaparates, le gustaron unos zapatos (caros), entramos y se los compré. En la zapatería éramos los únicos clientes, la dependienta se situó delante de ella en cuclillas y le probó los zapatos (zapatería cara donde aún te los prueban). Yo estaba sentado detrás de la dependienta mientras se los probaba a Elisa, que estaba sentada en una butaca baja. Elisa separó sus piernas mostrándonos un sexo precioso y totalmente exento de vello a la dependienta ya mí; la dependienta, de unos cincuenta años, le dijo a Elisa…

—Qué bonita eres.

—Gracias señora —dijo Elisa.

Salimos llevando ella sus nuevos zapatos de piel, le pregunté…

—Elisa, te he visto la rajita, poco vello, ¿te lo afeitas?

—No, me lo quité con láser el año pasado, totalmente. Tengo la piel muy sensible y se me irritaba, sin vello es sensible pero muy suave, ¿a qué quieres tocarlo? jajaj.

—No lo dudes rubita, será una delicia comértelo.

—Cuando quieras, Juan, aunque me da vergüenza, serías el primer hombre en comérselo, jajaj.

Iba como un borrico, al andar, mi miembro daba saltos a los lados, gorda como una morcilla, aunque no duro del todo. Necesitaba que Elisa me acariciara, por lo menos. Es preciosa. Luciendo ella sus zapatos nuevos y yo apretando sus braguitas en mi bolsillo, caminamos hasta la parada del bus camino a nuestro barrio. Mi mente maquinaba que haríamos. No había nadie en la parada del autobús, entonces le dije a Elisa…

—Preciosa, estate en silencio, por favor, que voy a llamar a mi mujer, que está en Verona, en Italia.

—Seré muda, Juan.

La besé en la boca y la sorprendí, sus mejillas se sonrojaron, era nuestro primer beso.

Telefoneé a mi mujer, eran las cinco de la tarde…

—Cariño, ¿estás en el hotel?, que tal es el hotel, ¿y Verona?, que tal es.

 —Sí, Juan, estoy en el hotel y es estupendo, acabamos de llegar de la convención; me alegro de oírte.

—Se te oye regular, más bien fatal, cariño, ¿te puedo llamar al hotel?

—Sí, Juan, anota, teléfono…extensión…

La llamé a la habitación y se puso otra vez ella…

— ¿Me escuchas mejor ahora?, Juan.

—Perfectamente cariño, gracias. ¿Él ha ido también a la convención?

—Claro, es uno de los cargos, pero no te preocupes; solo pasó una vez y no volverá a ocurrir.

—Ya, pero no me fio, no de ti, que sé que estás arrepentida, no me fio de él, de que te convenza otra vez, es muy audaz; porque no se conformó con follar contigo, que además y como me contaste, también te la metió por el culo.

Elisa me miró asombrada, atenta a mi conversación. Mi mujer me dijo…

—Juan, eso no pasará otra vez, aquel día nos dejamos llevar, animados por las cervezas.

—Bueno, es agua pasada cariño, pero no bebas, valla que se te reblandezca de nuevo el ojete, es broma, ¿cuando vuelves?

—Que ordinario eres, Juan, aunque sea broma. Volvemos pasado mañana, cuídate Juan, y no te preocupes, que no pasará otra vez.

Sabía que no me engañaría de nuevo, su arrepentimiento había sido sincero. Yo no soy celoso, aunque estoy distante sexualmente de ella porque me dolió; pero tenía que parecer celoso para llamarla al hotel, para estar seguro de que estaba realmente en Italia, y que so sospechara que era esa mi intención. Ahora que había marcado un teléfono internacional sabía que ella no aparecería por nuestro hogar, necesitaba tanto estar a solas con Elisa. Miré a Elisa y sonreímos los dos, le dije…

—Bueno, preciosa, mi casa está libre para los dos.

—Que emoción, Juan, por fin sabré lo que es hacerlo. Siento lo de tu mujer, pero, ¿porque te contó que se la metieron por detrás?, tanto detalle para qué.

—Eso le dije yo en su día, ¡qué pena saber tanto! Porque ahora imagino a ese hombre y, en fin, dejémoslo estar.

Cogimos el bus, durante el trayecto íbamos muy juntos, y ya en el barrio, nos separamos un poco. Yo subí solo hasta mi piso, ella esperó en la esquina, luego le abrí el portal y subió también. Entró en mi piso sin encender la luz del rellano, yo tampoco encendí la de dentro de mi hogar cuando Elisa estuvo arriba. Cerré la puerta y eché la llave, aunque temeroso de Elisa y de su juventud, le pregunté…

— ¿Estás segura de querer estrenarte con un hombre de mi edad?, todavía estás a tiempo. De veinticinco a cincuenta y cuatro años hay un trecho.

— ¡Y dale!, que pesado eres, quiero contigo, pero no te pongas nervioso, con tu edad sé que puede no funcionar “la cosa”, pero no pasaría nada.

—No suelo fallar, aunque las energías van menguando, guapa.

Nos besamos tumbados sobre el sofá, metí una mano bajo su precioso vestido y le acaricié el chocho muy suavemente, ¡qué maravilla!, tan suave como la seda, muy redondito y empapado. Le alcé el vestido y le comí el coño con ganas, sudado como lo tenía del paseo, con olor a ella, mi lengua recorría sus labios internos zarandándolos como sábanas tendidas, le mordisqueaba los labios de afuera, gordos como empanadas. Le chupé el ojete del culo, que se abrió un poco. Todo de ella me gustaba, tan guapa, sus ojazos azules. Dijo…

—Juan, sácatela, que quiero chupártela.

—Espera, que me la enjuago, que me da…, espera.

Me la lavé en el lavabo, la tenía muy dura, como no recordaba, su olor y su sabor estaban en mi rostro. Me la sequé con la toallita del bidé de mi mujer, no me desnudé al llegar junto a Elisa, me daba fatiga. Me acerqué al sofá y me abrí los botones de la bragueta, saqué mi polla en todo su esplendor. Tengo una polla muy robusta, muy gruesa y con un glande que es una cachiporra. Mi pene es bonito y proporcionado, gusta a las mujeres y últimamente parece que también a los hombres. Tampoco tiene una longitud como para tocar campanas, pero es apañado. Al ver Elisa salir mi polla de la bragueta dijo ella…

—Juan, que barbaridad, que gorda la tienes, es muy bonita, se ve homogénea; ¡la primera polla que veo “en directo”!

—No me digas, bueno, que honor, gracias.

Me puse de pie frente a ella, que estaba sentada en el sofá, pero no me bajé el pantalón. Su boca preciosa se acercó cautelosa a mi pene, me dio varios besos en la punta, sin lengua, después tiró de mis pantalones de tergal y de mis calzoncillos hasta el suelo. Con una mano abrazó fuerte mi polla y la alzó. Acercó su boca a mis huevos y succionó uno y lo chupó tirando de él con sus labios apretados, lo soltó e hizo lo mismo con el otro, ufffff. No contenta con hacer que me temblaran las piernas, la joven, alzó polla y mis huevos también y me dio con la lengua debajo los testículos, me decía…

—Juan, separa las piernas.

Las separé mucho, casi para abrirme. Elisa se situó detrás de mí, torció la cabeza y lamió el ojete del culo. Dijo segura…

—Juan, ponte de rodillas, con las piernas igual de separadas.

Lo hice sin rechistar. Me lamió el ojo del culo como una profesional, a la vez que con su mano derecha agarró toda mi bolsa escrotal, con mis huevos dentro. Tiraba de mis huevos hacia el suelo, y con su lengua acariciaba la suave piel entre mi ano y mis testículos, ¡joder!, se me puso el glande, de natural rosado y limpio, ¡morado por la tremenda erección! Me dijo que me pusiera de pie, ella se puso delante de mí, de rodillas, miro mi pene y se le entreabrió la boca.

Abrió más la boca y sujetando mis cachetes con sus manos hizo por tragársela, no podía. La cogí por su cabecita rubia y la apreté contra mi polla. Empezó a entrarle, le dieron arcadas y se la sacó. Tosió y volvió al ataque, su mandíbula fue volviéndose más flexible debido a su deseo. Más de medio pene rellenaba su boca; cogí su cabeza con fuerza y se la metí hasta la garganta. Respiraba Elisa agitadamente por su nariz. Yo estaba como loco de deseo viendo mi polla totalmente dentro de su boca, y su cabellera rozando mis muslos, y su barbilla suave chocando contra mis huevos.

Le cogí la cabeza con las dos manos y la moví como si me hiciera una paja con ella. Su cabeza iba de atrás a adelante como posesa, y zarandeada por mis brazos. Solté su cabeza, no quería impedirle toser; pero no tosió, al contrario: Ahora era ella la que movía la cabeza como un pájaro carpintero, repiqueteando mi pubis afeitado con su nariz. Más de cinco minutos estuvo Elisa tragando polla mientras yo tenía mis manos apoyadas en mis caderas.

Casi me corro, pero me retuve, quería conservar las energías para el final. Se la saqué de la boca del tirón, so escuchó un sonido como de abrir una botella de champán. Le quité el vestido y el sujetador, los tiré al suelo. La cogí en brazos y la llevé a mi dormitorio y de mi mujer. Le tiré sobre la cama, puse el cojín bordado por mi mujer bajo su cabeza, separé sus piernas y me puse sobre ella. Me la follé como un descosido, el sonido era como de lavar ropa en el río. Me dolía hasta el culo, ¡que alaridos daba Elisa!, mis testículos golpeaban sus piernas como pesas, y su coño se abría y cerraba como las alas de una mariposa. Casi a punto de correrme me habló Elisa jadeando…

—Juan, ¡metemelaaaa!, también por detrás, aaaa, como se la metieron, a tuuuu, mujerrrr.

Joder con la jovencita virginal, era un volcán, y además haciendo gracias con lo de mi mujer. Se puso en pompa sobre la manta de cuadros de mi mujer, su culo era perfecto: Cachetes grandes, cintura pequeña y su coño perfecto y liso; y salido como un melocotón por detrás. Le metí la lengua en el culo, le hice círculos dentro, seguí así unos minutos. Su ano estaba abierto, le entraba mi lengua entera. Me puse de rodillas detrás de ella y de un solo empujón se la metí en el culo entera. Hasta los huevos la había metido, me moví a un ritmo muy intenso, sacándola casi entera en cada empujón, ella decía…

_Juaaaannn, aaaa, aaaa, aggg, que placer.

— ¿Te gusta que te dé por culo zorrita?

_Siii, Juannn, siiii, Aaaggg.

Le castigué el ano un buen rato, su culo hacia el mismo ruido que una fregona al ser estrujada en el cubo. ¡Me tenía que correr! Se la saqué del culo, le di un azote cariñoso y le dije…

—Zorrita rubia, ponte tumbada boca arriba, por favor, que me quiero correr en tu cara, si no te importa.

Se puso sobre la manta de cuadros de mi mujer, los cuadros de colores de la manta enmarcaron su cabeza rubia. Abrió su boca tanto que se le veía hasta la campanilla. Me la meneé frente a su cara, mi polla estaba resbaladiza, mi erección estaba a punto de romper… ¡Mi semen salió en un chorro espeso y blanco como la leche!, y se estrelló contra su nariz y su ojo izquierdo, el cual tuvo que cerrar porque no veía ya con él. Me la seguí meneando y un segundo y último chorro cayó dentro de su boca, tropezando al entrar contra su bonito labio inferior. El chorro dentro de su boca dejó su lengua como si la hubieran escayolado; Elisa cerró la boca, masticó y tragó; luego me dijo…

—Juan, unnnn, que dulce está tu líquido, me encanta, me encanta.

—Muchas gracias Elisa, me has hecho muy feliz.

—Tu más a mí, ha sido algo muy superior a lo que había imaginado y, que me des por el culo, ¡ha sido lo más! Gracias Juan.

Cogió la manta de cuadros de mi mujer y se limpió la cara, después se puso unas bragas de mi mujer que le di de regalo y me besó en la boca, se despidió tan contenta deseando que nos volviéramos a ver. No hace ni una semana.     

Final

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