La niña Buena del Barrio

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Hola a todos. Esto que les cuento es algo que me sucedió hace apenas unas semanas y es completamente real.

La vida se me había puesto un poco difícil. Bueno, decir “poco difícil” es demasiado simple. La estaba pasando mal y no veía el como salir de la situación. Hasta que me pasó lo que estan a punto de leer..

Mi nombre es Brenda, y para cuando lean este relato estaré apenas recien cumpliendo los 18 años este pasado mes de Abril. Como sé que las descrípciones fisícas son muy importantes aquí, voy a describirme lo mas fiel y breve posible. Creo que la palabra que mas rapido me describe es Pequeña. Soy bajita de estatura, menudita de cuerpo con pechos pequeños, caderas lo apenas suficiente pronunciadas para marcar mi cintura y asi como un traserito que si bien no es grande, cuando me pongo jeans de mezclilla si llamo la atención de los varones. Mi rostro aún conserva lo jovial de una chica de mi edad enmarcado por ojos cafés oscuros, nariz chata y boludita, con labios gruesos y unos hoyitos en mis mejillas que se hacen cada vez que sonrío. Mi cabello es negro y largo y me gusta usarlo de diferente tipos de estilos a veces tratando de aparentar más o menor edad, según me convenga. Aunque con la cara que tengo es difícil engañar a las personas.

Desde hace 4 años vivo con mi pareja. Mi curiosidad por el sexo y mi líbido se desarrollaron a muy temprana edad, convirtiendosé en casi una necesidad que tenía que satisfacer a diario. A causa de eso, probé el sexo siendo una niña todavía y por mí falta de experiencía terminé embarazada de mi novio y no nos quedó otra más que casarnos. Y no es que me queje ni nada. Somos muy felices, y mi pequeña hija es la reina de la casa. No han sido años fáciles. Tanto la familia de él como la mía nos dierón la espalda, pues no estaban de acuerdo que a tan corta edad tuvieramos ya el enorme compromiso y responsabilidad de ser padres. Rentamos una casita y yo seguí estudiando mientrás mi esposo trabajaba hasta que me creció la panza y ya me fué imposible seguir en la escuela. La plata no alcanza para lujos pero si para vivir con poquito pero contentos. Basta decir que al llegar a mi hogar y al ver a mi hija se me olvidan los problemas.

Pero estas últimas semanas las cosas se nos complicaron de fea forma.

Mi esposo cayó grave de una enfermedad de la cual no hubo mas remedio que ser operado de urgencia, y aunque afortunadamente salió bien, lo dejó imposibilitado para trabajar y con una cuenta de hospital enorme que cada vez más parece imposible de pagar. El nunca me había permitido trabajar, decía que con lo que el ganaba era suficiente y que prefería que me quedara en casa cuidando a mi reinita. Pero pues ahora me tocaba a mí ser quien tuviera que salir a buscar el pan de cada día.

Y ahí estaba yo, una niña sin estudios ni experiencia laboral buscando trabajo en lo que se acomodara a mis pocas aptitudes. Ya sea limpiando casas o haciendo una cosita por aquí y por allá. Me topé con una señora linda con quien tuve empleo en una tienda de abarrotes y con eso estaba bien. No nos sobraba el dinero, pero alcanzaba para pagar la renta, los servicios, dar abonos a la deuda del hospital y comprarle pizza a mi niña que era su comida favorita.

Pero surgió esto del Corona virus y la linda señora no le quedó más que tener que cerrar su tienda y pues dejarme sin trabajo. En todos estos años nunca me había arrepentido de nada y no consideraba error el haberme casado y ser madre tan joven…hasta ahora.

La renta se acercaba y no había modo de pagarla, Y tampoco deseaba regresar derrotada a casa de mis padres a pedirles ayuda. Estaban tan decepcionados de mí y habían sido tan orgullosos que en todos estos años jamás se habían acercado a conocer a su nieta. A diferencia de la colonia marginal en donde vivo ahora, con todas las carencias y limitantes economicas de mi hogar, con ellos había crecido bien y sin que nada me faltara. Acudir a ellos por ayuda era darles la razón en todo lo que me habían dicho y no estaba dispuesta a darles ese gusto. Si ellos eran orgullosos, yo lo era aún más. Pero estaba desesperada. Ya había gastado todas mis opciones y no encontraba trabajo.

Y bueno, este día iba yo en el transporte público metida en mis pensamientos de como pagar las cuentas, soñando en ganarme la loteria, comprarme casa y viajar por todo el mundo. El tipo de sueños que tenemos los pobres. Ese díadecidí ponerme un pequeño conjunto floreado que consistía en una blusa strapless sin tirantes y un short cortito que dejaba ver mis delgadas piernas que más parecían un par de popotes. A pesar de ser ya madre de una criatura mi cuerpo no había cambiado ni deformado como a veces pasa con las mujeres después de un parto. Puedo ser sexy y me encanta ser sexy. Pero había escogido ese conjunto porque me hacia ver tierna e inocente y sobre todo como alguién en que podrías confiar y darle trabajo.

El calor iba en aumento y sentía que el maldito cubrebocas me ahogaba. Pero mi temor al contagio era mas grande que mi incomodidad. Si no me mataba el hambre me iba a matar el virus. Mi mente pasaba de sueños de riqueza a pensamientos fatalistas de un segundo a otro, cuando mi celular sonó.

-¿Hola bebé, como estás? – escuché decir a mi esposo Victor.

-Bien, amor. Entregué varias solicitudes y es muy posible que me llamen en esta semana a trabajar – mentí para tranquilizarlo.

-No sabes como me desespera que tu andes en la calle expuesta al virus y yo aquí, sin poder hacer ni vergas! Ya estoy hasta la chingada de estar amarrado a esta puta cama! – dijo Victor casi gritando.

-No mi vida, no digas eso. Para eso somos matrimonio, para apoyarnos y hacernos fuertes uno al otro. Dicen que cuando Dios cierra una puerta, siempre deja abierta una ventana.Ya verás que pronto salimos de esta. Es solo una mala racha – le contesté para tranquilizalo mientrás rodaba una pequeña lagrimita por mi mejilla.

-Cuando salga de esta enfermedad, me voy a poner a trabajar y te daré todos los lujos que te mereces. Te lo juro mi amor – sueños de pobre, pensé al escucharlo.

-Yo lo sé, mi amor. Te voy a colgar porque ya me voy a bajar del camión – le dije para luego gritar mi parada y encaminarme a la salida.

La unica ventaja de esto del virus era que el transporte venia casi vacio por orden de el municipio. Por lo menos a salvo estaba de los manoseos y apretones que siempre nos hacían a las mujeres en el transporte público.

Me bajé del camión y empezé a caminar rumbo a casa puesto que el transporte me dejaba a varias cuadras de mi hogar. Ví la tienda de don Goyo, una de las pocos negocios aún abiertos en la colonia en medio de esta pandemia. Entré a comprar una botella de agua, me moría de sed y calor.

-Buenas tardes don Goyo. Me dá una botella de agua, por favor – dije al entrar al establecimiento y guardando mi cubre bocas.

-Hola niña, que gusto verte. ¿Mucho calor, verdad? – dijo don Goyo mientrás me daba una botella grande de agua purificada.

-Si, bastante. Y con el cubre bocas pues más. Oiga, pero deme de las botellas chicas, de las de 10 pesos porfas – le contesté.

-No tengo de esas ahorita, mija. Ya se me acabaron y no me han surtido – me dijo.

-Y estas cuanto cuestan? Es que sabe que casi no traigo dinero – le dije mientrás buscaba en mi bolso algo de cambio.

-Estan son de 18 pesos, mija.

-Ay es que sabe que no la completo. Mejor no la llevo, ando con poquito…. – no acabé ni de terminar de hablar cuando se me hizo un nudo en la garganta, me ganó el llanto y empezé a llorar desconsoladamente.

-¿Que pasa mi niña? ¿Que te sucede? Ten, toma un poco de agua – dijo don Goyo abriendo la botella y ofreciendomela. La tomé en mis manos pero no le dí ni un trago. El llanto me ahogaba.

-Toma, toma. No te me vayas a desmayar, niña. ¿Que te sucede? Cuentame – me dijo con tono paternal mientrás veía como le daba yo tremendo sorbo a la botella.

-Es que ya no se que hacer, don Goyo. Victor sigue sin poder trabajar por lo de la operación y yo no he podido encontrar trabajo. Todo está cerrado y los pocos lugares abiertos pues no me dan trabajo porque no tengo experiencia o me piden certificado de preparatoria y pues no lo tengo. Ya no se que hacer, estoy desesperada. Ya casi es que llega la renta y no tenemos dinero – dije sin querer de limpiarme las lágrimas y los mocos por miedo a tocarme la cara y agarrar contagio.

-Ay mi nenita, y tan buena niña que eres. No eres como las otras cholas vagas que hay aquí en la colonia. A ti siempre te veo muy bonita y limpia, y con tu hija muy arregladita – dijo don Goyo al mismo tiempo que me abrazaba. Me sobaba la espalda y me daba masaje en mis descubiertos hombros. Me pareció extraño pero no le dí importancia.

-¿Usted no tiene trabajo que me ofrezca? Lo que sea, hago de todo. Le limpio la casa, la tienda, atiendo a los clientes. Lo que sea, de verdad. Estoy desesperada y necesito dinero -respondí nuevamente sintiendo mis ojos húmedos.

-Ay mija, quisiera ayudarte pero no tengo…

-¡Lo que sea! De verdad, usted digame y lo hago sin peros. Ayudeme don Goyo, se lo súplico por favor – le interrumpí nuevamente soltando el llanto.

-Bueno….mira, ven vamos a atrás de la tienda para mostrarte algo que quizas puedas hacer aquí – dijo don Goyo levantandose y poniendo el seguro en la puerta, para después tomar mi brazo y llevarme a una puerta detrás del mostrador.

Don Goyo es un señor que esta entre los 50 y 55 años. No sé, soy mala para calcular edades. Más alto que yo. Calvo, más no se si sea por calvicie o se rasure la cabeza. Tiene barba blanca de canas. No es gordo, al contrario se mantiene en forma. Siempre lo he visto cargando los bultos de harina y la mercancia de su tienda. Supongo eso le ayuda a mantenerse en forma y sano. Desde que llegamos a esta colonia y a pesar de existir otros negocios, nos hicimos sus clientes y comprabamos solamente con él. Y es que siempre parecía estar de buen humor. Y aunque no trajera dinero o no completara para pagar, nos daba las cosas con la condición de pagarle en cuanto recibieramos nuestro sueldo. No solo era un buen vecino, tambien parecía ser buena persona.

Me senté en una pequeña banca y le daba tragos a la botella de agua mientrás veía a don Goyo tomar una bolsa y llenarla de mercancia como verduras, frutas, arroz, frijol y cosas así. Incluso ví como le agregaba algunas golosinas que intuí eran para mi pequeña hija.

-Ten, no es mucho pero te va servir de algo -me dijo dándome la bolsa con mandado.

-¡Gracias don Goyo! Claro que me sirve, para la comida cuando menos. Lo de la renta ya veré como lo soluciono. De verdad muchas gracias -dije abrazando a mi vecino.

-Bueno, en eso también te puedo ayudar, pero solo si tu quieres. Es más, podría pagarte la renta de este mes – dijo don Goyo apretandome fuerte el abrazo mientrás me decía eso último al oido.

-D-Don Goyo…no entiendo…¿Como? – dije al sentir como sus gruesas manos nuevamente sobaban mi espalda para bajar poco a poco hasta mi cintura, casi llegando a mis pequeñas nalguitas.

-No digas nada, niña. Solo dejate llevar y ambos salimos ganando de esto – me dijo al mismo tiempo que me besaba el cuello y detrás de mi oreja derecha.

-¡No, don Goyo, no! ¡Esto no está bien, n-no por …favor! – dije casi en estado de shock. No podía creer lo que estaba pasando. Estaba petrifícada, no podía ni moverme.

-No pasa nada, no te voy hacer daño. Te lo juro, Brendita – dijo don Goyo mencionando mi nombre por primera vez. Aprovechó que mi short era muy holgado para meter su mano y apretar mi panochita.

-¡Don Goyo, por favooor…no haga esoooo! – alcanzé a decir al tiempo que mi cuerpo me traicionaba y empezé a soltar jugos de mi cosita.

El miedo, los nervios, y la situación nublaron mi mente y no pude hacer nada por detener a don Goyo. Lo cierto es que a causa de la operación de mi esposo ya teniamos casi 2 meses sin tener relaciones sexuales. Eso, y mi super desarrollado líbido me jugaron una mala pasada. Quizas ahora que lo recuerdo y lo escribo solo trato de justificarme de esa manera para no aceptar que mi cuerpo necesitaba sentir una buena verga que me cogiera y me hiciera olvidar mis problemas.

Don Goyo continúo besando mi cuello y apretando mi parte baja. Sentí como una pequeña gota de liquido resbalaba por mi pierna. Por un momento pensé que me estaba orinando, pero eran mis jugos que empezaban a emanar libres de mi cuerpo. No dije nada más, lo dejé hacer mientrás cerraba mis ojos. Don Goyo sacó la mano de mi short y tomándolo por las orillas, me lo bajó junto con mi pequeña tanga. Por la posición en que estabamos no logró bajarlo completamente, y sentí como el hilito de mi tanga se quedaba atrapado enmedio de mis nalgas.

Sentí como sus rugosas y fuertes manos de hombre adulto apretaban mi culo, como si fuera de esponja. Me apretaba fuerte, haciendo un poco de daño, pero era un dolor rico, placentero.

-Baja tu blusa, quiero que tu solita lo hagas mamacita – ordenó don Goyo,

-No don Goyo, n-no…esto no está bien – le dije la verdad más por solo decir algo que con verdaderas ganas de detenerlo.

-¡Hazlo! Quiero besar tus tetitas de niña. Pero quiero que tu solita lo hagas, bajate la blusa Brenda – dijo con tono más fuerte.

Sin abrir los ojos, le obedecí. Subí mis manos a la altura de mi pecho y tomando mi blusa, la bajé junto con mi brassier sin tirantes, dejando a la vista mis pequeños pechos. Mis ya erectos pezones se pusieron aún más duros al sentirse libres de la prisión de mis sosten.

Don Goyo ni tardo ni perezoso abrió su boca engulliendo mi pezón derecho, tragándoselo por completo. Lo mamaba con ansías, chupandolo como si fuera un bebé. Al mismo tiempo apretaba mi culo y me levantaba hasta hacerme quedar parada de puntitas sobre el piso. Todo con la intención de poder chuparme mas mi teta derecha. Mi pecho es tan pequeño que casi le cabía completamente en su boca hambrienta.

-Uhhh….uhhhhhmm…don Goyo….despacito….me hace daño – le dije al sentir sus dientes mordiendo ligeramente mi pezón, haciendome gemir y quejarme al mismo tiempo. Mi pezón no tardó mucho en empezar a expulsar un líquido similar a leche materna. A causa de un medicamento para la depresión que había tomado años atrás, y tambien por mi embarazo, mis pechos se habían quedado con la capacidad de producir una especie de líquido como si estuviera lactando cada vez que me excitaba. Y al igual que me pasaba con mi esposo, don Goyo se volvió loco al sentir el saladito sabor de mi pecho.

-¿Brendita, que es esto? ¿Es leche? – dijo don Goyo sorprendido de algo que seguramente pocas veces había experimentado. Lo más probable es que desde que le mamaba las tetas a su esposa embarazada no pasaba por esto el pinche viejo.

-Cállese y siga chupando, no pare don Goyo – le dije al mismo tiempo que sentía sus dedos hurgar en mi puchita, empapandose de mis jugos y embarrandolos por toda la raya de mis nalgas y mi ano.

-Chiquita, no sabes como tenía ganas de tenerte así. Sabía que detrás de esa carita de inocente había una perrita caliente – decia don Goyo, subiendo cada vez la intensidad de sus palabras.

-Cállese por favor, no diga…¡ughh! – no alcanzé a terminar de hablar cuando sentí uno de los gordos dedos de don Goyo entrar con fuerza en mi ano, invadiéndome. No acabé de quejarme cuando un segundo dedo hizo lo mismo, para luego tratar de levantarme más y empujándome hacía él.

Sentí como ese par de dedos se abrían paso en mi culito, y el muy hijo de perra trataba de levantarme del suelo con todas sus fuerzas, levantando mi cuerpo aún más que antes hasta ya no poder pararme ni de puntitas con los pies. Tuve que sostenerme en sus hombros para no perder el equilibrio.

-¡Ya, ya…ya no más! ¡Deténgase don Goyo, no más! – le grité al mismo tiempo que me soltaba de su abrazo, para apartarme de él y tratar de acomodar mi ropa.

-¡Que ya no ni que la chingada! Me tienes ardiendo chamaca pendeja y no te vas de aquí hasta que te llene de mecos el culo. A eso veniste, así que no te hagas pendeja – respondió don Goyo su mente nublada por el sexo.

Tomándome por la cintura, me cargó sobre su hombro izquierdo mientrás con la mano derecha me quitaba por completo mi short y mi tanga. Lo malo de ser pequeñita es que es muy fácil que te puedan manejar como si fueras una muñeca de trapo. Llevándome así en su hombro, caminó unos pasos hasta depositarme en el mostrador de la tienda. Me dejó caer de sopetón, para luego abrir mis piernitas y meter su cabeza entre ellas. No tardé mucho en sentir su lengua buscando la entrada de mi panochita entre mi matita de vellos púbicos.

-Ay cabrón, yaaa no…¡uhmmm! – no pude evitar lanzar un gemidito cuando finalmente su lengua entró en mi remojada puchita. El pinche viejo sabía lo que hacía. No por algo ya estaba tan viejo.

-Que rica panochita tienes, mi niña. Todavía se te siente cerradita. Se nota que el pendejete de tu esposillo no te mantiene como debe. Las putitas como tú necesitan hombres de verdad, no estar casadas con pinche mocosos que ni la cola se han de saber limpiar – decía don Goyo apartando su cara de mi panocha, para luego introducir sus dedos en ella.

-¡Ughhhmm! ¡Ya don Goyo, porfas ya…dejeme ir…yaa! – gemí al sentir sus gruesos dedos tratando de llegar lo más profundo en mi.

-¡Calláte puta! Ven, quiero que pruebes una verga de verdad – me dijo para luego tomarme por la cintura y jalarme hasta el suelo. Me tomó tan de sorpresa que no tuve tiempo de detenerme, cayendo de puras rodillas sobre el duro suelo de cemento.

-¡AAAAAYYYY, me dueleee! ¡Me quebré mis rodillas, don Goyo! Me duelen, ya por favor dejeme ir – le dije llorando de dolor. La verdad si me había puesto un buen putazo y el dolor era inaguantable.

-¡Ya callate, no seas pinche escandalosa. Chingazos buenos los que te voy a poner si no abres el puto hocico. ¡Abre la boca, anda! – me dijo, y aprovechando que estaba yo con mi boca abierta por el dolor me sambutió su gorda verga casi hasta el fondo. Atrás quedaba ese señor amable que yo conocía.

Tratando de no ahogarme, empezé a mamarle la verga. Ya no había como librarme de esto, así que iba intentar hacerlo venir lo más rapido posible. Aunque el dolor de mis rodillas me hacía mas difícil concentrarme. Pero no contento con eso, el puto viejo me tomó por los cabellos e inició un mete y saca violento, introduciéndome su verga hasta el fondo de mi garganta para luego retirarse y luego volverla a meter. No tenía ninguna consideración para mí, movía mi cabeza como si de una pelota se tratára. El dolor de mis rodillas me estaba matando, mi cuero cabelludo resentía cada jalón que le daba a mi cabeza, y encima de todo sentía como la punta de su garrote me tocaba la campanilla en cada estocada.

Los borbotones de saliva inundaba mi boca, para luego escurrir libremente hasta caer por mi barbilla y pecho. Los mocos me ahogaban y mis ojos estaban en blanco. Sentí que estaba por perder el sentido cuando el puto viejo me sacó su verga de la boca, lo cual aproveché para jalar aire desesperada. El mismo aire y la saliva bloqueaban mi garganta impidiéndome respirar y provocándome una especie de extraño hipo.

-Ya p-por favor, don Goyo…ya dejeme. No necesito dinero ni nada. Ya, así, así… – decía yo con la voz cortada y limpiándome mi nariz y cara con una de mis manos, mientrás con la otra me sobaba mis rodillas. Léjos había quedado mi miedo por el covid-19. En ese momento lo único que deseaba era poder salir de ahí.

-Vete a la verga, escuincla pendeja. De aquí no te vas hasta que te llene de leche el puto culo – me respóndio el pinche viejo.

Traté de levantarme y un intenso dolor en mis rodillas me hizo llorar de nuevo. Como pude me puse de pie, y dí un par de pasos apoyada en el mostrador. El pensamiento de que no me había roto las rodillas puesto que todavía podía pararme y caminar me dió cierto alivio. No avanzé mucho cuando sentí un nuevo jalón de cabellos y como don Goyo me empujaba hasta tirarme en unos bultos de arroz o harina o sepa la chingada que contenian.

El mísero viejo había aprovechado para desnudarse de la cintura para abajo mientrás yo hacía mi intento de caminar. Tenía la verga completamente erecta y apuntando hacía mí. Sentí terror porque sabía que no podría escapar de esto. No existía forma que yo pudiera defenderme de un vejete que me duplicaba en fuerza y peso.

-Por favor, don Goyo….ya, dejéme ir. Le juro que no le digo a nadie, yaa…de verdad. ¡Se lo juro! – decidí que la única carta que me quedaba por jugar era apelar a que se apiadara de mí, rogándole.

-¡A que la rechingada contigo! No te pongo tus chingazos porque no quiero que llegues a tu casa toda madreada y me descubran, pero si vuelves abrir el hocico te juro que te tumbo los dientes pendeja – dijo don Goyo agarrando mis rodillas y abriendóme las piernas para luego meterse entre ellas. El apretón de rodillas me hizo chillar de dolor y ver estrellas.

No pasaba mi dolor de rodillas cuando sentí otro más en mi panocha. El pinche viejo me había penetrado de golpe, metiendo su grueso pene en mí puchita. Sentí como mi canal vaginal se abría de una forma a la que no estaba acostumbrado. Y así como con mí boca, de nueva cuenta empézo un violento mete y saca pero esta vez en mi abierta panochita. Decidí que mi mejor opción era dejar de resistirme para evitar más dolor, y rogar a Dios que por su edad el viejo no aguántara mucho.

Y ese fue mi mayor error, pues al abandonarme al castigo mi cuerpo empezó a reaccionar de forma natural a sus embates. Traté de pensar en otras cosas, resistirme e incluso quise tocarme mis rodillas para que el dolor nublara lo que mí cuerpo empezaba a sentir. Pero fue imposible. Mi panochita empezó a derramar mis jugos como cada vez que tenía sexo. Y es que muy a pesar de la situación por la que pasaba, mi organismo respondió de la única forma que lo sabe hacer. El dolor cedió para dar paso al placer, y no pude evitar gemír en cada una de sus embestidas. El puto viejo se dió cuenta de lo que me sucedía y de la emoción arreció sus metidas de verga en mi adolorida puchita. Juraría que incluso sentí su verga aumentar de tamaño dentro de mí.

-¿Lo ves, niña? Te dije que esto era bueno para los dos – dijo el pinche viejo mientrás notaba como bufaba y se ponia rojo de la cara.

¡Dios! El puto viejo me estaba haciendo gozar como pocas veces lo habían hecho. Quizás no la tenía tan larga pero si lo suficiente gruesa para sentir como me abría a cada ensartada que me daba. Puse mis manos en su pecho al mismo tiempo que lo abrazaba con mis pequeñas piernitas. Don Goyo aceleró sus embates así como yo mis gémidos, cada vez mas fuertes y solo porque me faltaba aire sino se hubieran convertido en gritos.

El sudor le corría por su rostro, y no supe si estaba por disparar su leche o darle un infarto. Mil veces hubiera preferido que fuera lo segundo, pero bien sabía yo que no era así.

-Por favor….adentro no, adentro no. Por f-favor, don Goyo – solo atiné a decir con el poco razonamiento que me quedaba. Al ver que no me prestaba atención lo volví a tratar de desanimarlo que terminara dentro de mi.

-¡En la boca! ¡Los quiero en mi boca, don Goyo! ¡Quiero sus mecos en mi bocaaa! -le grité desesperada. Y realmente no queria probar su esperma, pero prefería tragarmelos que dejarlo terminar dentro de mí.

Escucharme decir eso fue música para sus oídos, y haciendo un enorme esfuerzo se despego de mí. Mi panocha hizo un sonido de ¡plop! Y sentí como el aire entraba en mi seguramente ahora muy abierto agujero. Don Goyo se acercó a mi con su verga entre sus manos y bastó un par de jalones para que empezara a expulsar su leche apuntando a mi boca abierta, pero no pudiendo evitar que gran cantidad de mecos cayeran en mi rostro. Adiós quedaba mi carita de niña. Seguramente mi aspecto ahora era como la más puta de las putas.

Mi maldito cuerpo volvió a traicionarme y me abándone a la necesidad no solo de meterme su verga a mi boca, sino tambien a pasar mi mano por mi panocha y restregarla hasta llegar yo misma a mi tan ansiado orgasmo. Sentí como mis jugos resbalaban por mis piernas al tiempo de don Goyo temblaba y sentía que se le iba la vida mientrás yo le chupaba hasta la última gota de semen. Me averguenzo al decir que no desperdicie ni una gota y me tragué completita su leche.

Don Goyo se apartó de mí tratando de recuperar las fuerzas y tomando su pantalón, mientrás yo hacía lo mismo y me acomodaba mi blusa que había quedado hecha un asco entre saliva y semen. Busqué mi short y me lo puse, guardando mi tanga en mi bolsa. No deseaba estar ahí ni un minuto más.

-Ten, lárgate de aqui porque no vaya ser que llegue mi vieja – me dijo el viejo dándome la bolsa del mandado y sacando unos cuantos billetes de su bolsa los cuales tambien los aventó en dirección mia.

Sentí perder la poca dignidad que me quedaba al tomar el dinero, pero…¡diablos! Ya el hijo de puta había abusado de mí y eso no podía cambiarlo. Por lo menos tendría para pagar este mes de renta. Sentí mis ojos hacerse agua pero contuve mi llanto con todas mis fuerzas. Tomando la bolsa y el dinero, me dirigí a la puerta. Me hirvió la sangre al darle un vistazo a los billetes en mi mano.

-¡Oiga no, usted dijo que me daría lo de la renta y con esto apenas y alcanzo a pagar la mitad! ¡Demé lo demás! – le grité humillándome yo misma al reclamar el dinero.

-¡Jajajaja! No seas pendeja, mija. Seguramente te voy andar pagando todo un mes de renta por una cogida. Estás buena y bien tiernita, pero no mames. ¡Ni las putas cobran tan caro como tu me quieres cobrar jajaja! -respondió el vejete.

-¡No me voy a ir hasta que me de lo que falta y me vale verga que venga su esposa, pinche viejo hijo de su puta madre! -le grité ahora sin poder evitar de nuevo las lágrimas.

-Pues si quieres de una vez tambien le hablamos al pendejete de tu esposo, a ver de a como nos toca, escuincla estúpida. Es más ¿quieres la otra mitad? Ven mañana o cuando quieras por ella, pero ya sabes que me vas a tener que dar el culo. Dando y dando, pájarito volando jajaja – se río el puto viejo al tiempo que quitaba el seguro de la puerta.

Ya no dije nada, sabía que el desgraciado tenía las de ganar. Salí de la tienda y me encaminé hacía mi casa soportando el dolor de mis rodillas. Afortunadamente por la hora que era y el calor, no había gente en la calle. Aún así sentía como si todo mundo me estaba viendo. Fué un camino penoso de varias cuadras hasta llegar a mi hogar. Por un lado deseaba llegar y refugiarme en casa, y por el otro no quería llegar en estas condiciones.

Entré y solo dije un rápido “Hola” a mi esposo. Por su condición él se encontraba en cama y solo alcanzó a responderme mi saludo mientrás yo me metía al cuarto de baño. Me quité la blusa y el short y los metí hasta el fondo del bote de ropa sucia junto con mi tanga. Inspeccioné mi cuerpo y noté como uno de mis pezones mostraba las marcas en donde don Goyo me había mordido tratando de lactar mi leche. La piel blanca de mi cuerpo hacía más visible lo que me habia hecho el puto viejo y mis rodillas se veían moradas del duro golpe recibido.

Me metí a la regadera y abrí el agua que inmediatamente sentí correr por mi adolorido cuerpecillo. Cerré los ojos y todo lo sucedido pasó por mi mente tal cuál pelicula de horror se trátara. No pude evitar sentir mi estomágo revuelto y vomité en el piso del shower. Luego de eso introduje mis dedos en mi vagina tratando de lavarme con agua cualquier resto de semen que pudiera haberme dejado el maldito vejete.

Salí del shower y estaba secando mi cuerpo con una toalla cuando mi pequeña hija entró al cuarto de baño y sonriente se acercó a mí para abrazarme. La tomé entre mis brazos y lloré en silencio y diciendome a mí misma que cualquier sacrifício valía la pena por que mi nena no sufriera carencias.

¿Ahora, que sigue? ¿Voy con don Goyo por la mitad que me falta del dinero? ¿O dejo así las cosas como están y trato de olvidar lo sucedido? Mi cabeza era una tromenta de pensamientos y era seguro que en ese momento no podría tener una respuesta a todas mis preguntas.

Lo que si era seguro es que buscaría la manera de vengarme del puto viejo y hacerle pagar sus abusos. Mi mente ya empezaba a idear la forma de lograrlo. Porque podría ser pequeña aún, pero no era una santa. Y recordé una frase que ví en una pelicula de Netflix.

“Hell hath no fury like a woman scorned” El infierno no tiene furia como una mujer despreciada. Y ese pinche viejo me iba a pagar con sangre lo que me hizo.

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Pues hasta aquí llega mi primer relato. Me tardé más de lo que debía, y sobre todo por tratar de no cometer fallas. Y aún así se que quedaron bastantes, espero no les cause problema en la lectura. La verdad me quedé agotada de relatar esto. Realmente no es un relato bonito, ni lo que seguramente esperaban los que me estuvieron preguntando por correo. No es de viajes, ni triunfos, ni lujos. Es de otra realidad que tambien existe y que vivimos a diario muchas mujeres.

Y bueno, por último agradezco a todos los que me mandaron mensajes a mi correo, gracias por su atención y las cosas que me dicen. Si desean darme un consejo de como mejorar mis relatos se los agradezco desde ahora de todo corazón.

Y esperen a lo que sigue, porque esto no se acabó aquí.

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